Últimos temas
» You are with me now || Jules & Caleb Nightshade
Jue Ene 05, 2017 9:27 am por Caleb A.Nightshade

» Mundo Subterráneo (Reapertura) {Afiliación Elite} {Cambio de Botón}
Jue Oct 27, 2016 7:18 pm por Invitado

» Walk Of Fame - normal.
Sáb Oct 22, 2016 4:33 am por Invitado

» Forever is only the beginning [Normal]
Miér Oct 12, 2016 5:47 am por Invitado

» Twilight Rol Suiza - Cambio de Botón
Jue Sep 29, 2016 11:15 pm por Invitado

» || Petición de Rol ||
Miér Sep 07, 2016 11:20 am por Gareth Beckett

» Dark Paradise (af. Elite)
Mar Sep 06, 2016 1:28 pm por Invitado

» University of Southern California [Af.Elitel]
Mar Sep 06, 2016 10:53 am por Invitado

» The Worlds Collide - Afiliación Élite
Mar Ago 30, 2016 2:41 pm por Invitado

» [Af. Normal] Cazadores de Sombras RPG
Vie Ago 12, 2016 11:08 am por Invitado

»  || Ficha de Jules M. Nightshade || (En Proceso)
Sáb Ago 06, 2016 6:23 pm por Jules M. Nightshade

» The next stop is...[Kate Weatherrose]
Miér Jul 06, 2016 11:07 am por Cónsul J. Nightshade

» Un nuevo comienzo. [ Jane Youngblood]
Miér Jul 06, 2016 11:06 am por Cónsul J. Nightshade

» Lose your mind, comienzan los problemas (priv.)
Miér Jul 06, 2016 11:06 am por Cónsul J. Nightshade

» ||New truth|| Alexandra C. Gray & James F. Jackson
Miér Jul 06, 2016 11:06 am por Cónsul J. Nightshade

Afiliados Hermanos
1 de 5
Créditos
» Skin obtenido de Captain Knows Best creado por Neeve, gracias a los aportes y tutoriales de Hardrock, Glintz y Asistencia Foroactivo.
» El tablón de anuncios es una creación de Arabella23
Directorio
0 de 9
Afiliados Elite
0 de 33

Let me get you some more pills. [Helena]

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Lun Ene 14, 2013 9:42 am

Girl : I feel like i'm trap in somebody else's master plan.
Go to school. Get a job. Get a mortgage. All i'm really doing is dying.

Doctor : Let me get you some more pills.


Haz las maletas, adáptate bien, cumple con tu deber...y sobre todo, compórtate. Esas fueron las palabras que le dijo Clementine -la mujer que se había ocupado de ella cuando quedó huérfana- antes de subir al avión; le arrancaron un bufido indignado en aquel momento, tal y como lo volvieron a hacer en ese mismo instante. Lo cierto era que a Ankhïara no le hacía ninguna gracia el hecho de tener que trasladarse, principalmente porque eso implicaría tener que conocer -que en su vocabulario personal significaba ignorar- gente nueva. Pero al fin y al cabo ella era Geist, y si la necesitaban allá, debía acudir. Geist, la sombra. Ankhïara acarreaba una fama merecida, pues desde que había tenido la edad mínima para hacerlo, se había dedicado enteramente a rastrear y acabar con demonios malignos. Y por el momento, no había fallado nunca. Decían sobre ella, sobre la Sombra, que era rápida como un rayo, que podía estar en la misma habitación que tú sin que reparases en su presencia, y que con sólo una flecha podía matar a alguien que estuviese en una distancia estimablemente lejana. Pero lo cierto era que a ella le gustaba ser Geist, no por la fama, sino porque gracias a esa cualidad de pasar desapercibida si así lo quería, podía evitarse socializar con la gente, pues cuando ella así lo quería, ni se daban cuenta de que estaba. Algo que no pareció funcionar con la señora que estaba sentada en el asiento contiguo al suyo en el avión, y que no dejaba de parlotear sobre lo perfecta que era su nieta y chorradas varias; sin obtener respuesta alguna de Ïara, que se dedicaba a mirar por la ventana esperando el momento en el que se cansase de hablar sóla. Cerró los ojos con fuerza, intentando de esa forma que Morfeo le hiciese una visita. Sin haberlo planeado -estas cosas nunca se planean, a decir verdad- un recuerdo salió a flote en su mente, un recuerdo de cuando no hacía mucho que su familia había fallecido y ciertas personas pensaron que podía necesitar terapia. ¡Como si hablar con una persona de cómo se sentía fuese a ayudarla!, pensaba constantemente por aquel entonces. Recordó que aquel día tocaba terapia grupal -mucha gente había perdido seres queridos, pues la muerte era algo común entre nephilims-, y todos los pacientes se miraban entre sí disimuladamente o fijaban su mirada en sus propias manos. Ankhïara por su parte, no miraba el cielo, no miraba ningún punto fijo exactamente. Como de costumbre tenía la vista en algún punto que solo ella conocía, uno que seguramente estaba en una dimensión más privada e inaccesible, a la que solo ella sabía cómo entrar. La adolescente no se metía en la vida del entorno y por ende no necesitaba que nadie se metiera en la suya. Sus pálidas manos llevaban varios minutos -quizá media hora jugando entre ellas- realizando intricados movimientos que coreografiaban una danza nerviosa y sin posible sentido. No existía música en el exterior que la guiara, ni tarareaba algo que hubiera escuchado antes, nada.

Un par de metros cerca de ella un hombre llevaba tiempo observándola, esperando que reaccionara, que interactuara con alguien, o con algo, en el peor de los casos. La adolescente parecía empeñada en no mostrarle nada, cuando realmente no era aquella su intención. Ella siempre había sido así de cabezota, si no le apetecía hablar, no lo hacía y punto. Para Ank no existía nada más que su propio mundo -siempre se perdía en su mente cuando no le apetecía comunicarse con los demás-, vivía en un entorno completamente egoísta sin por ello llegar a ser cruel; no lo hacía de modo deliberado y aquella condición en ocasiones –como esa –solía intensificarse hasta llegar a ser irritante, como un acertijo sin respuesta alguna. Pero todos los acertijos tenían una solución y la joven no podía ser la excepción a aquella regla. Exasperado, el doctor dejó caer en su regazo la libreta con los escasos garabatos de sus anotaciones acerca de aquella extraña muchacha. Después de no obtener alguna otra reacción por parte de ella soltó un profundo suspiro, aburrido y prefirió analizar al resto de presentes. Una de aquellas manías de los psicoanalistas, se sentían con la necesidad de registrar cada ínfimo movimiento de los demás, adivinando con ello la mitad de sus historia y juzgando -a pesar de que ellos juraban no hacerlo, lo hacían-. Cada movimiento les decía una patología diferente y leía a través de los transeúntes. Ankhïara por aquel entonces ya era un libro cerrado. No, era peor: era como intentar leer en una hoja en blanco. La joven aún sonreía al recordar cómo el pobre doctor había acabado rindiéndose y había realizado un informe médico admitiendo que a Rooney no le habían quedado secuelas. La realidad no era aquella para nada, pero Ïara no iba a dejar que un desconocido cualquiera supiera cuánto le había afectado que su familia hubiese sido asesinada por aquellos bastardos. Sin embargo no se había permitido rendirse, y aquello la había llevado a ser quien era. Una diminuta lágrima asomó al borde de uno de sus ojos, pero fue retirada rápida y bruscamente por la propia Ank. Ni siquiera en la oscuridad del avión podía permitirse ser débil. Resistencia, se decía siempre, esa es la clave. Cuando el avión aterrizó, a Ank le faltaron alas para salir volando, huyendo de aquella mujer que había hecho de su viaje un suplicio, con su incansable voz de pito chirriante gritándole a la oreja. La joven bajó, convencida de que si la tiraba a un lago con cemento en los pies, seguiría hablando y hablando sin fin.

No le costó nada encontrar el Instituto, principalmente porque había buscado en google maps aquella Iglesia abandonada. Obviamente, era un glamour, pero eso Google no tenía por qué saberlo. Ankhïara sólo llevaba una maleta. No es que todas sus pertenencias se resumiesen en eso, pero si se iba a mudar allí tenía que hacerlo bien, y eso implicaba que en los días venideros llegasen cajas con el resto de sus cosas, la gran mayoría libros. Alguien le abrió la puerta, tal vez la abrían visto desde una ventana, quién sabe; pero cuando llegó a la puerta, ésta la esperaba abierta. Ank entró, y no se fijó mucho en el interior -la luz nocturna no daba mucha tregua- pero lo poco que consiguió entrever, le pareció ciertamente interesante. De un momento a otro, de la nada, apareció un gato, que no dejó de mirar a Ank fijamente ni siquiera cuando ésta saludó levemente - Hola, Gato. - dijo en voz baja. Tal vez en otra ocasión se hubiese molestado en acariciarlo, pero lo cierto es que el gato no parecía muy predispuesto. Zigzageó -con el gato pisándole los talones- por los pasillos en busca de alguien, no porque quisiera socializarse, sino porque necesitaba que alguien le dijese dónde diablos iba a dormir, cuál era su habitación. Sin éxito alguno, he de puntuar. Y durante la búsqueda fue cuando la vio. Un sueño, un paraíso. Una biblioteca enorme. Con los labios entreabiertos, y los ojos como platos, se adentró en la más que majestuosa habitación, dejando la maleta en la puerta para poder disfrutar más de la experiencia. Se acercó a una estantería de libros, escudriñando, ajena a todo; le encantaban los libros, aquel lugar era más que un oasis para una persona como ella. Suspiró, planteándose traerse un colchón allí y hacer de la biblioteca su habitación. Tal vez aquel lugar acabase gustándole.
Ankhiära K. Trejžtiakova
avatar
Cazador de Sombras
Mensajes :
142

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Helena Trueblood el Lun Ene 14, 2013 7:45 pm

"It's everything you wanted, it's everything you don't
It's one door swinging open and one door swinging closed"

Las sombras del espeso follaje de aquel roble se proyectaban sobre la nívea piel de Helena, mecidas por el suave viento. Trazaban en ella un intrincado e indescifrable dibujo, tan misterioso y perfecto como las negras runas que llevaba grabadas a fuego. Era incapaz de recordar exactamente cuánto tiempo había pasado contemplándolas, en qué instante había desistido de conciliar el sueño para saltar de brazos abiertos al conocido universo del insomnio.
La cálida y amarillenta luz solar lamía su piel con timidez, demasiado débil para entibiar el gélido cuerpo, aún sacudido por la conmoción. Recodaba haberse tumbado allí sin más, arrojando el sobretodo y las botas encima de la primera silla que se cruzó en su camino. Profundo abismo de ensoñaciones retorcidas y dolorosas era la mente de Helena aquel día, plagada de pensamientos a la vez mordaces y desesperanzados. Exhausta e inquieta, incapaz de pegar un ojo aunque esos fuesen sus deseos. “Leo, Leo, Leo” repetía una vocecita ilusa en lo más hondo de su mente como un incesante goteo. El universo tenía un modo muy particular de demostrarle que no le interesaba en lo más mínimo lo que ella quisiese o no quisiese hacer.
Forzándose a sí misma a ponerse de pie, tiró hacia atrás la negra y embravecida melena. “Es suficiente” pensó entre sí y dejó que los pequeños pies se posasen sobre el suelo de mármol. Era bueno saber que aún era capaz de sentir el frío, le demostraba precariamente que, para bien o para mal, seguía con vida. No tenía caso continuar hurgando de aquel modo insano en los fantasmas del pasado que el reencuentro con el joven Dieudonne habían traído consigo. Lo único que conseguía con era aumentar su cólera y su decepción. Nada productivo.
Con pétrea determinación de depurar y eliminar todas aquellas inútiles ideas, marchó camino al cuarto de baño. Dejó que la ropa se deslizase suavemente por sus femeninas curvas y contracurvas, haciéndole cosquillas y depositándose a sus pies con parsimonia y delicadeza.
Agujas ardientes cubrieron en una lluvia implacable cada centímetro de su ser. La golpeaban con potencia y violencia, emprendiendo luego un largo camino desde el norte al sur de su anatomía. La mujer suspiró, alzando el rostro para disfrutar aún más de aquel íntimo y personal momento. Pocos instantes la inundaban con tal goce y tranquilidad. Pocos placeres mundanos había podido mantener con el paso del tiempo.
¿Qué hubiera sido de su vida de haber permanecido ajena a todo esto? Si su padre no hubiera fracasado en la tarea de mantenerla alejada de aquel mundo, quizás habría podido tener una existencia más amena. Las cicatrices, las peleas, los interrogatorios, la sangre en sus manos. ¿Qué pasaría su despertaba y descubría que sólo había sido un sueño? Tampoco tenía caso alguno mortificarse con este tipo de pensamientos, pero a la cazadora de sombras le gustaba dedicarle a su familia y su vida anterior un sitio en la bóveda de sus recuerdos. Imaginarse acabando la secundaria, graduándose de la universidad de Cambridge... ¿Por qué no? Tal vez casándose y teniendo un par de pequeñuelos.
Enternecida por la calidez de sus propios pensamientos, se envolvió en una blanca toalla allí dispuesta y se asomó al espejo. El cabello oscuro le llegaba casi a la cintura, cayendo por su espalda como una catarata implacable y con la rebeldía inconfundible de un mar revuelto. Resaltaba contra su piel pálida con brutalidad y elegancia, confiriéndole incluso más verticalidad y fineza a su aspecto. Contemplar a la mujer que le devolvía la mirada en el espejo la horrorizaba hasta un punto casi inconcebible. No lograba reconocerse. Siempre era así, le era demasiado difícil y extraño acostumbrarse al rostro que era suyo per derecho. Demasiado suave, demasiado atemporal y demasiado perfecto. No había dormido en toda la noche, y, sin embargo, no habían rastros de ojeras que pudiesen probárselo al mundo entero.
Los pasos acompasados de La Rosa Negra volvieron a recorrer los laberínticos pasillos de aquel mítico santuario del encuentro. El instituto de Nueva York, el de Viena, el de París, el de Londres, el de Edimburgo, el de Pekín... antiguos edificios impregnados de la antigua gloria, construídos sobre suelo santo y ocultos de los ojos ineptos. Ya conocía la morocha lo suficiente de aquellos lugares, de los cuadros que ilustraban al Ángel y la frialdad de sus altos techos. Los conocía lo suficiente como para no permitirse la tontería de perderse más de una vez en cada uno de ellos y como para saber con exactitud a qué lugar deseaba llegar desde el instante mismo en que sus pies se alejaron del suelo.
El característico aroma del pergamino y la sabiduría de antaño penetró sus fosas nasales sacudiéndola por completo. Allí donde mirase, los ejemplares más increíbles le devolvían la mirada, tapas de cuero, de terciopelo, incluso de madera y desgastado cartón. La mejor de las compañías en sus momentos de desosiego, en las noches en vela y la añorada paz. La biblioteca: su paraíso secreto.
En atónita contemplación se encontraba, recorriendo las hileras interminables de mudas maravillas, cuando el callado maullido del gato de la Iglesia captó su atención. Poco y nada sabía del diminuto animal, más lo suficiente para saber que no estaba en sus costumbres más arraigadas el maullarle al viento. Sólo lo había escuchado hacerlo una vez, delatando su presencia ante aquel hombre de rubio cabello.
Alisose el vestido de terciopelo azul marino a la vez que se incorporaba y agudizaba los sentidos. Nada. Ni un solo ruido. Cerró los ojos y prestó más atención, captando el deslizar de un libro contra otro al ser removido de la estantería.
Fue más que suficiente para indicarle en qué sentido caminar, haciendo uso del sigilo que la propia destreza y las runas de silencio en los tacones.
“No puede ser...”
Lo que vio al dar vuelta en el pasillo le quitó el aliento y la dejó muda por completo. Parpadeó perpleja un par de veces antes de que lograr que sus labios se movieran y que se le confiriera a su voz a penas el volumen de un murmullo.
- ¿Ïara?
Helena Trueblood
avatar
Instructor
Mensajes :
81

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Mar Ene 15, 2013 11:59 am

Se acercó a una estantería de libros, escudriñando, ajena a todo; le encantaban los libros, aquel lugar era más que un oasis para una persona como ella. Suspiró, planteándose traerse un colchón allí y hacer de la biblioteca su habitación. Tal vez aquel lugar acabase gustándole. Cosa extraña, teniendo en cuenta la más que insólita personalidad de Ankhïara; tan foránea en aquel mundo cruel, tan diferente de los que la rodeaban, tan extraña, tan insólita...Tan sola e incomprendida. Todos crecían, se enamoraban, formaban familia, o al menos mantenían una relación, tenían amigos, conocidos...Un sin fin de relaciones de las que Ïara no parecía capaz de ser partícipe. En parte, se debía a que la joven sufría alexitimia, una extraña afección que volvía a las personas ''incapaces de verbalizar emociones, y en un sentido más amplio, de reconocer, diferenciar y expresar los sentimientos.'' Nadie parecía querer comprender aquello, se dedicaban a tildarla de rarita a sus espaldas, con toda probabilidad. Decían que era una verdadera lástima que una joven tan bella, se viese relegada a la soledad por su infame forma de ser. Al principio, solía sentirse culpable; cual muñeca deslucida, inservible y defectuosa. Aquello no hizo más que propiciar que se cerrase más sobre sí misma, si aquello era posible. Le venía de años atrás, aquel rechazo a los sentimientos. Le venía de su padre, de cuando una palmada a la espalda era la única muestra de cariño y felicitación a los enormes esfuerzos de una niña de seis años entrenándose exhaustivamente para matar demonios. Y, aunque aquello tuvo gran parte de la culpa, también contribuyó el quedarse totalmente sola de un día para otro, el llegar a casa y encontrar a toda su familia...muerta, brutalmente asesinada. ¿Cómo iba alguien a salir indemne de aquello? ¿Cómo no iba a desarrollar un odio extremo hacia aquellas criaturas? ¿Cómo? ¿Cómo se hacía para conservar la cordura después de un episodio así? Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo; pues cuando miras largo tiempo al abismo, este también te mira a ti.

Cerró los ojos y aspiró el aroma a libro, a erudición, a sapiencia y ancianidad. Abrió los grandes ojos segundos después; casi podría decirse que se asemejaban a los de un gato, pues semejante gama cromática no era muy común -por no decir inexistente- entre los humanos. Eran, sin exageraciones, del mismo color del ámbar, tornándose casi naranja o amarillos con algunos efectos de la luz. Oro viejo, resina; de día casi parecían contener la luz del sol atrapada en su interior, intentando aportar así luz al oscuro y sombrío interior de la muchacha. El cabello, del color del chocolate -con reflejos claramente rojizos-, lucía intrincado en una sencilla trenza, colgando no detrás, sino al lado izquierdo -por delante-, sobre el hombro de Ankhïara. No llevaba maquillaje -no solía hacerlo- pues sus labios ya eran de por sí rosados y sus pestañas, largas y abundantes. Le gustaba el cuero, era una fan incondicional de las botas militares y las chaquetas de cuero; pero aquel día -para comodidad del viaje- vestía unas deportivas, unos vaqueros normales y una sudadera negra que le llegaba hasta la mitad del muslo. - La letra mata, todos los poetas lo saben.- murmuró repentinamente, perdida en sus ensoñaciones, aquella frase que habría leído en alguno de sus libros. Y en aquellos instantes -poco después de haber pronunciado esas palabras-, notó unos ojos clavados en ella. Unos orbes redondos y grandes que la miraban indignados desde el suelo, tal vez por hablar sola, tal vez porque no le prestaba atención, o tal vez porque curioseaba libros que no le pertenecían. - La curiosidad mató al gato, pero al menos murió sabiendo. - Aquella fue su respuesta a la callada acusación que el felino parecía estar llevando a cabo hacia Ankhïara. O no tan callada, pues un sonoro maullido surgió de lo más profundo de su garganta, inundando aquella habitación y con toda probabilidad, todo el pasillo. Al parecer no le había gustado al gato aquella respuesta tan consecuente. Geist se alegró de que, al menos, tuviesen una alarma anti-robos tan eficaz, válgase la redundancia. Siguió a lo suyo, ignorando el maullido del gato que no parecía tener nada mejor que hacer que seguirla por toda la habitación. Se acercó a un lugar concreto de la estantería, creyendo haber visto un título que llevaba buscando desde que tenía memoria y que, obviamente, nunca había encontrado. Ank no había pasado demasiado tiempo en Idris, a decir verdad; había nacido allí, pero con pocos meses sus padres se trasladaron a un punto serbio perdido, razón por la cual Ankhïara se sentía más de allí que de cualquier otra parte. Había crecido en el mundo mundano, sin saber por qué sus padres habían decidido aquel camino, sin llegar a conocer nunca el motivo. La razón de querer apartarla de los cazadores de sombras era totalmente descartable, pues cuando tuvo la más mínima oportunidad la aprovechó para convertirla en uno de ellos. Tal vez era aquel su plan: irse a vivir allá, apartados de todos, para que los de la Clave nunca viesen que una infante de tan sólo seis años era ya sometida a los más duros entrenamientos. Tal vez veía en ella la forma de recuperar su fama; pues su progenitor había sido un conocido cazador de sombras, tildado de radical por muchos, pero con una innegable fama cargada a su espalda.

Tal vez veía en ella la forma de llegar a ser aún más grandioso, aún más conocido. De todas formas, poco importaba aquello; nunca llegaría a saber la verdad. Al menos aquella verdad; todas las demás podían buscarlas en los libros. Bien conocedora era ella de aquello, de que en los libros encontraría todo lo que pudiese existir en el mundo, pues no existía nada que no estuviese plasmado en ellos. Alargó el brazo y tomó el libro en el que había puesto sus orbes, fijado su pensamiento; el libro más vasto y certero sobre demonios. Y en el preciso instante en el que el libro reposó en sus impacientes manos, los pelos de la nuca se le erizaron, sus sentidos se agudizaron, los nervios salieron a flor de piel; eran sus indicadores naturales de que ya no estaba sola, de que había una presencia más en la habitación. Su cuerpo entero se tensó, más que por voluntad propia, por mera costumbre, y se preparó para defenderse si era necesario. Algo excesivo teniéndose en cuenta que estaba en una sede de nephilims, pero...nunca se sabía. Se trocó en una estatua, tan quieta que podría haber pasado por una de ellas, tratando así de escuchar cualquier mínimo sonido. Pero no se escuchaba nada, pese a que el gato parecía estar cada vez más alterado, nervioso. No escuchó al sujeto, pero sí vio su sombra antes de que girase, antes de que se encontrasen cara a cara. No era un sujeto. Era una. - Ти. - Aquello fue todo lo que atinó a decir; un ''Tú'' en su idioma materno, en serbio. Tú. Ella. Era una de las pocas personas con las que Ankhïara se había relacionado en su vida, con las que se había abierto, con las que había conseguido congeniar. - ¡Helena! - Aquí, sus palabras ya fueron más adecuadas, teniendo en cuenta que segundos antes había estado totalmente paralizada por la sorpresa. No la abrazó, a ella no le salían aquellas muestras de cariño excepto en ocasiones extrañas; ella nunca era la que abrazaba, eran los demás los que lo hacían. Otro de sus problemas derivados de la alexitimia, claro está; no se le pasaba por la cabeza que en un reencuentro la gente solía abrazarse, no era un instinto arraigado en ella. - ¿Qué...qué haces aquí? - Preguntó, con su melodioso acento, que hacía que el inglés pareciese más bonito, que pareciese un poema. Sonreía, una pequeña sonrisa se había dibujado en su rostro; haciéndolo más bello, proporcionándole más humanidad. Solía escribirse con ella, pero había dejado de hacerlo en el momento en el que le comunicaron que tenía que trasladarse allí, porque su cerebro había estado demasiado ocupado maldeciendo y lanzando pullas contra todos y todo. Así que Helena no sabía que Ankhïara iba a ir allí, y viceversa. La pregunta no era porque le molestase que ella estuviese allí, para nada; probablemente era una de las mejores cosas que le habían pasado en meses. Sencillamente, no cabía en su cabeza tal coincidencia, tal casualidad. Todo era demasiado subrrealista. Incluso para Ankhïara.
Ankhiära K. Trejžtiakova
avatar
Cazador de Sombras
Mensajes :
142

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Helena Trueblood el Mar Ene 15, 2013 8:22 pm

La expresión de desconcierto e incredulidad fue rápidamente reemplazada por una amplia sonrisa. No era realmente nada que Ankhïara hubiera dicho o hecho. Bastaba con conocerla, con rascar las superficiales capas que la alejaban del mundo para saber que la lengua hablada y el lenguaje corporal no eran su fuerte. Comprender la belleza en lo simple de aquel gesto, la importancia de ser reconocida y llamada por una muchacha que rara vez se interesaba por alguien más, era lo que hacía cualquier mínimo despliegue de afecto único y especial.
La cálida sonrisa de Helena se amplió, disminuyendo el espacio entre ambas con su característico y danzarín modo de andar. Sin quererlo o intentarlo convertía cada pasillo y corredor en una pasarela, derrochando elegancia y aparente altanería, aunque no fuera precisamente la soberbia su mayor pecado capital. Tal vez debiera esto a su entrenamiento de cazadora de sombras, a las enseñanzas de etiqueta y refinamiento o a la influencia de la pérfida reina de las hadas. En verdad, resultaba difícil saberlo e inútil cuestionarlo.
Se encontraba a unos escasos dos metros cuando el cantarín acento de su antigua alumna le acarició los oídos. Imposible expresar la paz que tan familiar sonido le producía, la nostalgia que despertaba. Demasiado tiempo había transcurrido desde la última vez que su camino y el de la joven serbia se habían cruzado. La runa de la memoria grabada en su piel era lo único que le aseguraba que no se equivocaba en sus suposiciones y que era ésa la misma muchachita de quince años que había entrenado tiempo atrás, en el instituto de París. Podían distinguirse las marcas que el tiempo y la vida de cazadora habían dejado impresas en el cuerpo de su diestra aprendiz, más en aquellos ojos inquisivos y misteriosos aún se encontraba la Ïara que conocía.
La mujer la envolvió entre sus brazos, recostando a penas la cabeza en el hueco de su cuello. Resultaba extraño casi no tener que agacharse, ver a la chica a quien había enseñado convertida en toda una adulta. Sintió aquel perfume natural tan conocido y característico, mientras la propia fragancia a flores y frutos del bosque que desprendían su piel y su empapado cabello las envolvían a ambas. No mantuvo aquel contacto más tiempo del preciso para calmar sus ánimos, conocedora de la incomodidad que podía generar en su querida Ïara a quien todo aquello le parecería tan ajeno e innecesario. Helena no la dejaba de lado de ningún modo. Nunca desistía de hablarle, de saludarle o de demostrarle su cariño por más que no tuviese a menudo la menor respuesta. Así de inmensa era su terquedad y a la larga, había dado sus frutos.
Apartándose y retirándole a la otra un rebelde mechón de cabello del rostro, La Rosa Negra movió ligeramente la cabeza en señal de asentimiento.
- La versión oficial es que he venido a brindar mi apoyo... –comentó, escudriñandole el semblante con devoción e incluso contenida felicidad.

Le resultaba irreal verla otra vez. Era una de las pocas personas con las que podía mantener una larga conversación sin hacer uso de palabra alguna. Cómo exactamente habían formado aquel lazo tan poderoso, cómo había podido interesarse genuinamente en una muchacha a la que tantos se esforzaban por ignorar, era verdaderamente un misterio. Quizás la causal de todo hubieran sido la exclusivas clases, las prácticas a la mitad de la noche o las veladas en silencio en la biblioteca, leyendo una frente a la otra sin intercambiar palabra. Establecer el momento exacto en el que la relación había pasado de monosílabos a oraciones completas o el instante preciso en el que formaron una auténtica amistad era tan difícil como intentar cortar el agua con las manos.
Acababa de confesarle a la muchacha que las intenciones con las que decía encontrarse allí no eran honestas en la primera oración que le había dirigido. Ni lo meditó dos veces, ni buscó salirse por la tangente. Confiaba en ella, le hubiese confiado su vida de ser necesario. De todos modos, no era el momento ni el lugar de hablar de aquello. Ankhïara lo sabría.
- ¿Qué te trae a Nueva York?... Llevo tiempo sin saber nada de ti.

La correspondencia se había cortado en algún momento del pasado mes, ya fuera por el trabajo o el ajetreo de los viajes. Varias veces había pensado Helena en insistir y enviarle otra carta a puño y letra, más no lo había hecho por considerarlo un innecesario incordio. Tarde o temprano recibiría una respuesta. ¡Y vaya respuesta! Los caprichos del destino la habían azorado.
Bajo la mirada hasta el libro que aquella tenía entre sus manos y se inclinó un poco para poder leer el título. Demonología. Excelente libro además, y muy raro. Helena había pasado largas noches evitando saltar en los brazos de Morfeo en su afán de memorizar cada línea de cada página. Enarcó una ceja, incorporándose una vez más y negando con la cabeza, divertida.
- Es tranquilizador saber que algunas cosas no cambiarán jamás.
Helena Trueblood
avatar
Instructor
Mensajes :
81

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Miér Ene 16, 2013 8:46 am

La pregunta no era porque le molestase que ella estuviese allí, para nada; probablemente era una de las mejores cosas que le habían pasado en meses. Sencillamente, no cabía en su cabeza tal coincidencia, tal casualidad. Todo era demasiado subrrealista. Incluso para Ankhïara. Helena la abrazó entonces, Geist no solía ser muy propensa a las muestras de cariño y tampoco solía agradarle que las tuvieran con ella, que invadiesen su espacio vital; como sombra que era era huidiza, esquiva. Pero lo cierto era que viniendo de ella no le molestó, y más teniendo en cuenta que no había durado más de diez segundos, ya que en ese caso habría empezado a incomodarla. Le recordó a los abrazos de su hermana pequeña, fugaces, rápidos porque quería seguir jugando, porque el nervio carácterístico de los infantes la dominaba y era incapaz de estar en la misma posición más de cinco segundos. Una melodía de cuatro notas se introdujo en su mente al recordarla; la melodía que cantaban los de su pueblo en los bautizos, la melodía que no paraba de tararear su madre mientras estuvo embarazada de la pequeña Ava. Al cabo de unos años, Ank también había cantado aquella canción a su hermana pequeña. Pero no la había vuelto a entonar desde entonces, no en voz alta. Temía que si lo hacía, el recuerdo volvería con tanta fuerza que la rompería por dentro. Ava, su pequeña Ava...La pequeña le vino a la cabeza en medio de todo aquello. Sólo fueron retazos, imágenes que pasaron a velocidad enfermiza. La última vez que la vio, al llegar a casa encontrarla rodeada de un charco de sangre. Si aquellos monstruos no hubiesen matado a su familia, todo sería diferente, Ankhïara estaría viviendo una vida relativamente normal junto a su familia, su adorada familia. No sería una joven con la mirada seria de un adulto brillando en el fondo de sus pupilas, no se habría visto abocada a madurar antes de tiempo ni a fortalecerse interiormente para afrontar todo lo que la vida le deparaba, no sería una muchacha taciturna, pensativa; hundida siempre en recuerdos que le impedían avanzar, que se aferraban a ella como si fuese el único salvavidas en un mar revuelto. ¿Pero quién se encargaba de salvarla a ella? Quién, ¿quién le quitaría ese peso para que pudiese flotar y no hundirse? ¿Quién salva al salvavidas?

Constantemente viajaba con aquellos recuerdos, se imaginaba algunos nuevos, donde toda aquella mierda no había tenido lugar y todo era normal. Pero pronto se cabreaba consigo misma, y se obligaba a pensar que todo aquello carecía de sentido, nunca iba a poder volver a trás. Las cosas sucedieron, y punto. Nada ni nadie podría cambiarlo. Así que hizo lo que mejor se le daba hacer: obligarse a sí misma a pensar en otra cosa. Y en realidad, el negacionismo era la única opción. Nunca podría retroceder, así que era inútil deleitarse con esas ideas. En Helena había tenido, en su tiempo, un consuelo a aquellos recuerdos. Por una parte, porque los duros entrenamientos la mantenían ocupada, por otra, porque poco a poco se había forjado entre ellas una profunda relación, tan abismal que Ankhïara había tenido conversaciones largas, trascendentes. Le había contado algunas de sus más profundas penas y le había confesado secretos inconfesables, cosa que pensó que nunca llegaría a hacer. Ella fue su único apoyo, pilar, para aquella niña de catorce o quince años que acababa de encontrar a su familia muerta y cuyo padre había intentado matarla. Había visto las profundas y recientes cicatrices en sus muñecas y no había dicho nada, había esperado, no la había presionado como habría hecho gran parte de la población. Sabía cómo tratarla, qué esperar de ella, de igual forma que Ankhïara veía más allá del irreal, perfecto rostro de Helena; veía cuánto dolor había tras él, cómo se afanaba en esconderlo, cuánto callaban sus preciosos ojos del color del lago más hermoso. El rostro de la sombra había permanecido imperturbable ante el recuerdo demoledor de su hermana, el dolor no había cruzado su rostro, aunque ciertamente un rayo de tristeza pareció brillar momentáneamente en sus ojos ámbar; tan rápido que parecía imposible que alguien pudiese haber llegado a verlo. Asintió cuando su ex-maestra habló por primera vez, cazó al vuelo que no era algo que hubiese que hablar en aquellos momentos, ni siquiera nombrarlo; por eso su respuesta fue un casi imperceptible asentimiento que, a ojos de alguien ajeno a la conversación, se asemejaría a que no le había hecho ni caso a su interlocutora. Aunque obviamente, no había sido así. Se obligó a que sus pensamientos no se fuesen por las ramas, a prestar atención; estaba tan acostumbrada a ignorar parloteos banales que se le hacía raro estar conectada. - Me necesitaban. - respondió, encogiéndose leve y elegantemente de hombros, no iba dar más explicaciones porque realmente no las tenía. No le habían querido dar detalles, lo que significaba que probablemente era algo serio que le comunicarían más adelante. ¡Como si ella fuera a echarse a atrás, como si le temiera a la muerte! - Clementine me tuvo ocupada empaquetando todas mis cosas. - Explicó, como respuesta a que no le había escrito ninguna carta. Frunció levemente el ceño, recordando lo estresada que había estado el último mes, casi llegó a parecer una niña refunfuñada. Helena se acercó, echándole un vistazo al libro que Ankhïara aún sostenía entre manos. Era conocedora de cuánto odiaba a ésta última a los demonios, cuánto rencor les guardaba, así que no fue extraño su comentario. - Por supuesto que no, ¿cuál es mi deber sino el de acabar con esos malnacidos? - preguntó retóricamente, mientras una sonrisa ladeada tomaba lugar en sus labios, y un brillo ciertamente temible destacó en sus ojos, algo que habría pasado desapercibido para cualquiera. El odio sólo engendra más odio, y eso era precisamente lo que los entes demoníacos habían desatado en ella: odio, rabia y rencor.
Ankhiära K. Trejžtiakova
avatar
Cazador de Sombras
Mensajes :
142

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Helena Trueblood el Miér Ene 16, 2013 1:45 pm

Guiños delatores, pequeños destellos exteriores que develan trocitos del alma en un momento de descuido. Ankhïara no tenía precisamente demasiadas de esas muestras, no exteriorizaba el cúmulo de sentimientos y pensamientos que corrían por su mente. Tal vez ni siquiera ella lograra comprenderlos del todo. El tiempo que le había tomado a Helena acercarse a la joven serbia había sido proporcional al tiempo que había tardado en aprender a leer el mudo lenguaje de sus ojos. Un lenguaje sin palabras, de luces y de sombras, un torbellino ámbar matizado con una gama cromática tan amplia como cabe concebirse.
El dolor repiqueteo por las orbes de su antigua aprendiz por apenas un pestañeo. Más que suficiente. No era preciso verbalizar nada, siendo la inglesa conocedora de la desgracia que se había cernido sobre la familia de Ïara poco antes de su llegada a Paris. Ella misma había pintado en su mente un retrato a dos tintas, partiendo de las confesiones, de los secretos, las largas conversaciones y las preguntas que no buscaban respuesta. Rojo, rojo de la sangre, de la pasión, del amor. Negro, negro el color de la batalla, el color de los cazadores, del sacrificio y de la pérdida. Negro por la inocencia perdida, por aquello que Ïara sería incapaz de recuperar.
La tragedia. La impotencia.
Porque eso es lo que dolía en realidad. La incapacidad de reaccionar, de hacer algo al respecto. Nadie podía revertir lo que la parca ya había declarado. La muerte era una sentencia ineludible, y ni los cazadores de sombras, destinados a proteger, podían escapar de ella.
El peso del recuerdo en sí mismo, de las gigantescas lenguas de fuego envolviendo la casa donde se había criado, aquel lugar al que se remontaban sus preciosas memorias y su juventud, era casi demasiado como para poder tolerarlo. Los desgarradores gritos de una niña de diez años, ahogados como si fuesen los de alguien más, sumidos en la desesperación y la más punzante miseria. En ese momento pensó que moriría, que su corazón sería tragado por las llamas que acababan de convertir su mundo en un infierno. Por escapar a ese cruel destino ella misma se había convertido en una prisionera, nada más que una marioneta de los caprichos de La Clave y de la Reina.
Ninguna de las dos pensó que su vida terminaría así. Que lo perderían todo en un abrir y cerrar de ojos, que serían arrastradas de su hogar a un mundo cruel y plagado de desconocidos. Es la clase de final que realmente no quieres ver, porque después de la decepción y la tragedia realmente no hay nada más. Ningún príncipe encantado viene a rescatarte, ningún genio aparece para convertir en realidad tus más profundos anhelos. Al final solo quedas tú, dándole la cara a un mundo en el que la justicia no es más que una utopía.
Encontrar a Ïara era para Helena como hallar un Diamante en un mar de carbón. La despedida había sido casi intolerable, asfixiante. La mayor de las cazadoras debía de ser enviada lejos, y en este asunto no había cabida a ninguna discusión. Nunca es simple, nunca es fácil. Las cartas continuaron siendo su oasis, su escape de una realidad plagada por los conflictos y la incomprensión. Ambas parecían reacias a dejar aquella relación que habían creado morir.
- Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ticitó la mujer de ojos claros, alzando las cejas y esbozando una sonrisa cómplice- Friedrich Nietzsche.

Quien conociera a la Trueblood podía saber que aquella fachada de dulzura y amabilidad ocultaba una personalidad vertiginosa y cambiante. La clase de mujer que puede recitar una poesía o danzar en una gran fiesta de gala a los cinco minutos de haber degollado sin piedad a una horda de demonios. Extraño espejismo de fragilidad angelical y fiereza guerrera. Difícil era saber a ciencia cierta qué misterios ocultan sus ojos del mismo color que el cielo abierto.
- Parece que el Instituto de Nueva York es el parque del reencuentro... Estoy ansiosa por ver cómo has mejorado, Ïara. Te has convertido en una magnífica cazadora...

Helena hizo una pausa, evaluando el efecto de lo que estaba a punto de añadir en su antigua aprendiz, midiendo el daño que podría evocarle, o el modo en que podría ser recibido. Optó por decir las palabras de todos modos, atestándole a Ïara un par de pequeños golpecitos en la espalda y sonriéndole con los ojos con suma ternura.
- Estarían orgullosos.

Tenía certeza absoluta que la sola mención de sus padres estaba restringida a una selecta elite. De lo que no estaba segura era de pertenecer a tal elite, de tener cara blanca para mencionar el pasado de un modo tan atrevido y tan abierto. Lo sentiría mucho si su comentario era mal recibido, pero después de todo lo que había escuchado, después de todas las historias, los relatos y las confesiones, creía en lo más hondo de su alma que los conocía. Que conocía a Aleksei Trejžtiakova, el mentor de Ank antes que ella, su modelo a seguir; a Richell, madre y amiga; al intrépido Egmont y la traviesa Ava, sus hermanos.
Sabía que estarían orgullosos de la fortaleza y decisión de su Giest.... simplemente lo sabía.
Helena Trueblood
avatar
Instructor
Mensajes :
81

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Jue Ene 17, 2013 12:40 pm

El odio sólo engendra más odio, y eso era precisamente lo que los entes demoníacos habían desatado en ella: odio, rabia y rencor. El odio hacia esas abominaciones había sido implantado en su mente, en su corazón, en su alma; del mismo modo que los revolucionarios ven en los cuerpos policiales a sus más cruentos adversarios. Aquel sentimiento tan sangriento y brutal había sido lo único que la había mantenido en pie cuando todo su mundo se desmoronó; tal vez le debiese la vida inclusive. Fuere como fuere, no iba a soltarlo jamás, se aferraría a él hasta el fin de sus días que, ciertamente, no eran muchos. La vida de un nephilim no suele ser muy larga, al menos no la de la media. No eran vidas tranquilas, que permitiesen llegar a los cuarenta o cincuenta años. Defendían al mundo de los peligros que acontecían a cambio de nada, dándolo todo, entregando su propia existencia por personas que ni siquiera sabían que existían. Y que sintáis de una vez por todas el miedo, que nunca más tengáis el sueño tranquilo, que vuestras vidas estén pendientes de un hilo como lo están las nuestras desde que nacimos. Nacer para morir, esa era la regla para todos los seres; pero en su caso, en el de los nephilims, el sino era morir como mártires. No se les daba opción, se les adoctrinaba desde niños, sustituyendo muñecas por puñales. ¿Qué clase de ser sin entrañas haría eso a sus descendientes? Ïara recordaba noches enteras en vela, sentada sobre la alfombra que había nada más entrar a su casa para limpiarte los pies, esperando a que su padre volviese. Herido o no, pero que volviese. Tremendamente cruel, sin duda, el hecho de imaginar a todos aquellos niños, rezando para que sus padres volviesen, que no fuesen asesinados en heroicas misiones. ¿De qué les servían a los niños las medallas que se les daban a los muertos por su honor? ¿De qué les servía aquel honor del padre muerto a unos huérfanos? ¿Acaso aquello iba a devolverles a su padre vivo? No. Sólo era un recordatorio de tal injusta causa, por la que el padre había dado la vida ciegamente, dejando atrás a seres que le adoraban. Por eso la sociedad nephilim podría considerarse tremendamente cruel y despiadada, formar soldados para después mandarlos a una muerte casi segura la gran parte de los días, hasta que morían y se sustituían por otros nuevos.

- En realidad, nosotros ya nacemos dentro del abismo. - replicó, sus palabras encerrando más sabiduría de la que en un principio pudiera parecer. Eran una raza nacida en la oscuridad, creada simplemente para ser cazadores; de seres malignos -o no-, pero cazadores. -Nacemos para matar. - Añadió, no sin que su voz tuviese un tinte amargo, no sin que su voz sonase a un cristal agrietado, preparado para romperse. Y a pesar de que su padre le inculcó aquello, se lo intentó meter en lo más profundo de subconsciente y consciente; nunca le odió. Y a pesar de que su padre le arrebató la infancia, nunca le odió. Y a pesar de que su padre la metiese en una bañera y le abriese las venas en un intento de acabar con su vida, nunca le odió. Tal vez podría considerarse un amor enfermizo, aquel que sólo puede darse entre una hija y el padre al que adora e idolatra. No tenía perdón lo que le había hecho, excepto el intento de homicidio, pues cabría decir que en aquellos momentos el hombre había enloquecido; no era su padre. Más de una vez había deseado que aquella noche nadie la hubiese salvado, haber muerto. ¿Qué es peor, morir o estar muerta en vida? Al menos muerta, pensaba ella, estaría tranquila. Nada dolería, no habría ningún vacío en su corazón ni un pozo en su mirada. Pero había algo que siempre le había impedido decir adiós, no sabía bien qué, tal vez un arraigado instinto de supervivencia y lucha. Tal vez algo más profundo que nadie llegaría a entender. Tal vez la esperanza de que, en un futuro, todo se tornase más brillante. Una tortura incesante era una vocecilla en su cabeza, repitiéndole con maldad una y otra vez que si muriese, nadie la echaría de menos. Echarían de menos a la cazadora, a Geist, pero no a Ïara. Helena, Helena sí la echaría de menos. Pero, ¿qué dice sobre tu persona el hecho de que casi nadie lamente tu muerte? Prestó atención a lo que su única amiga le decía. Lo cierto es que en un principio, la escuchaba, leía sus labios, pero no la entendía. Es como cuando te tiran un cubo de agua helada y, por el shock, no notas el frío glaciar en un primer momento. Lo mismo sucedía con ella. El shock. Una vez pasado, sus palabras empezaron a calar en ella, como gotas de lluvia sobre el incauto sin paraguas, como dardos afilados atravesando un corazón. Bajó la mirada, brillante; le escocían los ojos. Pero no salió ni una lágrima de ellos; otra tara de no saber expresarse, desahogarse. El labio inferior le temblaba, preso de un tick nervioso, o tal vez como compensación al no poder llorar. Pero ella era fuerte, se recordó. Ella era una superviviente, no debía dejar que aquello la hundiese pues, había sido un cumplido. Levantó la cabeza, con una fortaleza renovada, con más vitalidad. - Eso espero. - Pronunció con cierta calidez en la voz, signo inequívoco de agradecimiento a Helena. Iba a decirle lo mismo, que no se preocupase, en un ataque repentino de empatía, pero pensó, que tal vez no fuese correcto, teniendo en cuenta que su padre había intentado alejarla de aquello. - ¿Qué tal tu corazón? -Helena la entendería, sabría a qué se refería, a quién. Leo. Aquel muchacho al que, sin conocer, Ïara guardaba cierto rencor por haber herido a su amiga. Ladeó la cabeza ligeramente, cual gato pequeño que parece estar intrigado o dudando; hacía mucho que no sabía novedades sobre el caso.
Ankhiära K. Trejžtiakova
avatar
Cazador de Sombras
Mensajes :
142

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Helena Trueblood el Jue Ene 17, 2013 9:07 pm

“Nacemos para matar”
El corazón de Helena se paralizó por un instante ante tal afirmación. Criaturas del abismo, asesinos. Y sin embargo cada vez que cerraba los ojos, cada vez que su mente divagaba por sus recuerdos más lejanos, éstos llegaban a ella con una calidez sobrecogedora.
Retazos de una vida mundana, el perfume de su padre al envolverla en sus fornidos brazos y alzarla al cielo, la sonrisa de su madre cuando le preparaba su postre favorito, su colección de muñecas y vestidos, el aroma de las flores del jardín. Ellie no había nacido como una cazadora de sombras, había disfrutado de recoger margaritas y correr tras pequeñas mariposas en el parque, de vestirse con las ropas de sus padres y soñar con ser adulta. A los diez años a penas y podía sostener los cubiertos correctamente... ¿Cómo podía haber sabido la clase de futuro que le aguardaba?
“Papá te protegerá”. Eso era lo que él le había dicho todas esas noches que había tenido miedo a la oscuridad, cuando las pesadillas asaltaban y no permitían dormir. Jamás mintió al decirle que no había nada que temer. Le había dado una verdad, una única verdad en la cual basar toda su existencia: su padre la protegería.
Pero... ¿Quién iba a salvarla cuándo él ya no estuviera aquí? ¿Quién iba a abrazarla y decirle que la quería cuando sus padres ardieran en aquel incendio?
El odio es una fuerza poderosa, una sombra mortal que se cierne sobre las almas de aquellos que han vivido una gran desgracia. Miles de veces había visto aquel repiqueteo negro pulular por los ojos de los demás cazadores. En Ïara, estaba tan presente que eran pocos los instantes en las que la oscuridad se dispersaba.
Sí, Helena había visto el odio, lo había comprendido, pero jamás lo había sentido. No culpaba a su padre por haberla dejado desprotegida, no culpaba a las hadas por engañarle, ni se culpaba a su misma por el desenlace que habían tenido los hechos. El odio no la había impulsado a seguir adelante, y tampoco la oirán decir jamás algo tan iluso e inocente como que el amor la había rescatado. Ni lo uno ni lo otro. Fue el deseo de sobreponerse a la mismísima impotencia que la había inundado, a aquella infantil necesidad de ser salvada, lo que forjó el carácter de La Rosa Negra. Siempre hay una salida fácil, un atajo, un modo de cerrar el telón y apagar las luces antes de tiempo. Eso jamás fue una opción. Nació nephilim, pero convertirse en una cazadora de sombras fue una acto de pura voluntad.
- Nacemos para proteger.

Una frase simple, una corrección o bien una apreciación distinta. La moneda tiene dos caras, pero no siempre es agradable contemplar que hay del otro lado. Ank no lo hacía. Era más sencillo cerrarse en verdades absolutas, cernirse con fuerza a un destino oscuro e ineludible a aceptar que siempre se tiene una opción. El libre albedrío, aquel concepto que la mayoría de los cazadores eligen ignorar, actuando como si fueran títeres al servicio de una fuerza mayor, sin el mayor control de su suerte. Cada día, abrían los ojos y escogían seguir viviendo esta vida. Decían entregarse a la causa que el Ángel les había encomendado, a un ideal mayor. Pero eran pocos los iluminados que realmente obraban por y para ello.
Helena sabía que ésta era la única vida que Ank conocía, el único modo que debía encontrar concebible de honrar la memoria de los fallecidos. Aún así, sólo veía oscuridad. Esperaba en fila para morir aunque pareciera aferrarse a la vida... Contemplarla podía volverse sin dudas un espectáctulo devastador y doloroso.
Una tímida gota de agua escurrió por su pelo negro como la bóveda nocturna. Una única gota, por todas aquellas lágrimas no derramadas. Los cristalinos ojos de la mayor reflejaban el color del cielo de una tarde de verano, cálidos y comprensivos, cargados de una empatía incomparable ante los sentimientos de Ïara. Supo en aquel mismísimo momento, ante la mera contemplación del nudo formado en la propia garganta, que aquel lazo era tan fuerte que sería capaz de llorar las lágrimas de la muchacha. No la acarició ni volvió a abrazarla a sabiendas de que sería un gesto incomprendido e inútil.
El agradecimiento en la dulce y poética tonada de Ankhïara la tranquilizó e hizo que se relajara por apenas un momento. Le dio la ligera impresión de que la otra quería añadir algo más, pero inmediatamente cambió de opinión. No preguntó.
- Recuperándose de una buena broma de mal gusto...

Suspiró y apartó la mirada, fijándola en uno de los títulos de la enorme estantería situada a su lado. “Reconocimiento de plantas medicinales” seguro un libro que podría ser útil en el campo, pero de poco servía cuando alcanza con contactar a un brujo y hacer la compra. Bajar a tierra le tomó a penas un momento. Cierto era que no había tenido pelos en la lengua para contarle a su querida Ïara sobre Leonides Dieudonne en el pasado. Ahora ni estaba segura de qué tanta fuerza había aplicado a las palabras anteriores, bien pudo haber sido un susurro o un grito. Tal vez incluso su voz natural... eso hubiese sido una novedad. No estaba segura, pero de lo que menos estaba segura era de cómo era capaz de mantenerse estóica y digna frente al varón y derrumbarse a la mera mención de su nombre cuando no estaba presente. Por el Ángel... necesitaba un psicólogo con urgencia.
Regresó la vista a su amiga, que la miraba como si fuese un gatito curioso y le infundaba ganas de reír. Parecería una loca a ojos de cualquiera, pero aquella expresión en la seria Giest era algo que no se veía todos los días.
- Dieudonne fue el primer rostro que vi al entrar al instituto... Y ¿sabes qué es lo mejor? Ni siquiera me reconoció –Helena cruzó los brazos por sobre el pecho y frunció el ceño, mordiéndose a penas el labio en un tic colérico que ni sabía que tenía- Fue un pintoresco espectáculo, ha hecho omelettes e intentado ligar conmigo. Todo un detalle.

La promiscuidad de Leo no era novedad ninguna, ni para ella ni para Ïara. Recordaba haberle mencionado a la chica un par de relatos... incluida aquel en el que le había preparado el desayuno y escoltado a la puerta a la rubia que el joven de 17 años se había traído a la casa la noche anterior. Helena lo había visto de todo, las que salían a medio vestir, las que se envolvían en las sábanas, las que corrían por el patio con la ropa hecha jirones. Que la hubiese cortejado como si fuese ella otra de las muñecas listas para ser añadidas a la colección había sido una ofensa imperdonable y un grandísimo insulto.
Como siempre, igual que las otras miles de veces, la morocha sólo había sonreído.
Helena Trueblood
avatar
Instructor
Mensajes :
81

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Vie Ene 18, 2013 10:29 am

Aquel muchacho al que, sin conocer, Ïara guardaba cierto rencor por haber herido a su amiga. Ladeó la cabeza ligeramente, cual gato pequeño que parece estar intrigado o dudando; hacía mucho que no sabía novedades sobre el caso. Ankhïara nunca había puesto empeño en aquello de encontrar al príncipe azul y montar un cuento de hadas; en primer lugar, sería algo complicado, teniendo en cuenta que por regla general le gustaba estar sóla; en segundo lugar, aquello le restaría libertad. Y la libertad para ella era, ante todo lo primordial, teniendo primacía sobre cualquier otra cosa. Ïara siempre había sido libre; había sido libre para elegir seguir el entrenamiento de su padre, había sido libre para después tirarse por el balcón y abandonarlo todo, había sido libre para decidir hundirse y ser una más. Estamos condenados a ser libres, incluso para elegir. Sí, se puede pensar lo de que si eres un esclavo no puedes ser libre y bla bla bla. No, siendo un esclavo se puede ser libre. Eres libre de seguir siendo un esclavo, de rebelarte, o de suicidarte. Por tanto, eres libre de elegir. Otra cosa es que no te gusten las consecuencias pero bueno, eso viene en el pack y poco se le puede hacer. Ïara había sido libre de vengarse o no vengarse, de ser poderosa o ser una más, de luchar por lo que quería o dejarlo pasar. Aquello la convertía en libre, sí. Pero aquella era una libertad guiada en parte por el odio; una libertad envenenada, con consecuencias. Sí, era más fuerte; sí, era esclava de su propio odio. Por eso amar, en el sentido más romántico de la palabra, se le antojaba absurdo y lejano a ella. Tal vez aquella era la única cura para lo suyo, el único antídoto para la enfermedad de su corazón, la única forma de hacer que volviese a ser la Ankhïara que solía ser. Pero exigiría su libertad a cambio, y eso era algo que ella nunca aceptaría. Enamorarse es como darle a una pistola a alguien, apuntarla a tu corazón y confiar en que no dispare.

La Ankhïara que amaba sin defensa, sin distinciones, murió. Fue asesinada en el mismo momento en el que vio a sus seres más queridos degollados, mutilados; en aquel preciso instante, no murieron sólo tres personas, sino cuatro. Ankhïara, la pequeña Ankhïara iba en el pack, junto con la cordura de su padre. En aquellos instantes le hizo una promesa a su corazón, que nunca volvería a amar pues, éste órgano había quedado herido de gravedad, y tal vez con un golpe -por pequeño que fuese- acabaría por hacerse añicos, esparcir sus pedazos por todas partes. ¿Para qué suicidarte, si te puedes enamorar? Porque para algunas personas, el amor significaba salvación, y en parte eso significaría también para Ank; pero sin embargo, sería un suicidio. El amor tal vez le daría fuerza, pero no tanta como el odio, además ¿qué pasaría si fallara? Su corazón no lo soportaría, ahí está el suicidio; un corazón que ya no es capaz de soportar nada más. Ankhïara se había inculcado a ella misma que no volvería a amar, tal vez por eso admiraba a Helena, que amaba, sufría y seguía de pie; pues la primera ya no sabía si sería capaz de hacerlo. Por aquella razón se encerraba Ank, no quería exponerse, se escondía detrás de una resistente muralla, envolvía su corazón en una coraza de hielo. No amaba, pero al menos, no sufría. Nacemos para proteger. Ante aquella frase, Ankhïara desvió la mirada hacia su libro de demonología durante unos largos instantes. No respondió, no hacía falta. Cada una había afirmado una cosa; ese tema acabaría allí y punto. Entonces escuchó lo que vino a continuación y...No, Ankhïara no se puso a lanzar chispas por los ojos, no se enfurecio ni nada parecido. Rió, y su risa era como un trinar de pájaro; no era estridente, sino elegante pero, parecía tener el mismo tono cantarín que su voz tomaba al hablar. - Lo siento. Es que ni en una película mundana el argumento es tan surrealista y enrevesado. - explicó. Al reir, la pequeña Ankhïara parecía volver, por unos instantes, revivir por unos segundos aquel brillo que la solía caracterizar. Esperó que no le sentase mal, pero realmente la situación adquiría cada vez más tintes de una tragicomedia. Además, puede que necesitase reír después del momento de tensión que había pasado con lo de sus padres; aún se podían apreciar los ojos brillantes. - Hazle lo mismo tú a él. - comentó, pero acto seguido pareció repensárselo, pues añadió: - O mejor no. Tal vez acabes sufriendo tú. - Era lo que solía conllevar la venganza: más dolor. Además, por mucho que unos viviesen empeñados en que la venganza les haría sentir peor, aquello era una falacia; bien lo sabía Ankhïara. - ¿Qué vas a hacer?
Ankhiära K. Trejžtiakova
avatar
Cazador de Sombras
Mensajes :
142

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Helena Trueblood el Vie Ene 18, 2013 6:26 pm

Helena no pudo contener la propia risa cuando Ank rio, uniéndose a ella con el característico tono tan suave y melodioso que tenía su propia voz. Sonaba como el delicado tintinar de un cascabel, con un ritmo juguetón y musical acariciando los oídos de quien la escuchara.
Haciendo honor a la verdad, sus enfados ante la actitud indiferente y libertina de aquel a quien tanto apreciaba habían cesado años atrás, cuando aún vivían bajo el mismo techo. Resultaba inconcebible pensar que un muchacho así creciera para convertirse en un hombre digno, preso de la lascivia que despertaban en él las féminas de esbelta figura. Ante la belleza y el calor que el propio joven tenía siempre junto a sí, el cuerpo menudo de una cria que apenas estaba entrando en la adolescencia pasaba inadvertido con extrema facilidad.
Largas noches pasó tapándose la cabeza con la almohada para ahogar sonidos que no tenían cabida en otro sitio que no fuese su desbocada imaginación. ¿Cuál es el límite del amor? Se cuestionaba con frecuencia al contemplar con el semblante ensombrecido como el objeto de su adoración se disolvía en brazos ajenos. El amar... llegar al punto de odiarle y sin embargo, desear que te hiera aún más, que deje una cicatriz profunda e incurable, porque de ese modo jamás podría olvidarse de ti. Enfermizo y cruel, así era aquel sentimiento que se gestaba en lo más profundo del alma de Helena. Cólera, deseo, cariño y genuino afecto, un remolino de pasiones confusas que la arrastraba una y otra vez al borde de la locura.
Curioso en verdad que nunca pensara en confesarle lo que sentía en una expresión genuina de infantil ensoñación. Por mucho que su corazón se estrujara y se secara hasta convertirse en arena, ninguna seña de auténtica molestia era vislumbrable en el exterior. Las hadas poseían este carácter impasible y atemporal, aquella actitud serena y tan carente de vida que las hacía lucir como estatuas en un mausoleo. En Helena, aquel rasgo había calado de un modo distinto, permitiéndose a si misma crearse el rol de hermana cariñosa y atenta, permisiva y paciente ante las actitudes de Leo.
Lo quería demasiado como para cambiarlo, pero también se quería demasiado a sí misma como para aceptarlo tal cual era más que como un hermano de crianza. Después de contemplar por tanto tiempo el desfile de cuerpos femeninos frente a su puerta, había acabado por hacerse a la idea que preferiría morir a convertirse en una más del montón. Una mujer entre otras, sumisa y prescindible. No tenía siquiera edad para conducir antes de que aquella idea se grabara a fuego en su memoria, antes que condenase el convertirse en una muñequita de usar y tirar.
El comentario de Ïara y sus posteriores sugerencias hicieron que una risa traviesa escapara de los labios de Helena, teniendo que sostenerse el estómago que comenzaba a dolerle un poco a causa del esfuerzo. No podía terminar de imaginarse exactamente qué era lo que su antigua aprendiz había tenido en mente cuando le sugirió que le devolviera lo que había hecho, pero la idea de ponerse a cocinar omelettes semidesnuda y luego intentar ligar con Leo de seguro lo dejaría a éste más feliz que perro con dos colas. En cierto modo la chica había tenido razón al hacer aquel comentario sobre su historia pareciéndose a un largometraje mundano. Lo único difícil de corroborar a ciencia cierta era si él sería el héroe que consigue cambiar o el antagonista que pierde a la chica a manos de un galán de primera categoría.
- Te diré lo que no voy a hacer... –comentó sonriendo de lado y enrrollando un mechón de pelo negro como el ébano en uno de sus largos dedos en un gesto altanero- no voy a darle mayor importancia. Ya he visto de primera mano cómo es en realidad, y créeme que no estoy ansiosa por ver mucho más.

Helena había dejado atrás a la chiquilla frágil y delicada que a duras penas sabía sujetar un cuchillo como era debido. La madurez, el regalo de las hadas y la propia tozuda perseverancia la habían convertido en una amazona digna de ser respetada. Nadie era capaz de ignorarla cuando entraba a una habitación, cuando hablaba o cuando luchaba. Había continuado con su existencia sin contratiempos esos 8 años lejos del cazador de sombras. Sólo era un capítulo de su vida que debía ser cerrado apropiadamente, una historia a la que ella estaba dispuesta a ponerle punto final.
Arrugó la nariz, sacudió ligeramente la cabeza y luego escaneo la habitación con sus brillantes orbes zafiro, como si la idea de que alguien pudiese estarlas escuchando se le acabase de ocurrir. Luego volvió a posar su mirada en su joven amiga, destilando complicidad y apenas una pisca de malicia.
- Mejor que nuestras conversaciones no lleguen a oídos curiosos... –susurró, sonriendo de lado- Dime Ïara, ahora que ya no somos maestra y alumna... ¿Te apetecería compartir habitación?

Helena Trueblood
avatar
Instructor
Mensajes :
81

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Sáb Ene 19, 2013 4:27 pm

Era lo que solía conllevar la venganza: más dolor. Además, por mucho que unos viviesen empeñados en que la venganza les haría sentir peor, aquello era una falacia; bien lo sabía Ankhïara. - ¿Qué vas a hacer? - No era preguntar por preguntar, realmente tenía curiosidad por saber cómo actuaría Helena pues, era una total inexperta en el tema romántico. Es decir, dominaba gran parte de los conocimientos necesarios en el mundo de cazadores, pero en la vida real solía tener bastantes problemas: conocía la teoría, no la práctica. Y, amigos, con la teoría no llegaréis muy lejos, sin duda. Ante las siguientes palabras de su interlocutor, Ankhïara no pudo más que dudar interiormente de sus palabras; resultaba obvio a sus ojos que sí quería saber de él, por mucho que se lo negase a sí misma...probablemente quería saberlo todo. Ank estaba segura de que allí no había nadie, ni una sola presencia; lo habría detectado. Pero supuso que Helena se refería a aquellos que podían hacer uso de runas para ser sigilosos y demás; cosa lógica, teniendo en cuenta que estaba en un lugar repleto de cazadores de sombras. Asintió lentamente, tan lentamente que su gesto quedó interrumpido a la mitad ante las palabras que continuaron saliendo de los labios de Helena. Dime Ïara, ahora que ya no somos maestra y alumna... ¿Te apetecería compartir habitación? Una nueva sonrisa iluminó el gesto de la sombra, sin tapujos, sin jugar al escondite; brilló con la misma intensidad con la que lo habría hecho de estar sola, sin estar cohibida por la presencia de nadie. - Por supuesto. - Respondió, sin dar más detalles, sin frases sobrantes; aquello reflejaba ya cuán contenta se sentía. - ¿Guías? - E Ïara la siguió, por los laberínticos pasillos de aquel lugar, tan siniestro y hermoso a la vez, que iba a convertirse en el hogar de la Sombra.

Spoiler:
No hace falta que respondas :3. Queda cerrado.
Ankhiära K. Trejžtiakova
avatar
Cazador de Sombras
Mensajes :
142

Volver arriba Ir abajo

TEMA CERRADO

Mensaje por Cónsul J. Nightshade el Jue Feb 14, 2013 8:07 am

Cónsul J. Nightshade
avatar
Cónsul de La Clave
Mensajes :
410

Volver arriba Ir abajo

Re: Let me get you some more pills. [Helena]

Mensaje por Contenido patrocinado

Contenido patrocinado

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.