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Eine geschichte von blut und morsch erinnerungen [Nathaniel H.] [+18]

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Eine geschichte von blut und morsch erinnerungen [Nathaniel H.] [+18]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Miér Feb 13, 2013 8:00 pm

La noche caía sobre Manhattan como un denso toldo añil oscuro que se detenía encima de cada rascacielos, temerosa de apagar las luces de los numerosos gigantes de concreto que se erguían con altanería sobre las avenidas concurridas. La red de calles y callejones se perdía en un horizonte desenfocado por la intensidad de las marquesinas encendidas, expandiéndose de forma impresionante hacia cada punto cardinal dando la sensación de que la telaraña de asfalto continuaba hasta el Atlántico. A los transeúntes les daba igual la hora, siendo que eran las dos de la mañana y la noche era joven en la ciudad que nunca duerme, y se agrupaban de a montones apropiándose de las aceras anchas buscando algo que sólo la oscuridad podía darles.

El Shoreham se plantaba imponente junto a la Fifth Avenue, recibiendo en sus habitaciones a una importante cantidad de gente adinerada que aún seguía colmando el hotel a pesar de la hora. Algunos arribaban ligeramente borrachos retornando de sus fiestas exclusivas, otros directamente se retiraban a sus aposentos del brazo de veinteañeras sonrientes. Un variopinto cúmulo de situaciones que ni venían al caso al ser algo tan normal por aquellos lares: el dinero movía montañas, daba felicidad y rejuvenecía personas. Absurdo y triste, pero cierto.

En la fila de automóviles que se turnaban por despachar a sus pasajeros frente a la entrada del establecimiento, un zapato de tacón emergió de la puerta abierta de un coche de alta gama afianzándose sobre la resbaladiza cerámica, mientras la esbelta figura de una mujer se dejaba ver con algo de suspenso como si le costase una eternidad bajar y erguirse. Era altísima, pálida como el mármol y posiblemente igual de fría al tacto. El cabello castaño de bucles ensortijados se le amontonaba prolijamente contra la nuca y sobre los hombros, dejando al descubierto la pronunciada curva de su cuello a la luz de las lámparas blancas. Avanzó con elegancia y predecible seguridad, adentrándose en el edificio de fachada de vidrio a la vez que le echaba una ojeada al recinto en sí, en dirección a la recepción.

—Bienvenida al Shoreham de Manhattan, señorita. ¿Solicita una habitación o tiene hecha una reserva? —. Un joven de pelo negro y corto la recibió con una sonrisa propia de alguien que acostumbra mostrarle los dientes a cualquiera, inclinándose levemente hacia adelante para ponerse a disposición con voz monocorde. Parecía un artefacto mecánico programado. Un autómata.
—Una reserva.
—¿Apellido? —y aquél ensanchó su sonrisa un tanto más.
—Stahl Frau —musitó la mujer con tono aterciopelado, viendo con complacencia cómo el semblante del muchacho devenía serio por un momento. Éste no dijo nada más cuando se volteó a sacar una tarjeta magnética de dentro de la estantería, pero se limitó a susurrarle "Habitación 408" mientras le extendía una mano trémula por encima del mostrador. Ella asintió, aparentemente encantada, y prosiguió el avance atravesando el enorme vestíbulo que la separaba de los ascensores, donde un individuo entrajado parecía esperar por ella llevándose la mano al oído con ademán disimulado.

—0016, repito, 0016. La Dama de Acero va en camino. —dijo por lo bajo, y en cuanto la mujer dio un paso dentro de la caja metálica, perdió de vista el bullicio de la planta baja cuando las puertas de bronce se cerraron frente a ella. Tenía que relajarse, respirar y bajar el ritmo cardíaco; el disparo no sería certero si un corazón desbocado malograse la puntería. Las cámaras estaban desactivadas, un bolso negro aguardaba ser abierto sobre el suelo helado. Y sin pensarlo dos veces, Evangelline abandonó la piel de ricachona distinguida para finalmente salir de allí como una curvilínea silueta negra que se movió en la penumbra como una sombra más.

Una muslera táctica descansaba en cada pierna portando con recelo el dúo de Glock 18 de las que Eva hacía tanto alarde: versátiles, de peso justo, automáticas; aquello era tocar el cielo con las manos en su pequeño mundito donde las armerías eran el paraíso en la Tierra. Avanzaba con suma rapidez y confianza sabiendo que la pesada alfombra del pasillo amortiguaba sus pasos, trazando de memoria el recorrido que había estudiado por semanas para no perder la fluidez del encargo. Solía trabajar a contrarreloj por placer y por cuestiones de superación personal, batiendo marcas en cada misión, afinando la puntería cada vez que jalaba del gatillo. Pero algo comenzaba a molestarle en ese entonces. ¿Quién es el autómata ahora?, pensó, y acortó distancias aún más rápido, acelerando el paso.

Al pasar la habitación 405 ya tenía una 9mm con silenciador en la diestra, lista para escabullirse en la habitación y dar por terminado el trámite recordando varios puntos que Yra le había recalcado. El objetivo tenía cuarenta años, pelo caoba, ojos verdes. Medía un metro ochenta y pesaba setenta y tres kilogramos. Su complexión física era lo suficientemente fornida como para derribarla, pero al no tener su entrenamiento y su capacidad para deslizarse con soltura, el tipo recibiría plomo de una forma o de otra, convirtiéndose en un simple saco de carne que caería con un ruido sordo en el medio de la habitación.

Giró el pestillo, atravesó la estrecha pasarela que separaba la puerta de entrada del recibidor, y, asqueada, vio al susodicho en compañía de tres muchachas rubias que jugueteaban a su alrededor como gatitos, siendo observadas por la expresión lasciva de aquél que moriría momentos después. Un disparo. Dos, tres, cuatro. Y el cuarteto de cuerpos inertes se desplomó sobre el piso de parqué con un pequeño orificio que rezumaba sangre en medio de sus cabezas. Era regla general que no podían quedar testigos o de lo contrario la misión no se daba por válida, por lo que la femínea figura que aún quedaba de pie había tomado la sabia decisión de darles un mejor final a aquellas rameras. Si no las mataba ella, las mataría alguien más por haber visto lo que no debían. Simple.

Pero algo la alertó e hizo que bajase la mano que se había llevado al oído para informar su posición, en cuanto vio con el rabillo del ojo que algo se movía en la oscuridad. Y entonces lo divisó: un sujeto, intentando volver a las sombras después de que la penumbra delatara su presencia, atinaba a abandonar la habitación con notorias intenciones de escapar lo más rápido que podía en dirección al pasillo. Aquello no podía ser verdad. Tienes que estar bromeando, se dijo para sí misma la castaña, reaccionando segundos después para echarse a correr tras él mientras que un afilado cuchillo de combate oscilaba en sus caderas enfundado en una vaina de cuero. Tendría que cortarle el cuello y dejar que el personal de limpieza se encargase de las manchas en la moquette, o de lo contrario gastaría balas necesarias en un blanco móvil y escurridizo.

Y así fue como las cosas se complicaron. Su primer error. Su primer descuido.
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Re: Eine geschichte von blut und morsch erinnerungen [Nathaniel H.] [+18]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Dom Feb 17, 2013 4:11 pm

Aquello era un paraíso de cristal y modernidad, impregnado del gusto contemporáneo por las relucientes superficies planas y la manipulación del vidrio y el metal. Suave azul marino, vetas de zafiro y verde esmeralda, luces violáceas y tenues además de pequeños focos que escaneaban el sitio. Detrás del mostrador el barman mantenía su estoica cara de póker y le servía otra ronda al hombre de traje barato, recientemente arruinado por el divorcio con su mujer. En las manos del inmortal yacía un vaso de vidrio, lleno de bourbon y hielo que comenzaba a aguarse mientras que la sugerente música ambiental a penas le llenaba los oídos y lo distraía de su misión.
Después de una espera que se le antojó demasiado larga, habían arribado oficialmente al país todas sus identidades, acreedoras de visas al día y toda la documentación pertinente al caso. El hijo de la noche era en más de un aspecto un fanático empedernido del orden y la seguridad, cultivando más de diez alias distintos cada cortos períodos de tiempo. Y los llevaba al día, como era a de lugar. Creaba vidas extremadamente reales, comenzaba por el certificado de nacimiento, vacunas y luego a lo largo de los años adquirían escolaridad, título profesional, inclusive empleo, cuentas bancarias, préstamos y testamento en el cual heredarían todos sus bienes a otra y cultivada identidad. Contaba con numerosos falsificadores a los cuales contactar le era más sencillo que chasquear los dedos. Sin embargo, siendo una criatura antigua y con una especial habilidad para la imitación, ninguno de ellos lo conocía por el mismo alias. La era contemporánea y sus avances en los campos de la investigación criminal habían hecho sus actividades extremadamente interesantes y lo había tenido en más de una ocasión jugando al gato y al ratón con las fuerzas policiales. Una cosa agradable era que le gustara variar su modus operandi casi tan seguido como renovar su guardarropa. En aquella ocasión portaba un traje Armani, una camisa importada de Italia, una corbata azul petróleo, un sombrero de tango y se disponía a sustraer la vida de la joven adúltera del 407.
¿Por qué ella? El hombre realmente no necesitaba una razón más allá del tedio o la necesidad apremiante que lo invadía. Quería matar, esa era toda la motivación y justificativo que le daba a sus acciones. El hecho de que la pelirroja en cuestión disfrutase del envenenamiento de sus amantes pasajeros no era más que un pequeño detalle que le daba colorido a la misión y la convertía en una obra maestra. Asesinaba porque sí, pero le gustaba tomarse el tiempo de premeditar sus crímenes y trazar diferentes parámetros a los cuales cernirse acorde a la época y su humor.
Sin embargo allí seguía Neal Caffrey, postrado en alto taburete de metal, dedicándole a Johanna Holden una sonrisa afilada y tirante en las comisuras de los labios, cargada de promesas imposibles de cumplir. La musculatura imponente del hombre se hallaba comprimida en una postura encorvada que lo hacía quedar apenas por debajo del rango de visión normal de la fémina. El codo apoyado en el mostrador y el puño cerrado sirviéndole de apoyo a la fuerte mandíbula. Sus ojos brillaban de un azul especialmente eléctrico y demencial y él la miraba con una lascivia devota y astuta. La austríaca era una belleza de su continente, con la piel casi tan pálida como la propia, ojos verdes enmarcados por pestañas claras y el cabello rubio platinado y lacio deslizándose por sobre sus hombros y hasta la mitad de la espalda. Ningún anillo de compromiso pesaba en su diestra, y cada uno de sus gestos y respuestas lo conducían a pensar que aquella a penas y alcanzaba a dilucidar el concepto de una relación estable como un espejismo irreal. Enfundada en aquel vestido channel bermellón ceñido a sus curvas de cirugía, lucía como un juguete digno de su diversión personal luego de que acabara con sus quehaceres.
Los finos dedos de la fémina rebuscaron en el pequeño bolsito prada y al fin una tarjeta plateada asomó sujeta por las uñas escarlata. Acercósele juguetona al oído, mientras la siniestra aprovechaba para acariciarle el torso y la diestra introducía la tarjeta de acceso dentro del bolsillo de su traje.
— A mi amiga y a mi nos encantaría tu compañía...—susurró con aquel marcado acento extranjero— Esto te dará acceso por la entrada de servicio... lejos de las cámaras. Ya sabes... discreción.

La joven se alejó de él unos centímetros, mirándolo a los ojos, seducida por la tentación. Quería besarlo allí mismo, retirar la oferta y convencerlo de que la llevase a su propia habitación. La paga que recibía por compartir con aquella sus conquistas era demasiado generosa como para declinarla, pero había algo en Neal que la hacía querer tirar todo por la borda y dejarse llevar al filo de la locura. Abrió la boca una vez más, pero esta vez el hombre la silenció, posando sobre sus labios finos un único y helado dedo. Los orbes cristalinos atravesándola como frías estacas, brillando con una astucia maquiavélica que antes no había tenido lugar.
— ¿Crees que soy esa clase de persona? —le susurró la voz ronca y seductora del inmortal mientras entornaba los ojos y le miraba desde arriba, dejando a un lado la posición anterior— No me quieres para ella... me quieres para ti, Jhoanna. Por eso me has dado tu número y no esa tarjeta. La tarjeta sigue en tu bolso, jamás la quitaste de allí.
— Mi número... si... ¿Me llamarás? —pronunció la joven con una sonrisa, dejándose llevar por el encanto de la dominación.
— Claro que lo haré... Esta noche. Pero no podemos vernos aquí.
— No... no... claro. —la mujer metió mano en su bolso y sacó de él un bolígrafo, tomando nota de una dirección con una estilizada y torpe caligrafía— La casa de mi hermano, está vacía y tengo la llave...
— Adelántate, te alcanzaré pronto...

Con complacencia vio el depredador como la mujer sucumbía ante sus encantos y le abría su mente. Tan exquisitamente predecible y manipulable que le llenaba la boca de un sabor amargo y un repudio inigualable. Ya tendría tiempo de ajustar cuentas con aquella rubia sumisa y estúpida. Ahora era su amiga, la de la 407, quien tenía toda su atención. La vigiló retirarse, mientras la austríaca se volteaba unas contadas cuatro ocasiones a mirarle y dedicarle sonrisas zalameras.

Ya bastaba de jueguitos. Pagó, dejó una generosa propina, y salió del bar con su bourbon aun sin tocar. Las escaleras lo condujeron cuatro pisos hacia arriba, ocultando su rostro de las cámaras el estratégico sombrero. En aquel sector las cámaras estaban apagadas para proteger la privacidad de los huéspedes y evitar que sus indiscreciones se volvieran públicas. Pudo incluso entrar por la puerta principal de la habitación, sin embargo no se le ocurría un modo más eficiente de agriar la emoción del encuentro.
Deslizose la platinada tarjeta y cambiose de rojo a verde la tintineante lucecita. Acceso Concedido.
En alguna ocasión escuchó decir que la vida es la suma de todos aquellos momentos únicos grabados para siempre en la conciencia. Era entonces su larga vida un espectáculo macabro, una representación morbosa y sádica que basaba el placer propio en el dolor ajeno. ¿Qué decía eso de él? ¿Acaso importaba? No cuando la adrenalina fluía por sus venas y las voces en su mente se silenciaban al fin. Todo se resumía a aquel fugaz instante de control y de seguridad en el que la vida ajena pendía solo de su capricho de acabarla o conservarla. Neal... Nathaniel, psicópata, asesino, la colección de etiquetas adjudicables era ilimitada. Así seguía el hijo de la noche el camino sin retorno que había escogido, adentrándose más y más en si mismo, perdiendo quien era en las garras de la oscuridad.
La seguridad fría de sus ojos claros contemplaba altanera su nueva adquisición. El cuerpo a penas apetecible de una mujer pálida y rolliza, con demasiadas caderas y una notoria escasez de pecho que se contorsionaba en el agua hirviente del Jacuzzi. El cabello corto y pelirrojo pegado al rostro ruborizado y cubierto de una capa de sudor. Cardenales violáceos acentuados en sus muñecas, esposadas por sobre la cabeza a una argolla de metal. De sus ojos café brotaban sin cesar las lágrimas y se esforzaba por balbucear más allá de la mordaza. Ella había propuesto el juego después de todo, buscando la emoción más allá del vínculo marital, poco sabía de las reglas o de las nulas posibilidades que tenía de ganar.
Nathaniel sonreía. El escultural cuerpo desnudo de un hombre condenado que disfrutaba cada paso en su descenso al infierno. La siniestra sosteniendo con sofisticación una copa de cristal, la diestra cerniéndose en torno a una lima de uñas. Sus cuartos traseros apoyados en el borde del Jacuzzi, el torso torneado en dirección a la mujer, la afilada expresión rezumante de crueldad de quien no tiene nada que perder.
Perforó la aorta de un solo movimiento, deleitándose con la jovial alegría de un poseso de las morisquetas de la lujuriosa mujer. Podía leerlo en sus ojos: dolor, miedo, lascivia, excitación. Aún y cuando se sabía a punto de morir no controlaba el deseo de poseerlo. Más ella no era sino una simple fuente para él, su garganta una canilla abierta en la que llenar su copa de un néctar mil veces más delicioso que el vino.
Dejó que el sabor dulce de la vitae pecaminosa mojara sus labios y se abriera paso por su ávida boca. La sed implacable de los hijos de la noche le hacía sentir una urgencia y una necesidad cansinas, le dejaba la lengua como una lija y quemaba por dentro sus entrañas, demandándole por más. El autocontrol no escaseaba cuando toda su atención se fijaba en aquel ser al que le drenaba la vida. Gota a gota, la pelirroja se revolvía en el agua hirviente teñida de rojo, tragando como una desesperada y buscando escapar. No le quedaba demasiado tiempo... solo lo que le llevó a Nathaniel acabar con el contenido de su copa rebosante de sangre.
Permitió que el trozo de cristal vacío se deslizase dentro del agua tintada de escarlata, torneando aún más su torso e inclinándose sobre la tina desbordante. Una mano firme y experta se posó sobre la entrepierna de la fémina, resbalando con tortuosa lentitud por el muslo y provocando que el cuerpo se arqueara en respuesta. La otra, igual de sigilosa y fría cubrió el mismo recorrido con el afilado instrumento, zanjando a lo largo la arteria femoral.
De pie el cuerpo cincelado de Lord Hellrune, chorreando agua cada hebra de azabache cabello, escurriendo por las piernas torneadas, deslizándose lentamente por la espalda ancha, el abdomen y el pecho. Sus ojos destellando de un eléctrico azul demencial, su sonrisa desencajada y sádica contemplando su obra maestra.
La vida de una persona resumida a un solo instante robado, aquel en el que él apagase la luz de sus ojos.


Con parsimonia secó su cuerpo y volvió a vestir las finas ropas. Nada parecía capaz de alterarlo, no cuando estaba seguro de no haber dejado rastros allí de su presencia, ni una imagen suya en una videocámara ni las huellas dactilares que la falta de grasa segregadas por los poros de su piel le prevenía de tener. Sonrió con altanera confianza al rostro que le devolvía el espejo cuando las risitas tontas y melosas parecieron llamarle. Se trataba del hombre de la habitación vecina, uno que sin duda hubiera sido un blanco interesante. Podía enumerar unas mil veces las razones por las que no lo había escogido, pero la posesión de aquella tarjeta platinada y la curiosidad tiraron de él como un titiritero tira de los hilos. Ni uno de ellos notó que hubiera abierto la puerta, no con aquella música estridente sonando y el gran mueble de roble cubriéndolo. Nathaniel se sintió a si mismo chasquear la lengua y poner los ojos en blanco con disgusto, asqueado más que divertido por la ridícula situación.
Todo se precipitó en aquel preciso momento. El abrir de una puerta, la figura femenina enfundada en un ceñido traje negro con un arma de fuego como extensión personal de su brazo. Cuatro disparos. Cuatro muertes. Y ella ni siquiera pestañeó.
Algo pareció captar su atención afuera, alguien lo suficientemente tonto como para espiar las actividades de la mujer e interrumpir en un acto de vandalismo a una artista culminando una el máximo exponente de su trabajo. Ni ella dudó en correr, ni Nathaniel dudó en su decisión. Estaba fascinado, anhelaba ver como se desentrañaban los sucesos... una de esas contadas ocasiones en las que la impulsividad lograba controlar su accionar.
Abrió el ventanal, divisando de inmediato la escalera de incendios y el callejón oscuro al que daba la salida de servicio del Shoreham, aquella que apostaba la no-vida a que el iluso optaría por tomar. Dejó de pensar en aquel segundo, aferrándose a la escalera y deslizándose por ella a una velocidad sobrenatural.

En alguna ocasión escuchó decir que la vida es la suma de todos aquellos momentos únicos grabados para siempre en la conciencia... quién diría que aquel hotel sería testigo de un instante que marcaría por siempre su inmortal existencia.
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Re: Eine geschichte von blut und morsch erinnerungen [Nathaniel H.] [+18]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Sáb Mar 02, 2013 8:10 pm

La corrida del testigo era silenciada con éxito por la alfombra; el andar veloz de la sombra negra que lo perseguía no dejaba ni un pequeño eco tras de sí. Los recodos eran repentinos, inesperados y poco favorables para tomar una velocidad constante, aún para ella que habíase desayunado un mapa tras otro al saber que la porquería de disposición variaba cada cinco pisos. Maldijo internamente al menudo imbécil que hizo las veces de arquitecto en aquella pecera de vidrio y metal, y prosiguió pisándole los talones a su presa sin poder alcanzarle ni hacer demasiado barullo. Si le amenazaba verbalmente la oirían los huéspedes de las habitaciones que empezaban con un "3" dorado en la puerta y se armaría una fiesta más que pintoresca para ella. Si aceleraba el paso se daría contra las afiladas puntas convexas de las esquinas que unían pasillos. Si jalaba del gatillo desperdiciaría balas en un tipo que probablemente llevaba un kevlar bajo la ropa. Dispararle a una pierna sería lo más efectivo, pero cabía la posibilidad de darle en una arteria y convertir la pasarela blanca en un corredor carmín cuya mancha no saldría con químicos normales. Joder. Refuerzos.

—Ich habe einen zeugen flüchtling. Sie verläuft nördlich und ich bin hinter ihm —musitó enseguida de haber presionado un pequeño botón en el auricular—. Zimmerman, achten; er geht an sie.

Y entonces lo perdió. No dejó rastro, sumergiéndose en la oscuridad densa de un recoveco sin iluminación en el primer piso, pero eso no la hizo detenerse. Se zambulló en la penumbra y divisó escaleras a tan sólo un par de metros de ella, por lo que tuvo que saltar hacia el primer rellano en vez de parar o de lo contrario caería y rodaría por los peldaños como un saco de boxeo. Aterrizó con la liviandad de un gato y bajó el siguiente tramo como una flecha, mientras oprimía el auricular por segunda vez y oía una voz familiar del otro lado. "Damn. Ich verloren. Richtung osten auf der gasse". Y la comunicación se cortó. Mierda. Si Zimmerman lo había perdido, significaba que estaban más que jodidos.

El silencio iba dejando paso gradualmente al bullicio provocado por el maremágnum de gente que colmaba la recepción en el primer piso, pero pasó de largo por los cuartos conectados entre sí y destinados al personal del edificio, quienes nunca se enterarían de nada y despertarían de su coma inducido dentro de una habitación vacía en cuanto pasase el efecto de la droga. Entonces Evangelline se detuvo en seco observando cada puerta cerrada que la flanqueaba por ambos lados, y una imagen se le vino a la mente en cuanto sintió la pesadez propia del cansancio en las piernas. Una marca en el cuello del fugitivo, una mancha negra asomando por encima de la ropa. Un escudo, una serpiente y una corona.

El ceño de la mujer se frunció lentamente mientras dilucidaba qué había ocurrido con exactitud, comenzando a sentir una molestia creciente que ascendía por su abdomen y terminaba en su pecho tras el esternón. Algo andaba muy mal y si no atrapaba a aquél peón las cosas devendrían aún más complicadas. Echó a correr inmediatamente mientras continuaba atando cabos, llegando a la conclusión de que si sus compañeros se daban cuenta de a quién perseguían en realidad, las consecuencias podrían ser nefastas para todos. Tenía que eliminarlo sí o sí, aunque tuviese que alterar su lista y agregarle como amenaza potencial. Tenía que arriesgarse.

Salió por la puerta de servicio de cara a la Union Street refugiándose en las sombras que proyectaban las construcciones anexas para evitar alarmar a terceros; no necesitaba más preocupaciones de las que ya tenía. El asfalto relucía bajo la iluminación cálida de los postes, exhibiendo la humedad de una lluvia que no había visto caer. El aroma a tierra mojada la invadió por un solo instante mientras permanecía de pie junto a los jardines propios del hotel, pero se zafó de su dominio en cuanto divisó una figura oscura recortándose contra la penumbra, corriendo; ella no dudó y le siguió con paso silente, cruzando la calle con la molestia creciéndole en el estómago. Si lo encontraba, si le ponía las manos encima...

—Hans, abgeschlossen. —y apagó el radio, internándose en la estrechez que formaban dos construcciones gemelas, donde las escaleras de emergencia colgaban como lianas negras, rotas, siendo nada más que restos largos y oxidados de hierro terminado en punta. El callejón se caía a pedazos, albergando cajas destrozadas y demás desperdicios, mientras que el suelo lucía un atractivo sinfín de vidrio esmerilado partido en miles de esquirlas filosas. Stahl Frau abusó de su aguda vista para divisar lo que fuere en el recinto, sonriendo de lado al ver un altísimo muro de ladrillo visto cortando el paso a varios metros de ella. Dead end. Y al final, todo era oscuridad.

El vidrio tras ella crujió, quejándose, delatando la posición de alguien que estaba en las diez últimas de su vida sin saberlo. La mujer reaccionó con prodigiosa rapidez y rotó con la pierna izquierda ya en alto para terminar dándole de lleno en la mandíbula con el costado del empeine, al rostro blanquecino que no tuvo tiempo de cambiar su expresión y que mordió el polvo al darse de lleno contra el suelo colmado de deshechos. Su cuerpo aparentemente abatido y dado a la resignación, yacía sobre una caja de plástico que daba la impresión de ser un container común y silvestre, con las piernas extendidas apoyadas sobre las láminas cortantes de vidrio, las caderas en el aire, el torso apoyado sobre el prisma desvencijado y los brazos colgando a los lados. La cabeza permanecía ladeada en dirección a la mujer, con el cuello sangrando y los ojos entrecerrados. El hombre sonreía, mostrando dientes teñidos de carmesí, mientras que un hilillo rojo le caía por la comisura de la boca.

Evangelline se acercó a él estirando la diestra; una mano helada que fue a parar sobre su pecho cerrando el puño alrededor de la ropa; lo levantó y acomodó como un maniquí descontracturado frente a ella, mirándolo con toda la frialdad del mundo puesta en los ojos. No diría una sola palabra, porque no había necesidad. La siniestra se irguió también, enguantada en cuero negro, y jaló de la prenda hacia abajo a la altura de la clavícula, revelando una marca que ya creía haber visto en otro lado: Temizleme. Los mercenarios turcos.

La mano que soltó la chaqueta se cerró con fuerza y surcó el aire, transmitiendo toda la energía cinética al pómulo del sujeto. Los nudillos no dolían; nunca dolían. Repitió el proceso por lo menos cinco veces, hasta que la nariz comenzó a sangrar de manera preocupante, salpicando gotas minúsculas en cuanto el torrente surcaba los labios entreabiertos que dejaban escapar aire entre quejidos. La rata respiraba por la boca, asustada, con el tabique nasal dislocado y roto. Y la Dama lo soltó, dejándolo caer como quien suelta un paquete deliberadamente. Un ruido sordo fue lo único que le siguió al corto silbido del cuerpo cayendo; la mujer respiraba apaciblemente con el rostro vuelto hacia abajo, observando con impotencia contenida aquella escoria que tendría que sacar de su camino.

Pero cuando los dedos delgados estaban por cernirse alrededor del mango de un cuchillo de caza, todo se vino abajo de repente. Una puntada fuerte como advertencia; luego otra, y otra; luego la sensación de tener estalactitas de hielo clavadas entre las costillas, todas orientadas hacia cierto espacio entre los pulmones. Finalmente, el más agudo de los dolores se expandía por su pecho como una bomba de agua reventada, sintiendo el inusitado hormigueo propio de una extremidad cuando se duerme, justo bajo del cuello. La mano que había pretendido tomar el cuchillo se pegó a las caderas, buscando con renovado ímpetu el contorno redondeado de algo que podría sacarla del apuro; exhaló una bocanada de aire al tirar del frasco y ponérselo frente a los ojos, esperando que la mano opuesta reaccionase y girase la tapa de una vez. Pero la Dama de Acero cayó de rodillas, con las manos hundidas en el centro del torso como si quisiese arrancarse el corazón con los dedos, rodeada de píldoras blancas que relucían como dientes bajo la luz proveniente de la calle.

Das Ende.
El cuerpo, atontado. La mente, en blanco. El semblante, impasible. La quietud más extrema le recorría las venas, sintiendo cómo la sangre dejaba de presionarle contra las yemas de sus dedos, cómo el hormigueo se extendía hacia abajo como si le hubiesen lanzado un balde de agua fría. La calma y la aceptación se abrieron paso por su ser como mantos de piedad. Estaba lista pero prefirió no pensar en ello y evitar decírselo a sí misma, ahogando cualquier palabra en una garganta de la que nunca más saldría un solo sonido. Sólo vería a una vieja amiga, una que siempre la seguía como su propia sombra en cuanto ponía un pie fuera de su refugio con un arma enfundada contra el cuerpo. Una que había jurado recibir de buena gana después de haberla conocido tan de cerca en una oportunidad.

Como si la suerte le sonriese ése día, el hombre, que no pasaba de los cuarenta años, hizo un esfuerzo sobrehumano por incorporar el torso primero, dejando que el peso de éste recayese sobre un brazo mientras se limpiaba la sangre que devenía en costra oscura con dedos encallecidos. La sonrisa no había abandonado su rostro, y en ese momento devenía más amplia y peligrosa que antes, mientras se arrastraba de a poco hacia la mujer que permanecía cabizbaja, sacudida por pequeños espasmos que le drenaban la vida cada vez. Las píldoras rodaron hacia todas direcciones mientras el sicario las apartaba a manotazos, divertido por la situación y a punto de darle un giro drástico a las órdenes que había recibido. Iba a matar a aquella perra nazi. A la misma hija de puta que había asesinado a su hermano varios meses atrás, volviendo su torso un colador de pasta que rezumaba sangre de cada orificio. Había tenido que enterrarlo con sus propias manos, llorar su muerte y jurarle justicia, darle la noticia a su esposa e hijos y ver cómo aquélla dejaba caer la loza que llevaba entre las manos el día que había ido a visitarles. Pensaba cortarle el cuello y sentarse sobre ella a observar cómo el último resquicio de luz abandonaba sus pupilas. La miraría morir como la porquería que era. Una zorra con la que debería haber trapeado el piso hacía tiempo.

Inclinóse hacia adelante, alcanzando el mango oscuro con facilidad, mientras cerraba el puño alrededor del cabello castaño de la asesina. La obligó a levantar el rostro, a mirarlo, a alzar la barbilla y ver con terror que su vida iba a terminarse, como precio a pagar por todo el daño que había causado. El cuchillo abandonó su vaina, su diestra tiró hacia atrás con fuerza y vio con macabro placer que aquélla no oponía resistencia y que aceptaba su desventaja con lo poco que le quedaba de dignidad. La hoja se posó sobre su albugínea garganta estirada, mientras la mujer yacía con los ojos cerrados y la boca entreabierta, respirando con dificultad. Y entonces, su ira creció de repente.

Ella también sonreía.



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Re: Eine geschichte von blut und morsch erinnerungen [Nathaniel H.] [+18]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Lun Mar 04, 2013 2:41 pm

Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortal ever dared to dream before


El fresco aire de la noche revolvía los cabellos del inmortal, oscuros y brillantes como las alas de un cuervo. La piel enfermizamente pálida y marmórea se ocultaba entre las sombras húmedas, camuflándose el condenado en la más punzante oscuridad. El corazón detenido hacía ya tanto tiempo parecía vibrar con la excitación de la empatía, pendiente de cada latido y cada exhalación proveniente de la presa, aquel osado mortal al que la curvilínea y resuelta figura femenina había buscado cazar.

Más ahora era su cuchillo quien se hendía en las carnes del varón, el mismo que le seccionaba la columna vertebral y atravesaba de lado a lado la aorta abdominal. Era su mano la que sostenía la del hombre, previniéndolo de acabar con la vida de aquella magnífica criatura.

Y poco buscaba comprender Nathaniel de los hilos que tiraban de su accionar, volviéndolo precipitado e impulsivo, regresándolo al instinto más básico que supiere tener años atrás. La vida era drenada de aquel insolente desconocido con cada segundo que pasaba manchando la pulcra camisa y el inmaculado traje, regando el piso mugriento cubierto de fragmentos de diminuto cristal. Nada parecía importarle y nada parecía contar. Pudiera ser que en aquel preciso instante caminara sobre la fina línea que divide la cordura de la demencia, encontrando en la insanidad de sus pensamientos perversos un santuario alejado de la realidad. No sonreía como lo hacía ella, forzada a mirar, más sus ojos del azul más cruel y frío brillaban con astucia y diversión asesinas.

¿Por qué? Preguntaba una voz cantarina en su fuero interno, una voz que había hecho eco en sus sueños años atrás. Preguntaba y él hacía oídos sordos, pues no había nada que contestar. Nunca había un verdadero motivo, una verídica lógica que cubriese a sus acciones de un manto de santidad. A él no le perturbaban estas cuestiones, creyéndose y sabiéndose capaz de actos de total inhumanidad. Con los siglos había dejado de buscar explicaciones, o escudarse en justificativos que endulzasen la cruda verdad. Simplemente hacía lo que le placía cuando le placía, arrebatando brutalmente de otros la libertad.

Se estimaba que más de trescientos hombres y mujeres compartían aunque fuera en parte su particular y retorcido código moral. Más de trescientos asesinos activos en los estados unidos cada día. Entonces ¿Quién era él para interrumpir a uno de sus homólogos con tanta espontaneidad? ¿Por qué le arrancaba de un zarpazo la vida, en lugar de observarle arrebatándosela a la fémina?

Por ella. Sería por ella. Un simple regalo y nada más.

Nathaniel anhelaba que lo viera, que se deleitara aún muriendo con una visión cruda y real. “Observa”, pensó entre sí, mientras el cuchillo se giraba en su diestra y la vida se fugaba de los ojos de aquel otro criminal. Eran aquellas orbes opacadas el reflejo vivo de la identidad, la esencia de lo que ese otro había sido y que él acababa de arrancar. No solo había acabado con la historia de una persona, sino que le había privado de un futuro, de una redención o de cualquier cambio que pudiese llegar a manifestar.
Llegado el punto sin retorno que alcanzara su alma inmortal, ya no existían ni el bien ni el mal, solo tonalidades del negro al rojo más oscuro, de la asesina diversión pasajera a la más punzante perversidad.

Con desdén arrojó el cuerpo al suelo, permitiéndole a ella verle con claridad. Era sin duda el espejismo más magnífico, un diamante en bruto desafiante aún en su fragilidad. Deliberadamente la había convertido en un testigo, una pieza errante que necesitaba ser puesta en su lugar.

— May you live in intresting times... —susurró el ronco y marcado acento inglés del hombre que se acercaba.

El filo del puñal contra la trémula y fina piel del cuello, pues nada eleva el alma como lo hace la caricia mortal y nada hay más hermoso que la muerte de una mujer bella.

— May you find what you are looking for...

Entonces, solo entonces, la obligó a tragar.

Se preguntaría muchas veces qué fuerza de la naturaleza lo inspirase a buscar por las pastillas, qué clase de capricho infantil se había hecho con su espíritu cansado y añejo, llevándolo a salvarle la vida solo para luego abandonarla sin más.

Podía decirse a sí mismo que se trataba de un altruismo hasta entonces desconocido por su persona o que en el fondo anhelaba la redención divina. Sin embargo, Nathaniel llevaba mucho tiempo sin creerse sus propias mentiras.

No. Algo en el mirar de la mujer había alterado su juicio en aquellos momentos de certeza, manipulado una decisión que hasta entonces jamás se hubiera llegado a replantear. Tanto el ansia como la curiosidad tiraban de él con fuerza, nublaban su mente consciente y apelaban a aquellos restos casi olvidados de humanidad.

Egoísmo. Sería egoísmo. Pues esa vida le pertenecería a él y a nadie más.

Quoth the raven, `Nevermore.'

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Re: Eine geschichte von blut und morsch erinnerungen [Nathaniel H.] [+18]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Lun Mar 04, 2013 8:59 pm

I'm not sure what I'm looking for anymore
I just know that I'm harder to console
I don't see who I'm trying to be instead of me
But the key is a question of control

El frío del metal oxidado se le interponía entre la uña y la carne, sintiendo cómo la punta plana de la pinza avanzaba emitiendo un sonido seco y repetitivo a medida que la piel iba cediendo, rompiéndose. La uña, roja apenas y partida, desprendióse silenciosamente y cayó al suelo sucio con un ruido sordo junto al resto; ya iba una decena. La mujer sentía los dedos entumecidos. No. No sentía nada, más bien. A pesar de que no podía acostumbrarse a las punzadas de dolor que se le esparcían por el cuerpo como ondas expansivas de una bomba de hidrógeno, se limitaba a apretar los labios y no decir una sola palabra, o de lo contrario caería ella y todo aquello por lo que había luchado.

Su estandarte le hacía mantener la boca cerrada, las cuerdas vocales censuradas y el cuerpo deshecho, maniatado y reducido a un bulto que oscilaba trémulo en un rincón del pequeño cuarto. Estanterías corroídas por la suciedad y el paso de los años flanqueaban su figura atormentada, vacías y cubiertas por una gruesa capa de polvo. Eran su única manera de ponerse en cuclillas. No podía incorporarse por sí sola y menos ponerse de pie; le habían puesto grapas en el tendón mayor paralelo al tobillo, alineadas de manera tal que parecían una escalerilla de esas que revelan las escotillas cuando son abiertas.

El pelo enmarañado lucía nudos que daban la impresión de que no se disolverían jamás, más oscuro de lo que realmente era, pegoteado por la sangre fresca que le corría por la frente y bajaba por las sienes. La costra burdeos de heridas anteriores aún le enmarcaba el rostro que solía ser bonito, suave al tacto y cálido, pero que se había venido a menos por la inflamación provocada por los golpes a puño cerrado y las tuberías de superficie irregular que astillaban sus pómulos y le hacían marearse. Las cuencas de los ojos se mostraban hundidas por la falta de descanso, los iris que alguna vez fueron azules no eran más que sendos círculos oscuros como si la pupila los hubiese absorbido enteramente. La belleza de una mujer, marchitada. La belleza de un soldado. Pero aún le daba cabida a su dignidad, alzando la barbilla con despreocupación cuando la puerta de hierro se abría con un macabro chirrido y los pasos se acercaban con furia hacia ella.

Hincada sobre la cerámica partida y la tierra fina que se le pegaba a la piel como una segunda dermis, respiraba entrecortadamente e intentaba inhalar todo el aire que las costillas partidas le permitían. ¿Por qué seguía viva, si pensaba llevarse a la tumba cualquier palabra que esperasen que pronunciara? ¿Por qué era tan difícil de entender? No importaba si moría. Quería morir. Cualquier cosa era mejor que estar recluida como una bestia apaleada en el sótano de una casa en el medio de la nada. Cualquier cosa. Intentó moverse y un punzada aguda le afectó el hombro y el costado del abdomen, haciéndola doblegarse hacia adelante mientras un hilillo de voz similar al quejido de un cachorro salía de su boca entreabierta.

Cada día desde hacía una semana y media, un sujeto se paraba detrás de ella haciendo la misma pregunta cada vez, sosteniendo un arma en la mano. Era paciente, pero su control era peligroso, traicionero. Hablaba pausadamente y con parsimonia como si no hubiese apuro ninguno, con un dejo de amabilidad acudiendo a su voz grave cuando la interrogaba día por medio. Lo que ocurría luego parecía automatizado: ella no contestaba, él quitaba el seguro y alineaba el cañón en el mismo ángulo conforme lo oprimía contra su hombro. Y la bala, inequívocamente, siempre seguía la misma trayectoria y le traspasaba el torso de lado a lado, abriéndose paso por su cintura.

Mátame ya.

. . .
There's a hole in your soul like an animal
With no conscience, repentance unknown
Close your eyes, pay the price for your paradise
Devils feed on the seeds that are sown

Los ojos entrecerrados, la respiración cesando lentamente sin drenarle la consciencia aún como una larga tortura cuyo fin veía cerca; la incapacidad de tenderse hacia atrás y darse el lujo de contemplar la noche estrellada que nunca más podría admirar, acentuaba la opresión que le destruía el pecho a cada minuto. Su compañera, aquella que la cobijaba con alas de penumbra y la mantenía a salvo allá donde los ojos de sus enemigos no podían ver; no la sentiría próxima otra vez. Pero entonces no oyó nada. No sintió nada. La poca presión de su sangre no se había convertido en el manantial que esperaba que le escapara por la garganta cercenada... porque ni siquiera estaba herida.

Abrió aún más los ojos con lentitud, con los párpados pesándole plomo, cayendo en la cuenta de que el tacto ajeno ya no interactuaba con su piel fría. En ese preciso momento, cuando el silencio parecía devenir sólido como el hueso, el silbido corto que emite un cuchillo al usar carne como vaina la devolvió a la Tierra por un segundo. Aquél que había pretendido acabar con su vida y hacerle rendir cuentas a quién sabe qué Regente, permanecía inmóvil con la boca torcida, los ojos desorbitados y la espalda arqueada hacia adelante como si se la hubiesen quebrado. Una sombra lo escoltaba, tangible como el vidrio bajo sus propias rodillas e igual de letal, inmóvil tras él y hasta expectante. Una sombra que lo dejó caer al suelo con estrépito, emitiendo el característico sonido propio de un trapo empapado cuando impacta; desagradable.

La visión de un segundo hombre la apabulló, mientras su estabilidad flaqueaba a medida que el esternón parecía querer pegársele a la columna. Pudo ver una palidez muy similar a la suya, las facciones angulosas de un rostro que pasaba apenas la treintena, la pulcritud exhaustiva en el doblez del cuello almidonado de la camisa, las solapas bien planchadas del traje. Las numerosas gotas de sangre y las salpicaduras no molestaban. La calma reclamaba el rostro de aquél como suyo, venciendo la diversión que antes había asomado sin disimulo en él; satisfacción de quien sabe lo que hace y cuyo disfrute reside en ese saber. Esa calma era inquietante. La falta de arrepentimiento. La liviandad que le restaba importancia a lo ocurrido. Y por último, sus ojos; de un zafiro brillante y escrutador; la miraban detenidamente mientras la daga se le arrimaba al cuello como si todo volviese a empezar. Palabras casi inteligibles llegaron a sus oídos, y el dolor empeoró.

Mátame ya.

All this running around, well it's getting me down
Just give me the pain that I'm used to

Un par de píldoras con regusto a lluvia sucia bajaron por su garganta y se perdieron en el vórtex retorcido que sentía formándose en el medio de su pecho, mientras veía con algo de sorpresa que, en vez de yacer de una vez en el lecho de inmundicia en el que se encontraba, estaba siendo... salvada. Alguien estaba dándole una segunda oportunidad. Alguien que nunca en su vida había visto. Alguien que la hizo avergonzarse de sí misma por resultar tan patética y preferir la cobardía de morir a manos de un traidor que había entregado a su propio hermano a cambio de inmunidad. Alguien que desapareció frente a sus ojos como un fogonazo mudo, fundiéndose con el aire nocturno de una Nueva York que jamás se enteraría de lo ocurrido. Lo que ocurría en las sombras, permanecía en las sombras para siempre.

La gravedad la atrajo con brazos maternales finalmente, inclinándola hacia adelante y obligándola a rehusarse a caer encima del cuerpo destrozado de un mercenario de cuarta. Posó las manos sobre el suelo espejado por el agua atajando la caída, sintiendo cómo se normalizaban los latidos lentamente mientras recuperaba sensibilidad en el resto de su ser adormecido. La sangre volvía a fluir con celeridad. Seguía viva. Tan viva que, en vías de recuperar sus facultades, Evangelline divisó un pequeño rectángulo plástico que brillaba en contraste con la negrura a su alrededor, y un débil manotazo bastó para alcanzarlo y tomarlo con dedos temblorosos.

—Neal... —susurró como si el nombre le provocase más dolor que aquél que remitía dentro de sus costillas—. Neal Caffrey.

Y, como una muñeca de trapo, la mujer quedóse quieta y cabizbaja en medio del callejón intentando articular palabra por el radio, con un carné de identificación sobre el regazo y un cadáver haciéndole compañía.
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Re: Eine geschichte von blut und morsch erinnerungen [Nathaniel H.] [+18]

Mensaje por Cónsul J. Nightshade el Lun Mar 04, 2013 11:34 pm

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Re: Eine geschichte von blut und morsch erinnerungen [Nathaniel H.] [+18]

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