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Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

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Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Helena Trueblood el Mar Mar 19, 2013 10:04 pm

And in the end I guess I had to fall
Always find my place among the ashes


Una mancha de humedad, una que describía una forma irregular en la esquina derecha del techo y que se expandía como una plaga por las paredes. Tenía una tonalidad grisácea, a penas más oscura que el blanco de la pintura que comenzaba a descascararse. Un pequeño trozo había caído hacía unos días, ella misma lo había barrido y recogido con una pala. A penas una película de pintura no superior a la palma de su mano, destruido en decenas de pedacitos por la caída. El cuarto no era muy alto, tres metros tal vez. Pero una lámina de pintura seca era frágil, podía inclusive haberse deshecho entre sus dedos. Nunca había notado la mancha de humedad. Sin embargo ahora que lo hacía se encontraba a sí misma incapaz de dejar de observarla, de sentir su presencia en el techo del cuarto. Sabría que se encontraba allí al entrar a la habitación y al salir, al abrir los ojos por la mañana y sería lo último que divisara antes de cerrarlos por la noche. La mancha se había convertido en aquel entonces en una entidad palpable, tan presente en su vida como podía serlo todo lo demás.

Helena se hallaba a sí misma perdida en algún punto entre esta realidad y otra distinta, ajena del mundo que envolvía su cuerpo cansado, tendido entre sus sábanas desde hacía quien sabe que obscena cantidad de horas. Respondía cuando le hablaban, recordaba respirar y tenía inclusive algún que otro pensamiento. Como la mancha, la mancha que desde hacía varias horas contemplaba con compulsiva obsesividad.

Ni un ápice se había movido el cuerpo de palidez sepulcral y enfermiza, tan fría aún bajo las mantas y tan inmóvil como una estatua. De no denotarse el suave vaivén de su pecho, de no percibirse de tanto a tanto el aleteo de sus largas y negras pestañas, podría decirse que Helena Trueblood había muerto. Y quién sabe, tal vez en verdad lo había hecho. Los orbes que tiempo atrás habrían develado la profundidad y hermosura del cielo abierto se encontraban opacos y hundidos, turbios como un mísero charco de agua estancada. No había emoción alguna repiqueteando por aquellos fieles espejos del alma, incapaces de devolver un reflejo veraz de lo que se encontraba hecho polvo y cenizas.

La diestra caía con pesadez, rozando el suelo helado con los nudillos, deshaciéndose entre sus finos dedos y uñas nacaradas los documentos que acababa de leer. Cada palabra calaba hondo, cincelaba su significado en lo más profundo del alma de la rosa, instauraba en ella una idea que la acompañaría de aquí hasta el final de sus días. No era la duda lo que la aquejaba sino una certeza tajante, tan presente como lo era la mancha en el techo. Hasta ese momento no la había visto, no se había detenido a observar, a fijar su atención en los detalles y a cuestionarse su existencia. Más una vez que la niebla se disipaba y que la visión regresaba a ella, lo evidente y conciso era imposible de ignorar.

Leonides se había dejado alcanzar.

La memoria de cada rasguño, corte y desgarre hacía tizas su propio ser, regresaba a su mente apesadumbrada un análisis detallado y una composición espacial que cuadraba con lo descrito. Sin embargo se habían omitido pequeñísimos detalles, dotado las palabras de una increíble ambigüedad. Cualquiera podría haber leído el informe y creído por completo, más no quien se había criado junto al León y conocía su modo de batallar. No Helena. Ella sabía la verdad.

Y fue la certeza que la mantuvo anclada a la cama por largas e interminables horas lo único que al final logró forzarla a reaccionar. Jamás podría volver a estar tranquila, ni siquiera hallar en el silencio un oasis de paz. No si no lo veía a los ojos, si no se arriesgaba a si misma a perderse en las orbes de plata y exigirles una imperiosa explicación. Necesitaba saber por qué, oír de sus labios cualquier cosa que justificara aunque sea pobremente tal abandono a la vida, tal cobarde carencia de fuerza de voluntad, tal descaro.

Lazos de seda roja se deslizaron con suma suavidad por las curvas del cuerpo femenino, guiando sus pasos sobre el piso helado al contacto, marcando movimientos sutiles y frágiles como la danza. Poco más que un nombre y una certeza era capaz su mente de articular, martillando su subconsciente con una urgencia enfermiza y obsesiva que su cuerpo optaba por ignorar, tarareando en francés sin quererlo ni buscando las estrofas de un poema. El agua se deslizaba por su cuerpo gota a gota, así como se deslizó el vestido rojo vino, entallado y amoldado a medida a su exquisita figura. Caía hasta las rodillas, sutilmente escotado sin rozar lo vulgar, elegante y sobrio en apariencia. Llegó Helena a no reconocer a la mujer que le devolvía la vista en el espejo, aquella desconocida siempre hermosa a la que el dolor y el abatimiento parecía no afectarle, incapaz de restar siquiera una pisca de su antinatural encanto. La odió. No tenía derecho a verse así. Nadie le había dado el permiso de destilar aquella seguridad y preciosura de mentira, de convertirla en un espejismo falso de quien era en realidad. Añicos se hizo el cristal ante el golpe del cepillo, destellando cada diminuto fragmento con la luz rojiza del atardecer.

Y así los pasos de la rosa la alejaron de su propio cuarto, repiqueteando silentemente los zapatos de taco alto, enroscado en el muslo el látigo que día y noche le hacía compañía. Sabía lo que tenía que hacer, la franquicia y honestidad de las palabras que al final la romperían, que sellarían una verdad que con la debería de lidiar. Podía tolerar vivir el resto de sus días como una muñeca rota y rechazada, relegada al final del cajón donde se guardaban otras tantas. Lo que no podía era sucumbir una vez más ante la idea de que lo perdía, que Leo se desvanecía como arena entre sus dedos. No sin antes sincerarse, no sin dejarle conocer la verdad. Iba siendo hora de que la Rosa Negra se diera el lujo que se negó durante toda la vida, iba siendo hora de que escuchase lo que su corazón le pedía a gritos y que fuese aunque sea por un mísero segundo una mujer egoísta. Sentía lo que sentía, lo que nadie nunca le había dado el derecho de sentir.

De ahora en más, esa sería su única guía.

— ¿Thurscross? — inquirió de pronto, ante la realización incrédula de que sus pasos la habían llevado camino a la sala común y que el otro herido no se encontraba donde debía— Deberías estar en la enfermería.
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Jeriel Cross el Miér Mar 27, 2013 6:43 pm

Minutos.
Minutos habían transcurrido desde el instante en el que sus ojos se abrieron finalmente entre las sombras que precedían al atardecer y que comenzaban a deslizarse a su alrededor, como si quisieran atraparlo entre sus dedos invisibles y engullirlo definitivamente en aquel estado de semiinconsciencia en el que se había pasado las últimas horas. Minutos que se deslizaban por la superficie de un reloj con el segundero golpeando a cada pulsación de su corazón e inhalación pausada hasta que la comprensión de todo lo acontecido lo golpeara con la intensidad de mil agujas.
Los muelles del viejo camastro se clavaban en su espalda y extremidades inertes, y la suavidad de la que sábana que antes le había parecido agradable, ahora le resultaba áspera al contacto con su piel inexplicablemente sensible.
El peso aplastante de algunas verdades no pronunciadas se cernía sobre su cuerpo aún magullado, pero apenas maltrecho; al menos no mas de lo que podría estar, dados los acontecimientos de la noche anterior. Su mente parecía devolverle a modo de flashbacks y susurros información desfragmentada, deslizándose profundamente en su conciencia cada vez mas despierta a modo de retazos y detalles que antes carecían de sentido, alcanzando finalmente la comprensión de la realidad que había envuelto su pequeña isla de apacible inconsciencia, hundiéndolo cada vez mas sobre el colchón, ahora prisión de su mente inquieta.

No pasaron mas de diez minutos sin que la movilidad volviera a sus músculos, la impaciencia reemplazando la apacibilidad de una maldita enfermería solitaria, fría y estéril. La urgencia por abandonar aquel lugar se había pronunciado conforme los últimos resquicios del sopor inducido por el proceso de curación desaparecía definitivamente, dejando como evidencia de su existencia tan solo nuevas cicatrices sonrosadas y ya selladas, magulladuras, moratones y un puñado de sábanas enredadas sobre una cama solitaria.

El despertar tras una batalla finalizada en aquellas condiciones nunca era dulce. Jamás era una experiencia digna de recordar, - pensó Jeriel observando su cuerpo frente al espejo ahumado del baño unos instantes después de abandonar renqueando la enfermería con tal de tomar una ducha que se llevara parte de sus pensamientos dispersos. - Si había algo que nunca cambiaba, era el hecho de que las cicatrices perdurarían sobre su pálida piel por lo que le restaba de vida, como si de una visita reacia a marcharse se tratase, cómodamente instalada sobre su cuerpo con la intención de recordarle su presencia mediante los recuerdos que las acompañaban. El vidrio se ahumó hasta el punto de convertir su imagen reflejada en una simple sombra de sí mismo, con los contornos difuminados y los rasgos fuera de lugar. A eso es a lo que se resumían sus existencias, al fin y al cabo. Sombras y cenizas, como bien se lo confirmaba su imagen distorsionada.

Con un último vistazo de aquella perturbadora imagen, pasó la mano húmeda sobre el cristal, como si con aquel gesto quisiera devolver la esencia de su reflejo empañado. Pero el resultado resultó ser todavía mas deforme de la realidad.

Nada volvía a ser lo mismo. Ni si quiera ellos mismos. Ni tan solo todo aquello que creían conocer sobre sí mismos.

Buscando algo mejor que hacer con la clara intención de dejar de pensar, se vistió con lo primero que encontró entre la ropa desparramada de su habitación, localizando de inmediato unos raídos jeans y una camiseta arrugada pero limpia de algodón.
Abandonó la estancia y vagabundeó por un rato por diversos rincones del frío instituto, que ahora se encontraba relativamente silencioso y solitario, salvo por el murmullo de voces que alcanzaba a escuchar a través de las puertas que dejaba atrás. Llevaba rato engañándose, distraído y con la mente puesta en modo automático, pero lo cierto es que sus pasos siguieron el camino hacia la biblioteca, guiándolo de forma inconsciente hacia uno de los motivos que lo hacían estar inquieto.

Tras tomar entre sus manos lo que andaba buscando, y que instantes antes había permanecido descansando sobre el amplio escritorio de Maryse, abandonó la sala con aires casi furtivos, a paso sigiloso y apenas haciendo notar su presencia entre las posibles personas que pasaran cerca de aquel lugar. No había robado nada que se considerara de suma importancia, tan solo tomaba prestado uno de los informes cumplimentado prolijamente por una persona en concreto, pero lo que había comenzado siendo una ligera sospecha, había terminado por convertirse en una obvia preocupación para todo aquel que conociera lo narrado entre aquellas páginas.

Apenas recordaba como había llegado allí. ni si quiera se molestó en alzar la mirada de los papeles que se sucedían un tras otro en una búsqueda irracional que captara su atención. Solamente era capaz de leer una y otra vez las mismas líneas, sus ojos trabados en aquel punto como si apenas fueran capaces de continuar con una búsqueda que era casi tan inútil como las mentiras que se reflejaban de una forma tan descarada sobre el papel.

De pronto, una dulce entonada femenina lo sacó de su ensimismamiento retraído, apartando la vista casi a regañadientes de aquello que sostenía en su mano, percatándose de que había terminado en la sala común, sentado de cualquier manera sobre uno de los diversos sofás sin apenas molestarse en comprender qué hacía allí ni como había llegado. Sus ojos buscaron a la propietaria de aquella voz con un movimiento ascendente y distraído, pues aunque aún tenía la cabeza en otro lugar, reconoció la voz casi de forma automática. Helena, aguardando en el umbral de la puerta, de devolvía la mirada con una expresión un tanto preocupada. Bien, lo habían pillado, pero tampoco es como si se fuera a tomar la molestia en disimular.

El joven bajó los papeles lentamente, lo suficiente como para poder observar sobre ellos a aquella joven. El reconocimiento alcanzó sus ojos dorados tan solo instantes después que sus palabras atravesaran la estancia, perturbando el silencio con su dulce y melodiosa voz bienvenida. Dejando los papeles a un lado de cualquier forma, respondió:

- Hace tiempo que nadie se dirigía hacia mí por el apellido completo, salvo cuando se trata de asuntos oficiales...

...Ni se te ocurra morir, Jeriel Thurshcross...

Mas imágenes y recuerdos atenazaban la mente confusa del joven, clavándose en su cerebro al igual que cristales compuestos por afilados bordes punzantes. Jeriel hizo una ligera mueca que apenas sí pasaba desapercibida para quien no hubiera visto el cambio efectuado en él, pero se recompuso con rapidez, molesto y cada vez mas consciente de lo que se había negado a aceptar. Esbozó una sonrisa ladeada que pretendía ser de disculpa antes de continuar.- Y sí, Helena, me he escapado de la mazmorra de los horrores... ¿Acaso tienes la intención de entregarme al monstruo de la túnica?

La sonrisa sonrisa de Jeriel se pronunció todavía mas conforme se empapaba de la imagen de la mujer que tenía frente a él, tornándose pícara y maliciosa. Ocho años habían transcurrido desde aquella última vez que la había tenido frente a él, un espejismo de lo que era antaño, ahora se dejaba entrever entre sus rasgos, las delicadas curvas de su cuerpo y la pronunciada belleza que solo la madurez había magnificado todavía mas.
Cualquiera pensaría que Jeriel se sentiría azorado por estar frente a un amor de la infancia, quizás un tanto avergonzado al rememorar aquellos meses compartidos en la ya casi olvidada adolescencia. La ternura y la pureza que le inspiraba evocar el recuerdo, intacto a pesar del transcurso de los años... Bien, seguramente, esa sería la reacción del muchacho que nunca mas volvería a ser, pero el hombre que había frente a ella era el espectro oscuro en el que se había convertido, como bien lo delataban sus labios fruncidos en una mueca burlona y el brillo arrogante de su mirada.

- Por lo que veo, el paso de los años han hecho de ti una mujer de una belleza excepcional, Ellie. - Murmuró en un tono de voz bajo y provocador.- Lo cual no debería sorprenderme, ya que siempre me has parecido de las mas hermosas que he conocido.
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Helena Trueblood el Vie Mar 29, 2013 9:52 pm

"Shall I compare thee to a summer's day?
Thou art more lovely and more temperate:
Rough winds do shake the darling buds of May,
And summer's lease hath all too short a date:
Sometime too hot the eye of heaven shines,
And often is his gold complexion dimm'd;
And every fair from fair sometime declines,
By chance or nature's changing course untrimm'd;
But thy eternal summer shall not fade
Nor lose possession of that fair thou owest;
Nor shall Death brag thou wander'st in his shade,
When in eternal lines to time thou growest:
So long as men can breathe or eyes can see,
So long lives this and this gives life to thee."


Las certezas de la mente poco importaban, no cuando eran las del alma y el corazón aquellas puestas en duda. O peor aún, aquellas negadas. No recordaba el tiempo exacto que había estado huyendo, corriendo hacia ninguna parte y alejándose con cada paso de sí misma. La rosa era más ídolo que persona, más inerte fantasía que realidad viva y carnal. Incluso aunque hubiese querido regresar a ser la que era, no lograba alcanzar a atisbar la naturaleza de una Helena distinta. Su pasado se veía como tan lejano y abstracto como un cuadro en un museo, una imagen congelada en el tiempo que hacía demasiado había dejado atrás.

Y la muchacha no sabía qué sería capaz de arriesgar, en quién sería capaz de convertirse siguiendo nada más que lo que dictaban los caprichos irracionales de su alma. Por tanto tiempo había estado silenciándolos, ignorando sus voces susurrantes al tacharlas de ilógicas e insensatas, que ahora se encontraba a sí misma apesadumbrada e incapaz de comprender tan solo una palabra. No tenía sentido soñar con todo aquello que nunca había sido, no cuando podría tener una vida estable lejos del tumulto caótico de dolor y promesas incumplidas. Esa mentira se había estado diciendo a cada instante de su vida, repitiéndola tantas veces que incluso ella misma había llegado a creerla.

Ellie había estado enamorada de la idea del amor, del pensamiento y la noción romántica de que un sentimiento puede mover montañas y derretir incluso la estatua más fría. Ingenuidad o tontería infantil, quizá podía tacharse a sí misma de todas esas cosas. Quizá podría desear volver atrás las arenas del tiempo y darle a su ser más infantil una cruda bofetada, instaurarle tan solo un ápice de sentido común a su insensata cabezonería. Pero no podía pensar en sí misma siendo más sincera, más auténtica de lo que había sido en esos momentos. Hubiera dado la vida por él, lo hubiera sacrificado todo en el punto exacto en que se dio cuenta de cuánto lo quería. Pero no era el júbilo de la realización lo que llegaba a su memoria como un maremoto, era el dolor de sentirse traicionada y abandonada a su suerte por la única persona que creyó jamás la defraudaría.

Recordaba ser aquella que no llegaba a la quincena, corriendo por la arboleda cercana a la casa con el corazón en el puño. Yendo al punto donde Derek le dijo que Leo estaría, allí dónde debía de ir a buscarlo. Y mientras los labios del león se fundían con los de aquella Aldertree ante sus incrédulos ojos, mientras que sus manos cubrían ansiosas cada porción de piel, las yemas trazaban el alma de la rosa incurables heridas, y ajaban sin piedad la fina porcelana. Al final no quedaría más Helena que una muñeca rota, abandonada a su suerte e imposibilitada de regresar a casa. Ya no sería la misma criatura ilusionada y fuerte. Sin embargo aún podía recordarla, recordar lo que se sentía el poder sonreír con naturalidad, el poder ver a los ojos a la persona que más quería en este mundo sin que la puntada de la traición quebrase sus huesos y sembrase la duda en su alma. Helena había querido en ese momento olvidar, enterrar la cabeza bajo la almohada y despertar de regreso en su vieja vida, huir de un lugar que solo él había hecho tolerable y que se había convertido ahora en un infierno. Sin embargo, lo único que le había quedado entonces y aun ahora era recordarla, recordarla y aferrarse con todas sus fuerzas a aquel sentimiento. Esa niña había sido ella, esa niña y sus errores la habían forjado tal y cual ahora era.

¿Por qué pensaba en ella ahora? Una pregunta tal vez demasiado sencilla y obvia de contestar. Era el rubio que tenía frente a sus ojos un recordatorio andante de aquel pasado lejano, y había sido él el primero en volver a arrancarle una sonrisa.

— El “monstruo de la túnica” te ha salvado el pellejo jovencito —comentó en un tono ajado que apenas e intentaba parecer jovial— Y no te ganarás galletitas por adular a tu enfermera.

La rosa tuvo que contener ambas, la respiración y el impulso de dar vuelta sobre sus talones e internarse indefinidamente en la enfermería. Su preocupación continuaba nublándole el juicio, pero tenía aún la suficiente conciencia como para saber lo que tenía que hacer. Sonrió cansada, conocedora de que el muchacho que tenía delante haría todo menos ponerle las cosas fáciles. Si no lo había hecho cuando aún eran críos, y teniendo en cuenta que el carácter se acentuaba con la edad, tenía más bien pocas o nulas posibilidades de hacerlo obedecer ahora. Claro, sin sacar a relucir el látigo que llevaba guardado bajo la falda.

— Podrías tener hemorragias internas, Jer. Casi pierdes la vida y aun con la ayuda de los hermanos necesitas darte el tiempo de sanar. —El tono autoritario estaba cargado de un cierto aire de reproche, más era visible a leguas la preocupación contenida— Déjame trazar un par de iratzes. Luego o bien marcharás a tu habitación o regresarás conmigo a la enfermería. Tú decides.
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Jeriel Cross el Vie Abr 26, 2013 6:56 pm

Jeriel alzó una ceja divertido, observando en el rostro de la muchacha aquella expresión que denotaba una preocupación innecesaria. Quizás incluso la impaciencia luchaba por dejarse entrever bajo aquella máscara de autoridad. Al fin y al cabo, parecía ser que los años los habían cambiado a todos de cierta forma, pero era innegable afirmar que no era la misma Helena que había conocido, aún cuando parecía estar escondida en alguna parte tras los ojos claros de la mujer que había tomado su lugar en cambio.
Jeriel se arrebujó en el sofá, negándose a abandonar aquella actitud que le confería la imagen misma de la despreocupación. Después, guardó silencio por unos instantes con el la cabeza ligeramente ladeada, escrutando a la joven con ojos entrecerrados. ¿Galletitas? ¿Enserio? Si no recordaba mal, la cocina no era una de su cualidades mas notables. Finalmente chasqueó la lengua y negó con la cabeza, cruzándose de brazos.

- No me gusta tener a los encapuchados demasiado cerca a mi persona.- Murmuró en un tono no carente de sarcasmo.- Además, no es buena idea mantener al León y a mi persona encerrados juntos en un mismo lugar demasiado tiempo...

Lo cierto es que apenas había dedicado parte de su atención a aquel hecho. Mantenía una estricta conciencia de cuanto le rodeaba, bien era cierto, innegablemente consciente de aquella presencia cuasi etérea que formaba parte de él, aunque en aquella ocasión había hecho oídos sordos, casi como si reaccionara desapasionadamente a una verdad que era fácil de ignorar aún cuando golpeara directamente sobre su rostro. Jeriel soltó unas carcajadas. Tampoco es como si se hubiera detenido demasiado tiempo en inspeccionar el semblante que presentaba, pero en realidad no puedo evitar preguntarse... ¿Tan mal aspecto aparentaba que despertaba en ella aquella expresión preocupada?

No acepó que ella le revisara de forma audible, pero tampoco se negó categóricamente. Sería un idiota si perdía la oportunidad de ser atendido con devoción por una mujer tan hermosa como ella. De todas formas, dudaba mucho que fuera a perder el conocimiento.

- Qué desgracia para la comunidad de cazadores que terminara muerto en algún rincón, ¿Verdad?- hizo un ademán con su mano, restandole importancia a aquella afirmación.- Estoy bien, y si así fuera, estoy seguro de que sabrías que hacer... -Una sonrisa tiraba de sus labios, casi como si estuviera reconsiderando la idea. Oh, venga. ¿Desde cuando él había puesto las cosas fáciles?- No te prometo nada.



Spoiler:
Es deplorable, corto y evidentemente denota una ausencia total de creatividad. Mi musa es una perra que me abandonó hace unos días y mis post dejan mucho que desear. No me matéis, sabéis que esto solo dura unos días...
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Helena Trueblood el Lun Abr 29, 2013 6:00 pm

___________
Helena esbozó una sonrisa triunfante, tirando con fuerza del látigo de cuero mientras observaba al pelirrubio retorcerse como un gusano en el anzuelo, gruñendo por lo bajo tacos inteligibles, luchando por zafarse con todo lo que tenía. Resultaba cómico, hilarante inclusive, considerando que los ojos dorados de Jer, refulgentes en determinación, desentonaban violentamente con su cara, que pasaba de un color rosáceo a un pintoresco rojo tomante. Hacía pocos días le había pedido al joven Thurscross que la ayudara en sus prácticas, y este lo hacía de buena gana, aprovechando cada oportunidad que se le presentase para gastar bromas o reírse a su costa. La mayoría de las veces era ella la que terminaba tumbada en la hierba, desarmada e indefensa. Era disfrutable ver que esta vez era aquel quien estaba a su merced.

— ¿Te rindes ya, Thurscross? — entonó cantarina la voz de la joven.
Y al recibir en respuesta un gesto derrotado y arisco, aflojó el agarre del látigo.

No supo qué sucedía hasta que notó el leve temblor en los músculos y el resonar de su propia risa entre el follaje campestre le llenó los oídos. Él la miraba mudo de asombro y ella reía divertida, regocijándose en la paz que ya había dado por perdida. Jeriel abrió los brazos y Ellie corrió a su encuentro, derribándolo y rodando con él por el verde pasto, anidando feliz en su fuerte pecho. Así. Justo así, como creyó que jamás podría volver a sentirse. Satisfecha y protegida, realizada por recuperar a penas un fragmento del control de su caótica vida terrenal. Seguía siendo una cazadora. Nadie podría arrebatárselo.

— Gracias— musitó, aferrándose a la sudadera empapada.

Y al instante siguiente los largos dedos del mayor alzaban su mentón y los labios del otro envolvían los suyos.

___________



El recuerdo tomó por sorpresa a la siempre centrada Helena, provocando que se mordiera el labio y esbozara una sonrisa tímida. A simple vista, poco parecía haber cambiado desde aquel tiempo tan simple y distante en que todo era entrenamiento y carrerillas a escondidas. La misma mirada suspicaz, los mismos comentarios socarrones... y sin embargo, amargura oculta detrás de cada sílaba, en exposición la dulce y ácida ironía. No. No había que dejarse llevar por las superfluas apariencias. Ellos, los de entonces, ya no eran los mismos.

— Terco y duro como una pared. — comentó, sin disimular su resignación— Deja que compruebe que tal estás. Yo me preocupo, y no soy la única que te requiere sano y salvo.

Con parsimonia y premeditada paciencia se deshizo de los tacones y colocó el par a un lado del sofá, haciéndose también con la estela que llevaba pegada al muslo. No tendría ni sentido ni efecto ponerle al rubio mala cara, más de igual modo entrecerró la Rosa las pestañas y frunció ligeramente el ceño con gesto decidido. Alzó el mentón del otro con los dedos y contempló la dilatación de sus pupilas, pasando luego a comprobar, para su alivio, que al menos no tenía fiebre. Una pequeña victoria, considerando la cantidad de toxinas que hacía horas se habían alojado en el organismo del cazador.

— ¿Has tenido jaquecas? ¿mareos? ¿alucinaciones? — preguntó, utilizando el mismo tono condescendiente y dulce que aplicaría al examinar a un niño— No parece que tengas ningún traumatismo grave. Comprobaré ahora tu cuerpo.

La femenina anatomía se amoldó con delicadeza y elegancia al espacio libre entre los almohadones, flexionando las rodillas cual sirena mientras que la espalda se mantenía erguida como una tabla y el mentón orgulloso se alzaba en lo alto. Colocó ambas manos sobre su regazo, depositando allí la estela. Luego, giró ligeramente el rostro, dedicándose al escrutinio de Jeriel Thurscross con semblante precavido. Quería dejarle claras sus intenciones de buenas a primeras, sin embargo, no había que equivocarse: no le estaba pidiendo permiso.

Cerniendose sobre él con sumo cuidado, Helena se dedicó a la cautelosa tarea de desprender uno a uno los botones de la camisa, exponiendo la piel perlada de cicatrices tensa sobre los firmes músculos. Para su horror, más de un hematoma oscuro y violáceo violaba la perfecta anatomía del cazador.

— Regresarás a la enfermería, Thuscross.

Y con esta declaración, firme aunque susurrada, se acercó Helena más a él, depositando la palma de la siniestra sobre el pecho descubierto y comenzando con la diestra las curvas del primer iratze.

— No puedo creer que te dispusieras a pasear por el instituto con semejantes heridas internas. ¿Dónde tienes la cabeza? — comentó, casi que para si misma, mientras continuaba con su labor— ¿Has sentido puntadas de dolor o pulsaciones en algún lugar en específico?
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Jeriel Cross el Mar Jun 04, 2013 7:21 pm

Encogiéndose de hombros, Jeriel hundió todavía mas si cabe su cuerpo en el no tan agradable pero mullido hueco del sofá. El desgaste del mobiliario se hacía evidente, y el continuado uso diario por parte de los tantos y tantos nephilim que pasaban por allí cada año aseguraba que así fuera. Y como tantos otros, el muchacho no encontró aquel polvoriento sillón especialmente cómodo, pero por la forma en la que él parecía adueñarse del mismo con su presencia despreocupada, cualquiera se podría llevar la impresión equivocada de que parecía mucho mas atrayente de lo que parecía a simple vista, al igual que si de su propio trono particular se tratase. Quizá esa era una de las cualidades mas notables del joven, pues siempre parecía igual de cómodo fuera cual fuere la situación o el lugar en el que se hallase, por muy comprometida, desagradable o extraña que se le antojara a los demás. Las preocupaciones y las responsabilidades parecían eludirlo, aunque muchas veces la realidad fuera otra bien distinta.
La mayor parte del tiempo se aseguraba de ofrecer aquella imagen desgarbada y divertida, una satisfacción perversa escondida bajo el brillo de sus ojos dorados que había degenerado con el paso de los años en algo mucho mas perspicaz y astuto, evidencia de que tramaba algo tras esa mirada divertida que fácilmente se podría subestimar. Y en aquel preciso instante, en aquel mismo lugar, sintiendo el cosquilleo candente alrededor de la runa que descansaba sobre su pecho y que cada vez iba tornándose mas y mas insistente, al igual que el eco lejano de un segundo latido, y sabiendo cuanto sabía, se convirtió voluntariamente en el instigador de una situación que bien podría darle fundamento a una sospecha que poco a poco iba cobrando fuerza en su interior.

- A pesar de la imagen que pueda ofrecer tras una batalla como la de ayer, no hay de que preocuparse, pues no cabe duda de que mi atractivo no ha hecho mas que mejorar considerablemente. - Bromeó en respuesta ante su tono resignado conforme observaba cada ligero movimiento que realizaba la muchacha al tiempo que tomaba asiento junto a él, mejorando mucho mas la visión y comodidad de aquel conjunto tapizado de un feo color marrón desgastado. - Hay de quien es de la opinión de que no hay visión mas sexy en el mundo que la un tipo duro apaleado. Aunque desconozco el motivo por el que ese hecho vuelve locas a las mujeres...


Al igual que un niño resignado, se cruzó de brazos en un gesto que denotaba una terquedad que se contradecía con la sonrisilla que bailaba de forma permanente en los labios del cazador de sombras, el cual no apartaba la mirada del semblante concentrado de Helena. Cuando terminó de inspeccionar que no sufriera ningún tipo de fiebre alta que desencadenara aquellos comentarios, a punto estuvo de soltar a modo de respuesta un ¿Contenta? en voz baja, cuando comenzó de nuevo con una serie de preguntas que destilaban profesionalidad legítima digna de un doctor mundano en medio de una crisis.
En realidad, se encontraba lo suficientemente bien como para mentir descaradamente a cada pregunta con una negativa rotunda. Aunque por supuesto, lo que jamás negaría era que se sentía extrañamente complacido por las atenciones que empleaba sobre su persona, sobretodo desde el instante en el que palabras clave como ¨comprobar tu cuerpo¨ junto con la palpable cercanía de una presencia producía el aguijonear constante de su runa ardiente sobre su piel, lo cual ayudó a deshacer el gesto cerrado de sus brazos frente a él, casi como si de una invitación se tratase mientras su sonrisa se ampliaba ante el proceder de la muchacha.

Tampoco es como si ella no lo hubiera visto antes sin la misma, hacia ya tantos años atrás a pesar de lo obvio de los cambios que siguieron a su entrenamiento, así como cientos de cicatrices que se perfilaban sobre la piel de los músculos trabajados, al igual que las muchas historias escondidas tras las batallas de los que compartían su linaje.

Por un momento, la joven Helena tomó las riendas del convaleciente Cross, acomodándose en el sofá frente a él en una postura cómoda que distaba mucho de ser la mas profesional conforme el muchacho se recostaba todavía mas sobre los cojines plácidamente, obligando así a que la anatomía de la muchacha se inclinara todavía mas sobre él, quedando ambos recostados en una actitud malinterpretada para cualquiera que pudiera pasar ante las puertas abiertas de la sala común.
Y al fin y al cabo, ¿No era eso lo que andaba buscando profundamente alguna parte recóndita e irreflexiva de Jeriel?

Sin dejar pasar la oportunidad de sentirse atendido, disfrutó de la calidez cosquilleante de sus manos sobre su piel al tiempo que sus dedos revoloteaban sobre su torso, desabrochando los botones de su camisa, dejando la piel parcialmente expuesta de cintura para arriba. La preocupación se adueñó de los rasgos femeninos al tiempo que sus ojos claros se detenían sobre la zona afectada, la cual seguramente no lucía ni la mitad de mal de lo que había estado largas horas atrás.

Mientras, el joven observó a la mujer frente a él detenidamente; la niña que una vez fue y con la que compartió juegos de la infancia hacía ya tanto; la muchacha que comenzaba a tomar conciencia de su destino en un mundo en el que todos crecían demasiado rápido y morían demasiado pronto.
Aún podía sentir las risas, voces susurradas del pasado retumbando a su alrededor. Un sonido libre de la desagradable contaminación que ensordecía a todo aquel que conocía lo suficiente la urbe de Nueva york y que añoraba la paz y la serenidad tras las torres de cristal. Al igual que una antigua melodía escuchada una y otra vez, aquellos recuerdos prácticamente habían perdido todo significado, aquella noción de ingenua adolescencia que evocaban los besos robados y la emoción que podría haberlos embargado la primera vez. Y al igual que aquella vieja canción, todo ese rastro de emociones había quedado eclipsado por la madurez y el transcurso de los años, sonidos que simplemente eran capaces de desempolvar viejos recuerdos y arrancarte una sonrisa de los labios.

De pronto, todo atisbo de humor desapareció del rostro del cazador de sombras, perdido en la expresión ligeramente horrorizada de Helena conforme su mirada recorría sus facciones enmarcadas por sus cabellos oscuros como la tinta, que caían alrededor de su rostro ondulándose al igual que zarcillos salvajes.
Contrariamente a lo que pasó a continuación, alguna parte enterrada que quedaba del antiguo Jeriel se sintió culpable. Culpable por muchos motivos, así como por decisiones que en aquel momento pesaban mucho menos en el nuevo carácter que había adoptado en los últimos años de su corta vida. Quizás remordimientos por su comportamiento indiferente frente a lo que pudieran pensar los demás de él, así como el resultado final de sus muchas faltas que buscaban vergonzosamente satisfacerlo de una forma casi enfermiza en sus propósitos destructivos e hirientes.

Lentamente, e ignorando parte de sus comentarios, su mano se alzó, apartando un mechón del sedoso cabello y llevándolo justo detrás de su oreja distraídamente.

- Y yo no puedo creer que me preguntes eso. - Murmuró con una mueca socarrona, como si hubiera recalcado lo obvio. De pronto, su otra mano se posó sobre la de ella, cerrando sus dedos a su alrededor muy próximas a su corazón. - Dolor aquí... No lo sé. - De pronto, su tono adquirió matices con un trasfondo un tanto lascivo y el brillo expectante de sus ojos relucía con un dorado casi predador. La mano que acariciaba su rostro de pronto desapareció y la tomó por la cintura, atraiéndola todavía más, prácticamente recostándola estrechamente sobre su cuerpo.
- Palpitaciones...Quizás.


Nota:
Que conste que he querido recalcar la anticipación que siente al percibir al parabatai. Los turnos a continuación son Leo/Hele/Jer. Venga, Dieudonne, te espero con los brazos abiertos >.<
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Jue Ago 22, 2013 8:41 pm

—Por favor... por favor... No te vayas... No vayas donde no puedo seguirte... Leo, no vayas donde ya no puedo correr tras de ti.

Te amo...

Siempre te amé.


Leo despertó abriendo primero un ojo y después el otro como un búho, reteniendo pobremente el eco de una voz conocida. La enfermería estaba vacía, para suerte suya, y no habían ni cuidadores, ni hermanos silenciosos, ni mujeres atractivas que llorasen por él. En el recinto encontrábase él solo y su picadura de rapiñador casi sanada, rezumando plasma transparente y oliendo a ungüento suave. El vendaje en el cuello apenas le dejaba mover la cabeza para mirar a su alrededor mientras buscaba su kindjal en la mesa de noche contigua, si es que se lo habían devuelto, pero después de parar un momento y pensar mejor en quién se lo había quedado, prefirió buscarlo de las caderas para abajo por si las dudas. Nada. Parecía ser que la Nightshade no había osado atentar contra un convaleciente.

El silencio era tan denso como el aroma empalagoso que aún tenía pegado al cuerpo. El dolor se había ido, pero  en su lugar lo atacaba la molestia de una picazón que no podría saciar. Y una inquietud. La impresión de cierto cambio comenzaba a preocuparle mientras intentaba recordar un reciente sueño que parecía haber olvidado de un momento a otro. Sentía algo diferente y, aunque entonces no supo decir qué exactamente, decidió atribuírselo al extraño calor que percibía en el pecho, justo detrás del corazón, como una luz incandescente. Seguridad. Un propósito. Cimientos para la endeble estructura mental que había estado a un pelo de desmoronarse por completo el día anterior. Algo, pero no sabía qué. Esa incertidumbre le dio la fuerza de voluntad suficiente como para sentarse en la cama, patear las sábanas como un crío y apoyar los pies en el suelo helado. A pesar de que todos los poros de su cuerpo aullaron en respuesta, agradeció la repentina claridad que terminó espabilándolo por completo, se puso de pie y cazó una camiseta sin mangas que se pasó por la cabeza a medida que arrastraba los pasos por el corredor.

Fragmentos borrosos de memoria pasaron por su cabeza a modo de película bizarra, dándole algo de tiempo a recordar el por qué de una estadía tan amena en la enfermería a merced de un Gregori, quien, evidentemente, había hecho un buen trabajo. Sentía las puntas de los dedos entumecidas, como si hubiese estado reventándolas contra una pared por horas, y escalofríos. Tal vez fiebre, tal vez no. Tal vez estaba muerto y caminaba como un idiota en un escenario residual producto de un recuerdo, tal vez no. Pero lo único que pudo distinguir de entre el aguijoneo incómodo en la piel y una jaqueca repentina, fue la sensación de algo palpitante en el hombro derecho. Débil como un corazón en las diez últimas, y aún así, perceptible.

El pasillo era ridículamente espacioso y largo, y las paredes que se erguían a su alrededor amenazaban con cercarlo y cernirse sobre él. Un zumbido pasajero en los oídos lo asaltó en determinado momento, haciéndole entender que levantarse no había sido una buena idea, y que tendría que haberse quedado rascándose la tripa bajo las mantas. Joder, pensó, sólo camina. ¿Pero a dónde? ¿Para qué? Las respuestas concluían en el simple deseo de moverse y sacarse de encima el polvo que había acumulado por horas postrado en una cama, en un estado comatoso interesante junto al otro gilipollas.

Cross. Recordó entonces que al levantarse no le habían balbuceado ninguna grosería, por lo que asumió que el rubio ya se había levantado antes que él. No tenía ni idea de qué podría haber estado haciendo en la enfermería, más que someterse al chequeo rutinario post-misión y el trazado de algún iratze. A pesar de ser un completo imbécil, Jeriel era un cazador decente y no se dejaba vapulear por ninguna cosa inmunda que viniese a hacerle frente, por lo que, a ojos de Leo, tal vez se hubiese hecho el muertito para llamar la atención de la encantadora hija del Cónsul y así atraparla en sus redes de macho seductor.

Menuda ridiculez le arrancó una grave carcajada mientras se acercaba a las escaleras forradas de moquette, y comenzó a descender de a poco como si le hubiesen caído encima cincuenta años de más. Una mano pálida se enterró con lentitud en el largo cabello dorado para peinarlo hacia atrás, y la mente le quedó completamente en blanco en cuanto alcanzó la planta baja. Caminaba descalzo y con parsimonia, mirando sin ver los cuadros del Ángel que andaban desperdigados por las paredes como un afiche de buen gusto, escudriñando los alrededores sólo para confirmar cuán solo estaba.

—Sr. Dieudonne, lamentamos decirle que, en efecto, ha muerto y se encuentra atrapado hasta el fin de los tiempos en una réplica exacta del Instituto de Nueva York... —musitó con sorna mientras tomaba el recodo más cercano para encarar otro encantador e interminable pasillo —vacío, oh, sorpresa—, plagado de ventanales alargados y vitraux descoloridos por el tiempo. Sólo entonces oyó un débil murmullo al final del corredor; nada inquietante. No había forma de saber cuánta gente había en esa sala, ni de qué hablaban exactamente, pero con la curiosidad a flor de piel y el aburrimiento a la par, avanzó a paso algo más acelerado con el ímpetu renovado. Si era gente nueva, saludaría en su disfraz de tío hecho pedazos, temerario y ridículamente atractivo; si eran las mismas caras de siempre, lo mismo, qué va. Pero algo le llamaba poderosamente la atención. Conforme se acercaba, las punzadas en el hombro aumentaban en intensidad a modo de sensor algo más débil, y el solo hecho de convencerse a cada paso de la presencia de Jeriel en ese cuarto le revolvió el estómago.

¿Cómo era posible sentir algo así por un parabatai? Al menos aquella sensación era mejor que directamente no sentir nada, y era altamente justificable en términos prácticos. El pasado los había apaleado por igual y hecho con ellos lo que se le había venido en gana, separándolos al hacerles creer que sus diferencias eran irreconciliables. Pero no lo eran, tristemente, por más enojo que pudiese tener cualquiera de los dos. Eran más que hermanos, después de todo, pero ninguno podía deshacerse de su orgullo y pedir disculpas. No era tan fácil.

Decidido a pasar, mirar y seguir olímpicamente hacia la cocina como nuevo destino, se acercó a la puerta, volteó el rostro, miró y siguió como había pensado. Jeriel parecía estar tonteando con alguien que, después de todo y desgraciadamente, había caído con sus palabras de embaucador, tirado sobre el sofá. Lo poco que había visto de quien lo acompañaba habíale resultado bastante interesante, llegando a la conclusión de que esas curvas no se veían todos los días. Y esa melena. Azabache, ondulada. Bonita mujer, pensó.

¿Bonita?

¿Curvas?

¿Melena azabache?

—¡¿HELENA?! —y su voz ronca rompió el silencio en medio del pasillo, reverberándose a sí misma y rebotando en el techo alto de la estancia. Esperaba equivocarse. Esperaba estar quedando como un loco al que mirarían mal y verían alejarse con alivio en busca de un té de tilo, un café y una botella de ron, si era necesario. Pero algo le decía que acertaría: la certeza de haber visto su cuerpo mil veces.

Volviendo rápidamente sobre sus pasos y parándose en el umbral de la sala común con estupefacción, sintió cómo el mundo enter- NO, cómo el puto Universo se le caía encima con todo el peso, si eso siquiera era posible, acelerándole el pulso y haciéndole tomar consciencia de la marca de parabatai que estaba a un pelo de cobrar vida y escurrírsele por la piel.

Alguien no saldría vivo de ese cuarto. De eso comenzaba a estar seguro.
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Helena Trueblood el Lun Sep 02, 2013 6:13 pm

Las manecillas del reloj dejaron de avanzar congelando el tiempo en un instante eterno. Un segundo de absoluto silencio e inusitada calma que se extendía, absorbiendo a otros con hambre voraz. A la vista estaba el detalle una vez omitido, la fuga del contrato, la letra pequeña. Fantasmas de antaño adquirían la forma de orgulloso trazado, grabado a fuego en la piel enfermiza, inmortalizado para siempre en las carnes del cazador. Una certeza frívola, una realidad certificada cuyo cuestionamiento carecía de relevancia. De este modo, un alma se corresponde con otra.

Parabatai.

Los dedos trémulos de la rosa habían recorrido mil veces la gemela de aquella runa, buscando sin esperanza una respuesta inexistente, aferrándose a él como si en ello se jugara la vida. No  la vio hasta que no hubo nada más que ver,  nada más que sanar. Cuando todo lo que podía hacer por el cazador quedaba reducido a la vigía. El murmullo quedo de la respiración del herido la acariciaba como a la arena las olas, recordándole momento a momento que aún vivía. Carecía de relevancia aquel a quien hubiese elegido por sobre ella. Ahora se encontraba seguro y a salvo, acobijado en sus brazos.

Sin embargo, no podía refrenar el maremoto de sus pensamientos, evitar pensar que si las cosas hubiesen sido distintas quizá jamás lo hubiesen lastimado.  Tiempo atrás había anhelado la labor de protegerlo, amparada en lo motivos equivocados y movida por el febril deseo de poseer a Leonides del único modo que veía viable, en el único campo en el que depositaría fielmente en él su confianza. Deseaba ser mástil y timón de la vida del otro, la brújula a la que tornase cuando dudara de sus pasos, el escudo que lo protegería de cualquier mal.  Resguardada bajo la seguridad de una relación meramente platónica, tan cerca y a la vez lejos del alcance de sus manos. El lazo la habría consumido, lo sabía ahora. Más aun y con tal seguridad pesando en su conciencia, se veía incapaz de desentenderse de la amargura de verlo unido a alguien más. De verlo herido por la incompetencia de alguien más. Celosía. Rabia.

Helena cerró con fuerza los ojos en un esfuerzo inútil por desvanecer el eco de la runa parabatai de sus retinas. No soportaba la sola imagen o presencia de Jeriel, no con el dolor y la furia abriéndose paso por sus venas como lava ardiente y las palabras del informe taladrando sus sentidos. Bajo tierra quedaba la tontería infantil en un mundo donde cada segundo define si se conserva o no la vida. Donde cada instante es crucial y definitivo.

“No me toques.” Sentenció en su fuero más interno, reaccionando de modo arisco al primer contacto sobre su piel. “No te atrevas a tocarme” Repitió, frunciendo el entrecejo a la vez que crecía la tensión en sus músculos. No deseaba aquello. No podría soportarlo estóica ni un segundo más, tan siquiera mirar a los ojos a quien había querido tanto. Jeriel había faltado a un juramento que Helena hubiera tomado ansiosa, y por aquello, Leonides casi...

No. No formularía aquel lúgubre pensamiento. No lo culparía de modo tan descarado. Necesitaba salir de allí, alejarse antes de que su frustración derivara en ira desbordante e irracional, antes de que se nublara el juicio con el que pensaba. Pero el brazo de acero del cazador le cortaba la salida y su aliento cálido golpeaba contra su rostro.

— ¿¡Helena!?

Retumbó la ronca voz en las paredes del instituto, ahogando en su potencia el chasquido de la cachetada.
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Jeriel Cross el Sáb Sep 14, 2013 5:04 am

Para Jeriel, ser un imbécil, o comportarse como tal, siempre había sido una actitud bienvenida cuando el humor retorcido lo embargaba por completo. Su actitud tendía al narcisismo, destilando espeso y burbujeante desprecio hacia sí mismo, aún cuando en su exhibición de malicia arruinara cualquier expectativa de redención, saboteando a su paso cualquier tipo relación con los que lo rodeaba.  El genuino deseo irracional de castigarse a sí mismo lo empujaba a liberarse de aquella sensación de culpabilidad y remordimientos, reflejo de sus sentimientos, en una necesidad que rozaba la inmoralidad y el cinismo en todo su esplendor. Buscaba problemas, perder el contacto con su realidad bajo la apariencia maliciosa de un pretencioso inflado de amor propio, o con cualquiera que se ofreciera voluntario a caer presa de su actitud desafiante.  Le importaba un carajo ser el objeto de desprecio de una mujer o ser impactado por la fuerza arrolladora de un autobús en la quinta avenida. Esos factores no estaban del todo fuera del alcance de sus manos, y no se engañaba al afirmar que disfrutaría de cualquier reacción que mitigara aquel desprecio que sentía hacía si mismo con un genuino castigo físico en una pelea que lo lanzara lejos de sus pensamientos. Helena había sido una distracción, una primera tentativa predecible a sus intereses. No estaba lo suficiente drogado en la enfermería  como para no ver lo que había visto, pero ella era solo eso, la chispa que haría a todo un barril de pólvora explotar ante sus ojos burlones, siendo él la mecha conductora que tan estratégicamente habia entretejido gracias al azar.

Al principio, Helena pareció quedar absorta ante la imagen de su runa parabatai, tan mortalmente pálida que incluso llegó a pensar que sus malvados planes de villano se habían visto expuestos a través de ella, como si de una marca delatora se tratase; al menos para él, representaba la traición grabada a fuego. Pero salvo sus propias especulaciones que intentaban ahogar el remordimiento efímero que golpeaba frenético en algún rincón, no habia nada mas que pudiera preveer la reacción de la joven ante el grito que reververó por toda la estancia y que de seguro llegó a oídos de la mayor parte de los habitantes del instituto. Por un momento, fue como si fuera capaz de sentir el batir de alas sobre ellos, la repisa de la azotea rápidamente despejada de palomas que, espantadas ante tal sonido discordante, alzaban el vuelo y se alejaban de allí; aunque quizás fuera la sensación residual que lo embargó tras la descomunal cachetada que retumbó en el silencio que aconteció su precipitada huida a lo sálvese quién pueda.


Y a pesar de que todo aquel juego retorcido se parecía antojarse divertido, al igual que si de un niño pequeño se tratase, pillado infraganti con una caja de cerillas, consciente de lo que hacía aún sabiendo que podría quemarse en el intento, recibió merecidamente el tortazo siendo consciente de que era lo mínimo que podía hacer por el favor que le había hecho. La visión de Dieudonne en el umbral de la puerta, en cambio, fue como un regalo para sus ojos, los cuales chispearon divertidos conforme su expresión adquiría un trasfondo taimado, el cual buscaba enfurecer todavía mas al León. Lo esperaba, lo supo desde el primer instante en el que sus miradas se cruzaron desde ambos extremos de la sala. Oro fundido impactando contra el hielo implacable de sus ojos acerados.
El muchacho llevaba tiempo postergando aquel enfrentamiento. Hacia casi un año que había tomado la decisión de evitarlo. Pero aquel fue el momento culminante; y lo tenia a mano para desquitarse.

Vaya, vaya, vaya. - Chasqueó sin apenas molestarse en cambiar de actitud conforme se llevaba la mano a la cara distraidamente. La piel de su rostro que no lucía cardenales adquiriendo un rojo rabioso. - Mira a quién tenemos aquí...Pero si es Dieudonne. - Murmuró en un tono burlón que el otro tan bien conocía, destilando desprecio en cada palabra que salia de su boca. - Ahora si que estamos todos juntos de nuevo, como en los viejos tiempos ¿Verdad? - Pero no se detuvo ahí con su provocación, y continuó hablando en aquel tono zalamero, buscando el golpe de gracia que realmente enfureciera al León todavía mas con algún tipo de carnada difícil de ignorar. Daba igual a quién arrastrara en su loco descenso hacia el infierno si con aquello conseguía lo que realmente se proponía. Le lanzó una mirada rápida a Helena con una sonrisilla maliciosa en los labios, reacio a abandonar aquella mueca que destilaba desdén y diversión a partes iguales.  - Pero tranquilo, como buen parabatai que soy haré como en los viejos tiempos  y te cederé los poderes sobre otra mas de mis muchas novias. - Con una actitud despreciable, el joven aún tuvo el descaro de levantarse del sillón tras lanzarle una mirada despectiva a la joven, al igual que un niño caprichoso que hubiera perdido todo interés en su juguete nuevo por que ya se pasó de moda. - Ya saqué todo lo que quería de esta, es toda tuya. Aunque yo que tú no tendría demasiadas expectativas.  Al menos no después de haber probado a Nikki, aquella si que era toda una fiera en la cama...
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Lun Oct 07, 2013 4:58 pm

―Cariño, esto no es lo que parece... ―gimoteaba una pelirroja resguardándose bajo el marco de la puerta, tapando su hermosa desnudez bajo las sábanas que se le enroscaban al cuerpo convenientemente. Pero el muchacho no contestaba como si esperase que alguien saliera para tumbarlo de un puñetazo. Y con toda la sorpresa del mundo, su parabatai asomó el despeinado cabello dorado por el umbral, con los pantalones puestos al revés y descansando precariamente sobre sus caderas.
El recién llegado, luciendo una expresión de total resignación, quedóse mirando de arriba abajo a la pintoresca pareja que tenía frente a él; ella se desvivía en disculpas, sonrojada, y el otro se limitaba a mirarlo con cara de entender relativamente poco.

—Jeriel... —susurró el rubio para que sólo aquél le oyera, esbozando una mueca que, increíblemente, se asemejaba a una expresión lastimera. Pero algo no salió según los planes: el muchacho de ojos dorados, quien se había dispuesto a irse antes de que la cosa empeorara, volvió su semblante de repente y emprendió carrera hacia Leonides Dieudonne hecho una furia.


---

Nunca en la vida había pasado de la estupefacción a la impavidez en tan poco tiempo. Nunca en la vida había querido estar en el lugar de otro tanto como en el instante que captaron sus ojos plateados, enmarcando a Helena extendida cual felino sobre un hombre que no era él. Nunca en la vida...

...había querido arrancarle la piel a retazos a su propio parabatai.

Eran la excepción. Dos caras de una misma moneda, víctimas del desencuentro, los malos entendidos y las malas intenciones. La luna y el sol, corriendo uno tras otro sin poder encontrarse en un equilibrio justo de luz y oscuridad. Desastres ambulantes, cachorros apaleados y abandonados como estropajos. Luchadores. Y ni siquiera con ello en mente pudo paliar la necesidad de ignorar la paupérrima paciencia con la que contaba entonces, parado aún en el umbral con el mentón bajo, la mirada en alto, y las manos trémulas amenazando con cerrarse. Algo corrosivo avanzaba lento como magma entre la carne y los huesos. El tuétano hirviendo, la sangre fluyendo en una carrera desbocada, el pecho subiendo y bajando al compás del bombeo de un corazón enloquecido.

Rabia. Aquél que por tantos años había reservado la emoción para sí mismo, estaba, en ese preciso instante, dándose el lujo de exteriorizar una ínfima parte de la batalla encarnizada que se libraba dentro suyo. Dándose el lujo de sentir.

Helena estaba encima suyo.
No eres su dueño. Enfócate en él.
La trató de objeto.
Es el despecho. Enfócate en ella.

La amo.
Pelea.


No importaron las heridas, ni el dolor, ni el cansancio. La adrenalina y la Rosa Negra fueron todo lo que necesitó para cerrar los puños fuertemente y correr a grandes zancadas sobre la gigantesca alfombra, atravesando el salón en menos de lo que canta un gallo. Se agazapó a último momento con algo de lo que le quedaba de energía, y, saltando hacia adelante imponiendo el cuerpo macizo y contraído, atinó a derribar al otro rubio a la altura del abdomen al punto de terminar cayendo los dos tras el sofá. Ni un rugido ronco o palabras malsonantes; sólo el silencio de quien alimentaba su propio enojo manteniendo fija en la mente poco más que una imagen desagradable. No había lucidez de por medio, sólo un primitivo intento por reivindicarse. Y reivindicarla a ella. Aún así, él no la miraba. Pasaba de ella totalmente como hizo siempre en el pasado, concentrando toda su atención en el imbécil que tenía debajo.

Jeriel quería una paliza después de una paliza, y le había dado un móvil lo suficientemente jugoso como para caer en la tontera y darle el gusto, pero una sombra opaca se retorcía en aquella mirada de cuencas ambarinas: la locura de quien no tiene nada que perder, tocando fondo. Un par de puñetazos le escurrieron las ideas de la cabeza, trayéndolo en picada a la trifulca en la que estaban, arrancándole un gruñido quedo y una expresión de disgusto creciente. Hermanos enfrentados. Otra vez. Ambos eran autodestructivos, cuando no tenían algo más que romper. Se quebraban a sí mismos como hombres de vidrio tirándose desde un acantilado, conscientes del daño y del sufrimiento. Años de trastabillar y volver a ponerse en pie le ayudaban a reconocer la mirada desafiante y derrotista en partes iguales que amenazaba con revelarse en los orbes de oro líquido que destellaban tanto como los suyos. Y de pronto...

Un pálpito. Débil como un corazón, vivo, cálido. La tibieza de una luz incandescente posada en su hombro como un colibrí inquieto, vibrante. La runa escocía como la punzada de un hierro caliente que lo atravesó de lado a lado, expandiéndose con un fuego repentino por el torso embriagado por la adrenalina hasta que se detuvo de golpe, muriendo súbitamente y dejando tras de sí la sensación de una estalactita helada clavada en la carne. Tristeza. Culpa. Dolor fulgurante del que suelta sin querer dejar ir: aquello que aquejaba al Thrushcross fue percibido por el alma de quien lo observaba comprendiendo a duras penas, sentado sobre su pecho y clavándole las rodillas en los brazos.

—Estúpido.

Un gancho de izquierda surcó el aire, precediendo al ruido sordo característico de un golpe bien acomodado.
El golpazo reemplazaba las palabras, aquello que quería decirle a la cara y que no podía con Helena enfrente. Quería que supiera cuánto lo despreciaba por hacerle presenciar su lenta caída, cuán arrepentido estaba por lo de Nikki y cuánto le jodía que la trajese a colación. Estaba furioso. Furioso con él por ser un estúpido y aprovechar sus silencios, furioso consigo mismo por no haber hablado a tiempo, furioso con la Rosa por estar allí, por haber estado siempre. El león se quebró, partiéndose en pedazos. La carcasa que aparentaba ser dura cedió, desbordando el cúmulo tóxico de años de enmudecer y otorgar, como una represa que suelta el oleaje que lo arrasa todo.

Estaba cansado de luchar.
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Jeriel Cross el Miér Dic 11, 2013 9:39 am

La temperatura de la estancia pareció bajar en picado unos cuantos grados, congelando en su lugar todo cuando se hallara cerca de aquellos dos jóvenes que se devolvían la mirada. Una espesa niebla que avanzaba perezosa convirtiendo escarcha todo cuanto tocaba, logrando paralizarlos en su lugar al igual que estatuas en mitad de una tormenta de frío ártico. La furia condensándose tras los que eran los ojos acerados de su parabatai, plantado sobre sus pies en una actitud contenida que parecía a punto de desatar la furia que se gestaba en su interior, resquebrajando aquella pátina de indiferencia que siempre parecía envolverlo. Desafiante, la sonrisa del rubio dio un tirón en la comisura de sus labios, buscando desencadenar una reacción física entre él y aquella batalla silenciosa que se reflejaba en el semblante tenso de su parabatai.

Atravesando la sala, el León arrancó a correr sobre su presa con un grito silencioso y contenido dada la violencia de su arremetida, que envió rodando los cuerpos de ambos jóvenes por el piso, volcando a su vez el sofá y creando un gran estrépito en la sala a pesar de ser el impacto de sus propios puños sobre la carne ajena el único sonido audible bajo el gruñido masculino de Jeriel, que respondió a su ataque con igual violencia. Impulsados por algo mucho mas profundo que aquella simple provocación, el que era su parabatai y el propio Jeriel continuaron enzarzados en su particular duelo sobre la alfombra de la directora, propinándose derechazos y codazos ciegamente. Una tarea ardua, pues cada cual conocía a la perfección las cualidades y debilidades del otro, luchando como lo habían hecho anteriormente en sus entrenamientos o en el campo de batalla, protegiéndose las espaldas continuamente. Con la única diferencia de que en aquella ocasión las acciones de sus actos eran movidas por la ira ciega, el miedo y la pérdida definitiva. Motivos que tiraban de las cuerdas erráticamente sin orden ni concierto, salvo por el hecho de aplacar aquel sentimiento de vacío que crecía en su interior, dejándolo completamente hueco y sin fuerzas; tan solo desesperación.

Y de pronto, el impacto de la nada que sentía extenderse sobre él lo golpeó de lleno, al igual que el puño de Dieudonne sobre su mandíbula seguida de una maldición.

Aquello que tanto se asemejaba a la actitud derrotista cayó sobre los hombros de su hermano, siendo el silencio que acompañaba el proceder de sus actos el único que quedó nuevamente pendiendo de un hilo entre ellos. La furia, el fuego virulento que todo lo arrasaba y lo había llevado a explotar, finalmente se disipó, retornando al estado natural en el que siempre lograba escabullirse discretamente de lo que pasaba delante de sus narices. Como siempre, aquel lastre particular que él mismo arrastraba tras él; un muro infranqueable en el que guardaba celosamente cuanto pasaba por su cabeza. Pero la diferencia entre ellos siempre había radicado en la incapacidad de Leonides para afrontar los hechos con palabras cuando el mismo Jeriel iba su encuentro ciegamente, perdiéndose en ellas. Ambos dueños y señores de sus propios reinos regidos por la inmutabilidad de sus sentimientos, inalcanzables en sus tronos de sangre y dolor. Cada cual afrontaba los asedios tras su fortaleza de cristal de la única forma que la vida les había enseñado; Jeriel, llevando la situación al limite hasta alcanzar el desgaste definitivo de sus propias fuerzas, afrontando los asaltos frontales con una actitud suicida que lo abocaban directamente a su propia destrucción. Leonides, resguardándose tras su muralla fortificada de un reino en el que imperaba la desesperación y que lucía mortalmente silencioso y abandonado a simple vista, ofreciendo como única respuesta réplicas ambiguas y recurriendo siempre a la huida trasera en el peor de los casos.

Y aquel era uno de esos momentos.

Tendido en el piso con Leo allí plantado en silencio sobre él, Jeriel lo observaba con la respiración acelerada que le provocaba el torrente de rabia que se desató en su interior. Inerte, sin mas nada que añadir salvo aquel golpe que ponía el punto y final al asunto. Aquello no era suficiente para él, como así lo reflejaron sus ojos dorados, que lo fulminaban con algo que parecía rayar la impotencia. Un gruñido y un ruido sordo enviaron a su parabatai contra el piso, cayendo junto a él tras el impacto de su puño a un lado del rostro ajeno. Aquel golpe devuelto con ganas tras desembarazarse del peso muerto sobre él en el que se había convertido aquel guerrero caído en desgracia. Torpemente y sin demasiada prisa, el joven se incorporó, sentándose junto al sofá caído. Apenas se molestó en dirigirle una segunda mirada a Leo, llevándose el dorso de su mano al labio partido conforme advertía que se encontraban completamente solos. Helena se habría marchado tan pronto como comenzaron a darse golpes, una pérdida mas que se sumaba a su larga lista a consecuencia de sus actos.

- Ese ha sido siempre tu problema, Dieudonne.- Musitó en voz baja en un tono desapasionado aún sin alcanzarlo con la mirada. - Te limitas a cruzarte de brazos como si nada de lo que ocurriera fuera contigo...

Tras aquellas palabras, el joven se levantó finalmente y se dirigió hacia la puerta vacía. El sonido de sus pasos amortiguados por la alfombra bajo sus botas y la respiración pesada que abandonaba su pecho de pronto se tornaron insoportables, pues se hacían eco junto con el dolor palpitante que se adueñó de su cuerpo y que le recordaba lo cerca que había estado de la muerte la noche anterior. Arrastrándose cual animal malherido, Jeriel alcanzó el alfeizar de la puerta de madera maciza, recostándose sobre una mano conforme se detenía por un instante, volviendo su rostro sobre el hombro derecho pero todavía negándose a mirar al otro joven.

- La muerte no ha sido la que nos ha separado a ti y a mi, Leo. - Las palabras de Jeriel apenas se escuchaban audiblemente. Un murmullo que fue adquiriendo fuerza al tiempo que continuaba hablando con mas convicción. Ni tan siquiera el reproche impregnaba su tono de voz, que mas bien destilaba lástima. Lástima hacia sí mismo, hacia lo que la vida les había hecho a ambos y en lo que se habían convertido a consecuencia de ello.- No me ruegues que te deje, o que regrese después de seguirte, o que me aparte de ti... - Continuó recitando con voz monocorde el tan consabido juramento que los unió.-  A donde vayas, yo iré... - Sacudiendo el rostro con pesar, el joven suspiró pesadamente e hizo el intento de marcharse, no sin antes dar por concluido su discurso con unas últimas palabras mas.- El Ángel sabe que hemos roto mas de una vez el juramento y que nuestra amistad está mas que muerta y enterrada...

No esperó por respuesta alguna, sino que se internó por los fríos pasillos del instituto y su sombra se mezcló con las sombras que se ocultaban agazapadas en cada esquina. El eco de sus pisadas alejándose lentamente obviando el hecho de caminar sin un destino en mente. No tras aquello que lo había dejado sin fuerzas ni ganas de nada mas que vagar sin rumbo por aquel viejo edificio cuyo silencio era capaz de oprimirlo con todo el peso de sus pensamientos, incapaces de silenciar aquellas palabras que asemejaban a una despedida definitiva, matando los resquicios que quedaban de aquella amistad finalmente irreparable.


Drama Queen OwYeah!:
Estoy MUY espeso, así que si resultó ser una porquería lo siento. Al menos podemos decir que lo damos por cerrado DEFINITIVAMENTE *-* (por fin...) Al final me salió el Drama Queen por las orejas pero no sabía que coño mas poner, repito IM SORRY LERÉ LERÉ * Ahí lo dejo! sus den XDD
Jeriel Cross
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Mar Feb 04, 2014 10:17 am

Inquisidora H. Blackthorn
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Re: Entre las cenizas ~Leonides | Jeriel~

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