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Damaged people | [Ankhiära] [NR]

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Damaged people | [Ankhiära] [NR]

Mensaje por Gunther Krumm el Sáb Sep 27, 2014 12:31 am


We're damaged people
Drawn together
By subtleties that we are not aware of
Disturbed souls
Playing out forever
These games that we once thought we would be scared of

La frenética carrera que emprendían parecía no tener final. Una cacería infame. Necesaria, porque la sangre sí traiciona, sí tira, sí empuja, pero empuja hacia un abismo y a matar. Gunther aún no había perdido pie en el océano en el que estaba metido hasta el cuello, y si bien boqueaba, no abandonaba su afán por ver saldadas sus cuentas. Sólo por eso seguía vivo, pensó, vivo y sano de cuerpo, pero no de mente. De a poco se deterioraba. Las noches eran sus días, sus días, el tiempo de descanso. Pero era bastante imposible pegar un ojo en Nueva York en las horas pico, aún cuando la carne no le respondía y parecía fundirse con la cama; la mente cavilaba aún, maquinaba, traqueteando como un tren a punto de descarrilarse. El recuerdo de Hans parecía extenderle la mano en sueños y tirar de él con fuerza, llevándolo a un encuentro con la peor versión de sí mismo. Un Gunther que mataba por placer, sin orden ni concierto; una copia joven e intocable de su hermano.

Pero siempre despertaba, envuelto en su propio hálito caliente, golpeando las sábanas con los puños cerrados. Las venas de sus brazos daban la impresión de querer salirse de su piel y estrangularlo, los ojos parecían amagar a cerrarse en una oscuridad perpetua y ruidosa, donde sólo el bombeo de su sangre sirviera de único motor. Un paupérrimo indicio que diera fe de la vida que no tenía en él, convertido de forma súbita en un enfermo terminal por voluntad ajena. Lo estaban matando, lenta e inevitablemente. Pero aquello no era un asesinato, era una compleja e intrincada enfermedad. Una red de esporas pro-demencia, virus carnívoro, bacterias que se alojaban de a montones en la punta de sus dedos. Pero no podía sacárselos. No podía hundir la hoja afilada de una solución en ellos y extirparlos para bien.

Se sentía sucio, contaminado, pero no había agua que pudiera barrer esa inmundicia y arrastrarla bajo tierra.

Esa noche, Gunther corría. Corría incluso más rápido que la última vez que había visto a su creador, aquella ocasión en la que había conocido a Ankhiära. El simple acto mecánico que ejecutaba con primor era digno de verse, un perfecto ejemplo de técnica y habilidad compaginadas. La forma en que flexionaba las rodillas, bajaba los hombros, enderezaba las palmas de las manos y controlaba su respiración, era una pieza de efímera duración pero de inigualable ejecución. La aerodinámica le favorecía, así como el hervor de la ira renovaba su ímpetu y sumaba celeridad a sus zancadas. Estaba, ni más ni menos, furioso como un dios. Pobres de los mortales si esa madrugada el licántropo hubiese tenido aunque fuese una mísera porción de poder divino, la capacidad instantánea de hacer caer un rayo donde fuere. Lo habría empleado, de seguro, pero aún hoy se pregunta si hubiese sido precisamente contra Hans. Porque Gunther se odiaba a sí mismo.
No sólo por ese lastre del pasado que arrastraba como un preso a su grillete, sino por no poder controlarse, por no poder contener esa parte de sí mismo que en el momento no le asqueaba: el instinto puro.

Evitó una calle concurrida, giró a la izquierda describiendo una cerrada curva y vio desaparecer al hombre por las escaleras al metro más cercano. No lo pensó demasiado y abusó de su agilidad, dando un salto breve y deslizándose por el barandal cuesta abajo como un bólido. Pocos mundanos tomaban el subterráneo a esa hora, y era una ventaja. No lo perdería en la muchedumbre por más que pudiera guiarse por su olor, pero siempre venía bien un panorama despejado. Pensó entonces en Ankhiära. Así como si nada, tan de repente como un portazo. Pensó en la posibilidad de haberla usado para llegar a Hans, de haber degustado con desinhibido morbo la incomodidad que le había generado con su cercanía, con cada descuidado gesto de declarada desfachatez. Pero lo había disfrutado. Ése era el final del camino, la verdad exprimida del comportamiento de un bárbaro civilizado: el placer de haber vuelto a ser él mismo por un momento.

Hubo un tiempo en el que había acumulado tanto amor que creyó que explotaría como un globo. Un amor que careció de receptor de la noche a la mañana, y que permaneció refugiado en sus entrañas, escondido y acumulando polvo. Sólo el puto Cosmos sabía cuán apasionado era, cuánto se volcaba al cuidado de ésa a cuyo lado ansiaba despertar cada mañana. Ese ente femenino se había ido convirtiendo en una sombra, capaz de ser ocupado por otra cara, por otro cuerpo. Pero se negaba a llenar ese vacío por su cuenta. Esperaba que quien aceptase ese amor sórdido y roto, antiguo ya, fuese capaz de herirlo con todas sus fuerzas. Que le devolviera, con golpes del karma, todo el daño que había hecho, y que después se dispusiese a juntar cada añico de él, a curarle las heridas, a reponer a alguien que no sería capaz de soportar otra grieta en el espíritu. De alguna forma, una mínima parte de él hacía eco en la cáscara vacía que continuaba corriendo por la noche, clamando a gritos una cuestión.

"¿Y si--

Al dar vuelta el recodo ya era demasiado tarde. No importaba cuán rápido pudiera moverse, cuánto tiempo fuera capaz de ahorrar. Siempre estaba en desventaja. Hans agitaba una mano pálida desde un vagón recientemente cerrado, abrumado por la persecución y con el brillo agudo de una merecida victoria en los ojos claros. No había nadie que los juzgara, nadie de testigo. Gunther tomó impulso, inspiró hondo, emprendió el avance...

...y saltó. Justo antes de caer encima del techo del transporte que recién arrancaba, había sacado las garras en ambas manos con tal de hundirlas en el enchapado y hacer saltar la pintura. El metal cedió como una lata de sardinas siendo abierta, y por una de las grietas pudo ver el rostro de Hans a la distancia. Para su suerte, nadie había observado su hazaña con horror, por lo que todavía estaba a salvo del ojo mundano. El tren aceleraba la marcha con él encima como jinete, y aferrado al lomo de la bestia metálica, se dignó a oír aquél eco de antaño zumbándole en los oídos.

"¿Y si es Ankhiära quien te rompe en pedazos?"

Y el sentido de todo, por un breve instante, pareció guarecerse en el solo sonido de su nombre.
Gunther Krumm
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Re: Damaged people | [Ankhiära] [NR]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Lun Sep 29, 2014 12:58 pm

Los ojos pardos la miraban desde arriba, aunque sin rastro alguno de superioridad; cierto temor se arremolinaba al fondo de aquellos, amenazando con liberarse y desmoronar el poco control del que el muchacho pretendía hacer gala. Ankhïara lo sabía. Era plenamente capaz de leer la inmensa mayoría de gestos que el resto de seres le proporcionaban, y en aquellos instantes no le pasaban desapercibidos los intentos de ocultar el temor de sus manos, las pupilas dilatadas y el incipiente sudor en la despejada frente. El lobo no tendría muchos más años que ella, pero era corpulento y lo suficientemente inteligente para saber lo poco que le serviría aquel atributo contra Geist. Sin inteligencia no hay victoria. Tres días atrás Ankhïara había salido de su letargo. Tres días atrás había buscado alguien que le cambiase información sobre un individuo por dinero. Tres días observando sus afilados rasgos, las lineas perfectas de su espalda, desde la seguridad que le ofrecían dos aceras de distancia. No fue difícil conseguir los datos; aquel muchacho había sentido hasta placer dándosela -por lo que había podido comprobar, en la lista de Krumm el número de enemigos aplastaba al de amigos-. Quizá lo fue más soportar la frustración de que los dos primeros días el susodicho recorriese un único camino con un único destino: La luna del cazador. Pero no pensaba rendirse. Seguiría con aquella rutina hasta que diese con su objetivo; estaba segura de que aquel joven acabaría llevándola hasta el mismo engendro que intentó acabar con ella. Su seguridad era, ni más ni menos, fruto de una corazonada que había sentido la primera vez que había tratado con él. Sus ojos. Cambiaron cuando olfatearon un rastro en Ankhïara. Él sabía quién la había atacado. Lo sabía.  O quizá tan sólo se empeñase en aquella infructuosa persecución porque no le quedaba nada. O porque tan sólo esa excusa le bastaba para saber más de él. - Lárgate. - Espetó. Faltaba poco para que el otro lobo apareciese y lo último que pretendía era que la pillase con las manos en la masa. Su interlocutor entreabrió los labios repetidamente como si quisiese decir algo, pero finalmente los apretó en una fina línea y se marchó, con el rostro tan rojo que bien podría haber salido vapor de él.

La sombra no lucía su habitual traje de cazadora con capucha; aquel había quedado guardado en el fondo del armario, enterrado en una tumba de madera para siempre jamás, pues los recuerdos que acarreaba en cada parte del tejido eran más de los que Ankhïara podía soportar. Se había sumido en un envidiable estado de apatía del que tan sólo la violencia podría sacarla. O en el que podría hundirla más. Qué importaba. En su lugar, lucía uno corriente. Más ceñido, tal vez. Más adulto. Más...¿frío? No. Era ella la fría. El Sol en sus ojos se había congelado; seguía dorado, pero tan gélido como la escarcha. El cabello, que antaño lucía casi siempre suelto, estaba recogido en una pulcra coleta. No llevaba a Cariel. Nunca más lo llevaría. Dos cuchillos serafines -uno en su cadera y el otro en la bota- eran sus únicas armas. La sincera sonrisa de sus labios la guardaba para otra vida y su ya de por sí pálida piel había adoptado un tono más cercano al que su parabatai lucía en muerte que al de un vivo. Un broma del destino, tal vez. Aquello tampoco importaba. Una sombra seguía siendo una sombra. No tenía por qué ser cálida, brillante. Dos esquinas más allá, Krumm hizo su milagrosa aparición. Y empezó la cacería. Todo parecía normal. Pero la ruta cambió repentinamente en un momento dado; se vio de un segundo a otro corriendo como alma que lleva el diablo, persiguiendo a aquel que perseguía a otro. Y ese otro era...tenía que ser él.

No supo cuánto tiempo estuvo corriendo. Su entrenada mente se centraba en rutas con las que acortar distancias y no en el dolor que probablemente tendría en las piernas cuando aquel día acabase. Cuando el perseguido entró en la boca de metro, se vio en clara ventaja con respecto a Krumm; él tenía que correr hasta llegar a la misma, pero ella tenía la otra entrada justo dos metros más atrás. Ni siquiera tuvo que detenerse a pensarlo. Dio media vuelta y descendió las escaleras velozmente, quedándose por poco atrapada fuera del vagón. Por poco. Lo consiguió. Los cristales se cerraron a su espalda como una banda sonora triunfal. El otro ni siquiera se había dado cuenta de que ella también estaba allí, persiguiéndole; estaba en la otra punta del metro, demasiado concentrado en mirar a través del cristal al lobo de orbes verdes atrapado fuera del vehículo. Tan sólo dos personas más se sentaban en los asientos, pero no causaban ninguna preocupación en la cazadora. No podían verla. Toda su atención se centró entonces en aquel. A medida que avanzaba, sentía la ira crecer en ella, el remolino enfurecido clamando sangre. El muy idiota seguía mirando a través del cristal, bajando ya la mano con la que se había despedido de Krumm, y no pareció ser consciente de ella hasta que -tras un muy breve forcejeo- lo tuvo arrinconado contra la pared, con un cuchillo serafín rozando su cuello. El factor sorpresa había sido crucial. - Tu nombre.- No podía matar al monstruo sin saber a ciencia cierta si era él. Tampoco estaba muy segura de si debía matarlo una vez lo supiese. Lo cierto era que, en realidad, estaba segura de que nunca daría con él. Y el plan de qué haría con él, pese a haberlo imaginado miles de veces, se tornaba difuso en el escenario de la realidad. Quizás el ser olió la debilidad, o quizás tan sólo viese en ella una niña indefensa; fuere como fuere, una sonrisa innegablemente perversa tomó lugar en sus labios y, en sus ojos, podían empezar a adivinarse retorcidas intenciones. Ankhïara no se dejó dominar por la ira -no todavía-, pero su cuchillo se hincó más en la carne, procurando que unas gotas escarlata lamiesen la piel del hombre cuello abajo. - Dime tu nombre o te rajo la garganta. - Tan fría sonaba su voz que ni ella era capaz de reconocerla. Extraña a sus tímpanos, despertaba en ella la sensación de que otro ser se había metido bajo su piel, devorando con ansia a la criatura que antaño había sido Ankhïara. El susodicho dejó que sus labios se separasen con parsimonia, dispuesto a hablar. Pero un estruendo repentino estalló, y de pronto se halló en el suelo, rodeada de una lluvia de cristales, mientras aquellos ojos claros que aún le mantenían la mirada desafiante se tornaban amarillos.
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Re: Damaged people | [Ankhiära] [NR]

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Miér Oct 28, 2015 8:33 am

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Re: Damaged people | [Ankhiära] [NR]

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