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You are with me now || Jules & Caleb Nightshade

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You are with me now || Jules & Caleb Nightshade

Mensaje por Caleb A.Nightshade el Jue Ene 05, 2017 9:27 am

Editado por Caleb Nightshade
Redactado via Skype
Localización: Idris
Revisado por Jules Nightshade
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You are with me now
Colaboración entre Caleb Nightshade y Jules Nightshade

YOU ARE WITH ME NOW



El sonido resonó hueco en el interior de la pequeña casa. Impaciente, Caleb repitió la acción de nuevo, golpeando con sus nudillos pálidos y llenos de arañazos la madera desportillada. Era tarde en la noche, pese a ello, el joven no dudó en llamar a voz en grito a la pequeña de las Nightshade junto con la que pasaría el resto de las semanas próximas. ¨Tiempo indefinido¨ habían dicho sus tutores. ¨El propósito es que ambos se ocupen del otro.¨

El joven hubiera querido rebatir esa decisión, probablemente tomada a la ligera sin tener en consideración que su mejor compañero había sido siempre su hermano. No como la pequeña de ellos, la cual podría pasar fácilmente por débil y poca cosa, incapaz de cuidarse siquiera a sí misma. Pero las órdenes eran órdenes y él no era como Ram, siempre mostrándose rebelde y descarado allí donde iba.    

La nariz de Jules se asomó por la rendija de una puerta a penas entreabierta. Dentro de la modesta choza, porque no podía describirse de otra manera, resplandecía tenuemente la luz de un par de piedras runa y se adivinaban a penas un puñado de muebles.

¿Qué quieres?— Rellenó el aire la voz carraposa de la menor de los niños Nightshade, alzándose en un volumen no mayor al de un susurro.

Abre. — Ordenó sin más el muchacho saltando sobre sus pies y avanzado hacia la puerta, la cual abrió pese a no a ser invitado. Una vez cruzado el umbral, Caleb entró como un huracán a la apacible cada y se paró ante la joven, tan menuda y silenciosa como de costumbre entre las sombras que inundaban el lugar.

Por el Ángel, ¿Cómo es posible que veas algo con esta oscuridad? —Exclamó el muchacho observando la estancia con una mueca.

Parada en el umbral de la puerta, la niña lo contemplaba incapaz de articular palabra alguna, sus ojos lapislázuli abiertos comos platos. A la luz de las piedras runa, se veía aún más pálida, la piel casi traslúcida sobre las venas y violentas sombras resaltando sus sobresalientes huesos.

¡Juliette!— Resonó en la oscuridad la voz demandante de una mujer — Tienes que irte — Susurró ella con urgencia ante los pasos que se acercaban, imponentes. Y tironeó del brazo del mayor de los primos como si la vida se le fuera en ello.

Frunciendo el ceño, Caleb alzó el rostro en dirección a la voz que resonó como cristales rotos en el otro extremo de la casa. Después, bajó la mirada hacia Jules al percibir la urgencia en su tono e ignorando el débil tirón de sus manos y manteniéndose totalmente inmóvil. Reaccionando, finalmente, ante todo cuanto había a su alrededor. Paredes con salpicaduras, muebles viejos y estropeados. El olor rancio de la comida pasada. Todo ello bajo la escasa luz que enmascaraba la escena por si misma, dotándola de un aire todavía más lúgubre.

No puedo...—Siseó de regreso conforme se sacudía del agarre. Lo hubiera hecho encantado si así fuera, puesto que el aire que se respiraba allí dentro lograba ponerle los pelos de punta. Aún así y sabiendo aquello, algo le instaba a quedarse o, mínimo, poner una distancia considerable entre aquella voz y la muchacha.— El tio James me envió... — Ligeramente incómodo, sus ojos volvieron hacia el interior de la casa.  — ...a por ti.

En el marco de la puerta a una habitación totalmente oscura, la figura de una mujer se asomó, a la vez desgravada y desafiante. El pelo oscuro enmarcaba facciones de ángulos agudos, y sus ojos fríos como el hielo, recorrieron primero la silueta despreciable de la pequeñaja, para clavarse como puñales luego en la piel tostada del varón.

¿James Nightshade? —escupió más que pronunció Trisha Trueblood —Es tarde. Mi hija tiene cosas que hacer.

Caleb percibió más que vio a la mujer que emergió de entre las sombras. Su silueta se recortaba levemente y apenas un rostro pálido quedaron eclipsados por aquella mirada capaz de helarle la sangre. A modo de respuesta, su propio cuerpo reaccionó instantáneamente, irguiéndose ligeramente al igual que lo haría frente a cualquier amenaza pese a su juventud.

Es cierto, es tarde.— Musitó con calma. — Y es por eso que tiene que venir conmigo. —Después, concluyó sin opción a la alternativa con su mejor voz de ¨hombre¨— Ahora.— Asimismo, él le devolvió la mirada mientras se paraba bajo la pobre luz de la piedra runa que había junto a la puerta.

Si tienes algún problema con ello, te invito a que lo hables personalmente con él, Thrisa.

Se volvió hacia la muchacha y, con un gesto de la barbilla, le ordenó en silencio que fuera a por sus cosas al piso de arriba. Después, volvió su atención a la mujer.

Aunque ya sabes cuanto detesta que se desobedezcan sus órdenes...
 
En el silencio denso de la modesta sala, los dientes de Trisha casi se oían rechinar. Uno, dos, tres escalones. La niña corrió escaleras arriba como alma que se lleva el diablo, sin aguardar por ninguna respuesta verbal por parte de su madre. El temblor ligero pero visible de los músculos tiesos de la mujer lo había dicho todo, escrito en una prosa sin vocablos una oda a los sentimientos acallados por el habla, pues aquel era un nombre que no se pronunciaba ligeramente bajo el techo desvencjado de la casa de las Trueblood. Y no sin motivos. Había tantísima mugre bajo la alfombra.

Regrésala cuando termines con ella. — proclamó la mujer, ni bien la cría bajó el último peldaño de la escalera. Y con estas palabras y un portazo, la perdieron de vista.

Mirando fijamente durante unos segundos más hacia la oscuridad que quedó tras el portazo, Caleb dejó salir lentamente el aire de sus pulmones. Un suspiro que apenas se dio cuenta de que había estado conteniendo. Después, centró su atención en la muchacha parada junto a él y la dirigió con suavidad pero no sin prisa hacia el exterior.

¿Qué es lo que acaba de pasar ahí dentro?  — Susurró para si mismo una vez se encaminaron hacia su casa. Sin esperar respuesta por parte de la joven, continuó avanzando junto a ella, en silencio.

Jules no respondió enseguida, demasiado conmocionada en anticipación a lo que sucedería una vez volviera a plantar pie en aquella casa. Temblaba ligerísimamente, aferrada a su mochila con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos en tan solo unos instantes. Una parte de si misma quería hablar de lo sucedido... una parte diminuta y despreciable.

Estabas ahí.

Ante la inesperada respuesta, Caleb se volvió hacia ella con sorpresa pero sin demorar el paso. Rápidamente, su ceño se frunció ante la condescendencia de ésta, ya fuera intencional o no, pero que logró sacarle algo que sonó muy parecido a un gruñido quedo y desdeñoso.

Tampoco te he preguntado. —  Deteniéndose de pronto, la enfrentó. — Es más, mocosa, si esa es tu forma de agradecérmelo, ya puedes regresar a esa casa de locos. — Dicho aquello, continuó caminando a grandes zancadas, indiferente de si ella lo seguia o no.

El tío James me ató a ti en este estúpido entrenamiento pero no dijo nada sobre mentir tan descaradamente, así que no me importa lo que hagas.

Jules aguantó como una campeona aquel primer bombardeo de palabras. Esperaba después de todo que le contestaran así, ya era una costumbre. Así le contestaban siempre porque era "insolente" y a los insolentes ha de hablarles y tratarles de una determinada manera. Parecía adecuado que Cal hubiera recibido el memorándum y actuara acorde, mostrándole cual era su sitio. Después de todo, era el mayor. El problema no era ese. El problema era esa palabra que había dicho, y lo que significaba. "Mentir".

Clavada en su sitio como las cabezas en la isla de pascua, la cría cogió una piedra del piso y se la tiró a aquel zopenco por la cabeza.

¿¡Crees que me has hecho un favor!?

Caleb sintió el silbido de aquel misil junto a su oído, reaccionando a tiempo a duras penas conforme se agachaba y alzaba las manos a modo defensivo, esperando el impacto de alguna otra piedra proveniente de aquella niña. Volviéndose, la miró con los ojos abiertos por la incredulidad y el enojo a partes iguales. Apenas recordaba un momento en el que Jules alzara la voz como en aquel instante, mucho menos  que mostrara tal agresividad por algo que ni de lejos alcanzaba a comprender.

¿Qué demonios te pasa? ¿Estás loca? — Gritó. Su voz probablemente se escuchó en toda la zona residencial que los rodeaba. Hecho un furia se plantó ante ella en un par de zancadas. — ¡Te he sacado de ahí porque tu madre parecía a punto de querer arrancarme la cabeza! — Después, tiró del cuello de su cazadora y la zarandeó ligeramente conforme se cernía sobre ella en toda su altura. — ¿Sabes qué? Si, si te lo he hecho, porque ahora comprendo por qué todos en la familia la tratan como un bicho raro...! — Se detuvo de pronto a mitad de la oración. Sus ojos volaron rápidamente hacia el cuello de la muchacha, en el cual contrastaban feos moratones contra la pálida piel a la luz de las farolas de Idris. Caled se irguió y tiró a un lado el tejido conforme la empujada y le daba la vuelta, siguiendo el sendero de marcas que iban más allá de su hombro y espalda.

¿Qué...?— Contuvo el aliento.  — ¿Qué mierda es esto, Jules? — Preguntó mortalmente serio y en un tono carente de inflexión.

El frío le dio en la espalda fuerte como una cachetada y por un segundo, su corazón dejó de latir. Se sentía desnuda, despojada de la coraza de hierro que solía protegerla más allá de la tela. Contuvo la respiración, tratando de detener el tiempo en aquel instante, de parar el mundo y ganar la pulseada por primera vez. Sin embargo, el mundo no dejó de girar y los granos de arena continuaron cayendo.

 — No tengo permiso para usar Iratzes   — respondió finalmente la cria, evitando la mirada del mayor y forcejeando para taparse el cuerpecillo — No en casa.

Caleb apoyó una rodilla sobre el piso, ante ella. Sus manos cayeron a los costados conforme continuaba buscando la mirada esquiva de la joven.

Eso es una estupidez...   — Susurró conmocionado. El silencio se instaló entre ambos jóvenes, espeso y casi tangible mientras que se encontraban allí parados en mitad de la calle. Sin emitir palabra alguna, Caleb buscó su propia estela y la tomó por las manos, acercándola hacia él. Después, apartó ligeramente el tejido, con menos brusquedad que la vez anterior, y le aplicó un iratze en el hombro.

Ahora estás conmigo.— Concluyó finalmente, guardando de nuevo la estela y poniéndose en pie sin soltarla de la mano.  

Jules dejó salir el aire de sus pulmones, recibiendo con extrañeza la calidez de la estela. No supo ponerle nombre al sentimiento que la embriagó en aquel momento. Pero supo con total certeza que al apretar con un poco más de fuerza la mano de su primo y acompañarlo por aquel sendero estrecho, todo estaba un poquito mejor.

© HARDROCK



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