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Meliora || Jamie & Angelique Nightshade

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Meliora || Jamie & Angelique Nightshade

Mensaje por Jamie Nightshade el Dom Feb 28, 2016 8:41 pm

Localización: Establos de Idris
Previo a Damnatio memoriae
Redactado via Skype
Editado por Jamie Nightshade
Revisado por Angelique Nightshade
**********
Meliora

I will always be here... No matter how, or where.



Has regresado… — Dijo el joven con una sonrisa sobre su hombro mientras dejaba la pesada silla de montar en su lugar.  Después, se volvió hacia ella y se sacudió las manos en el viejo pantalón. — Vuestras ausencias se hacen cada vez más prolongadas… — Continuó con una mueca pasando junto a ella y dejando un beso sobre su mejilla antes de dirigirse hacia la pequeña cuadra en la que una yegua asomaba el hocico en busca de alimento.

Como norma general, Jamie siempre se mostraba así de taciturno y afligido  a su regreso. La había echado de menos y aquellas salidas dejaban la casa sumida en una calma insoportable, con demasiado tiempo libre en el que pensar y compadecerse por no poder estar allí fuera, junto a ellos.

¿Eso es todo? ¿Así me recibes? — Inquirió la cazadora, elevando su tono sin preocuparse en camuflar aquella notoria nota de histeria.

El pelo de la trenza iba enmarañado, tenía costras de lodo en el cuerpo y sustancias varias que no quería ni siquiera molestarse en catalogar y una pequeña colección de heridas nuevas que todavía no sanaban.
El joven sonrió mientras observaba al animal masticar agradecido la comida en su mano. Después, miró a su hermana de medio lado con diversión chispeando en sus ojos.

Por el Ángel,  da gracias que no me has tumbado con ese olor a azufre e icor.

Aún con aquella sonrisa divertida, el joven aguardó unos segundos más allí parado,  disfrutando como siempre de hacer saltar su genio a cada oportunidad que tenía. Una visión que tanto había necesitado en los últimos días y que ahora que tenía frente a él era incapaz de ignorar, como el timbre agudo que adoptaba su tono o las arrugas de disgusto tan graciosas que se formaban en su pequeña nariz. Pero él tampoco era capaz de resistirse por mucho tiempo, llevándose con su mera presencia todo desánimo que pudiera haber tenido sin ella a su alrededor.

Más te vale mover tu culo hasta aquí y darme un jodido abrazo, Nightshade. —  gruñó, tirando al piso el equipaje que traía a cuestas, mientras aun recuperaba el aliento de la pequeña carrera que había corrido hasta allí. Ni siquiera había saludado a su madre. Lo primero en su lista siempre era Jamie. ¿Es que el gilipollas no la había extrañado? Después de todos esos días lejos ella misma creía estar volviéndose loca. Quería correr, abrazarse a su pescuezo y no soltarlo. ¿Por qué tenía que ser tan jodidamente indiferente? — Ale... tonto. ¿Es que no me extrañaste?

Aún estoy planteándomelo… —Dudó conforme se ampliaba su sonrisa y le lanzaba un montón de heno sobre el pelo. Aprovechó la distracción para acercarse a ella en un par de zancadas y estrecharla entre sus brazos  y besarla a un lado del rostro.  — Podría contraer algún tipo de enfermedad demoniaca solo por esto. — Dijo con una mueca que pretendía ser de repugnancia ante la suciedad sin identificar de sus ropas. Pero en lugar de alejarse, la estrechó aún más.

La risa surgió de la garganta de Angelique como algo natural, peleándose entre carcajadas por sacarse de la lengua algunos restos de heno. Sus manos lo estrecharon más de cerca, tirando de la sudadera y hundiendo la cara en el hueco de su cuello.
Aquel era el Jamie que le gustaba, no el imbécil seco que se hacía las de superado sino el hermanito cabezota que aún se creía capaz de emboscarla. Los dos sabían que habían pasado años desde la última vez que aquellos truquitos funcionaron en serio, pero Ang se lo dejaba creer, jugaba el rol de desprevenida y se embadurnaba en la intimidad del encuentro.

O te estás haciendo más alto, o me estoy convirtiendo en una liliputiense. — Comentó tirándolo de los cachetes mientas pequeñas arrugas se formaban en las comisuras de sus ojos castaños a causa de la risa.

Es verdad, te ves cada vez más pequeña… — Respondió Jamie entre carcajadas pero se detuvo a mitad de la frase para hacer una mueca al sentir sus dedos pellizcando la piel de sus mejillas. — Sabes cuánto odio que hagas eso.  — Gruñó arrugando la nariz y poniendo distancia entre su cara y sus manos ávidas. —  Recuerda que yo soy el mayor aquí. — Le lanzó una mirada de superioridad que contrastaba totalmente con la sonrisa casi infantil de sus labios. Después, la seriedad y la preocupación regresaron a su rostro y, con un suspiro aliviado de tenerla de regreso de una sola pieza, la atrajo de nuevo hacia él.

Jamás digas que no te extrañé.  — Suspiró sobre su cabeza — Te he echado muchísimo de menos y odio verte así de magullada cuando regresas.

Que va, si son solo un par de raspones. —  Respondió Angelique, saltando sobre él, envolviéndole el cuello entre los brazos y la cintura entre las piernas.

Jamie olía a caballos, jabón, pradera, sol y a casa. Olía a todas las maravillas del mundo juntas en un solo abrazo, en un solo beso ruidoso depositado en su mejilla áspera. Pillándole con la guardia baja, la joven se lanzó sobre él  y sus pies trastabillaron, por lo que ambos fueron a parar al piso, sobre un montón de heno en un lio de brazos y piernas.

Tienes menos equilibrio que una kuri en patines. —  Apuntó la muchacha, descostillándose de la risa ante la inminente caída.

Las carcajadas de ambos jóvenes provocaron relinches entre los equinos, que los observaban entre aburridos y curiosos.

Yo también te quiero, tarado. — Susurró la joven aún con los ojos resplandeciendo por la buen humor y la alegría.

Lo sé, estás tan loca por mí que probablemente no sabrías que hacer con tu vida si no estuviera yo en ella para que pudieras torturarme.

Jamie apartó de su rosto los cabellos desordenados que habían escapado de la trenza, torciendo los labios en una sonrisa feliz que fue decayendo poco a poco.  Aquel era uno de esos momentos en los que simplemente  todo quedaba suspendido ante sus ojos, un breve instante de felicidad irracional que le dejaba cierto regusto amargo imposible de digerir. Antes de que en su rostro pudiera reflejarse parte de sus pensamientos, empujó a la joven a un lado, quedando uno junto al otro, ambos tendidos sobre el montón de hierba seca con las respiraciones agitadas.

Hasta hacía cuestión de dos minutos, el resentimiento de sus músculos agotados se había hecho patente hasta al respirar, pero ahora parecía haberse alejado sin siquiera despedirse. Se fue despacio, en lo que toma exhalar el aire contenido, vaciar los pulmones de la risa y guardar silencio, guarecida en un familiar abrazo. Así fue todo por un instante. Heno, grillos y el corazón desbocado del Jamie contra su pecho. El resto del mundo se había olvidado de ellos. Luego, los recordó. Angelique torció el gesto al tumbarse de espaldas, sintiendo el picor de la hierba seca en la piel expuesta, entornando los ojos y enarcando una ceja ante los comentarios de su hermano.

¿Torturarte? Pft. Pero si esto es mera recreación. Si quisiera torturarte te drogaría con polvo de hadas, te colocaría un vestido de lentejuelas y te sacaría a pasear por las calles de Alacante bañado en miel. Sabes que soy capaz.

Pobre del infeliz  que se convierta en tu muñeco de prácticas... — Se compadeció torciendo el gesto con una ligera punzada de celos que al mismo tiempo albergaba cierto regodeo de satisfacción.

No lo hago contigo porque…— Continuó Angelique haciendo oídos sordos al comentario de Jamie y sacándole la lengua a su hermano mientras se dedicaba a desarmar la trenza desprolija con los dedos. — porque más que mi muñeco de prácticas, eres mi conciencia. Dice la leyenda que a todos les viene bien tener una. La mía no vino incluida...— Concluyó la joven, revolviéndole el pelo a su hermano. — Para eso te tengo.

Así era en verdad. O así había creído ella que era por ya mucho tiempo. Ella veía a Jamie siempre que debía distinguir el blanco del negro.

El joven emitió un ruidito bajo, resultado de una carcajada que nació en lo más hondo de su pecho. Ladeando el rostro, le devolvió la mirada a su hermana, recreándose en su rostro conforme su sonrisa se ampliaba. Después, gimió al darse cuenta de que habían caído en el montón de estiércol y paja que había sacado aquella mañana de las cuadras.  Con una sonrisa, giró el rostro y articuló “te odio” lentamente antes de romper a reír de nuevo. Ella sabía que aquello no era cierto, mucho menos cuando se sentó y le dio un golpecito a su pierna, mirándola sobre el hombro.

Bueno, a decir verdad me ha preocupado no aportar suficiente sensatez a tu vida en estas últimas semanas, puesto que al parecer, careces totalmente de ella.— Bromeó encogiéndose de hombros. Más tarde, la abrazó fuerte y dejó que su barbilla reposara sobre el hombro de su hermana. Casi parecía que iba a dormirse allí, con los ojos entornados, cuando volvió a hablar tras una pausa. — Pero se que la tuya está ahí, en alguna parte, Angie. Solo que en ocasiones le resulta difícil influir en nuestras decisiones, sobre todo cuando somos nosotros mismos los que decidimos acallarla. — Susurró con sensatez. — Al menos así es, hasta que alguien logra expresar en palabras aquello que pretendemos ignorar...

Angelique rodó los ojos, bastante segura de que, como había establecido antes, le hacía falta un Jimminy Cricket de carne y hueso que la llevara derechita, rauda y veloz por el buen camino. Jamie le sonrió y tomó aire, dándole voz a lo que llevaba rato queriendo preguntar.

—  Asi que, ¿Estás bien?—  Cuestionó no sin cierta preocupación en su tono de voz.

Ambos sabían que no se refería a la caída de minutos atrás, si no a la cacería que la había tenido tanto tiempo alejada de él.  Angelique se acomodó gustosa sobre su pierna como cuando era una cria al tiempo que Jamie atrajo su cuerpo hacia él, acomodándola sobre su regazo como si de un acto reflejo se tratara. La forma simple en la que sus brazos rodearon su cintura y el modo en el que su menudo cuerpo encajaba a la perfección trajo a su rostro una expresión de felicidad completa, dada la sencillez con la que ambos parecían necesitarse el uno al otro.

Estoy mejor que bien. — Respondió la joven mientras Jamie la escuchaba por un momento, guardando silencio, con el agradable cosquilleo de sus cabellos junto a su mejilla sin evitar que sus cejas se alzaran con sorpresa y atención. — No puedo decir lo mismo del nido de vampiros que barrimos con papá. O de los demonios. Pero siempre diré que encargarse de los subterráneos es con creces más divertido. O interrogar. Encontramos a un descarrilado en el norte de Alemania, habrá que ver cuanta "persuasión" fue necesaria para que nos dijera lo que queríamos.


Tu y papá hacen un buen equipo juntos... — Después, pareció ponerse ligeramente blanco ante la idea de poner en práctica la sesión de torturas a lo que ella llamaba felizmente ¨persuasión¨.

Papá dice que con las herramientas adecuadas se puede hacer que cualquiera confiese a lo que sea. — Continuó con entusiasmo. — Y vaya y que aprendí unos buenos trucos. Puedo enseñarte después si quieres. No incluyen estas cosas en nuestro aprendizaje curricular.

 Sabes que si tuviera estómago para ese tipo de aprendizaje, estaría encantado de que me enseñaras, pero... No me agrada demasiado la idea. — Comentó el joven arrugando ligeramente la nariz, lo que lo hacía ver tremendamente joven e indeciso. — Tal vez por eso padre decidió evitarme ese tipo de sesiones, porque simplemente me basta con el aprendizaje curricular.

Seguro que tienes más aptitud que yo para eso. Estar sentado en un pupitre y repetir maniobras...— Angelique puso los ojos en blanco, acomodándose contra el cuello de su hermano. — El Ángel sabe que así no hubiera aprendido ni a sostener un cuchillo.

Los dos sabían que estaba torciendo la verdad un poco, pero a menudo dejaban pasar esta clase de pequeñeces, justificando ciegamente la actitud de su padre. Ella estaba segura de que hacía por Jamie lo mejor que podía, que era incluso mejor ejemplo que cualquier otro padre. Lo estaba protegiendo, igual que ella lo protegía de aquel montón de imbéciles o mismo de sus primos cuando los humos se les subían a la cabeza. De verdad creía que era así.

Jamie puso los ojos en blanco ante el comentario de su hermana. Un gesto que pasó desapercibido, puesto que en ese momento inclinó la cabeza y acarició sus cabellos en un agradable silencio. A aquello se reducía todo, sin más. No había necesidad de más palabras por parte de uno para alcanzar a comprender al otro. Simplemente aquella agradable sensación de que nada más importaba salvo aquellos momentos distendidos y felices.

Lo único que yo sé, es que naciste con uno en la mano. Es por eso que parece imposible que estés más de cinco minutos concentrada en la tarea. — El joven sonrió, recordando cierta ocasión en la que Angelique era muy pequeña y se coló en su habitación. Su tutor la buscaba por toda la casa como un demente, mientras ella se dedicaba a registrar entre sus cosas hasta dar con uno de sus cuchillos.— ¿Necesitas que te recuerde que pasó con el señor Hightower? — Bufó en voz baja incorporándose lo necesario para mirarla y sonreír tontamente.
Angelique guardó silencio por unos momentos, ordenando lo que quería decir.

Me gusta estar así. Volver y saber que estarás en casa esperando... — La pausa que prosiguió a la oración fue demasiado densa y prolongada. Cargada de una emoción extraña y angustiosa. — No quiero que no estés. Es decir, vale, me alegro de que ya vayas a cumplir los 18 y largarte de este sitio pero... joder, es que, sé qué harás un magnífico trabajo pateando traseros demoníacos pero me gustaría estar ahí. No porque me necesites, sé que puedes hacerlo perfectamente bien tu solo pero es que...

Jamie escuchó en silencio cómo aquellas palabras prohibidas la hicieron decaer lentamente mientras que él la observaba con cierta consternación. No por las palabras en sí, sino por la extrañeza con la que el tema parecía haber llenado de pronto el ambiente con aquella sensación cargada de desesperación.  Percibió el cambio de pronto, como si la temperatura hubiera bajado varios grados de golpe. Aquella era un de esas conversaciones que ambos preferirían eludir antes que reconocer la realidad que supondría para sus vidas. Una idea que era mejor mantener alejada debido al dolor que les depararía.

Siempre estaré aquí. ¿Me oyes? Tal vez...  — Titubeó Jamie al ser el único capaz de romper aquel silencio tenso. — Tal vez no siempre sea del modo en que nos guste, pero... Siempre me tendrás, no importa cómo ni donde...  

... Vale, vale. Soy un puto desastre armando oraciones. — interrumpió Angelique — Estoy dando vueltas y no digo nada. Coño... Vale. Lo diré de una vez. Rápido, como sacar una bandita. De un tirón.

Angelique se dio la vuelta mirando a su hermano con los ojos entornados.

Nope. Esto no es tan fácil como parecía.

De un brinco, bajó del regazo de su hermano, sacudiéndose restos de heno y caminando a paso aireado de un lado a otro del granero.

Jamie, consternado, y cada vez más preocupado por el inexplicable nerviosismo que se adueñó de su hermana, la observó ir y venir con evidente confusión.

Joder... Jamie, no se puede hablar contigo. ¿Te lo han dicho?

¿Qué....? — Comenzó a decir. Pero ella ya lo había interrumpido aludiendo a que era difícil hablar con él. No entendía nada de aquello, y a punto estuvo de levantarse y detenerla en su frenético ir y venir cuando de pronto... el aire abandonó sus pulmones.

Todo lo que quería era pedirte que fueras mi parabatai y termino ahogándome en un vaso de agua. Que va, ya pasó el minuto. Mejor voy a saludar a mamá. — y luego siguió caminando derechito hacia la salida.

Los ojos del mayor se abrieron de pronto, irguiendo el cuello sobre sus hombros con las cejas arqueadas y los labios ligeramente abiertos por la sorpresa.

¿Cómo...qué...? — Continuó Jamie, articulando palabras con torpeza y completamente inmóvil sobre sus pies. Solo cuando se percató de que ella se marchaba, reaccionó y soltó una carcajada.   —Y yo no puedo creer que después de pedirme eso me des la espalda como si nada, Angelique! — Exclamó dando un par de pasos y situándose frente a ella con una sonrisa torcida.

Si. — Murmuró casi sin aliento conforme la felicidad se adueñaba de sus rasgos. — La respuesta es sí, boba. ¿Acaso lo dudas?

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Jamie Nightshade
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