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MULTUM IN PARVO ~ Jeriel|Matthew|Angelique

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MULTUM IN PARVO ~ Jeriel|Matthew|Angelique

Mensaje por Matthew Thrushcross el Dom Feb 28, 2016 3:06 pm

Locación: Cocina del Instituto
Previo a la Ceremonia Nephilim
Posterior al funeral de Helena t.
Redactado via Skype
Editado por Matthew Cross
**********
Multum in Parvo

La taza rota y el café derramado.

Los músculos de Matthew Cross estaban acostumbrados al resentimiento. Tanto era así que ya casi no se quejaban, y si osaban hacerlo, el hombre olímpicamente los ignoraba. La calidad con la que dejaba atrás los quehaceres de su cuerpo y se disponía a nadar en lo hondo de su mente era cuanto menos admirable. Aun así, había ciertos modos efectivos de traerlo a tierra.

— Al fin un moreno. — comentó socarrona la voz femenina— otro rubio oscilando por aquí y tendría que aventarme por el tejado.

Matthew alzó la mirada como acto reflejo, y sin querer la dejó trepar por aquel par de torneadas piernas desnudas. Con las mejillas color bermellón y la garganta absurdamente seca como aquel que recién se levanta, encontró la mirada penetrante de la hija del cónsul detrás de un abanico de pestañas negras.

— Buenos días. — atinó a contestar, bastante seguro de lo educada de su respuesta.— Mi nombre es Matthew, seré el nuevo Instructor.

Angelique Nightshade estiró las comisuras de sus labios y se acomodó de piernas cruzadas sobre la encimera. El cabello castaño permanecía perfectamente acomodado en una coleta alta y por todo abrigo un buzo holgado que había pertenecido a su padre la cubría hasta la mitad del muslo. Sus pies descalzos jugueteaban en el aire como al descuido, aún helados por el contacto con las baldosas.

— No me extraña —comentó la cazadragones, contemplando con evidente descaro como el recién llegado se movía por la cocina con el temple de un soldadito de plomo bien portado, calentaba agua y se preparaba un té.— Maryse no pierde tiempo.

Nada de tiempo. Añadió mordazmente en su fuero interno, siendo como era que las cenizas de Helena Trueblood ni siquiera estaban frías. Sin embargo, no permitió que el pensamiento la turbara por más que un par de segundos. Con su sorbo despreocupado a su café, le pasó al recién llegado un plato con tostadas y cambió de tema.

— Ha tenido que ser un viaje interesante, cariño. ¿Ese ojo morado te lo dejó la azafata?

Matthew esbozó una media sonrisa y dio un sorbo a su té recién preparado, entendiendo que la muchacha no necesitaba en realidad respuesta. Se acomodó en la mesa y dio un mordisco a las tostadas. Estaban frías, pero no se diría jamás que un Thurshcross despreciaba las atenciones de una señorita.

De un portazo y sin ceremonia alguna, Jeriel entró a la cocina, lanzándose sobre la cafetera sin mirar a nadie. Tomó lo poco que quedaba de café y se lo sirvió en una taza, en silencio. Tenía aún los cabellos húmedos por la ducha que se había dado hacía tan solo unos minutos atrás y medias lunas bajo los ojos cansados. Apenas un par de horas de sueño no habían conseguido despejar los fantastmas del día anterior, mucho menos el alcohol que había logrado silenciarlos por un tiempo, ya que ahora parecía manifestarse en forma de evidente resaca. No se había molestado en aplicarse una runa para calmar los efectos del mismo ni de los hematomas provocados por la joven Ïara, ya que en la agenda de aquel día tenía previsto pasarlo alejado de la luz directa del sol y del murmullo que amenazaba con querer reducir su cráneo al tamaño de una nuez. Tardaría un rato en notar la presencia de los demás en la cocina, pasando junto a Angelique  como si acabara de darse cuenta de que se encontraba ahí, y dedicándole una sonrisa ladeada que poco tenía que ver con su alegría y desenfado habitual.

A ojos de Matt, su hermanito pequeño se veía como un espíritu pesado, con una parsimonia que parecía arrastrarse por el piso. La visión era casi demasiado familiar. Sin embargo, no dijo nada, y enterró la nariz en su té.

No todos tenían la misma paciencia.

Ese fue el momento, el instante preciso en el que a morena frunció el ceño.  Un gesto rápido, tan inesperado como podría serlo un trueno en el cielo de primavera. Luego, todo se precipitó. Los dedos finos de la mujer cortaron el aire cual serafín y se aferraron al brazo del menor de los Cross cual garras de arpía, hundiendo las uñas en un moretón. En la mesa, sorprendido por el dolor repentino, el mayor de los hermanos hizo añicos su taza.

Con una sutil mueca de dolor,  Jeriel se volvió hacia la muchacha con los ojos entornados. Lejos de emitir queja alguna, dejó la taza junto a ella tras dar un sorbo del preciado café mientras le devolvía la mirada. Aquel era uno de esos momentos en los que el café encabezaba su lista de prioridades. Después, tomó su muñeca entre sus dedos conforme se precipitaba sobre sus labios en busca de un fugaz beso. Angelique lo mordió, arisca a recibir las atenciones que había demandado e indiferente a la compañía. Estaba preocupada, pero por sobre todas las cosas quería largarse de aquel lugar y de la maldita presencia de Cross, de lo pesado de su pena. Hacía resurgir recuerdos enterrados hondo en su memoria, fantasmas a los que no quería dejar salir. Aún así, con una terquedad que le era desconocida para cualquier propósito no egoísta, se negaba a hacer aquello que el cuerpo le urgía. Se negaba a dejar sólo a Cross con su miseria. Aquello mal acabaría.

Ajeno a todo, Matthew procedió a pararse antes de que el té lo quemara y se ocupó de procurar una pala, escoba y paño para limpiar el desastre.

El movimiento sin quererlo  pareció alertar a Jeriel , que se apartó con un gruñido que podría considerarse un “buenos días” y se hizo con una de las tostadas que habían frente a Matthew. Se la llevó a la boca de un mordisco y, tras saberle a algo similar al cartón, la devolvió al plato al igual que si de un bicho peludo se tratase.

— Creo que por ahora me limitaré solo a tomar café...

Angelique arrugó la nariz.

— ¿Ves a lo que me refería?— comentó entre divertida y agria mirando la tostada despreciada —  El instituto no necesita otro de estos dando vueltas.

Jeriel la miró.

— Querida, con resaca o sin ella, dudo mucho que cualquier otro fuera capaz de comer una de tus tostadas. — respondió en voz baja, casi como si temiera alzar demasiado la voz por su propia salud y el de su cerebro palpitante que le recordaba que aún nadaba en whisky. — Bueno, todos salvo mi hermano. Sería demasiado descortés por su parte... —Musitó finalmente mientras se sentaba frente al mencionado.

— ¡Ja! — Vociferó Angelique, lo suficientemente alto para que su voz hiciera eco en el pasillo y las altas paredes del instituto.—Ya sabía yo que algo en ti me resultaba ligeramente familiar. Dime Cross, ¿Cómo es que tú no tienes esa espalda? Podría arañarla todo el día.

Jeriel disimuló un respingo ante el tono agudo de su compañera y cubrió una mueca ocultándose tras la taza humeante de café. Cualquiera pensaría que sus recurrentes celos se verían apaciguados en legitima confianza entre hermanos, pero ya fuera por la mezcla de síntomas que conformaban la resaca o el alcohol que aún hacía mella en él y que todavía circulaba en su sistema, no tardaron en hacer acto de presencia con caprichosa crueldad.

Matthew en cambio, poco se preocupó del arranque temperamental de Jeriel y esbozó una sonrisa de medio lado hacia el comentario de la hija del cónsul Nightshade. Le parecía estar otra vez en la cocina de su infancia y ser testigo presencial de otro de los berrinches de su hermanito. Aún en ausencia de su padre, a Jeriel nunca le hacía falta con quién pelear.

— Creí que a clave nos enviaría a un tutor, no a un ama de llaves. — Indicó el menor al ver al otro tan ordenado como de costumbre. Ciertamente, había cosas que nunca cambiarían. —  Tal vez puedas pasarte por mi habitación más tarde...

La paciencia de todos tiene sus límites.

El silencio se instaló en la habitación denso y pesado, casi palpable. Cuando el mayor volvió a incorporarse, parecía haber doblado su tamaño. De pie, erguido todo lo que le confería su altura, observaba a su hermano pequeño con un poco disimulado gesto de decepción instalado en su rostro.
 
— La clave me ha solicitado, porque de lo que carece este instituto es de disciplina.  —Pronunció, severo. Su mirada osciló desde los ojos agotados de su hermano, hasta los moretones, la ropa puesta a las apuradas y el pelo sin acomodar. Luego, dulcificó su mirada y giró la cabeza hacia la Nigthsade. Había notado el pelo prolijamente acomodado y dos gotitas de sudor frío que corrían aun por la frente casi seca. — No es el caso de todos, claro está.

Cualquier otro se vería amenazado ante el alce que se erguía frente a él en toda su estatura. Cualquier otro se hubiera visto acobardado ante la seriedad y el peligro oculto tras el silencio engañoso de aquel hombre que así como podía ser atento, también podía ser letal. Cualquier otro hubiera cerrado el pico si hubiera sido sabio. Pero claro, Jeriel Cross no era cualquier otro, y eso, todos en aquella sala lo sabían perfectamente. En silencio, el muchacho le devolvió la mirada. Ya no era un chiquillo terco, sino un hombre el que ahora entornaba la mirada fija sobre aquel que lo superaba tanto en edad como en estatura. Se acomodó en el respaldo de la silla e incluso cruzó los brazos frente a su pecho conforme pasaban los segundos. Finalmente, la comisura de sus labios dio un tirón característico que auguraba desafío.

— ¿Te has parado a pensar en que hay árboles imposibles de enderezar? Tal vez ya sea demasiado tarde, hermano.—Finalizó aún sin apartar sus ojos de él conforme parecía transmitir mucho más que aquel estúpido comentario zen sobre árboles y disciplina. — y ciertamente, ya no soy ningún crio al que puedas decir qué hacer.

Matthew no frunció el entrecejo, no alzó el tono de voz ni se vio disminuido por las palabras del menor. Simplemente lo miró desde su lugar, desde lo alto, desde la experiencia y la perspectiva que dan los años. Teñidos sus ojos café no con el reproche de su padre, no con la preocupación que siempre había empañado el semblante de su madre sino con la incondicionalidad que lo había caracterizado como hermano. De todos, Matt había sido el que nunca había procurado cambiarlo. El que nunca pretendió decirle cómo vivir su vida ni  qué errores cometer. El que se limitaba a ayudarlo dentro de sus limitaciones y darle el espacio que se la antojara. Si esto hacía más mal que bien... no había modo de saberlo a ciencia cierta. Aun así, aunque no hiciera nada para "enderezar" aquel árbol, no podía evitar darle voz de vez en cuando a su preocupación. Pero no era más que eso, una crítica, una opinión. Y su hermano nunca escuchaba ni daba peso a sus opiniones.

—  Tienes razón. No es mi trabajo ocuparme de ti, Jeriel. —sentenció con simpleza, colocando agua otra vez en la caldera y sacando una taza de la repisa.

La visión caló tan hondo en Angelique que resultó insoportable. Matthew Thurshcross no hablaba con la calidez, con la simplicidad e inseguridad de su propio hermano mayor, de Jamie, pero aún así, aquel brillo preocupado en los ojos castaños era el mismo. Lo mismo que había visto tantas veces, al dejarlo solo en el instituto de Londres, al salir de caza con su padre. Aquella incondicionalidad que mataría por tener otra vez.

Jeriel en cambio, parecía furioso. Su rostro pálido había adquirido tonos carmesí difíciles de ignorar. Ya fuera por la vergüenza al ver la decepción y la preocupación grabada en los rasgos de su hermano o a la inmediata furia que trajo consigo aquella declaración que lo dejaba en evidencia. El joven no se ocultaba ante nada ni nadie, y normalmente le importaría una mierda lo que cualquier otro dijera, pero todo eso, sumado a la resaca y el mal humor que traía consigo la mañana junto con los cambios que sacudían su rutina diaria y ponían su vida patas arriba, provocó que una mirada fulminante dirigida hacia su hermano aumentara la tensión en la sala y bajara en picado la temperatura, capaz de helarles la piel a los presentes.

Con parsimonia y sin abandonar sus ojos, musitó:

—  Disculpa que a veces olvide la importancia del protocolo o la absurda disciplina inculcada por nuestro padre y que tan bien pareces aplicar en tu vida, hermano. Pero si  el hecho haber perdido a alguien cercano no es suficiente motivo para ti, correré de inmediato a mi habitación y me alistaré sin falta para lamerle el culo a algún superior. —  Dicho esto, empujó la taza con su mano, la cual se deslizó por la superficie de la mesa, provocando que el café se derramara. Después, se levantó sin decir palabra y abandonó la estancia.

© HARDROCK


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Matthew Thrushcross
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