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Nevermore [Nathaniel] [NR]

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Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Dom Abr 28, 2013 3:51 pm

La gravedad la atrajo con brazos maternales finalmente, inclinándola hacia adelante y obligándola a rehusarse a caer encima del cuerpo destrozado de un mercenario de cuarta. Posó las manos sobre el suelo espejado por el agua atajando la caída, sintiendo cómo se normalizaban los latidos lentamente mientras recuperaba sensibilidad en el resto de su ser adormecido. La sangre volvía a fluir con celeridad. Seguía viva. Tan viva que, en vías de recuperar sus facultades, Evangelline divisó un pequeño rectángulo plástico que brillaba en contraste con la negrura a su alrededor. Un débil manotazo bastó para alcanzarlo y tomarlo con dedos temblorosos.

—Neal... —susurró como si el nombre le provocase más dolor que aquél que remitía dentro de sus costillas—. Neal Caffrey.

Y, como una muñeca de trapo, la mujer quedóse quieta y cabizbaja en medio del callejón intentando articular palabra por el radio, con un carné de identificación sobre el regazo y un cadáver haciéndole compañía.

—Misha, estoy a pocos metros del Shoreham, al Norte, en un callejón. Traigan una bolsa; tenemos un Temizleme.
—Ya creía yo que esos hijos de puta no tardarían mucho en aparecer. ¿Estás bien? ¿Estás herida?
—No.
—Gracias al cielo...
—No, en realidad fue gracias a un alfil que ni siquiera estaba en el tablero —musitó, observando la cortada profunda en el cuerpo del muerto.
—Surgió algo —. No era una pregunta. Era una afirmación.
—Quiero que llames a Proxy. Tengo trabajo para ella.
—Vale. En dos minutos nos tienes allí. ¿Necesitas algo más?
—Sí. Respuestas.


---

Midnight Club: la cúspide del entrevero de cuerpos, luces, música alta y aroma dulzón a bebidas espirituosas. La masa movediza se desplazaba al son de una melodía repetitiva y asquerosa, pegada al ritmo más barato y comercial que podía oírse en la radio a cualquier hora; eso le arrancó una oleada de impaciencia a la castaña que avanzaba entre el gentío como una flecha surcando el aire, mirando al frente sin dejar su cuerpo a merced del sonido extremadamente aturdidor que no le dejaba oír ni siquiera su propia voz. A pesar de ser del tipo de mujer que no acostumbra frecuentar tales lugares, y de vestir de forma demasiado sobria la mayor parte del tiempo, se camuflaba bastante bien entre la juventud de gusto exquisito y a su vez extravagante que la flanqueaba al caminar. Eso afianzó aún más su determinación, haciendo que sus tacones retumbasen contra la pista de baile con un estrépito que no podría oír ninguno de los presentes, quienes sólo verían una mujer de vestido azul internándose en la muchedumbre con la inexpresividad puesta en el rostro.

Sólo uno de los suyos la acompañaba, oculto tras las galerías de luces de neón ignorando bailarinas olímpicamente y siguiendo a la recién llegada con ojos de halcón. Si algo le pasaba, la culpa haría mella en él y sólo en él, porque esa misión aparentemente pacífica que estaban emprendiendo escapaba al conocimiento de aquellos para los que trabajaban. ¿Por qué? Porque así lo quería la Dama de Acero, porque siendo como era, impecable en su trabajo y verdaderamente eficiente, podía tomarse algunas libertades que otros en su condición no podían. Pero en el último encargo algo la había sacado de su zona de confort. Misha poco y nada sabía de lo acontecido, pero la seguía ciegamente como un niño a oscuras porque ése era su trabajo. Era su soporte. Y como aquél que le pisaba los talones y velaba por ella, por más que no lo necesitase, sabía que algo la preocupaba.

Entonces lo vio, guiado por la descripción que ella le había dado: varón blanco de aproximadamente treinta años, cabello aparentemente oscuro y complexión atlética. Tenía que ser él.
A ojos del pelinegro no era más que el típico estereotipo del sujeto bien vestido que escupe billetes hasta por las orejas, de sonrisa encantadora y tendencia a rodearse de rameras caras porque así logra reafirmar su status en el cerrado círculo en el que se mueve. El ruso enarcó una ceja y puso los ojos en blanco mientras activaba el radio con el solo timbre de su voz.

—Lo tengo. A tus doce, diez metros —musitó Misha, observando cómo ambos se acercaban en la inmensidad de la pista, tal y como dos puntos luminosos en un mapa satelital. Y lo último que vio fue cómo se encontró con él antes de voltearse y revisar el perímetro en busca de mas desgraciados turcos que quisiesen aprovecharse de las circunstancias y deshacerse de ellos.

La música sonaba cada vez más alta, haciéndole vibrar las tripas a la amazona que ya se encontraba detrás del que le arruinase la existencia en todos los sentidos. La desazón y el desdén se agitaban en su interior como el revoloteo de una mariposa nocturna, pululando alrededor de la luz encendida que era la rabia latente que no desbordaría nunca. Tenía tantas cuestiones que hacerle saber, tantos balazos que quería enterrarle en el pecho; aún así sólo se limitó a pasarle por enfrente buscándole la mirada para helarlo con la suya mientras dejaba un pequeño sobre dentro del bolsillo de su chaqueta Armani a la altura del pecho. Un sobre que contenía su carné de identificación y una tarjeta negra.

Starbucks
28/04 - 7:00 pm
Ni una palabra salió de sus labios. Ni un atisbo de emoción destellaron sus ojos azules, apagados como el papel que pierde el color con los años. Y sin embargo, la necesidad de llevar los dedos a la automática que tenía pegada al muslo amenazaba con poder más que su voluntad, teniendo que contentarse con la alegre visón del plomo de un cargador entero descansando en él. Volteó con lentitud como si estar allí le supusiese un esfuerzo sobrehumano, y se dispuso a rodear la multitud con paso acelerado para encontrarse con Misha de una vez y salir de la burbuja rancia y apestosa de Chanel n°5 y Chandon. Todo un logro.



----



El café estaba lleno a rebosar de gente. No al punto de que los comensales salieran por las ventanas, claro está, pero sí era llamativa la diversidad en la clientela que había asaltado las mesas de un local tan grande como aquél, ocupándolo todo como invasores. Charlaban animadamente como si nada más pasase fuera del recinto, como si no hubiese delincuencia, muerte, sangre corriendo en las calles e injusticia. La trivialidad parecía posarse sobre ellos como si nada más que un café caliente y una buena conversación les preocupara.

Las mesas eran redondas y estaban dispuestas a dos metros de distancia para garantizar el espacio personal de los más exigentes, dejando corredores prolijos y alineados por los que se podía transitar con una bandeja de panecillos con toda la tranquilidad del mundo. Las banquetas eran altas como taburetes, estilizadas como las mesas y hechas por algún diseñador moderno a quien poco le importaban los colores chillones. Y la música. La música llegaba como un jazz a todos los presentes, suave como el satén, y pretencioso. A fin de cuentas, el lugar era bastante más agradable que el antro fino en el que se había metido hacía relativamente poco tiempo, y de donde había salido completamente ilesa aquélla que esperaba sentada en un rincón apartado y luminoso, observando su frapuccino con detenimiento.

La espuma se apartaba en pequeños montones, mezclada con la crema, mientras, escrito en chocolate, el nombre de la susodicha flotaba sobre el mejunje de café. Lo cierto era que en el mostrador no había querido parecer una esnob que prefiere sacarle los agregados disfuncionales a las cosas, aunque sólo quería su café. "¿Cómo se llama, señorita?", habíanle preguntado. Y a pesar de que su lengua no había titubeado ni un segundo en la respuesta, la cuestión permaneció en su fuero interno como una marca indeleble. ¿Cuál es mi nombre?

—Kate.
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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Miér Mayo 01, 2013 6:20 pm

“Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar.”
Edgar Alan Poe, La Máscara de la Muerte Roja.

Siete campanadas anunciaron la hora señalada en la tarjeta negra. El péndulo de oro balanceábase de un lado a otro a tempo perfecto y con marcada parsimonia, el interior del mecanismo vibraba ante la potencia del tañido que con ímpeto reverberaba en la gigantesca mansión. Y Nathaniel lo contemplaba, sin horror y sin apuro, consciente de que no muy lejos, cierta dama de ojos fijos aguardaba por su llegada. Pálidos y largos dedos movieron el alfil tallado a mano por el pequeño tablero, contemplando a penas por un momento el nivel de exquisito detalle puesto a la figura. Finalmente, la liberó, permitiéndole adoptar su posición junto al caballo.
Anabelle lo miró estupefacta y luego al tablero, meciéndose en la silla cual chiquilla revoltosa. Los ojos castaños paseaban de un lado a otro con las pupilas visiblemente dilatadas, corroborando la posición de sus fichas, mascullando más de un término en castellano mientras apretaba los dientes o se mordía compulsivamente el labio. Una vez, dos veces, pasó sus largas uñas por el cabello azabache, hilvanándose los sesos en busca de una salida que la permitiera salir airosa de aquel brutal combate. El ajedrez la ayudaba a centrarse, a bajar de su nube de deseo carnal y sed para usar la cabeza y el raciocinio que sus instintos con tanto afán buscaban opacar. Sin embargo, esta vez para ella no había escapatoria. Así fallaba catastróficamente su pobre intento de mantener a Lord Hellrune en casa. Alzó la mirada con los pardos ojos suplicantes y asintió una vez con la cabeza, levemente, aun dubitativa, más admitiendo su derrota.
— Shâh Mâta. — Declaró el hombre en perfecto árabe, pasándose el índice por los labios mientras ocultaba pobremente una sonrisa triunfal.

Solo entonces liberó la hija de la noche el aire innecesariamente contenido en sus pulmones, resignándose a suspirar. Cualquier atisbo de esperanza que pudiese guardar de mantener a Nathan en la mansión acababa de colarse como arena entre sus dedos, más al menos aquella certeza la sacaba de la miseria de la duda y le daba las fuerzas que necesitaría para afrontar las horas que pasase en su lejanía. Anabelle no llegaba a la centena y le suponía un grandísimo esfuerzo controlar sus propios demonios cada vez que aquel vampiro se apartaba.
— Ve con cuidado...— masculló por lo bajo, devolviéndole al otro la tarjeta negra que había tomado de sus efectos personales sin permiso alguno.

La mirada del hombre fue más amenaza que advertencia, turbia y cruel en el instante en el que sus manos se rozaron. Instintivamente, Ana se encogió en su asiento y soltó un par de susurros en castellano a modo de disculpa. Se le ocurrían un par de cosas menos ortodoxas que hacer con ella, reticente a dejarla ir sin más luego de encontrarla sumergida entre sus cosas. Sin embargo, optó por abstenerse en honor a la fecha. Después de todo, lo había entretenido, y, tanto la adoración como la dependencia de aquella vampira no hacían sino maravillas por su fachada. Probablemente, esa fuera la única y verdadera razón por la que accediera a participar en una partida tan poco prometedora, predecible y ridícula. Bueno, sin mencionar la necesidad de cerciorarse que el astro Rey se había marchado ya del hemisferio antes de poner un pie fuera. La hora señalada era simplemente demasiado temprana y riesgosa.

— Siempre— respondió y la sonrisa patentada de Nathaniel Hellrune puso punto final tanto a la partida como a la discusión.

--------------

El rolex en su muñeca indicaba con exactitud los 47 minutos de atraso que había supuesto el tráfico cuando cesó el ronroneo de su SLR a las puertas del Starbucks. Ese valioso tiempo sumado al que habían consumido su chequeo de la mansión, el descubrimiento de Ana y la partida de ajedrez lo dejaba con aproximadamente dos horas de distanciamiento entre su abundante y nutritivo desayuno y el momento actual. Por cada hora, sentía su reloj biológico rejuvenecer una década. Y eso, dadas las circunstancias y la escasez de su paciencia, era todo menos una buena noticia.

Nathaniel esbozó una sonrisa. Sin lugar a dudas, aquel día prometía.

Detestaba la impuntualidad como buen inglés que era, de modo que no tardó en desabrochar el cinturón de seguridad, acomodar los pliegues del Armani, ajustar el nudo de su corbata y salir del mercedes dando un portazo. Con una sincronía casi ridículamente ensayada, la alarma timbró dos veces y su propietario se introdujo con paso sobrio y casual al abarrotado emporio del café. El vehículo de vidrios polarizados estaba empadronado a nombre de Neal Caffrey y era el mismo que había estado conduciendo los pasados días, de modo que no hacía mal en suponer que la mujer sabría reconocer la matrícula... si aún se encontraba en las cercanías.

El pensamiento le arrancó una mueca de disgusto, así que lo desechó de inmediato. Tenía que concentrarse en el café.

Nada parecía fuera de sitio. El caos de voces mundanas hacía eco en su cabeza y el atrayente pulso de la sangre fresca le rasgaba la garganta como papel lija. Si había algo desubicado en tal locación, seguramente fuera él. Demasiadas tentaciones juntas, unas... más deliciosas que otras. Comentó mentalmente esbozando una sonrisa. Al parecer, la dama de negro aún permanecía en aquel lugar.

— ¿Me puede decir la hora?

El guardia de la puerta silenció instintivamente el telecomunicador que llevaba, sorprendido por lo sigiloso del hombre que se le había acercado de la nada.

— Las 7:50, señor. —respondió de forma seca, arrancándole a Nathan una sonrisa complacida.
— Soy una persona de confianza ¿sabe? — inquirió acercándosele más, hablando con el tono confidente que utilizaba para calmar a sus víctimas si así lo deseaba —No hay problema en que hable conmigo.
— Claro... de confianza. —repitió el cuarentón con el ceño algo fruncido y un resquicio de duda refulgiendo en sus ojos ámbar— No, no hay problema.—añadió luego de degustar las primeras palabras, esta vez, con más confianza.
— Dígame si las cámaras están encendidas

La orden y el tono de Lord Hellrune no daban cabida a cuestionamientos ni dubitaciones, entornando los ojos y frunciendo el ceño para intensificar aquel contacto visual.

— No. Hoy no, señor.
— Ya veo. No esté intranquilo, todo irá bien. —otra vez la voz ronca se suavizó y Nathan sonrió despreocupadamente. — Si alguien toma alguna acción hostil, estoy seguro de que le disparará. Ese es su trabajo, proteger a la clientela.
— ¿Mi trabajo?—Cuestionó, sopesándolo por un momento.

La duda desconcertó a Nathan por un momento. Más no dudó en replicar, con severidad destilada en su tono de voz.

— Su trabajo.

El guardia tragó y abrió mucho los ojos, asintiendo fervientemente con la cabeza.

— Sí señor, dispararé a cualquiera que represente una amenaza.
— Una amenaza para mí. —corrigió, el vampiro— Recuerde, soy de confianza, a mí no me disparará.
— No señor, bajo ninguna circunstancia—concurrió el hombre, horrorizado ante la idea

Satisfecho, Lord Hellrune asintió con la cabeza y esbozó una amplia sonrisa complacida.
Mundanos... tan exquisitamente fáciles de dominar.

— Recuerde, solo le he preguntado por el clima y por la hora. —añadió poco antes de alejarse en dirección a la pelinegra— Probablemente lloverá.
— Sí, el tiempo está tormentoso...
— Ideal para tomar café. Que tenga una buena noche.

Con estas palabras, se encaminó más dentro del local, no sin antes notar como aquel con el que había hablado mascullaba al comunicador incongruencias sobre el clima, la hora y el café.

Nada de relevancia.

¿Y qué podía tenerlo? ¿Qué podía parecerle al menos remotamente válido de su interés cuando era ella quien se encontraba a no más de dos pasos de distancia?
La única persona en la faz de la tierra que lo había visto con sangre en las manos y aparentemente, había sobrevivido para contarlo.

“Kate”. De algún modo extraño, incluso aquel nombre le sentaba.

— Disculpe la tardanza— pronunció Neal Caffrey con su notable acento inglés desprendiéndose de cada sílaba— ¿Señorita...?
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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Miér Mayo 01, 2013 9:14 pm

Cierto era que Evangelline distaba mucho de ser del tipo de mujer que cae en la histeria con facilidad cuando las cosas no salen de acuerdo a su gusto. Aún así tendía a desesperarse internamente cuando veía que los errores eran cometidos de forma consciente cuando bien podían evitarse. Llegar tarde era una equivocación, y podía no hacerse. Un minuto más o un minuto menos eran aceptables dentro de lo estrictamente correcto, pero ¿una hora? Una hora, en el librito negro de cualquier mujer, podría significar un "me importa bastante poco lo que tengas pensado hacer en este encuentro, y por ello me ahorro una hora menos de sufrimiento" o bien un "me vale tu tiempo". No obstante, en su librito negro, significaba una ofensa pura y dura en todos los sentidos, habiéndose educado en el cerrado sistema militar que tanto añoraba. Y entonces, ida en una hermosa cavilación donde su asesina interna ahorcaba y mantenía a raya el mal humor, poco se percató de aquél que tenía enfrente como si nada.

Lo miró con un descaro sobresaliente, fijándose tanto en el remolino de su pelo arreglado como en el caro traje que le sentaba de forma perfecta. No veía un hombre; ése era su problema, su manía, su mecanismo de defensa. Mientras que la gran mayoría —por no decir todas— las mujeres presentes caerían como moscas ante una sola mirada suya, la castaña sólo quería ir al punto para el que lo había convocado, enroscarse la cartera a la muñeca y salir del local en un intento por alejarse de él cuanto fuera posible. Aquél era poco más que un contenedor de respuestas para ella. Un informante sobre sí mismo que lo único que podía hacer era explicarse y cerrar un capítulo que a esas alturas permanecía inconcluso a falta de luz sobre el asunto.

Sólo en los detalles vio cuán desubicados estaban en el café. Después de haber invertido cuarenta minutos de su vida frente a un espejo empotrado en la pared de su habitación, la mujer habíase dado cuenta de que su guardarropa dejaba mucho que desear. Oscilaba entre lo práctico, lo absurdamente cómodo y lo elegante. Y allí estaba, cruzada de piernas sobre un taburete rojo carmín, usando el más simple de los vestidos: sin mangas, largo hasta las rodillas y entallado a la cintura. Aún considerando lo minimalista que iba ataviada, no pudo evitar notar jeans, sudaderas y zapatillas de lona en casi tres cuartas partes de los comensales a su alrededor. Y ella, de stilettos.

Enseguida de haberse recuperado de una maquinación tan ridícula, detuvo el escrutinio de apariencia de su nuevo interlocutor y posó la mirada en sus orbes azules que, a diferencia de los suyos, no lucían desaturados y grisáceos; a decir verdad, parecían destellar intensamente como un zafiro bañado por el resplandor. Esos ojos le hicieron recordar cuán vivos eran los de la muchacha que se había enlistado en el ejército con su mejor amigo, los de la mujer que fue a la guerra convencida y orgullosa, los del reflejo que no volvería a devolverle el espejo. La Evangelline perdida.

—Descuida —respondió con voz queda pero clara, mientras cazaba un largo palillo de plástico y revolvía el vaso alto, disolviendo el nombre de mentira que por quinta vez adornaba la espuma de su orden—. Kate Moreau —y su inglés yanqui asesinó brutalmente al acento germánico que tanto reprimía, quitándole cualquier encanto exótico que pudiese resultar atrayente. No le ofreció la mano, no cabeceó a modo de saludo; ni siquiera parpadeó ni exageró sus facciones al pronunciar la identidad de una mujer que no era. Mas sí se acomodó en su asiento como quien se dispone a disfrutar de una larga y amena tertulia a la luz de las lámparas de bajo consumo y el aroma empalagoso de los brownies, acodándose con recato sobre la pequeña mesa como si no quisiese ser oída por terceros.

—Vayamos al grano, Caffrey. Te he hecho venir porque tenemos una conversación pendiente. Ni tú ni yo queremos perder el tiempo, supongo, por lo que te agradecería si sólo te abstuvieras a contestar mis cuestiones. Sólo es un consejo —. No era ni amenaza ni advertencia. Era una promesa. Sólo ella sabía a favor de quién estaban las cosas en ese momento, regodeándose internamente en la seguridad de una estancia colmada de testigos. No había escapatoria.

Y así comenzó el juego.
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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Dom Jun 02, 2013 10:11 pm

“Tic Toc, that’s the sound of your life running out”

Miradas, coleccionista de miradas. El brillo turbio de un par de ojos temerosos ante el reconocimiento de su inevitable destino, el tímido tintineo de los femeninos orbes que seguían presurosos su andar por la habitación, la envidia y la admiración opacando las visiones de quienes se creían sus homólogos. La esperanza ansiosa de Adrianna, la sádica diversión de Lia, la fría logia de Kate Moreau.

— Disculpe la tardanza, señorita Moreau— rectificó, y cada sílaba resonó como un poema en sus labios finos.

Ese era el nombre por el cual habría de llamar a la fémina cuyo glacial accionar acariciaba sin horror y sin prisas los pensamientos del inmortal. La misma mujer cuyo rostro desdibujado por el dolor y la fatiga se había visto incapaz de olvidar, cuya voz se había encontrado incapaz de silenciar. No podía sino sentirse maravillado ante tal despliegue de control en la presencia de un predador, tal valor y convicción proveniente de una raza de ovejas, de víctimas indefensas ante las criaturas como él. Las dos mujeres primeras sabían lo que él era, en mayor o menor medida conocían una porción de lo que implicaba su perversa naturaleza. Más qué admirable seguridad desplegaba la humana frente a él, desafiándolo con el mentón el alto sin siquiera titubear. Y Nathaniel se deleitaba complacido con la sinfonía de su respiración pausada, de su corazón tranquilo y su mirar sobrio, altivo y distante. Así el segundero continuaba su marcha a rítmo regular, drenando sutilmente de él la consciencia, trayendo del callejón oscuro frente al Shoreham la visión escarlata y el hipnotizante aroma de la vitae por la cual clamaba.

— Cada segundo cuenta — comentó con una sonrisa cargada de humor negro tirando de la comisura de sus labios mientras arqueaba las cejas con desfachatez ante su propia broma personal.

Acomodado sobre el taburete junto a la mujer, descansando el mentón sobre sus largos dedos entrelazados, semejaba extrañamente a un tigre agazapado, a punto de saltar. Las voces acudían a él a raudales, conversaciones con mayor o menor nivel de coherencia en cuales referencias a su aspecto no solían faltar. El cabello negro como las alas de un cuervo se encontraba arremolinado a causa del viento resaltando las angulosas facciones de su rostro cincelado y el elegante porte que el Armani le confería. Su ego lo llevó a ensanchar la sonrisa, divertido por el pensamiento casual de que la mayoría no vislumbraba más allá de esa elegante y mundana fachada suya. Era un soltero codiciado, después de todo, y aunque en aquel instante todas las miradas estaban puestas en él, sólo un par de gélidos ojos claros realmente lo veían.

— Sin embargo lamento decepcionarla señorita Moreau, no creo que nada de lo que vaya a decirle aporte conocimiento que no posea de antemano. —comentó entornando los párpados— Tomemos al cuarteto con el que acabó en el 405 del Shoreham de Manhattan, por ejemplo. Podría decirle sus nombres, identificaciones, residencias anteriores, cuentas bancarias, y algún otro dato de interés general, más dudo mucho que sea algo que usted ya no sepa. — Lord Hellrune hizo una pausa y asintió levemente con la cabeza, dubitativo— En cuanto a lo que vio, pues, en realidad se trata de algo demasiado conciso como para que requiera de darle demasiadas vueltas. ¿No le parece?

La frescura, el encanto y la naturalidad con la que Nathaniel hablaba de la muerte de cinco personas como si comentase el clima podría haber perturbado a cualquiera de los de su estirpe. Más espantarla no era la idea, nada más ajeno a la realidad. Solo buscaba marcar una pequeña pauta de posiciones, un pequeño peldaño a escalar antes de develar el misterio de quién era aquella dama y a qué peligroso nivel sería capaz de llevar aquel juego mortal.


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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Sáb Jul 13, 2013 6:31 pm

Deus ex machina. Salvación inesperada. Intervención divina. Cambio de planes. 

La mujer le sostuvo la mirada a la espuma flotante, batiendo las pestañas lentamente al compás del vaivén de su pecho. Los dedos asían el vaso alto con languidez como si aquella conversación le drenase la energía, obligándola a perserverar para mantener la paciencia y no retirarse del local con toda la educación de la que era capaz. Sentía el frío de la mira láser contra el muslo quemándole la piel y urgiéndola a sucumbir a su llamado. Apúntale. Haz coincidir una pupila suya con la mira. Jala del gatillo. Ignora los gritos del entorno. Vete y sigue con tu vida. 

No.

Y, directa, concisa y rápida como un disparo, pasó revista a sus inquietudes. Inquietudes manchadas de un pasado que a él le sería imposible comprender. 
—¿Por qué me seguiste? —musitó sin levantar la vista de su orden, pronunciando las palabras con la estabilidad de una bomba de tiempo. No me gusta que me sigan. No me gusta que me supervisen. No me gusta que me observen. 

Más cuestiones revoloteaban en su fuero interno purgando por salir. Ignoró la sugerencia de tópico y prefirió adherirse a sus propias preguntas. A él no le incumbía lo que estuviese relacionado con el objetivo derribado y sus rameras. Ni siquiera a ella. Evangelline ni siquiera sabía por qué lo había matado. No sabía por qué lo querían muerto exactamente. Pero sí sabía por qué había jalado del gatillo. Eso le habían enseñado. Eso debía hacer, y lo contrario solo traería problemas. Problemas e insatisfacción. La Dama de Acero se había acostumbrado a ser convocada, solicitada como si fuese un objeto de escaso stock, algo único e irrepetible. Y esa, tristemente, era su razón de existir. Esa era la razón que le daba más tiempo de vida, la que mantenía latiendo su corazón maltrecho. Pero así como había abrazado esa excusa, se había prometido a sí misma que la dejaría ir en cuanto no tuviese salida y creyese que el momento de su muerte estaba cerca. No lucharía. Bajaría los brazos y su respiración cesaría en medio de una oleada de dolor fulgurante. Después de eso sólo habría paz.

Pero él no había hecho más que quitarle el derecho a morir.

La desesperación inusitada que genera la curiosidad la pinchaba por dentro en ese momento, porfiada. Las cosas fuera de rutina, lo no planeado, las sorpresas. La tríada se fundía en aquél interlocutor suyo y la hacía sentir desubicada. La humillación de haber sido salvada por un desconocido podía más que el fracaso de una misión y la duda que podría recaer o no en la Stahl Frau que a cada segundo se alejaba de lo impecable. No lo había llamado por nada estrictamente vinculado con un protocolo. Aquella convocatoria era personal, y el solo hecho de estar en la presencia de aquel descaro ambulante bien vestido le generaba la sensación sólida de una estalactita de auto-desprecio clavada en el abdomen. Así comenzó a odiarse a sí misma. 

—¿Por qué mataste a ese tipo? —y su hilo de voz le respondía internamente lo que ella quería escuchar, lo que era lógico, lo que era justo. No tenías por qué. Tendrías que haberme dejado fallar. Tendrías que haberle dejado acertar. Tendrías que haberme matado a mí. El sentimiento de saberse perdonada le carcomía las entrañas como una marabunta famélica. El estómago se le cerró. Ya no tomaría ese café. 

Entonces levantó la vista fijando los orbes en los ajenos. Ojos vacíos, opacos hace ya mucho.

—¿Por qué no me dejaste morir de una vez, Caffrey... 

...siendo que mi propia muerte es lo único que tengo?
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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Dom Jul 14, 2013 5:21 pm

It doesn't matter what you call it, as long as you don't let the experience escape.
Un hombre de mil rostros, mil facetas discordantes y adversas enrreversadas en la maraña ininteligible de su historia sin fin. Y siempre había alguien más, un ser superior tocando la música macabra al son de la cual este condenado tiraba de los hilos de otro y éste de otro más. Una espiral de manipulación oscura y perversa, cada uno marcado a fuego y sangre por la propia malicia y el codicioso capricho de sus predecesores. Un hombre es lo que hace con lo que hicieron con él. La retorcida imagen de otros cientos moldeada por sus manos hasta alcanzar la que reconociere como propia, un rostro que fuese capaz de percibir en el espejo y decir sin horror, regocijo o pena: “Éste soy yo”.

La aceptación de la naturaleza que guía el instinto es a la vez el suplicio más terrible al que ha de someterse una criatura y el paso más grande a su liberación final. El reconocimiento de aquel deseo que nos incita a cometer atrocidades o a obrar en contra de la ridícula moral social. Mirar a los ojos a la tentación y clamar con una sonrisa ponzoñosa en los labios “Esto es lo que deseo” conduce a más de un pobre incauto por el turbulento camino de la locura y la enfermedad. Pues un deseo no es más que un deseo, no más que un impulso, una tendecia que no cobra voluntad propia y obra por sí sola. Un deseo no se convierte en realidad manifiesta a menos que la conciencia sucumba ante él, a menos que el hombre decida y convierta con sus actos aquella latente ensoñación en una verdad. Quien comete adulterio obra por voluntad propia, dejándose llevar por la lascivia, el enamoramiento o la sutil seducción. Nadie lo fuerza a ello. No hay un demonio que tire de sus hilos y lo lleve por el camino de la perversión, no hay una madre oscura que pusiera el cuchillo entre los dedos de Nathaniel antes de alcanzar los 18 años. Fue su decisión. Suya y de nadie más. “Esto es lo que he hecho”


La represión no es extraña para aquel que planea subsistir sin destacar como miembro productivo de una sociedad civilizada. Hay códigos a los que cernirse, reglas que acatar, convenciones que cumplir. Casi dos siglos de existencia le darían a cualquiera tiempo suficiente para reflexionar, para reverse y reinventarse a sí mismo una y otra vez. Nathaniel lo había hecho, había evolucionado en una clase más metódica y cruel de predador, en un hombre de moral ligera y códigos de conducta insondables, capaz, básicamente, de cualquier cosa imaginable. Pues cuando nada ata a un hombre a esta tierra más que el deseo de permanecer en ella, de exprimir su propio placer hasta un punto insustancial, entonces es cuando tenemos entre manos a un monstruo, un predador entre un rebaño de ovejas.

La fémina habló. Su voz afilada y concisa urgiéndole la respuesta, la aceleración de su respiración y  pulso trazando cien caminos más por los cuales divagar e reinterpretar cada palabra. No era la respuesta allí lo que en verdad importaba, la respuesta a esa pregunta era más simple y práctica de lo que aquella podría siquiera llegar a imaginar. No. Lo que realmente ocupaba el pensamiento del inmortal eran los hilos que la llevarían a elaborar aquella pregunta, a cuestionarle de aquella forma tan imprudente pasando por alto otras tantas que podrían ser de vital importancia. La elección de palabras, la tonada... y luego, luego otra pregunta. Aquel asunto era personal.

La mujer que tenía a su lado era distinta a la que había imaginado. Kate permanecía estática e inamovible, presa de sus propios hilos, enrredada y herida en lo más hondo de su orgullo. Quizá algo más, algo tan interiorizado que era incapaz de ser descifrarlo a simple vista.
La voz de la dama de acero murió en cuanto fijó en él su inquisiva mirada. Ya no diría más. Ahora esperaba respuestas.
     El placer es simple hasta que decidimos complicarlo. En ese aspecto, soy quizá el hombre más fácil de interpretar que jamás conocerá. ¿Por qué la seguí? Porque vi lo suficiente como para ansiar ver más. Arte. El destello de un diamante en un mar de carbón. — Nathaniel esbozó una sonrisa tirante y dejó reposar el mentón entre los largos dedos entrelazados, rememorando la escena por la cual lo cuestionaban. Hubiera sido sensato poner algún filtro a sus pensamientos, más rechazó la idea y optó por saborear la acidez de la verdad—  Soy el juez que dictaminó que su vida no acabaría a manos de la fortuita suerte de un desgraciado. No lo agradece y no tendría por qué. Sin embargo sepa que mis motivos están a kilómetros de ser altruistas. Decidí que sería mía y por aquella sola decisión su muerte me pertenece. Es el azul de mis ojos, señorita Moreau. Mi musa inspiradora desde aquel instante y hasta que yo así lo decida.


El hombre alzó el mentón dedicándole a la mujer una mirada entre cálida y altiva, sonriendo a penas ante la veracidad y egocentrismo de sus propias ideas.

     Quiero ver la persona en la que se convertirá y los actos que cometerá a conciencia. Quiero ver que tanto tiempo le toma a una criatura como usted misma definir su identidad. — Lord Hellrune soltó una risita imperceptible, como si un pensamiento fugaz y divertido acabara de cruzarse por su cabeza— Por supuesto, si quiere recobrar lo que le quité será para usted tan sencillo como acabar con mi vida... Sin embargo, advierto que quizá sea un poco más difícil de lo que imagina. 
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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Dom Ago 25, 2013 11:37 pm

I have great faith in fools; self-confidence my friends call it

Más que una broma de mal gusto, las réplicas le cayeron como un balde de agua fría al carácter inalterable del que hacía alarde, comenzando a creer que perdería la cabeza incluso antes de la cuenta. Asco. Las palabras rezumaban insidia y cruda sinceridad, convenciéndola cada vez más de lo desubicado que todo aquello había sonado. ¿Qué clase de zoquete cree tener control total sobre alguien más? ¿Qué derecho tenía él de contestar tan campante sobre algo que supo dejarla noches en vela queriendo ahogarse en una bañera, como si fuese ella un objeto que acababan de reclamar como propio? Lo único que le quedaba. Le habían sacado lo único que le quedaba. La incertidumbre se mezclaba con la rabia de a poco, lentamente y con saña dentro de ella, como tinta diluyéndose dentro de un vaso con agua. Aquella sensación era corrosiva. Ácida como el regusto de la bilis en la garganta cuando uno se sabe víctima del reflujo. Y así se sentía entonces: como si le hubiesen asestado una patada en el estómago. Una patada en el orgullo.

Gradualmente y emergiendo entre tanta agitación, el asombro y la indignación hicieron acto de presencia. Era sorprendente cuán desligado estaba aquél sujeto de cualquier cuestión relacionada a la mesura. Hablaba como si tuviese todo el sentido del mundo al hacerlo, como si esperase con seguridad que ella lo secundase en su moción de ególatra cuasi omnipotente, que además se había tomado el atrevimiento de hablar de ella como alguien sobre cuya muerte decidió porque le había venido en gana. ¿Quién te crees que eres?, estalló la cuestión en su fuero interno, reverberándose y aumentando paulatinamente su descontento por segunda vez. Aquella injuria parecía salida de una obra ficticia. Increíble, repugnante. Y después de haber despotricado suficiente, aún con el cuchillo entre los dientes, se ordenó a sí misma mantener la calma pero actuar de acuerdo a lo que le pareciera pertinente en respuesta a aquel descrédito. Entonces sonrió con los ojos, satisfecha.

Evangelline era una profesional, con todo lo que la palabra implica en un rubro como el suyo. Citar a un individuo que, no sólo la había seguido y atestiguado el reguero de cadáveres que había dejado en el Shoreham, sino que también la había condenado a no morir cuando más lo necesitaba, venía con un plan de contingencia. ¿Requerir su presencia en un lugar público? Sí, porque habrían más pares de ojos aparte de los suyos que pudiesen verlo de cerca y hacerle la vida a cuadritos en un tribunal si era necesario. A pesar de que la justicia no tenía ni la más remota idea de lo que El Sistema hacía, una trampa con evidencia colocada no venía mal para dejarlo tras las rejas durante una decorosa cantidad de años. ¿Y con los testimonios de los presentes? Já.

Pero como nunca era suficiente, ésa misma noche no sería recordada por la agencia porque no habría registro sobre la presencia de Stahl Frau allí. No estaba sentada en Starbucks tomando un café y haciéndole una escenita a un tipo como él en nombre de su jefe por interrumpirle una misión. Estaba sentada en Starbucks sin haber tocado ese café, mirando impertérrita al grandísimo imbécil que no tenía ni la más remota idea de que, acompañándolos, oyendo y observando cada cosa que hacían, se hallaba una cuarta parte de la mayor congregación de asesinos a sueldo que Nueva York hubiera conocido jamás. Las chicas que cuchicheaban en la mesa contigua, la pareja que tomaba la misma malteada detrás de él, la mesera que tomaba una orden detrás de la castaña. Todos y cada uno de los que permanecían en el recinto eran colegas de quien se inclinaba levemente hacia adelante y escudriñaba un rostro que aún conservaba el fantasma de una suave risa en las comisuras de la boca. Una palabra. Hacía falta una palabra para que todo se pusiese en marcha, para que aquello por lo que había trabajado cerca de una semana se concretase al fin.

—De todo lo que has dicho, Caffrey —comenzó con voz queda como un susurro—, me llama poderosamente la atención lo seguro que estás de lo que dices. Ahora... —movió el café distraídamente hacia la izquierda, deslizándolo sobre el posavasos como quien no quiere la cosa— Hallo completamente gracioso el hecho de que hayas "decidido" adueñarte de mí como si hubieses tenido una epifanía de repente. ¿Pero considerarme tu musa? ¿Sabiendo lo que hago? —el tono en el que hablaba no variaba en ningún momento, mientras pronunciaba cada palabra con una ansiedad escondida tras la máscara implacable que llevaba puesta—. Eso ya es otro cantar.

La diestra que descansaba sobre el muslo del mismo lado desenvainó finalmente la semi-automática que tanto había esperado enarbolar. Mil cosas le pasaron por la mente en un segundo. El peso exquisito del metal, la forma anatómica del mango, la curva suave del gatillo, el destello de la luz sobre el cañón cuando salió de debajo de la mesa y se posicionó perpendicularmente al pecho de aquél al que apuntaba. Nueve balas, cargador modificado. La mira se encendió de repente en reacción al chasquido del seguro siendo removido, y un punto rojo se proyectaría poco después donde estaba el corazón de su invitado. Éste, afortunadamente, no tenía idea del creciente deseo de la mujer por desquitarse de una vez y de una manera así de rápida y rotunda, del dolor que ansiaba hacerle sentir. Pero matarlo iría en contra de sus propósitos.

—Nevermore —pronunció, y un grave "Señal recibida" sonaría por su auricular. De forma inmediata, el mismo sonido retumbaría por doquier, como un murmullo repentino: todos los comensales se habían dado vuelta de repente, y, desenvainando también sus armas, apuntaron a Caffrey al unísono mientras los más alejados se ponían de pie para poder lograr mejor visual. Los ojos azules de Evangelline escondían entonces el regocijo de saberse satisfecha, como si la mano y el arma se alegrasen de reunirse nuevamente; su pecho habíase acelerado por la emoción que la movía en aquel efímero instante, pero su semblante devino aún más serio que antes. Una expresión de indescrifrable pero inminente amenaza la asaltaba.

Y así como lo pensó, la mira se desvió hasta el hombro derecho de Neal Caffrey, anunciando el disparo que surcaría el aire momentos después.
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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Vie Sep 06, 2013 7:34 pm

"I see their pain. On some level I even understand their pain. I just can't feel their pain."
Nathaniel Hellrune se puso de pie, escudriñando indolentemente el universo por sobre su hombro. Tan simple como chasquear los dedos, pronunciar la más inofensiva de las palabras y desenmascarar así la verdad tras aquella ridícula fachada. Los humanos eran y siempre serían seres retorcidos y morbosos, él había sido uno, y haría bien en recordarlo. Lobos con piel de cordero. Asesinos bañados en colonia barata, ataviados con prendas tan insulsas que solo podían provenir de Walmart. Un insulto personal y directo a cualquier ser vivo o muerto que ostentase siquiera un ápice de buen gusto.  Un crímen, a su modo de ver, incluso más grotesco que cualquier otro que fuesen capaces de cometer con sus pequeños juguetitos de acero. Perdió la cuenta de cuantos eran, aunque el número acariciaba las ocho decenas sin demasiada ceremonia. Respiraciones controladas llegaban a sus oídos, se unían en perfecta sincronía a los ritmos cardíacos ligeramente exaltados de aquellos que clamaban por una simple señal que les permitiere convertirlo en un colador.

Ni una pisca de originalidad. Pensó entre sí el inmortal mientras una punzada de decepción se revolvía en sus entrañas y un estremecimiento irritado le recorría la espina dorsal. El hastío se colaba por su mente, oscureciendo el humor antes gris y apático hasta transformarlo en algo con creces más peligroso e impredecible. Asimilar que aquella a quien había reclamado como suya hubiese tramado una jugarreta tan impersonal , alevosa y cuanto menos absurda le resultaba un error difícil sino imposible de pasar por alto. ¿Dónde se encontraba  su dama de negro? ¿Qué había sido de la musa cuya muerte había clamado como suya?

Su silueta recortada por la tenue luz dejaba mucho que desear. Aquel no era el aspecto que caracterizaría a un condenado al pie de la horca, no la mortificada postura derrotista que debería esforzarse en esbozar por amor a las apariencias. Nathan no se desentendería jamás del hombre que era, de los precarios principios que lo guiaban y del orgullo férreo que lo mantenía en pie, inamovible como un monolito. Si se encontraba expuesto ahora el mérito recaía sobre ella y la culpa sobre él. Sobre su tamaño narcisismo y masculina estupidez. Aún así, no se arrepentía ni retractaría tan siquiera una sola sílaba. Sabía lo que deseaba y no escatimaría en medios para tomarlo. No esperaría de la señorita Monroe menos que exactamente lo mismo. Sin embargo, implicar a terceros en su jueguito particular era ir demasiado lejos.

Giró hacia ella el rostro de duras facciones, oscilando entre aburrido y contrariado.  Cualquier maniático del control detesta los imprevistos con cada fibra de su ser, y Nahaniel, con todas sus luces y sus sombras, no era la excepción. Todo lo que tenía que hacer era abrir la boca, seleccionar de su repertorio aquel par de frases que considerara más elocuentes y dominarla. Después de todo, aquella mujer, por muy hábil e intrigante que fuera, no cesaba de ser una simple mundana. Vestigios de vulnerabilidad quedaban patentes en su piel sonrosada, en el aire liberado por sus pulmones, en el acelerado latir de su corazón...
Y él era el causante, él había preservado su vida. No reduciría tal gesto a míseras cenizas al subyugar su voluntad.  

Pasó raya a sus díscolos pensamientos.

Guardó silencio.

Recibió el disparo.

Una gota, tan solo una mínima muestra del cálido fluido vital estrellándose contra las relucientes baldosas. El amortiguado sonido  culminante en el que desembocaban los sinuosos caminos trazados por la sangre al recorrer su brazo, empapando la pulcra camisa y al ahora estropeado Armani.  Un daño colateral, medios sacrificados para un fin. Allí acababa su conciencia del dolor que debería sentir o demostrar, se perdía en el sonido, ahogándose en el martillear ansioso del corazón femenino.  Recordó con una pisca de apatía un tiempo lejano en el que el latir del propio solía silenciarlo todo, controlar el maremoto insaciable de deseos carnales que con frecuencia lo asaltaba. Ahora sus costillas resguardaban una roca inerte y fría. Sin embargo, seguía con vida. Una sombra hostil se regodeó en su fuero más interno, relamiéndose las zarpas ante la perspectiva del desafío. Al evadir el corazón, Kate acababa de clamar la muerte de Nathaniel como propia, un crédito que dilataría y no estaba en sus planes compartir.

Lord Hellrune estaba extasiado.

Hundio los dedos lívidos y fuertes en la carne muerta del hombro, escarbando con brusquedad en el tejido muscular entre los huesos. Asir la pequeña bala de plomo fue cuestión de unos segundos, empeorando el daño recibido con creces, más logrando expulsar aquel intruso de su sistema. Con un brillo singular y turbio cruzando el zafiro de sus ojos, el varón dedicó al deformado proyectil un escrutinio ausente, perdiéndose en la visión de la sangre escarlata que recubría el metal.

— Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing, doubting… dreaming dreams no mortal ever dared to dream before... citó exquisitamente con su aterciopelado acento inglés acariciando cada sílaba

La poesía de Edgar Allan Poe arrancaba de su alma condenada ensoñaciones perversas, equiparaba a la muerte a la belleza y besaba la perfección.  Así, despidió la bala con un descuidado ademán, fijando la inmensidad de sus ojos azules en aquella asesina.

— Tiene toda mi atención, señorita Moreau.
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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Sáb Oct 19, 2013 4:46 pm

Parámetros de cumplimiento obligatorio - Parte II
Sobre misiones, soporte externo y organización de escuadrones
"Si un miembro Senior accede a la ejecución de una misión acorde a su rango por voluntad propia y no por llamado oficial, tiene derecho a solicitar refuerzos siempre y cuando el éxito de la tarea a desempeñar dependa estrechamente de la intervención de terceros [...]"

"Si a un escuadrón Beta se le asigna una misión doble A, deberá contar con la supervisión de un efectivo rango Senior que quede a cargo y dictamine cada avance de acuerdo a las circunstancias del encargo [...]"


Parámetros de cumplimiento obligatorio - Parte IV
Sobre inclusión consensuada, jerarquía y deberes
"Todo miembro de alto rango que conforme un escuadrón deberá ser protegido a costa de los subalternos en pos de una oda de éxito lo suficientemente alta como para dar por terminada la misión [...]"

"Un encargado de escuadrón no puede abandonar la misión en proceso, a menos que se trate de razones de fuerza mayor.

En ese caso, dicha misión queda oficialmente suspendida".

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El retroceso del disparo, además de hacerle vibrar los músculos tensados del brazo y recorrerle los huesos como una descarga eléctrica, la satisfizo con un gusto ligeramente morboso que se daba el lujo de sentir una vez cada tanto; el goce dependía de aquél a quien le apuntara. El rostro impertérrito y terso de la dama de acero observaba el hombro herido con el mentón en alto y la mirada baja, dilucidando internamente si volver a jalar del gatillo para paliar el trago amargo que le había hecho pasar, o poner el seguro de una vez y terminar con la amena tertulia que habían montado. Hilillos de sangre manaban de la herida recién perpetrada, trasluciéndose por la tela de la chaqueta como manchas oscuras que desentonaban notoriamente, captando la atención de la mujer que las observaba con un dejo muy cercano a la curiosidad. Las cuencas azuladas se dirigieron entonces a sus homólogas, escrutando la mirada impávida de aquél que no demoraría mucho en cortar el contacto visual y fijarse en su hombro maltrecho con el mismo desinterés con el que observaría a un insecto revoloteándole encima.

Los dedos del inglés se internaron en la piel pálida a través de la rotura deshilachada de las telas caras, removiendo la bala que a ella tan poco le había costado regalarle, deteniéndose a observarla con interés y un atisbo de oscura satisfacción puesta en el semblante. Su voz trajo de vuelta a Evangelline a la realidad en la que sus colegas aún le apuntaban al varón cubriendo su pecho de pequeños puntos carmín que brillaban más en contraste con la camisa blanca y se perdían en el tono apagado de su abrigo. Los puntos vibraban, delatando el pulso vivo de aquellos que, vistos de lejos parecían máquinas de mirar opaco e impertérrita expresión bailando en sus rostros serios. La tensión aumentaba conforme respiraban con calma, manteniéndose inmóviles en sus lugares y aguzando los sentidos por si acaso; tenían rodeado al objetivo que la alemana les había encomendado, pero tenían muy presente la advertencia de aquélla: "Un descuido y alguien muere". Palabras cargadas de la visión fresca y reciente de Neal Caffrey inmiscuyéndose en su vida y presentándose como el hombre arcano que era incluso allí dentro del local, acorralado por soldados y permitiendo que Poe hablase por él.

Tiene toda mi atención, señorita Moreau.

Y en ese preciso instante, otro disparo, súbito y certero, detuvo el tiempo, erizó pieles, y terminó usando el abdomen de Evangelline como vaina justo antes de la lluvia de plomo que poco después se escucharía. Todo se volvió negro, pero no por el dolor; había recibido tantos balazos en su vida que poco importaba agregarle una mancha más al tigre. Parte del enjambre de miras que Neal había tenido apuntándole al corazón, se habían movido de repente con la rapidez de la que sólo un ojo experto puede hacer alarde, y sólo veinte gatillos fueron jalados a la vez, mientras que el resto de las armas seguían contorneando las líneas elegantes del traje de aquél que seguiría vivo por el resto de la noche. Un sonido sordo siguió a la retahíla de detonaciones, precediendo al silencio que dejaría tras de sí la balacera: el cuerpo sin vida de un hombre cayó al suelo con la pesadez de un tronco, quedando boca abajo en medio de un halo rojo que se expandía bajo él a la velocidad de un corazón que bombeaba, deshecho, lo poco de sangre que le quedaba.

En su mesa, Evangelline se removía en el alto banquillo lentamente como un ofidio ondulante buscando acomodo. La diestra que sostenía la 9mm se posó sobre la mesa con lentitud, apagando la mira y volviendo a poner el seguro; la siniestra se ahuecaba con cuidado por encima de la herida y ejercía presión conforme la vitae escapaba porfiada colándose entre sus dedos blanquecinos. La cabeza gacha, con el mentón pegado al pecho, se guarecía tras la cortina densa de cabello castaño que ocultaba la mandíbula apretada, los dientes que castañeaban dentro de su boca y apresaban la lengua de tanto en tanto, y los orbes azulinos que se fijaban en la creciente mancha que tornaba púrpura el vestido azul. Su mente vagaba mientras tanto. ¿Un traidor? ¿Un traidor entre los suyos? No, se dijo a sí misma con rudeza. Confiaba en ellos, en todos. El control que las altas esferas tenían sobre ellos era suficiente como para mantenerles a raya y evitar cualquier ficha que se rehusase a encastrar correctamente. No dudaba, pero...

Alzó la cabeza con lentitud, sintiendo a su alrededor las respiraciones agitadas de quienes habían acudido a ella para asistirle. Los dedos de la mano que aún seguía sobre la mesa acariciaron torpemente el acero frío de su arma, mientras que la mirada fulgurante de la mujer se clavaba como espinas en aquél que seguía frente a ella.

—Llévenselo —su voz sonaba queda mientras sentía el corazón comenzando a latir dispar tras sus costillas. Ninguno de sus colegas se movió más que para acercarse y preguntarle cómo se sentía, u observarla atentamente con intenciones de cargarla y llevársela lo más pronto posible a un centro médico. Estoy bien, pensaba, estoy bien... — ¡LLÉVENSELO! —bramó de repente, perdiendo la paciencia momentáneamente, segura de que volvería a dispararle pero en medio del pecho, vacíandole el resto del cargador encima.

—Eva... —susurró alguien a su lado. Su tono recordaba la preocupación y la exasperante calma con la que siempre se dirigía a ella. Misha. Los ojos de la castaña lo miraron; las pupilas contraídas volvían aún más claros y grandes sus ojos azules: Neal seguía ahí y eso le generó el pánico de ver cómo se resquebrajaba la fachada que ella misma había armado. Estúpido, le replicó internamente, queriendo dispararle a él también. Captó de soslayo cómo la mano ajena atinaba a posarse sobre su hombro antes de volver a hablarle, pero éste la detuvo en seco en cuanto divisó los labios apretados de quien presionaba cada vez con más fuerza sobre la herida.

Esa noche comenzó a derrumbarse el mundo que Evangelline Haider conocía como tal, el mundo que creía controlar tan estricta y metódicamente como si lo hubiese creado con sus propias manos. Todo se escapó de su alcance, escurriéndose como arena entre sus dedos.

Todo, gracias a Neal Caffrey.
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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Lun Oct 21, 2013 11:53 pm

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Re: Nevermore [Nathaniel] [NR]

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