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Amor Vincit Omnia || Lia & Alexandre Gavianni || [+18]

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Amor Vincit Omnia || Lia & Alexandre Gavianni || [+18]

Mensaje por Alexandre Gavianni el Jue Oct 10, 2013 8:57 pm

La humedad y el sofocante calor cubrían la ciudad de Nueva York como un manto, ahogando gritos y suspiros quedos en el ensordecedor murmullo de un mundo civilizado. Gigantes de acero y vidrio se extendían imponentes, rasgando con saña el cielo nocturno, adentrándose imprudentes en un revoltoso océano de nubes negras. La noche virgen se abría desnuda de estrellas, dejando entrever el rostro de la luna llena, majestuosa emperatriz del firmamento nocturno.  Ella, que delineaba con su exquisita claridad el perfil de una sociedad marchita, ella, que clamaba imperiosa el despertar de quienes habitaban las sombras. Ella, cómplice y morbosa soberana, luna cruel vilmente opacada por su propia celosía. Pues aquella noche, un astro mil veces más diabólicamente hipnótico se había tendido con altanería sobre rojas sábanas de lino. Aquella noche, el demonio revestía la piel de la mujer más idílicamente hermosa. Aquella noche, una sardónica sonrisa le había arrebatado el imperio a la soberana del firmamento.

Lía. Siempre Lía, presente hasta en su ausencia.

Capas de suave tul desgarrado partían desde sus caderas como olas embravecidas de un mar revuelto, envolviendo en misterio el volumen de las piernas, asomando con timidez unos pies pequeños. El blanco de la pureza moteado con el escarlata de la pasión, rosas carmesí floreciendo en el pecho y extendiéndose en frondosas enrredaderas por el torso, alcanzando en un patrón irregular el resto del atuendo. El corsé abrasaba las curvas de la dama de las mil noches como si hubiese sido hecho a medida, aprisionando excesivamente el pecho exuberante pare deleite del poseso. Rizos de oro rozaban la piel del rostro pálido, deslizándose perezosamente sobre los hombros descubiertos.

Su dama oscura estaba allí, danzando a paso mortecinamente pausado por el piso de mármol, cubriendo el rostro de facciones delicadas y juveniles por un traslúcido velo de novia. Y él. Él se erguía imponente en el sofá de terciopelo negro, arrellanado a sus anchas en el espacio que se le confería. Desnudo el torso esculpido de un ídolo griego, la amplia espalda recostada placenteramente contra el respaldo mullido. Gotas de rojo y vital elemento perlaban su rostro y abdomen, goteaban por la punta de sus largos dedos, corriendo desde la altura de los bíceps. Había algo en sus manos, una insignificante pieza de joyería demasiado pequeña para pertenecerle. Un anillo... del color de la plata con el motivo de las alabardas de un castillo.

Habían usurpado aquel momento, retorcido la fantasía nupcial de un par de  patéticas y miserables criaturas hasta convertirla en una pesadilla macabra de cálida sangre y flores marchitas. Observad el carmesí chorreando por el empapelado francés, contemplad las que antes habían sido níveas cortinas. Ahora aquel instante solo a ellos les pertenecía. A ellos y a la pequeña y frágil virgen, mientras se mostraran generosos y ávidos de compartir. A nivel del suelo se encontraba  temblorosa la fémina, sujetando con ambas manos aquello que sus dientes mordisqueaban.  Temía por su vida y por su alma lo que jamás antes había temida, luchando con todas sus fuerzas contra los vuelcos espasmódicos que le daba el estómago.
Sentía en su paladar el regusto metálico de la sangre, tintado con la sal de las lágrimas que la ahogaban.  Pero no podía hacer más que masticar, masticar y tragar hasta haberlo devorado por completo, hasta haber consumido entero el corazón de a quien amaba. Si lo hacía aquellas bestias la dejarían marchar. Solo tenía que conseguirlo y saldría corriendo por la puerta.

Pobre ilusa. Tiritaba como una hoja al viento a merced de fuerzas que superaban su entendimiento. Él, ni siquiera la miraba.

Los ojos del depredador le dedicaban a la femenina silueta un escrutinio descarado, guiado por la lascivia y el deseo abrasador que se gestaba en lo hondo de su pecho. La agitación se extendía por cada músculo y cada tendón como una correntada de energía eléctrica, un sinfín de terminaciones nerviosas arañadas por la seductora estimulación visual. Solo aquella fémina era capaz de aventarlo al vacío con tan sólo una mirada, surcando el mar de sus ponzoñosos ojos claros a la deriva del capricho. Su dama oscura era la pérfida encarnación de sus anhelos más viles, la viva imagen de todo aquello que despreciaba y todo aquello que necesitaba para existir. La lejanía extinguía su fervor por aferrarse a la vida, más ni siquiera menguaba aquella insana pasión que su Lianna evocaba en él. Cada palmo de piel reclamaba con ansias el encuentro con la ajena, burbujeaba hirviente la sangre bajo la superficie. Pero había más allí que solo anhelos enterrados, más que pura furia pasional. En lo hondo de su esencia corrompida, La Oscuridad extendía sus garras disfrutando de la posesión con un deleite cansino. Ella era la voz de mujer que le susurraba al oído, la segunda conciencia que tiraba de sus sentidos y lo incitaba a más. La consorte se deslizaba por el alma del inmortal con la gracilidad de un felino, extendiendo telarañas de negra seducción adonde sea que sus dedos tocaran. Él le pertenecía, era suyo para poseerlo, suyo y de nadie más.

El tacto ardiente de La Oscuridad semejaba el masoquista placer de una enredadera de espinas que se extiende y crece dentro de las venas, amenazando palmo a palmo con reventar el propio cuerpo desde dentro. Un dolor indescriptiblemente placentero, el hervor del infierno gestándose en el interior del masculino cuerpo.  Él era más bestia que hombre.  Más instinto irracional e irascible que fría y meticulosa lógica. Una tormenta se gestaba en la nebulosa de su mente, agitada por la contención de sus impulsos frenéticos. Cada instante de distraciamiento suponía un castigo desmesurado, parte de la retahíla de factores que acabarían con su inexistente cordura de un instante a otro. Aquel era un momento de inusitada calma, el preámbulo al scherzo diabólico,  el silencio previo a la condena.

Zafiro. Relucientes ojos asesinos del azul más demencial. El mirar turbio de quien mira y no toca, quien codicia hasta la locura aquello que no alcanza. Cincelado perfil de un hombre torturado por la abstinencia, de una bestia agazapada a punto de saltar. Tensión, erotismo, un desafío implícito cargado del deseo más fiero y carnal.

Basta.

Alexei tiró con brusquedad  de la luna de sus días, atrayéndola a la prisión de sus brazos sin siquiera pararse a preguntar.

— Me perteneces Lianna... — gruñó la ronca voz, en un tono sugerente y seductoramente siniestro— siempre me has pertenecido...

La diestra deslizó con destreza el anillo, calzándolo a la perfección en el fino dedo de la diablesa.

— Así como por eras he sido tuyo y solo tuyo... Ahora me entrego a ti. Haz de mi lo que quieras.

El ansia de devorarla siempre se encontraba latente, jamás saciada o siquiera satisfecha. Deseaba poseerla sin descanso, reunirse con aquella parte de su alma negra que el destino le había arrebatado, corporizándola en aquel súcubo deliciosamente apetecible. Pero era más que simplemente aquello, más que la negra fuerza que tiraba de él o de la lujuria jamás lejana.

Aquella era Lianna. Aquella era su dama oscura.


The Lord of Destruction
La luna nueva dejaba un vacío en el cielo nocturno, la ilusión de la pérdida de aquello que aún sigue allí. Una luna traicionera y mentirosa, una luna cruel que abandonaba a su suerte a las criaturas perdidas en la oscuridad de la noche de un cielo sin estrellas.
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Re: Amor Vincit Omnia || Lia & Alexandre Gavianni || [+18]

Mensaje por Lia Gavianni el Sáb Oct 12, 2013 7:59 pm

El pulso agonizante de una ciudad que dormitaba bajo las luces empañadas en sangre, titilando desnuda y vulnerable en la inmensidad de la bóveda nocturna que se cubría de dolor, incitando a las criaturas a adentrarse en la noche para algo mas que simplemente aspirar el aroma de la vida escapando de ella. Una huida que los precipitaba al borde del mundo terrenal en el que ninguno de ellos se demoraba en dejar tras de sí un reguero de almas marchitas y destrucción. Los llamaba y los incitaba, al igual que susurros entre las sombras que jugaban al escondite en las arterias de la ciudad que se extendía ante ellos. El cosquilleo de su aliento depravado sobre sus cuerpos inmortales desataba en su sangre el burbujeo irreverente de maldad, esencia misma que los conformaba.  Monstruos que moraban en la consciencia humana revelándose ante ellos como abyectos amantes, cómplices de la pasión desatada que enmascara la serenata de voces malditas que se alzaban a su paso.

Los caprichosos juegos del destino los habían vuelto a unir en aquella emboscada a traición, desatando oleadas de embravecida devastación. El frenesí sacudiéndolos e izándolos sobre las corrientes mismas del río estigio en las que ni el mismo Caronte sería capaz de surcar con su barca. Los hijos bastardos de un dios que los ignoraba habían osado cubrir su nombre con la sospecha, y asimismo habían sido correspondidos por el mismo infierno por su afrenta.  Aquella sería la noche en la que la muerte se sentiría retribuida, deslizándose bajo con el lento entrechocar de huesos blanquecinos que precedía a la frialdad del sutil tacto descarnado; y bailando sobre los hoyos de tierra que aguardarían los restos, Lía, propulsora y cómplice de la destrucción que les deparaba.

Mas allá de la palidez de unos exquisitos rasgos, todo cuanto representaba evidenciaba un lóbrego enigma; unos ojos que seducían a los cadáveres y unos labios que degustaban la esencia misma de la muerte. No había vuelta atrás, pues en ella empezaba todo, así como terminaba una vez probado el dolor y la vergüenza de sus victimas.

Ebria de poder, el pulso de la oscuridad abrasaba su sangre en un torrente de perversa maldad, la locura y el éxtasis enfebrecido adueñándose de su cuerpo, que se balanceaba al ritmo de una melodía imposible de descifrar, haciéndose eco en lo mas profundo de su mente al igual que los alaridos de las almas condenadas, siendo estas prácticamente inaudibles para el resto a través de los muros del edifico. Pero no para ella, criatura enloquecida consciente de cada pincelada de sangre derramada, el dolor en las entrañas de las víctimas y la retorcida maldad que se gestaba en la inconsciencia humana.

El hotel en sí mismo había sucumbido a sus pies, desencadenando el mismo infierno entre los invitados de aquella ceremonia que en aquellos instantes degustaban el banquete que ella misma les ofrecía. La carne desprendida de los huesos,  músculos y tendones expuestos, el floreciente carmesí goteando de sus rostros enloquecidos y bañando el enmoquetado; las mandíbulas mortales rasgando la piel a tiras  a sus iguales con sus propios dientes en una orgía letal que los conduciría a pasos acelerados a los abismos de la conciencia demente que los condenaría por el resto de sus patéticas vidas.  

Y los pequeños pies de la dama se deslizaban sobre arenas las arenas movedizas de la realidad humana; delgados hilillos que se expandían a su alrededor y evidenciaban lo que aquellas cuatro paredes habían visto. Totalmente envuelta en los restos hechos añicos de una felicidad corrompida y cubierta por la sangre que retrataba sobre ella la muerte de un ser amado, tomaba entre sus manos el rostro ceniciento del varón, hermosos rasgos de completo horror devolviendole una mirada perdida y opacada por el fino velo que cubría el rostro de exquisitas facciones.  Con el rumor misterioso de aquel néctar deslizándose por sus venas y el sabor de la eternidad aún en su garganta, la diablesa alzó el rostro con los ojos cerrados al tiempo que giraba sobre sí misma y continuaba con el vaivén de sus caderas. Sus brazos en alto sosteniendo al ser amado conforme la sangre se deslizaba  por el dorso de sus manos, goteando a lo largo de sus antebrazos en forma de lágrimas. El repiqueteo de su risa escapando de sus labios desprendiendo la fingida inocencia de una cándida niña, curvados en una sonrisa taimada que evocaba el recordatorio de tiempos pasados, ya desgastados por los bordes debido al paso del tiempo, pero casi tan recientes como el ligero rastro de vida que desprendía aquella piel templada que se consumía entre sus dedos.

Garras hundiéndose profundamente en un gesto despiadado sobre el cuello expuesto, cortando una garganta desde la que brotaba la vida y se colaba entre sus dedos finos, cubriéndola de mil pétalos de rosas envueltos en la sangre derramada a sus pies. La fluidez en sus venas escapando al ritmo enloquecido del frágil corazón palpitante bajo una cáscara hueca y sin vida por la que lágrimas se derramaban en junto al ultimo aliento.

Envuelta en el lamento de aquella muchacha asida firmemente por los cabellos, la diablesa alzó su mirada cristalina hacia el objeto de su propio anhelo, una ofrenda a su amado que observaba con expresión satisfecha los juegos retorcidos de la niña caprichosa en la que se había convertido desde su regreso; sanguinaria y morbosa en su proceder, despiadada e impaciente que retomaba viejos hábitos a una velocidad vertiginosa dado el reguero de cadáveres que se arremolinaba a su alrededor. Nada existía antes que él. Nada en su existencia era concebido sin su eterna presencia. Sus ojos delatores de una pasión arraigada que los impulsaba a cometer dichos placeres en su mutua compañía. El tedio cristalizando su alma, congelándola en el tiempo que pasó lejos de su presencia y convirtiéndola en una estatua de una beldad fria e impasible. Tormento feroz de sus anhelos bajo el toque ardiente de una mirada que prendía el fuego líquido que se propagaba por sus venas igual de espeso que la sangre que la cubría.

Entre los sollozos virginales de una novia desconsolada, la diablesa se deleitaba en compañía del que una vez fue el amor de su vida, siendo objeto de deseo de aquel que se recostaba frente a ella sobre un trono que elevaba sobre su reinado a la mas vil de las criaturas, capaz de arrebatarle el aliento tan solo con la imagen misma de su cuerpo. Apenas se hizo de rogar en cuanto sintió sus dedos firmes atrapándola por la cintura, desprendiéndose de aquella cabeza inerte sin apenas dedicarle una segunda mirada; sus ojos tan solo eran capaces de centrarse en la réplica de los mismos con la expresión aún juguetona y el sonido de su risa alzándose entre ellos.
La brusquedad y la parquedad con la que sus palabras la azotaron jamás fueron capaces de mudar su rostro, imposible sorprender a la diablesa que precedía cada sutil variación en su entorno. Pero lo cierto era que ningún atisbo de preocupación o fría lógica acudía a ella en los últimos tiempos, siendo ilógica magnitud de aquel acto el que impactara sobre ella con total irreverencia.

La sonrisa de sus labios decayó lentamente, y sus ojos se deslizaron sobre sus manos entrelazadas con aparente sorpresa. El tiempo sumiéndola en una realidad incapaz de concebir al tiempo que la espiral en la que se encontraba envuelta se detenía lentamente, ralentizando aquel momento en el que alzó la mirada de nuevo. Pocas eran las ocasiones en las que la diablesa se quedaba sin réplicas, que acudían a ella con total facilidad dadas sus capacidades. Por un instante, él volvía a sorprenderla.

- Lianna...- Musitó aún observando aquel destello plateado sobre sus dedos aún húmedos por la sangre. Retirándose aquel estúpido velo, se llevó los dedos al rostro, apartando sus cabellos y dejando tras de sí un rastro carmesí sobre la piel nívea de su mejilla. Después, sosteniéndose sobre los hombros del varón, balanceó sus caderas sobre sus piernas, quedando a horcajadas sobre él. El delgado cuerpo de Lía encajando perfectamente entre los brazos masculinos de su amado, y como tantas otras veces, dejando que su presencia y su aroma la envolvieran.
Sus dedos cálidos se enredaron entre sus cabellos negros en una caricia; deslizándose sobre su cuello y arañando con sus uñas la piel tensa que recubría los músculos de su torso con aparente abandono. La expresión de su rostro reflejando complacencia y total satisfacción.- Hace bastante de eso... Sólo tú me llamas así. - Murmuró ladeando el rostro e irguiendo su espalda. Sus manos ascendieron de nuevo, deshaciendo su camino avariciosas y retomando su destino, inclinando su frente sobre la de Alexei en una caricia anhelante conforme tiraba suavemente de sus cabellos.

-   Tan solo me pertenece lo que sientes por mi, Alexei. - susurraron sus labios al tiempo que el azul de sus ojos atrapaba con la mirada al diablo por el que vendería un alma que no le correspondía.-  Mi necesidad por ti nunca se verá completamente satisfecha, y aún así siento que jamás me pertenecerás por completo... - La diablesa entornó los ojos al tiempo que sus labios recuperaban aquella sonrisa taimada; sus cabellos dorados derramándose alrededor de su rostro en una cascada salvaje. - Ambos hemos compartido el vientre de nuestra madre; compartimos la misma sangre. ¿Crees que esto...- Musitó entrecortadamente arrellanándose sobre sus caderas.- este símbolo tan mundano... cambia en algo el hecho de pertenecerte?



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Lia Gavianni
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Re: Amor Vincit Omnia || Lia & Alexandre Gavianni || [+18]

Mensaje por Alexandre Gavianni el Vie Ene 17, 2014 11:56 am

La lengua caliente y húmeda comenzó a deslizarse por la piel de porcelana, trazando un sendero de perdición desde la clavícula, por la mejilla, muriendo en el lóbulo de la oreja. Allá donde tocaba sus labios avariciosos se cerraban en tono a la piel, degustaban la sangre humana que tan descuidadamente había manchado las facciones del rostro, dejándolo, de ser posible, aún más atrozmente delicioso. El deseo insano del inmortal no besaba su final en las curvas de la fémina, se hendía en la carne, penetrando músculo sin clemencia alguna hasta cerrar el agarre contra las vértebras de la baja espina.

— ¿Subestimas el valor de un símbolo, Lianna? — susurró la voz ronca del demonio,  tensando los músculos bajo el tacto de su mujer— Una sortija arrancada del dedo de la hija de un Ángel... luciendo atrevida en las manos de Silcherade, Mi Reina. —una sonrisa perversa se extendió por sus labios finos, oculta entre los rizos dorados de su amante— Un símbolo no tiene por qué cambiar nada: sólo importa su significado.

Sábanas de lino recibieron los cuerpos de los amantes, arrojados con violencia sobre el colchón mullido sin más que un intercambio de miradas feroces y ansiosas como advertencia. Eran todo extremidades contorsionadas en ángulos imposibles, bailando al ritmo de una danza hostil de pasión nupcial. La sangre jamás dejaría de fluir a sus pies, los gemidos de dolor y los de placer se entrecruzarían en un coro de súplicas. Nacidos en el fondo de un averno vil, debiendo desgarrar y devorar su camino hasta la cima. Nada se les había dado jamás. Nadie ofrecía tributos a los Gavianni ni escribía odas a su magnificencia, pues el caos y la destrucción no han de ser alabados, no han de ser recordados junto a un centenar de cantatas heroicas para honrar a reyes tiranos. Su verdadero triunfo yacía bajo de la piel, se extendía como una enfermedad a través de las venas de la jungla de asfalto. Era el instinto revelador de toda naturaleza, el clamor sediento de híbridos huérfanos del averno aventados al mundo mortal.

— Este símbolo... — pronunció Alexandre, con todo el peso de su cuerpo varonil aprisionando a la frágil fémina en una cárcel carnal— significa que Te Amo.

Y volvió a sonreír, una mueca maliciosa carente de toda gentileza. El tejido de las carnes de Lianna amenazaba con cerrarse en torno a sus dedos, buscando expulsarlo como si se tratase de un intruso. Recordaba en un gesto de individualidad despreciable que no eran uno, distanciados por un abismo de membranas y hueso. Aún así él insistía con revolver bajo la piel, acariciar cada palmo de su dama de las mil noches inclusive desde dentro, Ascendían las manos siguiendo la línea de la columna, reventando no solo el corsé sino la cobertura lívida de piel tersa y los músculos que a los órganos resguardaban. Sus dedos largos y fuertes acariciaban con las yemas firmes costillas, percibiendo al descuido el vibrar de los pulmones agitados.  Podría romperla si así lo deseara, partirla en dos como a un escarbadientes, estrujar su corazón confiado en el puño con fuerza suficiente como para reducirlo a polvo. Pero sabía que no lo haría. Mientras Alexandre continuase siendo el mismo ser que había sido desde el inicio mismo de los tiempos, su sed por su hermana jamás sería saciada. Y aquella sed, la obsesión malsana, erótica y demente que ni los milenos habían hecho menguar, resguardaba la vida de Lianna. Más no su integridad.

— Te amo.

La deseaba con demasiado ardor como para comprender el significado del término mesura, o para considerar siquiera aplacar el hambre voraz que lo incineraba desde dentro y contorsionaba sus venas.  La línea entre su amor por la fémina y el odio que le profesaba era tan delgada como una hebra de cabello y tan resistente como el acero blindado. La colisión de ambas emociones bullía con el furor de la controversia, más poco preocupaba a una criatura guiada pobremente por su más básico instinto. Estaba en Lía la planeación, la maldad premeditada y la venganza a sangre fría, no en Él. El zafiro de sus ojos reclamaba por la demostración visceral, por violencia que la crueldad engendra y ebulle de los consumidos por el pecado. Una adicción perversa, como la piel arrancada de una espalda infantil tras el chicotazo del cuero perforado y el arañazo de la fría hebilla de un cinto. Alexandre provenía de la exaltación de la violencia, del clamor de la guerra y la sangre irrigada por los campos de batalla, su corazón pulsaba cada vez que los nudillos impactaban contra la carne, dejando a su paso violáceos moretones y piel arrancada, exhalaba al coro de los gruñidos y los gritos ahogados de pobres miserables. Y así la violencia engendra violencia, y la sonrisa de mil eras no hace más que asentarse en el rostro cincelado, y la sangre jamás deja de fluir.

— Te amo. — volvió a gruñir, trazando un sendero desde el prominente busto de lía hasta su mentón con la lengua y el puente de la nariz— Sé mía.

Hendió los colmillos en torno al tierno cuello de su dama oscura, recibiendo el manantial de denso líquido negro como el carbón con el regocijo de un adicto ante una nueva dosis. La sangre manaba, se colaba entre sus labios expertos y chorreaba por las comisuras, trazando un sendero sinuoso hasta el busto de la mujer, quemando la piel a su paso como si se tratase de ácido. La propia sangre ardía cual veneno mientras que la ajena representaba a la vez un bálsamo, una droga demencial y un regalo del cielo. Su incesto había contaminado el mismo líquido que impulsaba sus movimientos, el mismo aire que respiraban entre gemidos ahogados por la desesperación. Consumidos por un placer infinitas veces más asesino que el que cualquier ser ha sido capaz de conocer.
Los ojos abrasadores de Alexandre resplandecieron como una llamarada azul, perdidos donde la gula y la lujuria se devoran en un beso. Al otro lado, una fémina temblorosa y frágil le devolvía la mirada, añorante de atenciones y ahogada en lágrimas. Su cuerpo desnudo y virginal aparecía irremediablemente manchado de vísceras mientras que restos del músculo vital de su recién desposado marido se le habían atorado en los dientes, tintados de rojo carmín. La viudez le sentaba, envolviéndola con el manto de un miedo atroz, el desconsuelo y la insana atracción que ejercía el demonio. Se encontraba allí, más viva de lo que desearía estar y aún así no lo suficiente como para escapar al dominio de Lia y correr por su vida. Él acababa de apartar sus labios de la amante para dedicarle a la desdichada un mero pensamiento, sería demasiado afortunada si aquella derretía por completo su sistema nervioso en respuesta a tal ofensa. Sin embargo, la presencia de la frágil criatura tenía un propósito, o al menos uno a que la incoherente mentalidad de Alexei le había parecido portador del suficiente sentido.

— Cada boda necesita al menos un testigo... — gruñó en ese tono tan suyo, susurrante, las sílabas dándose unas contra otras conducidas por el aliento hirviente de quien poco conoce de la contención— Sin embargo habremos de ser breves, Luna de mi noche sin Estrellas... El autocontrol del que carezco está rozando ya su final. —Todo regocijo abandonó sus ojos, tensando el agarre fuerte, ahora cerrado en torno a las caderas—¿Juras ser mía y solo mía?

Y en las mismas palabras, en la misma promesa de tenerlo por siempre enrredado entre sus sábanas y aprisionado en sus caderas, quedaba implícita una amenaza y una advertencia, escrito en la mente de Alexandre con su propio puño y letra.

Mis sentimientos te pertenecen, Lianna. Más tú me perteneces de la misma, y de cualquier otra manera.


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Re: Amor Vincit Omnia || Lia & Alexandre Gavianni || [+18]

Mensaje por Lia Gavianni el Sáb Mar 15, 2014 4:31 pm

Sobre un lecho dorado de cabellos finos, el rostro contraído de la diablesa denotaba el reflejo propio del hambre y la necesidad. Sus ojos de color zafiro apenas ocultaban el deseo tras las pestañas cobrizas, devolviéndole la mirada a su amante al tiempo que una sonrisa satisfecha tiraba de sus labios entreabiertos. Musitando un gemido entrecortado, su menudo cuerpo se retorció bajo la presencia imponente de él, dominándola con determinado descaro sin poder evitar resistirse ante su tacto firme. Sus dedos acariciaban la piel nívea de su cintura, anhelando más allá de lo humanamente posible su tacto. Incapaz de concebirse la desesperación irracional de dolor y placer que lo embargaba todo, despertaba en ella todos sus sentidos bajo la necesidad y morbosa fascinación que la hacía desear mas.  En aquella marea en continua ascensión a la que había sucumbido en las noches más oscuras de su existencia junto a él, se reflejaba un cielo estrellado de reluciente perversidad.

El néctar que le proporcionaban sus labios al contacto con los propios, la maldad enloquecedora y excitante que apenas lograba hilvanar en un solo pensamiento su propio ser, calculador y metódico. Una espiral por la que  se dejaba arrastrar sin detenerse a pensar en nada más; tan solo el rumor en sus venas y aquel cuerpo terrenal y físico. Tan solo requería de su contacto abrasador para subsistir. No dominaba razón alguna, tan solo el hambre y la sed hacían mella en la diablesa. El aliento que le proporcionaban sus labios, así como la fuerza vital de aquellos mortales, eran el presagio que anunciaba el devenir de todas aquellas almas gimientes que se agitaban al igual que la precursora de tal caos. Avariciosa de él y de nada más. Ávida de todo lo que en aquel tiempo se había negado inconscientemente. El descontrol, la perversidad en su estado más básico, el simple deseo carnal que suscitaba sobre ella: Terrible criatura de bajos instintos y presa de nada más que de la satisfacción que le producía el desorden en sí mismo.

Gritos de desesperación que atravesaban los muros de aquella habitación; golpes contra las puertas, portazos y muebles volcándose. Sangre que emanaba sin cesar de los cuerpos cálidos y las carnes trémulas convulsionando bajo el contacto atroz de aquellas criaturas frenéticas, reflejándose el frenesí en el brillo irracional de sus miradas, así como enloquecedor era el descontrol de aquella que los sometía bajo un hechizo plagado de fantasmas que no eran sino sus propios anhelos reprimidos. Criaturas salvajes que evolucionaban sobre los cimientos de su propio infierno conforme el susurro de las palabras la alcanzaban... meras y simples palabras que arrancaron más gemidos a la fémina que se contorsionaba bajo el tacto feroz de su particular demonio. No distaba demasiado de aquellos pobres infelices, pues apenas diferenciaba de la cordura al simple delirio complacido de sus actos. Siglos, escasos milenios... Toda una existencia dando por hecho una firme realidad que ambos podrían creer posible. Se engañaba al creer que todo aquello era un juego más de su hermano, entonces ¿De qué servían todas aquellas palabras cuando todo parecía una realidad demasiado cruda e irrefutable? Desde tiempos inmemoriales, los demonios se habían considerado demasiado arrogantes como para precisar de una declaración de intenciones o una confesión. Simplemente creían que lo que era suyo les pertenecía por derecho propio sin más. Tomaban cuanto deseaban, y aquella verdad arrancó de los labios sonrosados de la diablesa una risita divertida y pérfida apenas sin aliento, retorciéndose entre las sábanas y hundiendo sus propios dedos entre la carne ajena.  

No ha habido ni un solo instante en el que no fuera tuya, Alexei... - Suspiró la joven instantes antes de sentir sus colmillos perforar la tierna carne de su cuello conforme sus dedos finos y largos se enredaban entre los cabellos oscuros del varón. Sus palabras muriendo entre sus labios en un murmullo entremezclado con un gemido inaudible. - Tan solo entre tus brazos soy capaz de olvidar el motivo por el que me alejé de ti en primer lugar. - Continuó susurrando, incorporándose ligeramente mientras acariciaba su mejilla y observaba los labios bañados en sangre; sus ojos hambrientos perdidos en sus labios. - Todo se torna... distante. - Retorciéndose provocadoramente, la mujer se contorsionó bajo el cuerpo del varón, enredado su muslo alrededor de las caderas de este, tentativamente, creando una fricción entre ambos cuerpos insoportablemente irresistible acompañado de un suspiro. - Algo en ti ha cambiado tras todos estos siglos alejado de mí. - Musitó entre beso y beso, tirando de sus labios entre sus dientes furiosamente  - Pero aún con esa continua necesidad inmutable de pertenencia, ese anhelo por poseer... Continúas necesitándome casi tanto como yo a ti para existir. - Siseó a escasos centímetros de su boca perversa alzando el mentón instantes antes de devorarla en un beso profundo y voraz.  Tirando de sus cabellos, enredó con maestría su pierna alrededor de la suya, rodando sobre él de pronto y quedando a horcajadas sobre sus caderas. Inclinada la mitad superior de su cuerpo sobre su torso desnudo a la par que sus cabellos dorados caían a cada lado de su rostro varonil, la joven continuó acariciando con la yema de sus dedos el rostro masculino. - Si... - Gruñó entre sus labios conforme sus dedos tiraban de sus cabellos negros, rozando su nariz en una acaricia que se entremezclaba con un suspiro contenido. - Si, te pertenezco. - Afirmó nuevamente sin apartar sus ojos de él al tiempo que se inclinaba todavía más sobre él. - Pero no más de lo que tú me perteneces a mí, hermanito...


Te pertenezco casi tanto como me aborreces. Tanto como me deseas me odias y ese odio se convierte en pura pasión, así como la oscuridad de la noche no puede vivir si las estrellas eclipsadas por la presencia del astro lunar que corona el cielo... - Continuó en el suave susurro que le confería hablarle a través de sus pensamientos.

- Te pertenezco y tú me perteneces, y así como yo te doy un aliento de vida tú me la arrebatas con cada beso. Tan solo queda rogar porque me ames o me arrebates la cruel existencia que me queda sin tu presencia, mi amor. Ya que me doy cuenta de que eres la única razón para existir, para sentir, en este vasto mundo carente de razón o lógica. - Su mano ascendió a lo largo de su mandíbula, acariciando su pómulo prominente y rozando sus labios con el pulgar al tiempo que volvía a inclinarse sobre ellos en busca de otro beso desesperado, susurrando apenas entre frase y frase similar a un murmullo aterciopelado y envolvente de su voz.-Así como tú me rogaste que tomara tu corazón entre mis dedos si no te amaba, yo te ruego que tomes el palpitante órgano de este espejismo mortal que ves si no me crees. Tómalo si así lo deseas y crees necesario como único símbolo de mi amor por ti. No por ello dejaré de pertenecerte, ni en este plano inmundo ni en el tedioso lugar del que ambos provenimos.

Nada podía ser capaz de arrancar a la diablesa de aquel estado aletargado y ronroneante de semiinconsciencia placentera. Nada salvo aquel ligero atisbo de razón que parecía persistir en algún lejano rincón de su mente. Aquella frialdad que se resistía al fuego inherente que la consumía de a poco. Una ligera molestia que se acrecentó al percibir la mirada de su amante sobre aquella infeliz berreante e insoportable. Sus uñas se hundieron sobre la carne de Alexandre, alargándose lentamente y clavándose profundamente, abriendo surcos en la piel de su torso al tiempo que estos se hacían más profundos al percibir la mirada de la mortal, mudándose de temerosa a ansiosa por la atención del demonio. La demanda implícita en su mirada lastimera acompañada de semejante tentación insignificante crispaba a la fémina, que no dudó en entrecerrar los ojos con malicia sobre la humana, centrando finalmente su escrutinio sobre el joven con lentitud.

- Aunque me resulta curiosa la ligereza con la que exiges total dominio sobre mí, al igual que perverso es el descaro con el que desvías tu atención a insignificantes distracciones. - Afirmó incorporándose de pronto, lanzándole una mirada de soslayo a la joven.



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Lia Gavianni
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