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Truth Echoes [Leonides]

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Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Dom Mar 03, 2013 10:25 am

Odyssey on odyssey and land over land,
Creeping and crawling like the sea over sand,
Still I follow the heartlines on your hand,
This fantasy, this fallacy, this tumbling stone.
Echoes of a city that’s long overgrown,
Your heart is the only place that I call home,
I cannot be returned.


Esperaba ver el amanecer, parecía un deseo pueril, pero era simplemente cariño por cosas tan pequeñas la que mostraban su lado más humilde y oculto de sí misma. Dejo el libro sobre el banco de piedra, y observó el horizonte, expectante.

El sol se alzaba con mesura por el horizonte de la ciudad, Manhattan. Atravesando los cristales hadas de colores desde el tan cálido carmesí, traviesas hadas de dorado, y gentiles ninfas de bergamota danzando ante sus ojos en su desfile a través de los cristales del invernadero, llenándolo de luz y vitalidad.

Los rayos acariciaban su piel pálida, adentrándose en sus huesos llegando a lo más hondo del alma, transfiriendo energía del sol, su placidez, era un momento místico y complejo de explicar. Las palabras quedarían cortas para tratar de exponerlo. Solo conseguía asombrarse por el espectáculo tan majestuoso a través de las ventanas.

Tomándose los privilegios, Adrianna había subido antes del amanecer para contemplarlo. El invernadero le recordaba a su hogar con sus amados padres: la naturaleza evocaba recuerdos que eran anhelos en el presente. Magia, era el invernadero, sentimientos plantados en el cuidado de las flores.

No le causaba dificultad erigir escudos en su mente para protegerse, ya que la fuerza de la tierra madre, la resguardaba. Y en un lugar que le evocaba a una jaula de cristal y acero, Adrianna veía a esos lugares como templos donde la meditación, lectura y pensamientos podían fluir sin recelo.

Siempre que subía, observaba las flores que Maryse cuidaba, y en cierto sentido le recordaban a ella, aunque no fuera tan hermosa. Las flores eran también frágiles, muy frágiles. Igual que ella, solo bastaba una palabra para hacerla pedazos. Pero de la fragilidad de una rosa podía aprender que incluso ella se defendía. Las rosas tenían espinas, las espinas en su carácter eran su carácter externo. Una protección que por obligación tuvo que crear, y a veces odiaba ser así, pero el temor sacaba ese carácter que no la representaba, no del todo.

Trazos en el cielo superpuestos, borraban el azul oscuro y las estrellas del cielo, y en su lugar violáceos y nubes ocupaban su lugar. La ciudad despertaba de su letargo, y comenzaba la rutina. Los mundanos abandonaban las casas para ir a trabajar o ir a las escuelas a aprender y reunirse con mas mundanos.

Los nephilims no eran así tal y como los mundanos. Los hijos del Ángel eran sombras que acechaban protegiendo esa delicada línea entre las demás razas y los mundanos, inclusive entre las razas. El ángel Raziel les había dado la misión de guardar ese equilibrio, debían protegerlo con su vida, mediante armas celestiales y runas mágicas, peleaban por la paz, la justicia.

Respiró hondo tomando el oxigeno pausado del ambiente, las flores creaban un manto de pequeñas y coloridas pinceladas en el cuadro, inundando su sentido del olfato de su fragancia. El árbol, guarecía a la gente bajo él, un trazo más largo y definido, era la columna del invernadero.

Cuando fue a recoger el libro para seguir leyendo se acordó las prisas con las que había salido de su habitación que se había puesto lo primero que vio: Un jersey de lana de tonalidad pardo, una camisa de algodón tintada en castaño y unos pantalones vaqueros azules sencillos. Estaba descalza y con el cabello desarreglado. Así era ella mil veces cuando estaba a solas, porque era ella, sin mascaras.

Bostezó tapándose la boca, se deleitaría de algo más de las primeras horas de día. Para disfrutar del invernado a solas, retomando la lectura. Habitualmente lograba relajarse cuando tocaba el piano en compañía de su amiga Adara, entrenaba hasta el agotamiento, o subía al invernadero acompañada de la naturaleza. El don y maldición de la empatía, requerían mucha concentración y energía, precisaba de esos momentos para recuperar sus fuerzas o podía caer enferma.

De pronto percibió unos pasos amortiguados en la madera: Alguien subía al invernadero y el pánico la invadió. No sabía qué hacer, lo único medianamente inteligente que se le ocurrió concentrarse en el libro, así no la preguntarían, aunque el plan hacia aguas. Lo sabía, y se mordía el labio nervioso, interactuar con otros nephilims no era su don.
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Re: Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Lun Mar 04, 2013 6:40 pm

Aquella mañana, el León había despertado apabullado, agradeciendo el oscuro tono añil que se cernía sobre el horizonte como un manto y que remplazaba el ardor que le provocaba el resplandor del Astro Rey en los orbes claros. Una camiseta blanca y el holgado pantalón de dormir yacían tirados encima de la cama cerca de las cinco y media de la mañana, hora en que su cuerpo, con el reloj biológico andando bastante mal, decidía que el cansancio había remitido y que podía levantarse. Y aquél nunca ponía pegas a lo que le dictaba la carne descansada.

Después de quince minutos en la ducha más relajante jamás experimentada, cazó con mano decidida y a tientas, lo primero que cayó del armario en cuanto lo abrió. Parte del uniforme de cazador la usaba desde el amanecer hasta el ocaso la mayoría de las veces, siendo del tipo de anormal que se pasea de negro para ahorrar tiempo en caso de emergencia dado que los años le habían enseñado que el paranoico sobrevive y es quien responde primero que nadie. El cuero le sentaba bien, además, volviéndole más pálida la albugínea piel y más claro el tinte rubio del cabello despeinado. Pero eso le daba igual. La mujer que quería impresionar no estaba a la vista. Entonces salió con jeans holgados, botas acordonadas y una camisa negra que le hacía sentir despreocupadamente interesante, con aire compungido. O tal vez era el desgano lo que volvía impasibles sus facciones afiladas.

Hay hombres que renuevan su ímpetu y aplacan las penas a la noche dándose a las adicciones y prefiriendo la oscuridad como alcahueta personal. Leo no. El alba despuntaba con él como espectador atento, observando cada amanecer con toda la disposición del mundo, acodado en el alféizar de la ventana más cercana, con los dedos entrelazados alrededor de una humeante taza de café. Su día comenzaba temprano y terminaba tarde, como el soldado que pone el pie en el campo de batalla de primero y lo abandona de último; su día a día era una lucha constante contra el genio, contra el resto, contra lo que ella le hacía sentir. Porque Helena, como siempre, encontraba la manera de hacerlo sentir escoria y trapear el piso con su decencia, dejándolo a la altura de un felpudo y manso como un venado. Esa parecía ser su especialidad; la de Leo era dejarse hacer.

Sin pensarlo más, decidió acudir a su pequeña porción de Cielo: un recinto silencioso, vacío, carente de actividad humana y colmado hasta el techo de vegetación. Y, extrañamente, tanto verde brillante y tanto aire puro le traía a la mente puras vistas panorámicas de su hogar. Idris. Toda Idris. Aquélla parte de él a la que nunca renunciaría por nada, aquél mundo que le había enseñado y regalado tanto. La nostalgia caló hondo en él conforme subía el tramo de escaleras que lo separaba de la estancia, pero apenas alcanzó a ver una pequeña parte de un helecho que había agarrado maña y caía con la tristeza de un sauce, cuando sintió que algo le faltaba.

Una carrera silente hasta la cocina, el ruido amortiguado de la cafetera y el tintineo débil de una taza de porcelana escoltaron su necesidad casi desesperada de algo que pudiese mantenerle bien despierto el resto de la jornada, o de lo contrario se volvería tan inútil como una ameba en el correr de las horas. Necesitaba un empujón, un incentivo. Y su querido café podía dárselo. Oh, el café. Su affair con el elixir oscuro y denso que emanaba un fuerte olor terroso y de regusto agradable, duró cerca de media hora porque alguien había olvidado moler los granos y filtrarlos con agua caliente para dejar la jarra completa para quien quisiese tomar. No renegó de la tarea, pero sí bufó cuando al fin se encontraba en el camino de vuelta al invernadero, haciendo crujir de más los peldaños al subir, impaciente. Pero entonces aguzó el oído y lo oyó: un simple bostezo. Un bostezo que terminó en un sonidito agudo apenas audible. Tono de mujer.

Cuando subió el último escalón sosteniendo la taza con la diestra, caminó como si nada hacia la figura que divisaba sentada sobre uno de los tantos bancos de piedra azul que se alineaban con justa simetría a cada flanco del espacio, dejando las plantas como protagonistas en el medio de aquél mejunje de color y aromas intensos. Su sillón colgante pendía de un gancho pitón fijo al techo, orientado hacia los grandes ventanales y meciéndose tímidamente, llamándolo. Pero debía pasar frente a la mujer que comenzaba a ver mejor a medida que acortaba las distancias. Esbelta, de un estado físico admirable que se adivinaba macizo bajo la ropa holgada y las pequeñas arrugas de sus pantalones, se asemejaba a una escultura sedente que asimilaba la calidez del suelo de madera con los pies descalzos. Los ojos azules fijos en un libro que no leía en lo absoluto con las pupilas estáticas y el pecho levemente acelerado; un pasatiempo que devino en mera distracción en cuanto el rubio puso un pie en lo que la joven creía sus dominios. Y él se dio cuenta.

—¿Qué lees? —inquirió con brusquedad, de pie y cerca del banco, dándole un trago a su café negro. Una mujer sola no siempre era signo de vulnerabilidad, de soledad o de poca fortaleza. Leo sabía de sobra que las más fuertes se habían curtido de la mano de la independencia y disfrutando del placer de la reflexión, redescubriéndose a sí mismas. Pero cierto tinte melancólico acudía a aquella mirada; mirada que le hizo decantarse por abandonar el intento de reclamar su sillón en la otra punta de la habitación, y sentarse junto a ella con la taza entre los dedos y la mirada puesta en la salida de un sol rojo que ascendía con lentitud, matando la penumbra.





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Re: Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Mar Mar 05, 2013 9:18 am

En el invernadero se respiraba entre los mil aromas de las flores, una profunda serenidad y liberación, era un fragmento de paraíso en la jaula de neoyorkina de rascacielos de acero, calles asfaltadas. La naturaleza reinaba en aquel lugar, su orden era el equilibrio de la madre naturaleza. Majestuosidad ante un bello amanecer lleno de luz y calidez.

Mirando de reojo, ella le examinó. El joven nephilim era una exaltación de la imagen de un ángel, una estatua viviente de perfectas proporciones, cabello revuelto de oro y cobre ensalzando su figura divina. Cuerpo perfecto tallado con esmero por un escultor. Se comenzaba a cuestionar si era nephilim o un enviado divino. Sin embargo en sus ojos grises eran un reflejo de su esencia humana y doliente bajo esa apariencia que colmaría de celos e inseguridad al resto de sus hermanos varones.

Si bien era hermoso, Adrianna no sintió nada, era como ver una obra de arte. Podías sentirse fascinado incluso atraído. Pero no despertaba en ella algo más profundo, se molesto con sí misma. Apenas le había dicho algo y estaba juzgándolo, quizás la fuerza de la costumbre le llevara a tener de las personas tanta información que al final le resultaban soporíferas.

En el joven anidaban emociones completamente opuestas, a su imagen de regio guerrero, podía sentir la melancolía y pesadumbre pero no sabía el porqué de todo. Instintivamente su interés por él floreció al igual que las flores del invernadero. Sus ojos estaban velados por una capa de tristeza e incomprensión. ¿Qué alma podía sentir eso y no poder lograr consuelo?

Su voz evocó a su mente el leve fluir del agua, la serenidad y ductilidad de tal elemento, saciada y purificadora. Aunque fuera una pregunta breve, la transportó por segundos al pasado, una excursión por los profundos y densos bosques, para encontrar cataratas y un lago secreto, un momento lleno de risas y felicidad, que creía haber olvidado.

Examino su libro, era un regalo de su padre. Encuadernación en piel con guarniciones negras imitando los grandes textos de la antigüedad, contenía la completa colección de obras del dramaturgo William Shakespeare, maestro de la lengua inglesa. Sus textos tenían mil interpretaciones, pero su lectura era más que psicoanalizarno. Podías sumergirse en sus personajes y sentirte como un mártir, un enamorado o un loco. Era la lectura favorita de su padre y ahora la suya.

- Hamlet, ya es la quinta vez, pero no me canso. – susurró esbozando una sonrisa en sus labios finos.- La necesidad imperiosa de Hamlet para buscar justicia y sus reflexiones sobre la vida y la muerte que llega a cuestionarse durante toda la obra. La cordura de Horacio, fiel amigo incluso en las peores situaciones, respaldándolo. – las palabras se escapan de los labios su lengua se movía por sí sola, la sorpresa sonrojaba sus mejillas incapaz de detener su boca. - La pobre Ofelia que arrastrada por la locura por la pérdida de su padre y la marcha de su hermano, así como la indiferencia de su amado Hamlet le lleva a morir ahogada por su culpa. Laertes buscando venganza y justicia a partes iguales, respaldado por el pueblo, no sé. Es una brillante historia, mi padre decía que de milagro no muere el apuntador. –se quedó en silenció igual sus reflexiones no eran del agrado de la gente, prefería estar callada al menos así no la castigarían por su sinceridad abrumadora.

Puso el lazo rojo sobre la pagina en la que estaba, aunque podría saber en qué parte se quedo, mediante la representación del grupo de teatro donde Claudio vería el crimen acometido, tomándolo como una ofensa y queriendo exiliar a Hamlet en Inglaterra.

Miró el horizonte dejando que el astro se filtrara en el invernadero, mientras apoyaba sus pies descalzos en el suelo de madera, como revivir de nuevo. Mientras se limpiaba su jersey, echó un vistazo al joven: Estaba sosteniendo una taza humeante de lo que por su aroma, era café recién hecho. Tenía varios aros de plata en la oreja, se veían perfectamente en contraste de los cabellos de oro. Un gesto de rebeldía, intento de llamar la atención o la simple idea de estética.

No sabía que decir, era terriblemente tímida y solitaria. Para ella era toda una odisea hacer un amigo. Hablar con un desconocido no era ningún problema, pero no era capaz de interactuar correctamente con sus hermanos, mas hijos de nephilims. Era como si existiera ante sus ojos, un abismo sin fondo, que los separara. La frustración retomaba su reino arrebatado por los anhelos de forjar amistades.

- ¿Café? –preguntó pese a que la pregunta era evidente. – me recuerda que no desayuné. – comentó suavizando el tono, tratando de romper el silencio. Percibía la necesidad de hablar o comenzar una conversación, era lo que normalmente hacían dos personas si coincidían.- pero no pude evitar venir, intuía que sería más espléndido que verlo desde la ventana. – añadió observando el sol.- ¿no crees?
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Re: Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Mar Mar 05, 2013 6:07 pm

El varón calló mientras ella demostraba saber de lo que hablaba; que Hamlet, al parecer, era su pieza favorita de literatura; la suya, en cambio, era un simple poema escrito por un tal Lord Byron, un romántico empedernido que, como él, caía de rodillas ante el estereotipo de mujer inalcanzable. Inclinado hacia adelante con los codos sobre las rodillas y las manos sosteniendo la taza pobremente, oía el arrullar de un tono constante como el entramado de un tela, agradable de oír y bastante pintoresco. La fluidez de los chasquidos que emitía su lengua contra el paladar se le antojaba tan versátil que aquélla joven bien podría hablar cualquier idioma, como si el Esperanto, la lengua universal, permaneciese en ella, latente. Eso llamó su atención y lo dejó, por un instante, ensimismado en cómo decía las palabras y no en su significado, pasando de él olímpicamente.

Scopaesthesia. Sintió la mirada furtiva escudriñándolo como a una rareza bastante difícil de encontrar, dándole la impresión de alguien que observa, procesa y memoriza por acto reflejo. En momentos como aquél solía considerar las miradas del sexo opuesto como halagos directos que engrandecían su ego hasta límites razonables al ser contemplado con un dejo de devoción. Y sin embargo, estaba tan resignado en ese entonces que ni dio señales de intentar ligar con un ejemplar tan exótico como ella, que bien podría haberle despertado anhelos lujuriosos con su aparente timidez y belleza innegable si la hubiese conocido una semana antes.

Por ello se hizo el tonto y evitó devolverle la gentileza concentrándose en el tul rojizo que rodeaba el Sol y ascendía junto a él cada minuto que pasaba, pero justo cuando estuvo a punto de deshacer ese silencio tan solemne, ella le ganó de mano con determinación, inquisitiva.

—¿El alba? Sí, sin lugar a dudas —musitó, fulminando el ventanal con los orbes plateados que devenían aún más claros cuando recibía la luz solar de lleno en el rostro. Bajó la vista momentos después ante la referencia ajena al café y, de buena gana, giró la taza entre sus manos y se la extendió con aire divertido—. Si no tomas del lado opuesto no te pasará nada —bromeó, arqueando las cejas como solía hacer cuando pretendía que le hiciesen caso, recordando casi instantáneamente la mala cara que Sonya ponía al reconocerle el gesto, fingiendo sentirse saboteada en terreno emocional por un niño de doce años y presencia fuerte. Leo sonrió de lado.
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Re: Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Miér Mar 06, 2013 8:43 am

La joven le observo con clara curiosidad, y tomó la taza que le ofreció gentilmente. Estaba fascinada, solo había hecho un comentario sobre el desayuno y le había entregado parte de él. Aconsejándola quizás por escrupuloso, pero se lo ofrecía apaciblemente y con una sonrisa.

- ¿De verdad? Yo solo… – estaba sonrojada, no estaba acostumbrada a la amabilidad de los demás, había crecido con el temor indiferente con el que la observaban. Y no quería hacer un feo, así que lo olió sintiendo las tripas rugir levemente por suerte. Aquel líquido casi negro atravesó su lengua, y paso por el esófago, despertando todo su organismo. Era una adicta al café, no podía negarlo, y ahora aquel le sabía como si fuera agua para un muerto de sed. – Gracias, aun queda para ti.

Se la devolvió todavía con café, satisfecha de tener una ración de cafeína ahora fluyendo por las venas, no podía evitar mirarle. Era un puzle complejo, y era algo que a ella le fascinaban. Exteriormente daba una imagen regia, pero interior era un galimatías de emociones, en el que poder perderse. Sin olvidar la voz, aunque apenas hablara, eran las palabras justas. Esa voz, evocando el delicado y elegante pasó del agua, solo con cerrar los ojos podía ver el lago de nuevo. El recuerdo renacía, más vivo que nunca en su memoria.

- Ni siquiera nos hemos presentado, discúlpame. Me llamo Adrianna, mucho gusto en conocerte. –sonrió mientras se desperezaba, dejando escapar un leve bostezo.- No me acorde, necesito colaboración. –se levantó y fue a la esquina del invernadero, tomando una regadera de metal entre las manos. - ¿Me ayudarías? Si quieres claro. Solo hay que regarlas un poco….luego te dejaré libre. – trato de sonreír con su habitual tono cordial, se esforzaba por no mostrarse inquieta, para ella aquello era un gran paso pero no suficiente.

Se sentía un poco culpable obligándole a hacer algo que debería hacer ella sola. Pero dos, terminarían antes el trabajo, no había nada de malo el pedir una ayuda. Además así podrían hablar, si es que él deseará, conocer a un miembro más de la nueva familia de nephilims, sentirse más en un gran hogar, con muchos de hermanos.
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Re: Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Sáb Mar 09, 2013 2:25 pm

Habiendo obtenido su taza de vuelta, Leo la miró de soslayo, sorprendiéndola mientras ésta aún seguía observándole con la misma insistencia que antes. Insistencia, cabe destacar, que no le molestaba en lo absoluto a pesar de todo. Si fuese del tipo de mujeres a las que se había mal acostumbrado, no estarían sentados plácidamente en la banca de piedra con la ropa todavía puesta; pero al contrario y para su agrado, aquella mujer no rozaba ninguno de los dos extremos que señalaban lo inalcanzable y lo absurdamente fácil de conseguir. O al menos ése era su balance en una primera impresión.

Adrianna, repitióse a sí mismo el nombre de la Cazadora en cuestión, ladeando la cabeza hacia su lado y escudriñando el rostro de mentón redondeado que momentos después se deformó por un bostezo repentino. Entonces vio de cerca el tono exacto de su pelo reluciendo al Sol, los orbes azulados de un tinte difuso como el de la niebla en una noche de invierno, la tersura de una piel joven. Su complexión se alejaba de lo menudo y lucía la masa muscular torneada de quien entrena por gusto y religiosamente, dándole la apariencia implacable que parecía suavizar bajo la actitud que se adivinaba pasiva a juzgar por lo poquísimo que había visto de ella. Eso le arrancó una oleada de interés.

—El gusto es mío, Adrianna —y le dedicó una pequeña reverencia con la cabeza, luciendo una media sonrisa—. Leo —se limitó a decir, y volvió la vista al ventanal que comenzaba su transición por la gama cálida de colores que sólo la luz de la mañana podía mostrar. No era necesario el apellido. Leo, en el instituto, había uno solo; con eso le bastaría.

—¿Colaboración? —musitó, viéndola ir hacia uno de los tantos recovecos que hacían tan intrincado el paseo por el invernadero, y volver con una regadera de aluminio en las manos. Sin pensarlo mucho porque no hacía falta y dejando el café a un lado, se la arrebató con delicadeza y presuntuosa agilidad, enarcando una ceja y acercándose a la hilera de Pensamientos que se agrupaban prolijamente en el cantero más cercano. El violeta profundo y el añil se fundían en los pétalos grandes de aquellas flores, que parecían recibir gustosas los hilillos transparentes y tibios del agua cristalina que el rubio dejaba caer sobre ellas con cuidado.

¿Regar plantas es poco masculino? Pues no. ¿Regar plantas vale la pena con tal de ligarse a una tía? En un principio no se la estaba ligando, a pesar de que en otra oportunidad no le hubiese hecho asco a acercársele y conocerla alegando ser víctima de un magnetismo que escapaba a sus manos, pero en ese momento se vio a sí mismo como un recluso que, si seguía haciendo servicio comunitario, pagaría con creces su condena. Tenía que adaptarse, o al menos eso era lo que le habían recomendado hacer. Y su única salida era hablar con las chicas, siendo Adrianna la primera que conocía después de la reunión de bienvenida a la que Maryse tan gentilmente los había convocado. Le faltaban tantas otras, pero ansiaba internamente poder contar con algo más de poder de macho rondando en el Instituto, o terminaría sucumbiendo ante la visión de hormonas femeninas tomando forma humanoide y asesinándolo sin miramientos.

Siguió regando.
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Re: Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Dom Mar 10, 2013 12:27 pm

Su sonrisa era como uno de sus cabellos, de oro. De un ser divino dibujada ahora en sus labios, cautivador a ojos de muchos. La perfecta imagen robusta de un ángel que mostraba sus sentimientos, parecía observarla tanto como ella le miraba con aprecio. Aun así era un león, no estaba del todo a gusto, aunque trataba de fingirlo. Posiblemente los desconocidos no le agradaban del todo. Quizás era ella quien no terminaba de agradarle, pero de él no vio tal emoción. Parecía el tipo de personas que debían ser escuchadas, aún si solo fuera el silencio.

Su nombre era Leo, o al menos parecía una acotación de su nombre, lo recordaría. Si bien opinaba que no sería difícil recordarlo: Un ser que se pasea con semejante apariencia gloriosa, y con una voz tal placida como un arroyo, no se encontraban todos los días. Ella se alegró, estaba feliz de conocer a los nuevos habitantes del Instituto. La presentación a manos de Maryse llevo a tomar ideas de cada uno pero amargamente no hablar con ellos. A excepción de Adara y Jeriel.

Si había sido capaz de hablar con ellos ¿Por qué no con los demás? Sonaba totalmente ridículo, y la risa brotaba suavemente desde dentro. Buscó la otra regadera de metal, y comenzó a regar las plantas. Era devolver energía a la tierra, ella le daba fuerza a Adrianna era un pacto mutuo. La serenidad y paz se filtraba en las almas de ambos. Le se fijó cómo estaba concentrado regando os bellos violáceos y añiles pensamientos. Era un enigma ante sus ojos, quería saber, pero no intuía como.

Sutilmente decaída, apartó la regadera de las agradecidas plantas de las baldas superiores, un grupo de rosas. Ellas la esperaban con sus colores brillantes cuando las gotas se deslizaban por sus pétalos, liberando pequeños arcoíris. Era asombroso, hipnótico calma que ni siquiera se rompía cuando brotaba de la regadera, el agua cristalina en un sutil manantial. De pronto recordó un poema, de los miles de libros que Adrianna había leído, y su voz se elevó lo suficiente para ser oído.

“Ninguna de las hijas de la belleza
Tiene la magia que tú tienes;
Y es para mí tu dulce voz
Como música en el agua:
Como si su sonido hiciera
Detenerse al encantado océano,
Resplandecen las olas en su quietud
y parecen soñar los sosegados vientos…”


Las palabras eran las de un poeta enamorado, y le hacían bullir en corazón. Idealizar tanto el amor irreal, que el amor de la realidad era demasiado áspero e insípido. Los poetas ensalzaban la figura de la mujer como ese ser místico inalcanzable, enamorados hasta de los últimos cabellos de su amada, de su sonrisa, de su alma. Ella soñaba con algo así, pero las cartas que jugó no fueron las adecuadas.

- Perdona, me acorde de pronto, me encantan los poemas de Lord Byron. Soy una romántica empedernida. – le miró con contento en los ojos y abatimiento en sus palabras. No la servía de mucho soñar, solo acabaría sufriendo.- ¿A ti que te gusta leer Leo? – era la mejor pregunta para conocer a alguien desde su punto de vista. La lectura era un hábito admirable, una pasión. Y falta de una pregunta mejor, disparó una pregunta tan corriente, pero a su vez compleja.
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Re: Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Sáb Abr 20, 2013 4:02 pm

A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo.



Byron.

Ella camina en la belleza, como la noche
De cimas despejadas y noches estrelladas
Y lo mejor de lo oscuro y lo brillante
Se encuentran en sus rasgos y en sus ojos
Asi, suavizados bajo la tierna luz
Que el cielo al llamativo día niega


Rosas. Rosa Negra. Helena. Su cadena de pensamiento se detuvo bruscamente, dejándolo inmóvil con la regadera en la mano y el rostro ensombrecido. Aquello parecía ser una broma. Una de muy mal gusto. El karma era una perra y Leo lo tenía más que sabido, pero, ¿no podía dejarlo en paz ni siquiera cuando se esforzaba de forma inhumana para no pensar en nada y vivir? Porque no, no vivía si la Rosa no estaba con él, cercana y lejana como lo que no puede tenerse. Aquella mañana se había sentido realizado al tener bloqueada la capacidad de autoflagelarse, prefiriendo ahogarse dramáticamente en un mar de café, aire frío del matino y luz de Sol. Pero, al parecer, habían otros planes para él. Planes superiores.

¿Quieres aclarar la mente? No, lo siento. No puedes, pensó Leo para sí, recreando internamente la vocecita asquerosa y altanera de la fuerza que pretendía sacarlo de sus casillas en ese preciso momento. Entonces se rebeló, molesto. Continuó regando como quien oye un sonido distante y pasa olímpicamente de él, hasta que el agua cesó de manar y dejó vacío el fondo reluciente del contenedor de aluminio. Lo miró como si quisiese prenderle fuego y bailarle alrededor como un nativo-americano, y se volteó con el vestigio de la impasibilidad asomándole en el rostro, buscando con la mirada a su homóloga.

—Mentiría si dijese que no —replicó con voz ronca recuperándose de la citación ajena, intentando ocultar la desazón que lo había asaltado momentos antes— Y Byron es mi favorito.

Sentado sobre la hierba fresca y encarando la luz de la tarde, una figura que oscilaba entre la menudez de la pubertad y la esbeltez de la adolescencia, recorría las páginas sepia de un pequeño libro con fruición. Las manos pálidas y de dedos ya encallecidos por los cuchillos que solía enarbolar, se aferraban con delicadeza a la fragata de tinta que lo transportaba a lo más recóndito de su propia mente, abstrayéndolo cada vez más hasta perderse a sí mismo en las palabras. Se sentía como la paz absoluta, alguien intangible acompañándolo a estar solo. Pero no renegaba de su aislamiento, sino que agradecía poder volver los poemas como suyos y poder describir la belleza de aquélla de quien no podía apartar los ojos. Sólo un hombre lo suficientemente elocuente podía hacer uso de todo su vocabulario para lograr definir por completo un ser tan hermoso y trágico a su vez; él no. Conocía las palabras y su significado, pero no lograba componer un solo verso que hablase de su pelo, su piel, sus ojos o su aroma. Se contentaba con mirarla a escondidas, a oír su voz y estremecerse, a odiarla por volverlo tan vulnerable, a amarla con toda la intensidad de la que era capaz. Pero nunca sería suficiente.

—¿Qué hay de ti? —musitó pensativo aún mientras se alejaba de los Pensamientos, dejaba la regadera sobre una tarima y se acodaba sobre el alféizar de la ventana. El amanecer le arrancó destellos rojizos a su pelo, creándole un halo luminoso al ángel que había caído hacía ya mucho tiempo. Entonces cerró los ojos.
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Re: Truth Echoes [Leonides]

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Mar Feb 04, 2014 10:17 am

Inquisidora H. Blackthorn
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Re: Truth Echoes [Leonides]

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