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Tell me what you want me to say [+18] [Nathaniel]

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Tell me what you want me to say [+18] [Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Lun Feb 04, 2013 11:48 am

Inglaterra, 20 de Marzo de 18XX

Primavera florecía lenta pero constantemente, la campiña estaba repleta de trazos verdes de todas las variedades, con pequeñas salpicaduras de colores intensos .Fragancias tan suaves evocando a calma y paz. El cielo estaba escampado, y con el brillante sol semi oculto en las nubes vaporosas. Era una sensación cálida, y agradable para salir y sentarse bajo la sombra de un árbol a leer.


Pero Adrianna, no tenía ningún placer, podía oír como los cascos de los caballos replicaban sobre la tierra y barro, sorteando algunas rocas, llevando tras ellos el carruaje donde estaba ella. El traqueteo la revolvía aun mas las entrañas, parecía que hasta los pájaros se reían de su desgracia. El silencio dentro de su carruaje, estaba presente en su mirada, que lúgubre buscaba liberarse y volar cual pequeña ave, muy, muy lejos.

Adrianna recibía formación de nephilim como sus padres quisieron, y aprendía rápido. Pero no se imaginaba donde la desesperación de su tío y la melancolía crearían la espiral a la oscuridad. Al volver a Oxford la tragedia adquirió un tono negro cuervo: su tío había dilapidado toda la fortuna familiar en los clubes de caballero, gastándolo en partidas y apuestas, cuya suerte fue nefasta.

Ahora poco la quedaba, algunas pertenencias familiares, y algo de ropa. Pero aquello no era ni de lejos el mayor dolor. No, ese detalle estaba guardado para ella. Al no tener dinero que apostar, la vendió para saldar deudas con los Hellrune. Que aceptaron sufragar los gastos siempre que ella fuera la futura esposa de uno de sus hijos.


Era solo mercancía, ni siquiera tenía valor como persona. Ni su tío se gano el perdón, ni se lo ganaría su futuro esposo. Esa forma desalmada de tratarla como si no tuviera opinión al respecto. Ser ofrecida a cambio de recuperar la fortuna de los Moncrieff. Apretó con fuerza las palmas de las manos, clavándose las uñas. Como solía decir su ayudante de cámara, una anciana con el don de la Visión, ella era muy temperamental, cabezota e idealista, impropia de una dama recatada de su nivel, que es lo que debía ser. Callada hasta el día su muerte.

Por su suerte, no supo mas de ella, una chica del servició la vistió antes de marcharse de Oxford a Cambridge. La vistió de acuerdo con la época, sacando uno de los trajes de la madre de Adrianna. Era de color marrón claro con broches dorados, realzando su figura, abrazando su piel, remarcando sus siluetas que no pasarían desapercibidas. Un viejo sombrerito que se enganchaba en el cabello recogido, con una pluma azul, no tan brillante como sus ojos. Y botines negros, era el calzado mas cómodo para un largo trayecto en el carruaje.

El libro se le escurrió de las manos, era un regalo de la directora del instituto en Londres, Dracula de Bram Stoker, al igual que la invitación a acudir a la Gran Exposición, la primera Feria Mundial, que se celebraba en el Palacio de Cristal. Ahora esas promesas estaban rotas, estaba enjaulada en una hermosa jaula, pero al fin y al cabo era una jaula. Por lo menos su mente disfrutaba del estilo gótico y de la historia del verdadero Dracula, un hombre portentoso pero sádico en su pasado, su historia estaba escrita en tinta y sangre.

Pero la ayudaba a olvidar a Eric James Hellrune, su futuro esposo. No sería capaz de ponerle rostro, pero sí de odiarle por acceder a semejante idea. Trató de no pensar en nadie y concentrarse en la lectura, al menos aliviaba el dolor de su alma. El viaje duro hasta la noche, pudo ver desde el carruaje al sol ocultándose en las montañas, en esos tonos desde purpuras a anaranjados y rojizos abrasando el cielo.
Era insignificante frente a un cosmos tan bello, lástima que fuera directa a su prisión, un matrimonio sin amor, sin conocerse, sin poder compartir cosas en común, sin esa chispa de magia. Era un matrimonio concertado con dinero de por medio, anhelaría llorar pero se quedo sin lágrimas.

En carruaje atravesó un camino de gravilla, que conducía directamente a una gran mansión, sin duda los Hellrune no eran pobres. Se decían que uno de sus hijos era un Lord de gran renombre y atractivo, pero Adrianna no recordaba ni su nombre ni aspecto. Cuando este se detuvo, ya la noche fría la rodeaba en su manto. Acariciando con suavidad sus cabellos cobrizos, agitándolos levemente al viento.

Ella no era hermosa como el resto de damas, si pálida era su piel, pero llena de runas. Sus cabellos cobrizos abrigaban una gran paleta de tonos pelirrojos en vez de ser rubia como tanto se adoraban a esas mujeres. Sus cabellos a veces se rizaban tomando forma de auténticos bucles, olvidados en aquellos peinados recogidos. Sus ojos zafiro estaban navegando en el paisaje con una sentida pena. Esto era un golpe duro a su ser decidido, sin embargo no la derrotaba, había un brillo en ellos que afirmaba que no dejaría de luchar. Odiaba ser una mujer florero, y prefería estar tras una pila de libros sentada frente a la chimenea. Comprobó que aún estaba el cuchillo serafín guardando en el botín izquierdo y bajo del carruaje, ayudada por el cochero.

Estaba perdida, ¿Qué iba a hacer? ¿Esperar un recibimiento familiar? No por supuesto, y era tarde para huir estaban desempacando sus baúles con las ultimas pertenencias que tenia. Con las que siempre viajaba. Así que lo único que podía hacer, era respirar hondo y meterse de lleno en la boca del lobo. El dolor concurriría fulminante y no padecería tanto. Después de alzar la aldaba y llamar dos veces, la puerta se abrió y una joven de aspecto casi divino, la abrió la puerta. Por sus ropas, y su joyas no era una dama de llaves, debía ser alguien de la familia o amigo. Adrianna tomó aliento apretando las pastas del libro y habló en voz baja y calmada.

- Buenas noches, lamente las horas, el viaje se demoró un poco. –la cortesía nunca la abandonaba, aunque quisiera gritarla a la cara que no pretendía casarse de ningún modo - Soy Adrianna Birdwhistle, mi tío Cyril Moncrieff, me envió aquí para mi matrimonio con Eric James Hellrune. – concluyó con tono amargo y sin alegría.
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Re: Tell me what you want me to say [+18] [Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Dom Feb 10, 2013 4:09 pm

El verdor de las colinas inglesas entrada la primavera era ajeno al pasaje del tiempo. La luz de la luna creciente bañaba la hierba y una suave brisa mecía las florecitas silvestres y los altos pastizales. El aroma terrestre impregnaba el aire y a lo lejos se divisaba el río Cam, sobrio y bello como lo había sido siempre. Las estrellas tiritaban con timidez ocultas por las densas nubes que caracterizaban aquella porción de mundo. Su Inglaterra.
Las cortinas ondeaban y danzaban en torno a la figura de Nathaniel descubierta por la escasa luz que se colaba por el ventanal de su antiguo despacho. La levita de sastre era del color de la noche oscura, entallada detrás y larga hasta la mitad del muslo. Pantalones rectos como indicaba la tendencia de la época, chaleco fino bordado a mano con hilo dorado. Una docena de botones de oro únicos en su clase complementaban el elegante atuendo, grabado en cada uno la espiral céltica. Ocho abotonaban el traje, dos las mangas y otro par el entalle. El cuello de su camisa de un blanco inmaculado era rígido y de aspecto almidonado, anudándose al cuello un pañuelo de seda de color crema.
El inmortal escudriñaba impasible la belleza forzada de su jardín, una obra de arte que buscaba imitar el esplendor artificial del palacio de Versalles. La libertad de sus rosales de crecer a gusto se les era negada, imponiéndoseles formas ridículamente geométricas y controladas. Eran aquellas las reglas por las que se regía la estricta aristocracia inglesa a las que los avariciosos burgueses buscaban acceder. Jamás había expresado en voz alta como aborrecía la mayoría del sin fin de reglas aplicadas a la sociedad, más aún cuando su consorte y su renacimiento le habían abierto los ojos a un mundo totalmente nuevo. Nada en su semblante traslucía su desdén o su descontento, más la rigidez de su postura y de sus manos entrelazadas detrás de la espalda develaba incluso más de lo que deberían.
— No puedes siquiera mirarme...—susurró la voz de su hermano menor desde un rincón de la habitación.—Me odias.

Eric estaba hundido en uno de los sillones de terciopelo azul, empequeñecido por la vergüenza de sus propios actos y buscando desesperadamente ahogarse en su vaso de bourbon. El timbre del más joven miembro de la familia Hellrune permanecería siempre en su memoria como el signo imperecedero de la inocencia y el perdón. Nathaniel no podría haberlo odiado de haberlo querido o necesitado. En cambio se giró hacia él y lo contempló con los ojos entornados.
— Soy incapaz de tal cosa, más en Inglaterra hay quienes no lo verán así, hermano. —comenzó hablando con el tono severo que aplicase su padre antes de morir, más con una simpatía, gentileza y complicidad de las que sólo él era capaz. —Lo llaman un crimen contra la naturaleza y contra Dios. Ignorancia pura. Más no permitiré que arrastren a un miembro de mi familia a la horca. —se acercó a su hermano y asintió levemente— Te lo prometo.

La tensión en los hombros del joven se relajó a penas, levantando la mirada hacia su adorado hermano y dirigiéndole una mirada suplicante. Sus ojos eran orbes de plata brillante cargados de una sensibilidad ajena a su estrato social y a su época. El cabello castaño oscuro se enrulaba a penas sobre las orejas y en la base del cuello, enmarcando un rostro de facciones suavizadas y gentiles. Su atuendo se componía de una camisa, un chaleco, un pantalón de vestir y zapatos lustrosos, una versión más austera y provincial de la sofisticada apariencia de Nathaniel.
— En dos días...—susurró como si hablase con él mismo— en dos días me casaré.

Nathaniel simplemente volvió a asentir. No esperó escuchar nada más de parte de su hermano antes de abandonar con paso sobrio la habitación y descender por la larga escalinata que conducía al salón de baile. No había pisado el amplio espacio desde hacía ya casi una década, cuando su renacer y la repentina muerte del otro de sus hermanos y dos de sus primos atrajo hacia los Hellrune demasiada indeseada atención. De más está decir quién había sido el responsable de aquellas muertes, más la sospecha de que pudiere ser el encantador Lord Nathaniel culpable de tal atrocidad pronto se disipó. Podía ahora pasear por sus propios pasillos con el mentón en alto y la conciencia tranquila, sabiendo que sus criados no correrían rumores a sus espaldas y que toda la aristocracia estaba pendiente de la próxima ceremonia.
La noche se colaba por los altos ventanales y la araña de cristal que pendía de del techo resplandecía con el encanto de mil soles. En el centro de la sala aguardaba por él su consorte, dedicándole solo a él una de sus mejores sonrisas. Llevaba un vestido acampanado de color lapislázuli, bordado a mano con gusto exquisito con ornamentos de diversas variedades florales. Finas cintas claras y puntilla complementaban los detalles más extravagantes y el corsé ajustado se amoldaba a su cintura de avispa. No había color en las mejillas de aquel encanto de los hijos de la noche, en la diva celestial de rasgos finos y suaves que complacida lo miraba. Las facciones aniñadas y felinas del rostro de Lady Elizabeth le conferían una apariencia juvenil y jovial, ajena a su edad y su experiencia. Sus ojos celestes eran apenas dos tonos más claros que los de su esposo, resplandecientes y enmarcados por un abanico de negras pestañas y sutil maquillaje. Los tirabuzones de cabello dorado caían sobre sus hombros con delicadeza, con pequeños broches de diamante en forma de florecillas silvestres recogiendo la parte superior en un elegante medio moño. Buscó resguardo entre los brazos del hombre ni bien la distancia disminuyó, inundándolo con el dulce perfume a jazmines que siempre la rodeaba. Era menuda de estatura y de curvas poco acentuadas, frágil como una muñeca de porcelana. Al cuello llevaba el collar de perlas que le había obsequiado tiempo atrás, al igual que los pendientes de amatista pendían de sus oídos y en su diestra, sobre el guante blanco, se encontraba su anillo de bodas.
Lo miró y volvió a sonreír, perdiéndose en la engañosa profundidad de los zafiros de su amado Nathaniel. Besó sus labios fugazmente, dejando que la acariciara y envolviéndolo a su vez con sus pequeñas manos.
El golpeteo en la puerta hizo que la damita saliera por un momento de su ensoñación, deshaciendo el abrazo y dirigiéndose al recibidor sin intercambiar palabra alguna, más volteándose más de tres veces para seguir el andar decidido del varón.
Estupefacta quedó al abrir la puerta y encontrársela parada allí, mirándole con los ojos ensombrecidos y presentándose como si tal cosa. El horror la azotó, clavando la mirada en las níveas marcas que las runas de cazadora de sombras habían dejado tras de sí, así como la piel perlada de cicatrices de batalla. ¿A qué clase de tortura habían sometido a aquella señorita? Se preguntó entre sí, tapándose la boca con la mano enguantada en un intento fallido de disimular su asombro. Más aún le preocupaba la presencia de una nephilim en su puerta de entrada, temía por su Nathaniel, porque llegase a hacerle algún daño.
Inclinó la cabeza con vehemencia y trató de sonreír con amabilidad, quebrándosele a penas la voz cada vez que su mirada se desviaba de los ojos de Adrianna hasta sus cicatrices.
—Lady Elizabeth Hellrune... esposa de Lord Nathaniel Hellrune....—respondió en un susurro tímido haciendo una sutil reverencia— acompáñeme por favor...

La dama invitó a la castaña a pasar, dándole indicaciones a un par de criadas de acomodar las pertenencias de la señorita Birdwhistle en su nueva habitación y de enviar a por el joven Eric James. El timbre de voz de la hija de la noche era delicado y melodioso, más una nota discordante de temor parecía teñirlo. Se sentía incómoda tan cerca de una cazadora de sombras, tanto que no parecía poder estarse quietecita.
Las notas musicales acariciaron sus oídos, gráciles y ligeras, provenientes del viejo piano de cola que Nathaniel tenía en tanta estima. Solo aquella canción familiar pudo devolverle la paz, la melodía delicada que hubieren bailado el día en que se conocieron. No supo que estaba caminando hasta que sus pies la habían conducido ya de regreso al inmenso salón de baile. A Nathan, que acariciaba con destreza las añejadas teclas y arrancaba de ellas el magnífico sonido.
— Querido... —suspiró mirándolo con infinita ternura, antes de volver a percatarse que la joven nephilim aún la acompañaba.


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Re: Tell me what you want me to say [+18] [Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Lun Feb 11, 2013 12:32 pm

Perfecto” pensó nada más entrar. Se sentía igual de repudiada que en Oxford, parecía que no era muy agradable su presencia, al menos así no tendría que disculparse ni dolerle ofender a alguno. Observó desde el primer al último rizo de la joven esposa de Nathaniel Hellrune, y deseaba poder esconderse en algún lugar. Era hermosa, no tenía pega alguna, preciosa, con una melodiosa voz, aristócrata y feliz. Adrianna era su antítesis por definición, abrumada, respiró hondo y contuvo su malestar.

- De verdad no hace falta, yo puedo llevar mis maletas, yo las cargue en el carruaje, no me pasaría nada…- pero era como hablar con una pared, ni siquiera la hacía caso. Tragó aliento cuando mandaron a su futuro marido llamar. Debía comportarse del mejor modo posible, pero aún así, dentro de ella se desataba una cólera lejos de lo humano. La tristeza rodeaba sus ojos, clamando esas lagrimas que ella no daba.

Siguió la melodía, y a Lady Elizabeth. La melodía curaba su tensión, sus nervios, pequeños fragmentos tornaban a su memoria. Su madre sentada al piano junto a ella, enseñándola la letra de la canción, cantando las dos. Ese recuerdo despertó un abatido gesto similar a una leve sonrisa, no hacía mucho de su muerte. Y Adrianna no se acostumbraba aún.

Siguió el sonido del piano, totalmente hipnotizada por la dulzura de la melodía, esa cadencia elegantemente melancólica de las notas más agudas, mientras las graves marcaban un ritmo constante y perfecto. La voz se escapaba y buscaba a la persona capaz de despertar algo que creía que había muerto. Profesar que podía ser feliz, pronto encontró una estrofa en la que su voz encajó a la perfección.

“Someone hold me safe and warm,
Horses prance through a silver storm,
Figures dancing gracefully,
across my memory…”

Su mente se quedo observando al pianista y sintió como el corazón se le encogía. No podía ser humano, ella no le veía así, sino divino. Otro ángel aunque de una belleza totalmente opuesta a Elizabeth, era pasión y fuego, contradicción, libertad. ¿Cómo podía jugar su corazón a enamorarse de un ser prohibido? ¿Es que era una condena? Sus cabellos oscuros como alas de un ángel caído y aquellos ojos cristalinos, le partían la respiración.

Se dio cuenta tarde de que la habían oído ambos, casi toda la canción. Ella estaba totalmente embelesada con el marido de Elizabeth y la canción al piano que había olvidado lo cruel que era su existencia. No era suficiente perder a sus padres, que su tío la vendiera, que se fuera a casar sin amar a esa persona, que ahora su corazón latía por quien no debía.

- Perdón, yo… No me encuentro bien, me iré a dormir. – dijo para salir del paso, vergüenza mezclada con pena. Recorrió el pasillo de vuelta a la entrada, cuando un hombre la detuvo, al fin estaba frente a su futuro marido, y le entraron nauseas. Maravilloso, la noche de bodas sería atrayente vomitándole todo el rato.

La alegría de notar que volvía a cantar, fue opacada por la presencia de aquel hombre. Del que no veía nada especial, quizás otra mujer, otra persona lo percibiera encantador, pero ella lo detestaba, del mismo modo que a su tío, y a todos los locos que vieron esa unión como buena.

- Diría por cortesía que es un placer conocerle, pero sinceramente me provoca solo aborrecimiento. – soltó frente a él, no se iba a callar lo que tenía guardado. Aquella furia, odio y dolor. Era uno de los culpables, de que ella ya no fuera libre, de estar encarcelada en un matrimonio sin amor, sin vida, infeliz. – No espere de mi ningún tipo de afecto, no se lo merece, y si fuera sensato, anularía el trato y me dejaría en paz. Pero lo dudo, así que si me disculpa, no me apetece ver a nadie más esta noche. – sus piernas comenzaron a bombear, más rápido que cualquier otra ocasión. Subió las escaleras recordando el recorrido de las sirvientas, con sus maletas. Y encontró sus pertenencias colgadas en el armario de una sencilla habitación de invitados, dentro una joven recogía algunas de sus ropas.
- Señorita, disculpe, no pude darme la prisa suficiente para ordenar sus cosas…
- Por favor, váyase, se lo suplico, y no deje que nadie pase, no me encuentro bien, y no quiero que molesten mientras duermo. –mintió quitándose el sombrero.
- Pero…
- ¡Váyase! –le espetó y la joven se fue, Adrianna, comida por los remordimientos, cerró la puerta y echo la llave.

Tumbándose en la cama con el vestido aun, echándose la colcha por encima. No pretendía ni que la luna la viera llorar, solo quería despertar del mal sueño, y encontrarse de nuevo a sus padres. Pero por más que lo intentara, no despertaba. Y las lágrimas nublaban su vista, ¿Por qué? Se preguntó antes de quedarse dormida sin soñar, solo recordando la melodía del piano en su cabeza.
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Re: Tell me what you want me to say [+18] [Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Jue Feb 14, 2013 10:53 am

Cada nota arrancada del lustroso y viejo teclado se elevaba hasta el techo abovedado y arrancaba sonrisas de ángeles y querubines. Los frescos eran exquisitos y delicados, el empapelado pintado a mano cubría las altas paredes y barrocos ornamentos dorados y marmóreas estatuas componían la habitación. Habían pasado años desde la última vez que se sentase allí y tocase aquella vieja melodía, como una memoria traída a él desde un sueño lejano.

Diversos pensamientos danzaban por su mente, un variopinto desfile de rostros cubiertos por antifaces y ropajes de época deslizándose como espíritus sobre el lustroso mármol. Recordó disfrutar de dichos eventos, del placer de dejarse arrastrar por una identidad falsa, de ver a todos fingir lo que para él ya era rutinario. Y mientras sonreía inmerso en sus pensamientos, la suave voz de su consorte fue opacada por otra que entonaba una canción. Aquella voz era más grave que la perteneciente a Lady Elizabeth, cargada de una potencia y una seguridad que a ella le eran ajenas. No era perfecta en su entonación, pero rezumaba de sentimiento y espontaneidad, como si las palabras saliesen de su garganta sin que ella tuviese ninguna clase de control al respecto. Una sinceridad desconocida y atrayente para el inmortal, que era ahora contemplado por aquella magnífica y fina cazadora de sombras.

Levantó su mirada y mantuvo la de la joven, indagando en lo profundo de los ojos cristalinos, tratando de adivinar que clase de hechizo habrían puesto en él. Lo sonrió con simpatía y galantería, distrayéndose y sin embargo sin errar en una sola tecla. Fue el toque delicado y ansioso de su esposa sobre el hombro izquierdo el que le hizo recobrar la concentración y focalizarse una vez más en el teclado. Podía sentir la tensión en los dedos de su mujer, aquellos que probablemente le hubieran dejado moretones en el brazo de ser mortal. Quizá debió hacerle mención antes de que sería una Nephilim quien se uniría con su hermano, y que debería renunciar a los cazadores de sombras para tal fin. Aquello pudo aliviar el nerviosismo de Elizabeth, más contemplarla así era mucho más enriquecedor.

— Magnífica. —sentenció él, con vehemencia, inclinando la cabeza en dirección a la muchacha.

Tuvo serias intenciones de ponerse de pie y dedicarle una reverencia, tomando su mano y depositando en ella un beso, tal y como correspondía. Los brazos firmes y posesivos de su consorte lo previnieron de hacerlo. Ella lo abrazaba con cariño y toda la fuerza que poseía una vampiresa de su edad, obligándolo a estarse quieto y ganándose una de las más mordaces miradas del caballero.

Podía notar que su terror superaba el disgusto, lo suficiente como para no permitir que aquella muchacha le pusiese un solo dedo encima en su presencia. Temía por su seguridad, como si de la nada ella fuese a sacar del vestido de encaje uno de sus cuchillos y zanjarle el cuello. Estuvo lo suficientemente cerca de la realidad, aunque la lengua de la mujer probó ser más afilada que cualquier daga del ángel.
Ya se había alejado unos cuantos metros del matrimonio cuando se topó con Eric James. Cada palabra desdeñosa cargada de punzante veneno, atravesando el corazón del hombre con la fuerza de mil puñales. Allí estaba el joven, inmóvil como una estatua, contemplándola con los ojos desorbitados y el alma hecha pedazos. Hizo un esfuerzo por tragar saliva, por contener las lágrimas que querían escapar con ímpetu de sus ojos. Se sentía encerrado en una jaula de oro y pretensión. Sin embargo, para él no quedaban alternativas. El arreglo que había hecho su hermano era la única opción que le quedaba si buscaba alguna expiación a sus pecados. La única salida posible si deseaba vivir.

— Que descanse, señorita Birdwhistle...—alcanzó a musitar con la voz quebrada, antes de ser acallado por los brazos cálidos de Lady Elizabeth.

Ella se había puesto de pie, encolerizada como puede estar un pequeño gatito, protegiendo a Eric James con cariño maternal. Ni una palabra fue dicha, más la joven vampiresa se volteó a su marido en busca de una explicación, en algo que ameritara semejante escándalo y falta de modales por parte de la mujer que había prometido con su hermano.

— Lo lamento hermano... deberás darle tiempo. —dijo con solemnidad el mayor de los Hellrune, poniéndose de pie y alisándose el traje— Debíamos ser discretos, y esto es tan discreto como se puede ser. Sé considerado con ella. Ambos. Ha debido de renunciar a su familia y a todo lo que conoce para consentir esta unión... no logro imaginar sufrimiento semejante.

Mientras hablaba Nathaniel caminó con paso parsimonioso hasta uno de los grandes ventanales, colocando los brazos por detrás de la espalda y serenando su tono. La luna estaba ahora parcialmente cubierta por las espesas nubes y una calma perturbadora rodeaba el lugar. Decía la verdad cuando establecía que no lograba concebir tal sufrimiento, aunque hubiese dado todo por poder hacerlo. Por sentir algo... lo que fuere. El vampiro era un lienzo en blanco, salvo cuando mataba.

— Alexei debe de saber de esto... —musitó su mujer, liberando a Eric del abrazo y sonriéndole de forma amorosa— ¿Por qué no vas a descansar cariño? Si no duermes un poco no podrás aprovechar tu día.

El joven sonrió y asintió, limpiándose con el dorso de la camisa los ojos empapados y emprendiendo camino arriba por la escalinata. Sin embargo, no pegaría un ojo en aquella noche, yendo y viniendo frente a la habitación de Adrianna, intentando encontrar el coraje suficiente para tocar la puerta y ofrecerle sus más sinceras disculpas. A la mañana las ojeras serían notorias y finalmente desistiría de sus intentos al despuntar el sol.

Mientras tanto, Nathaniel y Elizabeth habían llegado a un satisfactorio acuerdo. Ella partiría esa misma noche rumbo a Londres, con la finalidad de informar a Alexei de Quincey de sus planes y autorizar su bendición. Su marido se quedaría allí como buen anfitrión que era, y ofrecería una cena digna de reyes para la recién llegada.
Esto es lo que discutieron y acordaron, o más bien lo que Nathan expuso y Lizzy acató. Que ese fuera el fin de los planes de Lord Hellrune... bueno, esa es otra historia.
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Re: Tell me what you want me to say [+18] [Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Lun Feb 18, 2013 10:06 am

Adrianna no consiguió pegar ojo, profesaba en su interior un nudo comprimiéndola los pulmones, y sabía a qué se debía. Remordimientos, sus actos no eran de una dama educada, dejaban que desear. Pero ella no quería ser refinada, ni dama, apetecía ser lo que sus padres fueron en vida, nephilims. Y ahora lo perdía todo, resignar a aquello era como arrancarla el alma. Las lagrimas protestaban en el suelo mientras se abrazaba a sí misma, hubiera anhelado la muerte en ese momento, pues no habría mayor liberación que esa.

Llamaron a la puerta, y ella fue a abrir. Era la muchacha a la que hecho a patadas, se sentía culpable de haberla tratado así, que bajo la mirada. Aunque estuviera padeciendo ese dolor solo se lo reservaría a sí misma. Nadie más conocería de su padecer.

- El señor Hellrune, quiere invitarla a cenar ¿va a ir señorita Birdwhistle?
- B-bueno….yo. – se acordó de la melodía que tocó el mayor de los Hellrune y su belleza, como acompasaba a su voz. Sus ojos celestes mirándola, parecían desnudarla. No podía explicar cómo sentía ese fuego violento de él, ¿Por qué precisamente alguien prohibido? ¿Por qué sentía eso? La incertidumbre, trepaba por su garganta dejándola sin habla.- Creo que será lo adecuado…- se ruborizó abochornada. – Lamento lo de antes…. ¿podría ayudarme a vestirme?
- Claro señorita Birdwhistle. –sonrió mostrando su irregular dentadura, pero parecía emitir gran sinceridad y afecto. La recomendó un traje de satén y terciopelo rojo burdeos. La ayudante le recogió su cabello cobrizo en un hermoso peinado, un con trenzas adornando su cabello, rodeando el moño y con flores adornando.

La ayudante la guió hasta el comedor, pero ella no sabía qué hacer, entrar y cenar ¿estaría su futuro marido? ¿O estarían a solas? ¿Qué le diría? Suspiró apurada de sus quebraderos de cabeza, la había invitado a cenar. Ya que se comportó de tal modo reprochable, se disculparía en la cena. Además de un deseo interno deseaba verle, aunque estuviese mal.

Entró en el comedor, y se acercó al mayor de los Hellrune, hizo una reverencia digna para un Lord, cuando sintió un beso en sus guantes, su cuerpo comenzó a arder solo con su contacto. Temía que pasaría si estuvieran mas a solas.

- Disculpe mis modales de antes, lord Hellrune. – las disculpas fueron las primeras palabras que articuló. Le costaba hablar más de lo imaginable, lo sabía por el ardor de sus mejillas, debía estar totalmente sonrojada, y tímida como nunca fue. – Y gracias por la cena, creo que es demasiado para mí, no merezco tanto. – se creía incomoda si hacían demasiados excesos en tratar de complacerla.

Recordó la canción en su mente, y se le escaparon algunas notas de su boca roja escarlata, no podía evitarlo, era su vía de escape, cerrar los ojos y cantar, era un pajarito en una jaula que esperaba algún día poder ser libre. Volvió al lugar de la cena, observando su figura, sus ropajes dignos de su persona, llevabas con mucha elegancia. Además sin contar el atractivo del Lord Hellrune. Era un ángel caído, un demonio que rememoraba la lujuria.

Ambicionaba conocer porque sus emociones renacían ante su presencia, porque solo él había logrado despertarla tras un largo sueño, ¿Quién era él? ¿Por qué era capaz de provocar solo eso con mirarla? ¿Qué ocurriría si la distancia por un error se redujera? ¿Podría controlar sus emociones y controlar su propio cuerpo? Esperaba respuestas a preguntas.
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Re: Tell me what you want me to say [+18] [Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Mar Feb 26, 2013 1:20 pm

El inmortal portaba una levita confeccionada para ocasiones excepcionales, de un opaco azul Prusia al igual que sus pantalones de sastre. Bajo ella el chaleco bordado por la misma Elizabeth con hilo de plata seguía un diseño intrincado y sinuoso que recordaba a una enrredadera llena de espinas. Pocas cosas describían mejor la mente maquiavélica y enrreversada del Lord, cuyos ojos eran resaltados como farolas por la corbata de seda añil anudada a su cuello con exquisitez y cuidado. La camisa de un color blanco inmaculado y los botones de plata con el diseño de una estrella componían el atuendo, confiriéndole la apariencia segura y regia de todo un terrateniente inglés.

De pie junto a una de las sillas talladas a mano que componían un mobiliario capaz de servir al menos a cincuenta personas en torno a la misma mesa de roble, el hombre esperaba paciente, observando a las jóvenes criadas ir y venir. Colgaba sobre ellos una araña de cristal casi tan maravillosa como la que había en la sala de baile, encendidas todas y cada una de las velas. Ya estaban dispuestos los platos de porcelana, cada uno con un pequeño y delicado diseño de claveles adornando el borde de la circunferencia. A cada lado el juego de cubiertos de plata correspondientes y frente a cada cual dos copas, una para el agua y otra para el vino. Un pañuelo de seda caqui descansaba perfectamente doblado sobre seis platos dispuestos, combinando con el mantel de encaje color crema. Dos arreglos florales compuestos por rosas rojas sustraídas del jardín y tres candelabros de plata con las velas encendidas reposaban a lo largo de la mesa.

Lo único discordante en la escena era la carencia de vajilla para el anfitrión, en cuyo lugar, en la cabecera de la mesa, solo descansaba una copa de vino ya llena. El espacio a su derecha, correspondiente a su consorte, se encontraba vacío.

Con complacencia vio deslizarse la femenina figura de la prometida de su hermano menor, haciendo alarde de aquella belleza exótica que le era tan inherente, y sonriéndole casi sin poder evitarlo. Se sintió capaz de escuchar el latido acelerado del corazón humano de la mujer incluso a aquella distancia e intensifiacándose al acercarse y depositar un refinado beso sobre la enguantada mano. Una idea fugaz atravesó su mente afilada, aquella de girar la fina extremidad e hincar sus colmillos en el latente pulso de la fémina. Difícil es saber cómo refrenó el impulso, más se aferró a su palma por más tiempo del debido. Desde abajo sus ojos claros la atravesaban, ahondando en los abismos que conformaban la mente de Adrianna. Una mente que el inmortal veía ávida y dispuesta a ceder a su persuasión. Se dibujó entre sus labios una sonrisa tirante, mientras parsimoniosamente su figura se alzaba y la musculatura bajo el traje se cuadraba, regresando a su lugar.

— No es con mi persona con la que debería disculparse, señorita Birdwhistle. —entonó Nathaniel con su voz ronca y aterciopelada— Ni tampoco es apropiado que una dama de su ascendencia se considere indigna. Pocas veces recibo invitados tan ilustres a mi mesa.

Retirando la silla junto al espacio vacío correspondiente a Lady Elizabeth, Lord Hellrune se aseguró de que la joven se encontrase cómoda, tratando inútilmente no verse distraído por el exquisito perfume natural o el deseable pulso de su cuello descubierto. Sonrió para sí, mordiéndose el labio cuando vio desfilar por la sala al resto de sus invitados, acudiendo en tropel por quién sabe que capricho.

Los primeros en hacer su aparición fueron su prima Stelle y su marido, Lionel Langford. Ambos tenían usualmente una expresión capaz de agriar la leche, y destilaban acidez y actitud snob con cada una de las palabras. Solían dar discursos referentes a su tema favorito, que por supuesto, no iba más allá de ellos mismos y sus prominentes negocios. También gozaban de sobremanera de sus intentos de denigrar a cualquiera que tuvieran adelante al tamaño de un escarabajo. Eran seguidos muy de cerca por Katherine, la viuda del fallecido Cristopher Hellrune -hermano de Nathaniel y Eric James- que caminaba cabizbaja y perdida. La belleza de la muchacha de no más de 25 años se había visto terriblemente opacada por la pérdida y la tristeza que aún después de tanto tiempo le pesaban en el alma. Rara vez bajaba a cenar, incapaz de ver a los ojos a Lady Elizabeth, a quien encontraba inexplicablemente culpable del ataque animal que le había arrebatado a su marido. Junto a ella caminaba una chica castaña de no más de quince, única prima de los Hellrune por parte materna y que respondía al nombre de Faith Campbell.

Finalmente, caminando varios metros detrás de la menuda figura de su prima apareció el joven Eric James. Vestía una Levita caoba, una camisa blanca al igual que su chaleco y un pañuelo de seda con encaje anudado al cuello. Su cabello castaño oscuro estaba peinado hacia atrás, formando pequeñas ondas contra su cuello e intentando conferirle una confianza y una presencia que la misma postura sumisa del muchacho tiraba por la borda. Profundos surcos negros bajo los ojos grises denotaban su cansacio, y su mirada cargada de miedo buscó al instante los ojos de su hermano y luego los de Adrianna. Debía disculparse. Sí, sería lo primero que haría.
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