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DAMNATIO MEMORIAE ~ Jamie N.| James N.

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DAMNATIO MEMORIAE ~ Jamie N.| James N.

Mensaje por Cónsul J. Nightshade el Dom Feb 28, 2016 4:49 pm

Locación: Apartamento de Jamie
Previo a la Fiesta de Halloween
Posterior a "Malum Discordiae"
Redactado via Skype
Editado por C. James Nightshade
Pais: Dinamarca
Damnatio Memoriae

Lo que es y lo que nunca será.

El sonido del timbre resonó en el interior del pequeño apartamento, arrancando al muchacho finalmente de aquel estado aletargado de sueño. Jamie Ashwalker abrió los ojos ante la pobre luz que se filtraba a través de la ventana, siendo consciente de que se había vuelto a quedar dormido sobre el pequeño escritorio que presidía un rincón de la sala. Motas de polvo ascendieron frente a sus ojos entrecerrados, atrapadas en el interior de las haces de luz en una danza hipnótica que ascendía desde el montón de papeles y libros viejos que se desperdigaban sobre la mesa.
El sonido proveniente de la puerta se repitió de nuevo, reclamando su atención una vez más.  Rápidamente el joven se incorporó y se internó en el pequeño corredor a paso cansino con tal de ver quién era, pues las visitas eran poco habituales en horario lectivo.  

— Papá… —Susurró entre paralizado y sorprendido por la imagen parada ante la puerta de aquel desvencijado apartamento.

Habían pasado más de dos años, y la torpeza ante la sorpresa inicial desapareció de pronto una vez dio un paso hacia su padre y lo abrazó sin decir mucho más. Se sentía como un niño de nuevo en aquel reencuentro inesperado pero tan anhelado. Sintió el familiar aroma a casa en la ropa, en él. Una fragancia que con el paso de los meses había ido desprendiéndose gradualmente, convirtiéndose en nada más que en el característico olor a detergente y a café recién molido.

— Pero… No deberías estar aquí. — Dijo tras romper el abrazo e invitarlo a pasar sin poder ser capaz  de abandonar aquella expresión.  

Los dedos ásperos y toscos del Cónsul de La Clave revolvieron levemente el cabello castaño de su muchacho, asiéndolo por la nuca y cuello mientras contemplaba su rostro. Estaban allí los pocos rasgos que había heredado de su madre, la misma dulzura en gestos que acompañara también a Angelique. Pero aquel semblante había dejado de ser el espectro pobre de dos años atrás, ojeroso y desgravado, incapaz de recuperarse de las viejas heridas de batalla antes de que se infringieran nuevas. Su hijo se veía por primera vez en más de una década como un joven saludable, pasado el halito de cansancio y la preocupación que emponzoñaba sus gestos. Estaba vivo. Al margen de los horrores del mundo nephilim, su niño aún vivía. Si el matiz que tintó en esos instantes el rostro de James no fue el de la más genuina felicidad y semiamargo orgullo, imposible sería definir qué sería.

— Søn... —respondió la voz ronca, acariciando cada sílaba en su Danés natal.

— ¿Ha pasado…?  —Preguntó finalmente Jamie Nightshade, deteniéndose frente a su padre con la preocupación y el miedo en sus rasgos.

Apenas pudo terminar la pregunta, quedando las palabras atascadas en su garganta ante el temor de que la respuesta fuera mucho peor.

La mano de su padre había dejado el cuello, afianzando su agarre en el hombro y sonriendo levemente con los ojos vidriosos. Se preguntó si alguna vez su niño lo habría visto así, si sabría cuánto deseaba su viejo padre llevárselo de regreso a casa o la preocupación por él que estaría siempre presente por el tiempo de vida que le quedara. Los últimos dos años lo habían envejecido, marcando su frente amplia con líneas de preocupación y dibujando arrugas en las comisuras de sus ojos cansados. Al final, decidió que nada de eso importaba. Negó levemente la pregunta, y dirigió la mirada al interior del edificio.

— Disponemos de tiempo limitado.

El alivio sustituyó rápidamente aquella expresión de temor, siendo una tímida sonrisa de felicidad la que borrara finalmente todo rastro de preocupación. Pero aún quedaba en el brillo de sus ojos somnolientos ese anhelo por el hogar. El simple hecho de caminar por el interior de aquellas cuatro paredes le trajo de nuevo ese regusto amargo, dirigiéndose hacia la pequeña cocina que conectaba con el salón sin nada más que una modesta banqueta americana y tres paredes con los elementos imprescindibles para la vida cotidiana.

— De acuerdo…  —Respondió en voz baja, denotando cierta decepción.—  Tal vez aún podamos tomar un café. —Continuó mientras se volvía con torpeza hacia su padre y lo observaba durante unos instantes.

La sensación de regresar tiempo atrás le parecía cada vez más profunda, sintiéndose nuevamente avergonzado y algo fuera de lugar en aquella pequeña sala llena de libros y pocos objetos personales. Era un apartamento modesto, y la simple presencia de su padre era capaz de empequeñecerla todavía más cuanto más tiempo se demoraba en intentar imaginarlo en Idris, en la vieja casa solariega, llena de amplias salas, altos techos  y verdes jardines. Se preguntó no por primera vez cómo sería regresar de nuevo al calor del hogar, leyendo uno de esos pocos libros que ahora estaban tirados sobre el estante y que antaño pertenecían a la biblioteca familiar. Se preguntó cómo sería volver a escuchar las risas de su hermana, las bromas o incluso las réplicas de la misma cuando lo interrumpía a mitad de página.

Pero ya nada de aquello sería igual si todo el anhelo que venía acumulándose en su vida se viera satisfecho. Así como los cambios físicos en el rostro de su padre no le pasaron inadvertidos, tampoco lo fue la realidad en la que se veía sumergido allí, en aquella ciudad a tantas millas de los suyos.  

Hasta que recordó el poco tiempo del que disponía en compañía de su padre. Una satisfacción que empequeñecía en comparación a todo aquello a lo que había renunciado, pero una grata, capaz de avivar la pequeña esperanza que anidaba en su corazón.  Regresó de nuevo junto a la cafetera, preparando dos tazas de café.

— ¿Recibiste mi último mensaje?  ¿Has considerado lo que te dije, papá? — Continuó aun sabiendo la respuesta a aquello.

Era lo que se venía repitiendo desde los últimos diez meses, desde que comenzó a añorar con más y más desesperación su vida anterior. Su padre sabía el motivo por el cual aquella petición se había vuelto insistente y no era el imposible de regresar junto a los guerreros nephilim ni mucho menos el instinto de la caza.  Era algo tan sencillo como la posibilidad de, tal vez, escribir a su madre y a su hermana. Explicarles aquello; simplemente algo que apaciguara aquella soledad que parecía engullirlo día a día, sumiéndolo en una desesperante tristeza.

Así, apoyando ambas manos sobre la superficie de la cocina, el joven aguardó una respuesta que no tardó en llegar a sus oídos.  

—Tira una taza al piso, Jamie. —Ordenó su padre aun de pie, doblando prolijamente la chaqueta de su saco de vestir y colgándola en el propio brazo.

Todo parecía pequeño en comparación directa con la figura erguida del Cónsul y su porte de cazador. Desentonaban los libros fuera de lugar y el poco desorden en el que sus ojos se posaban al descuido. Si antes James Nightshade había sido un hombre recio y serio, su silueta ahora sólo podría catalogarse de intimidante. Y sin embargo, estaba la voz, el mismo tono que hubiera usado cuando Jamie aún era un niño pequeño y pedía para acompañarlo en sus excursiones de cacería.
El joven dejó caer los hombros, y deslizó automáticamente los ojos marrones hacia la taza que había junto a él. En sus oídos solo podía escuchar el bombeo de su corazón, que pese a estar  acostumbrado a la decepción, golpeó dolorosamente más fuerte en su pecho conforme tragaba hondo el dolor. Finalmente, la taza se precipitó contra el suelo de un simple empujón de sus dedos. De un modo similar sus esperanzas se precipitaron al vacío, solo que en el silencio más desgarrador que pudiera concebirse, y casi tan hiriente como los pequeños trozos que ahora se desperdigaban a sus pies, como todo lo demás que pudiera desear.

— ¿Han vuelto los trozos a unirse? —preguntó su padre, tomando asiento lentamente y cruzando una pierna por sobre la otra.

— Tú puedes encontrar la forma.  — Susurró Jamie tras una larga pausa en la que se mantuvo completamente inmóvil, asimilando las palabras. Intentando por cualquier medio posible no dejar que el brillo que humedecía sus ojos desencadenara en una emoción demasiado evidente.

Finalmente, sirvió el café .  

James recibió de su hijo la taza, dejando que el calor de la porcelana templara sus dedos marcados por los cayos y las pequeñas cicatrices. Negras runas asomaban bajo la tela blanca de la camisa, se adivinaban más allá del cuello pulcro y las mangas abotonadas. No escuchaba nada que no hubiera esperado escuchar, sintiendo una punzada de decepción ante la inevitable certeza de haberse encontrado en lo correcto. Sin embargo, poco decía su rostro sereno.

— Puedo. — Consintió, sin filtrar ni una sílaba de esperanza en la vocalización de la palabra — Y si lo hiciera. ¿Qué crees que haría tu hermana?  

— No puede ser peor que esto.  — Suplicó Jamie otra vez como venía haciendo hace meses, al igual que un niño que intenta aceptar  hacer algo que no quiere, pese a saber que todo sacrificio por eludir lo inevitable será inútil.  — No puedo soportarlo más.  —Dijo finalmente en un suspiro entrecortado

— No hay modo de deshacer lo hecho. — Respondió  clara y concisamente el Cónsul de la Clave, dedicándole a su hijo una mirada severa más no carente de sentimiento– Déjalas recoger los trozos.

Jamie miró a su padre, mordiéndose el labio con una expresión derrotada. Desistiendo como muchas otras veces, apartó sus ojos. Al rato el mayor lo abrazaría otra vez, prometiendo nada más que una despedida temporal. Respetaba la nueva vida de su hijo. Dejaba a un lado lo que hubiera deseado para él y respiraba con parsimonia, reconociendo lentamente el valor de sus méritos.

Sin embargo, había para Jamie  Ashwalker cuestiones impermisibles.



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