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I suffer with pride [Ankhiära]

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I suffer with pride [Ankhiära]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Mar Mar 05, 2013 4:51 pm

La noche anterior Leonides juró por el Ángel que no desquitaría su miseria con la ayuda de una botella; lo hizo con omelettes porque el vino se había terminado antes de siquiera pensar en quedar hecho un trapo en medio de la cocina. Su torso semidescubierto yacía inclinado sobre su parte de la mesa, tirando de un mantel que se deslizaría rápidamente en cuanto aquél recuperase la consciencia. Dormía con la frente pegada al antebrazo, recargando todo el peso de su cabeza sobre los músculos que llevaban rato adormecidos por la falta de circulación. Abrió un ojo y después el otro, gruñendo como lo haría el animal con el que lo comparaban, aún sintiendo cómo el desgano del matino lo amansaba.

Su aspecto, si bien había pasado la noche abrazando una mesa de roble, no resultaba desaliñado a la vista, pero sí algo despreocupado. El pelo siempre lucía tan revuelto como siempre, brillando de forma inusitada como un halo conforme el Sol arrancaba destellos cobrizos a su larga melena. Se incorporó con la lentitud de quien querría tirarse al suelo para seguir descansando, viendo con una fingida expresión cercana al horror que el amanecer lo había sorprendido remoloneando plácidamente los últimos cinco minutos, intentando espabilar de su mente confundida todo lo que creía que había hecho la noche anterior.

Cocinar. Cocinar y recibir visitas. Una mujer pelineg-- Mierda. Absolutamente todo lo sucedido con Helena le atestó el pensamiento de imágenes ya distantes, y cada una dolía casi tanto como un puñetazo en toda la cara. O bien como si le hubiesen reventado el mesón de mármol encima. Era un desastre ambulante y tenía que admitirlo. El León tenía sus formas de sabotearse a sí mismo y valer menos que un penique a la mañana siguiente, momento en que despertaba con ojos enrojecidos de dormir como un bebé y recurría a quién sabe qué cantidad absurda de café a modo de placebo para mitigarlo todo. Y así llegó a la conclusión de que aquella puntada aguda en el pecho se le pasaría sólo si se ahogaba en un mar de cafeína y mucho azúcar. Mucho azúcar.

Masoquista por naturaleza, aplazó a voluntad la ida hasta la cafetera y prefirió correr como una bestia hasta su habitación —primer piso, segunda puerta a la izquierda— y bajar hecho un jaspe luciendo una camiseta negra sin mangas, pantalones cargo y botas acordonadas. Sí, se iba a la guerra. Pelearía contra los panecillos que Maryse solía acomodar prolijamente en un centro de mesa, los devoraría con fruición y agotaría los suministros de café para poder tener una excusa y salir desesperado a conseguir más. Su infantilidad nunca rozaba lo patético; sólo se ponía en marcha adormeciendo aquéllo que atormentaba su fuero interno y estabilizaba su ánimo ridiculizando las tareas más domésticas. Así se distraía, tal y como había aprendido a hacer desde que era un niño: fingiendo que todo le importaba un carajo y que su vida seguía siendo tan o más interesante que antes.

Asaltó la cafetera ferozmente y terminó recostándose contra el fregadero, de espaldas a la ventana que permitía el paso de los incontables haces de luz que recortaron su propia sombra delante de sus ojos. Quería estar enojado. Quería tener la oportunidad de cazar a alguien del cuello y saltarle a la yugular con aquél salvajismo que deseaba sentir quemándole las entrañas. Quería relegar su capacidad de pensar a lo más recóndito de la nada y el todo, allí donde van a parar los objetos perdidos. Quería su paz de vuelta. Tomó un sorbo largo, amenazando con acabarse la taza de un sopetón, y se pasó la mano por el pelo mientras se autoconvencía de que todo estaría bien.

Pero sólo se mintió a sí mismo.

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Re: I suffer with pride [Ankhiära]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Miér Mar 06, 2013 10:20 am

"Y cuanto más lo pienso, más me convenzo de que deberíamos
dejarlo tal como está, porque, verás, será como tenga que ser,
porque es como suele ser. De hecho, casi siempre es así."

Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón. Estaba sentada sobre la cama, con las piernas cruzadas; un libro se abría sobre ellas, congelado en una página que la joven cazadora no había podido pasar. Leyó aquella frase varias veces y, cada vez, las palabras parecían penetrar más profundamente en su despierto cerebro. ¿Acaso era aquello lo que a ella le sucedía? ¿No había sido capaz de dejar que sus muertos saliesen del corazón?. El corazón guarda el amor a los seres vivos; tal vez el problema era que el suyo había estado guardando como un tesoro aquellos fantasmas. Quizás todo habría tomado un rumbo distinto si ella hubiese aceptado su muerto, como debería haber hecho siendo una nephilim; pero no pudo hacerlo. Sintió en si momento que aquello sería un insulto a su memoria, que jamás lo dejaría marchar. Y así había sido; en aquellos momentos, por mucho que quisiera, ya no podría. Había pasado el momento y la presencia de aquellos seres había quedado impresa para siempre en su persona, recordándole a cada minuto, a cada segundo, quién era, por qué era así y por qué debería seguir siéndolo. Cual infante al que intentan arrancar su muñeco preferido, ella se había aferrado al recuerdo y para aquello ya no había vuelta atrás. El estómago le rugió, recordándole que seguía siendo humana y que, por tanto, necesitaba alimentarse. ¿Cuántas horas llevaba sin comer? Cerró el libro de Benedetti con la suavidad con la que una madre amorosa arroparía a su bebé recién nacido y se levantó de la cama.

Iba vestida desastre incluso para tratarse de la propia Ïara; llevaba unas mallas negras que hacían a su vez de pijama, y una camiseta de manga corta que era demasiado grande para su cuerpo pequeño. Pero poco importaba eso; estando en casa -o algo que se le asemejaba- debía reinar la comodidad, ¿no? El pelo estaba suelto, pero sencillamente porque se había duchado hacía poco más de media hora y no le gustaba recogérselo cuando aún estaba húmedo. Aún goteaba de vez en cuando; sus cabellos tenían la característica cojonera de tardar bastante en secarse. Salió al pasillo sin ni siquiera molestarle en calzarse, llevando tan sólo unos calcetines -también negros-; le encantaba pasear descalza. Ya había aprendido dónde estaban los sitios de más importancia, como la sala de armas y la cocina -en ese orden según la importancia-, así que no tardó mucho en llegar al lugar donde acallaría los aquejados gemidos de su estómago vacío. Cuál fue su sorpresa al llegar y descubrir que, al parecer, no era la única que había tenido aquella idea. Una figura se recortaba contra la encimera; el sol de frente provocó que tardara unos instantes en reconocerlo. Pero, ¿cómo no iba a hacerlo? Helena le había hablado tanto de él que probablemente lo conocía más que él mismo. Reconoció los cabellos como el sol, la fuerte espalda e incluso la pose indolente que tantas veces le habían sido descritos. Leonides. Ïara enarcó una ceja elegantemente, tal vez transparentando su dilema interior sobre si darse media vuelta y largarse o quedarse allí a ver qué pasaba. Finalmente, decidió quedarse; su estómago no podría aguantar mucho más. Estuvo tentada de no decir nada, de mantener sus labios sellados e ignorar por completo aquel muchacho que había dado tantos dolores de cabeza a su parabatai. Pero no pudo contenerse. - Leonides. - Lo estaba mirando fijamente, sus ojos dorados clavándose como espinas en los del joven. No, no se le daba bien fingir afecto y, mucho menos, esconder la hostilidad y cierto rencor. Dio unos pasos hacia delante, plantándose delante de un armario. Lo abrió y sacó chocolate en polvo; cuando lo cerró, le lanzó una mirada fugaz. - Supongo que debería decir que es un placer. - Continuó a lo suyo, poniendo a hervir agua en un cazo para prepararse una buena taza de chocolate caliente. - Pero no lo es. - Añadió, ciertamente mordaz, mientras se encogía de hombros. No se le daba bien mentir. Nunca lo hacía. Era la sinceridad personificada.
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Re: I suffer with pride [Ankhiära]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Miér Mar 06, 2013 11:40 am

Sólo la necesidad de correr lejos y no volver crecía paralelamente al vacío punzante que le nublaba la capacidad de pensar con claridad. ¿Pero qué lo detenía? A ciencia cierta ni enterado estaba; le daba la impresión de tener la suela de las botas derritiéndose y fundiéndose con la cerámica gélida sobre la que estaba de pie, asegurándole una estadía prolongada en un espacio que esperaba tener para sí mismo por un rato más. Aquella inestable parte suya asomaba cuando el cansancio se le instalaba en la mente y la turbaba de manera tal que daba lo mismo sentir el cuerpo o no, y necesitaba refugiarse en el aislamiento matutino que resultaba ser su única esperanza si quería recuperar algo de jovialidad. Entonces percibió la retahíla de sonidos que anunciaban la venida de un tercero; el retumbar característico de los talones contra el piso, el frufrú de la ropa.

Sus cavilaciones se vieron repentinamente interrumpidas, mientras descansaba la vista con ojos entrecerrados y los dedos cerniéndose alrededor de una taza que le habría encantado lanzar contra la pared. Sólo observó de reojo la silueta pequeña pero llamativa de una joven que no pasaba los veinte años. Tan mal encontrábase él que se habría tomado el trabajo de intentar adivinar su contorno bajo la ropa otro día más no aquél; manía que tenía desde hacía años y que no había logrado quitarse, desde que alguien le había inspirado la necesidad de observar con atención y bastante disimulo. Pero aquella mañana no. Estaba enceguecido por algo que sabía roto dentro de él, pero que aún no encontraba denominar con una palabra concisa a la que pudiese aferrarse. Ni eso tenía: la certeza, un diagnóstico, un consuelo. Una enfermedad que podría curar si supiese su nombre.

Vio a la recién llegada con algo de recelo mientras se estiraba como un felino y tomaba un frasco de quién sabe qué de la alacena más cercana, mirándolo con algo que, si no se equivocaba, era desdén. Sus ojos eran dorados, ambarinos. Relucían con calidez ante el resplandor de un Sol que asomaba tras el amplio ventanal, inspirando cierto magnetismo que trascendía el mal humor de quien había estado ocupando el recinto antes que ella, inmerso en su burbuja de amargura. Y justo cuando pensaba apartar la vista de ella y dejarla desayunar en paz, divisó una cicatriz en la diestra, que avanzaba de lado a lado como una línea irregular y tornasolada como el nácar. Una marca que se repetía en la otra mano. Es tan sólo una cría, pensó, dejando la oración sin terminar, porque ella habló de repente.

¿Qué dijiste?
Leonides, y su voz se reverberaba dentro de su cabeza como un eco interminable, generándole una sensación de malestar general que hizo devenir en disgusto su semblante hasta entonces impasible. Levantó la vista lentamente, escrutándola con severidad y convenciéndose de que alguien cuyo rostro en su vida había visto sabía su nombre completo, e ignoró la insidia que chorreaba a montones del saludo que siguió después como si no hubiese oído nada más. Y así fue como todo empeoró antes de mejorar.

—Veo que la conoces —dejó escapar con tono grave y pausado, apretando los dedos alrededor de la loza que contenía el café ya frío. Frío como la mirada que le estaba dirigiendo en ese mismo momento con un atisbo de altanería asomándole en los orbes plateados—. Y, al parecer, te ha contado lo suficiente como para caerte mal —y ladeó la cabeza en un gesto muy suyo, presa de la expectativa y a la defensiva mientras sentía un nudo en el estómago. Justo lo que necesitaba.

No te atrevas a repetirlo. NO TE ATREVAS.




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Re: I suffer with pride [Ankhiära]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Jue Mar 07, 2013 5:41 am

Pero no lo es. - Añadió, ciertamente mordaz, mientras se encogía de hombros. No se le daba bien mentir. Nunca lo hacía. Era la sinceridad personificada. Y de hecho, por mucho que se le hubiese dado bien el arte de mentir, no lo haría a no ser que la situación lo exigiese. Tenía un alto sentido del honor que hacía que se sintiese culpable si lo hacía. Había olvidado por completo las cicatrices; una en cada antebrazo, en vertical, larga y aún demasiado visible. Las películas suelen mostrar cortes horizontales, pero no hay más falacia que esa; un corte horizontal sólo rasgaría levemente la vena. Para suicidarse, para perder la suficiente sangre como para morir, es necesario que el corte sea vertical, pues básicamente abre la vena en canal y la sangre sale en abundancia. Fue consciente de cómo el muchacho observaba ambas cicatrices en sus muñecas, pero se abstuvo de decir nada; al menos en un primer momento. Pero después, quizás movida de nuevo por la verdad, o porque le molestaba que precisamente aquel al que le guardaba rencor le mirase tan fijamente, añadió - Me lo hizo mi padre. - El tono de voz había sonado desprovisto de cualquier sentimiento, tan frío y cortante como un cristal roto en mil pedazos. Hiriente, tal vez. Quizás en realidad su respuesta había sido empujada porque no quería que el muchacho al que se enfrentaba pensase que era lo suficientemente débil como para suicidarse. Porque no lo era. Nunca lo habría hecho. Aunque mil veces había deseado que la muerte la llevara con aquellos a los que añoraba, nunca habría sido tan cobarde -o tan valiente- como para irse de aquella forma.

Moriría luchando, eso lo tenía claro. Y luchando, era temible. Las personas que más se deben temer son aquellas que tienen poco -ella realmente sólo tenía a Helena- pues son las que menos tienen que perder. En una batalla, a ella su vida le preocupaba más bien poco. Peleaba con la fiereza de aquel que no le teme a la muerte, sólo que a veces flaqueaba porque era conocedora de que si ella moría, probablemente le destrozaría la vida a su parabatai. Y probablemente Clementine también se pusiese algo triste. Aunque se le pasaría pronto, con toda probabilidad. - Oh, te equivocas. No se trata de que ella me haya hablado mal de tu persona. - Respondió, mientras removía el contenido del cazo suavemente, como si en realidad no estuviese manteniendo un enfrentamiento verbal con aquel al que había estado esquivando porque sabía lo que pasaría si lo encontraba. Y justo aquello estaba sucediendo. Se veía incapaz de largarse de allí pues todas las noches en las que Helena le había hablado de él la retenían allí. - Sin embargo, creo que estoy en la posición de sacar mis propias conclusiones, ¿no crees? - Se llevó la mano a la nuca, donde la runa de parabatai se dibujaba contra su pálida piel; la había puesto ahí simbólicamente, porque le 'cubría las espaldas'. En un principio iba a dibujársela en la muñeca sobre una de las cicatrices, tratando de enmascar aquel dolor. Pero aquello sólo sería renunciar a su pasado, olvidar por qué era quien era. Por esa misma razón, ninguna runa cubría ninguna de las dos cicatrices. Las tenía esparcidas por el resto del cuerpo, a excepción de esa parte concreta del antebrazo interno. Dejó de remover cuando el contenido del cazo tuvo la textura perfecta y, después de haber cogido una taza grande, vertió el contenido en ella. Se subió a la encimera, quedando de frente a su interlocutor, mientras con las dos manos pequeñas agarraba la taza de chocolate caliente, cuyo humo se alzaba, rebelde, hacia el techo. Sin embargo, no pareció importarle lo caliente que estaba, pues no la soltó en ningún momento. La impasibilidad gobernaba su fino rostro mientras los ojos dorados se posaban fijos en el muchacho de cabellos de oro, desentonando con lo amable que podía ser con otras personas. O algo que se le acercaba a amable.
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Re: I suffer with pride [Ankhiära]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Sáb Mar 09, 2013 11:18 am

Inexplicablemente, un arrebato de alivio surcó su pecho en cuanto oyó información que no había pedido, pero que le agradeció internamente por haberle sacado de la cavilación. El suicidio era una deshonra para aquél que los había creado, y para aquél que cuidaba de ellos con recelo; y, de algún modo, al juzgar por el tinte mate en aquellas cuencas amieladas, Leo tuvo la sensación de que estaba frente a alguien cuya vida había recibido estocadas de todo tipo en quién sabe cuántas oportunidades. Pero no supo imaginar qué clase de dolor podría estar albergando en su fuero interno, porque de ello sí estaba seguro: había dolor. Sabía reconocerlo.

Disimuló algo de la sorpresa causada por la intervención de su colocutora sorbiendo algo del café que sabía a lodo a esas alturas, y cruzó las piernas mientras afianzaba su cuerpo contra el mesón. Sentía el frío rodeándole. Frío del mármol a sus espaldas, frío del piso cerámico, frío proviniendo de aquella a quien volvía a escudriñar con ojos a medio abrir, observándola con detenimiento. No había gracia desmedida en sus gestos, nada de exageración. La teatralidad no parecía existir, y tampoco una máscara tras la que pudiese ocultarse. Pero ésa parecía ser la cuestión: no sentía necesidad de tergiversar el modo en que él la veía en ese momento. Auténtica.

Al instante confirmó sus sospechas con satisfacción, pero algo más se revolvió dentro de él con la misma insistencia de una polilla revoloteando alrededor de una farola. Nunca había conocido amigas de Helena. Ni una sola. Se consideraba a sí mismo como una de las pocas personas con las que la Trueblood había tenido contacto durante sus primeros años de entrenamiento, así como estaba al tanto de la exclusividad que incluía en su carácter. No le contaba las cosas a cualquiera porque no tenía necesidad de hacerlo, ni siquiera a él. Todo lo que sabía de su hermana era... ¿Hermana? Te lo ha repetido tantas veces que has comenzado a creértelo, menudo estúpido, díjose en un lapsus de auto-flagelación, acostumbrado a reprenderse a sí mismo a modo de agradable sabotaje emocional.

Demoró un par de segundos en caer en la cuenta de que tenía a la recién llegada enfrente, sentada sobre la mesada opuesta al fregadero como si se dispusiese a comenzar una lucha territorial, asiendo su taza firmemente e ignorando el chocolate hirviendo que se asentaba dentro con lentitud. Él sólo se limitó a asimilar las palabras que había oído pero que no había procesado correctamente durante su ensimismamiento nostálgico, reprimiendo el creciente impulso de alzar las cejas con soberbia, belicoso como solía ponerse cuando las reglas del juego no le gustaban. Lucha territorial. Já.

—En realidad, no —replicó el rubio con voz monocorde, observándola con el mentón bajo y los ojos en alto, dedicándole una mirada tan predatoria como la de un ave rapaz—. A menos que hayas oído ya el tañido de las dos campanas, cosa que dudo al no tener yo ni la más remota idea de quién eres —. Y cesó su cuota de severidad por el momento porque tampoco era que le gustase ponerse en plan borde. Le cansaba y al final terminaba perdiendo los estribos, tal y como había estado a punto de hacer esa misma mañana antes de oírla atravesar el umbral de la cocina y obligarle a adaptarse a su presencia.
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Re: I suffer with pride [Ankhiära]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Dom Mar 10, 2013 5:10 am

La impasibilidad gobernaba su fino rostro mientras los ojos dorados se posaban fijos en el muchacho de cabellos de oro, desentonando con lo amable que podía ser con otras personas. O algo que se le acercaba a amable. Era el rostro de la cazadora, aquel que adquiría brillos tan fríos como los del hielo más compacto, aquel en cuyos ojos relucían con una sombra temible escondiéndose tras el impasible dorado, aquel que había visto morir bajo sus armas incontables demonios. No estaba de caza. Pero sí advirtiendo al susodicho. Había sentido el dolor de la rosa en sus propias pieles, tanto por la amistad que les unía como por el enlace permanente con el que se habían ligado; aquel tormento había ardido en su corazón, conociendo de antemano el suplicio de un corazón roto sin ni siquiera haberse llegado a enamorar nunca. Había llorado lágrimas que en realidad no eran suyas, sino de un amor ajeno que se rompía, que se adivinaba autodestructivo bajo el vulgar y erróneo apelativo de hermanos. Los dedos de la sombra apretaron con tanta fuerza la taza que amenazaron con destruirla, quebrarla en incontables fragmentos que se clavarían en su fina piel. Y probablemente no llegaría a sentir dolor. No en modo cazadora. Los nudillos adquirieron tonalidades blanquecinas, único síntoma de la rabia que ardía en su interior. La apariencia de estatua se veía afectada por ese nimio gesto, por aquel ademán que la delataba. Ïara se concentró en sus manos, esforzándose por relajarlas y evitando así arriesgarse a armar un estropicio formado por una taza rota, chocolate caliente desparramado y unas manos llenas de cortes.

Levantó la mirada, tras unos segundos que habían adquirido la atemporalidad propia de una reflexión interna; de nuevo los orbes dorados enfrentaron los brillantes ojos que tenían enfrente. Escuchó lo que decía y, a medida que lo hacía, una sonrisa ladeada y poco agradable fue dibujándose en el rostro de la serbia. –Soy su hermana.– Sabía lo irónico de la situación; la parabatai, la hermana verdadera, enfrentándose a aquel que le había roto el corazón a Helena apropiándose el lugar de hermano ilegítimamente. – Me es innecesario conocer ambas partes del Tercer Reich como para llegar a la conclusión de que Hitler era un malnacido que sólo sabía sembrar destrucción y dolor a su alrededor. – Dejó que su frase flotase en el ambiente, que hiciese su efecto calando en el muchacho antes de seguir hablando. – Básicamente ocurre lo mismo con vuestra historia. – sentenció, dejando caer todo el peso de la culpa sobre los anchos hombros del muchacho, cuya figura seguía siendo enmarcada por el intenso sol, otorgándole la apariencia de un ángel. O un ángel caído, pues Ïara estaba segura de que un ángel no tendría esa mirada. - Pero estoy dispuesta a deleitarme con tu versión. - añadió, de nuevo aquella sonrisa maliciosa ocupando el lugar de su habitual seriedad. Si bien era cierto que le era innecesario conocer la otra versión para sacar una conclusión verídica sobre el asunto, también lo era el hecho de que siempre le había gustado conocer lo que afirmaban ambos bandos. Como en el caso del Tercer Reich o cualquier guerra -le encantaba la historia mundana-; había leído hasta el Mein Kampf con el único objetivo de darle una oportunidad al dictador de explicarse, pero había sido un intento tan fútil como podría serlo darle sentido a la muerte de un niño. Que ella anticipase de antemano su opinión no implicaba que no quisiese conocer lo que ambos defendían. Estaba lo suficientemente ligada a Helena como para saber que ella no mentía, que no exageraba cuando le contaba relatos sobre el joven que tenía enfrente; pero tampoco descartaba escuchar lo que éste tenía que decir, pues cualquier cosa que arrojase luz sobre el asunto sería bienvenida. Así pues, lo que había ofrecido al causante del dolor en Helena no era más que una oportunidad de, si bien no redimirse, al menos explicarse.
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Re: I suffer with pride [Ankhiära]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Vie Mar 29, 2013 11:40 pm

Mira cuán pálidos están sus nudillos, cuán apretada su mandíbula. El chocolate está caliente y agradece que la taza no es un vasito de espumaplás que podría terminar en tu cara, en tu pecho o en cualquier otro lugar que te haría ver las estrellas. Pero asumo, en tu rabia y desparpajo entreverados, que te importaría un reverendo carajo, Leonides, ¿no es así? Tu dolor te ha enceguecido, pero en sí, sufres sin sentido. Para el sufrimiento hay una razón y una víctima que la adopte como suya; en tu caso sólo veo un idiota que se engaña a sí mismo. Ni siquiera tu ira es digna de un arrebato. No es lo suficientemente fuerte. ¿Ves esos platos en la alacena? ¿Quieres romperlos? Anda, pues. Rómpelos. Deshaz todo cuanto encuentres, que es lo mejor que sabes hacer. Pero no necesitas estar enojado para ello, porque destruyes todo lo que tocas. Tu título de León no es más que una tontera de las rameras que atraes como la miel a las moscas, cuyas neuronas no les dan para compararte con otra cosa. No eres el rey de la selva. No eres el rey de nada. Hay vacío en tu cabeza, hay vacío en tu corazón y también habrá vacío en tus entrañas si sigues alimentando la mentira de un perdón que no te darán, de un amor que no recibirás. La sed más inaguantable y la inanición no serán nada comparadas con la desazón de no tener siquiera alguien que te llore cuando mueras. Sí, presentarán respetos. Pero, ¿acaso crees que alguien derramará una sola lágrima por el nieto de un traidor y el hijo de un suicida? Nadie. Y la única persona que aún podría estar a tu lado para acompañarte en este momento de terror tuyo, es la causante de ese miedo. Porque no soportas estar solo. Has nacido para estarlo, y es hora de que te hagas a la idea.

Y toda lógica en él colapsó. Su pensamiento lateral dejó de funcionar volviéndose anhelante. Las facciones afiladas de su cara se tornaron más rígidas que antes, como si estuviese a punto de volverse de piedra o de hielo, transformándose de dentro hacia afuera. Estaba tan jodido al punto de que su propio fuero interno estaba saboteándole la mañana de forma espectacular, convirtiendo un amasijo de verdades en una pesadísima piedra que sentía alojándosele sobre la espalda. Una carga que, si no la liberaba pronto, desharía todo. Pero no era así de simple. En su faceta narcisista él mismo era el todo. No podía romper lo ajeno a él mismo, no podía destruir lo material porque la complacencia no daría señales de acudir en su ayuda, y tampoco el alivio. ¿Y si la respuesta estaba in artículo mortis? ¿Y si sólo era capaz de autodestruirse y a su vez detenerlo todo? Tal vez, sólo tal vez así hallaría tranquilidad.

Eh, pensamientos de cobarde, alejaros del cazador cazado, mi presa. Matarte no es una salida y tampoco una entrada a ningún sitio, porque permanecerás en el limbo eterno de mi tormento. Te martillaré las sienes con la misma intensidad de ese supuesto sufrimiento que te aqueja y te vuelve una niñita, porque rendirte no es ni será nunca la solución. Quieres caerte en vez de levantarte, bajar los brazos antes de saber aquello por lo que peleas. La quieres. La quieres tanto que te duele. ESO sí es sufrimiento, no esta estupidez de la soledad y la alienación por una familia que nada tuvo que ver con tu vida temprana. Ella sí, y es una parte de ti mismo a la que no puedes renunciar. Y eso te hace amarla aún más, buscarla, perderla, porque te llena la sensación de regocijo y dicha al encontrarla, como anoche, sin importar el desenlace de la velada. Llevabas años sin experimentar esa alegría y ahora caes al vacío, porque ante ti está su hermana de corazón. La que la cuidará cuando no estés. La que servirá de ángel de la guarda de tu ángel.

Dejó la taza y el café sin probar sobre el fregadero tras de sí, con la mirada ausente puesta en la vajilla negra con ribetes dorados que a su dueña tanto le gustaba, para después observar por última vez el rostro escrutador de aquélla que lo tenía acorralado. Al fin las fichas se acomodaban, el partido de ajedrez se lo ganaba la figura que hasta entonces no había tenido cara, siendo una silueta negra recortada en algún recoveco de su mente. Él podría haber sido ella. Podría haber lucido su runa con orgullo... Orgullo y pena.

—Hoy no —musitó con voz ronca, cabeceando secamente a modo de despedida mientras se deslizaba con gesto lastimero al darle la espalda y dirigirse hacia la puerta. Pero se entreparó, con los orbes de un gris encapotado puestos en la madera maciza contra la que deseaba aclararse la mente a golpes— Espero que sepas la suerte que tienes. —No necesitaba saber su nombre. Con solo verle el porte le bastaba.

Ella estaba en buenas manos. Leo se marchó.
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Re: I suffer with pride [Ankhiära]

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Mar Mayo 13, 2014 10:46 am

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Re: I suffer with pride [Ankhiära]

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