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Viuda negra

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Viuda negra

Mensaje por Mariska Harsányi el Sáb Ago 03, 2013 6:21 pm

 
Poco recuerdo de mi infancia, la que creo que habrá durado sólo nueve años. A los once me hicieron firmar un documento del que había oído hablar muy bien y que ya conocía a la perfección, muy a mi pesar. Me comprometí. La época de tirarle de las trenzas a las criadas, esconderme en el establo y escaparme a la cuadra se había terminado de repente. Mi adiestramiento para aprender a ser una buena esposa estaba en camino, y siempre lo vi venir como algo tan inevitable como la muerte. Me vi con pánico de ser una bruta intelectualmente, pero buena cocinera y mejor amante. Odié la vida de casada incluso antes de que comenzara a vivirla.  
Una vez soñé con un tablero de ajedrez en el que sólo había una Reina. En cuanto apareció el Rey, la Reina comenzó a hacerse pedazos y no había ni un peón que la recompusiese. Ni uno.
Me asusté, pero no me atraparían con la guardia baja. Le pedí a mi padre que me enseñara esgrima, y a mi madre que me enseñara latín; sólo al final del aprendizaje me sentí segura, resguardada en una cubierta de diamante que me protegería de la vida miserable de una mujer que podía quedarse viuda y desamparada en tiempos de guerra. Podría salir adelante yo sola, aún si el pobre de mi marido no estuviese. “Pobre” porque no lograría enamorarme, cosa común en todos los matrimonios que conocía. 
¿No tenía derecho a elegir? ¿No tenía derecho a enamorarme y casarme por voluntad propia? ¿No podía amar con libertad? No. Ése derecho se me revocó al nacer mujer, y no tenía siquiera la oportunidad de ganármelo. Pero las cosas cambiarían. Siempre lo supe. 
El día de la boda llegó y, ya con quince años, no tuve otra opción que dejar que me deformasen la caja torácica con un corsé, al punto que creí que las costillas se me incrustarían en las vísceras. Mi vestido era blanco con hilos de oro, un vestido de princesa de ensueño. Mi criada me había puesto un tocado de topacio, oro y lirios encima del velo, y había trenzado mi pelo negro con fuerza a la altura de la nuca. Mi cara despejada estaba limpia, suave como la porcelana y olía a agua de rosas como el resto de mi cuerpo. No podía pedir más lujo que aquél.  
Mis doncellas me llevaron al altar para entregarme a mi prometido a quien había visto pocas veces en el kasteli de su familia, lugar que fuese mi hogar durante la aclimatación para esposa. No sentí nada. No sentí ni un pálpito en el pecho, cosquilleo en la tripa ni sudor en los dedos. Sólo atisbé la mirada maliciosa de algunas muchachitas de mi círculo que lo deseaban como si de una piedra preciosa se tratase. Un dejo de culpabilidad me asaltó, como si no estuviese agradecida de casarme con tal ejemplar, pero para mí no era más que un guijarro bien vestido, más allá del atractivo inusitado que tenía que reconocer como agradable. Tenía facciones agraciadas y un buen físico, pelo cobrizo y algo opaco, corto y prolijo. Su traje color borgoña le sentaba insoportablemente bien, y acentuaba tanto la estrechez de sus caderas como la amplitud de su espalda. Me llevaba una cabeza y media de altura, y estaba segura de que mi cuerpo menudo podía haber entrado dos veces en el suyo.
Sintiéndolo mucho, ni eso sirvió para despertar algo en mi interior. 
Una vez a su lado nos casaría el sacerdote local, amigo de mis padres y un excelente orador, que desde pequeña habíame estirado las mejillas como muestra de un cariño que yo devolvía tirándole de la barba canosa. Sin embargo no pude evitar odiar su presencia ese día. Lo miré con desdén detrás del velo traslúcido y me quedé de pie a un par de pasos de distancia de mi futuro esposo, que me ignoró olímpicamente el tiempo que demoró en echarle miradas de complicidad a sus caballeros. Sólo después me miró, pero me miró sin verme. Vio la carcasa dulce y aparentemente delicada de una muchacha de buena familia con quien tenía la obligación de tener progenie para asegurarle un futuro sólido a ambas casas. Una Reina ausente, vacía y sola en un tablero que llegaba hasta el horizonte en todas direcciones. 
Una a una avanzaron mis doncellas y, dedicándole lentas reverencias, se dirigieron a mi prometido con respeto y comedida devoción, mientras recitaban cuán honorable era su presencia y valiosos sus dotes, y se ofrecían como dignas candidatas a casarse con él. “No, no es la elegida”, decía él a cada vez y las despedía con una reverencia, hasta que todas volvieron a mi lado y fue mi turno de acercarme. Declaré mi profunda satisfacción al tener la suerte y el honor de cederle mi mano a tan ilustre miembro de la Caballería Húngara, y recalqué tanto su habilidad en el combate como su ser humano.  
—Ésta es la dueña de mi corazón —proclamó frente a todos, y estiró la diestra para ayudarme a subir los pocos escalones que nos llevarían a la capilla y el sacerdote, de quien no escuché ni una sola palabra. Lo veía gesticular pero mi mente estaba lo suficientemente lejos como para no oírle. Tuve la suerte de que las palomas blancas se escapasen de su jaula antes de tiempo y me espabilasen, porque había llegado el momento de dar el sí. 
—György István Orczy, ¿aceptas a esta mujer como legítima esposa, y prometes caminar a su lado tanto en la calma como en la tempestad?
—Acepto —musitó él, y cuando sentí su mano entrelazándose con la mía, evité buscarle la mirada.
—Mariska Ildikó Báthory, ¿aceptas a este hombre como legítimo esposo, y prometes caminar a su lado tanto en la calma como en la tempestad? 
Todos los ojos del recinto convergieron en un punto doloroso de mi nuca, o tal vez era el moño apretado el que me tiraba del cuero cabelludo y me hacía sentir mareada. Si demoraba más con la respuesta podía echarlo todo a perder, y humillaría a István de una forma horrenda. Extra Hungaria non est vita, habíame dicho mi madre, por lo que mi futuro estaba y estaría siempre en esas tierras. No había escapatoria. 
—Acepto.
Mariska Harsányi
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