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The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

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The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Alice M. Salander el Dom Oct 20, 2013 7:22 pm




Riga, Suecia, 1705.

Nevaba. Los campos blancos parecían mantas uniformes extendidas sobre el suelo, siguiendo el relieve suave de la campiña. Las pocas casas que podían apreciarse en la distancia también habían sido cubiertas por la albugínea caricia del invierno, ocultándose del observador que, desde el poblado, podía divisarlas si aguzaba la vista. En el variopinto rejunte de edificaciones que se alzaban alrededor de una plazoleta relativamente grande, el frío calaba los huesos y arrancaba volutas de vaho de las bocas de los transeúntes, quienes se volteaban a observar atentamente el altercado que se sucedía en medio de la estancia.

El piso vibraba mientras el batallón de sajones se internaba marchando por la calle adoquinada, observando al frente los de atrás, y escrudriñando a la gente los de adelante. Sus caras mostraban el rictus desvanecido de la satisfacción asomando en las comisuras de sus bocas: habían logrado hacerse del control de Riga en menos de un mes, comenzando a convencerse a sí mismos de que la gran alianza vencería por encima de los suecos y su débil orgullo. Pero, detrás de esta falacia, se hallaba la verdad de la Gran Guerra del Norte: Suecia era un hueso duro de roer, imposible de sobrevivir en ella si no se estaba acostumbrado por lo menos al frío ruso, y su población era conocida por la férrea obstinación con la que les plantaban cara a los invasores. Éstos, de todas formas, preferían darse ánimos creyéndose superiores a un puñado de campesinos y un par de herreros que se llevarían para explotarles hasta el agotamiento, tapando la derrota fulgurante que sufrían en realidad como quien intenta tapar el sol con el pulgar.

El descontento en el maremágnum de gente que se abría para darles paso era evidente en sus rostros curtidos por el frío, en la tristeza de las madres que querían dejar sus casas y defender a sus hijos a costa de sus propias vidas, en el dolor de aquéllos que ya habían perdido a sus seres queridos a manos de los forasteros. La injusticia se había instalado allí, con ellos, como un parásito, un tumor.

----

Encerrados dentro de una taberna, un grupo de individuos se congregaba alrededor de una desvencijada mesa repleta de hogazas de pan, ruedas de queso y botellas de cerveza. Los rostros de todos estaban envueltos en la penumbra que se creaba por la luz lejana de las velas, mientras sus voces cuchicheaban por lo bajo como si temiesen ser oídos por algún invitado indiscreto.

—Debemos quedarnos —murmuró una mujer mientras observaba atentamente al resto, colocándose un mechón de cabello rojo fuego tras la oreja— Tenemos que resistir. Estoy segura de que hay topos mezclados con las tropas sajonas, y por ello es mejor no salir innecesariamente. Si uno de nosotros se expone...

—Mirna tiene razón —la secundó un muchacho joven de ojos amarillos— Si salimos nos cazarán y harán con nosotros lo que les venga en gana. Somos minoría...

Todas las miradas se voltearon al unísono de repente, clavando los orbes de colores dispares en la figura oscura que se recortaba en el umbral de la puerta más cercana: una silueta escuálida y desgarbada que se acercó a ellos, dejándose ver al detener el avance cerca de una vela que ardía tenuemente.

—Alice... —Un susurro quedo escapó de labios del joven brujo, quien escrutaba con un cierto dejo de preocupación a la recién llegada. Ésta, en cambio, apenas se inmutó de su voz muriendo en el silencio que había provocado al entrar tan de repente, interrumpiendo la reunión— Llegas tarde —y su tono cambió a uno más severo después de carraspear, fingiendo solemnidad e intenciones de reprenderla por su falta. Sin embargo, lo absurdo en su comportamiento recaía en la falta de autoridad para decirle a la muchacha qué hacer y qué no, pretendiendo alardear de un puesto de confianza en el cerrado círculo de conocidos de la joven, cuando, a decir verdad, ella siempre pasaba de él olímpicamente, ignorando su presencia por completo. Esa ocasión no fue una excepción: lo flanqueó a paso lento y permaneció de pie tras Mirna, recargada en la pared de piedra abrazándose a sí misma.

El vestido negro que llevaba puesto tornaba aún más delgada su complexión, haciéndola parecer enferma y frágil como el cuerpo de un ave diminuta. Y él, mirándola de soslayo, sólo ansiaba poder servirle de escudo y tomar para sí cualquier daño que quisiesen hacerle. Lo podía de formas extrañas, aumentando su interés cuando menos atención le prestaba, haciéndolo sentir frustrado. Frustrado de forma innecesaria: Mikhail sabía perfectamente cómo eran las cosas con aquella hija de Lillith, pero en su fuero interno ansiaba poder encontrar una manera de entrar en su vida y cautivarla, presa de su necedad.

—¿Por qué has demorado tanto, mi niña? —musitó Mirna con los ojos oscuros puestos en la bruja, inclinándose ligeramente hacia adelante en el asiento que rechinó en cuanto la mujer se arrellanó. La aludida desvió la mirada ausente del ventanal tapujeado y la fijó en ella, observándola como si se estuviese tomando su tiempo para responder. Su pecho, de la textura de la piel de un camaleón, relucía ligeramente con la luz del ambiente y delataba la respiración calmada de aquélla que al fin entreabrió la boca.

—Buscaba mi caballo —dijo con voz clara, incorporándose lentamente— He venido a deciros que me voy esta misma noche —Un murmullo brotó espontáneamente en cuanto Alice calló, reverberándose en el techo bajo que los cobijaba. Sonidos de reprobación, miradas extrañadas y ademanes exagerados que resaltaban la disconformidad de los allí presentes. Ella, sin embargo, seguía impávida e imperturbable, con la mirada vacía enmarcada por las cortinas onduladas de cabello platinado.

—No —la cadencia de la voz de su interlocutora se tornó grave y ronca por el repentino disgusto— Si te dejo poner un solo pie fuera de esta taberna, te encontrarán, harán lo que se les dé la gana contigo y no volveremos a verte porque ninguno de nosotros saldrá tras de ti. Te quedarás.

—Puedo cuidarme sola —y, diciendo esto, Alice la rebasó por un lado y se acercó hacia la puerta, posando la siniestra sobre el marco mientras los observaba a todos por encima del hombro. Sus ojos dejaban entrever el mismo dejo sombrío que la asaltaba de tanto en tanto cuando caía en la cuenta de que nadie se arriesgaba a poner en ella ni una mísera cuota de confianza. Apretó los labios ligeramente y se volteó, cerrando la puerta tras de sí con una ligera brisa artificial, y ya del otro lado, las palmas de sus manos se posaron sobre la madera maciza sintiendo poco después el choque de objetos y muebles tras ella: había bloqueado el camino incluso para sí misma, a pesar de que confiaba en su decisión. Y dentro del recinto, mientras la joven bruja se subía a su corcel negro como la noche y abandonaba el lugar a galope tendido, Mikhail la miraba alejarse con el semblante deformado por la rabia, mientras que Mirna y el resto se limitaban a negar con la cabeza, luchando entre la angustia y la decepción.

----

El viento le arremolinaba el cabello claro furiosamente a medida que se acercaba cada vez más a la salida del poblado, oyendo nada más que el frufrú de su propia ropa a merced del vendaval y los cascos del purasangre azabache repiqueteando contra el suelo por un instante antes de abrirse paso a campo abierto emitiendo sonidos sordos contra la gravilla cubierta de nieve. Los ojos azules fulminaban el camino, las manos pálidas y estilizadas se aferraban a las correas, y el corazón latía tranquilo dentro de su pecho: había hecho lo correcto. Por primera vez en mucho tiempo había decidido por cuenta propia en vez de esperar a ser protegida por sus hermanos, a quienes no precisaba cerca en el viaje que pretendía emprender. Necesitaba estar sola. Necesitaba... paz.

Un disparo cortó el silencio que tanto agradecía, seguido del silbido agudo de la pólvora terminando de quemarse, y la seguidilla de sonidos que indicaban el fin de lo que aún no había comenzado: un quejido lastimero del caballo, un hueso dislocándose y el golpe sordo del pesado cuerpo del equino impactando contra el suelo y deslizándose sobre la nieve hasta detenerse lentamente. El cuerpo de Alice, inmóvil y casi hundido completamente en la nieve, destacaba, junto al animal, como un gran manchón negro de tinta en el lienzo en blanco del paisaje. Y unos metros más allá, agazapado en la masa nívea que tenía debajo, un soldado sonreía de lado al confirmar sus sospechas: la hereje escapaba, privándolo a él y a sus tropas de los beneficios de la magia, y con este pensamiento en mente, se incorporó quitándose los copos de entre los pliegues de la ropa, y comenzó a caminar sin prisa por el sendero que el caballo había dejado, aproximándose a la mujer que aún no daba señales de vida.


Última edición por Alice M. Salander el Mar Ene 07, 2014 6:25 pm, editado 1 vez
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Magnus Bane2 el Mar Dic 03, 2013 8:58 pm

Oscura era la noche, llena de sombras que se elevaban; deseosas, caprichosas, febriles. Oscuridad por doquier, donde mirases allí estaba, pavoneándose igual que una bandera ondeada en pleno grito de libertad. Y la luz, se mantenía distante, no era para los solitarios servidores de la noche. Oh, qué maravilloso habría sido mirarla de frente. Tan delicada, cálida, suave…, como el murmullo de los enamorados. De repente, alguien comienza a bailar en aquella oscuridad. No, la negrura había sido reemplazada por una intensa bruma de color. Toques de color naranja se tambaleaban fuera de la prisión y las figuras se delineaban borrachas, hinchadas de alegría. Minúsculos bracitos se extendían en la danza, girando, haciendo complicados movimientos. Parecían felices y llenos de energía. Danzaban delante de un ser peculiar que los observaba perezoso, lejano y aburrido.
Energía fluía en aquellos seres diminutos. Uno a uno comenzaron a formar parejas para danzar. Era encantador, siendo tan sincronizados. Una sonrisa se escapaba de los labios de las sombras bailadoras. Algunas desarrollaron piruetas suaves que se volvían decadentes, otras explotaban el salvajismo de sus extremidades hasta que se perdían entre tanto movimiento rápido y turbado. Muchas horas desarrollándose ese espectáculo. Horas que se transformaron en días. Días que se hicieron semanas y semanas que terminaron en meses. Danzas, siempre bailando. Arrastrándolo a las noches oscuras, delirantes. El suspiro de su alma se rehusaba cada día para alejarse de aquello que atormentada le tenía, pero él, como cualquier otro ser tan ensimismado en su mundo de confort se dejaba vencer por las danzas nocturnas, una vez más.
Grandes nevadas fueron contempladas por esa mirada encasillada en las floreos hasta que apartándola por una fracción de segundos reveló la decisión de partida. Un último vistazo a la pequeña morada coronada del calor de un hogar prejuicioso y promiscuo le arrancó una sonrisa misma que se desvaneció apenas y sus largas piernas dieron las primeras zancadas de libertad. Su organismo hinchado en bebidas varias, se movió tambaleante ante el cual se desquitó con un chasqueo seco de sus dedos fríos. El único abrigo constaba de una prenda manga larga vieja y corroída por días enteros de uso. La helada del clima se colaba hondo, en sus huesos. Frío, así se sentía. Frío, seco y alejado.
[. . .]
Dos orbes doradas-verdosas se posaban divertidas. Hombres con vestimentas anchas y mugrientas ordenaban la acción. Magia, gritaban emocionados. Magia. Eso es lo que necesitaban para ganar, la base del éxito siempre ha sido la intimidación. Orgullo y prejuicios marcaban el marchar de cada hombre. Sus miradas perdidas en el poder, se sentían grandes mientras pudieran manipular aquello que no entendían. Charlatanes en su mayoría, tenían en sus filas, excepto uno que poseía la mirada de un gato, astuto, visionario y arrogante, ligeramente perezoso y terriblemente hambriento de diversión.
Habiéndoles mostrado un par de truquillos y ya los tenía en sus manos. Una vida nueva. Un comienzo y la exquisita inmortalidad caminando a su lado. El Hechicero, así le llamaban todos aquellos que un título dieron creyéndose capaces de manejar a Bane, Magnus Bane. ¡Cómo si eso fuese posible! Aunque, un error catastral había cometido, revelar la existencia de sus hermanos. Ahora, lejos de que sanjos conquistaran liderando sus propias guerras, éstos buscaron la alianza de los Hijos de Lilith, mismo que se rehusarían a trabajar un mano a mano con los mundanos. Ante dicha negativa solo un camino restaba. La unión de los anglos y jutos para buscar las armas definitivas aún contra su voluntad…, esclavitud de los brujos. Eso se esperaba y eso se tuvo, una febril cacería de brujas.
[. . .]
El fuego se extendía de hito a hito, avivado por las manos mismas de los enemigos que no querían regresar a sus tierras con las manos vacías. Se destruían las ciudades hasta los cimientos, grandes ciudades y tierras aledañas que habían sido declaradas como suyas. Arrasado con lenguas de fuego, salvaje. Los poblados del Norte se defendían con uñas y dientes. Fatuos, protegiendo sus tierras con miradas intrépidas, desafiando a sus enemigos. La mayoría dejando la vida en un grito de guerra y las tierras que en un principio eran blancas como la tranquilidad de Dios, se tornaban rojas, abandonadas en el odio salvaje. Ríos desbordantes de escarlata. Algunos siendo listos escapaban llevándose consigo al poder máximo reinante, los cuales alzaban la voz para liderar a sus peregrinos, los sacerdotes; mientras el fuego consumía todo a su alrededor.
Lamentable era el contemplar, las vidas abatidas en los suelo envueltas con ropas marchitas de sangre coagulada; y sin ninguna posibilidad de ser enterrados. Animales salvajes que movidos por el hambre, llenaban dichosos sus estómagos con los muertos en batalla. No todos lograban escapar, algunos eran asesinados brutalmente en su travesía por la libertad, otros indefensos marchaban como esclavos al lado de su sanguinario enemigo.
Esa era la visión diaria del Hechicero.
[. . .]
Las grandes pieles se arrastraban en el manto blanco. La nieve se adhería caprichosa a su ropaje humedeciendo y congelándose en el acto, dejando la tela tiesa y fría. El brujo asió las riendas de su corsel tan oscuro como su alma marchita. Galopaba fastidiado por el clima. Sus pestañas decoradas con minúsculas partículas blancas que cegaban su camino. Se inclinaba al frente para ver mejor el sendero. Se había desviado varias veces y era el leer de las estrellas lo que volvía a encarrerarlo al camino correcto. De vez en vez soltaba su aliento que se elevaba como volutas de aire comprimido; igual que el humo del tabaco que había fumado por la mañana para subir el calor en su delgado cuerpo. Entrecerraba los ojos en las ventiscas y el único guía era el golpeteo sordo de los cascos de sus compañeros de “excursión”.
—¡Aquí!— gritó el más bajo de ellos. Que, a decir verdad era el único con la inteligencia necesaria para liderar un batallón poco prometedor. —Es allí donde están. ¡Vamos!— el trotar de los caballos apenas y se escuchaba, más bien era un plash frustrante cada que se veían succionados por la espesa nieve.
Bane alzó la cabeza dejando que sus ojos se adecuaran a la escena. Una simple estructura de madera, vieja y llena de humedad. El techo decorado con el satín blanquesino de la helada, aún caía en pequeños copos de nieve.
Se encontraban a por lo menos dos kilómetros de distancia, pero se acercaron unos metros más en deliberado silencio, mismo que el Hechicero les proveía con su magia azulada. Ellos sonreían saboreando su triunfo. Ya podían olerlo y eso dejaba al Hijo de Lilith con una sensación de náuseas. De pronto, un pura sangre galopaba a toda velocidad de la que era capaz. Bane, sintió sus entrañas revolverse, el hombre bajo —de quien su nombre no conocía—, sacó un arcabuz, digno de la caballería a la que una vez había pertenecido; la mecha lista y la pólvora colocada finamente. La bala de plomo se introdujo rápidamente, la llave de pedernal perfectamente montada en el martillo, que rápidamente golpeó el pie de gato de la cazoleta, abriéndola y produciendo una chispa. Inmediatamente el aroma de la pólvora inundó su entorno y la bala se precipitó a su objetivo.
El ruido resonó en sus oídos privándole momentáneamente del sonido. Una, dos, tres… y allí estaba de vuelta. El líder emprendió su camino. Regocijándose en su batalla ganada. Él estaba satisfecho de su labor sabiendo que la persona a quien había “vencido” era una bruja, igual que el Hechicero. Y Bane, él también lo sabía. Esa característica escamosa que una de sus pupilas alcanzó a divisar y el llamado de su sangre caliente, fue el detonador de todo.
Magnus observó a las personas que sin dar crédito veía la escena pobremente, se hallaban a una distancia considerable para imaginarse la situación. Regresó su atención a la persona que yacía inconsciente y la sonrisa del personaje que parecía una versión cómica del líder supremo de todo aquel altercado. Su corazón se desbocó y recordó el mandato de aquel a quien una vez escuchó, en aquella noche en que las danzas de las sombras eran sus fieles compañías.
Soltó un suspiro. Su aliento se elevó. Se irguió y de sus dedos revoloteó un toque azul que encapsuló a su corsel; y éste dejando el frío fuera, corrió marcando el ritmo de su corazón junto con el del brujo.
La escena cambió repentinamente. Bane se arrodillaba junto a lo que descubrió era una mujer. Misma, que compartía la blancura de la nieve en su piel, excepto ese toque malicioso, ese que revelaba su identidad como Hija de Lilith.
—Hey, levanta— murmuró asiéndola del hombro —¡vamos, vamos!— golpeó su mejilla sintiendo su piel rugosa, escamosa mientras sus manos se posaban en su cuello.
—Hechicero— Bane sonrió ante esa tontería, de hecho resultaba bastante gracioso que le llamase de esa manera y nunca hubiesen preguntado siquiera por qué hacerlo en lugar de llamarle por su nombre. —Es una bruja, ¿verdad?— rió preparando la siguiente munición —¡lo sabía! Por fin, una viva. Porque, esta viva, ¿no es asi?— su risa se eleva y Bane le dedica una sonrisa torcida después, asiente.
—Oh, lo está— el sujeto le devuelve la sonrisa sacarrona colocando la bala.
—Bien, bien… tráela.
—Creo que eso no sucederá.
—¿Qué dices?— la sonrisa desaparece y el arma apunta al Hechicero.
—Mundanos, siempre tan predecibles— el brujo ladea su rostro y eleva su izquierda destellando en brillo azul. —Llegué a pensar que tenían una pizca de inteligencia…, pero me equivoqué— la bala se dispara. Más pólvora, salitre y CO2 se instala en la atmósfera, el ruido que esta vez le dejó intacto el oído. La bala emitió un sonido estrangulador en el cañón. La explosión se expandió en todo el arcabuz y liberó el bióxido de carbono a una potencia deliberante. El sujeto, llamado Julios, —recordó en ese instante, Bane—, lanzó un grito de sorpresa, terror y dolor antes de caer al suelo cubierto de nieve.
Bane cogió a la mujer del brazo y se puso en pie.
—Descansar siempre ha sido mi pasatiempo favorito— Julios se retorcía de dolor con el rostro destrozado, sus gritos se elevaban por encima de sus compañeros y las balas rompiendo el viento a una velocidad sorprendente dirigidos a los dos Hijos de Lilith que poseían aquello que todos querían, su magia. Eso y la capacidad extraordinaria de escabullirse y huir, de Magnus Bane, El Gran Brujo de Brooklyn…
—Pero me temo que es hora de irnos.
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Alice M. Salander el Vie Ene 17, 2014 6:44 pm

Äppel, päppel, pirum, parum

Kråkan satt på tallekvist

Hon sa ett, hon sa tu

Ute ska du vara nu

¡Ja, just DU!
Refugiada tras la cortina abundante y enredada de cabello platinado, Alice abrió los ojos de repente, deshaciéndose del sopor del sueño con la rapidez de un pestañeo. Su cuerpo menudo reposaba boca abajo sobre una cama, enfundado aún en el vestido oscuro. La nieve que había quedado atrapada entre los pliegues de su ropa se había derretido gradualmente, siendo absorbida por la tela e ignorada por la piel marmolada inmune al frío. Dentro de su campo de visión aparecía su propia diestra, apoyada frente a sí sobre la almohada y luciendo los nudillos tornasolados, y, víctima de la curiosidad, probó mover cada falange suavemente como si se autoconvenciese de su íntegro estado. A pesar de haber dormitado en un principio, oscilando entre esta realidad y las tinieblas desenfocadas de un agotamiento inusitado, cayó profundamente dormida en los brazos de Morfeo, oyendo voces. Voces de niños, jugando.

Una suave punzada detrás de los ojos le hizo fruncir el ceño levemente cuando intentó observar más allá de sus dedos, alcanzando a divisar la lengua ígnea que templaba el recinto en penumbras. El fuego ardía, crepitando como única fuente de sonido en aquel agradable silencio, recortando una figura que a duras penas podía distinguir; la tenue luz que le llegaba tornaba cada hebra de cabello en sendos hilos brillantes que le rozaban los pómulos apenas, limitando su visual. La habían salvado, pensó, encontrando extraña tal certeza. ¿Cuándo se había convertido en la damisela en apuros? Ella, que evitaba los problemas adrede para vivir en la mayor quietud posible, había caído presa de la terquedad y el capricho, olvidando el cambio de guardia del turno de la noche entrante.
Estúpida, díjose a si misma mientras continuaba impávida e inmóvil en su lecho de convaleciente. Un sajón había osado dispararle. El solo recuerdo de lo acontecido le arrancó una oleada de frustrada satisfacción, dado que el sonido de los gritos del soldado revolviéndose sobre la nieve era la única evidencia que quedaba en su memoria. El olor a quemado, recurrente como una peste, revoloteaba como polillas alrededor de una farola en su mente aletargada. Chispas, evocó.

Los ojos que parecían a un paso de adquirir el color albugíneo del invierno escrutaron el perfil apenas iluminado de aquel sujeto. Sentado frente a la precaria chimenea, emitía con las manos un siseo similar al de un pergamino siendo frotado. Al parecer tenía las manos encallecidas. ¿Un herrero? ¿Un campesino? ¿Un militar? El cuerpo aparentemente frágil de la bruja se irguió con parsimonia sobre la cama mullida y tibia, quedando sentada y apenas pudiendo rozar el suelo con los pies. Acomodándose la melena platinada, Alice fijó la vista en quien creyó la había auxiliado, callada como un muerto. La intensidad de su mirada bien podría haber atravesado la carne ajena como un hierro ardiente, como si sólo con tal gesto pudiese llamar su atención. Resignada, carraspeó entonces con cierto fastidio.

—¿Dónde se supone que estoy? —musitó, con más severidad de la intencionada. Si bien no se trataba de una cuestión de orgullo o amor propio —al menos no esta vez—, la joven aborrecía la idea de deber favores. Haber visto su existencia en manos de un mortal tiritando de frío sobre la vasta manta nívea, le asqueaba al punto de querer dispararse ella misma con un rifle. En la cara. A quemarropa. El hombre, ladeando el rostro avejentado hacia ella, profirió un bufido que pareció ser de alivio al juzgar por el relax repentino en su postura y gesto cuando el aire escapó de su boca. Lo reconoció. Sus rasgos eran los de un veterano que pocas veces había visto, pero de cuya existencia estaba al tanto según los chismes que llegaban a sus oídos. Björnn, le decían, el criador de caballos.

La expresión de Salander permaneció inalterable.

—Estás viva y es lo que importa —replicó el viejo con un vozarrón acartonado, como si el murmullo grave de una ventisca viviese en su garganta. Al ver el rostro cetrino de su invitada se limitó a devolverle la mirada con algo parecido al cansancio, como adivinando lo que la mujer estaba a punto de inquirir. Ergo, volvió la vista al fuego— No he sido yo tu salvador, nigromante —los labios de la bruja se apretaron en respuesta como si contuviese un vómito ácido y corrosivo— Él está afuera.

Queriendo enterrar las manos temblorosas del decrépito anfitrión en las brasas encendidas, Alice se puso de pie con toda la celeridad que le permitieron sus pies helados y avanzó a grandes y silentes zancadas hacia la puerta. Ni las gracias le dio; había perdido todo interés en él desde el momento en que le había oído masticar las palabras con tanto desdén.

Nigromante.

___________

Un brazo fuerte la asía con firmeza mientras el gimoteo lastimero y sufrido de un sajón en apuros le colmaba los oídos y entumecía su cerebro. Su voluntad, pobre y casi ausente, impedía a las piernas ponerse en movimiento como si todo fuese culpa de la pereza y la gravedad.
Detente. La voz masculina que sonaba cercana y ronca no era suficiente para hacerla volver en sí, cuando ni siquiera estaba segura de estar ilesa y andando como sus sentidos corroboraban. Todo era blanco. Blanco y negro, y ruido. Y rojo, y sollozos agudos como el quejido entrecortado de un gato que aún no ha aprendido a maullar. Un gato. Un gato de ojos verdes y dorados, verdes y dorados. Detente. Se alejaban como podían, o al menos veía el trillo de las carretas avanzar bajo sus pies torpes como una cinta móvil de tierra gélida y gravilla, como un camino que se perdía en un horizonte colmado de pinares. En aquel momento la balacera no importaba, el frío no importaba, la guerra no importaba. Un alarido cortó el silencio, filoso como el chillido de un cerdo desollado, y las manos lánguidas de Alice se cerraron con fuerza. Ella sólo quería silencio.

—¡DETENTE! —bramó, apelando a un fútil intento por zafarse de quien entonces era su único sostén, alumbrando el suelo de azul. Las chispas descontroladas escaparon de sus dedos cuando estiró la mano libre hacia el soldado, provocando el fuego que ardió sobre él en medio de una brisa incapaz de sofocarlo. Aquello no era ira. No era venganza. No era locura. Sólo un deseo, un afán, una necesidad. Y viéndolo perecer frente a sus orbes claras como el hielo, rodeada de rostros curtidos por la inclemencia del tiempo, percibió cómo el enemigo oscilaba entre una retirada y una resistencia. Las balas seguían surcando el aire alrededor de ambos, mientras que en los huesos de Salander vibraba el caos, en su mente se desmoronaban los endebles cimientos de un bloqueo autoimpuesto; la promesa rota de no usar un poder comparable a una maldición.
Entonces, agotada, Alice se desmayó a medio camino, incapaz de soportar su propia magia.

___________

Un sonoro portazo no fue competencia para el silbido del vendaval que rodeaba la desvencijada cabaña. Un millar de agujas filosas parecieron clavarse en el torso de la muchacha en tanto ésta observaba los alrededores con suma obstinación, entornando los ojos de rubias pestañas en un pobre intento por localizar la más ligera alteración en aquel infierno blanco. Dio un par de pasos sobre la inestable masa de nieve bajo ella, y antes de tambalearse por falta de equilibrio, lo vio. A tan solo unos metros de distancia, de pie junto a un sauce raquítico y congelado, una figura alta y delgada permanecía cual espectro oscuro totalmente sumida en su parálisis. Hundiéndose un tanto más en proporción al tiempo que transcurría porfiadamente lento, la joven decidió abordarlo y zanjar la situación para poder robarle su mejor corcel al vejestorio y seguir con su camino con o sin tormenta. Pero cuando pensó dar otro paso más, la nieve, traidora como todos los demás, cedió al peso de su cuerpo desgarbado y la atrajo hacia sí hasta dejarla de rodillas.


Rima de sorteo:

Apel, paple, pirum, parum
Un cuervo se posó sobre la rama de un pino
Dijo uno, dijo dos
Ahora deberías salir tú
Sí, justo tú.


Lamento mucho la demora, Mags.
Alice M. Salander
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Magnus Bane2 el Dom Mar 16, 2014 10:19 pm

Una caricia ardiente que recorría su cuerpo como un latigazo de sublime excitación. Celestial sensación que rozaba su mente con una intensidad desbordante, llenándole de éxtasis, estirando el límite de su imaginación morbosa. Eran esos lengüetazos de pasión invadiendo su cuerpo los que le invitaban a caer en la lujuria y el desenfreno. El aroma inquietante reflejaba ferocidad tal, que se derretía en el ímpetu de amar, despertaba e intensificaba cada sentido demostrando que una simple caricia en manos inexpertas podía ser la sensación más placentera.  

Uhmmm…, ronroneaba encandilado en aquellas sacudidas libídines.  

Suspiros se escapaban de esos labios apretados que tantas veces, su nombre había dicho esa noche. El placer corriendo sigiloso, cubriendo de una capa perlada de sudor su cuerpo medio desnudo. La agitación de su respiración empañaba el cristal descaradamente, siendo ésta,  la única evidencia de la falta cometida en aquel arrebato carnal. Ruidos quedos encapsulados entre la humedad de la madera qué, cada día se hinchaba por las nevadas.

Una última gota de sangre se derramaba del hosco vaso; caía lentamente, ajena a las acciones rápidas de un par inmoral. Los ojos ambarinos de un brujo curioso se posaban en aquella simpática escena cargada del libertinaje visto en esas épocas que ya  se había cansado de vivir. La “feliz” pareja se empeñaba en demostrar su amor irracional mientras que los otros clientes se dedicaban a fantasear que aquella mujer les nombraba a ellos en plena explosión de placer. Bane, simplemente gustaba de recordarse que ese era un amor mortal. Rápido, intenso, lleno de gozo.

Las sombras acechaban su alrededor y, las luces de las lamparillas de petróleo  bailoteaban volviendo a atraer la mirada del peculiar Hijo de Lilith. El suspiro resignado de que el momento de marcharse había llegado, se elevó rompiendo las barreras de la oscuridad dentro de sí mismo. Un momento para escanear toda la habitación bastó para entender que todo estaría bien.  
Partió sin dolor, sin ninguna emoción;  alejándose por segunda vez de las sombras burlonas del interior. No sería la última ocasión en que se intentaría alejar de la oscuridad carroñera. No, ésta seria la más fácil huida, aún le esperaba una larga persecución, en donde, Bane no sería el vencedor…

[. . .]

Frágil, suave y frío era el cuerpo aquel que en sus brazos llevaba. Lo cobijaba con su cuerpo qué, aunque delgado, bien podría cubrirle de la nieve. Feroces estrellas blancas caían inquietas, frías y altaneras. Ruido manchaba de contaminación los vientos: traían la histeria de una batalla perdida, la agonía de los cuerpos destruidos y el llanto de los muertos al marchar incrédulos a las tierras, designios de un Dios tirano.

Calor se extendía a sus espaldas, un fuego extraído desde el infierno. No, no era fuego en absoluto. Era magia. Febriles llamaradas azules se explayaban ansiosas, devorando todo cuerpo que tocaban. Los gritos se ahogaban en el chisporreo y el aroma a muerte impregnaba los aires furiosos en tanto el cuerpo de Bane se inclinaba al frente esperando ganar mayor velocidad. Pero, su propia escudo, cual domo azulado a su alrededor, dilapidaba sus energía con absurda rapidez.
Su mano se dejó caer del brazo del brujo, y sus dedos temblaban emanando la energía necesaria para causar estragos miles. Los ojos de Bane se movieron desde el brazo delgado, delineado de la marca de Lilith en la  hechicera, a su hombro huesudo hasta llegar a sus ojos cerrados. ¿Estaría concentrada o ya habría perdido consciencia de la realidad? Por lo menos, había dejado de forcejear.

—Es suficiente— murmuró, —todo ha quedado atrás.

Un caballo agitado, asustado y cansado se derrumbó al final de lo que fue una carrera por la vida. El brujo se vio arrastrado por el descomunal animal junto a la chica que en sus brazos yacía. Una mano amiga tendió su ayuda. Bane, la miró con recelo, enarcando una ceja astuta mientras elevaba la mirada. Una sonrisa cansina se instaló agradecida en un rostro curtido por el frío. Se levantó con un poco de dificultad, un hombre de gran fuerza no era, pero sí de enorme voluntad.

—Bane, amigo, estás hecho un lío— la voz profunda del hombre apenas era escuchada por el brujo, quien, después del horrible acontecimiento, perdió el oído, un poco.

—Al menos tengo una excusa— susurró dejando que alejaran de sus brazos a la mujer inconsciente, —¿cuál es la tuya para lucir horrible?

La risa honda del hombre le dio paso a un hogar improvisado para las noches largas de invierno. Había calor dentro. Divisó a la Hija de Lilith yaciendo en un cálido lugar. Se acercó a ella y le observó. ”Qué peculiar” pensó. Pudo notar que había malgastado su energía con toda esa explosión de magia. Bane suspiró y cogió su mano, la sintió áspera al tacto, fría y muy delgada. Se concentró en ella para transmitirle un poco de su energía. Quedaba rastros solamente, pero sería suficiente para mantenerla en el mundo de los vivos sin que el brujo sufriera graves consecuencias. Salvo, el caer perdido ante los brazos de Morfeo poco después.

Largas horas transcurrieron antes de que Magnus despertara. El frío se colaba entre las fibras de la tela, prácticamente, eso fue lo que le despertó. Se desperezó como todo buen felino, incluso, permitiéndose un ronroneo. Ya no había fuego y lo revivió con un chasquido. La silueta de la mujer se veía pequeña, lejana. Aún sentía el aroma en su nariz. Hizo un puchero levantándose de un salto.

—Ya era hora— Björnn entró con leños e hizo una mueca irritada hacia el brujo, —¿te importaría?

Los días pasaron. Bane estaba al tanto de todo lo que ocurría a su alrededor. Habían encontrado a un grupo de brujos en la cabaña de aquel día. Muchos muertos, varios sometidos. Todo pintaba ir de mal en peor. Los Sanjos seguía de cacería con nuevos objetivos y entre ellos, un traidor. El Hijo de Lilith tendría que comenzar a cuidarse, cosa que le irritaba hasta lo inverosímil.

El brujo caminó con pasos largos. El sol estaba ausente como todos los días y lo único que acompañaba al invierno era el frío y la blanca nieve que llenaba los suelos con una espesa capa blanca. El viento ululaba intranquilo, trayendo consigo los chismes del submundo. Bane, siempre atento escuchaba cada murmullo y esperaba, paciente a que estos días, pronto terminaran.
Se detuvo bajo un árbol, recordando algunos ayeres. Justo aquella cabaña de donde había salido, presa del aburrimiento. ¿Qué encontraría si regresara?

[. . .]

—Puedes tomar un caballo, con eso cubro mi deuda contigo, brujo— la última palabra fue escupida con un deje de repulsión, misma que esculpió una sonrisa en el rostro de Bane.

—Creí que tu deuda estaba saldada, pero, tendrás que darme dos caballos— se inclinó hacia el frente, escuchando la respiración de la Hija de Lilith. —Es lo justo.

—Ni hablar, uno es mi oferta.

Bane suspiró —puedes quedarte con el de ella— hizo un gesto hacia la mujer y el hombresote negó.
—No me sirve, confórmate con el que te daré.

—Bien.

[. . .]

Se cruzó de brazos. ¿Dónde iría ahora? Estaba seguro que Catalina ni de broma le aceptaría, y mucho menos podía pensar en Ragnor. Ellos se mantenían escondidos, justo como debería estar el mismo Bane.  No obstante, el esconderse era lo que menos le apetecía. Ésta época no se la perdería. Ninguna, a decir verdad. Confiaba en sus instintos de supervivencia. Hasta ahora, habían sido útiles. Con un chasquido regresó su vista al presente. Las sombras, ya no eran una opción.

—Va a darte un caballo— dijo entrecerrando los ojos. Sus largas pestañas apenas y servían para alejar el viento helado de sus orbes verde-doradas. Se giró hacia ella, totalmente clavada al manto blanco, ella misma poseía la blancura y terquedad de la tormenta de nieve que se avecinaba. —No necesitas hurtarlo. Tampoco espero que me des las gracias— dio pasos decididos hacia ella y le tendió la mano tanto para ayudarle a salir del caos invernal como para presentarse.

—Soy Bane, Magnus Bane— sonrió de medio lado —y yo, señorita, fui quien su trasero salvó.

Sin esperar que le diera la mano, se inclinó cogiendo su muñeca, y le dio un tirón.

—Es hora de irnos— se ajustó el abrigo y elevó la mirada. La tormenta tardaría unas horas, si se daban prisa, podrían llegar al poblado, ella podría irse y Bane regresar a hacer cualquier cosa que saliera en el camino. —Tenemos cerca de tres horas, antes de que el sendero se vuelva intransitable. Me llevarás al poblado, de allí, cada uno puede seguir su camino, si te parece— caminó hacia el corcel tan negro como éstas noches sin estrellas, cuyos ojos reflejaban el azul del cielo en primavera. La combinación favorita del brujo. ¿Coincidencia?

Se giró e hizo una señal para que se acercara. —Todo tuyo— sonrió  y se trepó con su agilidad felina. —Vamos, no quiero quedarme una noche más con ese sujeto, aquí entre nos, me causa una leve irritación .

Solo esperaba una cosa; que el poblado estuviera libre de Sajones idiotas.
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Alice M. Salander el Dom Abr 06, 2014 1:05 am

Los ojos de él, almendrados y estrechos, parecían sendas rendijas de pestañas espesas que atrapaban sin querer los blancos souvenirs de la ventisca. La diferencia de alturas la hizo sentir frustrada, mientras la nieve continuaba cediendo bajo ella conforme pasaban los minutos. Él, esbelto y ágil a la vista, permanecía de pie con la gracia burlona de quien conoce aquellos lares como a la palma de su mano, y Alice, hecha una piltrafa, desviaba la mirada hacia la mano grande que aquél extendía en su dirección. "Soy Bane, Magnus Bane, y yo, señorita, fui quien su trasero salvó". Antes de que pudiera espetarle nada grosero, el brujo la cazó por la muñeca. La alarma se disparó, pero no cundió el pánico en los ojos de la mujer; esperó pacientemente volver a erguirse, y sólo entonces zafó la mano de la ajena con la rapidez de una lagartija escurridiza. «No me toques, inmundicia mundana», le dijo internamente con la lengua inmóvil y los labios sellados, mientras posaba los orbes cristalinos en los suyos con corrosivo desdén. Pero aquí viene lo curioso. Un detalle, un mero detalle que cambiaría su insulsa y triste vida, de una forma inexplicable.

Fueron los ojos de Magnus Bane los que disiparon toda saña de su rostro, toda violencia. No era un humano común y corriente, un hombre lo suficientemente estúpido como para pretender salvar a una hereje en plena época de persecución. Por obra y gracia de quién sabe qué ridículamente poderosa fuerza mística, el susodicho era un Hijo de Lillith y, en efecto, la había salvado.
Sin embargo, la incómoda expresión desencajada de la bruja duró un brevísimo instante antes de tornarse sombría. Su cuerpo adoptó la conocida rigidez de la cautela, mientras le devolvía la mirada ya indolente. ¿Acaso estaba oyendo bien? ¿Le estaba ordenando que lo llevase al mismísimo corazón de Riga...?

Ni la pobre confesión sobre Björnn logró desarmar su postura de monolito inamovible. Sus puños, cerrados fuertemente y ocultos bajo las mangas largas del vestido, bien podrían haber comenzado a arder de un momento a otro si el frío no la hubiese llamado al orden. El frío la hacía reaccionar, la atraía a la realidad como la amarra que mantiene sujeta a una barcaza.
Lo había oído hablar con sajones. Si bien no lo había visto en el momento, sólo había logrado divisar soldados a sus espaldas cuando se marchaban, en uno de esos lapsus de esquiva lucidez. Si confiaba en lo que había ocurrido, se le antojaba pensar en él como un traidor a los suyos que se arrepintió a último momento, compadeciéndose de una bruja indefensa. Sin embargo, ¿qué le aseguraba que el hecho de salvarla no era un intento por ganar su confianza y entregarla más tarde? No había ningún problema en aquella situación. Nada, aparte de la poca disposición de la bruja por colaborar, servía de impedimento para que aquél purasangre cabalgase al fin por el sendero en dirección a la ciudad. Si había marchado con los sajones, el brujo sabía cómo regresar, pues de allí había partido. Muchas cuestiones le jugaban en contra si pretendía convencer a la pelinegra. Incontables. Incluso conocer al viejo cara de búho no era garantía de nada.

Alice, criatura que evadía el contacto visual gran parte del tiempo, lo miró con insolencia. Quería borrarle de la cara esa sonrisa.

—No te pedí que me salvaras —dijo elevando el tono, intentando hacerse oír por encima del murmullo incesante del viento a su alrededor— No tengo por qué ir contigo.

Negativas. No, no, y más no.
No te debo nada.
No iré a Riga.
No confío en ti.
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Magnus Bane2 el Mar Abr 08, 2014 6:09 pm

Eran de un azul intenso, dos estrellas titileantes libres y glamorosas. Reflejaban la majestuosidad de un cielo raso, libre de cualquier nube que opacara aquel inmenso azul, una bóveda divina de Dios. Aguas cristalinas comenzaron a correr, delicadas perlas mojando los abanicos oscuros, tan amplios y colosales qué, bien podrían levantar un tornado a su alrededor. Negros eran, y, cuando éstos bajaron, dejaron caer gotas de mieles blancas, humedeciéndose en el acto y sobrecogiendo los, ahora, turbios luceros. Oh, como odiaba verlos así, llenos de penosos sentires. Afligidos lucían. Las hermosas orbes ensombrecidas por un oscuro sentimiento, y aún irradiando una decepción, dejaban entrever el amor sentido por el canalla que partía, una vez más. La última vez.

Él dedicó un solo vistazo atrás. Ella le miraba, y a manera de despedida, una mano levantó, tímida, casi retraída. A su lado, dos hombres le custodiaban. Poseían el intenso azul en la mirada y la fragilidad en sus rasgos demoniacos. Pero, así como los de ella manifestaban amor, desconsuelo y lasitud, los de ellos eran todo rencor, apatía y maldad.

El corazón se le encogió y algo dentro de él se rompió. Supo de su mala decisión. Le aterró el futuro de la joven dama, y aún así, partió.

[. . .]


La inquietud de su mente burlona se asomó para divisar una escena bastante peculiar. Dos brujos que poco o nada tenían la intención de acompañarse en ese largo camino. La cacería de brujas recién comenzaba y ellos perdían el tiempo en plena tormenta acuciante de blanca nieve. El Hijo de Lilith, —su principal benefactor de pensamientos—, se erguía alto y delgado, enfundado en un espeso abrigo, mantenía el calor a raya, lejos de sus finas ropas. Ahora se reprochaba el haber vestido aquellas telas suaves y escuálidas. En el futuro, recordaría qué, importaba más el no morir de frío que lucir magnífico. Una vil mentira aquello, décadas más tarde estaría diciéndose eso mismo otra vez. Cuando viera marchar a la única persona capaz de refutarle sin inmutarse.

Los fríos inviernos se destacaban por ser…, exactamente eso: fríos. Veía venir lo peor del clima en breve, y él seguía allí, plantado firmemente al blanco manto, observando las rápidas reacciones que surcaban el rostro de la joven bruja. Era admirable verlos correr con tal velocidad qué, si Bane no hubiese sido un excelente lector de emociones, habrían pasado desapercibidas. ¿Era sorpresa lo que logró avistar? ”¡Que va!”

”¿Qué estamos esperando? Deja a esa bruja, busca el caballo y sal de aquí”. Un chasquido enfurruñado le acompañó a ese pensamiento mientras el subterráneo parpadeaba lentamente, escuchando, por vez primera, la voz de la mujer. Su voz. Algo le recordaba, pero no sabía decir con precisión que era. Sonaba vacua, con un toque de irritación y húmedad. ”Probablemente por el ambiente” se dijo. ”Deja de pensar en su voz. Vamos brujo, el tiempo nunca espera”, divertido que mencionara al tiempo, cuando Bane, siendo un Hijo de Lilith, lo poseía como regalo de su inmortalidad. ”¿Tiempo? Tienes razón. El tiempo nos apremia. Solo por hoy, caso te haré”.

Una ceja se levantó con desdén; inquisitiva ante el minúsculo cuerpo frente a él. Una Hija de Lilith bastante delgada, de exinanidas facciones, y una piel muy blanca, en donde resaltaba como diamantes metálicos su marca de nacimiento en el submundo, le dedicaba una gélida mirada, desconfiada y retadora. Florecía en Bane el ramillete de espinas curiosas que le instaban a querer sentirla. Igual que aquella vez en que quería convencer a Ragnor para dejarse lamer la mejilla: “—Hipótesis:— había dicho, Bane, en ese entonces, muy seguro, luciendo como un adolescente de poco más de trece años —El color de la piel, define el sabor de tu alma—“. Hipótesis qué, por supuesto era errónea y comprobó ocho años después, en la piel de Catarina, porque Fells, por obvias razones, no aceptó ni aceptaría tal desfachatez.

Divisaba en esa mirada oscurecida por el mal tiempo, la desconfianza y suspicacia de la Hija de Lilith. No era para menos. Bane, entre varios, era el causante de que la magia se descubriera en los pocos portadores lejos de charlatanes. ¿Te leían la suerte? Por favor, no eran más que engaños para que los grandes reyes y ejércitos bastos se confiaran clamando guerras, liderazgo y mancharan sus manos con la sangre de los inocentes. Ella tenía todo el derecho de desconfiar. Hacía bien. No obstante…

—Que poco agradecida—  se encogió de hombros, y dedicó un ademán de mano al que le acompañaron avispadas chispas azules.

Un segundo después, el caballo, “regalo” de Björnn llegó donde el brujo.

—Sube entonces— sonrió con toda naturalidad. Una sonrisa amplia, dejaba entrever una hilera de blancos dientes, y allí, donde la comisura de sus labios se elevaba, la coquetería se vislumbraba desinhibida y orgullosa. —Es todo tuyo.

No podía permitirse quedarse estancado en la nada. Le obligaría, de ser necesario, a que le llevara a Riga. Y, eso justamente, estaba por hacer.

Nuevamente rodeó con sus largos dedos, la delgada muñeca de la joven bruja, dio un tirón bastante brusco envolviendo su brazo en la fina cintura, en el que mostró tanto su fuerza física como la agilidad de su cuerpo para montarse con soltura en el elegante caballo, quien trotó manteniendo el equilibrio ante semejante acto veloz.

—Gracias por llevarme.

Asió las riendas y con un toque de picardía burlona, le acorraló entre sus brazos, regalándole un guiño antes de que un par de órdenes salieran presurosas. Así, el caballo emprendió un veloz camino. El tiempo empeoraba, y a Bane se le antojaba beber vino caliente como para estar esperando reacciones.

[…]


Horas más tarde, después de discusiones, reclamaciones, risas burlonas —éstas últimas por parte de Magnus—, y de una fuerte ventisca, ambos brujos entraban a un mesón, era lo más parecido a un hotel de mala muerte en la actualidad, incluso, residuos de sangre manchaban los pisos. Beneficios: el calor. Dos chimeneas raquíticas decoraban la mayor parte de la primera pieza. El fuego crepitaba orgulloso y un caldero escurría con lo que parecía ser una sopa. No se le antojó en lo más mínimo, no la sopa, por lo menos. Atacó el segundo fuego, del lado derecho. Calor. Precioso que era sentirlo. Se quitó el abrigo, quedando en una camisa manga larga del mejor algodón, habría sido de un blanco inmaculado a excepción de la mancha oscura de sangre, en el pecho, no sabía ni le importaba a quien pertenecía. El brujo se sintió como en casa, apoderándose de todo cuanto tenía a su alrededor. Se hizo de una taza de vino y la bebió en un segundo. La dueña de la mesada los veía. Ella le conocía, más mostró desconfianza para con la acompañante del brujo.

— ¿Estás herido?— fuerte y enérgica era la voz de la mujer, reflejaba lo que su apariencia; seria, altiva y orgullosa. Tan seria como podría ser quien posea una piel púrpura e hilos de seda blanca como cabellos. Quizá lo era, pero también la “persona” más amable que conocía. —Han venido a buscarte.

—Me alegro— sirvió otra taza. — Sa-lan-der. Puedes servirte. No mordemos. Al menos yo no.

— ¡Magnus!

—Bien. Ella tampoco muerde.

—¡Bane!— suspiró —estoy segura que estarán aguardando tu regreso. Si es que saben ya que has aparecido.

—He venido por algunas cosas— bebió un poco más antes de salir de la habitación.

Veinte minutos después. El brujo traía consigo un morral a cuestas y un conejo gris.

—Listo. Nos marchamos— metió con todo cuidado, al conejo dentro de la bolsa, y lanzó un ostentoso abrigo a Salander. —Hasta la próxima década, Cata—, la nombrada se cruzó de brazos y negó. Sabía las grandes andanzas de su amigo. Le deseo buena suerte y sería de esas tantas veces que le vería marchar. Ella no podía dejar su mesón, era el símbolo de ayuda que había encontrado en ésta época.

Dio un empujón a la Hija de Lilith que le acompañaba. Desde ya, él se tomaba todo atrevimiento, incluso, para tomar decisiones por ella. ”¿Qué tal y se quería quedar? Deberías dejarla, Bane”  cerró la puerta tras de sí. ”Ni hablar, algo me dice que éste es el comienzo de un largo camino juntos”.
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Alice M. Salander el Dom Abr 20, 2014 9:08 pm

Alice Salander no era muñeca de trapo para que anduviesen con ella a cuestas, y era la actitud de Magnus Bane aquello que le hacía hervir la sangre fría, metafóricamente hablando. Se tomaba tantas libertades que a ojos suyos le parecía inaudito, incluso pretencioso que quisiera tirar de ella y arrastrarla a donde le diese la gana. La bruja estaba casada con la monotonía de la rutina y el riesgo de quedarse donde ya no era bienvenida. Lo hacía por orgullo porque allí había nacido y allí quería quedarse, como si la tierra húmeda y congelada clamase su nombre en un cántico silencioso. Pero por más impulso hostil que intentase reprimir, por más miradas asesinas que le dirigiera, el brujo con ojos de gato no se daba por aludido con sus clarísimas señales; era como querer pelear a puño limpio con una pared, y la joven estaba en desventaja.

El camino de vuelta al pueblo fue un calvario, pero por una razón que la gran mayoría encontraría inusual: Alice detestaba que la tocaran. La última vez que alguien había osado ponerle un solo dedo encima, aquél se había tornado automáticamente en una pintoresca lengua azul que se consumió a sí misma entre gritos de agonía y el aroma amargo de la carne calcinada. Sólo en esos casos era provechosa esa maldición, la de no poder controlar un don que se le antojaba traicionero. Sin embargo, en el viaje, no tuvo intenciones de matar a su acompañante, sino de bajarse de una buena vez del caballo y fundirse con el telón de fondo para no ser hallada nunca más.

Con las manos pálidas aferrándose a las crines azabache del equino, e intentando ignorar el roce ajeno alrededor de su cuerpo menudo, la mujer hizo un esfuerzo sobrehumano por mantener los orbes entrecerrados al frente y atender los cambios del sendero. La ventisca devenía clemente y la visibilidad mejoraba conforme avanzaban a galope tendido, pero no podían confiarse aún de los mantos invernales que lo cubrían todo en torno a ellos como tapices de terciopelo. Los pinos helados, tan blancos como aquél páramo desolado, los flanqueaban y servían de únicos testigos mientras el cielo encapotado anunciaba una furia contenida sobre el horizonte.


___________


Poco hay que decir sobre lo que ocurrió después, un hecho que cierra un largo capítulo en la vida de Salander y presenta la siguiente hoja en blanco. Una tragedia para la congregación de Hijos de Lillith, un incidente lamentable para ella.

Mientras se adentraban en una Riga contraída por el silencio y el vendaval que silbaba impaciente por doquier, no encontraron nada más que calles desiertas. Las puertas y las ventanas de las casas de dos plantas estaban selladas, y Alice sabía por qué. Aquella gente vivía tranquila en su pequeña burbuja de sistemático accionar, funcionando como autómatas que tienen claro su papel como parte de todo aquello. Estaban acostumbrados a todo. Se habían encerrado para no ver, para no oír, para no ser cómplices de un expectáculo común que les afectaba en demasía. Una crueldad sin igual de la que se habían excluído a sí mismos.

Cierto aroma familiar despertó en la bruja la necesidad de saberlo todo, obligándola a guiar al animal entre las calles estrechas en medio de la calma absoluta; el viento había cesado por completo. Y allí, esperando ser oído, el crepitar de las llamas comenzó a alzarse más y más en la noche entrante. Un sonido crujiente que se asemejaba a la hojarasca siendo pisoteada, al papel arrugado. En otras circunstancias podría haber arrullado a un niño somnoliento, pero entonces sólo generó escalofríos en la espina dorsal del jinete: una paupérrima pizca de terror se mezcló con un pánico repentino, dando como resultado la seguridad de saber qué había a la vuelta de la esquina...

Doce piras ardían en fila, separadas una de la otra con muy poca dedicación. Doce postes se erguían perpendiculares al suelo congelado, propagando su aura abrasadora con gran rapidez. Doce cuerpos encendidos hacía ya varios minutos se dejaban envolver por la tiranía déspota del fuego que los reclamaba. Una de tantos, a punto de caer en la inconsciencia eterna, ladeó la cabeza hacia ellos por inercia como si el cuello ya no pudiese soportar su peso. Sus cabellos rojos, como las llamas que los lamían, se arremolinaron una última vez en torno a una mirada perdida e inerte. Mirna.

La voz de Alice apenas se oyó. Fue un pobre murmullo quedo que pareció haberse quedado atrapado entre sus labios cuando Magnus azuzó al caballo; murmullo que se perdió en la prisa por salir del alcance del calor, del tizne que se mezclaba con la nieve, del aroma a azúcar quemada que saturaba sus pulmones.


___________


Como un titán al que han logrado apaciguar a golpes, la criatura rubia se abrazaba a sí misma con la mente hecha un lío. Silencio a su alrededor, voces preocupadas resonando al otro lado de la estancia. Una mujer de melena albugínea y piel violácea los había recibido sin pensarlo dos veces, como si su intuición hubiese movido sus ágiles manos al abrir la puerta con rapidez. Bane estaba frente a ella y se miraban con la complicidad propia de viejos conocidos, pero en lo que a Alice se refería, la anfitriona no disimulaba su recelo. Eso no le preocupó.

Las chimeneas estaban encendidas. El varón no hizo más que sentarse próximo a la más cercana; haciendo que la gran mancha carmín en su pecho resaltase tan violentamente como una pieza de carbón sobre la nieve; como si nada hubiera ocurrido. Salander lo observaba guardando las distancias, impotente pero ensimismada en partes iguales, pensando en lo que había oído, visto y olido, en las personas que había dejado atrás y, muy en el fondo de su razonamiento, en él en particular. La idea de tomarlo por un insensible apareció en primera plana, pero resultaba tan infantil si se lo planteaba que optó por no pensar en ello. ¿Y si ya había vivido algo así antes? ¿Y si era lo suficientemente viejo como para acarrear con tal experiencia y seguir con su vida? Las sospechas seguían ahí. No le encontraba la gracia a manejarse codo a codo con mundanos asesinos, pero tuvo que admitir que su poder daba y sobraba como para tomarse tal libertad. Tal vez los había engañado para pasar desapercibido al cooperar, o tal vez la estaba engañando a ella. Y a la mesonera.

[...] Sa-lan-der. Puedes servirte. No mordemos. Al menos yo no.

La joven se dio por aludida y miró la taza sin emitir una sola palabra, y no sólo no la tomó, sino que se puso de pie y se dispuso a salir del recinto a paso redoblado al verlo acercarse. Necesitaba el frío en el rostro, no el calor del ambiente. Necesitaba la visión deprimente de los campos nevados en sus retinas para apelar a la calma, y por veinte minutos, sola en medio de un sendero marcado por carretas, creyó sentir cómo su alma se retorcía de dolor. Un dolor inexplicable salido de la nada y vuelto a la nada en cuanto el brujo con ojos de gato abrió la puerta tras ella.

Alice lo miró una última vez antes de agarrar el abrigo al vuelo, porque entendió que moriría pronto si se quedaba más tiempo allí. De nada servía una bruja con poderes descontrolados, un peligro en potencia. De nada servía quedarse sola, sabiendo que tarde o temprano, si no la mataban los sajones, lo harían los delirios y las voces. Y así, a regañadientes aún, ignorando las sonrisas burlonas de Magnus Bane, dio vuelta la página y enterró hondo los recuerdos.

Lo que ella no sabe y yo sí, estimado lector, es que aquélla ha sido, y será, la decisión mejor tomada de toda su vida.
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Magnus Bane2 el Vie Mayo 23, 2014 1:29 am

Barcelona, España.  

Mientras los dos Hijos de Lilith vivían una cacería de brujas, en algún lugar arraigado a las blancas nieves, en España se debatían el entregar las tierras Europeas al mando de un rey. Dos bandos se formaron en ésta contienda. Por un lado Felipe V -un Francés-, quien llevaba el estandarte de rey por Herencia de su antecesor y que fue presentado ante la Corte en el Palacio de Versalles, y el archiduque Carlos III, oponente que peleaba el trono por sus raices Españolas. Una Europa dividida por las ambiciones e intereses. No se les puede culpar por tal pecado, esa no era más que la naturaleza mortal.

La Guerra de Sucesión (más bien, una guerra civil) se desató una vez las diferencias no podían ser aceptadas. El gestionar un trono gracias a las palabras no era una opción. Felipe V tenía gente de poder a su lado y Carlos III logró una coalición entre Inglaterra, Holanda, Portugal y Austria. Pronto se vería quien tenía más poder sobre las tierras Españolas.

No obstante, no solo  se desataban guerras civiles en Europa. Existían grandes avances en matería de ciencias, pensamiento y arquitectura. Los matemáticos con sus cálculos diferenciales que tiempo después causarían dolor de cabeza al brujo, desecharía la idea de aprenderlo y viajaría al mundo metafórico en que se adentraban los filósofos, la arquitectura barroca a todo esplendor y la música buscando nuevas maneras de hacerse oir; y la moda. Oh, esa que causaba gran sensación. El tema donde Bane, daba mucho de que hablar.

[. . .]

—¡Salve, oh, nuestro rey!

Un joven brujo canturreó, abriendo la puerta con aire de suficiencia. Había pasado toda la mañana entre rumores, charlas animadas y debates políticos. Casi rejuveneció ante el derroche de energía de aquellos hombres y mujeres bien vestidos. Hacía tanto que no pasaba un momento tan animado.

"—¡La Guerra está por terminar. Carlos III será pronto proclamado nuestro Rey, y estará contento con nuestro trabajo. Barcelona le apoya, lo tendrá en cuenta cuando sea nombrado el único e irrevocable Rey de España!

”Apasionada juventud” , se dijo empinándose la última bebida del día.

—Usted, ¿qué piensa, Bane?

—Creo que Felipe V es un hombre muy bien parecido— un bufido se escuchó del debatiente y la risa de una mujer estalló indecorosa.

—Bane, usted y sus ocurrencias— la voz delicada de la mujer se elevó varios grados entre las de sus parlanchinas amigas.

—Oh, mi querida dama, no son ocurrencias, es la verdad. Solo hay que prestar atención en lo delicados de sus rasgos para comprobar que lo que he dicho es totalmente verdad—. Dedicó un guiño a la mujer, con bastante coquetería, y ésta volvió a soltar una risita de lo más tonta. —Aunque, si me preguntan sobre quien será reconocido con rey, sigo pensando que será Felipe V el vencedor. Una alianza no puede contra lo previsto por el destino — se levantó, hizo una reverencia magistral y colocó su largo abrigo sobre su izquierda.  —Pero, no se tomen enserio mis palabras, caballeros, soy un simple adorador de la belleza y, bajo ésta, es que he emitido mi más humilde opinión."


Realmente creía en que Felipe V sería el aceptado como Rey, sin importar  su sangre Francesa. Y Bane, tenía un gran tino sobre sus creencias.

Se quitó el abrigo. Su chaleco de satén resaltaba oscuro sobre la blanca camisa. Un punto de color se unía a la tela de seda cuando unas gotas de vino se le habían derramado gracias al golpe malintencionado del sujeto a su derecha. Estaba por demás decir qué, no causo gracia alguna al Hijo de Lilith y la ligereza de su magia fue un acto de mera venganza, simple y banal.

—Creí haber dicho, señorita, al salir de ésta habitación que, esperaba que usted hiciera algo diferente. Saliera a conocer Barcelona, sus calles, sus hombres…, o mujeres— se quitó el chaleco y desabrochó los dos primeros botones de su incómoda camisa.  —No obstante, regreso y la encuentro, exactamente , en la misma posición en que le he dejado. No sé si debo tomarlo como un acto de indiferencia hacia mis amables sugerencias  o de fastidiosa pereza por su parte—.

—¿Siquiera ha notado el clima?

Un cálido julio. Desde el despertar había percibido el calor del clima, silencioso el viento apenas y rozaba las ventanas abiertas. El Sol se escurría prisionero del llamado de Tierra, mientras ésta saciaba su sed con aquellos rayos dorados tocando hasta el más íntimo de los lugares olvidados. Delicados aromas provenían de las flores, coquetas maravillas regalándole un tímido perfume a todo cuanto se dedicara a deleitarse entre sus pétalos. Y, al llegar el atardecer, los cielos adquirían los tonos exactos del amor. Un poco de cariño engalanando de rosa el pálido azul, la fuerza de la pasión obsequiando los trazos naranjas aquí y a allá, y el violeta representando la virtud del canto de un alma enamorada, allí, junto al amarillo de la felicidad y el regocijo.  Excelente época del año.

Hacía muchos años que Bane había retomado un andar pausado con la susodicha señorita. Se trataba de Salander, una Hija de Lilith a la que en un invierno, —por azares del destino—, había salvado. Un recorrido largo, lleno de altibajos. Jamás, en toda su vida, se había ido de bruces contra lo que ella representaba. ¿Acaso no tenía emociones? ¿Dónde estaba su sentido del humor? ¿Por qué seguía a su lado si el brujo no hacía más que fastidiarle la existencia? Notaba su irritación hacia él. Lo sentía y, lejos de ahuyentarlo, lo atraía como un imán mal direccionado. Y es que estaba decidido a entenderle. No sabiendo, por supuesto, que poco o nada llegaría a conocerle. Ella era un libro cerrado. O quizá, él no tenía conocimiento del idioma en que estaba escrito. Como fuese, eran dos almas completamente distintas queriendo (solo Bane), coexistir en el mismo universo inmortal.

—Como sea— murmuró sintiéndose ignorado  —habrá una fiesta el día de hoy. Personas, mortales, que se creen maravillosas, importantes y hermosas, asistirán. Tenemos que ir, por supuesto—.

—No me mires así. Habrá personas bastante interesantes, poetas, matemáticos, políticos, sus esposas y hasta filósofos. Apuesto a que éstos últimos llamarán tu atención— le observó tan impávida como solo ella podía ser. Le daba ganar de irse por donde había venido. ¿Por qué se tomaba tantas atenciones si ella respondería con la misma indiferencia? Suspiró  — …, bien, solo un poco.

Una chispa se encendió en su mente, altiva y febril. Se giró y cogió una caja, enorme. La tendió a la mujer con una radiante sonrisa que dejaba ver su blanca dentadura, incluso, sus orbes verde- ambarinas sonreían alegres.
—Un regalo.

Evidentemente, se trataba de un vestido. Algo llamativo que usaría en la fiesta de ésta noche, donde.

Dos brujos, en plena Guerra de Sucesión. Un encuentro con pensadores y adoradores de lo extravagante. Solo Dios sabría que les esperaría a esos dos…
Magnus Bane2
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Lun Abr 06, 2015 8:52 pm

Inquisidora H. Blackthorn
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Re: The Sound of Forgetting [Flashback] [Magnus]

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