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MALUM DISCORDIAE ~ Katherina|Jamie

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MALUM DISCORDIAE ~ Katherina|Jamie

Mensaje por Katherina Baelfire el Dom Feb 28, 2016 8:30 pm

Locación: Apto. de Katherina
Previo a "Damnatio Memoriae"
Posterior a ******
Redactado via Skype
Editado por Katherina Baelfire
Pais: Dinamarca
MALUM DISCORDIAE
Colaboración entre Jamie Nightshade y Katherina Baelfire

"Yo represento todos los pecados que nunca has tenido el coraje de cometer."

Los labios de la mujer se alzaron con la sutileza del toque de una pluma al besar el final de la oración. Era una criatura fina y de apariencia frágil, poseedora de una belleza ajena a la época y unas maneras formales y elocuentes a la hora de conversar.

El boligráfo colgaba de entre los dedos de su entrevistador desde lo que sin exagerar debieron ser al menos tres horas, en las que ella se había dedicado a llenar el aire con sus palabras de tonada suave, acaparando  la conversación y versando culta y agudamente sobre cierta obra de Oscar Wilde que consideraba una delicia.  El muchacho, atento y solo sutilmente boquiabierto, permanecía completamente inmóvil desde el instante en el que se olvidó de tomar anotaciones sobre lo que escuchaba. Aquella voz delicada llegaba a sus oídos, flotando al igual que una embriagadora fragancia capaz de dejarlo absorto. No se trataba sólo de la belleza de quien las pronunciaba, sino más bien del conocimiento que entreveía a cada ligera variación en su tonada; cada palabra o expresión tan poco utilizadas en la actualidad. Interrumpía solo de vez en cuando tirado de la inquietud, si es que presentía -ingenuamente- que a la mujer podrían acabársele en algún momento las ideas y observaciones sobre el tema. Sin embargo, el pequeño block de notas descansaba sobre la alfombra desde tiempo atrás, completamente ignorado por su propietario. Toda una temeridad para alguien con su educación, quedar tan infinitamente atrapado por aquella criatura elegante aun sabiendo de antemano de qué era capaz.

Tan abstraído parecía encontrarse, que no notó a la anciana parada a su lado, bandeja con juego de porcelana en mano y el cofrecito de madera con sobres de té a elegir.

— James... — llamó su atención la vampira

— ¡Gracias...! - Musitó él con aire distraído como despertando de un trance profundo, tomando la taza que le ofrecían y centrando la atención de nuevo en la joven.

Inevitablemente, sus ojos se desviaron hacia el reloj junto a la puerta, lo cual solo consiguió desanimarlo ligeramente. Tenía mil preguntas más al respecto, como todas las veces en las que se reunían en aquella sala. Y como siempre, se marchaba de allí con la extraña sensación de sentirse cada vez más ávido de conocimiento sin más aportación que quedarse allí parado sin apenas percatarse de las horas que se sucedían.

— Pese a que Dorian represente el papel de un perfecto Fausto, siempre me han fascinado las influencias que ejerce Lord Henry, encarnando al mismo diablo con sus singular modo de alcanzar la satisfacción de los deseos inmediatos... — Musitó cabizbajo sin apenas mostrar interés por el té. Tras un suspiro, depositó la taza sobre la mesilla y golpeó con el pie la libretita. —Creo que debería marcharme ya. Siento que robo demasiado de su tiempo cada vez que vengo... —Se justificó recogiendo el block y su cartera del piso con una sonrisa nerviosa.

— Puede quedarse un tiempo más si lo desea, hoy no tengo compromisos. — respondió la dama, jugando con el anillo de la diestra y procurando realizar algunos movimientos de ensayada humanidad. Pretendía jamás quedarse tan inmóvil como una estatua de mausoleo si tenía el agrado de contar con visitas. —Además, considero que vuestra teoría de que Lord Henry encarna al diablo merece cada segundo de mi tiempo. Personalmente, no podría estar en mayor desacuerdo.

Jamie dejó caer la mochila lentamente, escurriéndose junto a sus pies a un lado del sillón en el que se hundía de nuevo. Un brillo interesado destelló en sus ojos color chocolate, totalmente fascinado por aquello que tuviera que añadir más que por escucharse balbucear inseguro cualquier posible réplica. En algún lugar, una pequeña parte de él le impelía a salir de allí, ser consciente de con quien trataba y aceptar que cualquier segundo de su tiempo era un aliento de vida más que arrebataba a aquellos de los que se alimentaba; de los que se había alimentado desde el tiempo en el que ella caminara sobre la faz de la tierra considerándose clínicamente muerta.

Finalmente, su avidez de conocimiento inclinó la balanza. Arraigada educación revelándose en contra de sus deseos, buscando el modo inmediato de satisfacerlos. Él mismo no distaba demasiado de ser su propio diablo traicionero. Quizás la esencia misma de aquella mujer los alimentaba mediante el ingenio y aquel maravilloso conocimiento.

—  ¿Acaso, no se considera en sí mismo un pacto con el diablo el modo que tiene Lord Henry de manipular e influenciar a un inocente Dorian? — Titubeó atropelladamente no sin sorprenderse por la pasión implícita en sus palabras. La emoción al sentir como, por un fugaz instante, sentía la seguridad acudiendo a él libremente en una de esas raras ocasiones en que se perdía en sus propias cavilaciones. — ¿Acaso Oscar Wilde no hizo de él un nuevo tipo de diablo en la literatura?

La vampiresa sonrió sin enseñar los dientes.

— Todas las cosas verdaderamente perversas besan su origen en la más tierna inocencia. En un inicio, sin aún conocer a Dorian Gray, Lord Harry adivina que debe de tratarse de una persona sin inteligencia. Dice que su belleza sólo es posible si no la corrompen las preocupaciones y los pensamientos. Así podríamos considerar a Dorian como un espectro bonito, pero sin mayor conciencia de sí mismo. Una esponja a las palabras de Lord Harry y a teorías que ni este mismo creía, y a las que sólo daba voz en pos de crear discordia. ¿Considera estas conversaciones como una perversidad? Yo veo en ellas el reflejo vivo de la labor de los filósofos, inclusive de los poetas y otros tantos escritores. Apelan a la reflexión, no a la acatación ciega. De ese modo, creo que el verdadero diablo destructor de Dorian Gray, no es otro que su propia ignorancia. Su falta de sentido crítico para fundar una opinión propia. — la mujer delineó el borde de la mesa con los dedos. En ningún momento había dejado de mirarlo. — Los jóvenes siempre se encuentran ávidos de ideas ya digeridas.

— Pienso que la tiene; —Respondió finalmente el joven. — Dorian realmente tiene una gran conciencia de sí mismo. De su belleza, de la vulnerabilidad que inspira su propia inocencia.   Al principio de la novela, su juventud curiosa no escondía malas intenciones, ya que era comparable a la un niño de corazón bondadoso. No negaré que esos principios y sus teorías con respecto  a la reflexión sean erróneas, pero tampoco puedo aceptar que sean exactamente leales a lo que la historia busca transmitir... — Jamie se sonrojó, adquiriendo un tono ligeramente más rosado sobre las mejillas en su tez pálida. El brillo febril persistía en sus ojos oscuros, que en aquellos instantes se mostraban huidizos, desviándose de la alfombra a las elegantes  lámparas, pasando de largo aquella mirada fija en él. En ocasiones, incluso conseguía mantenerla durante unos breves segundos. —  Todo esto trata sobre el bien y el mal. — Afirmó tras una pausa y un hondo suspiro, encontrando de nuevo la mirada de la mujer. Esta vez con algo más que determinación. — Todos tenemos elección. Siempre. Su juventud le permitía absorber todo cuanto se le presentaba, pero no podemos negar que Lord Harry poseía tintes de perversidad en sus afirmaciones. No apreciaba la belleza per sé, sino más bien el placer que podía obtenerse mediante ella. Él supo apelar a la curiosidad de un joven Dorian, era astuto y no cejó hasta ver a ese joven moldeado a la altura de sus ideales; al menos esa era la imagen corrompida que le gustaba dar de sí mismo y que nunca pareció atreverse a aplicar pese a su filosofía de vida, como bien ha dicho. Pero, ¿No es esa acaso  también, una forma de manipulación sutil que busca como único objetivo la acatación ciega e involuntaria? ¿Influenciar en sus decisiones mediante la tentación que inspiraban esas palabras en el joven e ingenuo Dorian?  Imponía sus propias ideas en pos de menospreciar cualquier otra, incluidas las de Basil. Él si veía la belleza en su particular inocencia, y su único propósito siempre fue la de preservarla, protegerlo de las influencias de Harry con la evidente proyección argumental que existe en la eterna guerra entre el bien y el mal. Además de que… — Se interrumpió de pronto, percatándose de que era la primera vez que había pronunciado uno de los discursos mas largos jamás dado en su presencia. — Lo siento. – Se disculpó finalmente, escondiendo su vergüenza y nerviosismo tras una sonrisa torcida.

Sabía que aquel tipo de conversaciones jamás llegarían a un completo acuerdo. Ambos puntos de vista con respecto al mismo tema tendían a variar entre dos personas, ya fuera por las distintas épocas en las que ambos se habían educado, así como los ideales de cada sociedad. Él mismo era demasiado joven e ingenuo como para percatarse de la magnitud que aquel dilema exponía frente a sus ojos. Tal vez sus propias conclusiones se basaban en el ejemplo que había recibido en su corta vida, siendo hijo de un padre atento que parecía imponer sus órdenes de un modo autoritario, pero no por ello él se sentía anulado, como ella parecía dar a entender de un modo completamente inconsciente. O tal vez no tanto, pensó. Ya que en más de una ocasión su rostro tendía a revelar más de lo que emitían sus palabras.

— Últimamente apenas he descansado bien, por lo que tiendo a divagar estupideces. Discúlpeme, señorita Collins. — Repitió de nuevo mintiendo solo a medias, como demostraban  pequeñas medias lunas instaladas bajo sus ojos desde hacía semanas. No había sido su intención dejar entrever cuánto le afectaba, inexplicablemente, aquella conversación.    

— No hay nada que disculpar, James. Vuestra conversación es exquisita. Destila inocencia de cada sílaba, esa misma que reconoce en el joven Dorian antes que la crueldad y el pecado afearan su retrato. Resulta cautivadora, aquella clase de fragilidad y belleza que recubre como un velo a los inocentes y que evade a los inmortales. La creencia infantil de la existencia del bien y del mal me parece deliciosa. Sin embargo, creo que se ha centrado  en el análisis del adolescente y despreciado al adulto demasiado a prisa. ¿No le parece curioso que Lord Harry no aplicara ni creyera sus propias ideas? ¿No cree que si realmente hubiese confiado en el que el camino del placer y el de la felicidad iban directamente de la mano, su vida habría tenido otro rumbo? ¿Conoce el término “psicología inversa”, James? Yo creo que Lord Harry guardaba en su corazón el profundo anhelo de que le demostraran que estaba equivocado. Yo misma, sin ir más lejos, sostengo que todo lo inocente deviene inevitablemente en algo perverso, si se le da el tiempo de madurar. Es la verdad más elemental de la naturaleza humana, una verdad que no puede permanecer escondida para siempre.  

La escritora se quedó inmóvil como una estatua durante un buen puñado de segundos que se sintieron como una eternidad para su interlocutor. Algo en su postura, en la impasividad de su mirar, revelaba inequívocamente que era aquél y no otro el punto, la conclusión ineludible a la que había buscado llegar.

Luego, recuperando la gracia inhumana que en todo momento la había cubierto como un velo,  abrió un cajoncito de debajo de la mesa, y  extendió al varón un pequeño paquete.

— No creo en absoluto que se trate de una creencia tan inverosímil. Al fin y al cabo, este concepto resume a la perfección el motivo por el cual se justifica nuestra existencia en este mundo. De la de los nephilims y su propósito, así como la de criaturas como ustedes... — Comenzó a decir Jamie mientras se incorporaba inocentemente hacia la pequeña cajita que le tendía la mujer.

Lo desenvolvió con facilidad sin detenerse en su réplica, hasta que se dio cuenta de lo que ella le estaba ofreciendo. El paquete contenía un tubo de vidrio con unas gotas de vitae, y estaba preparado como un colgante. A su lado, había un saquito con tierra.

— Más que nada ansío estar equivocada, pero como lo sabrá, para desmentir una teoría hace falta un contraejemplo. Podría serlo usted. — Sentenció la mujer, y sus ojos brillaron de manera suspicaz— Permítame hacerle un obsequio por estas veladas maravillosas: una elección.  Quiero que la efectúe con calma y sin prisas. Tiempo es lo que sostiene en sus manos. Si no desea ni un segundo más, siéntase libre de estrellarlo contra el piso. Mientras tanto, quiero que lo conserve. Es lo menos que puede hacer, por las molestias.

Jamie se detuvo de pronto, totalmente mudo ante lo que veía. Su reacción instantánea apenas pasaría desapercibida para la vampiresa. Repulsión. Rechazo. Dolor. Todas aquellas definiciones sentidas en sus propias carnes como un mal recuerdo, tal cual desvelaba la cicatriz de su cuello tras su última experiencia con vampiros. Impelido por su poca capacidad de fingir autocontrol a lo que su rostro desvelaba, sonrió y levantó la mirada, casi como si esperase que ella le confesara que todo había sido una broma de mal gusto. Intentó articular unas palabras, pero la duda y el escepticismo se adueñaron de su capacidad del habla. Finalmente, dada la seriedad en sus palabras, tomó el control de si mismo con una seriedad a la altura de la situación.

— Un concepto que tal vez esté pasando por alto al hacerme este tipo de propuestas, Lillian. - Dijo con voz grave pero titubeante. Casi como si evocara la presencia misma de su padre al repetir aquellas palabras, Jamie frunció los labios ligeramente. Una mueca ligeramente torcida que destilaba desaprobación, tan parecida a la que había visto lucir en el rostro sereno y firme de su progenitor en contadas ocasiones. — Ante todo... — “Soy un Nightshade”, se contuvo a decir. En un acto involuntario, acarició con la punta de sus dedos el lugar en el que anteriormente lucía el anillo de familia. En cambio, cuadró sus hombros todo cuanto se lo permitió el sillón en el que estaba sentado, abandonando toda posición desgarbada de un joven despistado y  adoptando otra más parecida a la de un guerrero nephilim. — Ante todo, soy un cazador de sombras, nací y me eduqué como tal, y así moriré pese a que ya no forme parte de la Clave nunca mas. — El joven inspiró hondo, aún con la seriedad en sus rasgos juveniles y el mirar enfocado, aunque ligeramente enturbiado, en la vampiresa. —  Me gustaría decir que es un honor recibir tal invitación... Pero no; no lo es.

El muchacho negó con la cabeza, cabizbajo. Una sonrisa nerviosa tiraba de sus labios, incrédulo al observar aquello que aún sostenía entre sus dedos, reluciendo con burla en un llamativo color carmesí.  La mera imagen le revolvía el estómago, y de haber sido posible, lo hubiera soltado como si se tratara de algo venenoso.

— Tengo la firme creencia de que en esta vida alguien joven como yo debe tomar una serie de decisiones importantes a lo largo de su existencia, y esto jamás formará parte de ellas. — Musitó, no sin tanta convicción bajo el efecto aturdido de aquella compulsión que ella despertaba en él. En sus actos. Sus labios decían que no; sus entrañas se retorcían. Pero sus actos iban completamente por su cuenta sin apenas darse cuenta de ello.

— Es sin embargo, una elección que he puesto en sus manos. Una posibilidad. El obsequio es totalmente inofensivo por sí solo. No posee la capacidad de influir sobre usted o de dañarlo accidentalmente de modo alguno. Es, si se lo quiere, tan inofensivo como las palabras de Lord Harry a oídos sordos. Le estoy obsequiando “Tiempo” del mismo modo que usted me lo ha obsequiado antes, dedicando irrecuperables horas de su vida a escucharme. Y el tiempo de un hijo del Ángel es tan precioso como lo es la divinidad que corre por sus venas. Vuestras vidas son tan preciosamente frágiles y las viven a tal intensidad que un ser como yo no puede más que sentir una punzada de admiración y envidia al respecto. Asumo que es increíble, si bien no logro evocar la sensación. Saber que cualquier palabra puede llegar a ser la última, que cualquier beso o caricia puede llegar a no repetirse jamás. De ese modo cada momento queda grabado a fuego en los huesos.

La mujer giró ligeramente el cuello, de pronto plenamente consciente de su propia ausencia de pulso o emociones genuinas. Se sentía cada vez más como un trozo de mármol exquisitamente esculpido, un adorno fino en un mausoleo.

— Por favor—continuó— No tome este ofrecimiento como una ofensa. Los finales evocan en los inmortales un cierto vértigo que no espero que comprenda. Si de verdad no necesita o desea el tiempo que le he obsequiado, siéntase libre, como dije, de aventarlo contra el piso.  




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