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Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

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Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Mar Mar 12, 2013 7:52 am

Funny how the heart can be deceiving
More than just a couple times
Why do we fall in love so easy
Even when it’s not right

El destino es ambiguo y sus engranajes giran en direcciones enfrentadas muchas veces opuestas a los deseos de las personas que dirigen. A veces peca de veleta, injusto y doloroso. Otras veces casi milagro, solo correspondían replantearse si existía tal reloj o simplemente era pura casualidad.

La nephilim tenia hoy cita, con su amiga Adara Carstairs y el gran brujo de Brooklyn, Magnus Bane, en el Midnight Club. Un lugar elitista perfecto para subterráneos y nephilims. Adrianna no era de fiestas, pero comprometía cambiar ahora sus antiguas rutinas, abrirse a conocer gente. Si bien, ácidamente, se aseguraba ante el espejo que no iba a encontrar nada para ella.

Después de una relajante ducha purificadora del largo día. Veía la puesta de sol desde su cuarto mientras se secaba el pelo con el secador que adquirió antes de irse de Inglaterra. Sacó del armario su traje rojo, lo había elegido Adara, pero Adrianna se enamoró por completo de él. Cuando se lo ponía pasaba de ser una mera mortal a ser una diosa. De tirantes, dejando los hombros al aire, de cintura ajustada, encogiéndola y acentuando las caderas para dar curvas como si un pintor las hubiera dibujado en su cuerpo. Toda la espalda estaba hecha de encaje y se veía algunos lunares. La parte de delante formaba un escote pronunciado no demasiado revelador, con brillos plateados formando figuras en el borde, la recordaba que tenía pecho. Los brillos iban a juego con unos tacones de aguja en color plata. Además de conferirle más centímetros de altura, estilizaban sus pies.

Se recogió su larga melena castaña-rojiza en un moño que estaba rodeado por una trenza, decorando el peinado. El maquillaje se remitió a la moda de los años cincuenta: eyeliner sobre el parpado, una línea larga y suave. Hacía aun más grandes, los ojos, y con un poco de sombra de tono crema, imposible de definir. Rímel en sus pestañas largas y ahora parecían dos espesos abanicos negros. Un lápiz de labios rojo para definir su contorno y una barra de labios para rellenar los labios con el color. Su perfume, con aroma de flores, un jardín repleto de todo tipo de coloridas y radiantes flores. Y un bolso discreto en tono rojo donde guardó: un cuchillo serafín, junto a un sensor, el móvil y otros mil secretos de mujer.

Ella estaba lista, y salieron juntas: Habían quedado con Magnus en la puerta del club. Pero Adrianna estaba en otro mundo, lejos de la conversación de Adara respondiendo con monosilábicos sin captar ni la mitad de lo que decía. Lograba percibir un nudo en su garganta, su corazón enjaulado pedía a gritos escapar de su prisión. Reclamaba caprichoso un ser a quien ya se había negado a volver a verlo, a amarlo, pero aun se estremecía si pensaba en él y sus ojos. Los primeros amores eran los más intensos y se recordaban eternamente, pero solo eran uno y normalmente quedaba en el olvido. ¿De verdad quería olvidarle? ¿Podía olvidar esa cita perfecta? ¿El poder olvidarse de don y maldición durante esa noche? Era obligatorio, la razón reclamaba la última palabra y había encarcelado esas emociones y su corazón. De las cenizas debía volver a renacer cual ave fénix y vivir.

Pero también su mente era perversa, sabía perfectamente que no podría vivir con nadie que no llegara a aceptarla con su don, y conocer cada emoción en cada segundo de mutua existencia, no habría miles de personas dispuestas a probar. Pero no podía mentir ni ocultar lo que era. La frustración la consumía, si estaba orgullosa de ser nephilim, también debería estarlo de ser empática, era un don de su padre.

El metro estaba repleto en algunos trayectos, que para su suerte, dejaron asientos libres para las dos. Todos los hombres del vagón las miraban como hipnotizados, las dos se echaron a reír, era, para ambas, algo muy insólito. Además de las caras de idiotas que intentaban ligar con ellas. Las mujeres del vagón por la contra irradiaban envidia, Adrianna podía captarla, y le pidió a Adara bajarse una estación antes. Caminando estarían mas cómodas y tranquilas, además de poder respirar algo de aire fresco, lejos de miradas tan perturbadoras.

La noche era un manto sobre el que se cernía en la ciudad, con su luna y estrellas iluminando el cielo, como los brillos de su vestido. Instintivamente se llevo la mano al cuello instintivamente. En lugar de hallar el colgante de su madre estaba el de Adara, aquella luna que la protegía de lo que no alcanzaba a ver ni sentir. Además le alegraba su mera presencia, resonándola que poseía una amiga fiel. Quien la comprendía y apoyaba al igual que ella hacía.

Mentiría, si negaba que estuviera intranquila. Su humor negro y su escrupulosa sinceridad no eran buenas bazas para relacionarse con la gente. Pero eran escudos, como unos negarían sus emociones, o se retraerían a confesarlas. Otros crearían protecciones bajo la arrogancia y desprecio. Ella deseaba ocultar su corazón para no volver a sufrir, pero sabía que era un empeño inservible. El corazón era caprichoso y elegía amar. Sin pedir la opinión, al cerebro y a la razón.

Divisaron desde lejos a Magnus: Radiante y magnifico solo como él podía estar. Estaban en la puerta, justos cuando un trueno retumbo, amenazando de lluvia. Tuvieron que dejar las presentaciones para más tarde. Entraron totalmente secos al club, Adrianna lo miro por encima al lugar era su primera vez allí. Elegante, aunque quizás excesiva modernidad y glamour. Era un local amplio congregado de gente del submundo, no era raro encontrar hadas, hablando con vampiros, hombres lobo, brujos, y demás especies deleitando de una velada serena. Había zonas más ocultas. Donde disfrutaban los exaltados enamorados de momentos de sema-privacidad. Lugares que llegaron a tensarla tanto como una cuerda de guitarra, pero se alivió reparando en la vista sus amigos.

- Magnus esta es mi amiga fiel, Adara Carstairs. –los presentó. Los dos eran seres importantes para la nephilim. Él era su “hermano mayor” y ella su mejor amiga, merecían conocerse. Lo que la animaba a Adrianna a no ser tan retraída y estar ausente. – Adara este es el famosísimo y respetado Magnus Bane. Y antes de que Magnus nos glorifique con algunas de las mejores fiestas vamos a por copas. – la barra estaba libre y echaron un vistazo a que iban a pedir. Después de que ambas nephilim apartaran de la cabeza volver a beber algo que tuviera polvo de hada. Adrianna se decidió, después de ver al barman prepararlos con absoluta maestría, por un Alexander: un coctel mundano pero apetecible y elegante.- Deberías ir a alguna fiesta de Magnus – miro a Adara y luego al vacio para hacer una gran reflexión.- tienen el componente perfecto de caos y orden que a la mañana siguiente te hace preguntar, ¿Qué haces al lado de un hombre lobo con traje de hada intentando ligar contigo? – Adrianna se ruborizo y una risa melodiosa ocupo su voz. A diferencia de otras ocasiones, estaba disfrutando de la velada.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Adara Carstairs. el Miér Mar 13, 2013 8:44 pm

And I know I gave it to you months ago
I know you're trying to forget
But between the drinks and subtle things
The holes in my apologies
You know I'm trying hard to take it back
So if by the time the bar closes
And you feel like falling down
I'll carry you home

Las preocupaciones que días atrás la habían agraviado, caían lentamente con cada gota que se deslizaba por su cuerpo. Su día había sido tranquilo, nada fuera de lo normal. Un recorrido por las calles de New York, con una extensa parada en su biblioteca favorita. Era un lugar remoto, prácticamente desconocido y Adara estaba completamente segura de que no la operaban por dinero, sino más bien por amor al arte. El espacio era grande, parte de una antigua casa remodelada, ya hace mucho tiempo, con aspecto victoriano. Los muebles eran tan viejos que parecían capaces de deshacerse con solo una mirada. Para algunos, el lugar parecería horrendo, nada en comparación con la gran biblioteca nacional de New York. Para ella, con el olor que únicamente se lograba luego de años y años de lecturas furtivas por parte de desconocidos, era el paraíso en la tierra. Si muriera el día de mañana, ese sería el único lugar que extrañaría. Cerca de dos horas estuvo leyendo, buscando los títulos de los lomos y acariciándolos con parsimonia. Encontró La divina comedia, las atrayentes palabras la abducieron al instante. Puesto que llevaba años asistiendo al lugar, le habían otorgado el honor y la confianza de poder disponer de los textos cada vez que quisiera, nunca lo hacía. Allí, en ese espacio, todo encajaba perfectamente. Llevarse un libro era casi como hurtar una parte del lugar, como destruir un santuario. Su santuario. Abandono el lugar con dolor, tenía planes aquella noche. El trayecto fue rápido, tuvo la fortuna de encontrar un taxi desocupado, una tarea casi imposible en las abarrotadas calles de la ciudad. Sólo tuvo un percance con un rapiñador, nada digno de contar.

Se vistió rápidamente, decidiéndose por llevar un vestido que había comprado con Adrianna. Era de color azul eléctrico, sin tirantes, el borde le llegaba un poco más arriba de las rodillas, ajustado en la cintura y suelto en forma de globo en el resto del cuerpo. Lo acompaño con los dos regalos de su amiga, pendientes, tacones negros y un pequeño bolso con sus pertenecías más necesarias. Recogió su cabello en una trenza espiga, la desplaz hacia un lado y dejo algunos mechones de cabello sueltos. El aroma del perfume recién aplicado a su cuello, impregno su sentidos, era algo peculiar que ella no podía describir bien. Maquillaje sencillo y voilà, no podía hacer milagros tampoco.

Adrianna la esperaba en las puertas del instituto, llevaba el vestido rojo que ella había elegido hace tiempo atrás cuando habían realizado las compras. Le quedaba de maravilla, tal y como Adara se lo había imaginado. Tomaron el metro y rieron hasta casi ahogarse por algunas de las miradas insinuadoras que recibían por parte de la multitud masculina, así como también otras de hostilidad por aquellas de su mismo género. Respiró profundamente el aire de la noche cuando abandonaron su medio de transporte una estación antes de la debida, el aire acariciaba su piel desnuda de una forma agradable. Entre el día y la noche prefería la noche, puesto que bajo aquellas brillantes estrellas el mundo parecía estar detenido.

Su compañera iba sumida en sus pensamientos. Era difícil analizar a Adrianna, llevar si quiera una idea de que era lo que cruzaba por su mente, siempre parecía tranquila, pero Adara la conocía lo suficiente como para saber que sus pensamientos la incomodaban más de lo que aparentaba.

La brillante figura del que debía ser el mismísimo Magnus Bane, era notable a kilómetros de distancia. Era exactamente como Adrianna lo había descrito; brillante e imponente. Aún estando rodeado de submundos con características extrañas y llamativas, lograba darse lugar destacado entre la multitud.

—Mucho gusto —habló dirigiéndose a Magnus—. Mentiría si dijera que Adrianna no me ha hablado de ti y debo decir que las palabras se quedan cortas.

Sonrió mientras veía a Adrianna ordenar su trago, al cabo de unos segundos optó por lo mismo. El polvo de hada había sido explícitamente prohibido para ambas luego de sus infortunios en el invernadero. El barman volvió pronto con las copas de los tres, se manejaba con naturalidad, debía llevar tiempo trabajando allí.

—No me has contado esa historia, tendrás que hacerlo algún día —dijo divertida, imaginándose a la nephillim en esa situación. —Pues, si Magnus me invita no tengo problema. Espero poder recordar lo sucedido al día siguiente.

Miró al rededor, el lugar estaba repleto. Las multitudes eran variadas; mundanos, vampiros, hombres lobos, brujos, hadas, toda raza conocida estaba allí, compartiendo entre ellos. Las luces eran bajas, música a volumen moderado y amplios espacios destinados al público. Le pareció formidable el hecho de que no hubieran conflictos, al menos en ese momento, todos se veían mayores, aunque sin duda habría uno que otro menor infiltrado. Máquinas de juego dispuestas en exceso, algunos soltaban sonidos de indignación cuando perdían dinero, sin pasar a mayores.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Vie Mar 15, 2013 6:03 pm


Where there is a flame someone's bound to get burned


La noche nunca es verdaderamente silenciosa. Aún en la más avasalladora calma inglesa, los grillos rompían a menudo la quietud de una noche de verano, el viento bailaba entre los pastizales de Cambridge y mecía con apaciblemente las ramas de los árboles. El suyo había sido por décadas un remanso de la modernidad, un pequeño trozo de cielo antiguo al que regresar, un purgatorio en el que meditar. Aún se aferraba al mismo oasis aislado, lejos en la campiña inglesa, allá, cerca del pequeño arrollo y la arboleda. Sin embargo, ahora un océano de agua salada lo alejaba del único sitio capaz de devolverle la paz y el remanso.

Quizás era eso lo que buscaba al alejarse tanto de su tierra natal. Perder el balance y el equilibrio, tambalear, dudar por vez primera en décadas y décadas de inmortal existencia. Pues si perdía incluso la capacidad de asombrarse se vería congelado y frígido como un monolito de mármol, no más real o vivo que las estatuas de un museo. He ahí el dilema de un inmortal, ¿Cómo no perder la cordura o la emoción a lo largo de una existencia eterna? ¿Cómo sobrevivir sin convertirse en alguien que sería incapaz de reconocer?

Sin embargo ahora sus propias inseguridades lo hacían vibrar con una emoción perversa y desconocida, un ansia y una curiosidad morbosa tomaba cada día más posesión de él. Quizá todo había comenzado el día en que se encontrase con Adrianna, o el momento exacto en el que aceptase el pacto con Camille. Ambos asuntos hasta el momento lo mantenían inquieto, más no tanto como la expectativa de sentirse cazado. “Neal Caffrey”, ya había pasado algún tiempo desde que perdiese esa identidad. Aun así seguía usando sus autos, y aun así seguía usando sus tarjetas. ¿Por qué? ¿Buscaba darle a ella un rastro qué seguir? ¿Era tan grande su deseo de acabarla? Sí, no, tal vez. Quizá ni siquiera él mismo lo sabía con certeza. Sólo era consciente de que se encontraba momentáneamente obsesionado con ella y de que si era la mitad de la mujer que sospechaba que era, lo encontraría.

Diversas eran sus cavilaciones, los pensamientos ambiguos que pululaban por su mente y que gustaba de discutir con quienes aún comprendían y sentían. No hablaba de sus asuntos personales o placeres ocultos, pero siempre es increíblemente recreativo tener con quien discutir política, filosofía y literatura, o simplemente disfrutar de una desafiante partida de ajedrez. Quizá por ello nunca se consideró por completo un solitario, quizá todos muy en el fondo buscamos siempre pertenecer a un lugar. Inclusive Nathan. El sorprenderse víctima de una necesidad tan primaria no hizo más que arrancarle una sonrisa afilada, cargada de ironía. No solo pertenecía al aquelarre ahora, sino que un peso mucho mayor descansaba sobre sus hombros.

A la lejos resonaba la alerta de las sirenas policiales, el bullicio del gentío, la música estridente proveniente de los sitios de ocio y recreación. Las carcajadas se elevaban superando inclusive el ronroneo del motor y la voz femenina que anunciaba el clima en la radio. No era de extrañarse que muchos de los suyos optasen por el exilio lejos de un paraíso así de exótico y moderno. Un Piccadilly Circus enorme en el que los Teatros y pequeños museos curiosos eran reemplazados por tiendas y clubes nocturnos. Todo el mundo iba a prisa, corriendo para llegar a tiempo o nadando contra la corriente para volver antes de que fuese tarde.

¿Pero a dónde iban? Se preguntó a sí mismo, con una mueca divertida al observarlos por la ventana. ¿A dónde corren? ¿Les importa acaso? La oscuridad más profunda pareció nadar en lo hondo de sus ojos azules, batiendo las alas negras en el interior de su mente de predador que silenciaba en aquel instante todo ruido ajeno a los acompasados latidos. Ganado. Nada más que simple y mundano ganado. Aquello se le antojaba en aquel momento, y le recordaba entonces su misión.

Detestaba cuando el placer se mezclaba con los negocios, pero había momentos en los que realmente no quedaba otra opción. Jamás degradaría a los de su raza, forzándoles a alimentarse a escondidas en sucios escondrijos y arrastrándolos por pasadizos de mísera y putrefacción. Era ese el motivo que tiraba de él y lo conducía hasta aquel sitio hasta hace poco desconocido, ese que más de un miembro del aquelarre adoraba y recomendaba. The Midnight Club, hasta el nombre parecía apto y hecho a medida. Tampoco era un misterio que la presencia sublime de los hijos de la noche atraía al antro de deseos prohibidos y gusto sofisticado una significante porción de clientela mundana. ¿Acaso no sería fructífero para ambas partes el llegar a un arreglo? Su mente retorcida y maquiavélica creía fielmente que sí. Después de todo, no era ilegal para los de su especie la alimentación directa de mortales, siempre y cuando estos no corriesen un riesgo de vida. Y no lo correrían. No si el acuerdo que pensaba tratar con el dueño del club les permitía el uso de las salas VIP para darse el gusto de beber de sus clientes. A cambio la exquisita belleza de los inmortales sin duda acarrearía una más que interesante cantidad de incautos... y no es como si a ellos les faltasen los fondos para incentivar la decisión de ser necesario.

Desconocía como hubiese manejado la situación la baronesa vampira en su lugar, más tampoco se consideraba un mero peón que necesita de órdenes estrictas y carece de libertad de acción. Los hijos de la noche eran el siguiente paso en la evolución, criaturas marcadas por cual entidad fuera, convertidos en depredadores natos. Sus presas disfrutaban con gusto masoquista de la sustracción y tenían una mentalidad tan ridículamente manipulable que ignorar aquel beneficio hubiese sido un desperdicio.
El motor finalmente se silenció, cerrándose la puerta tras el hombre de un fuerte portazo. Dos veces timbró la alarma al activarse y las llaves fueron guardadas de un ágil movimiento en su bolsillo. El viento agitaba apenas el cabello color ébano, meciendo el traje Boss más fracasando en mover de su lugar la firme corbata cobalto o siquiera desacomodar las almidonadas y perfectamente planchadas solapas. Lustrosos zapatos marcaron paso a paso el andar sobrio del varón desde el vehículo hasta la entrada, donde se detuvieron a penas un momento antes de traspasar.

Era aún temprano y pocas presencias ocupaban el local. El inconfundible Channel N°5 que gustaban de usar las vampiresas estaba impregnado en el ambiente, teñido con la cuota justa de vino que los demás hombres del aquelarre usualmente pedían. Todos estaban allí, sin saber con exactitud lo que sucedería, esperando por cualquier señal de su segundo al mando que indicase que algo andaba mal para actuar. Mientras tanto, disfrutarían. Eran aquellas sus órdenes explícitas.

Levantando el mentón atravesó el portal Nathaniel Hellrune, sus ojos astutos y celestes brillando en anticipación.


Después de todo, de un modo u otro, siempre obtenía lo que quería.

Siempre.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Lia Gavianni el Vie Mar 15, 2013 8:28 pm

La hipocresía es un recurso natural, no solamente usado por la gente como nosotros, sino por la común y normal. Solo hace falta mirar a mi alrededor y darme cuenta de que en todos se esconde un mentiroso, un manipulador o... un asesino.


Un día mas, el sol se perdía en el horizonte, agonizante sobre su lecho final. La inevitable noche velada se abría paso sobre el cielo, del cual ardían llamaradas enfermizas, como si con ello evocaran los inextinguibles fuegos del infierno. Un llamado a las criaturas que despertaban tras su largo sueño, somnolientas y ávidas por consumir aquel mundo a simples cenizas. Se desperezaban sobre sus lechos de maldad y se removían inquietas en sus madrigueras, atentas, expectantes... El sol finalmente sería reducido a bajo el embrujo de la bóveda nocturna, precediendo al desenfreno incontrolable de aquellos que se adentraban entre las sombras.

Para la diablesa, un día no significaba nada mas que la suma constante en la que se reducían sus 2.700 años. Toda una larga existencia que se reducía a un simple borrón de épocas, civilizaciones e imperios convertidos en sombras del ayer. En ocasiones el tedio era tal, que sería capaz de exterminar a unos cuantos de aquellos mortales con tal de recrearse un rato sobre sus cabezas.
Era una criatura poderosa, y si fuera capaz de sentir alguna otra cosa a parte del constante desprecio, quizás hasta incluso podría considerar sentir lástima por ellos. Pobres y desdichadas criaturas, agonizantes sin apenas percatarse de que la vida se escapaba de ellos. Destilaban el olor dulzón de la putrefacción en sus carnes y observaban el mundo desde unas cuencas vacías.
Con gusto ella misma terminaría con su sufrimiento. Al fin y al cabo...¿Qué le supondría a alguien como ella llevar a cabo aquella tarea?

Lía se deslizaba entre los clientes que habían acudido a su club nada mas bien entrada la noche, caminando a paso tranquilo junto a ellos y atrayendo con la mirada a aquellos que jamás lograrían entretenerla, pero que muy bien podrían hacer de aquella noche algo mas llevadera.
Era obvio que todos estaban ansiosos por acudir allí una vez el hechizo que escondía la noche se desplegara sobre sus miserables existencias, caminando sin saberlo hacia las fauces abiertas del lobo. Y mientras ella sentía como sus almas se corrompían presa de los excesos y la lujuria, las víctimas posaban sus ojos complacidos sobre la mujer momentáneamente, dejando de lado por unos segundos sus juegos de mesa, aturdidos bajo el propio hechizo en el que ella los sometía. Sus apuestas eran altas, quizá mas de lo que eran conscientes a aceptar, y sus almas estaban siendo fácilmente puestas sobre el tapete en un juego que iba mas allá de lo comprensible. En aquel lugar, uno no venía solo a que le sirvieran unas copas, puesto que eran atraídos por una fuerza mayor que los impulsaba a abandonarse al pecado, sirviendo como cebo para criaturas como ella y siendo fácilmente manipulables a sus antojos.

Al fin y al cabo...¿Por qué molestarse en manchar sus manos, cuando era mas divertido observar como ellos mismos caminaban por su propio pie el sendero de la perdición?

El club Midnight levaba unos cuantos años abriendo sus puertas a aquella ciudad, ganándose una reputación inestimable y rodando a la perfección. Nada de lo que ocurriera allí dentro escapaba a su atención, fuente continua de los movimientos en los bajos mundos, de las constantes idas y venidas de nephilims que se aventuraban a adentrarse en sus dominios así como las diversas criaturas que merodeaban por allí. Compañeras de juegos de la caprichosa diablesa, a la cual le gustaba tirar de los hilos mentales que llegaban a ella en forma de información. Y en ocasiones, incluso hasta se daba el placer de manipular a aquellas marionetas con propósitos menos intrincados, salvo el de su propio disfrute y diversión.
Pocas cosas había capaces de llamar realmente la atención de aquella criatura fría y contemplativa. Su bien organizada tapadera le ofrecía una estabilidad, un lugar mas entre los miles en los que había estado, pero jamás podría llegar a considerarlo un hogar, y mucho menos se sentiría satisfecha con todo cuanto la rodeaba. Solo existía una cosa que realmente mereciera pensamiento alguno para ella, pero sus propios intereses la habían conducido hasta aquel punto, y ahora lo que antes había creído correcto, se le antojaba aburrido y monótono...

Pero aquella noche sucedió algo capaz de despertar el interés de la diablesa, la cual desconectó por varios minutos de aquel caótico maremágnum de clientes que iban llegando con el único propósito de centrarse en esa única cosa.
Era imposible explicar a ciencia cierta como es que semejante cantidad de cosas podían resultar entendibles bajo aquella cabellera rubia, recogida con maestría sobre su cabeza salvo por unos mechones que enmarcaban su rostro. Sus ojos, relucientes sobre aquel azul pálido, se entornaron divertidos con la mirada puesta a varios kilómetros de distancia. Minutos, contaba con minutos hasta poder disfrutar de aquella visita que demandaba su atención aquella noche.
Sus pensamientos cobraron forma, regalando a su curiosa anfitriona retazos de imágenes que se sucedían tras aquella mirada fría... Y lo que encontró no la dejó para nada decepcionada.
Aunando un poco mas en aquella criatura, concibió bajo su inquisitiva mente el reflejo de un rostro masculino frente al espejo, de rasgos marcados y ojos acerados que brillaban con morbosa y retorcida diversión.
La cara oculta del hombre tras el cristal.

La diablesa, que en aquel momento se hallaba entretenida por varios hijos de la luna en uno de los reservados, los ordenó marchar, no sin antes prometerles con la mirada que mas tarde terminarían con lo que habían empezado.

Hizo llamar a una de tantas mortales que trabajaban para ella. Una simple bailarina que se había ganado el favor de la diablesa por lo insignificante que era y lo fácilmente manipulable que le resultaba. Ella era sus ojos y su cuerpo, una cáscara vacía que era incapaz de hacer un sólo movimiento sin que la Diablesa se lo ordenara, una muñeca rota mas manejada por su titiritero.
Las órdenes eran claras, aunque de bien poco servirían. Aquel bonito rostro de ojos pardos solo servía para atraer y complacer, y eso mismo es lo que haría.

La diablesa aguardó paciente, inmóvil como solo una criatura sobrenatural como ella podría estar, desde sus largas piernas cruzadas sobre sus tobillos hasta la copa de vino que sostenía entre los delgados dedos de su mano. Toda ella erguida con elegancia, enfundada en un Vestido de un inmaculado color gris perlado que realzaba su figura, amoldándose a su cuerpo a su y cintura con un delicado cinturón negro; siempre elegía vestidos modestos, pero que a la vez jugaran con su apariencia depredadora.

Pero, a pesar de que aquel cuerpo mantenía una compostura relajada, denotando la comodidad que le confería el encontrarse en el epicentro de aquel universo, su mirada escondía un brillo malicioso y expectante. Quizás incluso la diversión de poder hacerse pasar por una subterránea mas, le confería a todo aquello mas entretenimiento, envuelta como se hallaba en su halo de misticismo, desprendiendo un aura imposible de determinar.

Y el encuentro no se hizo de esperar.

La muchacha que había salido a recibir a su nuevo cliente apareció frente a ella, haciendo a un lado la pesada cortina de terciopelo que separaba la zona privada del local.

- Señora Gavianni...- Murmuró aquella torpe solo con el arte que le confería ser una cabeza hueca. Lía clavó una única mirada helada sobre ella, algo completamente innecesario, pero que conseguía el efecto deseado de temor y sumisión. La mujer calló de pronto, silenciada por aquella mirada que se deslizó con parsimonia de ella hacia su invitado, fijándose en todo el conjunto con unos ojos menos fríos pero si mas inquisitivos y curiosos. Su fachada, la de una mujer que se preguntaba mil razones que justificaran el motivo de aquella reunión. Su mente analítica, la de una serpiente que ondeaba a su alrededor, tentando y escudriñando todo cuanto no se podía ver a simple vista.

Una de las comisuras de los labios de la diablesa se alzó en un costado. Sus labios adquiriendo una pequeña mueca en parte juguetona y divertida instantes antes de llevarse la copa a sus labios sutilmente, sin dejar de observarlo con detenimiento conforme bebía. Toda una artimaña puesta en escena instantes antes de bajar la copa y humedecerse los labios.

- Buenas noches, señor Hellrune.- Musitó en un tono que se deslizaba sobre la tenue música que los envolvía en aquella pequeña sala. Todo cuanto se podía apreciar allí dentro, incluida ella, era iluminado por la tenue luz que les confería una mesa de vidrio en el centro, la cual hacía la función de lámpara. Todo estaba impregnado por una luz turbia, la imprescindible como para envolver a sus visitas en aquel rincón íntimo de la privacidad necesarias. Paredes empapeladas con gusto y cómodos sillones que dominaban el centro mismo del lugar. Alfombras, cojines desperdigados por doquier, un mini bar abastecido con toda clase de bebida...

El lugar idóneo con la cantidad justa de elegancia, modernidad y sordidez para una charla relajada o... algo mas.

Su sonrisa se amplió, haciendo alarde de sus encantos, pero también se buena parte de los secretos que se escondían tras ella.
Sorpresa, Nathaniel. Yo también sé jugar a este juego de verdades a medias.

aviso importante:

La esencia de la diablesa es imposible de detectar, puesto que posee y emite unas cualidades semejantes a las de un hada.



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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Magnus Bane2 el Miér Mar 20, 2013 9:06 pm

• El sentido común no es más que un depósito de prejuicios establecidos en la mente antes de cumplir dieciocho años... y casualmente, yo todavía los tengo.
. . .

Un manto perlado de estrellas taciturnas que iluminaban el firmamento con minúsculas lucecillas engalanando una noche cualquiera de la gran ciudad. El clima casi perfecto que porfin había hallado el equilibrio después de tantas noches frías y húmedas. La ciudad no parecía querer dormir aún, con tantas personas circulando cerca de donde la oscuridad crecía. Grandes sombras emergían poderosas y febriles esperando a que algún ser desprevenido cayera en sus funestas redes. Algunos pasajeros, fácilmente aceptaban tal destino en la eternidad de la oscuridad latente. Muchos seres se adentraban a la cúspide de la fatalidad buscando diversión misma que podrían encontrar tras las puertas de aquel lugar. Promesas eran lo que hallarían una vez se cerraran las puertas de la desdicha tras ellos. ¿Qué buscaban aquellos que se acercaban a las grandes puertas de un lugar siniestro que en apariciencia recitaba la letanía de la muerte y en su centro proclamaba bajo un último suspiro?...

Eran esas noches que auguraban grandes placeres, los que atraían a seres en búsqueda de diversión, más no sabían que diversión para algunos es una oculta intención que pudiera convertir en tragedia aquella noche colmada de promesas. ¿Quién lo diría? Estaban aquí los que luchan por la paz. ¿Un agente quizá, o solo fanáticos que buscan la libertad de acciones engañosas y egoístas? No, solo eran personajes que un lugar en el mundo han de buscar hallando con ello una identidad, misma que el brujo acaba de divisar. Seres con esencia angelical, unos más que otros los mostraban en sus rasgos y actuar. Como esas hermosas hadas inmortales; elegantes vampiros estirados hasta lo inverosímil en su raza que ellos creían superior; humanos risueños, sonrojados por la vida misma que en su cuerpo corría; o incluso esas Nephilim que con encanto y mortalidad en la finura de sus rasgos a sus orbes envolvió.

Bane se vistió con un elaborado atuendo que lejos de parecer ridículo, rayaba la idea de lo estrafalario. Pantalones de cuero, tan negros como la noche misma un par de cadenas se enganchaban a su cintu; la playera maga larga azul cobalto con magníficas y diminutas letras B garabateadas en dorado, botas altas de toscas hebillas y una libra -al menos- de purpurina encima. Un toque azul en los labios, oscuro delineador para sus brillantes ojos felinos y para rematar su atuendo a su mano izquierda le escondía un mitone de cuero lleno de cierres. Prácticamente le faltaba llevar la moto demoniaca para tener el look completo.

Alec le había regalado ese guante sin dedos, como una clase de broma personal extraída de sus vacaciones juntos. El brujo había reído a carcajadas suelta cuando Alec le entregó el pequeño paquete que envolvía el regalo; se ganó una mirada disgustada del moreno pero había valido la pena con tal de verlo sonrojado. Ahora el disgustado era Bane. ¿Quién en su sano juicio rechazaba una invitación de juerga del mismísimo Gran Brujo? Solo se lo podía permitir a un Ligthwood en específico…

Su móvil sonó y por mera curiosidad lo extrajo de su apretado pantalón. Alec le llamaba, ¿qué movía ahora al nephilim, curiosidad, celos o remordimiento? Quizá un poco de los tres y de haber estado Magnus en su loft le habría contestado, no obstante, las jovencitas que hoy eran su "cita" le abordaron.
Bane sonrió mostrando un diminuto colmillo, guardó su móvil y de dedicó a sonreír haciendo un ademán que significaba "o por favor deja de adularme, pero, continúa que sabes que me encanta".

—Encantadora y maravillosa Adrianna, ¿qué te he dicho sobre hablar maravillas de mi? Sé que todo lo que digas será cierto, pero, dejemos algo a la modestia— sonrió e hizo una inclinación elegante hacia la chica Carstairs. —Es un gusto conocerle...— hubiera querido decir que era un placer, aunque el placer apenas estaba a punto de comenzar.

Carstairs. "Eureka" chasqueó los dedos. Su apellido por fin brillo en la mente del brujo. Ahora entendía el porqué le sonaba conocido. Su sonrisa se ensanchó reflejando un millón de emociones, entre ellas la melancolía del pasado. Esperaba que Adara tuviera un mejor destino.

Bane no estaba nada acostumbrado a pagar, por lo que simplemente se apareció entre sus finas manos -de hombre que nunca ha hecho nada de labor en su vida- una bebida burbujeante de un intenso color borgoña. Casi podía pasar por sangre. Evidentemente, no lo era. Despedía un aroma a incienso que aturdía sus sentidos y extasiaba su sed. No era su favorito, pero para comenzar estaba bien, más cuando debía cuidar de dos adolescentes. Empezó a pensar que eso de salir con niños era la perdición de su descontrolada diversión.

—Digamos que mis fiestas son justo lo que deseas— rió divertido. Adoraba las historias que se chismeaban después de sus fiestas. Algunas eran tan ridículas, divertidas y bizarras que se permitía reír durante horas mientras las escuchaba o narraba. Bane siempre terminaba embarrado en aquellos parajes chuscos. —Si es que deseabas bailar ulaula con las hadas, perseguir la cola de algún licántropo o enfriar tu bebida en el sexy cuerpo de un vampiro— apuró su bebida y su vaso se rellenó sin esfuerzo alguno.

Las dirigió a una mesa a la izquierda. Una buena zona para tener su atención en las personas que entraban y salían, las que bailaban y la barra. Estratégico para el brujo si se suscitaba algo. Se escurrió en uno de los asientos y muy animado barrió el lugar con su mirada. Notó varios subterráneos realmente fuertes, un par que podrían caer en tan solo un soplido del lobo feroz y mundanos que disfrutaban de su noche de juerga frente a personajes míticos ridículamente hermosos a sus ojos. Una hada rubia a la que confundió con Mekhare, aunque ella nunca saldría de la corte sola, "raro".

—Bueno bizcochitos, beban un poco, eleven ese ánimo que apenas suene la canción que me mueva bailarán hasta morirse— dio un trago más y su bebida de color cambio, la bebió con rapidez.

No tardó ni cinco minutos sentado. Ese no era un lugar para beber y quedarse mirando los unos a los otros. Bane hacía fiestas por una sencilla razón. Bailar y perder toda cordura.

—Vamos, vamos, levanten ese traserito del chicloso asiento— se levantó de un salto —y bailemos que la noche es joven pero ustedes no lo serán por siempre— dicho esto tomó a Adrianna y a Adara de la muñeca y las llevó o más bien arrastró a la pista de baile. Había poco espacio y el aroma de la humanidad era a este grado, interesante. Magnus bien podría perderse entre estos andares y quizá, esta noche se lo permitiera.

Su móvil vibró en su bolsillo.

Oh, quizá no...
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Vie Mar 22, 2013 12:16 pm

Where there is desire
There is gonna be a flame
Where there is a flame
Someone’s bound to get burned
But just because it burns
Doesn’t mean you’re gonna die.
You’ve gotta get up and try

La compañía de Magnus y Adara aquella noche, suponía para la nephilim un refuerzo, una distracción para calmar su alma, si bien no era excesivamente amiga de fiestas, a veces su mente masoquista la invitaba a pasar un rato en una. Aunque las fiestas de Magnus eran tan caóticas que a veces dejaban escapar situaciones en las que la risa se desataba. Aún rememoraba al pobre licántropo que trató de ligar con ella vestido de hada, Magnus le había dicho que a ella le atraían las hadas, y el joven no tuvo otra opción. Después de eso, si le veía, este se tornaba rojo como tomate y huía de ella sin darle tiempo a explicarse. Volviendo al local con la voz de Magnus, veneraba que le elogiaran, ella solo fue sincera pero cierto, cuando se percató de algo. Vio una chispa de melancolía en los ojos de Magnus cuando le presentó a Adara, quizás él conocía a mas Carstairs. Así desentrañar sobre el origen de Adara, como contó buscar el porqué de su abandono. Pero la noche era para disfrutar no para asuntos de nephilim secretos. – Vamos como que tu no provocas que eso ocurra Magnus, me dirás que tu no provocaste la moda de afeitarse una ceja. –le recordó la situación: Cuando estando en una de las fiestas, un brujo novato se voló la ceja, y Magnus le coreó siguiendo todo el mundo la misma idea. Por suerte o sensatez, ella no siguió la moda de aquella fiesta. Miró a Adara a punto de soltar una carcajada. – Si creíste que lo del invernadero del instituto fue incoherente, ven a una, entonces verás que nos queda mucho que aprender. Además Magnus siempre trae un amplio sector de varones apuestos. –pronunció arrastrando las palabras, mientras daba a un trago a su coctel. Dulce pero no empalagoso, a su gusto sin duda, apenas notaba el sabor del alcohol.- Si, la mayoría tienden a enamorarse de Magnus, pero a veces tienes suerte y alguno se fija en ti. Yo tengo la maldita maldición de atraer a los vampiros, aún estamos intentando averiguarlo. – añadió sin tener aun explicación a esa conexión con ellos, de pequeña temía que se aparecieran y ahora estaba detrás de uno, como una idiota. Estaban charlando cuando sintió un frio en su espalda, y se giró. Juró que era un vampiro, quizás Nathaniel, pero él se había alejado de ella. Era lo justo que ella se alejara de él, aunque en el fondo quisiera lo contrario. Arduo y doloroso tratar de contradecir a su corazón.- Nada, solo creí ver a alguien que conocía. –mintió y prosiguieron hablando de las fiestas de Magnus.

Habían tomado asiento en una mesa, y la conversación se impregnaba de magia y risas. Magnus era perfecto, sus ojos gatunos asombrando y eclipsando con su mirada. Adara hacía gala de buenos modales, y su esencia tan sosegada y placida, eran ambos el equilibrio que Adrianna requería, y agradecía que por fin estuvieran juntos. Así que podía dejar escapar su mente entre las anécdotas más graciosas, y abochornantes que acababan en una amplia carcajada. Acabaron las copas, aunque Adrianna no quiso pasar de la primera, era suficiente. Cuando a Magnus le urgió la necesidad de bailar. Ella no era como él, Magnus era un autentico bailarín, ella únicamente conocía los bailes de salón que le habían enseñado, aunque siempre se podrían adaptar en lo posible al ritmo de la música. En la pista de baile, el jazz desaparecía, y en su lugar otros estilos musicales más acompasados, se hacían paso. La nephilim trataba de que no la pisaran ni pisar a nadie, era una noche idílica, odiaría romper ese recuerdo por meter la pata. – Vas a tener que guiarme, no sé bailar esto, y tú lo sabes Magnus. – se ruborizó y vio al mago mirar hacia el bolsillo. – Olvídate del teléfono por una noche. Vamos, ya que nos arrastraste a bailar, déjalo que suene. – La música era adictiva, y llevaba casi un ritmo diferente de seguir pero en el que hasta una danza clásica podía encajar. Magnus la hizo girar sobre sí misma, alzando ligeramente el vestido, llenándola de vida y alegría. Sin darse cuenta estaba llamando la atención a más de uno que bailaba cerca de ella. Las hijas de Raziel brillaban gracias a Magnus Bane, eran el centro de atención de la pista de baile. –It’s the way I’m felling I just can’t deny, But I’ve gotta let it go.- cantó al ritmo de la canción, mientras giraba otra vez, las luces, la música y la compañía. Deseaba que jamás nada de ello se apagara, vivir ese momento tantas veces como fuera posible.We found love in a hopeless place – Adara y ella cantaron el estribillo perfectamente sincronizadas como si hubieran ensayado, y al final Magnus no se resistió la risa se desató. Adrianna lograba olvidar su tristeza, las semanas de ansiedad, y llanto tragado, las lagrimas derramadas, ahora eran ceniza de la que resurgía con mas fuerzas. Ahora que Magnus se había ausentado un momento, Adrianna tomo de la mano a Adara y le enseño algunos pasos.- Yellow diamonds in the light…-seguía cantando, bailando con la nephilim, su amiga, sin importarle que fueran el centro de atención de los hombres en la barra y pista. Ellas disfrutaban de una noche sin tener que empuñar un cuchillo serafín, como mundanas. ¿Es que los nephilims no podían disfrutar de la vida? ¿Solo se debían a la guerra? No también tenían derecho a disfrutar en sus breves vidas, y esa noche se lo merecían.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Adara Carstairs. el Mar Mar 26, 2013 7:50 pm

No podía saber con exactitud que era lo que Magnus pensaba cuando le dirigió esa extraña mirada cargada de melancolía. El brujo debía haber vivido durante mucho tiempo y quizá conociera mucha más de la historia de su familia que ella misma, no es que los años se le notarán, él destilaba vitalidad en cada poro. No tenía intención de permitir que sus demonios interiores le arruinaran la noche, iba a divertirse, y de paso tratar de ayudar a su buena amiga, quien estaba sufriendo penas de amor. Era curioso como el tema del amor funcionaba, estaba lleno de obstáculos y sufrimiento, e inexplicablemente, quienes se veían afectados por él luchaban por conseguirlo. A ella no le interesaba agregarle complicaciones a su vida, ese parecía ser el principal motivo por el que nunca se había enamorado.

—¿La moda de afeitarse una ceja fue idea de Magnus? —preguntó divertida. En más de una ocasión había visto a uno que otro iluso con una ceja afeitada, coqueteando descaradamente con cualquiera que se le cruzara, cómo si la dichosa falta de vello sobre su ojo fuera poco menos que una de las siete maravillas del mundo. —He tenido suficiente información para estar segura de que el invernadero se queda pequeño comparado con una de las fiestas de Magnus —rió divertida ante los dichos.

Un vacío blanco y cegador irrumpió descortés en su mente, no le impidió ponerse de pie junto a sus acompañantes y bailar al ritmo de la música, las luces centelleantes le hicieron ver cuan importante era Magnus para Adrianna, esa noche parecía otra persona. Su sonrisa se asomó, pocas veces la había visto sonreír de ese modo, reía a cada momento mientras el brujo la hacía girar sobre sus pies, sus ojos deslumbraban a cualquiera que cometiera la osadía de mirar hacia sus lares, en ese estado eran capaces de hipnotizar, llevar a cualquier desdichado a la deliria. Era increíble que pudiese destacarse de tal manera estando junto a Magnus. Él, por su parte, brillaba tanto, o incluso más, que el sol y las estrellas. Aún estando de pie, dándole su propio protagonismo a Adrianna, no se dejaba opacar, era una luz brillante para un barco perdido, la seguridad de encontrar un destino al final del viaje. Ambos atraían miradas codiciosas, unos optaban por uno, otros por el otro y de vez en cuando, elegían a los dos, se quedaban bajo el hechizo óptico de la pareja que sin notarlo, ya era el centro de la pista. La distracción momentánea de Adrianna se había esfumado por arte de magia, Magnus, por otro lado, aterrizó por culpa del artefacto que cargaba en el bolsillo. El tumulto de voces era agonizante, más podía distinguir el timbre de voz de ambos personajes a su lado, si el brujo le hacía caso a su amiga, no habrían más distracciones en el resto de la noche.

Las voces coreaban, en ese momento se reproducía “We found love” la conocía, sí, no dudo en unirse al improvisado karaoke libre y cantar junto a la nephilim, ese acción no hizo más que provocar la risa divertida de Magnus. Tan ensimismada estaba en la letra, que casi podría haber notado la repentina desaparición en el grupo, pero claro, segundos después lo descubrió. Se mantuvo al lado de Adrianna, ésta le enseño algunos movimientos, los que milagrosamente resultaron más sencillos de los previsto, y ambas bailaron al ritmo de la música, cantando en el momento preciso y riendo cada dos segundos. No importaba lo que hicieran, en ese momento sólo existía la música y los movimientos, repitiéndose una y otra vez, en una extraña e inusual película de la que ambas eran protagonistas.

Poco tiempo después, Magnus volvió. Su gesto era indescifrable, a la simple vista una sonrisa, cuando veías con la mente abierta, no sólo estaba eso. Adara no podía interpretarlo, apenas lo conocía, y parecía una persona imperturbable. En cambio, Adrianna podría decir mucho más acerca de él.

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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Jue Abr 04, 2013 5:21 pm

Ojos pardos clavados en su pálida piel, inyectados en deseo, emponzoñados por la lascivia y la corrupción. La mirada de una frágil humana entregada a placeres inmorales, siempre ávida de perder la consciencia bajo el tacto cruel y posesivo de un hombre como él. La bailarina se aproximó con pasos suaves, escudriñándolo con descaro y patente perversión, deslizándose sinuosamente hasta las redes del predador, seduciendo gustosa su camino hasta una muerte prematura. Descuidada posó sobre él sus manos suaves y pequeñas, llenándolo de caricias suaves e innecesarias. El pulso agitado bajo la piel, el calor creciente emanado por el cuerpo anhelante de sus caricias.

Nathaniel no pudo más que sofocar una risa, asqueado y complacido en partes iguales por la oleada de emoción perversa que a él acudía. Un cosquilleo helado subía por su espina, embriagándolo del placer de aquella sensación tan conocida. Casi podía escuchar el siseo gutural de una bestia jamás dormida retorciéndose expectante en lo más hondo de su subconciente, sedienta no de sangre sino de muerte, de su ansia más asesina. El cuerpo cálido de la mujer junto a él evocó muchos otros. Piel. La piel ardiente y deseosa de docenas de libertinas como ella perdidas bajo sus sábanas, amándolo en su inconsciencia, desconocedoras de la criatura pérfida y cruel a la que se entregaban. Sangre. La sangre escurriendo por sus labios saciados. El cuchillo perforando la piel y el músculo, hendido en la carne viva de una criatura que luchaba pobremente por su vida. Las suelas de sus lustrosos zapatos pisotreando un rostro ajado por las lágrimas y el maquillaje barato, el sudor de sus mejillas convertido en hielo. El sublime placer oscuro de cometer un homicidio. Pues eso era, un placer, una dulce liberación, un escape necesario de todas las válvulas hidráulicas que se lleva dentro. Hueco, vacío, incapaz de sentir. Tal vez no era como en esos años se había pensado, intocable e inhumano, regodeándose en la curiosidad y la frustración de quienes lo perseguían bajo el seudónimo de “Jack”. Pero eran sus mismos sentimientos y emociones los que lo volvían la más mortífera de las criaturas. Adoraba matar, ansiaba la sensación de control y poder que arrasaba con él al arrebatar una vida. Nathan no había nacido de la maldad, la había elegido a consciencia en cada instancia de su vida. Él mismo había descendido voluntariamente cada paso en su escalinata al infierno, tirado por la necesidad creciente y el anhelo de venganza. Más ya luego de comenzar su descenso, luego de asesinar a todos aquellos que destruyesen su fragilidad y convirtiesen en un martirio su vida. Luego había continuado bajando peldaño a peldaño, no porque debía, no porque lo necesitara, sino porque quería. Cualquier otro justificativo no hubiese sido más que una vil mentira.

Era el club en sí mismo aquel que evocaba la inquietud de su más desgarrador instinto, aquel que lo seducía y divertía en sus cavilaciones aun y mientras seguía los pasos de la bailarina. Una risa ronca escapaba tenuemente de sus labios, atrapado en la evidencia de su propia condición, perdiendo el dominio racional ante la corrupción que con vehemencia lo sacudía.

Por un largo corredor de luz negra, pasando los suspiros de éxtasis y los cánticos de lujuria cansina, se manifestó frente a él la criatura más magnífica, hermosa como un regalo del cielo gélido en su indiscutible majestuosidad. Y la dama de etérea belleza angelical lo observaba curiosa y expectante, envuelto el aire cálido en un aura de poder demencial.

Extasiado no pudo Nathaniel más que sonreír con complacencia, formándose dos hoyuelos en las mejillas cinceladas. Un batir de alas negras oculto bajo la gélida perfección de sus ojos claros y astutos, emponzoñados aún por la marea de perversos recuerdos y ansia homicida.

— Los rumores no le hacen honor al privilegio de su compañía, señora Gavianni...— La voz ronca de Nathaniel rezumaba de autoridad y respeto— Podría ahora hablar de los asuntos que a ambos nos atañan. Sin embargo asumo sin temor a equivocarme que ya conoce mis intenciones en demasía.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Lia Gavianni el Jue Abr 04, 2013 6:01 pm

You looking at me but I'm lookin through you
I see the blood in your eyes
I see the love in disguise
I see the pain here in your pride
I see you're not satisfied

Inmóvil, etérea y expectante aguardaba la diablesa al portador de tales imágenes enriquecedoras para sus sentidos. Sus ojos, evocadores de un paraíso corrompido por la malicia escondida tras ellos, lucían brillantes y entrecerrados por el placer que la embargaba, fruto de una emoción apenas contenida . En aquel momento, las imágenes residuales de viejas experiencias llegaban a ella sin necesidad de mas esfuerzo que el de deleitarse con suma gracia en el regalo que le entregaba aquel hijo de la noche de gustos exquisitos, todo ello sin apenas ser consciente de lo que le ofrecía con reverente magnificencia y con todo lujo de detalles promiscuos.

Ante ella, un hombre con aires del antiguo mundo, de porte aristocrático y belleza inhumana, una combinación capaz de convertirlo en un poderoso aliado o en un soberano embustero, hermosura embaucadora capaz de eclipsar la razón de sus adversarios o la cordura de sus victimas instantes antes de sentir su vida escapar de su cuerpo con la imagen residual de semejante criatura. Poco o nada podía escapar del raciocinio de la diablesa, que observaba las mil y una facetas resumidas en una sola, la cual se encontraba parada frente a ella con aquel tupido velo ligeramente corrido, dejando translucir parte del vicio y la corrupción de un alma que hacía ya mucho tiempo había carecido de valor a ojos de criaturas como ella.
Los mortales eran capaces de condenarse por sí mismos sin la ayuda de entes que los incitaran a ello, aunque eso no impedía que seres como ella se sintieran tremendamente fascinados por la belleza inusual de maldad acechante tras el rostro impávido de un ángel que brillaba por sí mismo, con la malicia genuina que se revelaba en la caída de su espíritu inmortal.

Lía no pudo esconder parte de la diversión que le provocaba aquella sucesión de recuerdos, aquella personalidad abstracta y afín a su propia naturaleza. Lo mas excitante de todo era que no existía arrepentimiento alguno, ni tan siquiera un leve resquicio de remordimientos o culpabilidad por sentir los impulsos asesinos que sentía. Y mientras jugueteaba con la copa entre sus finos dedos, consideraba aquello que tan ansiadamente buscaba, seguro y pagado de sí mismo con la creciente seguridad de que conseguiría todo lo que se proponía. Todo.
Solo había un hombre en su vida capaz de arrebatarle la razón, capaz de ganarse la concesión a sus caprichos desmedidos, y aunque aquella magnifica criatura se le antojaba digna de admirar, no sucumbiría a sus designios con tal facilidad. Al fin y al cabo, los demonios eran criaturas egoístas y ególatras que solo pensaban en sus propias necesidades, felinos juguetones que se divertían a costa de sus ratoncillos, por mucho que éstos se ganaran el puesto de depredadores por derecho propio.

Ciertamente los rumores son infundados, Milord. — Murmuró en un tono cantarín, no carente de diversión debido a las palabras del caballero que buscaban halagarla. Indudablemente, lo habían hecho, pero no de la forma en la que él creía. — Puesto que los que han tenido el honor de acompañarme en mis mejores momentos, apenas han quedado lo suficientemente capacitados como para afirmar dicho privilegio.

La diablesa tomó lo que restaba de vino en su copa con deleite, dejando un imperceptible espacio entre una frase y la siguiente con la intención de dar efecto a sus palabras, antes de hacerle un gesto a la bailarina inepta que observaba a ambos con una mirada vidriosa y esperanzada, al igual que una fiel mascota excitada por recibir una orden o recompensa por parte de su amo.
La muchacha prácticamente se teletransportó junto a Lía, tomando la copa vacía que la misma alzaba y llenándola de nuevo del zumo carmesí de la vid, que se asemejaba a la sangre derramada en los mejores recuerdos de aquel hombre. Sin lugar a dudas, aquella era una imagen que le ofrecía miles de alternativas. Pensó sin abandonar la mirada perspicaz que recorría al vampiro con avaricia, ansia y quizás algo mas que no sabría descifrar con exactitud.
Tras un periodo de tiempo prudencial que sugería a ambos medir la determinación del otro, continuó con su discurso sin variar la entonada ni el ritmo pausado y tranquilo que le confería aquella cadencia femenina y impasible, tan característica en ella. Fría y atrayente a partes iguales. Contradictoria y firme.

Conozco perfectamente las intenciones que le traen ante mí, señor Nathaniel, así como muchas otras cosas mas que me encantaría ser capaz de ofrecerle. Pero la respuesta a la principal cuestión que le conviene es un rotundo no. — ¿Una apuesta arriesgada? Tal vez. Pero la diablesa solo pretendía divertirse, probar la valía de aquel hombre, someterlo a la prueba que minaría su determinación o la haría relucir con intensidad. No todos los día se presentaba ante ella la oportunidad de negociar con alguien lo suficientemente capacitado como para estar a la altura de sus expectativas.
Si pretendía hacer de su local su bodega particular, debía demostrarle lo dispuesto que estaba a ello, fuera cual fuera el coste que satisficiera su petición.

Pero que maleducada soy. Por favor, tome asiento. — Exclamó de pronto con fingida cortesía, mascarada de sus intenciones ocultas para embaucar al hijo de la noche por un rato mas. Aquello no podía terminar con un no, pues algo le decía que no se marcharía de allí sin al menos intentarlo. Con un ademán de su mano y la orden silenciosa que tiraba de sus acciones, la bailarina evocó una copa, extraída de algún cajón escondido tras ellos, y se la sirvió a Nathaniel. — ¿Le gustaría saborear alguna reserva especial de mi exquisita colección particular? Quizá degustar algún sabor...distinto, le haga odiarme un poco menos por mi negativa. A no ser que reconsidere llegar a un acuerdo lo suficientemente interesante como para convencerme de lo contrario. — Conforme las palabras iban abandonando sus labios, acompañaba el ofrecimiento con el repentino agarre de la muñeca de la joven que revoloteaba junto a ella, arrebatandole la copa y tirando de ella, forzándola a sentarse entre ambos. Y sin mas, se llevó la mano a la cabeza, deslizando la fina aguja dorada que le servía de accesorio para el cabello, pero que poseía un aspecto peligroso y afilado entre sus dedos en el momento en el que su expresión se volvía cada vez mas taimada y astuta. Sin previo aviso, el extremo mas afilado se hundió en la piel broncínea de la bailarina, que no pudo mas que soltar un suave gemido acompañado por el murmullo adolorido que le provocaba la extracción de sangre en la herida abierta mientras se derramaba lentamente en el interior del vidrio empañado por pequeñas y espesas gotas carmesí.

Los ojos de la diablesa se clavaban sobre el rostro del hombre, sagaces y atentos ante cualquier cambio de expresión que pudiera reflejar conforme la copa se llenaba hasta terminar rebosando por la sangre de la joven y era empujada hacia él, deslizándose sobre la superficie de la mesa frente a ella como si de una ofrenda se tratase.

Dígame, Nathaniel, ¿la bebida es de su agrado...o es de los que prefiere beber directamente de la fuente? —Y tironeando bruscamente del cabello de la muchacha, obligó a esta a alzar la barbilla, dejando completamente expuesta la elegante curva de su cuello, expuesta y tentadora yugular palpitante para una criatura de su condición.
Con una ligera carcajada, Lía se centró en el rostro asustado de la muchacha, complacida por su incapacidad de resistirse mientras acariciaba con su pequeña nariz la suave piel de su cuello, absorbiendo el aroma de su mortalidad en proceso de caducidad. — Criaturas enfermizas y deplorables... tan solo un rebaño de ovejas pastando entre los lobos. — Musitó en un tono bajo y afilado.— Tan apetecibles y estúpidas...



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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Jue Abr 04, 2013 6:26 pm

Los ojos de Nathaniel, de un azul intenso y cristalino, repiqueteaban curiosos y expectantes, absorbidos por completo en el mirar de su anfitriona. Había algo más allí, el eco de una sombra sádica regocijándose en secreto, oculta y distante en un paraíso claro. ¿Y quién era él para decirlo? Nada más y nada menos que un coleccionista de miradas, un inmortal cuya obsesión por los espejos del alma rozaba el filo de lo absurdo. Doscientos años de vida y se diría que lo habría visto todo: la pena, la malicia, el odio más cruel y el amor incondicional. Sin embargo era aquello lo que le fascinaba de este mundo oscuro, retorcido y maltrecho: Siempre había algo nuevo por contemplar. Y aquella mujer era la cúspide de las maravillas, un ideal macabro de fineza demencial. Su agarre inmaterial de cierto modo tan imperceptible y tan tangible a la vez como el aura misma que rodeaba el recinto de perdición y lujuria. O quizás sería él, el tonto que simplemente había perdido la cabeza. No era una opción tan terrible de contemplar, no era como si jamás la hubiese contemplado antes. Su deseo insano por impartir muerte y sufrimiento iba más allá de lo mundano y ordinario, equiparable la sed de destrucción a la de una perversa bestia. Cada vuelta de las manecillas del reloj lo acercaba a su final violento paso a paso, amenazando con arrancarle la cordura y convertirlo en un despojo asesino y desalmado.

Así es, quizás se había cernido sobre él una locura incurable más no inesperada. Una paranoia infundada basada en conjeturas y en su propia debilidad. Pero aun en el sueño más extraño o complaciente, en la pesadilla más hermosa o más cruel, persistía la sensación odiada del escrutinio ajeno, la certeza de ser invadido y leído como un libro. El cazador estaba siendo cazado, indefenso bajo la mirada de otra fiera. De esta sola certeza no albergaba duda alguna.

“Pero la respuesta a la principal cuestión que le conviene es un rotundo no”


Una más que interesante respuesta, una que pudo haber hecho a cualquiera dar vuelta sobre sus talones y marcharse por donde había venido. Después de todo, discutir con un ser tan escueto de visión no sería más que una vana pérdida de tiempo, un desperdicio de imprescindibles minutos de su larga inmortalidad. El mismo Nathaniel contempló la posibilidad de irse por un largo instante, entornando ligeramente los ojos claros y girando la cabeza. Sin embargo, fue la vehemencia e imperiosidad de la negativa lo que lo inclinó a perseverar. No necesitaba del Midnight, contando con más de los fondos suficientes para comprar el lugar o simplemente abrir uno por su cuenta, más ahora que se lo negaban de pronto lo deseaba aún más. Ajustando el nudo de su corbata como la falsificación humana que era, el hombre pulcro y equilibrado que se disponía a tomar su lugar en uno de los sofá y negociar con aquella exquisita dama.

La mirada de Lord Hellrune devenía divertida y juguetona, emponzoñada de la seguridad suicida de un condenado que sonríe frente a la guillotina. Un cosquilleo corría veloz a lo largo de su columna, devolviéndole al alma una sensación casi perdida de vitalidad, desatando un feroz torrente de adrenalina. Reconocía aquella sensación, semejaba la que liberaba su ser más temible y perverso, el asesino sin escrúpulos que gozaba la visión de la sangre y las vísceras, aquel que adoraba arrancar la vida pedazo a pedazo. El verdadero Nathaniel oculto bajo aquella capa de elaborada cordialidad, sonriendo afiladamente con la confianza de un poseso detrás de aquel rostro ensayadamente impasible e irreal.

No mentiré diciendo que el asalto a la mundana lo atrapó por sorpresa, aunque sí se le antojó ligeramente innecesario y engorroso. Aquella fémina gozaba de los placeres crueles, a la malicia por la simple malicia sin llevarla al punto final. Así como él por horas se deleitraba con el sufrimiento anterior a la matanza, ésta parecía disfrutar el estrujar la voluntad. Prolongar por días, meses, inclusive años, el sufrimiento de alguien más, reducirlo a penas a un cadáver andante y ansioso, a un mero esclavo sin deseos o esperanzas. Cavilaciones, cavilaciones... ¿Pero dónde sino en su mente sería libre de cavilar?
Con la comodidad y la elegancia de un Lord frente al más fino whisky, alzó el hombre la copa y se la llevó a los labios. Delicioso era sin dudas aquel trago infernal, el néctar tibio de la vida que alertaba sus sentidos y bailaba en su lengua.

— Una criatura singular sin lugar a dudas— comentó Nathan, estirando los dedos para alzar la barbilla de la bailarina— Es lamentable, sin embargo, que quede poca alma para condimentar la exquisitez de la bebida... —Y mientras susurraba las palabras roncas en un tono más que sugerente el índice se deslizaba sobre el cuello, sintiendo el pulso acelerado de la mundana herida—O tan poca voluntad para siquiera sentir miedo.

Él siempre sería un depredador firme y mordaz, tan confiable como lo es un cuchillo de doble filo. Y tras las insinuaciones susurradas entre las palabras femeninas, mucha verdad de la criatura que las pronunciaba era capaz de develar. No tenía las de salir impune de aquello, no de un ser que lo veía tal cual era: un embustero ególatra y mentiroso, un hombre sin escrúpulos que no dudaba en arrancar de otros la vida. A menos claro, y esto se hacía a cada segundo más tangible, que la criatura que lo acompañaba compartiese o superase la perversidad de su obra. Que aquella mujer desease, por algún motivo, preservar su vida.

¿Y por qué lo haría? Se preguntó entre sí, recordando el rostro de la joven mundana que presumía estaría siguiéndole la pista. Esa desconocida cuya existencia había decidido preservar, solo para disponer de ella cuando se encontrase verdaderamente satisfecho. Curiosidad, simple y genuina curiosidad, pues la inmortalidad va de la mano del tedio.

— Milady, de no ser consciente de mis limitaciones me probaría a mí mismo como un ser irresponsable e impetuoso, indigno de permanecer en su presencia. Sé que nada de lo que diga o haga la hará tomar una decisión que la desconforme, con la misma certeza con la que sé que no me hubiera traído ni invitado a permanecer aquí de sentirse totalmente desinteresada. —Nathaniel hizo una ligera pausa, contemplando a la propietaria del club con una sonrisa entre complacida y serena. Se recostó entonces en el sofá, dándole un largo y hondo trago a la vitae de aquella insignificante mortal— ¿Desea un trato para ambos satisfactorio? Entonces deberemos hablar de placer. El placer pecaminoso y dulce que mantiene este sito andando, el espíritu mismo detrás de la fachada. Desconozco vuestros motivos para desear que así sea, o qué clase de criatura encontraría regocijo en reducir a esto una comunidad mundana. Los desconozco y sin embargo no me son ajenos, pues los concilio como inherentes a la naturaleza vampírica. Después de todo ¿No es la mordida la cúspide del éxtasis mortal? La mayoría solo ha de experimentarla en una ocasión, sin embargo hasta el alma más pura es tentada por su adicción abrasadora y oscura

En este mundo solo existen dos tipos de personas, nada más que lobos y ovejas, los que asesinan y los que son asesinados. Más ¿qué acontece cuando dos lobos se encuentran frente a frente, cuando la fachada se cae a pedazos y quedan expuestas verdaderamente las criaturas de la oscuridad? Probablemente el mismísimo diablo se revolvería divertido en su lecho, bañado en sangre o dulce discordia, expectante al desenlace del juego mortal.

— Podríamos lograr una sociedad para ambos beneficiosa, más adelante, decline la oferta si así lo considera. No me interesa un trato si el compromiso está ausente, y, como bien sabrá, no es ni mi única ni mi última alternativa.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Lia Gavianni el Jue Abr 04, 2013 7:41 pm

En algún rincón del Midnight, el tapete que recubría la mesa de apuestas estaba iluminado bajo las luces ambientales, una isla en medio del mar de mentes que llenaban la sala. Los jugadores se arremolinaban alrededor, lanzando miradas inexpresivas que escondían las aguas turbias del océano vacío y profundo que eran sus conciencias avariciosas. Sus pensamientos alcanzando a la diablesa con el ritmo de las corrientes ininterrumpidas de información que se entremezclaba con tantas otras a las que ignoraba aún cuando el rumor de esas débiles conciencias se hacía eco en alguna parte de su cabeza, desbordándose en los abismos del vacío elemental de su inmortal capacidad para seleccionar qué resultaba provechoso y qué un simple pensamiento fugaz y carente de importancia.

En aquellos instantes, la similitud de la situación que se desarrollaba en la habitación adyacente con la que tenía frente a ella no le pasó desapercibida, tirando de ella por el paralelismo de sus emociones con respecto a los de aquel jugador audaz y osado que media a sus adversarios frente a una pila de dinero. La adrenalina se deslizaba perezosamente por sus venas, retorciéndose en su interior con brutalidad. Las pulsaciones de su corazón impulsando de forma absurda la emoción que acompañaba el acto de cometer una soberana estupidez aún cuando ese diminuto resquicio de moralidad le instaba a la prudencia. La presencia etérea de la mente invasora y oscura de la diablesa acariciando la ajena con la sutileza que precede a ese impulso devastador que avocaría al mortal a su propia ruina y desesperación.
Aquel hombre había perdido ya cinco manos, arriesgando todo su dinero para intentar recuperarse, y aún ahora, cuando su mayor contrincante le provocaba con una mano realmente tentadora, sentía el impulso de bailar sobre el abismo con mayor osadía. El otro, en cambio, que se regocijaba en su propia avaricia, era menos consciente de aquel subidón de adrenalina...

Meterse en la cabeza del otro, saber como piensa, anticiparse a cada reacción en función de la cuantiosa valía de la mano que se apostaba sobre el tapete, sí, la diablesa conocía el sentimiento que cegaba a aquellos mortales y utilizaba aquella información en su favor, pero eso no restaba que fuera capaz de dejarse llevar por la emoción algunas veces, presionando su suerte con la única intención de deleitarse con las reacciones contrarias. ¿Sería aquel tentado por el farol premeditado de Lía? Al parecer, la negativa creaba la misma tendencia en él que en los desafortunados que igualaban las apuestas en una mano perdida de antemano, deseando mas de aquella emoción adictiva.
En ocasiones, el comportamiento del ser humano frente algunas reacciones era, cuanto menos, digna de contemplar.

Por supuesto, aquel no era un ser humano, mucho menos cuando aún conservara aquel reflejo engañoso y distorsionado de uno. Simplemente tenía frente a ella un hombre ambicioso, que jamás aceptaba un no por respuesta. Un no que ella había utilizado como carnada para atrapar al lobo en sus redes, justamente como la joven que en esos precisos instantes era tironeada de sus cabellos por ella.
Lía siguió con la mirada el movimiento deslizante de sus dedos sobre la trémula piel de su presa, que se tensó conforme el vampiro continuaba con el recorrido a lo largo de su cuello palpitante y expuesto, su respiración acelerada y entrecortada en cortas exhalaciones nerviosas.

La sonrisa de la diablesa se amplió, un enigma en su complejidad, cargada de matices oscuros y maliciosos haciéndose eco en el repiqueteo de su risita, que mas bien se asemejaba al ronroneo sobrenatural de una criatura satisfecha con su nueva adquisición. Sus ojos adquirieron una tonalidad extraña, relucientes y entretenidos como se encontraban bailando entre los dos acompañantes sentados junto a ella, mirando complacida a través de sus cabellos dorados, que ahora se derramaban a su alrededor en una cascada de rizos salvajes.

Oh, lo siente,— Susurró complacida, soltándola de pronto. La cabeza de la muchacha dio una sacudida y los observó entre aturdida y avergonzada. Paralizada por el escrutinio de la diablesa sobre ella, que parecía inmersa en sus palabras susurradas a media voz, atrayentes, dulces con el peculiar trasfondo afilado. — está tan vacía que apenas le queda voluntad para resistirse, es cierto, pero eso no significa que no sea capaz de experimentar diversas emociones, como el temor, el dolor,la desesperación, la vanidad, el egoísmo, la adoración incondicional... Ante ella se abre una existencia de oscuridad infinita y eterna, en su interior no hay mas cabida que el grito contenido de su alma atrapada a mi voluntad... — De pronto, los ojos embelesados de Lía adquirieron la dureza del diamante pulido, fijos en el hombre frente a ella.

¿Cree que el dinero es un inconveniente para mi?- Preguntó en un tono mortalmente suave y engañoso, un arma de doble filo a la que él mismo recurría tras la máscara humana que escondía a la criatura en la que se había convertido. — ¿Que soy presa de los caprichos terrenales?- Su risa se hizo eco entre ellos, flotando alrededor de la escena representada bajo la luz ilusoria que les confería la luz negra. — Obviamente, el poder tampoco es un problema...¿No cree?.— Lía deslizó el reverso de sus dedos a lo largo de la suave piel de la bailarina instantes antes de hacerle un gesto con la barbilla. Sin necesidad de palabras, la muchacha ya se encontraba junto a Nathaniel, servicial y complaciente.
Tomó nuevamente la copa que descansaba sobre la mesa y se arrellanó en su asiento, descansando el codo sobre el respaldo en una postura ligeramente ladeada, observando con detenimiento las atenciones que le procesaba la muchacha al hombre indiferente y osado, preguntándose no sin cierta curiosidad cómo de dispuesto estaría a reconsiderar su contra oferta. El vampiro guardaba su propio instinto de preservación latente, brillaba al igual que la comprensión de encontrarse frente a un igual, una criatura felina agazapada tras un rostro de mujer que le devolvía la mirada con una expresión divertida. Las palabras eran un gesto vano, pues sabía perfectamente la conclusión a la que llegaba su trato. Placer, placer en su máximo esplendor. Placer por aquel elixir vital que los mantenía anclados a los mortales por la necesidad de sus instintos predadores. Un placer censurado y privado a esas criaturas por absurdas leyes regentes en su universo paralelo.
Bien poco le importaba a Lía lo que se regía como moral o socialmente adecuado para aquellos que se hacían llamar hijos del ángel. Ella solo se movía en nombre de su propia Ley, que imperaba sobre todo lo que cualquier otro deseara o demandara salvo que fuera ventajoso para sí misma o sus designios caprichosos.

Tras unos largos segundos en los que sus miradas se mantuvieron trabadas, la expresión de la diablesa cambió. La diversión mezclada con la mirada interesada de un pajarillo curioso.

Yo siempre hablo de placer, Lord Hellrune. El placer de incitar bajo la fachada tales tentaciones insatisfechas. Pero como usted bien sabe, además de esas hay muchas otras formas de alcanzar la cúspide del éxtasis mortal...— Sus palabras quedaron suspendidas entre ambos por unos segundos mas, el tiempo que tardó en llevarse la copa a los labios con una mirada cargada de intención que le hacía saber al vampiro que le conocía mas de lo que él alcanzaría a comprender. La mente de aquella criatura era un laberinto lleno de espejos que le devolvían la imagen misma del placer, aquella que disfrutaba de hacer de la muerte toda una obra de arte, ¿y no era el placer un fin en si mismo?
Tras bajar la copa y humedecerse los labios divertida, continuó:

Podríamos...— Canturreó con su melodiosa voz.— Pero debo saber si realmente está dispuesto a aceptar mis condiciones con tal de llevar a cabo sus propósitos.- La pregunta mas bien era ¿A qué estaría dispuesto a renunciar, empujado por su ambición? Tratándose de Lía, esa respuesta implicaba demasiados inconvenientes enrevesados e inesperados, pero era bien sabido por toda la comunidad del inframundo que los tratos con demonios raras veces salían como uno esperaba. — Puede que tenga mejores ofertas, incluso es posible que encuentre cualquier otro antro apto para satisfacer sus necesidades, pero ¿cumplirían con los exquisitos gustos a los que está acostumbrado? Por supuesto que no, por que lo que yo estaría dispuesta a ofrecer la mejor calidad, conociendo la delicada importancia de esta transacción, evitando complicaciones innecesarias con la Ley y cumpliendo los requisitos necesarios que exige a cambio de este acuerdo, que a mi parecer, no me aporta ni mas ni menos beneficios. A no ser... — Calló un momento, como si reconsiderara las posibles opciones ventajosas.- que me pague con algo mucho mas...peculiar.

Lía se inclinó ligeramente, acercando su rostro al de Nathaniel, al igual que si fuera a confesarle un secreto. Su voz adquirió un tono confidencial.

Hay cosas mucho mas grandes aguardando a nuestro alrededor, grandes cambios gestándose detrás del viento, y le aseguro que este será feroz. La clave teme a las criaturas que son distintas a ellos, ya que representamos la caída de la humanidad tal y como la conocemos. Los tiempos que se avecinan serán clave, y que mejor moneda de cambio que el de un acuerdo firmado con la confianza entre dos criaturas ambiciosas, el contrato verbal que selle un pacto de mutuo acuerdo que se pueda cobrar en cualquier momento. Por que eso es lo realmente ansío, un favor que pueda reclamar cuando la situación realmente lo requiera.

Se apartó, irguiéndose de nuevo en una postura elegante sobre el respaldo del sillón sin dejar de esbozar aquella sonrisita taimada y cargada de intenciones ocultas.

Aunque si no está dispuesto a negociar... — Finalizó, dejando en el aire una vez mas sus palabras. Pero esta vez, el mensaje fue aderezado por un toque de convicción de su oscuro poder, que acariciaba la mente del vampiro con falsas promesas, instándolo a aceptar con engañosa facilidad un acuerdo que para su propia lógica carecía de sentido u inteligencia.

La sonrisa de la diablesa se amplió, observando el debate mental de Nathaniel contra sus propios intereses y los que ejercía la voz susurrada de Lía, que aún flotaba en el aire, adentrándose en sus profundos abismos plagados de agonizante maldad, regocijándose en su furiosa impetuosidad.

Sinceramente, a ella tampoco le interesaban los tratos sin el compromiso íntegro entre ambas partes, y el que una de ellas no estuviera totalmente interesada no era impedimento alguno para que ella consiguiera aquello que quería.

Por que Lía siempre conseguía aquello que quería, siempre.



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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Magnus Bane2 el Sáb Abr 06, 2013 2:30 pm

Noche de promesas. Para Bane era sinónimo de una noche colmada de tragedias, amoríos y justamente eso, muerte.

El brujo disfrutaba de la noche, aún cuando su celular vibrara insistente en sus pantalones. Alec sin duda tenía perseverancia. Para Bane hoy no valía y estaba un poco cansado. Pensaba en el hecho de que era un adolescente. No un mundano pero compartía mucho con esos niños frágiles que ahora bailaban a su alrededor, se contoneaban con maestría, ”el de la izquierda no” pensó, se movía con torpeza y causaba que algunos se mofarán en silencio. Bane pudo ir allí a enseñarle. Era hermoso muchacho. Humano. El sudor corría por su frente y daba la impresión de estar disfrutando del momento. No bailaba con nadie. Muchos allí no lo hacían. Eran, en cierta forma, una masa que bailaba todos con todos. Divertido y muy acogedor.

Sudor. Sangre agolpándose en los corazones. Risitas. Vida. Todo se le antojaba divertido y embriagador. Por eso amaba las fiestas. Por esa sensación de vida que se conglomeraba a su alrededor. Le daba razones del porqué existir en un mundo que veía su final en cada milenio, en cada época marchita en cada renovación de pensamiento; y por alguna extraña razón pensaba que era el final de una era.

—Digamos que la moda va regida por un desquiciado que quiere quedar bien con sus camaradas— sonrió dejando relucir su blanca dentadura y el verdor de su felina mirada —y yo soy ese desquiciado.

Percibió el aroma salado de las chicas con quien bailaba. Adara no parecía tan coordinada en este aspecto. Daba su mejor esfuerzo y Adrianna disfrutaba cada pirueta que daba. Ambas habían dejado de comportarse como dos nephilim de hombros tensos, miradas agudas, frías pisadas y lascivias palabras. No por ello dejaban de ser unas cazadoras, pues aún se denotaba su atención a lo que les rodeaba. ¿Habrían percibido ya el movimiento de las sombras? ¿Demonios? No, no del todo. Quizá si…
Río. Algo dentro de la mente del brujo. Rio porque sabía que allí habían más que mundanos y subterráneos. Había entes más oscuros que el mismo Bane. Se mofó del brujo que no podía identificar de qué se trataba, aún cuando intentaba percibir de donde provenía aquel aroma. Un vampiro. Lo ubicó más no lo vio. El olor del miedo colándose entre los bailarines. El alcohol atacaba su sistema. Claramente podría situar a un demonio. Su poder para controlar y ese miedo irracional. ”Solamente se trata de un vampiro” se dijo y rápidamente miró a las nephilim. Rompían los fabulosos acuerdos. Pero había una única cosa. Que ellas no lo sabían. No podía percibir el miedo y control en el mundano. Solo Bane. ”No te involucres brujo” soltó un suspiro.

—Iré por una bebida— se deslizó rápidamente. Sacó el móvil de su pantalón e iba a responder. Se arrepintió.

Cogió una bebida azul. Olía a un extraño brebaje. Moras, una pizca de diente de dragón, una polilla y puag, almendras. Hizo una mueca de asco y pasó a tomar otro vaso. Rosa. No era su color favorito pero olía a algo fresco. Dio un sorbo y como quien pasea por todos lados comenzó su andar elegante y felino. Le guiñó un ojo al humano que inmediatamente se quedó petrificado. Al brujo risa le causó y al sonreír su mirada se iluminó dorada. El chico tenía algo de oscuridad. ”Que desperdicio” volvió a sonreírle y éste la sonrisa le devolvió.

Con pasos danzantes se deslizó. Por aquí y por allá encontraba lo que movía a su ser devorador de proezas. Susurrantes eran los caminos de aquel lugar. Incitaban a algo feroz. Maldad. El brujo siempre se había sentido atraído a este sitio. Desde antes que fuera un club nocturno. Era un paraíso con arbustos, aguas y demás. Había pasado tantas horas. Y qué decir cuando se convirtió en una biblioteca, muy rústica a principios del pasado siglo. Eternas lecturas tenía lugar. Los seres demoniacos tenían mayor influencia aquí. Cuando supo los objetivos se marchó. Estaba siempre siendo tentado a practicar la magia que juraba no practicar. Claro, con lo años ese juramento valor perdió y lo practicó. Siempre disfrazando la magia con su talento innato de engañar a los demonios que un pago requerían. Bane tenía muchas deudas por cubrir. Le esperaban con ansia. Lo sabía y gustaba de saberse querido aunque solo fuera en los bajos mundos.

Bingo.

Bastó una miradita por un minúsculo espacio abierto. Él tenía una buena visión. Lo veía ahora bien. El vampiro. Era el famoso Nathaniel. Su recortado perfil era muy estético y poseía encanto en cómo se desenvolvía. Cargaba con ese funesto satén de la fatalidad. Sus oscuros cabellos y su voz fluyendo como las aguas negras del mediterráneo. Era la perdición para la nephilim. Inmediatamente se dio cuenta de ello. ”¿Por qué siempre debo estar en relaciones amorosas tan complicadas?” desvió la mirada a la rubia mujer. ”¿Por qué no con te amo’s tan fáciles y rupturas sencillas? ¿Qué tal ese clásico vivieron felices para siempre, brujo?” Esa mujer tenía un modo extraño. Fluidez en sus movimientos, elegancia y sensualidad. Muchos subterráneos poseían esas características. Pero ella tenía algo más. Una esencia. Perversa y angelical. Maliciosa e inocente. Extravagante. Deliciosamente atrayente.

”Bane. Sal de aquí” apuró su bebida ”¿qué no eres tu quien me quiere hacer caer?” se giró y regresó a la multitud. Buscó con la mirada a sus pequeñas acompañantes. Ahora ya estaba enterado de la presencia del hijo de la noche y de la mujer con él. En cuanto le viera salir lo interceptaría. ”No, no lo harás. Ya no te interesa más” lamió sus labios y fijo la mirada en las nephilim.

—Como que va siendo hora de los retos— murmuró con la delicia de la curiosidad derramándose de la boca. —Así que, como yo he tenido esta fantástica idea, reto a Adrianna de tomarse esa— señaló la bebida azul que permanecía quieta sobre la barra, la misma que Bane había rechazado —bebida y se la invite a ese— pasó a señalar al mundano al que había sonreído —muchachito y se la haga beber— sonrió y perdió la mirada en aquel privado. Ahora su mirada se mantenía atenta a dos lugares en específico. ”Qué fastido!”
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Miér Abr 10, 2013 8:40 am

La nephilim estaba embargada por el éxtasis de la fiesta, la música la acompañaba en su balanceo pareja de baile perfecto. Sus pies seguían el ritmo, invocando los pasos como si fuera una bruja. Las luces se reflejaban en ella correteando a tintar su piel de miles de colores, su cuerpo mostraba los efectos del baile, su piel estaba salpicada con gotitas diminutas, y sus mejillas adquirieron un matiz escarlata. “En armonía” se podría decir que estaba, cuando estando entre más de veinte personas solo sentía la euforia propia y la música en la cabeza, nada más. Así que técnicamente se incomodó cuando la desconcentraron, era un salto al vacío del presente, un tanto amargo, demasiado para su gusto.

- Creo que estoy escarmentada de retos. La última vez que acepte algo así, acabe en el País de las Maravillas matando a un oso con tutu, Adara es mi testigo que da fe de lo sucedido. – respondió negativamente al brujo. Esta le contemplaba con un brillo en sus felinos ojos. Una inmaculada y perfecta sonrisa de inocente, solo le faltaba un halo. Pero Magnus conservaba ese espíritu juvenil de cometer el mayor número de locuras sin perder un gramo de magnificencia. Había vivido con él, conocía la marca de su fijador, sus postres preferidos, cuando suspiraba en las películas recordando al joven Ligthwood. Estaba logrando convencerla, siempre lo conseguía, y la nephilim se preguntaba ¿Por qué siempre cedía?Le invitaré a tomar algo. –suspiró aletargada, no era la idea de una noche de fiesta pero no rompería el ambiente discernido y relajado. -¿ese? – era un mundano, mono pero no le llamaba la atención, Magnus haría mejor pareja, pero ahí estaba Magnus, el casamentero en directo.

Adrianna se acercó al joven y casi consigue que sufriera un paro cardiaco, a lo que saltaron risas a su alrededor. Muertos de vergüenza ambos, fueron a la barra, y ella le invitó a la bebida azul, mientras se pedía el mismo coctel del comienzo, un Alexander. El silencio incomodo era evidente así que tenía que sacar algún tema de conversación a toda costa. Tomo aire, y tronando los dedos abrió la boca para decir algo.

- ¿Sueles venir? – preguntó la nephilim, no era muy ingenioso, era como el tema de hablar del clima. Si no era la perfecta conversadora, aunque hubo alguien con quien sus nervios jamás le jugaron una de las suyas. Se suplico no pensar en él, no otra vez.
- S-siempre que tengo un hueco, hay buena música y un ambiente singular.– se echo a reír y ella dibujo una leve sonrisa. Cruzarse con Magnus, era un ambiente fuera de los parámetros de lo “excepcional”. -¿y tú? Es la primera vez que te v-veo.
- Me escape del “trabajo”, necesitaba “tomar el aire”. Me recomendaron el lugar y vine a conocerlo…No está nada mal. – jugueteó con el posavasos tratando de evitar que no sentía la tensión acrecentándose.
- ¿T-tienes pareja? – preguntó directamente y sin tapujos el joven. Era una buena pregunta que la hija de Raziel, reflexionó: ¿Tenia? ¿Salía con alguien? ¿Estaba interesada en alguien? Esa última pregunta era la única afirmativa. Demasiado interesada en un ser que la dejó, alguien no adecuado, pero irreparablemente idiota por ese ser.
- Digamos que si, aunque no vaya bien, gracias por preguntar. – respondió diplomáticamente, de todas formas no le interesaba intimar con mundanos. Le resultaban soporíferos.
- ¿Por qué va mal?– era una gran pregunta que hasta Adrianna dudaba. ¿Fue en algún momento bien entre ambos? Si, no podía mentir, durante breves horas fue el absoluto paraíso, luego tomó la forma de un infierno solitario. – C-creo que no debí preguntarlo.- de disculpó el joven, Adrianna le miró y trató de aliviar el ambiente.
- No, tranquilo…es algo muy ¿doloroso? Quizás es la respuesta más acertada, trató de no pensar en ello o la melancolía me arrastrará con ella. –murmuró dando otro sorbo a su coctel, el joven ya iba por el segundo coctel azul, por el que no preguntaría el contenido. Le daba mala espina, y prefería evitarlo. - ¿Y tú? ¿Tienes pareja?
- N-no. No me duran mucho, suelo meter la pata, quizás me enamoro de personas que no debiera. – en eso podía coincidir con él.- ¿Por cierto tu amigo? N-no me interesa, de ese modo, pero me miró ¿le ofendí?
- ¿Magnus?ahora entendía porque trato de encasquetárselo a ella, le había dado calabazas. Siempre solía ser así, aunque fuera agradable, no se veía ni intimando con él, no mientras ese vampiro reclamara suya la mente de la hija de Raziel. – Tranquilo, encontrará a otro, no es que le cueste conquistar a alguien.
- No, sin duda es singular. – ese adjetivo estaba en las suelas de Magnus, para definirlo tendría que juntar todas las palabras, y formar una sola, aún así el diccionario se quedaría corto de adjetivos para definirlo.
- Tengo que ir al baño, ¿te molestaría acompañarme?
- No, por supuesto, te diré donde están. Sígueme, te llevo la copa si quieres.

Saturada por el calor del lugar, siguió al mundano que la llevo lejos de la pista de baile, cerca de la zona de reservados, al fondo estaban los baños, sus letreros brillaban. Ella le dejo la copa mientras entraba en el servicio femenino. Totalmente modernizado, y elegante, pulcro al límite. Adrianna se refrescó, aún perdida en la conversación de antes, reparaba que había resucitado algo que no deseaba que la entristeciera, no esa noche.

Mírame¿Por qué Nathaniel, no puedes mirarme? ¿Acaso solo soy un mal recuerdo? ¿Es que no te importé? ¿Fingías?

Aun recordaba su tono de voz, la cadencia de las palabras y el acento británico con el que hacía gala el vampiro. Sus ojos celestes grabados en la memoria, tan vivos como nunca, observándola casi sintiéndose desnuda ante él. No podía dejar de mirarle y sentir que caía en picado a un abismo demencial, pero estaba con él, poco la concernía eso. El reflejo del espejo del baño mujeres le devolvió su propia imagen, sacó algo de maquillaje y se repaso el color de los labios con el pintalabios.

¿Qué ves? ¿Qué veo? No vale que supieras que eres mi salvador y mi perdición. ¿Necesitabas ser primero mi perdición y dolor?

La nephilim se miro fijamente tratando de encontrar algo en su reflejo. Los ojos brillaban, vidriosos, pero resistió para no correr el maquillaje. ¿Qué veía? Mejor que no respondiera, su mordaz ironía podía hacer miles de bromas, de las que no tenía ganas. ¿Por qué le recordaba ahora, no era mejor pasar como hizo él? Reflexionó durante unos segundos frente a sí misma, y le dio la risa. A veces su sadismo era sobrenatural. Como era capaz de abrir viejas heridas sin curar. No era ni el lugar ni el momento, quería disfrutar no padecer, ansiaba alegrarse de verdad y no una sonrisa tratando de parecer perfecta. Anhelaba pasar página, conocer a otra persona y quizás enamorarse ¿no pedía imposibles, no?

Abandonó la melancolía imponiéndose la euforia de antes pero en su lugar brotó la molestia, oculta entre una sonrisa falsa que odiaba y salió del baño dispuesta a volver a la batalla, a hablar con el mundano.
De casualidad, o de nuevo su destino enredando en los engranajes de este, oyó una voz que recordaba a la perfección. Ya le había percibido antes, y ahora era su voz, Nathaniel Hellrune estaba allí. Notaba el muro de emociones otra vez ante ella, propio de los vampiros. Desobedeciendo a la cordura siguió la voz, si bien tuvo que detenerse antes, dos tipos vigilaban el privado. Miró por si el mundano estaba cerca, la esperaba, lo que le daba tiempo para colarse en el privado. Notando el aroma del glamour, haciéndola desvanecerse y poder pasar sin levantar sospechas. Era su voz, lo juraría, y no se equivocaría, más ella no podía atarse a una voz. Requería en contra de la razón y su mente, verle de nuevo. Se asomó levemente, sin tirar de la cortina para no levantar sospechas. Estaba sentado en actitud desahogada con un traje que realzaba el brillo de sus ojos. Esos ojos celestes, junto a su sonrisa eran la perdición de su alma, un demonio con aspecto de ángel, un incubo atrayendo su alma hasta los infiernos. Y si bien batallara, parte quería ir con él. La otra parte la razón, la exigía abandonar esa actitud exasperada pero no la hacía caso alguno.

Junto a él, algunas bailarinas pero impresionantemente no la molestaban. Eran meras acompañantes mundanas, mujeres que habían perdido voluntad y su sed de lucha, para ser simples objetos. Pero la que reinaba en el privado era una mujer rubia, que lejos estaba de ser Camille. Nunca la había visto, había en ella algo que no conseguía encajar. Su esencia volátil, e intensa decantaba por un hada, pero tenía una belleza lejana a la de un hada, era elegante, refinada y perfectamente una tentación. Enfrentarse a su mente, era un dolor profundo que retorcía su cerebro deseando que ese caos desapareciera, respiro hondo para tratar de frenar el dolor. Entonces reparó como si el corazón le pesara más de lo normal, y le atravesara el dolor. ¿Qué era ese fuego que emergía de su pecho, esa ira bravía, sacudida de tensión en su cuerpo? ¿Celos? Posiblemente, aquella era una diosa, más que ningún otra mujer. ¿Estaba emparejándolos? Probablemente, eran perfectos. Encajaban de manera pérfida. Pero ni afecto, ni restos de emociones de tal matiz, les rodeaba. Estaba desconcertada, era claro que no había ninguna relación entre ambos. Solo comprendió al deseo flotando a su alrededor, ambición embargando su mente enrevesado todo, sin entender absolutamente nada. Solo agradecía oír su voz, alimentaba su amor malévolo, afligido que revivía. ¿En que se había convertido? ¿Buscaba solo migajas de su presencia? ¿No se consideraba digna? Entonces él tampoco lo era a su pesar. Quería marcharse, conservar esa pizca de dignidad que convivía con ella, y le ayudaba a existir. Nada bueno era estar cerca de él, pero sencillamente su mente y su corazón estaban enfrentados.

Su corazón necesitaba reavivarse de nuevo toda aquella noche, juntos. Las conversaciones, el ambiente discernido. Escuchar su voz, chocar las miradas, perderse en sus palabras. Escapar con alguien de la que no podía evitar llorar y sufrir. Oír aun su voz, y preguntarse ¿si aún la recordaría? La razón, pugnaba porque si ya la hizo sufrir no era merecedor de ningún segundo de su existencia de nephilim. Que sobraban esos melodramas, y tratara de avanzar, puesto que con él por más que lo intentara sería un fracaso, uno tras el otro. Aún así quería intentarlo, empezar de nuevo. Necia enamorada de su perdición, de alguien que solo la haría penar, ¿pero no era el amor, un sufrimiento? ¿No era una sádica en potencia? Exponiéndose así, a padecer eternamente. Rozó con la mano el satén de la cortina – “soy una masoquista, y no hay salvación”. –Reflexionó, mirando por última vez al hijo de la noche, recordando aquella noche en que se conocieron, despidiéndose en secreto de una quimera imposible. Paso a trasvés de los guardias, y volvió al baño, donde su rabia se disparaba, taciturna y relegada. ¿Qué más le pediría a un inmortal que no estaba interesado en ella? Tomó fuerzas de sus reservas, y fingió saludando al mundano. En nada se parecía a Nathaniel, era moreno pero más bien castaño, de ojos grisáceos, sin la chispa que encendía su alma.

- Siento que esperaras, estaba retocándome. – mintió, pero no le apetecía ser sincera con un desconocido, y más un mundano, que jamás lo comprendería.
- No pasa nada, necesitabas tu tiempo. ¿Crees que hay buena vista desde aquí?
- Si, cierto. – se asomaron, podía verse todo el bar a sus pies, como en el reservado. – Creo que veo a mis amigos. –trazo el recorrido hecho con el mundano y dio con Adara y Magnus en la pista de baile, pero por más que los llamara, no miraban hacia ella. – El volumen está muy alto.
- Es verdad, no me di cuenta mientras estábamos abajo.– de nuevo una conversación sin vida ni sentido. Adrianna esperaba que el vampiro saliera, para poder enfrentarlo, mirarle y no sentir más. Pero le atemorizaba caer de nuevo en su embrujo, y terminaría de nuevo moribunda. -¿Prefieres ir a algún reservado? – Adrianna negó con la cabeza, no pretendía que se llevara falsa impresiones, porque no era él quien hacía que su corazón latiera.
- Mejor quedémonos aquí, se está agradable.aparentó dibujando una sonrisa cuando deseaba patearle los huevos a más de uno.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Miér Jun 05, 2013 7:17 pm

La idiotez de aquella tierna criatura llenaba al asesino de una repugnancia y una adoración infinitas. La amaba porque la odiaba, recayendo el más ferviente desdén que un humano es capaz de profesar en la infinidad de sus ojos claros. La fina dama no sucumbiría aquella noche entre sus sábanas, no podía hacerlo un demonio impío cuyo corazón no palpitaba. ¿Creía acaso que no se habría dado cuenta? ¿Que tras intensos bailes , interminables abrazos y besos furtivos Lord Hellrune habría sido incapaz de develar la oscura naturaleza de su mujer? Subestimado aun ahora al derretirse la fémina bajo sus caricias y fundirse ambas pieles en una sola entidad. De aquel descarado modo agitaba Elizabeth los mares de su mente turbada y lo impulsaba a oscuros abismos de perversidad. Anhelaba cerrar para siempre los ojos de esa tonta como sabía que no podría, privarla de volver nunca a dirigirle tan infantil y casta mirada. Esos fueron los hilos que tiraron de su mano, la fuerza voraz que nubló su juicio y le llevó a apuñalar sin miramientos el abdomen desnudo de su prometida. Oh y si valió la pena... contemplar el horror, el crudo desconcierto mientras las finas carnes eran perforadas y hechas a un lado como un trapo roído y viejo. Ahora reía, reía de gozo y de histeria divertida saboreando la dulce sangre de su puñal. No podría matarla, más aquella humillación, aquel instante de poderío y control bailaba por su paladar con el regusto inconfundible de la muerte.

Más fue su propia sentencia de muerte la que selló aquel acto de vanidad, su propia existencia humana la única reducida a escombros. De él había tironeado el febril impulso, la insana curiosidad y la morbosidad de deslizarse por lo desconocido, degustar el veneno mortal, y clavar el puñal hasta su empuñadura. Gira, gira el filo del recuerdo en las carnes de la antigua consorte mientras hilos aún más oscuros siembran en él el anhelo de apostar. Un hombre, antes y ahora también. Al fin y al cabo, no más que una pobre y marchita criatura presa del traicionero instinto. Voces susurrantes opacaban la logia de sus meticulosos razonamientos, alentándolo a arrojarse por un precipicio a ciegas por la mera emoción de esta hazaña realizar. Ansias de disfrutar a pleno placeres más macabros que los que cualquier otro se hubiera atrevido a soñar jamás.

¿Camille? Evocó el nombre de su líder de clan la sobria voz de su conciencia, rápida y eficazmente silenciada por una tonada de lo más persuasiva. No había razones para implicarla. La baronesa comprendía la naturaleza del ser que había escogido como aliado, la respetaba y en ella depositaba su confianza. Si Nathaniel decidía que aquel trato era el más provechoso para el aquelarre, nadie lo contradeciría. ¿Acaso lo es? Gruñó la tozuda voz de su persistente conciencia derramando de cada sílaba copiosas dosis de escepticismo. Por su mente plagada de espinas ardientes lenguas oscuras serpenteaban divertidas, convirtiendo dudas en certezas y verdades en mentiras. Tornábase la desmedida prevención en una simple medida innecesaria y el tan banal capricho la más sagrada de las normas. Así su mente divagaba y sus manos trazaban intrincados círculos sobre la piel femenina, lienzo de sus cavilaciones más abstractas y fuente de satisfacción de sus deseos. Si alzaba la mirada a los ojos suplicantes de aquella que de buen grado se entregaba, surcaban veloces retazos de su Elizabeth, fragmentos de memorias lejanas. Así proyectaba al pasado la curvilínea figura de la bailarina, embadurnándola del velo de la noche y lacerando su piel con el filo de la daga. Gemidos suplicantes convertidos en un coro ensordecedor de aullidos torturados, miradas lascivas silenciadas por la muerte indulgente. Imaginar le hacía al engañoso depredador agua la boca, mientras sonreía con galantería y a la atolondrada criatura cautivaba. Así, alejados sus pensamientos de la rotunda negativa a la oferta insensata, parecían las llamas negras deleitarse y permitirle libertad en su mundo inteligible de pensamientos crueles. Aceptaría, de buen grado aceptaría aquella provechosa propuesta de negocios. Pues de un pacto sellado por y para el placer solo más placer ha de devenir. Sin embargo en sus labios radicaba la última palabra, la última condición sensata que sacara provecho de su situación precaria y arrancase de su conciencia una sonrisa triunfal. Aceptaría, aceptaría porque estaba hasta la médula convencido que le era provechoso aceptar. Más antes de arrojarse al vacío nada le impedía echar mano a un paracaídas.

— Sería un necio si me negara a negociar, mi estimada. En especial cuando sus palabras destilan venenosa honestidad. La clave teme, así como temen quienes reprimen la veracidad de sus instintos, aferrándose a retazos precarios de olvidada humanidad. Prefiero reinar en el infierno que servir en el paraíso, más ninguna de las alternativas es discutible si no gozo de vida terrenal para su disfrute. Un acuerdo mutuo será aquí sellado, más exijo que en el cobro de aquel favor no se desperdicie mi vida ni se manche la reputación que la sustenta. Acatado este único e indiscutible reparo, exquisita criatura, habremos llegado a un acuerdo.

Complacido se dibujó en sus labios finos una sonrisa amplia, cargada de promesas, fija su mirada en la encantadora anfitriona para instantes más tarde regresar a la tierna y cálida mujerzuela que se acobijaba en su regazo. El tacto certero de las manos finas lo impulsó a contemplarle con lascivia, entornando el mirar zafiro y asiéndola con posesividad. Un susurro de placer emitió la otra al sentir tan violeto contraste de temperatura, hielo frígido y cruel apoderándose de su ser. Ella añoraba más de su contacto, más de sus labios y de su piel, temblaba ante la expectativa y se derretía suplicante frente al azulado escrutinio de Lord Hellrune.

— Guarda silencio— ordenó con voz suave y autoritaria el varón, rozando la mejilla enrojecida con el dorso de la mano.

Aquel contacto trazó una línea delicada por el largo cuello y apartó parsimoniosamente de su camino el cabello castaño. Blanquecinos incisivos asomaron lujuriosos y profanaron la pulcra piel de la mundana derrochando sensualidad. Ni una gota de dulce vitae fue en aquel beso voraz desperdiciada llenando la boca del hombre y colmando de perverso anhelo su espíritu. Tiernos besos lo alejaron de la chiquilla inconsciente, desvanecida momentáneamente por la pérdida sanguínea y la colocó despacio en el mullido sofá que a su lado se encontraba. Ni una vida pretendía salvar con aquel acuerdo más que la propia, su vida y su buen nombre, pues de él subsistía. ¿Ahora aparentaba inocencia perdonando a una insignificante mundana? No. Más con apuros y brusquedad no era apetitoso el sacrificio.

— Lobos y corderos purgan este mundo, Señora Gavianni. En mi vida he sacrificado muchos, más ni uno se ha percatado del peligro inminente a tiempo de evitar su desgracia. Un modo de vida al igual que un arte. Nada de lo que jamás vaya a renegar.

Y a estas palabras le siguieron densos y ponzoñosos recuerdos y cavilaciones, fantasías de dolor, suplicio y brutalidad. El mundo resumido a un solo instante, la última vez que vieran la luz los trágicos ojos de esa torpe bailarina.

—¿Tenemos un trato?
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Lia Gavianni el Dom Jun 09, 2013 8:56 pm

Con el porte majestuoso que le conferían diversas costumbres superficialmente mundanas, la diablesa admiraba no solo el espacio físico frente a ella, si no mas allá de lo que cualquier criatura que se preciase en aquel mundo terrenal pudiera siquiera llegar a imaginar. El resplandor mortal y cristalino de su mirada fijo en el mundo que se extendía frente a ella, unos ojos que tanto habían abarcado con ingenua divinidad a lo largo de su existencia plagada de tinieblas y oscuridad, parecían ser conocedores de mucho mas de lo que pudieran decir sus labios, siempre capaces de esbozar una sonrisa afilada y divertida por su forma única de comprender y apreciar los rincones mas profundos de las almas. Unos labios curvados que se antojaban casi tan fatales como lo era la propia mujer recreada a la perfección ante cada mortal que se cruzaba con ella, ajenos al poder escondido bajo su apariencia, que aunque visiblemente dominante y fría, siempre encontraba la forma de deslizarse entre las ovejas con su muy bien llevado disfraz.

En esta ocasión, apenas si se había molestado en disimular mas allá de lo imprescindible, nunca desvelando abiertamente su condición, pero si dejando entrever parte de esa naturaleza inherente y cruel que habitaba en su interior. La ocasión lo merecía, puesto que  la diversión que ello despertaba en ella iba mas allá de la simple mentira enmascarada. Y ciertamente, aquel era un encuentro que no se daba todos los días, afirmó esa parte recóndita de su ser que disfrutaba del pulso mental que estaba llevando a cabo su invitado hacía sus propios deseos enmascarados y cautela racional.
En algún momento, la diablesa apenas se molestó en impulsar algo mas en él que los deseos y anhelos ambiciosos del hijo de la noche; un aliciente a sus convicciones ya de por sí firmemente ancladas bajo la fina capa de prudencia y cautela. El resto, fue el resultado de su propia reflexión contaminada, nunca sin un ligero rastro de verdad en sus conclusiones. Y aquello complacía soberanamente a la diablesa, que no dudaba ni por un instante en sonreír enigmáticamente con ojos entrecerrados a su interlocutor, que aparentemente guardaba silencio por unos largos minutos cargados de evocadoras imágenes, lenguas oscuras que se enroscan en su mente fruto de su propia naturaleza perniciosa, aún cuando algo de su perspicaz cordura tomó las riendas de aquella desbocada batalla mental.

Estática, erguida en la postura inicial elegantemente calculada y expectante, se mantuvo silenciosa esta vez ella, degustando la compañía de aquella criatura inexplorada en su total plenitud, aún precavida y paciente, que se escondía bajo la fachada capaz de embaucar a la mortal frente a él. Tan solo un ligero vistazo de lo que era capaz con delicada crueldad, algo sutil que aguardaba con total astucia mediante el artificio. Algo que la diablesa sabía apreciar mas que nada, pues ella misma no distaba mucho de aquel juego enrevesado a la hora de matar a sus presas.
Aunque no iba a negar que sentía la falta de derramamiento de sangre como algo imprescindible, algo que él tan minuciosamente había evitado con su técnica impecable instantes antes de dejar delicadamente el cuerpo inconsciente de la mujer sobre el sofá.

- Reinar es digno de ambición, aunque sea en el infierno.- Musitaron los labios carmesí de Lía, curvados ligeramente como si esbozaran una mueca divertida por su ingenio.-   Esa cualidad es admirable, y es por el respeto que se merece que acepto, aunque bien es innecesario. Le garantizo, sin el menor atisbo de falsedad en mi promesa, que nunca ha sido mi intención causarle algún tipo de daño irreparable a su nombre, así como a su persona. - La expresión de la mujer cambió al tiempo que su sonrisa se ampliaba en respuesta a la de Nathaniel. - Soy una criatura a la que le gusta analizar todo tipo de situaciones, calculando los riesgos y problemas que dicha temeridad pudiera causarme a largo plazo. Créame, que aunque poco haya en mi que valore de la vida de alguien mas sobre la mía propia, se como jugar las cartas que me tocan sin arriesgar nada en el proceso. Un juego que como bien sabrá, puede resultar de lo mas excitante, sobretodo cuando uno conoce el poder de sus enemigos de tal modo que no provoque ni rehuya con temor cualquier sorpresa que se le presente en el futuro. Somo criaturas que buscan sacar el mejor partido en una guerra que jamás conocerá el fin, y yo me doy por vencedora teniendo la mitad de la batalla ganada.

Llegados a aquel punto, las intenciones y los limites, aunque no del todo definidos, estaban claros para ambas partes. Una vez satisfechos los intereses de ambos interesados, la palabras sobraban, al menos hasta el momento.  Para desgracia de aquellas criaturas, el amanecer llegaría en unas pocas horas, limite absoluto para ellos, seres amparados por la nocturnidad de su condición inmortal, y  aunque la diablesa ambicionara la compañía de semejante criatura por unas preciadas horas mas, distaba mucho de ser aquella la conclusión de sus insaciables apetitos curiosos. La hora de marchar había llegado, y cuestiones que requerían la atención de ambos los conduciría aquella noche por distintos caminos. Aquella política a la que los mundanos recurrían habitualmente era necesaria esta vez, dejando a un lado los placeres por los negocios. O mas acertadamente, su propio negocio de placer.
   

- Al igual que usted, convierto en arte todo lo que hago, Lord Nathaniel.- Murmuró con un asentimiento. Después, se levantó con elegancia y un fluir grácil. Un sutil movimiento que aguardaba paciente que él imitara su movimiento y a la vez daba por finalizada la reunión, invitándolo educadamente a que la siguiera. -  Dejaré todo dispuesto esta misma noche. - Continuó la mujer rodeando la pequeña mesa dispuesta en el centro de la sala y dirigiéndose a paso felino hacia la pesada cortina de terciopelo. A medio camino de la salida, la mano de Lía encontró el brazo del hombre, exactamente como se hubiera hecho en otros tiempos, y lo acompañó el resto del camino. - En breves contactaré con usted para informarle de los preparativos y las directrices que deberán seguir sus hombres de ahora en adelante.

Una vez alcanzaron la salida, la mujer se detuvo, y como marcaban los comportamientos establecidos de otra época , esperó a que él mismo fuera el que le facilitara el paso. La diablesa no se molestó en ir mas allá, pero tampoco había decidido dejarlo marchar sin unas últimas palabras, que fueron susurradas muy cerca de su oído para que nadie mas pudiera escucharlas.  

- No creo necesario añadir que tenga presente en todo momento que yo determinaré el periodo de validez de nuestro trato con mis propias condiciones, respetando, obviamente, las suyas propias. - Apartándose ligeramente, atrapó al vampiro con una mirada acariciadora, casi en una actitud íntima, a la par que su mano se deleitaba sobre su pecho carente de vida, bajo el que reposaba un corazón casi tan congelado en el tiempo como su propia belleza inmortal. Su tono, un susurro delicado y provocador. La voz misma de la diablesa embaucadora que destila amenazas con el sutil tacto del encanto. - A partir de ahora seremos cómplices en el servicio del placer, Nathaniel, lo que nos convierte en socios. Lo pactado hoy no concede ningún tipo de traición, pues aunque no pueda romper mi promesa, conozco diversos métodos mucho mas creativos que la muerte definitiva para castigar a quien osa siquiera intentarlo. - Y sin esperar respuesta alguna por parte del hombre, los labios de la diablesa tomaron posesión de los ajenos en un beso voraz. No por su intensidad o pasión, o incluso por la necesidad del mismo, pues los hijos de la noche carecían de alma que reclamar, pero sí por el simbolismo que se escondía tras el gesto. El beso mismo de la oscuridad reclamando su pago por el acuerdo pactado y que sellaría el contrato verbal entre ambas criaturas.

 
- Vaya pues, el amanecer se aproxima. - Murmuró separándose ligeramente de su rostro antes de soltarlo, lanzando una mirada de medio lado en dirección a una muchacha que no estaba muy lejos de donde se encontraban conforme se humedecía los labios. El sabor de la sangre aún coloreando de ligeros matices sus sentidos desarrollados.   - Auguro para usted una larga noche de encuentros y no quiero ser yo la que le prive de tales placeres terrenales.



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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Dom Jul 14, 2013 4:07 pm

El inmortal condujo y se dejó conducir por la fémina de dorada cabellera y ojos claros como el cielo diurno. El tacto de los finos dedos sobre el elegante traje oscuro traspasaba eléctricamente la tela y recorría el cuerpo inerte del varón con la potencia de un trueno, colmándolo de una energía oscura y revitalizante ya tan familiar y conocida. La expectativa antes de un homicidio, la confidencialidad compartida con sus víctimas en aquel único momento previo al ocaso de sus miserables existencias. Quizá se encontrase divagando su mente ya por terrenos pantanosos y turbios, o quizás reconocer la astucia y malicia de Lía Gavianni era el más imponente y más claro acto de lucidez que jamás llegaría a tener.  Allí se alzaba gloriosa y perfecta la leona, marcando su dominio incuestionable con una sonrisa zalamera y un brillo suspicaz repiqueteando en su mirar.

En un instante sus labios se hallaron presos de la furia voraz de Lia, insitados a unirse a ella en una danza carnal envenenada con promesas oscuras del más exquisito placer concebible. Y mientras ese momento floreció, Nathan olvidó el temor que debía instarle el poderío abrazador de la mujer, consumido en un abrazo carnal exigente y exquisito, besándola con pasión y anhelo como bebería un náufrago desesperado del agua de mar. Aquella dama sería su ruina, de aquel tanto podía estar más que seguro. Lo sabía y aún así disfrutaba como un poseso de la hipnótica danza de seducción y anhelos al borde del abismo.

     Sólo la precipitación de fuerzas destructivas puede generar la creación de un nuevo orden... —susurró Lord Hellrune con su ronca voz acariciando aún los labios de la mujer— y éste no es sino el inicio de una era dorada, estimada Lia.


Con una sonrisa dibujada en sus labios finos el hombre inclinó levemente la cabeza y despidió a la que de ahora en más podría llamar como su socia. Acariciado por el constante presentimiento de que su noche no acababa sino de comenzar el perfume natural y fresco de aquella hija del Ángel se hizo distinguible entre todos los demás. Adrianna. No podía confundirse, no habría olvidado la escencia de aquella idealista de ojos claros y cabellera castaño rojiza aunque hubiese pasado medio siglo tratando de lograrlo. Su voz resonaba aun como campanillas en el fondo de su conciencia, aplacadas por los gruñidos de la bestia que había osado despertar. Él era el primero en reconocer el modo errático en el que había actuado en aquel callejón, llevado por la cólera irracional y la ira asesina. Podía culpar a las presiones, podía culparla a ella por insistir hasta el punto de hacerlo enloquecer, más en el fondo sabía que si había que señalar un culpable ése esería siempre el rostro que le regresase su imagen en el espejo.

Él lo sabía, ella lo sabía... o quizá no. Era difícil delimitar la fina línea que separaba lo que Adrianna conocía o sospechaba de aquello que no debería nunca jamás cruzar su mente. Difícil sobre todo para él, pues la carencia de empatía era la característica más relevante en el análisis de sujetos de sus particulares tendencias y características. Aún y cuando pudiera explicarse a sí mismo y que ella lo “perdonara”, jamás comprendería todas las razones por las que debía mantenerse alejada de él. No lo haría porque escaseaban las palabras y porque de decir las justas y certeras no viviría para ver la luna otro día. Casi podía sentir la carcajada musical de Lia haciendo eco en su subconciente, burlándose de él por tamaña imbecilidad a la vez que acariciaba con deleite la emoción asesina que la señorita Birwhistle le había arrancado no tanto tiempo atrás.

Y de pronto allí estaban. Allí estaba la calma y neutra voz del predador, la suave y natural modalidad de su accionar de caballero. Allí estaba el rostro del Nathaniel que Aria había conocido, aquel que se había sentado frente a ella en un abarrotado Taki’s antes de que el peso del pacto o de su cargo en el aquelarre tuviesen algún significado. Lord Hellrune se acercó con paso marcado y parsimonioso sin alejar de Adrianna la vista a penas un segundo desde que hicieran contacto visual.

     Buenas noches, Adrianna... —saludó con aquel marcado acento inglés que se hacía oír a pesar de la estridente música— ¿Me permitirías un momento a solas?


Sabía que lucía rendido, cordial como siempre más carente de la sonrisa socarrona que en otras ocasiones le habría visto esbozar. Y es que hacer lo que iba a hacer no le causaba ninguna gracia. Más un caballero sabe cuando ha de darle voz a una disculpa.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Lun Jul 15, 2013 6:23 am

I want to hide the truth,
I want to shelter you,
But with the beast inside,
There’s nowhere we can hide.

La hija de Raziel intentaba distraer su mente, pero no podía olvidar la imagen, que cruelmente revivía a cada segundo. Repasando cada detalle exquisito grabado en su memoria. No lo lograría ni aunque deseara, olvidar aquella mirada, ni lo que la hacía sentir.  Esos ojos azules intentaban ahondar en lo más profundo de ella. Arrastrar su conciencia y dominar su corazón. Llevarla a lugares que jamás habría visto, era toxica, era la perdición. ¿Pero no era el corazón de ese mismo modo? ¿No sentenciaba a dos personas al amar? Frágiles, endebles, necesitados del otro. Como si fueran la única razón que los atara a la vida.

Quizás debería dejar de reflexionar cosas complejas en mitad de un club con la música rebotándole en los oídos. Posiblemente era la mejor y más simple opción, pero definitivamente esa idea se esfumo de pronto. La música se detuvo, desvaneciéndose las notas de la canción. En su mente, se llenaba del silencio absoluto de la mente de un hijo de la noche. Giró la cabeza perezosamente, y se encontró con el vampiro caminaba en su dirección. “Seguramente ni se acuerde de mi, además estoy cerca de las escaleras, tiene que pasar para irse” se repitió para no atribuirle mayor importancia. Su paso pausado y distinguido era una de las marcas que tenía un macho alfa. Lograba hacer temblar el mundo sus pies y ella se daba cuenta. Llevaba años estudiando a la gente, era parte de su don,  Nathaniel era dominante propio de su carácter, seguro y líder, un alfa en estado puro. Cuando se detuvo ante ella sus ideas de que había pasado su presencia desapercibida, se esfumaron, el alfa estaba mirándola directamente a ella. Y por fin, habló.

Su voz ¿como olvidarla? Cada flexión de ella era una caricia, que erizaba la piel. El tono carente de temor, dudaba si alguna vez lo hubiera sentido, era firme pese a lo que fuera a decir. La manera de arrastrar cada palabra, postergando la espera, ansiando oír más. Su voz era detonante para desatar dos personas totalmente opuestas dentro de ella: una que representaba su corazón, se doblegaba prácticamente a los recuerdos y ese placer de su presencia. La segunda llamada “razón” le recordaba el dolor pasado, como no le debía ni un segundo de su existencia. Necesitaba encontrar un equilibrio justo entre ambas, al menos para responderle y no dejarle de perchero.

- Yo vuelvo a la pista de baile ha sido un placer. – se disculpó el mundano, marchándose. Adrianna podía percibir como se sentía completamente cohibido por la presencia de un macho alfa en escena. Le entraron ganas de gritarle un par de improperios  y arrogarle la copa para desahogarse. Pero era una dama después de todo, si bien odiaba recordar eso, lo aborrecía profundamente, sobre todo porque no habría excusa por la que no hablar.

Se giró por completo, para estar frente a él. Lo primero que acudió a ella fue el aroma del vampiro,  y algo se agito en el interior. Era algo que estremecía sus defensas, anhelaba hundirse en sus brazos, y embargarse de ese perfume. Pero su razón actuó de nuevo conteniendo su cuerpo, devolviéndola a la realidad. ¿Qué podía decirla? ¿A que “Nathaniel” vería esa noche? ¿Se habría dado cuenta que se coló en el privado? ¿Iba a recriminar su actitud de nuevo? ¿O iba a enterrar el hacha de guerra?  La inquietud turbó sus nervios “Valor y al toro, has pasado cosas peores, habla y así lo sabrás.” Expuso a si misma, regañándose por sus dudas. Llevaba su traje rojo, el que la hacia sentir una diosa y no mortal, podría perfectamente enfrentarse a lo que viniera. Era una leve ayuda, para espolear su bravura y enfrentarse sin más demora a lo inevitable.

- Me sentiría muy incomoda, de actuar tan egoístamente y negarle hablar señor Hellrune. – evocó a las primeras palabras que le dijo en el local de Taki’s. Asemejaba una eternidad desde que le miro por primera vez. Esbozó una sonrisa relajando sus palabras.- Por supuesto que podemos hablar, máxime me encantaría. – jugueteo con la copa haciéndose la distraída. –Pensé que no nos volveríamos a ver…Pero como dicen el mundo es un pañuelo y nuestros caminos se cruzaron esta noche.

Le observaba, contemplaba sus ojos para afianzar sus palabras. Iba a demostrar lo aprendido, pero a la vez, perseguía perderse en ese abismo que se llamaba Nathaniel Hellrune. Como ser semi-humana, poseía debilidades que la hacían flaquear: la suya llevaba el nombre, del hijo de la noche, grabado en letras mayúsculas y luces fosforescentes.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Vie Jul 19, 2013 11:01 pm

“Red, I feel my soul on fire
Red, the color of desire”
 
La reverberación de la música, el cántico ensordecedor de las voces mundanas. Todo el mundo reducido a silencio, abstraído a su estado más elemental. Nada existía allí más que aquella mujer. El aliento contenido, el apresurado latir del corazón humano, el sudor delicado escurriendo por la piel perlada de cicatrices. Perfume fresco  tenuemente matizado  con  alcohol, llenando los pulmones del l inmoral que con gusto la contemplaba. Seguía allí, quizá el tiempo había magullado la inocencia de  la joven a la que había conocido, aquella niña de brillantes ojos azules y semblante determinado, más aquella adoración, aquel extraño sentimiento que tan curiosamente parecía despertar su sola presencia en ella aún no se había desvanecido por completo.
 
Nathaniel podía extraer verdades del silencio, desentrañar sentimientos ambiguos del palpitar de aquel corazón. Podía deducirlo más ni siquiera comenzar a entenderlo, ni siquiera después de vivir más de un siglo junto a una consorte que le profesaba la misma clase de absurda e incondicional devoción. Él no comprendía de desinterés, de entrega. Aún así la echaba de menos. Curioso, curioso en verdad. Una sonrisa tiró de las comisuras de sus labios ante el recuerdo.
 
Sólo entonces notó la presencia de aquel otro, el pequeño insecto que revoloteaba junto a la cazadora de sombras con la insistencia de una polilla. La mueca en el rostro de Lord Hellrune se amplió y este alzó el mentón, sentenciando al mundano al sádico escrutinio de sus ojos de zafiro. No había nada que destacar, ni un solo rasgo, ni un solo detalle en aquel cuerpo ordinario que convirtieran al joven en sujeto digno de mención. Incapaz sostener la mirada inquisitiva del vampiro, torpemente tropezó con las palabras. De un momento a otro, ya se encontraba lejos y fuera del camino. Deshacerse de él fue tan ridículamente sencillo que al depredador le provocó reír, contemplando como lo había hecho por apenas un instante la posibilidad de echar mano a un par de sus artimañas para obtener una pizca de privacidad. Más no, pensó entre sí con un pinchazo de decepción, la privacidad se le era entregada sin protestas y en bandeja de plata. En un acto de estoica fuerza de voluntad, se tragó la carcajada. Quizá habría un momento para mirar atrás y reír de aquel blanco corderito luego, más ciertamente, aquel no era el momento.
 
Con una cálida sonrisa en los labios volvió la vista a Adrianna, extendiéndole el brazo con galantería. Aislando el gentío y la música ensordecedora, parecía como si el tiempo jamás hubiese transcurrido. Un engañoso espejismo o una deseable ilusión. No. No debía dejarse llevar por pensamientos tan infantiles y tontos. Lo que había dicho, lo que había hecho. Todo aquello jamás sería olvidado. Aunque quizás, solo quizás, podría ser perdonado.  

     Se ve encantadora en ese vestido, señorita Birdwhistle... El rojo realza su mirada. — proclamó la aterciopelada voz de Nathaniel, acercándose al oído de la mujer para que lo escuchase a pesar de la música. Caminaba pausadamente, sin necesidad de evitar a quienes con gusto o admiración se apartaban de su camino—No le robaré demasiado de su valioso tiempo... Seguro aquel acompañante me resentiría si la raptara. —Con una sonrisa complaciente el hombre abrió la puerta del privado reservado a su nombre y le indicó que se adelantara— Si le incomoda la intimidad podemos permanecer afuera, más para lo que voy a decir... preferiría que escuchara con claridad. Detesto repetirme. 
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Sáb Jul 20, 2013 7:57 am

I’ve been up in the air, out of my head,
Stuck in a moment of emotion I destroyed,
Is this the end I feel?

Era astuto, o ella demasiado ingenua, conocía como hacer que el resorte  dentro de ella se soltara, y su cuerpo experimentara extraños cambios: la piel se erizada, los músculos se relajaban hasta el limite de temer caer al suelo. Se aceleraba aquel masoquista corazón a un ritmo enardecido  y la respiración jadeante buscando una gota de oxigeno que quemar. Una mente sometida al deseo y placer más oscuro que lograra comprender. Sostuvo el  cuello de la copa con tanta fuerza que casi lo hace quebrar, guardando las formas para no mostrarle ninguno de los síntomas. No obstante tenía las mejillas ardiéndole, agradecía que la iluminación fuera tan débil en aquella zona para ocultarlo.

- Gracias señor Hellrune, usted se ve muy elegante con ese traje. Creo que no hay nada en su armario que no le favorezca. – si seguían así, acabaría vomitando otra cursilería vana. Hizo alusión al mundano y ella rodó los ojos a punto de resoplar, pero se detuvo. – Dudo mucho que se vuelva a acercar a mí, después de que un macho alfa pusiera los ojos en mí. Perdone la expresión un tanto machista, pero tendría que “tener suficientes huevos”  Se necesitaría otro macho alfa fuertemente interesado en mí para ser adversario suyo. Y eso es algo que brilla por su ausencia en este momento. Así que no se preocupe, mi agenda esta en blanco esta noche, ya. – replicó de manera sociológica, esbozando una tenue sonrisa apática. Los humanos eran bestias después de todo, con la capacidad de hablar y pensar, pero se movían con los mismos patrones que los animales. – Debe ser algo francamente crucial para tomarse esas molestias. No me importa acompañarlo, prefiero oírlo sin perturbaciones acústicas. – avanzó acompañada de Nathaniel hasta el privado, observando en silencio como la gente se apartaba a su paso. Ella era considerada temporalmente alfa, pero tan pronto como acabaran otra quizás ocupara su lugar, solo era un puesto temporal. Además detestaba ser parte del centro de atención.

Se sentó en el mullido sofá, reposando los pies, de tanto tiempo en pie, molestos también por los tacones. Como si fuera una muñeca movida por hilos, una señorita de modales: Juntó las piernas y reposando sus manos en ellas, con la espalda enderezada en el asiento y la cabeza alta. Era incomodo y hoy por hoy inútil, nadie tenia en cuenta los modales. Pero sabía que estaba equivocada, estaba junto a un vampiro anciano. Los modales estaban grabados y trasferidos de la época en la que vivió, una marca del pasado indeleble.

No perdió tiempo en observarle, cada movimiento hablaba de su absoluto control, no hacia falta ser empática, para darse cuenta. Pero la nephilim se distraía en absolutos disparates, como querer acariciar su pelo, impregnarse de su aroma y que no pudiera eliminarlo. El atractivo de sus ojos brillantes frente a los suyos, desnudando su alma a su propio antojo. Aquel  perfecto nudo de corbata que quería deshacer solo para hacer que se molestara arriesgando su propio pellejo. Acariciar vertiginosamente sus labios, hasta perder el conocimiento. Semejante locuras hacían que su temperatura aumentara, estaba enfermando envenenada por su presencia. Cayendo en picado sin paracaídas a un abismo del color de sus ojos. Pero era algo que no podía evitar, y si pudiera, esa pregunta no tendría respuesta.

“No puedes negarlo mas tiempo, te gusta, y no es reciproco” habló aquella diminuta voz en su cabeza, a la que siempre tenia que darla la razón. No podía evitar sentir como se encogía el corazón ante tan cruda realidad y dejar que su mente se alejara del planeta y de todo, entristecida. Tenía, no, “debía” recomponerse, el mundo no se detendría por ese detalle, no tendría ni un ápice de piedad, ni perdón. Cuando creía que lo había superado o al menos conllevarlo sin graves contratiempos, volvía a estar frente a él. Una broma cruel, o los dioses disfrutaban con su padecer. Pero como siempre decía “Nada puede detenerme salvo la muerte” espoleando a su caprichosa alma de nephilim.

- Tiene toda mi atención, además así podre saciar mi curiosidad.- enunció meditando cada palabra. Tal y como una partida de ajedrez, debía tener un escrupuloso cuidado en no fracasar en la empresa de mostrarse imperturbable. – Este asunto ha despertado, mi más profunda curiosidad, le felicito. Poco suele llamarme tanto la atención señor Hellrune. –Rememoraba sus palabras “odiaba repetirse¿Qué era eso que quería decirla queriéndola llevar a parte? Parecía importante, algo serio que iba quizás en contra de él. Aunque era una suposición, que repaso depositando un dedo bajo la barbilla cavilando alguna solución viable. “¿Algún tipo de confesión de índole amorosa? “Casi le da la risa de imaginarlo, tanto que se tapo la boca reprimiendo la risita que por poco se le escapa. –Aunque posee toda la noche para hablar, no me agradaría que se quedara encerrado aquí  hasta mañana. No esta en mis planes de esta noche que un vampiro hasta solo quedar cenizas – explico pausadamente, mientras le miraba a los ojos, desafiante.

Se daba cuenta con lo fácil que había logrado atraparla entre sus garras, ¿Era necia o una enamorada? Seguro que ambas, recordó su “amable y no destructiva” mente psicoanalista. Estaban a solas, y quería hablar con ella. Pese a todo, su mayor deseo era ser capaz de  entender esa mente, saber que golpes podía detener, a ciegas es como si la hubiera atrapado en un callejón sin salida. ¿Siempre sería así? ¿Caería siempre ante él? ¿Qué buscaba con ello? Miles de preguntas rondaban su cabeza. Aún así seguía expectante a sus palabras, esperando que quizás alguna fuera la respuesta a sus dilemas.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Sáb Jul 27, 2013 12:32 am

Alpha. Predador nato. Peligro inminente.


Aquellas eran las ideas subyacentes a las elocuentes palabras de Adrianna, más verídicas de lo que aquella sería capaz de comprender con el conocimiento que poseía. Sin embargo, un hecho tan real como lo era él había sido desentrañado de la nebulosa de su existencia, aquel aura de poderío que lo rodeaba a donde fuese. Su Aria podía sentirla quizá con mayor intensidad, aquellos deseos indecorosos de un hombre por naturaleza dominante acariciando sin galantería los límites de la capacidad empática de la nephilim. Cuanto más ferviente era el espítitu que se le presentaba con más vehemencia ansiaba el sometimiento de aquella voluntad, la sumisión del objeto de sus deseos. Y en ese momento, el deseo estaba encarnado en un espectro de vestido rojo y mirada cristalina.

Nathaniel la observó adentrarse en el privado y tomar asiento con elegancia y timidez. “Tal como Elizabeth”, pensó entre sí con una sonrisa que no pasaría desapercibida tirando de la comisura derecha de sus labios. La una y la otra eran a la vez dos gotas de agua y de aceite, iguales y opuestas como si hermanas hubiesen sido al nacer. Donde su consorte había sido reservada y débil, Aria era altiva y atrevida. Sin embargo, al verla allí, mirándole expectante mientras su corazón latía amenazando con destrozarle las costillas, la semejanza era estupenda. Fijó  los orbes zafiro en un minúsculo detalle: “Elizabeth hubiese cruzado los tobillos”. Tal observación pareció ponerle punto final a su línea de pensamiento.

El inmortal se adueñó de la habitación cerrando la puerta tras de sí. El espacio por el que se movía era tierra conquistada, territorio antes hostil ahora sujeto a sus comandos. Las copas y el fino champagne que había solicitado esperaban en una mesa de vidrio, al alcance de la mano.  También había allí otro sillón, sin contar los mullidos sofás entre los cuales escoger. Lord Hellrune no optó por ninguno. Se deleitaba en el control que era capaz de ejercer, en el imperceptible detalle de que aquella quien lo deseaba debería alzar el mentón para verlo claramente. Que sería libre de acorralarla si acaso perdía el raciocinio y aquello se le antojaba. Adrianna estaba a su disposición, y la idea le fascinaba.

     Es usted una mujer fascinante, señorita Birdwhistle... —pronunció la ronca voz del inglés mientras se dedicaba a un escrutinio respetuoso desde los tres metros que los separaban en aquel momento— Y habéis sido en todo momento una dama encantadora.— la amargura pareció tintar el tono antes dulce, turbando aquel mirar cristalino. Hizo una pausa antes de continuar— Eso categoriza mi anterior conducta como vil e inexcusable. No puedo ofrecer compensaciones, sino mis más sinceras disculpas al respecto. —Nathaniel no desvió la mirada en ningún momento— Eso... y una explicación. —añadió sonriendo sin gracia— Si es que acaso es de su interés.
 
No hubo réplica alguna mientras apartaba sus orbes claros de los inquisivos ojos de Adrianna y se disponía a servirse una copa de champagne. Tenía mucho por decir, y a la vez, se encontraba meditabundo e indeciso acerca de por dónde comenzar. El silencio se colaba por sus sentidos intensificados cargado de palabras. La respiración, el latir presuroso del corazón de la hija del Ángel, el aliento contenido.
Sí, definitivamente ella lo escuchaba.

     Después de verle aquella primera noche me encontré a mí mismo en la imperiosa necesidad de optar por un clan y fui cargado con responsabilidades que no hubiera esperado portar en la vida... —Nathaniel hizo una pausa— Es curioso. Se supone que estamos en paz, y, sin embargo, en el aire se siente la tensión de la guerra. Raphael... Camille... La situación no es más que una bomba de tiempo a punto de explotar. Esa es la realidad, no importa con que elocuentes palabras se escoja disfrazarla.  Recae sobre mí velar por los míos, y si se precipitara lo inminente, habría de seguirlos y guiarlos en su causa. Mi naturaleza representa un peligro para usted. Me disculpo si fue herida por mi ausencia, sin embargo, sepa que si hubiera de decidir otra vez, la decisión aun así seguiría siendo la misma. No antepondría su seguridad a un mero capricho, ni ahora, ni nunca.

La voz de Nathan sonó imperiosa de a momentos y cálida en otros, bajando de nivel al final del improvisado discurso. Decir exactamente lo que quería decir y cómo quería decirlo no le presentaba mayor dificultad. Madurez era algo que sobraba tras casi dos siglos de inmortalidad.
Tomó un hondo trago de champagne y lo depositó con cuidado sobre la mesa, sopesando con los ojos cansados la reacción de la cazadora.

     Sin embargo... —añadió avanzando hasta ella con parsimonia— no es de aquello de que lo que ansiaba hablar. No de mi desaparición sino... de la deplorable actitud que tuve para con usted en el callejón de Taki’s. Le alcé la voz. Le hubiera levantado la mano... quién sabe de qué otra cosa podría haber sido capaz... —se detuvo cuando ya se encontraba junto a ella, sus turbios ojos claros empañados por algo imposible de descifrar— ¿Por qué Aria? ¿Por qué no pudiste simplemente dejarlo estar?


La fría y pálida mano se extendió hasta casi tocar el rostro de la fémina, hasta casi sentir el calor emanando de su cuerpo. Allí se detuvo interminables segundos, tan solo a milímetros de la piel de la mejilla. Luego cayó a un lado del cuerpo del varón, rendida.

¿Qué diría después? Lord Hellrune se hincó sobre una rodilla.

     Parece ridículo... el sólo ver aquel nombre entre tus papeles me hizo perder el raciocinio y la conciencia... cómo si aún fuera mi deber protegerla... cómo si se pudiera proteger a quien ya no está con vida.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Sáb Jul 27, 2013 9:39 am

You saved my life
With blood and through sacrifice.
The lessons that I’ve learned
I promise you I said:
Never again!
Never again!
No never!

¿Era cierto lo que estaba viendo? ¿No sería un espejismo del champan? ¿Nathaniel Hellrune disculpándose? Por unos segundos quiso aceptar las explicaciones, pero un leve enfado se apodero de ella y parte de su mente racional. Ella también había cometido errores, y ni siquiera había tenido tiempo de meditar un discurso medianamente plausible para disculparse. Era fascinante como podía experimentar emociones tan vivas solo con él, era en parte la razón por la cual quería con su alma mortal aferrarse a él, y no soltarse, jamás.

- Comprendo su razón de proteger a los suyos, todos tenemos ese instinto desde que nacemos, aunque en su caso es renacer. Comprendo que tuvieras que tomar una decisión aunque no me imagine que tan pronto.  Aunque yo hubiera arriesgado mi vida. –deposito los labios en el borde del vaso de champan para dar un breve trago burbujeante.- Quizás pueda tacharme de masoquista, de osada e idiota. Pero aquella noche me sentí viva, apreciaba emociones que jamás había distinguido. Solo por eso, arriesgaría mi existencia por ese capricho. Discúlpeme por recordarle que estamos en el siglo XXI y que se cuidarme yo solita, no me hace falta un hombre para defenderme, gracias. Si me meto en problemas, se sacarme de ellos, aunque trate de ser caballeroso, ofende a mi orgullo de nephilim.

Le escuchó como si le fuera la vida en ello, quería hablar, pero su garganta se secaba por minutos, era incapaz de crear un discurso tan brillante como el de Nathaniel en segundos. Dio un trago al champan para refrescar la boca, estaba en el punto perfecto de temperatura, suficiente para aliviar su extraña sed. Parecía que el privado reducía su tamaño por cada palabra que el vampiro pronunciaba, elevando el calor de la sala. Él dominaba todo lo de la sala, y ella lo sabia, su forma de actuar le volvía a delatar como alpha.

- Un momento. –le interrumpió cuando mencionó lo que ocurrió en el callejón de Taki’s.- Yo no creo correcto que trate de disculparse mientras yo impunemente me libro de mi condena, Me parece totalmente injusto y no le voy a permitir que continúe sin escucharme. – tomó aliento, iba a necesitarlo. Estar solos a solos  unos metros de diferencia, la mente dibujaba pensamientos lejos de la cordura, impregnados de fuego, deseo y placer cuyo momento no era el adecuado. Necesitaba cordura, así que apeló a la razón. Trató de ser lo mas franca posible, sabiendo el riesgo que podía correr, no tenía miedo, ya no. -  Yo cometí un error grave, me inmiscuí en su vida pasada. Jamás permitiré que el fin justifique mis acciones, no por encontrarle debía invadir su privacidad. Espero que acepte la culpa de lo sucedido al cincuenta porciento. Es mi única oferta, ambos erramos, ambos debemos expiar nuestros errores. – decidida, se puso en pie, quizás lo mas segura que podía permitirse en esos momentos.-  No me moriré por pedir perdón, así que disculpe mis modo de proceder ese día. Me inmiscuí en su vida, sin su consentimiento, un acto que no tiene perdón alguno. Usted no es el responsable del  todo.

La pregunta de Nathaniel la pilló por sorpresa, y la trastocó, pero ocultó brevemente el rosto mientras se recomponía ¿Cómo no pudo dejarlo pasar? Porque simplemente se hubiera lamentado toda la vida. Recordó que ella era la que estaba enamorada de aquel hombre, quizás el sentimiento no era mutuo, casi seguro. Habría vendido su alma al diablo solo por haberle visto tras aquel día, solo para calmar su dolor. Bajo la mirada, sonrojada, no quería que la notara así de avergonzada pretendiendo mostrar sus sentimientos. Era novata en el tema de sentir esas emociones en su piel y su corazón estaba dolido. No estaba segura si estaba preparada para soportar más dolor, se veía muy frágil.

- Verás, aquella noche yo sentí algo que había leído en libros, había visto a gente, pero jamás experimente en mi misma. Era feliz, porque dejaba de ser una mera observadora, era yo quien sentía esas “emociones”, ese calor recorriendo mi cuerpo, confesando que estaba viva.  Después de veintiún años de vida, vi como los barrotes de mi cárcel de cristal se rompieran, y viviera de verdad. Que sintiera unas emociones que jamás creí que fuera capaz de percibirlas en mi. "Emociones" que me hacían olvidar todo lo que nos rodeaba para estar nosotros dos, solos. Solo tú lograste eso Nathaniel, en una sola noche. Nadie jamás había alcanzado ese llamémosle gesta. Cuando desapareciste…-suspiró tristemente.- fue como si me volvieran a encerrar. Yo ya había saboreado unos segundos esa libertad, esa dicha. No pretendía volver a ese dolor, a la soledad. No pretendía dejar de sentir esas "emociones" , quería sentirlas mas, dentro de mi, apreciar ese fuego recorriendo el cuerpo, placeres que jamas había pensado que mi cuerpo necesitara. Te busque porque aunque fuera peligroso, una estupidez. Pese a que me dijeran que me olvidara, a que padeciera un calvario: precisaba terminar de destrozar aquella prisión, y quizás acompañarte lo que durara mi existencia. Comprendo que quizás me hice ilusiones vanas, pero eran las que me ayudaban a despertarme un día más, y pelear para encontrarte. Nada tenia sentido, me daba igual absolutamente todo, solo deseaba sentirte, porque jamás apreciaría eso de otra persona, nadie seria capaz de provocar tales cosas en mi cuerpo. Te anhelaba y no puedo mentir en eso. Quizás encontraría sentido a mi vida caótica, en tu compañía. – una carcajada triste se escapó de sus labios.- si, puedes acusarme de ser una soñadora y romántica. Acepto esa sentencia. Necia de mi ¿cierto? – sonrió melancólica guardando silencio, dejándole para que hablara.

Su mente cruelmente le recordaba que no era correspondida, que había confesado su amor para seguramente recibir a la cruda realidad clavándose en el pecho. Perforando su corazón hasta límites de absoluta tortura. Pero no podía seguir engañándolo, no era justo para ella ni para él, merecía saber porque lo buscó, porque ese irremediable sentimiento que la daba vida después de caer agotada día tras día en su búsqueda. Ahora si la rechazaba, podría con menos dolor tratar de continuar, si él no la amaba, ella lo haría por ambos. Inspiró hondo, impregnándose sus sentidos del aroma del vampiro, quiso cerrar los ojos. Pero no quería dejar de mirarle, no quería olvidar esa mirada, no quería olvidar la forma de su nariz, de sus labios aquellos que una vez la besaron. ¿Cómo era posible que una persona fuera capaz de alterar por completo a la nephilim?  Sintió la mano acariciando su rostro, y la voz flaqueó, esa dulce caricia era el cielo y el infierno al mismo tiempo. Su mano fría, le recordaba que era, pero poco la importaba, pues le aceptaba tal y como era. Aún sin recuperarse de ese contacto físico, fue cuando le vio arrodillarse y hablar sobre algo de esa carpeta que ella no podía recordar pues apenas la había visto lo suficiente, pero quizás se tratara de esa joven.

- Por favor Nathaniel, ponte en pie, no hace falta hacer eso. –trató de levantarlo, pero no parecía ni quería moverse. – Ya te pedí disculpas, solo puedo hacer una cosa. – se agachó mirándole.- Lo poco que leí, te prometo que nadie lo sabrá, jamás saldrán de mi boca tales palabras. – sonrió con franqueza, poniendo un dedo entre sus labios escarlata, asegurándolo que guardaría el secreto. – es hermoso ese detalle, ella estaría muy feliz de que tuvieras el detalle de recordarla y querer protegerla. A veces las personas nos unimos a otras con lazos tan fuertes, que incluso más allá de la vida, siguen presentes como si nunca se hubieran ido. –se puso en pie. –Gracias por invitarme: mis pies te lo agradecerán eternamente, no les gustan estar mucho tiempo con los tacones. También gracias por el champan, delicioso, aunque no entiendo de ellos, este era exquisito. Quizás sea mejor que me retire, posiblemente quieres un poco de tranquilidad y privacidad. – mencionó mirando a la puerta, aclarado todo, ya no tenia sentido demorar mas lo inevitable. Pero no quería irse, todo su cuerpo estaba en su contra, pero no iba a forzarle. Suficiente con que había invitado para disculparse, más de lo que llegaría a imaginar.Buenas noches…Nathaniel –se despidió con amabilidad, aprecio y cierta desazón. Había pensado como despedirse, de aquel vampiro que irrumpió en su corta existencia, desordenándola para su alegría. Dando luz a tantas sombras de su pasado.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Miér Ago 07, 2013 11:37 pm

Los ojos zafiro del inmortal indagaban hondo en el alma de la cazadora de sombras, la desnudaban, colmaban sus oídos de promesas que jamás llegaría a pronunciar. La clase de mirada que un hombre dirige a una mujer, que la marca como su dominio y pertenencia. Ella era la encarnación de todo el mundo abstracto que jamás llegaría a comprender, del caótico esbozo emocional que colmaba de sentido la existencia humana. Era aquella la cualidad que hacía excepcional a Adrianna, aquel sentir tan intenso y devastador que profesaba en sus palabras. Nathan había adquirido la disciplina de provocarla, la destreza de incitar con el arte de la retórica aquellas extensas y conmovedoras respuestas por parte de su interlocutora. “Sentir, sentir, sentir” a fin de cuentas la cúspide de la existencia mortal se resumía a eso, el intentar acercarse  a la más infantil y utópica idea que poseían de felicidad, sin importar el precio.

¿Podía culpárseles? Disponían tan sólo de algunas décadas, tiempo limitado y finito que debía exprimirse hasta la médula.  Emoción, adrenalina, libertinaje... riendas que guían a los espíritus jóvenes e ilusos. Compromiso y comodidad, aquellas que se anhelan en los años de retiro cuando la cuenta regresiva se da por iniciada.
Clasificar así a los mortales era sencillo, más jamás resultaría aburrido. Nunca un alma ha sido igual a otra y nunca su afán de aquel ideal utópico habría de ser subestimado. La humanidad era una raza por naturaleza mezquina, capaz de actos impronunciables en su cruzada para alcanzar el perfeccionamiento y realización individual.

Para Nathaniel, la riqueza estaba en el pensamiento.  De este modo, sin horror y con la más profunda fascinación se veía atraído una y otra vez hacia aquellos que siglos atrás habían sido miembros de su propia especie. Disfrutaba su compañía, disfrutaba el clandestino placer de arrancarles la vida, disfrutaba enfrascarse en la morbosa comprensión su carácter. Increíble lo que una persona es capaz de compartir cuando cree que una palabra suya, una verdad revelada, hará que la misericordia se apiade del verdugo que le contempla decidido a ejecutar su sentencia.

 Con Adrianna aquello no era necesario. No necesitaba sentir el filo del acero contra su piel o ver la propia sangre formar charcos en el piso para abrirse como un libro y dejar la verdad aflorar. Sus emociones fluían como ríos, se expresaban en palabras y frases y acariciaban dispuestas el raciocinio del inmortal.
Nathan no se sabía capaz de sentir aquello de lo que la nephilim hablaba, sin embargo ahora sí que el sentimiento le era tangible a su conciencia. Ahora sabía el modo en que la hacía sentir, lo especial que era su presencia para ella. No había lógica en aquello, ni una explicación racional que se le semejara a aquel despliegue barbárico de emotividad.  Pero allí estaba, tan real como podía concebirse que fuera.

     Estuve casado por más de un siglo... —pronunció la ronca voz— parece ser que ni las décadas pasadas han borrado por completo la marca del anillo.
Irguiéndose en todo lo que su altura le confería, el hijo de la noche esbozó una tirante sonrisa. Quizá habría cruzado su mente un pensamiento cruel o tal vez el fugaz resplandor de una idea más que riesgosa. La verdad resultaba indistinguible entre las mentiras que lo vestían. Miró a los ojos a aquella dama exquisita, a aquel libro abierto de poesía jamás escrita. No. No sería la última vez que la vería. Estiró con seguridad su mano hasta la cabellera castaño rojiza, colocando serenamente un mechón rebelde en su lugar.

     Has sido una compañía exquisita, Aria... — le susurró acercándose al oído para posteriormente depositar un beso suave sobre su mejilla— Confío en que nos reencontremos en mejores circunstancias.


Abrió la puerta para ella. Sin embargo, al otro lado, uno de los suyos aguardaba. No había tocado la puerta aunque llevaba ya un buen rato en aquella posición y se puso rígida ni bien la luz le permitió discernir el perfil de su segundo al mando. Era una de las más jóvenes, la más reservada de todas y quien menos respeto le guardaba a su líder de clan. Quizá las razones fueran obvias, pues todo en la postura y apariencia de la chica sugería que se sentía fuera de lugar. Usaba unos tejanos y un canguro negro que había visto mejores días, negro, en gran contraste con la palidez de su piel. El cabello oscuro caía en mechones rebeldes y ondulados por sus hombros, y los ojos café no decidían que ángulo de la cara de Nathaniel debería de enfocar.  

     Nate... —comenzó, más la visión de Adrianna le quitó las palabras de la boca.

Estaba sorprendida y molesta, aquel tanto se podía apreciar. Sin embargo, al varón se le dificultaba comprender la inquietud que tan a menudo sacudía a la vampira. Era una muchacha inteligente, divertida y entusiasta con aquellos con quienes entraba en confianza, siempre ávida de aprender, de discutir, de leer relatos fantásticos y de escuchar relatos de otras eras. Y además era hermosa. Una de las flores más raras de todas, aquella que desconoce su propia belleza.

     Adrianna... — entonó el varón mirándolas a una y luego a la otra— permíteme presentarte a Lucía.


El instante les fue robado casi de inmediato, con la imperial aparición de Thomas y Angelica. Cierto era que se acercaba la mañana y los presentes esperaban por él para departir cuanto antes. Nathan asintió al pedido y sin mediar otra palabra, procedió a la partida.
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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

Mensaje por Cónsul J. Nightshade el Mar Ago 27, 2013 6:15 am

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Re: Where there is desire, There is gonna be a flame [Adara, Magnus, Nathaniel]

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