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Wonderwall [Ankhïara]

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Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Gunther Krumm el Lun Mar 11, 2013 6:57 pm

Lately I've been walking,
walking in circles,
watching,
waiting for something

Por primera vez en su corta vida como licántropo, el joven veía la Luna del Cazador a rebosar de gente. Las mesas enclenques que Pete se negaba a cambiar por el valor afectivo que tenían, sostenían cervezas de a montones y las rodeaban cinco o seis comensales, quienes charlaban animadamente e intercambiaban risotadas, algunos tocados por el alcohol. El variopinto maremágnum de hombres y mujeres lobo se veía salpicado en varios sectores por algún que otro Cazador de Sombras rezagado que al parecer hacía una pausa para descansar y distenderse; no escapaban a la vista de nadie, pero tampoco recibían demasiada atención.

Acodada encima de la barra y encorvada levemente, la figura masculina hacía girar la helada botella de cerveza sobre la madera veteada y maciza, ausente. Los hombros rígidos y los nudillos blancos aferrándose con fuerza al vidrio redondeado que miraba por inercia, indicaban cierto tedio acumulado en aquél cuya chaqueta de cuero se tensaba peligrosamente en la amplísima espalda. Su rostro reflejaba todo el aburrimiento del mundo en el espejo empotrado frente a él tras los estantes, enmarcado por las siluetas sinuosas de las jarras limpias y la colección de whisky añejo. Su boca era una línea fina, sus ojos iban de su cerveza al espejo y del espejo a los que pasaban por detrás de él, a quienes perdía de vista a medida que avanzaban, abarrotando el local.

Ésa noche, Gunther estaba faltando a las limitaciones autoimpuestas que le ayudaban a mantenerse a raya y no perder la cabeza por cualquier cosa, dado que su mala suerte incluía ser víctima de un arrebato en el lugar y momento equivocados. Pero lo estaba necesitando; algo en qué pasar el tiempo mientras aguardaba el regreso de su líder. Según tenía entendido, de acuerdo a la información que circulaba en la manada, Luke Garroway era ya un hombre felizmente casado cuya vida había dejado de ser tan sacrificada como antes, o al menos eso decían. Desde que lo había conocido, lo tomaba como un sujeto enfocado y transparente. Su autoridad residía en lo atento que era con las prioridades de los suyos, volviéndolo el tipo a quien puedes acudir cuando nada parece tener sentido; Luke sabía, con su apacible forma de ser, que el control no se perdía si la mente estaba clara. Y una mente clara guía sin titubeos.

Los ojos de tábano volvían a posarse sobre los dedos medio entumecidos que contenían la botella aún fría, encerrando en ellos la certeza de una envidia que amenazaba con hacerle dar un vuelco el corazón. Pero algo le hizo olvidar la sensación de caer al vacío. Un reverendo idiota, colorado como el pimentón y apestando a bebida espirituosa, pululaba detrás de él y se balanceaba como el mástil de un barco agitado por la marea embravecida, mientras, a toda voz, despotricaba contra alguien que el castaño no alcanzó a ver.

—Nnno, nnno, nnnnooo... ¡¿Bero cómmmo esss bosssible gue sse-leadmmmita-laentrada a unnnna... unnnna... —Su pronunciación delataba el penoso estado en el que le habían dejado quién sabe cuántos vasos de licor, mientras señalaba con un dedo acusador a quien permanecía fuera de su vista panorámica en el espejo— ...cazzzadohhhra de ssssombrass?!

In the shadows
I've been waiting

Una nephilim. Gunther se volteó a tiempo para ver la inestable postura del tipejo pelirrojo que intentaba sostenerse en pie recargando las manos sobre la mesa que tenía enfrente, creyéndose muy macho al plantarle cara a una aliada que podría llenarle la cara de dedos a una velocidad obscena, o bien patearle el culo y sacarle a la calle para que el sereno helado de la noche le cayese encima como quien tapa a un loro con un trapo.

Entonces algo llamó poderosamente la atención del joven hombre lobo: encima del hombro del borracho pudo ver con nitidez el semblante impasible de una muchacha que debía tener su edad, adivinándose terso bajo la iluminación cálida de la Luna del Cazador. Y sus ojos grandes, fijos y serenos, destellaban oro con la intensidad de un fuego fatuo. El tipo de fuego que lo enciende todo a su alrededor sin saberlo.
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Jue Mar 14, 2013 10:04 am

Y como a la muerte yo esperar no pudiera. Ella, amable, a mi me esperó.

Llegó de improvisto. Clementine siempre la reñía por su estúpida y temeraria costumbre de llevar auriculares por la calle; la muchacha sentía tal pasión por la música que en cualquier momento quería llevarla encima. Probablemente nunca le contaría a nadie que, paseando en medio de la oscuridad, había sido atacada por una criatura y la había pillado por sorpresa por culpa de la ya nombrada manía. Su hilo de pensamiento había sido sencillo en realidad, pues, saliendo a pasear por la tarde sin ningún otro afán que no fuese ese, la música no había resultado tan temeraria. Pero había oscurecido y ella, tan perdida como siempre en su propio e inhabitable mundo, ni se había dado cuenta; no había subido la guardia, no se había quitado los auriculares. Por suerte, tras años de duro y cruento entrenamiento, su cuerpo era capaz de reaccionar con una rapidez increíble y, a los pocos segundos de ser empujada brutalmente por la espalda, un cuchillo serafín ya destellaba en su mano. Cariel, el Castigo. La sombra en la que se había convertido el atacante resultó ser un lobo del color de la propia noche; grande, con ojos enloquecidos tras el amarillo tan característico y conocido por Ankhïara. Se miraron unos escasos segundos, midiéndose, y acto seguido, el lobo saltó hacia delante, hacia la Sombra. Enzarzados, rodaron por el suelo, garras y manos peleando entre sí por tocar la piel del adversario, por herirse en primer lugar. Fue ella, la experta contra la bestia, la que hundió el cuchillo en el lomo del animal, provocando que un más que audible gemido inundase la noche y la llenase de una amargura absoluta. La garra lupina intentó vengarse, pero aterrizó a unos casi inexistentes milímetros de la mejilla de la serbia. De un empujón, se lo quitó de encima; pero no le dio tiempo a levantarse apropiadamente antes de ser empujada brutalmente de nuevo hacia atrás, hacia la pared. La cabeza le dio vueltas, duramente golpeada contra el duro ladrillo que tenía detrás. Y aún así, fue capaz de lanzar el cuchillo con notable destreza pues, tras un nuevo y ensordecedor aullido, la bestia desapareció en la oscuridad de la noche.

Se llevó la mano a la sien derecha, que palpitaba con la innegable ferocidad de aquella que ha sido golpeada y herida; un líquido caliente y espeso le formó una fina línea hasta el ojo, delátandose como sangre con su inequívoco aroma férreo. Los dedos palparon aquella parte de su cabeza, sorprendida quizás ante la herida que no esperaba recibir; ¿cómo ella, cazadora reconocida, había sido atacada y herida por un licántropo? Por estúpida, sencillamente. Estúpida y confiada. ¿Cómo no se había dado cuenta de que la noche se cernía y se la tragaba, de que los auriculares se habían aliado contra ella en aquellos momentos en que todos los gatos se tornan pardos? Bufó, más dolida en orgullo que físicamente; aunque en realidad, los músculos le gritaban, enfadados, tras el revolcón. Sacó un pañuelo y se limpió la sangre de la sien, aunque la herida seguía ahí…al igual que el gusto a hierro en la boca. Se dibujó entonces, en el rostro de la Sombra, una mueca de desagrado al ser consciente de que, probablemente durante la trifulca, ella misma se había mordido el labio. La rabia se cernió sobre el ámbar de sus ojos, tornándolos no ardientes como el fuego, sino fríos como un témpano de hielo. Lo encontraría. Encontraría a aquel escombro y luego haría que pagase su traición. Se sacudió el polvo de los vaqueros corrientes. Su atuendo no llamaba la atención en sobremanera en las calles en las que se iba a meter, pero sí lo harían las runas que quedasen visibles. Una chaqueta de cuero sobre una simple camiseta negra, unos vaqueros corrientes y unas botas negras militares eran su vestimenta, estratégicamente colocada sobre armas y runas, ocultando las primeras en su totalidad y las segundas sólo parcialmente. Sabía dónde ir y, al llegar, sólo le faltó abrir la puerta de una patada; si no lo hizo finalmente fue porque como cazadora, debía comportarse dentro de ciertos límites. Nnno, nnno, nnnnooo... ¡¿Bero cómmmo esss bosssible gue sse-leadmmmita-laentrada a unnnna... unnnna…cazzzadohhhra de ssssombrass?! Observó de hito en hito a aquel sujeto con el mismo respeto con el que miraría a una cucaracha bailando salsa. En un principio, el resto no parecía reaccionar; pero si el observador prestaba más atención, habría advertido que muchos músculos se tensaron, muchos vellos de la nuca se erizaron. Quizás fue su voz al alzarse fría sobre el ambiente caldeado, quizás el aroma a sangre que sus sentidos más desarrollados sin duda captarían, quizás sencillamente, la presencia de la cazadora. Pero todo se quedó en silencio tras sus palabras, y mientras las pronunciaba - ¿Dónde está? - sus ojos ámbar iban paseándose por todo el lugar, quizá buscando un leve rastro de culpa, de sospecha. Pero sus orbes erraron, acabaron posándose en aquel que los atraía cual un mosquito a la luz. Cayeron en aquellos pozos sin fondo, en los rasgos perfectos y en el halo trágico y al mismo tiempo magnético que despedía. Se sintió extraña, como un drogadicto que amargamente contempla un gramo de cocaína sobre la mesa, tan cercana y tan lejana como sólo la muerte podría presentarse. Pensó que no podría apartar la mirada, que caería en aquel abismo. Pero fue la cazadora quién habló, la Sombra quién salvó a Ïara de perderse para no volver. - ¿Dónde está el traidor? - Aclaró, creyendo que las explicaciones sobraban, que las razones estaban fuera de lugar; su sien herida y su labio cortado eran síntomas de que no iba allí a tomar una cerveza, precisamente. Evitó que su mirada volviese a encontrarse con aquellos ojos hipnóticos mientras hablaba, como si nada hubiese pasado, como si no se hubiese perdido por unos segundos. O tal vez se había perdido sin saberlo.
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Gunther Krumm el Dom Mar 17, 2013 2:42 pm

Aquél pedazo de imbécil continuaba enarbolando el índice frente a la recién llegada como si fuese incapaz de procesar sus palabras y su asertivo modo de encarar a una manada entera ella sola. Pero nadie movió un solo dedo en el recinto, alimentando un murmullo creciente que se asemejaba al zumbido molesto de un enjambre de abejas. Algunos la miraban con sorpresa, otros con gran interés. Y él, vuelto hacia la Cazadora en cuestión, la miraba como si no hubiese nada más en qué fijarse. Solía ver a las mujeres como musas destructivas de las que había que apartarse, evitando dejarse corromper por aquéllo que le había sido arrebatado injustamente y que no creía volver a recuperar. Estaba roto por dentro. Por dentro y por fuera; cicatrices nacaradas lucían intrincadas figuras de corte irregular sobre la tersura de la espalda ancha, en medio de los omóplatos y bajando por la cintura como las ballenas curvas de un corsé. Vestigios de un antiguo deseo por abandonarlo todo, por dejar la soledad atrás y la probabilidad de ser un monstruo.

—¿Traidor? —Una voz femenina se alzó entre el cuchicheo con tono claramente indignado, incapaz de entender de qué hablaba la nephilim a pesar de lo segura que parecía al permanecer inamovible como una roca cerca de la puerta. Varios licántropos secundaron a su compañera y exclamaron cosas ininteligibles por lo bajo, mostrando quizás la misma inquietud. Gunther por su parte tenía que admitir que aquella era la primera vez que se suscitaba una situación así, viendo cómo los pocos Cazadores de Sombras presentes se removían en sus asientos con el rostro vuelto hacia su colega y el borracho, esperando lo que fuese. Que hubiese un altercado en un espacio relativamente reducido y colmado hasta la manija de licántropos y algunos nephilim, no era un idea buena, para empezar. Por otro lado, que hubiese un altercado en un espacio relativamente reducido y colmado hasta la manija de licántropos, algunos nephilim y Freaky Pete con cara de pocos amigos era una idea aún peor. El tipo tenía que defender su trabajo de alguna manera, y digamos que tenía un puño de hierro bastante interesante. Y macizo. Como un diamante.

—Joder, ya —dijo al fin Gunther dejando la cerveza sobre la barra y bajándose del alto taburete en el que se encontraba encaramado hasta el momento, disfrutando del show en primera fila. Sus ojos verde oscuro se posaron por un solo segundo en el rostro claro de la Cazadora, mientras se le acercaba por detrás al loco ebrio que parecía a punto de lanzársele encima a la invitada, agazapado junto a la mesa en la comiquísima postura de quien apenas puede mantenerse de pie—. ¿Podrías dejarla en paz y permitirnos oír qué le ha pasado? ¿O la borrachera no te deja ver que está herida, Hume? —La voz del castaño sonaba oscilante entre la sorna y la molestia de quien no puede quitarse un insecto de encima, tratando de mitigar aunque fuese un poco ese desdén. El aludido se volteó como un trompo sobre sus talones, mirándolo con los ojos entrecerrados y comenzando a reír socarronamente, alternando el hipo con sus carcajadas. La punta de su nariz, redondeada como una canica, se veía colorada como el cuerpo brillante de una enorme hormiga roja que parecía haberse quedado atascada en el medio de su cara deformada por la máxima expresión de estupidez. A Gunther le dieron ganas de golpearle.

—Ohhooohoohoohohohh... Peeerrroo sssi ess... eehhmm... ehhm... Krrruugg... Nnno, esso nno... —balbuceó el tipejo e hizo una pausa, exagerando su cavilación al ponerse el índice sobre los labios hinchados de tanto sorber de una botella—. Krruummm... ¡KRUUMMM! Ahh, yaa. El immbéciiil guee dejjóo guee a ssu noviecitaaa -jijijiji- see la commmieraan los loboooss ¡¡JIJIJIJIJIJIJIJIJIJI-JJJJJIJIJIJI!! —El pelirrojo tuvo que agarrarse de la silla más cercana mientras se descostillaba de risa frente a todo el mundo, poniéndose una mano en la tripa mientras hiperventilaba y emitía sonidos similares a los de un puerco. Y eso era. Un cerdo. Asqueroso, inmundo. Muerto.

Gunther ladeó la cabeza con una media sonrisa puesta en el rostro como si luciese un par de lentes; podía prescindir de ese accesorio, pero era necesario para enmascarar aquello que le nacía en los puños y en el pecho al mismo tiempo, esparciéndosele por todo el cuerpo como el veneno de una serpiente ponzoñosa. Se relamió con lentitud como si degustase el sabor metálico de la sangre ya en su boca, y se volteó con gracia hacia la barra mientras sacaba un pequeño manojo de billetes del bolsillo. Casi trecientos dólares, todo lo que llevaba encima esa noche por si se le antojaba gastárselo todo en cervezas y armarse un buen cúmulo de provisiones en la cocina del apartamento. La idea seguía gustándole aún entonces, pero creyó tener un mejor propósito para ese dinero. Lo dejó encima de la pesada tabla de madera de roble, justo frente a Freaky Pete, y le sonrió con un filoso destello esmeralda en los ojos chispeantes. El tabernero lo miró con el ceño fruncido, poniendo a resguardo el esbelto vaso de vidrio que había estado secando con una franela liviana, y entonces lo entendió. Cada vez que Gunther estaba a punto de cometer una locura que pudiese atentar contra la integridad de la Luna del Cazador, solía dejarle una indemnización para cubrir los gastos del vidrio roto, las sillas partidas, los ceniceros hechos trizas y las botellas que podía llegar a usar como munición. Pete lo entendía a regañadientes a sabiendas de su condición, pero aún lo dejaba entrar a su local por el noble gesto de pagar los daños antes de causarlos.

Bastó que el dueño de la estancia pusiese los ojos en blanco para que el joven licántropo se voltease rápido como una flecha y cargase un derecho fulminante a puño cerrado que se estrellaría contra el pómulo de Hume. Éste no pudo evitar caer encima de la mesa más cercana y barrer con el cuerpo todo lo que había encima de ella, aterrizando sobre el piso plagado de vidrio roto y servilletas de papel empapadas de licor. No se detuvo. Gunther rodeó la mesa con paso de plomo y, hundiendo los dedos en la camisa arrugada y sin planchar del borracho, lo levantó y decidió que lo mejor era arrastrarlo fuera del lugar. Civilizadamente. Atravesando la puerta de vidrio como un guijarro enorme, el tipo de pelo cobrizo cayó rodando a la acera hasta detenerse de golpe bajo un contenedor de basura. Detrás de él apareció el alemán que, con toda la educación del mundo, había abierto la puerta y salido en dirección a su presa con el vidrio crujiendo bajo la durísima suela de sus borcegos. El espectáculo era moneda corriente para los que integraban la manada de Garroway, que parecían bastante acostumbrados a la especie de limpieza que hacía el joven en los dominios de Freaky Pete, quien, a largo plazo, estaba encantado con tener menos borrachines en su bar. Pero acostumbrados y todo, no pudieron con la curiosidad y el morbo de la pelea que se levantaron de sus lugares y se arrimaron a los amplios ventanales como cotillas, queriendo ver mejor qué era lo que iba a suceder después. Afuera y hecho un ovillo, Hume alzaba las manos frente a la cara como un cobarde, evitando mirar a Krumm y sus ojos que destellaban como la viruta encendida del metal al ser cortado.

—Espero no verte por aquí al menos por una semana, Teddy. Te harías un favor. —La voz que salía de su garganta era tan fría como la de un juez dictando sentencia, mientras sentía cómo la piel de las manos se le tensaba alrededor de los nudillos como un dolor insoportable. Tenía que parar. Ya había sido suficiente. Allí lo dejó, solo en medio de la acera desierta cuando se dispuso a entrar de nuevo a la Luna. Los comensales ya volvían a sus lugares con lentitud entre risas y voces entremezcladas, comentando lo entretenido que era ver a "Krumm y sus ganchos de derecha"; él sólo tenía una sola cosa en mente, algo que aún no tenía nombre pero sí un lindo rostro, un labio partido y una sien sangrante.
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Miér Mar 20, 2013 3:05 pm

Evitó que su mirada volviese a encontrarse con aquellos ojos hipnóticos mientras hablaba, como si nada hubiese pasado, como si no se hubiese perdido por unos segundos. O tal vez se había perdido sin saberlo. Un murmullo se levantó paulatinamente entre la multitud; quizás movido por la sorpresa de que alguien entrase allí preguntando por un traidor, quizás porque ese alguien fuese una nephilim en concreto. Observó detenidamente algunos rostros, deteniéndose en ellos, analizándolos. Qué pretendía con ello quedaba más que patente: advertir algo que le hiciese saber si por allí había pasado un perro con malas pulgas. Pero sólo encontró sorpresa, reticencia, ira y cierto enfado entre los presentes. Ankhïara empezó a temer haberse equivocado, planteándose la posibilidad de que aquel al que buscaba no tenía manada, sino que era un simple exiliado que, con toda probabilidad, no duraría mucho tiempo vivo de seguir así. Los lobos solitarios solían ser más débiles, teniendo en cuenta que no contaban con el respaldo que el resto de miembros podrían ofrecer en caso de que sucediese algo, pero además, si uno iba por ahí atacando a cazadores, no era difícil vaticinarle una corta existencia. Antes o después alguien sería más certero al lanzarle el puñal. Pero Ïara no cesaría en su búsqueda tan rápido; sabía que de ser un miembro de la manada probablemente todos lo incubrirían y, de toparse con buenos actores, tal vez pudiese caer en la trampa que su mentira le ofrecería. ¿Traidor? Geist buscó con la mirada el rostro que había emitido la pregunta, topándose con una muchacha de veintitantos de cabellos cortos e incontables piercings. Los labios entreabiertos cercanos a responder de la joven cazadora se cerraron de golpe al ser interrumpidos por aquel al que evitaba. Por mucho que nunca llegaría a contárselo a nadie ni a admitirlo ante sí misma, que el muchacho interviniese le produjo cierto regocijo, trayendo consigo unas punzadas en el estómago y un nudo en la garganta cuyas razones de ser Ïara no encontraba.

Hubo entonces una lucha interna entre la Sombra e Ïara, acusando la primera a la segunda de estúpida, recordándole que ella podía defenderse sola, sin nadie que la respaldase. Escuchaba fragmentos de frases sueltas, pero sin llegar a ser consciente de nuevo de su entorno hasta que el inquietante desconocido advirtió al otro que estaba herida. Herida. La muchacha casi se sorprendió al caer en la cuenta de cuán certeras eran las palabras del joven. Lo había olvidado por completo. Su cerebro acostumbrado a las heridas había estado ignorando el dolor en la medida posible, haciendo que su atención se fijase en encontrar un gesto delator antes que en el dolor latente de la sien. Tal había sido la distracción que ni siquiera había sido capaz de procurarse un simple iratze; aunque, a decir verdad, a Ïara no le gustaba dibujarse las runas a sí misma. Escuchaba los latidos de sus propio corazón demasiado altos, martilleándole en la cabeza; sentía cómo le palpitaba la sien en compás con la macabra melodía de su pulso. El labio partido le escocía, recordándole con constancia cómo había acabado así. Pese a estar calculando cuánto tiempo podría pasar aproximadamente sin que la cabeza le doliese excesivamente, fue consciente de las palabras que el borracho respondió. Y, contra todo pronóstico y sin razón aparente para la nephilim, su memoria almacenó en el rincón de cosas imborrables una simple palabra: Krumm. El por qué era totalmente desconocido para ella, y se encontró a sí misma saboreando aquel nombre, encontrándolo hermoso a la vez que peligroso.

Ni siquiera reparó -al menos, no en aquellos momentos- en la trágica historia que se escondía tras las pullas del borracho. Y cuando su cerebro empezaba a anclarse a la realidad, cuando sus ojos enfocaban sin poder evitarlo dos orbes verdes cual brillantes esmeraldas; entonces, se produjo el golpe. Un puñetazo seguido del consecuente crujido de una nariz rota, siempre consecuencia de un puñetazo bien dado. Había escuchado aquel sonido tantas veces que ni siquiera se estremeció; observó con aparente impasibilidad como aquel borracho infecto y repugnante recibía su merecido. Sería mentira afirmar que Ïara no pudo hacer nada, que no vio venir cómo el susodicho salía volando por la puerta con una melodía de cristales rotos disimulando el sonido de su caída. Pero sí lo supo. Y sí pudo hacer algo para evitarlo. Sencillamente, no quiso. Se dijo a sí misma que era porque el indeseable se lo merecía, pero algo dentro de sí estaba movido por la curiosidad de ver cómo continuaba el de los ojos verdes. El eufórico público se movió en masa hacia las ventanas asemejándose sin lugar a dudas a una marea que todo lo arrasa; por su parte, Ankhïara se plantó en el marco de la puerta, teniendo una vista privilegiada de los acontecimientos. Una sonrisa curvó la comisura de Ïara hacia arriba, complacida quizás ante unos golpes bien dados. Pero no tardó en borrarla cuando el muchacho, acabado el trabajo y pronunciada la amenaza, se dio media vuelta, encontrándose a la nephilim bloqueándole el paso al interior del recinto.

Lo observó durante unos instantes que se le antojaron eternos, en los cuales el tiempo pareció detenerse, dándole la posibilidad de apreciar con detalle cada uno de sus impecables rasgos. - Buen golpe. - Comentó, sin dejar que su voz sonase demasiado alta; era lo único que se le había ocurrido, teniendo en cuenta que andaba hipnotizaba con los pozos que eran su mirada. Recuperó la compostura, con la innegable ayuda de la cazadora que se removía dentro de ella, reticente a aceptar cuán bello era aquel subterráneo que tenía enfrente. - Pero yo puedo defenderme sola. - Su voz, carente de cualquier matiz; no sabía por qué, pero quería resultar hiriente. Como si algo dentro de sí se removiese contra aquel, pretendiendo alejar al muchacho para ahorrarse ciertas sensaciones encontradas; Ïara, con su inocencia, no sabía por qué. Pero Geist probablemente lo venía venir. Y lo evitaría como fuese. Se dio la vuelta, entrando al bar y dejando de nuevo libre la entrada para el muchacho. Encarándose a la multitud ya más aquietada que durante la pelea, Geist volvió a hablar. - Uno de los vuestros me ha atacado en un callejón a traición. - Pronunció, lanzando mientras tanto una mirada con un brillo acusador a los presentes, poniendo especial énfasis en mirar a la pelicorta que antes se le había encarado. - Supongo que nadie sabe nada. - Sarcasmo camuflado bajo las cordiales palabras de una dama cazadora. - Pero por si de un momento a otro alguien tiene una iluminación, esperaré fuera. - Aquella repentina frase añadida no fue más que una excusa para salir de allí. Bien debido a la herida en la cabeza, bien al ambiente viciado del lugar, Ïara se estaba mareando. Y lo último que quería era desmayarse en medio de un bar de licántropos en el que probablemente más de la mitad estarían encantados de arrancarle la cabeza. Giró sobre sus pies y salió afuera con pasos aparentemente seguros, sin mirar a nada o a nadie. Quizás temía que, si lo hacía, alguien repararía en lo turbios que se habían vuelto los dorados orbes. Esperaba que el entorno neoyorquino la acariciase e hiciese sentir mejor, pero el frío -que parecía haberse acentuado brutalmente en los últimos minutos, quizás debido a su estado- le regaló unas caricias que más bien se asemejaban a cuchilladas exentas de piedad alguna sobre la piel desnuda de las manos, el cuello y el rostro. Un probablemente inaudible jadeo escapó de los labios de la muchacha contra su voluntad. Se apoyó en la pared del callejón, como si la fría piedra que antes le había abierto la cabeza, pudiese otorgarle algo de serenidad en su lugar. Pero pese a haber cerrado los ojos durante unos instantes, sólo podía acertar a ver unos ojos verdes, más felinos que humanos. Aquella mirada que había quedado grabada en lo más hondo de su ser y que, por mucho que trataría de borrarla con todos sus medios, nunca lograría desvanecer. ¿Se trataba sólo del golpe o de unas sensaciones hasta el momento desconocidas que la habían sobrepasado?
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Gunther Krumm el Sáb Abr 20, 2013 7:12 pm

Siendo del tipo que no se deja impresionar fácilmente, tenía que admitir que aquella mujer tenía un carácter bastante interesante. Estaba al tanto de que los nephilim presentaban una cierta tendencia a las personalidades fuertes y mano de hierro en todo momento, siendo sumamente intensos como todo aquél que sabe que morirá algún día, pero ni siquiera aquella Cazadora con la que había estado unido era tan...

Incapaz de terminar la frase debidamente, se encontró a sí mismo observándola con suma atención, ladeando la cabeza en un gesto muy suyo y dejando descansar las manos pálidas a los lados de las caderas. Su pecho subía y bajaba lentamente con la calma de aquél que no ha visto ni hecho nada, aguzando el oído y oyendo con claro regocijo el balbuceo lastimero del tal Hume a punto de caer dormido. Le encantaba esa parte de las peleas. Las que ganaba, obviamente. Varias veces había tenido la mala suerte de toparse con un tío del tamaño de un portón que lo miraba de pesado... Y el final de esa historia es bastante predecible.

Oyó la voz de la nephilim y sintió la imperiosa necesidad de espetarle alguna frase inteligente que lo hiciese quedar como el héroe que se queda con la chica, pero terminó devorándola con la mirada con un descaro sobresaliente. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? ¿Una Cazadora? ¿En serio? Y sin embargo, hundido hasta el cuello en el debate interno, decidió, por primera vez, que tenía que dejar de cuestionárselo todo. Sí, la mujer podía revirarse y patearle el culo de buenas a primeras sin importarle el gesto absolutamente desinteresado —mentira— que había tenido para con ella. Y aún así, le importó un reverendo carajo. Todo le resultó bastante curioso a partir de ese momento, como si hubiese sido revelada una faceta suya que no creía haber tenido nunca. Hasta entonces había pasado el tiempo evitando a todo ejemplar femenino que se le cruzase, por el puro y simple temor de perder algo. Enamorarse de una y perderla. Por eso mismo las odiaba a todas en un sentido retorcido, sin rozar lo violento de la ira que almacenaba en sus entrañas; no quería sucumbir ante ellas, descontrolarse y terminar quitándose su sangre del cuerpo en la ducha. O eso solía decirse, estando seguro de que los motivos abarcaban mucho más de lo que en realidad pensaba.

Como si volviese a la Tierra después de haberse ido por las ramas lo suficiente, alcanzó a escuchar el quedo revuelo que había ocasionado el anuncio de la pelinegra mientras él permanecía fuera de la Luna, partiendo vidrios con la suela de las botas para despertar de sus cavilaciones. La vio salir del bar y pasarle por al lado sin decir ni mu, luciendo aún el labio hinchado y el finísimo hilillo de sangre que decoraba la redondez de su mentón. Eso le pareció increíblemente sexy, tuvo que admitir, y detuvo la puerta con el pie antes de que se cerrase tras ella. Cruzó el umbral con paso cansino como siempre solía hacer, se acercó a Freaky Pete —que seguía aún tras la barra— con su cara más agradable y le sonrió de lado. El viejo se limitó a entrecerrar los ojos.

—No has roto tanto, Krumm. Te sobran ciento cincuenta —y deslizó un rollo de billetes arrugados sobre la aspereza de la madera maciza. Gunther lo miró alzando las cejas, divertido.
—No creo que un vidrio así salga ciento cincuenta, Pete. —El castaño sabía que posiblemente había destrozado un par de cositas más, y que por otro lado no estaba en condiciones de pedir que le devolvieran la diferencia después de haber dejado el dinero con tan buena voluntad.
—No, tienes razón, pero me los quedaré para cubrir futuros daños —le espetó el veterano con voz grave y ronca por el cigarrillo, desapareciendo su rostro severo bajo la barra mientras parecía revolver entre trastos y botellas que tintineaban ruidosamente. Momentos después posó un pequeño sobre duro y sólido sobre el mostrador, mirando al muchacho con algo menos de hastío—. Anda. Llévale esto, niño, y muestra modales.

Campante, Krumm sonrió haciéndole una pequeña reverencia con la cabeza, guardó el dinero en un bolsillo y cazó el paquete de hielo entre los dedos antes de avanzar hacia la puerta y salir definitivamente de los dominios del tabernero. Sus pasos hicieron crujir la molienda brillante y blanquecina del ventanal hecho trizas desperdigado por el suelo, mientras divisaba su presa potencial con una mueca de complacencia, acercándosele y flanqueándola para hacerle un par de preguntas. Esa era la excusa, por si las dudas. Pero cualquier rastro de modales se le esfumó en un instante cuando la vio con la espalda pegada contra la pared como si algo invisible la estuviese acorralando; alcanzó a oír la débil agitación en su respiración, y automáticamente guió su mirada hasta su pecho, corroborando cada exhalación como si su vida dependiera de ello. Un instinto protector y la más oscura lascivia se agarraban a las patadas en su interior, alimentando la inestabilidad de la mente que devenía cada vez más turbada; y su mirada, predatoria e intensa como la de una bestia hambrienta, se cernía sobre ella como si quisiese obligarla a abrir los ojos en ese mismo instante y verlo sólo a él.

El quejido quedo de la bolsa descongelándose lo sacó de aquél lapsus, cayendo en la cuenta de que había estado estrujándola con fuerza en el durante. Relajó el rostro enseguida y suspiró entreabriendo la boca, dejando escapar a continuación un gruñido gutural para anunciarse.

—Sé que puedes defenderte sola —musitó sin extenderle el hielo aún, haciendo caso omiso de los poros que aullaban en respuesta a la intensa oleada de frío gélido que le avanzaba por el brazo—. Pero lo que no puedes hacer es entrar a la Luna del Cazador y pretender que respondamos tus preguntas sin presentarte primero. He oído que es de mala educación. —y, víctima de la brisa helada, el licántropo relamióse los labios resecos lentamente.
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Miér Mayo 01, 2013 4:12 am

¿Se trataba sólo del golpe o de unas sensaciones hasta el momento desconocidas que la habían sobrepasado? Probablemente la suma de las dos cosas. Había sido muy estúpida al no ponerse un iratze después de que todo ocurriese, pero la adrenalina y la rabia habían cumplido su papel, impidiéndole sentir el punzante dolor hasta que ya estuvo más calmada en el bar. Curiosamente, sí llevaba la estela -reposaba tranquilamente en la bota contraria a Cariel-, pero sólo había un pequeño problema; no pensaba ni de lejos hacer uso de ella delante de ningún subterráneo. Principalmente porque lo sentiría como un atentado a su intimidad, secundariamente porque se negaba a que supiesen cómo funcionaba aquello -por mucho que probablemente ya lo supiesen- y por último y sin embargo no menos importante por ello, porque aquello sería admitir que estaba herida, e Ïara se negaba a que aquellos licántropos creyesen que podían vencerla. Ante todo, su orgullo de nephilim; aquella sombra parecía afectar a todos los cazadores de sombras por igual, y en el caso de Geist no era diferente. ¡Miserable orgullo! Y sin embargo, era lo único que a veces la había mantenido en pie durante alguna reyerta con demonios; el orgullo había sido su pilar y su fortaleza, su desafío a aquella muerte eterna que no temía pero tampoco añoraba. La muerte, al fin y al cabo, acabaría por llegarles a todos -menos a los chupasangre, claro-; así que sería rematadamente estúpido temerle a algo inevitable. Como si el pez temiese el agua que le rodea, que forma parte de él. Puede entristecerte la muerte, pero no temerla.

No hay infierno, no hay cielo -al menos, no después de la muerte-; sólo la absoluta nada nos espera así que, ¿para qué malgastar el tiempo temiéndola si cuando suceda ni siquiera serás consciente de ella? Sí es triste. Eso es innegable. Es triste ver un niño que no ha llegado a vivir más de diez años expirar su último aliento, es triste despedirse de alguien a quien has amado y que jamás volverás a ver, es triste no tener ni siquiera unos instantes para despedirte de aquellos seres que lo fueron todo para ti. Tal vez por eso el orgullo era la bandera de los cazadores, tan acostumbrados a la muerte y a la idea de que morirían jóvenes -en la mayoría de los casos- que lo único a lo que se podían aferrar era a aquello. Acusados impíamente por otras razas de soberbios y temerarios; quizás los otros jamás de plantearon lo que es que te eduquen para morir. Quizás jamás trataron de ponerse en su lugar; de igual forma que muchos nephilim no lo harían con la vida a medias de un vampiro o las duras transformaciones de los licántropos. Y para colmo, muchos de ellos ni siquiera habían pedido ser lo que eran, ni habían nacido con ello; les había llegado tardíamente como una maldición, cuando sus ideas -erróneas- sobre el mundo ya estaban formadas y probablemente tenían una familia esperándoles en casa. La justicia es una rara enfermedad en un mundo sano como un roble.

No, no escuchó sus pasos; tenía la excusa de que el jaleo del bar escondería cualquier sonido ajeno, pero en realidad había estado tan perdida en aquella imagen mental de los ojos de aquel muchacho que ni siquiera había prestado atención a lo que la rodeaba. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que su interlocutor no era ni más ni menos aquel que había osado interrumpir en su vida y dejarle algo parecido a una conmoción. ¿Qué tenía él que no tuviese ninguna maldita persona con las que Ankhïara se había cruzado durante toda su existencia? Magia, llegó a pensar la nephilim, atribuyéndolo todo a la intervención de un brujo; aunque bien poco después terminó por descartarla, siendo esta idea tan absurda como un perro verde. Varios planteamientos más cruzaron fugazmente el ágil cerebro de Ïara, todos menos uno; algo había hecho click dentro de ella cuando por primera vez había cruzado los ojos con aquel muchacho y aunque quisiera evitar pensar en ello, sabía que a partir de aquel momento nada volvería a ser igual. Abrió los ojos después de que él acabase de pronunciar que no ignoraba el hecho de que ella pudiese defenderse sola; todo estaba borroso, y le costó unos interminables segundos enfocar la mirada ámbar en la del muchacho. Para cuando lo hizo, éste volvía a hablar, casi negándole la oportunidad de responder; aunque, de todas formas, no habría sabido qué decir a aquello. Nunca había sabido cómo responder a halagos o apremios; se sentía extraña dentro de su propio cuerpo cuando alguien lo hacía. Y por mucho que en esta ocasión más que un halago a sus artes de lucha probablemente fuese para darle la razón, no cambiaba mucho ante Ïara. Enarcó una ceja, centrándose en analizar sutilmente más de cerca los rasgos del muchacho, buscando una tara que le hiciese menos perfecto, menos salido de un sueño o una película donde todos los actores parecen modelos sacados de una revista. Huelga decir que esta campaña no tuvo mucho éxito. - ¿Acaso tú te habrías detenido a presentarte si estuvieses en mi lugar? - Su mirada se desvió fugazmente hacia las manos del muchacho, donde una bolsa de hielo empezaba a colorear de azul su piel. Dejó que su propia pregunta flotase en el viciado ambiente, mientras se debatía interiormente entre si pronunciar su nombre o no. Decidió que no, no era necesario; ¿qué educación habría tenido uno de ellos si un nephilim le hubiese atacado sin razón en un callejón?. Pero sus labios, traidores ahora tanto como sus ojos hipnotizados por la intensa mirada del muchacho, pronunciaron su nombre, presentándose aunque su parte más racional hubiese decidido no hacerlo. - Ankhïara. - Casi pareció que esa palabra la hubiese cantado, mas sólo se trataba de su acento serbio en estado puro. Estuvo a punto de dejar escapar un burdo 'suelta la bolsa antes de que se te gangrenen los dedos', pero su insana curiosidad por saber algo de él -su nombre, en este caso- parecía querer comerla por dentro y evitar cualquier sentencia a la ignorancia.

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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Gunther Krumm el Sáb Ago 24, 2013 7:44 pm

A un solo pelo de quedar como un imbécil, cambió de mano la bolsa con hielo e intentó abrir y cerrar los dedos para despertar las falanges cuasi adormecidas. El ensimismamiento que lo había asaltado momentos atrás mientras la miraba no tenía precedentes. Rara vez le clavaba el ojo a alguien de esa forma, y menos a una mujer. Y mucho, mucho menos a una nephilim. Pero, ¿cómo evitarlo si todo en ella era incómodamente atractivo? Pelo oscuro y abundante, del tipo que da ganas de hundir los dedos en él durante un beso apasionado. La piel tersa y marcada de runas. ¿Cómo sería acariciarla, lento y sin prisa? ¿Cómo sería mirarla a los ojos y hacerle olvidar el mundo en la oscuridad? Una delicia.

Difícil era determinar lo que se libraba en el interior del castaño. No encontraba la manera de explicarse a sí mismo qué era exactamente lo que le estaba ocurriendo en ese preciso instante, pero estaba convencido de que era la primera vez en mucho tiempo que contemplaba a una mujer. Tal vez aquélla en particular le inspiraba confianza al no parecer frágil como una humana, capaz de defenderse de él y reducirlo si fuera necesario. La sensación de poder tocar y no romper le dio seguridad y algo más de confianza. Cualquier cosa podría pasar y obligarle a transformarse; el pasado daba buena cuenta de ello, pero ése día sería algo más distinto que el resto, una corazonada se lo decía.

La voz aterciopelada de la cazadora lo volvió a tierra de una patada, haciendo que prestase inusitada atención a su acento, al tono melodioso y el chasqueo de su lengua contra el paladar al pronunciar su nombre. Ankhiära. Ankhiära. Quería susurrarlo por lo bajo sólo para cotejar cómo sonaría en su boca, pero prefirió no mostrar su faceta de psicópata por el momento y avanzar con la mejor cara de normalidad posible hasta acortar las distancias con ella. La mano que sostenía la bolsa entonces —la que comenzaba a no sentir, valga el destaque—, se acercó con cautela al labio partido y decorado con una costra gelatinosa de sangre coagulada, y allí se posó con suavidad. Escudriñó el trazado fino de su boca, los pómulos iluminados por la poca luz que arrojaban los focos del callejón sobre ellos, y finalmente detuvo el recorrido en los ojos dorados que le devolvían la mirada con igual curiosidad y recelo compaginados.

—Gunther —dijo de una vez, ladeando la cabeza— Y sí me habría arriesgado a abrir el pico porque, según tengo entendido, somos aliados, ¿recuerdas?

La diestra había recuperado color mientras la opuesta seguía suspendida cuidadosamente sobre la leve hinchazón que tapaba con la bolsa. Una excusa interesante para poder acercarse tanto y encima pretender cuidar de ella. ¿Cuidar de ella? Sonaba a sensiblería a pesar de que, en efecto, lo único que tenía en mente era asegurarse de que estuviera algo mejor para así poder oírla soltar el rollo sobre el ataque. Un hombre lobo en un vecindario de cientos, sí, pero con algún par de datos podía ilustrar de forma más fidedigna un sospechoso. Los pelajes no eran todos iguales, y cualquier cicatriz que se tenga en el cuerpo se transfiere a la forma animal y aparece como un lamparón blanco carente de pelo. El desgaste de las garras dice por dónde ha estado y si es de la manada local o no. Y el olor. El olor es esencial, porque distingue a los lobeznos de los más experimentados. Tantos aspectos eran importantes de saber, y si la nephilim tenía idea siquiera de uno, el trabajo de encontrar a la fiera perdida sería menos agotador.

Un expatriado, pensó, sólo un expatriado podría atacar a un cazador en territorio amigo. Y entonces, el borroso recuerdo de un lobo negro e imponente mordiéndole el brazo acudió a él como moscas a la miel.

Hans.
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Mar Nov 19, 2013 3:45 am

Un paso atrás fue lo que le pidió su cuerpo como acto reflejo cuando el muchacho que tenía enfrente levantó el brazo; no fue un movimiento brusco, sino más bien el que se haría con un gato temeroso recién encontrado en la calle, pero aún así, el sobresalto envolvió a la serbia. La pared le impidió moverse, aunque ciertamente cada uno de sus músculos pareció responder tensándose, y aún habiendo comprobado que el licántropo sólo pretendía sostener la bolsa de hielo sobre su magullado labio, no se relajó. Aunque quizás este vez fuese por un motivo distinto como, por ejemplo, aquella casi inexistente distancia entre ambos. El corazón le latía de nuevo a un ritmo desenfrenado y casi podía escuchar con total claridad la relativamente acelerada respiración del que tenía delante. Sus sentidos estaban dispuestos a captar cualquier gesto de su interlocutor, tan atentos a sus rasgos y su voz que, por unos instantes, oyó sus palabras pero no las escuchó. Su cerebro procesó tardíamente la información, y sólo entonces fue capaz de apreciar lo exótico y diferente que le resultaba el nombre. ¿Alemán? No supo en aquellos momentos ni lo sabría en el futuro cuánto tiempo estuvo en silencio, apreciando aquel simple término y a la vez aún cohibida por aquella cercanía que parecía despertar en ella sentimientos tan opuestos como dispares. Se sentía desvalida y a la vez capaz de pelear con él, relajada y cabreada, abrumada e inexpugnable. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo describir con simples palabras la lucha interna que en su pensamiento tenía lugar?

Pareció ganar, como tantas otras veces, la fortaleza, la cazadora, la que había aguantado todos los golpes de la vida cuando Ankhïara habría caído sin remedio, la que era capaz de afrontar cualquier cosa, la de mirada dura y sonrisa sesgada. But the crown, it had fallen, and she thought she would break. And she stood there, ashamed of the way her heart ached. She took him to the doorstep and she asked him to wait. She would only be a moment inside. Out in the distance her order was heard and the soldier was killed, still waiting for her word. And while the queen went on strangeling in the solitude she preferred, the battle continued on. Quizás sólo Helena habría sido capaz de advertir el cambio en Ïara, de ser consciente de cómo Geist apartaba a su álter ego para poder manejar la situación. Sólo entonces las órdenes de su cerebro llegaron al fin claras y concisas, su corazón pareció relajarse y aquellos extraños picores en el estómago se apaciguaron considerablemente. ¿O era aquello sólo lo que intentaba hacerse creer la cazadora? Su mano derecha se levantó hacia la bolsa de hielo, apartándola a ella y, por tanto, a la mano del muchacho. Se quedó la cazadora el hielo, posándolo esta vez sobre el golpe de la cabeza a la espera de que surtiese tanto efecto como en el labio. La gelidez le trajo una agradable sensación de calma a la vez que actuaba como paliativo del dolor. Siempre le había agradado el frío, a pesar de que minutos antes la hubiese abofeteado al salir del bar, y quizás en parte se debiera a que le recordaba a su hogar. Por mucho que ella se hubiese empeñado en no pensar demasiado en el pasado, la sensación que le dejaba evocarlo, recordar su hogar, su tierra, era placentera, aunque a la vez despertara en ella una melancólica mirada que nunca había sido consciente de poseer.

Y sí me habría arriesgado a abrir el pico porque, según tengo entendido, somos aliados, ¿recuerdas?. Tras aquel interminable lapso de tiempo en silencio, Ankhïara lo rompió, no sin cierta brusquedad. -  Bien. - Una sonrisa tendenciosa empezó a tomar forma lentamente en el pálido rostro de la muchacha, a medida que las nuevas palabras iban formándose en su garganta preparadas para salir. -  Supongo que, como somos aliados, no tendrás ningún problema en decirme quién es el malnacido. - La adulterada sonrisa pareció torcerse entonces en una casi imperceptible mueca que tan sólo duró unas milésimas de segundo, antes de que su rostro adquiriese como tantas otras veces una seriedad mortal. - Pelaje negro como la noche, deslucido,  ojos amarillos enloquecidos, muchas cicatrices, entre ellas una en el hocico. - dejó que sus palabras flotasen en el ambiente antes de añadir, con cierta sorna camuflada bajo la severidad de sus rasgos. - Ahora tiene dos más. - Evocó de nuevo la pelea, pero habiendo sucedido tan rápida en la cerrada negrura, no pudo traer a la memoria ningún recuerdo más que pudiese resultar útil para identificar al lobo. Esperó, con exasperante paciencia, a que llegase una respuesta mientras analizaba tanto la situación que le rodeaba como al licántropo que tenía aún demasiado cerca. O demasiado lejos, quizás.
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Gunther Krumm el Vie Ene 10, 2014 6:18 pm

Aquella densa atmósfera daba señales de retirarse de a poco como una marea estuosa pero placentera que parecía hacer más mella en el fuero interno masculino que en el opuesto. La contradicción le exprimía el cerebro de la misma forma en que el teorema de Fermat dejaba en ruinas el intelecto de un matemático promedio; un desasosiego mortal, de la mano de la más pordiosera confusión, le hacían hervir la sangre con una simple cuestión. Una pregunta inofensiva, capaz de quitarle la traba a la puerta del corral colmado de toros enfurecidos. Un catalizador que a su vez era detonador. ¿Qué tiene ella de especial que te gusta tanto? Sin sacarle los ojos de encima, volvió a tierra en cuanto la mano ajena rozó la suya accidentalmente  cuando pretendía hacerse con el hielo, y retrocedió al caer en la cuenta de lo cerca que estaba de ella. Lo peligrosamente cerca. Esa estupefacción sin sentido, sin coherencia ninguna, tiraba abajo los cimientos de la fortaleza en la que el lobo llevaba años acurrucado, regodeándose en su seguridad. Las largas noches de reflexión, los viajes en busca de tranquilidad; todo a la basura por unos ojos ambarinos. Entonces, fácilmente alterable por naturaleza y maldición, comenzó a convencerse de lo patético que lucía un subterráneo lanzándole los galgos, los doberman, los mastines y demás artillería canina a una cazadora de sombras. Ridículo. Put yourself together.

Carraspeando, el alemán procuró mantener la poca compostura de la que hacía alarde, desviando toda su atención a los puños desprendidos de la chaqueta de cuero que llevaba encima. Y cuando menos lo esperó, la voz de la joven acuchilló brutalmente al Gunther interno que pretendía hablar primero con tal de culminar el incómodo momento. La gelidez de su tono monocorde no se hizo esperar, utilizando cierto matiz sombrío mientras articulaba las palabras que hicieron de él todo oídos.

Manto negro, cicatrices. Demencia contenida en unas cuencas furibundas que parecían quemar aquello en lo que se posaban.

—Hijo de puta —musitó, sintiendo cómo el broche a presión de la chaqueta cedía entre sus dedos de repente. No pudo creerlo. Los ojos del licántropo buscaron la mirada de Ankhiära, y allí se perdieron con el latir de un desbocado corazón a punto de partirle las costillas. Pensativo, ahondó aún más en su memoria como si corroborase una verdad que ya está sobre la mesa, impotente al haber estado tan cerca de él. Debía ser una broma de muy mal gusto, pero la nephilim no parecía estar jugando, herida como estaba. El relato era tan cierto y claro como la rabia apresada en los puños apretados del castaño. Sin dudas, ella lo había tomado por sorpresa.

Aún así, justo cuando pensaba desatarse, transformarse y correr, la lucidez hizo acto de presencia en las sienes palpitantes del lobo cobrizo, pretendiendo hacer la diferencia. Si quería atraparlo, si quería arrancarle la yugular de cuajo como si del tallo de una planta se tratase, no tenía que apresurarse. Incluso si el malnacido se había tomado la molestia de aparecer en territorio de Garroway y montar su fiestita como si nada pasara, se controlaría.

—¿Hacia dónde se fue? —inquirió con una voz demasiado producida, como si le costase horrores poner un manto de calma sobre la situación. La ansiedad le arañaba las tripas desde adentro, con garras tan afiladas como las suyas— Si está herido, podría… —¿Finiquitarlo? ¿Hacerlo polvo como el parásito que era? ¿Roerle los huesos hasta que no quedara nada que pudiese evidenciar su paso por este mundo? No. Gunther era cualquier cosa, pero todo menos un cobarde. Lo dejaría hacer de las suyas, recuperarse, creer que la jugarreta no había despertado nada en él. Si iba a matarlo, lo haría por las justas— …podría rastrearlo. —Conozco su olor mejor que nadie— No pudo haber ido muy lejos.

Y sólo entonces, con la mente sumergida en el punzante tormento de una herida sin cicatrizar, Gunther volvió a ser el mismo de siempre.
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Sáb Ene 25, 2014 7:59 am


Eran dos personas con sus ojos buscando mirar algo que les hiciese brillar,
y con sus bocas sedientas de decir poesía y callarse con un beso.
Personas con sus brazos fríos sin algún cuerpo al que agarrarse,
y sus manos vacías sin nadie que las cogiera al caminar por la calle.
Eran personas con las lágrimas cayéndoles adentro,
porque llevaban mucho tiempo evitando gritar.



Esperó, con exasperante paciencia, a que llegase una respuesta mientras analizaba tanto la situación que le rodeaba como al licántropo que tenía aún demasiado cerca. O demasiado lejos, quizás. Observaba la cazadora con aparente desinterés los cambios que se iban apreciando en el rostro del licántropo a medida que sus propias palabras iban calándole. Eso mismo pensé yo, estuvo tentada de decir; pero el muchacho parecía ensimismado y Ankhïara sabía de antemano que esos momentos son los que más vulnerable vuelven a una persona, los que desgastan el velo que separa a uno de los demás hasta dejarlo casi trasparente, pudiéndose ver a través de él. Experimentada en el arte de analizar expresiones y sentimientos, aunque no siempre lograse comprenderlos, la cazadora no perdía detalle, su ambarino perdido en la profundidad de cada pequeño movimiento, cada chispa, cada cambio de tonalidad o gesto que se operaba en el muchacho. Pero entonces, aquel que tenía enfrente alzó la mirada, perdida hasta el momento; el caramelo de ella y el hielo de él parecieron fusionarse durante unos instantes. Por una corta eternidad, Ïara volvió a sentir lo mismo que había sentido nada más entrar al bar y enfocarle; ¿iba a ser así cada vez que sus ojos se encontrasen? Pero no la pillaba con la guardia baja como antaño, sin embargo; estaba mínimamente preparada para ello gracias  a Geist y, aunque no fue sencillo, logró mantener la compostura. Era ámbar, no caramelo; el ámbar era mucho más fuerte que el hielo. Podría con aquello, igual que había podido con tantas cosas. Fue entonces, en medio de aquel caos a pequeña escala dentro de ella, cuando pudo apreciar algo nuevo en los ojos del muchacho. Odio. Y tal vez algo más...¿rabia? Y por un instante, Ïara creyó ver en sus ojos el destello amarillento característico de los lobos. Pero fue tan rápido, tan fugaz, que no estuvo segura de aquello.

Como una persona atenta al cielo que, cuando ve pasar una estrella fugaz, no está segura de ello por el simple hecho de que tiene los ojos borrosos; tanta luz, tanto brillo, acaba por pasarle factura a uno. La inmensidad que se abría ante ella la privaba de centrarse en un sólo objeto, en un sólo gesto o, en ese caso, en un brillo sospechoso en la mirada. Por un instante y por primera vez en su vida, pudo ponerse en el lugar del psiquiatra que le trató después de la masacre familiar. Recordó cómo él, frustrado tras cada sesión, preparaba nuevos experimentos, nuevos tratamientos, nuevas pruebas que sacasen a Ïara del estupor abisal en el que se hallaba. Cualquiera que había intentado entablar conversaciones detalladas con ella, o que había demostrado interés por compartir la mesa mientras ella estaba allí, se había encontrado con un frío silencio y con una mirada en blanco dirigida al ala psiquiátrica, donde la escarcha invernal todavía se adhería a los barrotes de las ventanas. Nada funcionaba; ni los medicamentos, ni las terapias de grupo, ni las charlas eternas , ni siquiera enseñarle fotos de su familia. La niña se negaba a reaccionar. Lo que ellos no entendían, lo que nadie llegaba a comprender, era que sólo estaba curándose. Ninguna terapia iba a curarla. Los Trejžtiakov no funcionaban así. Todo aquel tiempo en el que se mantuvo en el más riguroso de los silencios y casi en estado catatónico, Ïara se había dedicado en realidad a sanar sus heridas internas. O, en su defecto, a ocultarlas tras una impenetrable fortaleza a la que se prometió no entrar jamás, aunque de vez en cuando rompiese esa promesa. Hasta que un día, viniendo tan a cuento como cualquier otro, la niña se había levantado y le había dicho al médico que no necesitaba estar allí, que ya estaba preparada para volver. Y éste, reticente a tener más tiempo allí a alguien con ni siquiera podía entablar una conversación, había dejado que se marchase, como todas las personas suelen dejar que sus problemas se esfumen sin resolverlos. Le resultó extraño evocar aquel recuerdo precisamente en aquellos instantes, pero quizá la explicación lógica fuese en realidad la más sencilla: se sentía como aquel psiquiatra, analizando un rostro que de repente se había vuelto neutro, unos ojos que se habían vuelto infranqueables. Si está herido...podría rastrearlo. Ïara creyó escuchar algo tras aquel aparente tono tranquilo, pero no tuvo tiempo de darle más vueltas; una bombilla acababa de encenderse en su oscuro cerebro. - Seguramente durante la pelea su olor quedó impregnado en mí. - Dijo, casi sin pensar. Segundos después, sin embargo, fue consciente de que básicamente había dejado escapar un huéleme fácilmente mal interpretable. O quizá había sido su subconsciente jugándole una mala pasada. Fuere como fuere, las mejillas de la serbia se encendieron, en contra de su voluntad, con un rosa rojizo digno de la entrañable Heidi. - Debo...tener restos de sangre suya. - Tartamudeó ligeramente, presa del nerviosismo que aquella situación había despertado en ella. Ni siquiera la sombra sabía cómo afrontar aquello. Aprovechó la ocasión para bajar la mirada -no sin cierta obstinación- hacia sus manos, como si a simple vista pudiese apreciar que los restos que allí se encontraban fuesen del siniestro lobo o propios. - Puedo ayudarte a buscarlo. - Añadió finalmente, su voz, esta vez, más calmada a base de obligarse  a sí misma a tranquilizarse. Sus dorados ojos seguían clavados en sus propias manos, dándoles la vuelta una y otra vez como si las manchas que en ellas se advertían fuesen la cosa más interesante del planeta.


Última edición por Ankhiära K. Trejžtiakova el Dom Feb 02, 2014 8:23 am, editado 1 vez
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Gunther Krumm el Sáb Ene 25, 2014 11:04 am

Has someone taken your faith?
It's real, the pain you feel
The life, the love you'd die to heal
The hope that starts the broken heart
Your trust? You must confess

Is someone getting the best of you?
—Ya no eres tan perfecto, ¿verdad?

La voz le llegaba cercana pero reverberando en todas partes a la vez. La gravedad lo atraía con brazos maternales mientras sólo yacía allí, tendido sobre el pavimento en una calle desierta, rodeado del halo viscoso y carmesí de la sangre fresca. Una gran mancha oscura le abrazaba un costado del abdomen, dejando entrever la tela rajada de la camiseta y las delgadas fibras de músculo emergiendo como pequeños tentáculos inmóviles. El cambio no se sentía inmediatamente, pero sí la sensación de ahogarse en un mar de piedras. Mordido a traición, solo e intentando eliminar la presión sobre su propio pecho, Gunther observaba a aquél que creía conocer bien, y cómo éste le devolvía la mirada con total impavidez. Estaba tan claro como el cristal que lo había buscado expresamente para darle ese regalo, para que no se olvidase ni de él ni del sufrimiento que le había hecho pasar. O al menos eso le había dicho.

¿Sufrimiento?

—Podría haberme tomado el trabajo de encontrarla a ella primero y darle este presente, pero te elegí a ti —y una sonrisa falsa, estirada y forzada, reclamó el semblante del otro—. El próximo plenilunio te dirá por qué...


...bruder.

Centrado apenas en un recuerdo, negó casi imperceptiblemente con la cabeza como si con tal gesto pudiera deshacerse de él. Varias veces se había encontrado a si mismo cavilando sobre el asunto, imaginando diversos encuentros con Hans y un posible desenlace, encontrando un punto de convergencia: Hans acababa muerto en todos. No se daba el lujo de pensar en morir a manos suyas, y tenía en cuenta que, si restaba su propio temperamento explosivo, se encontraba bastante igualado con él. Para algunos resultaría anti-natural pensar en asesinar a su mismísimo hermano, pero para Gunther resultaba cosa de todos los días.
La desfachatez, el atrevimiento deliberado por decidir sobre su vida como si no fuese más que un títere; eso le dolía y lo enfurecía más que cualquier improperio que un irlandés borracho pudiese espetarle. Haber sido apuñalado por la espalda y tomado por sorpresa, haber tenido que cambiarlo todo en pos de una decisión que no había consentido, haber tenido que matar con sus propias manos a...

No.

El castaño respiró hondo, y por primera vez en mucho tiempo quiso probar la frialdad del pensamiento objetivo antes de siquiera sacar las garras. Su mirada se encontró con la de Ankhiära en el momento en que ésta pretendía servirle de ayuda, y fue el ligero temblor en su voz lo que casi le arrancó una sonrisa. Nervios. Nervios traicioneros. Pero él no dijo una sola palabra entonces, dejándolo pasar como si no se hubiese enterado de nada. En otra oportunidad se habría mofado de tan pequeño detalle, prefiriendo pensar en que era su presencia la que le generaba tanta incertidumbre; sin embargo, enmudeció por un momento mientras terminaba de ajustar la manga de la chaqueta, y poco después volvió a acortar las distancias entre ambos.
Avanzando silente, quedó en el preciso lugar donde le entregase el hielo anteriormente tratando de incomodarla lo menos posible. ¿O era todo lo contrario? Tomó las manos de la cazadora con el mismo cuidado que pondría un oficial de la brigada de explosivos mientras desmantela una bomba, y se inclinó levemente hacia adelante en dirección a su cuello. No había rastro allí de otro aroma que no fuese el suyo, ese que se asemeja al de un vidrio calentado por el sol; el olor de un nephilim. Halló también una fragancia débil, de esas que amenazan con esfumarse en cuanto se las percibe, que le remitía a flores silvestres y aceite caliente. Pero no supo explicar por qué. Inhalaba profundamente cerca de la línea definida de su mandíbula, amparado en la excusa de una búsqueda seria, ocultando sus impulsos. La punta de su nariz a nada de rozar la piel que adivinaba tibia tan cerca suyo, sus labios se entreabrían conforme la lengua parecía degustar el perfume en sus papilas. El licántropo suspiró contra su cuello entonces, librándola apenas de su cercanía mientras le alzaba las manos con las suyas, rebuscando entre los vestigios de sangre aquélla que correspondía con el característico aroma a limón detrás del metal.

Y allí, como una costra casi seca, apareció el rastro que buscaba.

Demorando el contacto de sus dedos con los ajenos con algo que pretendía ser pereza, soltó finalmente las manos femeninas poco antes de alzar la barbilla de cara al viento y reconocer esa estela de olor que la brisa le traía. El castaño miró a la cazadora fugazmente, resumiendo sus pensamientos en una sonrisa ladeada. Gracias. No se lo diría, aún. Si se daba el caso de que ella se abstuviera de seguirle, tendría justificado un segundo encuentro.
Después de dar un par de pasos para alejarse definitivamente de La Luna del Cazador, Gunther emprendió la cacería todavía en su forma humana, perdiéndose por el recodo del callejón en penumbras.
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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Dom Feb 02, 2014 9:29 am

Puedo ayudarte a buscarlo. - Añadió finalmente, su voz, esta vez, más calmada a base de obligarse a sí misma a tranquilizarse. Sus dorados ojos seguían clavados en sus propias manos, dándoles la vuelta una y otra vez como si las manchas que en ellas se advertían fuesen la cosa más interesante del planeta. Como si no sintiese, más que advertir, que él se acercaba, lenta pero inexorablemente; como el tren que se acerca al suicida y éste ve a cámara lenta, mientras su miserable vida desfila ante sus ojos empañados por las lágrimas. El tren al que teme y odia pero ama al mismo tiempo, por liberarlo de su dolor y de todo aquello que lo ha mantenido quieto en la vía. Quién no ama aquello que le produce una sensación tan agradable como extraña, quién rehúye un cuerpo que despierta en uno algo que nadie más había conseguido, quién prefiere quedarse en el infierno teniendo un magnífico terreno ante él. Ïara, al sentir el suave tacto de las manos del muchacho al coger las suyas, imaginó que aquello que le formaba un nudo en la garganta e impedía que se comportase con tranquilidad era lo mismo que le sucedía a todos aquellos personajes de los incontables números de libros que había leído. Lo suyo nunca habían los libros románticos en concreto, a decir verdad, pero no podía evitar evocar clásicos donde aquellas personas describían con inestimable exactitud algunos de los efectos que el joven subterráneo suscitaba en ella. Negándose ante ello, alzó el rostro, primero con la timidez de la que antes había hecho gala en contra de su voluntad y, más tarde, con el desafío propio de los cazadores de sombras. Pero aquello no le salió como ella esperaba, eso seguro. El afilado olfato del licántropo se deslizó entonces por la delicada mandíbula de la serbia, provocando que ésta casi diese un salto por la impresión. Nunca la tan cercana posición de un hombre le había resultado tan apetecible y terrorífica. Los nervios descontrolados no ayudaban, convirtiendo su pasible latido en una desbocada carrera de potros desquiciados. Quería que se acercase más y al mismo tiempo deseaba amenazarle con la daga por haber osado acortar tanto las distancias. Pero no llegó a satisfacer ninguna de las dos opciones pues, sin esperarlo si quiera, un suave hálito del muchacho aterrizó con descaro en la delicada piel del cuello, provocando sin remedio que el vello de los brazos y la nuca se le erizasen como sólo lo habían hecho ante los peores de sus enemigos.

Y por suerte el muchacho se centró de nuevo en sus manos, porque Ankhïara no sabía cómo habría reaccionado de haber continuado aquello cinco segundos más. Quizá habría tenido uno de sus bloqueos; aquellos que hacía mucho tiempo que no tenía. Por regla general, la gente que rodeaba a la cazadora ya había aprendido cuál era la forma óptima de tratarla y sólo su parabatai se atrevía a cruzar aquella delgada línea y abrazarla, por ejemplo; aunque aquello no era precisamente algo que la serbia lamentase, era la única que lo hacía sin que una exasperante incomodidad se despertase en su interior. Quizá porque sabía que no tenía por qué corresponderlo; jamás habría sabido cuándo había que apartarse, cuál era la fuerza con la que debía hacerse. Podía parecer ciertamente una tontería, pero Ïara había olvidado cómo se hacía y, la cercanía de otros cuerpos ardía tanto en el interior de la muchacha como un fuego real lo habría hecho. El licántropo finalizó su tarea, por fin, dejando a una estupefacta Ïara apoyada contra la pared. De haber sido humana, probablemente estaría temblando, aunque no fuese el miedo lo que habría desencadenado aquella reacción; pero por suerte o por desgracia, lo único que la delataba era el desenfrenado latido de su corazón y quizá el leve rubor que ya casi había aparecido, borrado como una vieja huella de lobo en medio del bosque. Geist tuvo la certeza de que el muchacho se demoró demasiado en alejarse de ella, pero quizá tan sólo fue una de aquellas estúpidas sensaciones que acontecen sólo cuando uno está demasiado extasiado o embriagado por algo que acaba de vivir. El licántropo se dio la vuelta, marchándose con una seguridad con la que Ïara no contaba en aquellos instantes. No habló. No se despidió. No se movió. Estuvo allí quieta, cual estatua, durante un lapso de tiempo que podrían haber sido minutos o horas. La respiración, agitada,  formaba pequeñas nubes en el frío ambiente. Ya no sentía el calor de antaño. Y poco a poco, el corazón se le fue tranquilizando. Cuando por inercia, su cuerpo empezó a moverse de camino al Instituto, lo acontecido aquella noche se le antojaba lejano y algo velado, como un sueño del que uno acaba de despertar y no sabe aún si ha sido cierto o no. Quién le habría dicho a la cazadora que lo que la esperaba en lo que era su hogar en aquellos momentos, acabaría por destruir los cimientos que ella con tanto esmero había construido años atrás.



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Re: Wonderwall [Ankhïara]

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Mar Feb 04, 2014 10:17 am

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Re: Wonderwall [Ankhïara]

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