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Pero...de extrañar no se vive. [Priv]

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Pero...de extrañar no se vive. [Priv]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Mar Nov 12, 2013 3:44 pm

"¿Sabes? Aún extraño esos momentos que nunca vivimos,
tantos recuerdos que jamás escribimos.
Sí, aún te extraño. Extraño nada y tanto de ti.
Tan poco de eso, que a veces me diste.
Extraño una parte de mí, esa que se fue contigo.
No te voy a mentir, te extraño, te extraño como a nadie.
Pero...de extrañar no se vive."

Eran pasadas las dos de la mañana y, como era de esperar, el Instituto estaba sumido en el más pesado y denso de los silencios. Tan así era que casi parecía poder palparse, cogerlo por sorpresa y trocarlo por un ambiente menos lúgubre y aciago. Daba la impresión de que todos los seres que allí habitaban estaban muertos, o incluso que allí nadie hubiese vivido jamás, pero todo lo contrario; sencillamente se hallaban en sus respectivas habitaciones, probablemente recogiendo fuerzas para el duro día que, con toda seguridad, les esperaba en unas pocas horas. Nadie habría sido capaz de adivinar que una cazadora se deslizaba haciendo honor a su conocido nombre, Geist, imperceptible a no ser que ella quisiese mostrarse. Los cabellos de la sombra estaban empapados, afuera llovía intensamente y poco había podido hacer para escapar de la madre naturaleza. Un hilo de sangre le caía desde la frente, deslizándose con mayor facilidad debido al agua que le perlaba el rostro, y un corte doloroso a la vista le decoraba el labio inferior. El Iratze que había dibujado sobre su piel ya hacía efecto, mas un intenso dolor de cabeza le martilleaba la pared, probablemente acusándola de no haber hecho uso de la estela antes. Asumiendo su parte de culpa, se dirigía prestamente hacia la enfermería, buscando una sencilla bolsa de hielos con la vana esperanza de que ésta le calmase con mayor rapidez el tamborileo que tenía lugar en el interior de su cráneo.

A decir verdad, todo apuntaba a que había ido de misión y había habido algún contratiempo; pero de haber sido así luciría el traje de cazadora de sombras y algún arma ornamentaría su vestidura. Y no era así. Iba vestida con ropa común, mundana, y la única arma que portaba estaba escondida en su bota izquierda. Atravesó la puerta de la enfermería sin ni siquiera detenerse a encender la luz, puesto que sus ojos felinos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y, por si fuera poco, conocía de sobra los recovecos de aquella maldita estancia. Abrió el armario donde habían unas bolsas de hielo instantáneo y pocos segundos después una de ellas ya reposaba sobre su manchada frente, otorgándole un frío que sosegaba el daño que había sufrido. Poco consciente era ella de la imagen que ofrecía, con medio rostro embadurnado en sangre después de tanto tiempo con la herida abierta; bien podría haber salido recientemente de una película de terror o de una serie mundana de zombies. Contuvo la respiración al escuchar el inconfundible sonido de la ropa al rozarse entre sí cuando alguien andaba; aquellos pasos más bien ligeros se dirigían precisamente hacia allí, lo que dificultaba que la Sombra escapase antes de que el individuo llegase, puesto que lo último que le apetecía en aquellos instantes era relacionarse con alguien. Una sombra se recortaba en la puerta instantes después, quieta quizás al haber advertido la silueta de Geist enfrente de una ventana; Ïara no reconoció en principio quién era su acompañante, pero aquella lo tendría más difícil para atisbarla a ella, teniendo en cuenta que la luna se recortaba a su espalda, manteniendo su rostro en la más siniestra oscuridad. Deslizó su mano hacia el interruptor de la luz, recordándose a sí misma que quizá no fuese del todo educado permanecer a oscuras cuando ya no se hallaba sola.

Casi bufó, contrariada, al darse cuenta de que aquella joven que se mantenía de pie en el marco de la puerta era una desconocida; qué poco le apetecía conocer a alguien nuevo, pasar por las cordiales presentaciones y no saber cómo finalizar una conversación incómoda sin resultar demasiado hiriente. Mas supo contenerse y un vistazo más profundo le paralizó el corazón; fue como si un rayo le atravesase el órgano que le bombeaba la sangre por todo el cuerpo, como si el mundo se congelase, como si acabasen de clavarle una espada de doble filo en su plano vientre. La mano que sostenía la bolsa sobre su frente bajó a un ritmo exasperantemente lento para, a la altura de su cintura, dejarla caer contra el frío suelo con no demasiado estrépito. Acto seguido, la misma mano se deslizó hacia su vientre, allí donde sentía que le habían asestado un mortal golpe; le costaba respirar y por unos instantes, creyó perder la vista. Su rostro perdió el poco color con el que contaba, provocando de esta forma que la sangre resaltase con un rojo brillante sobre la piel. No era para menos. Acababa de ver un fantasma. - Сестро, сестро. - Hermanita, hermanita, susurraba febrilmente. Retrocedió unos pasos, temblorosa, hasta que su espalda quedó apoyada contra el frío y empapado cristal; ni siquiera aquella gelidez consiguió traerla en sí. Los ojos ámbar seguían abiertos como platos, clavados aún en aquella figura, sin atreverse a cerrarse quizá por miedo a que aquella imagen se desvaneciese. - Нема шансе. - No puede ser.
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Re: Pero...de extrañar no se vive. [Priv]

Mensaje por Natasha Z. Trejžtiakova el Sáb Nov 16, 2013 5:47 pm

El silencio se había tragado el mundo en su bostezo. Lentamente y sin horror, ahogando murmullos y pasos lejanos en la más inusitada y perturbadora de las calmas. Así las risas cesaban y las piedras runa dejaban de brillar, llevándose consigo la ilusión de falsa vida del Instituto. Nadie quedaba deambulando por los pasillos desérticos y fríos, asaltando la cocina por un refrigerio nocturno o buscando santuario en la sala de música. Nadie excepto Natasha. No era de extrañar que su presencia se pasara por alto, comportándose como no más que un eco apagado o una pieza de mobiliario. La serbia guardaba un silencio sepulcral, manteniendo un rítmo de paseo sumamente parsimonioso y hasta exasperante. No deseaba estar allí. Aquel tanto estaba tan claro como el agua. Sus nervios se encontraban a flor de piel y cada célula del cuerpo le pedía a gritos que se largara de aquel inhóspito recinto. Sin embargo, ignoraba a pura fuerza de voluntad sus más inherentes impulsos. Tenía que seguir caminando. Él quería que ella siguiera caminando.

Un paso frente al otro, y cada uno más difícil que el anterior. La irracionalidad de sus miedos la sacaba de quicio hasta un punto imposible de poner en palabras. Educada por años para temer la ferocidad de los Nephilim, convencida de ocultar su única runa tras una densa capa de vendajes. Principios grabados a fuego en su mente consciente y limpia de recuerdos, convenciéndola de que sus hermanos de sangre no eran más que enemigos salvajes y vengadores corruptos. Seres que no dudarían dos segundos en arrancarla del seno de su tan amada familia adoptiva. El velo de mentiras y falsedades se había levantado ahora, arrojando un haz de luz cegadora sobre sus primeros y olvidados años de existencia. Conocía las verdades que le habían sido negadas, pero nada más que el tiempo podría remediar su incomodidad y atar los cabos que quedaban sueltos.
El niño se dio vuelta para mirarla, cerciorándose de no haberla perdido por el camino. Natasha podría ser un manojo andante de nervios, pero seguía aguantando estoicamente su incomodidad sin nada más que el latir histérico de su corazón para delatarla. El niño sonrió y su apariencia traslúcida pareció adquirir un poco más de definición e intensidad. No hablaba demasiado y Tasha no era la más conversadora de las compañías. Se limitaba a prestarle un oído atento y comentar algo muy bajo de vez en cuando. A Max parecía bastarle. Poco se necesita para conformar a un niño, sea o no un espíritu. Incluso le había ofrecido quedarse con su cuarto y sus revistas de manga para incentivarla a permanecer en el instituto. Un bonito detalle sin dudas, infantil y considerado. Una oleada de tristeza la asaltó. El pequeño no podría tener más que la edad que tenía ella cuando atacaron la estancia de su familia. No era más que un niño. Uno que, a juzgar por las apariencias, aún no había recibido su primera runa. Pensó en su madre y en sus hermanos, aquellos cuyos nombres Maxwell había mencionado con una sonrisa, comentándole lo maravillosos que eran y lo bien que se la pasaría en el Instituto. No se podía imaginar el dolor de una pérdida tan reciente ¿Qué nombre se le da a una madre que pierde un hijo? ¿A un hermano y una hermana que pierden al más pequeño? Tal sufrimiento no puede ponerse en palabras.

Max se detuvo frente a una de las puertas y le hizo gestos de que se acercara, sacándola de su ensimismamiento. Habían estado caminando en dirección opuesta al ala residencial, así que podía estar segura de que no se trataba de ninguna de las habitaciones. En realidad, no tenía ni la más remota idea de qué era aquello que el crio había estado tan ávido de mostrarle, pero la perspectiva de poder abandonar la fuente de su creciente incomodidad se presentaba prometedora. Tash suspiró y apretó el paso, alcanzándolo con unas pocas zancadas. Una silueta se recortaba a contraluz frente al ventanal de la enfermería, la luna arrojando sombras que impedían diferenciar las facciones del rostro. Podía afirmar que se trataba de una mujer, una cazadora a juzgar por la postura e ignorando el atuendo. Resultaba imposible inferir mucho más. Dirigió su mirada al niño, cuestionando silenciosamente la razón por la que la había conducido hasta allí. En su lugar, se encontró a sí misma sola con la extraña. Ahora la curiosidad cosquilleaba en la base de su nuca y una sonrisa devenía tímida en sus labios finos.

La luz la golpeó como una bofetada. Sus pupilas se contrajeron de improviso, en un intento vano por ajustarse al cambio radical y Ava profirió un gruñidito molesto, alzando la diestra en un reflejo casi vampírico de repulsión a la luz, protegiéndose la vista a la vez que parpadeaba como loca e intentaba enfocar el mundo a su alrededor con nitidez. Los esfuerzos fueron vanos por el primer puñado de segundos, más eventualmente los orbes avellanados se adaptaron al cambio.

Entonces vio. Y fue vista.  Y escuchó, escuchó una voz que le heló la sangre en las venas.

— Сестро, сестро— pronunció la hermana que el destino le había arrebatado años atrás— Нема шансе.

Supo que se movió, que avanzó en dirección a Ïara,  un paso o dos. Más no llegó a ella. Los hilos que tiraban de su cuerpo le eran ajenos. Ava temblaba, perecía ante el miedo del reencuentro, el temor gélido al rechazo. Sus músculos agarrotados se revelaban ante ella, el holgado sweater que llevaba se negaba a conservar su calor corporal. Sus ojos brillaban de preocupación, al borde de estallar en un llanto desconsolado. Pero no, no debía. Su hermana le había dicho que los cazadores no debían de llorar. Y ella no la defraudaría. Ahora que la había encontrado, jamás volvería a ser débil, jamás volvería a defraudar a su hermana.

— Јас сум дома... прости — Estoy en casa...hermana. Le susurró, acariciando cada sílaba con la fluidez que le daba su lengua natal. Creyéndose cada palabra, hablando más para sí misma que para la mujer frente a sí, que para la extraña que parecía verla y no verla a su vez. — прости... —Perdóname... — прости... прости... прости... —Perdóname... perdóname... perdóname... repetía a media voz, incapaz de atreverse a alcanzar a su hermana, de conciliar el recuerdo de la luz de sus ojos con los de aquella que ahora la miraba.
No podía estar equivocada.

Natasha arrugó la nariz, mordiéndose el labio inferior como si en aquel pequeño gesto se le fuera la vida.  Había olvidado la facultad de respirar, su corazón se había detenido en aquel instante congelado.

Entonces volvió sobre sus talones, y se echó a correr.
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Re: Pero...de extrañar no se vive. [Priv]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Vie Nov 29, 2013 4:37 pm

Los ojos ámbar seguían abiertos como platos, clavados aún en aquella figura, sin atreverse a cerrarse quizá por miedo a que aquella imagen se desvaneciese. - Нема шансе. - No puede ser. En ese instante oí que algo se quebraba en mi interior, por un instante pensé que era mi corazón, pero no, el corazón no se rompe. Después entendí que se me había roto la esperanza y estaba saliendo por mis ojos tibia y salada... Los oídos oyendo, pero no escuchando; el shock era demasiado grande como para asumir cualquier cosa que no formase parte de la brutal sorpresa. Afuera un trueno rompió el silencio de la noche, casi pretendiendo romper las palabras de aquella joven que Ankhïara tenía delante. Sus labios yacían entreabiertos, paralizados en medio de una frase que jamás llegaría a salir de ellos. La habría reconocido en cualquier lugar, la habría reconocido a cualquier edad, la habría reconocido probablemente aunque la adolescencia hubiese realizado en ella cambios exorbitantes. Años atrás había procurado aprenderse todos sus rasgos, cada vez que salía a cumplir con un entrenamiento o una caza, la observaba durante largos momentos, temiendo quizás no volverla a ver. Siempre había tenido aquel pánico, ¿qué haría sin ella, quién le daría alegría a su mundo gris? Y lo supo. Aquel día había tenido un mal presentimiento antes de salir de caza, había incluso intentado fingir un dolor de cabeza para quedarse en casa, pero para su más que estricto padre aquello no había sido suficiente, y se había visto obligada a seguirle, como siempre. Podría haberse negado. Podría haberse quedado. Tal vez así el resto su familia habría tenido más oportunidades de sobrevivir. O tal vez no, pero al menos habría muerto con ellos.

Dicen que el ser humano no puede soportar demasiada realidad, así que se limita a crear una falsa ilusión donde la propia realidad se convierte en fantasía; pero lo crudo de la realidad es que no se va a ninguna parte aunque dejes de creer en ella. Cuando Ïara volvió a casa y encontró tamaña carnicería, su mente no fue capaz de soportarlo. Su padre, tampoco. Ankhïara solía convencerse a sí misma de que aquello no estaba pasando e incluso lo repitía en un frenético murmullo que parecía no acabar nunca y que se mezclaba con la húmeda y pesada respiración que le golpeaba en el oído. A veces cerraba fuertemente los ojos y contenía el aliento, intentando apaciguar los espasmos y las náuseas.  Fueron semanas aguantando a un padre desquiciado cuyas palabras se elevaban hacia cualquier parte de la casa cual macabra melodía, algunas veces maldiciendo y otras gritando barbaridades. Cuando por fin acababan, se quedaba mirando al amarillento techo, haciendo oídos sordos a las palabras que a ella se dirigían y contestando automáticamente, sin procesar muy bien lo que le habían preguntado. Minutos después, o tal vez horas, unos ronquidos la sacaban de su ensimismamiento e intentando no hacer demasiado ruido se levantaba de la cama, aunque los muelles de esta la traicionaran con más constancia de la deseada, inundando la habitación con un estridente chirrido. Se paraba en seco hasta que volvía a oír ese maravilloso resuello. Entonces se iba a la antigua habitación de su hermana pequeña con la vana esperanza de encontrarla ahí, de acostarse junto a ella como tantas noches hacía. Pero nunca estaba. Y cada noche una pequeña parte de Ïara moría al encontrar el colchón vacío y desnudo.  Las profundas cicatrices parejas que decoraban las caras internas de las muñecas de Ïara parecían arderle, cobrando quizás el papel de recordatorio: su hermana estaba muerta. Muerta. Ella misma la había visto, había gritado al ver el cuerpo ensangrentado, lo había abrazado, había derramado lágrimas saladas sobre él.

Probablemente fuese esa la razón por la cual su cuerpo estaba paralizado, tan tenso que podría saltar en cualquier momento, estallar en miles de pedazos para no tener que sentir los enrevesados sentimientos que la atravesaban impíamente. Y probablemente por eso, cuando vió a su hermana -o a su espectro- salir corriendo, tardó unos interminables segundos en asumirlo. Podría haber creído entonces que lo que había tenido enfrente hasta el momento había sido una aparición pero, o bien estaba perdiendo la cordura -teoría que no descartaba- o bien el golpe la había afectado sobremanera, pues podía escuchar con total perfección las pisadas alejándose pasillo abajo. Sus piernas actuaron con más rapidez que su cerebro, echando a correr con una velocidad envidiable digna de años de entrenamiento nephilim. Cada vez estaba más y más cerca y, cuando ya estaba cercana a alcanzarla, los pasos se detuvieron e Ïara le perdió la pista. Estaba en una zona donde el pasillo se ampliaba considerablemente, la oscuridad era total; las pesadas cortinas cubrían cualquier resquicio de luz que pudiese entrar, impidiendo que la Sombra vislumbrase algo a su alrededor. Intentó ralentizar los frenéticos latidos de su corazón, pretendiendo escuchar cualquier cosa, algo que le permitiese saber o adivinar la posición del espectro que pretendía huír de ella. El dolor de cabeza seguía resultándole doloroso y, junto a los hechos acontecidos a lo largo de la noche, empezaba a dejar de pensar con claridad. ¿Estaría perdiendo la cabeza de verdad? ¿Acaso lo que sus ojos habían visto no eran más que un espejismo, algo que deseaban ver? - ¡VAMOS!¡SAL DE AHÍ! - Su voz desgarró la noche, resultaba doloroso sólo el hecho de escuchar el pesar que atravesaba la voz de la serbia, aunque por suerte no muchos la escucharían: las paredes de aquel sitio eran tan anchas que podías matar un cerdo en la habitación de al lado y nadie se enteraría. - молим – Y quizás aquel susurro cargado de un suplicio inalcanzable para alguien que no hubiese perdido un ser querido resultase mucho más lacerante de escuchar que su anterior grito. Porfavor.
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Re: Pero...de extrañar no se vive. [Priv]

Mensaje por Natasha Z. Trejžtiakova el Dom Ene 05, 2014 6:30 pm

"El alma humana tiene grandes misterios que penetrar y grandes cuestiones que debatir cuando esta sola."

Ataque de pánico. Lo reconocía, cada síntoma que llevaba años enterrado en el cajón de sus recuerdos aplastándola mientras sentía como si cada uno de sus huesos de fracturara, dejando nada más que astillas filosas perforando el músculo desde dentro.  Natasha apretó más las piernas contra su pecho, escondiendo la cabeza en el recoveco que formaban ambas rodillas. Estaba hiperventilando, a pesar de que creía con firmeza haber olvidado cómo respirar. La sangre le pitaba en los oídos. Lo único que la mantenía anclada a la realidad eran los puntos de daño autoinflingido a ambos lados del abdomen, allí, donde las uñas se esforzaban por perforar la piel. Dolor. Necesitaba su dolor ahora más que nunca. El frío piso de mármol y la pared empapelada le propocionaban un pobre apoyo del que a penas estaba conciente, las pisadas de su hermana seguían de largo y se desvanecían, la lluvia sofocaba sus ahogados hipidos.
Más lejos Ankhïara rugía, exigía a gritos que saliera de donde estaba. Ya no hablaba en serbio, hablaba en inglés. Eso estaba bien, hablar en su idioma natal le dolía demasiado. Pero ella no podía salir, no podía salir porque era una cobarde y no recordaba cómo respirar y su corazón, estómago y pulmones parecían haberse comprimido para formar un solo órgano disfuncional dentro de su cavidad torácica. Cerraré los ojos. Cerraré los ojos y todo esto desaparecerá. Cerraré los ojos y ya no estaré aquí, ya no seré yo. Pensó, sin saber por qué lo pensaba o por qué lo quería. Quizá porque la idea de su hermana no le llegaba a los talones a la sombra de aquella mujer que había encontrado. Quizá porque de pronto se daba cuenta que ser ella no era suficiente. Y eso era lo único que siempre había deseado. Había deseado ser suficiente para pararse con el mentón en alto frente a su orgullosa familia. ¿Qué era ahora? No más que una nephilim con una única runa y una cicatriz grotesca que le cruzaba el vientre. Le importaba poco que se la hubiese hecho él, o que probara que era fuerte, que probara que había resistido cuando todos pensaban que no, cuando todos la dieron por muerta. La cicatriz era un recordatorio de todos los años que había perdido, era carne que quería arrancarse con las uñas y volver así atrás las manecillas del reloj. Así podría ser lo que se esperaba que fuera, una cazadora, como su padre, como su madre, como sus hermanos y hermanas. Quería esa vida de cicatrices y pérdidas que por años habían borrado de su memoria, quería las heridas de las batallas no luchadas dejaran mella en su piel y endurecieran su carácter, que la estela abrasara cada centímetro de piel inmaculada y la revelara por lo que era: una hija del Ángel.
No. Se dijo a sí misma, y su voz sonó más firme de lo que en realidad se sentía. No se podía volver atrás el tiempo, no se podía deshacer lo hecho. Siquiera pensarlo era una reverenda estupidez y ella no era ninguna estúpida.  Las emociones no podían controlarla, no así, no se los permitiría. Cerró los ojos y todo su mundo se tornó rojo, rojo de la sangre que escurría de las paredes y que formaba un espeso charco en torno a su cuerpecito maltrecho, rojo ceremonial, del vestido que portaba cuando trazaron su primera runa. “Resistencia” había dicho ese día. Y eso era lo único que necesitaba ahora, necesitaba resistir... Porque sabía lo que tenía que hacer, sabía cómo parar el ataque de pánico, y, para hacerlo, tenía que aguantar la respiración.
Sus labios formaron una fina y apretada línea y dejó de inhalar o exhalar por la nariz. ¿Sencillo, no? Resultaría fácil para cualquiera. Tan sólo era un mero ejercicio, el mismo remedio que se utilizaría para parar un pequeño ataque de hipo.
Para Natasha era mucho más que eso.
De pronto su cuerpo no era el suyo, era más pequeño, débil, roto, entumecido. Tan desquebrajado por dentro que era incapaz de moverlo por sí misma, tan congelado que la sangre no se irrigaba por la piel, concentrándose en el centro. No es real. Su mismo sistema luchaba por proteger aquella chispa de vida que todavía quedaba, la respiración casi imperceptible y el latir amortiguado de un corazón infantil. Aún así purgaba con todas sus fuerzas por salir de su inconciencia, cada ápice de su ser se negaba rotundamente a sucumbir en un sueño de hielo. No es real. Y abrió los ojos. Y vio aquella silueta negra, sepultándola viva en la densa nieve. ¡No es real!

“...молим...”

Una voz. Ankhïara.

El mundo regresó a su sitio en una bocanada de aire contenido y una gota de sudor le corrió por la frente helada, pálida como la de un cadáver. No lo supo en aquel mismo instante, sino segundos después, cuando logró salir de su estupor lo suficiente como para extraer sentido de las palabras pronunciadas. Supo que tenía que salir de aquella sala, no importaba si tenía que arrastrarse como una lagartija para conseguirlo o lograba erguirse de pie, no importaba si se creía merecedora o digna. Su hermana la necesitaba.
Con esa convicción ciega, la serbia logró equilibrar el peso de su cuerpo sobre los pies, movilizarlos hasta el marco de la puerta y detenerse en la mitad del pasillo. Su mirada estaba clavada en las baldosas, más el rostro se giraba temerosamente en dirección a Ïara. Temía su rechazo, pero lo que había hecho hasta entonces no era suficiente. Salir y pararse frente a ella no sería suficiente, le debía a su hermana mirarla a los ojos. Así alzó el rostro tirando hacia atrás el largo cabello lacio que momentos antes la había cubierto como una cortina, descubriendo sus rasgos suaves, la nariz pequeña y respingona, los pómulos altos, los labios que heredara de su madre y su mirar felino.

— Lamento decepcionarte, hermana... — susurró en una voz tenue, pero clara, acariciando cada palabra en su lengua natal— Soy yo. Soy Ava.

Allí estaba ella, desnuda de runas menos al dorso de la diestra, bañada en sudor frío, tímida, con densas gotas se sangre escarlata chorreando por las uñas y manchando su sweater sin que siquiera se diese por enterada. No importaba. Su dolor no importaba. Su historia no importaba. Su pánico no importaba. El mundo comenzaba y terminaba en los ojos de Ankhïara.
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Re: Pero...de extrañar no se vive. [Priv]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Sáb Ene 25, 2014 4:04 am

Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte
a que te devore desde el interior.

молим – Y quizás aquel susurro cargado de un suplicio inalcanzable para alguien que no hubiese perdido un ser querido resultase mucho más lacerante de escuchar que su anterior grito. Porfavor. Sentía como un agujero negro se había abierto en su pecho e iba creciendo, con la malvada intención de devorarla desde dentro y dejar de la cazadora tan sólo un rastro de dolor y desesperación. Quería despedazarla con la eficiencia de un lobo, arrancarle la piel a tiras como en la Inquisión, clavarle agujas ardiendo hasta que su voz rota no pudiese gritar más, quería quemarla, corroerla, destruirla. Podía escuchar su voz saliendo de sí misma, repitiéndole lo desdichada y despreciable que era su vida, la miseria que abundaba en ella; se concentraba en aquella siniestra melodía toda la oscuridad de la que Ïara podía hacer acopio, que no era precisamente poca. No eres más que una muñeca rota, repetía, un ser miserable que no merece vivir. Sus pullas eran cada vez más certeras, sus puñaladas traperas cada vez eran más profundas y desgarraban más carne. Su interior la martilleaba con ferocidad, esperando el momento en que se rompiese. Llevaba años aguantando aquella voz, pero ciertamente nunca había tenido tanta fuerza, tanto poder. Sus susurros se habían tornado rugidos a oídos de la serbia, tan altos que le impedían escuchar los sonidos de la realidad. El corazón latía  desbocado, rebelde ante las órdenes de la cazadora de permanecer tranquilo. No mereces vivir. 'Soy como ese otoño que lo seca todo, y que empieza a hacer frío. Ese final con mirada triste. La salida de emergencia que no lleva a ninguna parte. Y tan lejos, a estas alturas, miro hacia atrás y es como mirar hacia abajo. Nadie me salva del vértigo que me entra cuando me veo, porque yo soy otro precipicio más'. Y entonces, sólo entonces, algo se rompió dentro de ella. Algo hizo click. O tal vez fuese mucho más estruendoso que un simple click. Tal vez sonase como una bomba atómica. Pero no se escuchó.

Un sonido discordante, un alarido desgarrado, cubrió cualquier otro sonido. El grito de Ïara llevaba escrito todas las penas, toda la oscuridad y toda la misera que había estado guardando para sí misma durante años. Las rodillas de la cazadora golpearon dolorosamente el frío y duro suelo, mas el anterior sonido seguía apagando cualquier otro, y este también se escondió tras él. Sus demonios salían, ansiosos, tomando forma de desgarro; habían estado esperando aquel momento años y años. Habían podido crecer, en la vasta sombra que la joven tenía en su interior, alimentarse de sus miedos, sus terrores, sus penas. Y eran grandes. Tan grandes que Ïara no pudo levantar el rostro, quedándose éste hundido ; le pesaban sobre la espalda, le arañaban con sus oxidados tridentes. Sus manos se posaron su cabeza, clavándose las uñas impíamente. Demasiado. Demasiado. Demasiado. La respiración, pesada, parecía propia de un moribundo. Cada inhalación le costaba un esfuerzo tremendo. Su cuerpo entero se negaba a seguir. Había renunciado. Sólo tenía que dejarse llevar. Pero siempre que alguien acaba haciéndolo, aparece algo en aquellos instantes que hace que vuelva a aferrarse a la vida. Unos pasos sonaban lejanos, aunque estaban a pocos metros, dentro del estruendo que Ïara tenía dentro de su propia cabeza. Levantó el rostro, con un suplicio indescriptible escrito en él, quizá esperando que la que llegase fuese la parca y se la llevase por fin. Y sus ojos enfocaron la vista sobre quien se acercaba. Y no era la parca. Y de repente, las voces, tan pronto como habían venido, callaron.Los orbes se aclararon, el oído se afinó y cualquier rastro de conmoción en su rostro desapareció. La calma llegó tan pronto como la tempestad lo había hecho minutos antes. Su mano ensangrentada agarraba el cuchillo que guardaba en su bota por la hoja y, acto seguido, la Sombra se levantó, como el fénix que renace de sus propias cenizas. Y quizá, sólo quizá, si alguien se hubiera fijado habría advertido en el ámbar de sus ojos que brillaba un intenso fuego; una hoguera hecha con los demonios que habían intentado acabar con ella y que en aquellos instantes ardían entre imprecaciones y alaridos. Pero Geist los acalló, con un rugido interno, condenándolos al fuego eterno del que nunca deberían haber escapado. La oscuridad en su interior creció un poco más, si cabía, volviendo negras aquellas lamas que no calentaban, sino que más bien le producían frío. La herida de la frente ya no la recordaba, pero medio rostro se hallaba aún cubierto de sangre; quizá, porque se había restregado las manos por éste y se había embadurnado más.

Agarró la daga por el mango, sin llegar a sentir el dolor del profundo corte que se había causado a sí misma; la hoja tenía un millar de gotas de su propia sangre, reluciendo cual pequeños diamantes rojizos. La empuñaba con la ferocidad propia de alguien que sabe cómo hacerlo, que lleva toda su condenada vida luchando. La levantó hacia su contrincante, sintiendo cómo la anterior miseria sentida iba mutando, tornándose en algo completamente distinto a lo que había sido. Algo más ardiente, más feroz, más peligroso; aquello que la había mantenido viva todos aquellos años: la rabia. No temblaba ya ningún miembro de su cuerpo, y su mirada dorada se alzó para enfocar directamente los ojos de aquella que tenía enfrente. Se mantuvo así, quieta, durante unos instantes eternos, convertida en una imagen salida de una película de terror. - Tú no eres mi hermana, engendro. - Escupió cada una de las palabras, como habría hecho con cualquier subterráneo que odiase, notándose la repulsión en cada una de las cadencias; no se dignó a utilizar su idioma materno, pues éste lo reservaba para sus más preciados recuerdos. - Mi hermana está muerta. - Añadió, sin dejar que su voz vacilase. Quien estaba allí no era Ankhïara. Ni siquiera Geist. Era tan sólo una oscura versión de ésta última, tan siniestra que nunca había llegado a asomar al completo hasta aquel día. - A estas alturas, más que muerta, diría yo. - Un lúgubre amago de sonrisa se esbozó en el desmejorado rostro de la joven, transformándolo de un modo radical. El sonido de las gotas de sangre al caer al suelo habrían retumbado en la cabeza de la sombra, martilleándola, de no ser porque estaba demasiado ocupada en perder la poca cordura que le quedaba. Una risa nerviosa pugnaba por salir de su maltrecha garganta, acompañando a su voz desgastada por el anterior alarido, mas supo acallarla haciendo acopio de los años de entrenamiento que llevaba colgados a la espalda. - Y ahora, dime...¿quién eres? - Hizo una pequeña pausa, lanzando una fugaz mirada a la daga que la acompañaba, para después volver a centrar el ardiente dorado en aquel ser que afirmaba ser su hermana. - Y sé más acertada en la respuesta. - Repuso, con un tono frío como el metal y cortante como un cristal roto en mil pedazos. - No querrás acabar con una daga clavada en la garganta, ¿verdad?
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Re: Pero...de extrañar no se vive. [Priv]

Mensaje por Natasha Z. Trejžtiakova el Dom Feb 02, 2014 11:06 am

Por una fracción de segundo se sintió un ser diminuto, una niña torpe que no merecía ni tan solo una mirada de soslayo de su padre, o un desgraciado minuto de su tiempo. Luego el pensamiento le dio rabia, y luego la rabia ardió en ira.
Natasha había sido muchas cosas y la habían llamado muchas otras. Infantil y débil, prometedora y audaz, luego diestra y resistente. La larga lista de adjetivos no había hecho más que crecer con el pasar de los años, siguiendo cada paso dado como la seguiría el cauce de un rio de tinta. Si definimos una persona por las etiquetas que otros marcan en su piel, contemplando todas como si gozaran de igual importancia, sin olvidar jamás las primeras, sin pararnos  ni un segundo a debatir o no su veracidad. Encontraríamos en Natasha la más contradictoria de las definiciones, un ser anguloso y peculiar que encuentra su opuesto en sí mismo y se apoya en aquel propio complemento. Una niña muy adulta y una cobarde osada en demasía. Sin embargo, si había una palabra, una sola por la que no recordaba haber sido jamás llamada, de seguro sería el adjetivo “sensata”, pues aquel único calificativo tan virtuoso no le pertenecía, ni tampoco anhelaba que así lo hiciera.  El miedo requiere de cierto grado de sensatez o aunque fuere de una nimia inclinación hacia la autopreservación.  Parece una reacción ineludible en visión del peligro, inclusive para la más temeraria y feroz de las bestias. Ante la visión del abismo sin fin y el extremo afilado de una daga, hasta el ateo se convierte en creyente y el más valiente recula. El mismo sentido común que, de tenerlo, de seguro pitaría ahora en sus oídos, ocasionando sordera, gritándole que huyera, reverberaba fuerte y claro en la mente de su hermana proclamando que la persona que se encontraba frente a si no era tal, que Ava estaba muerta. La sensatez acabaría por arrancarle del todo el juicio a Ankhïara, impidiéndole ver lo que estaba delante de su nariz. Tash carecía de ella, y no estaba para nada sorda. Pero sí, era bastante insensata.
— “Engendro”— Repitió, no como si no se creyese lo que acababa de escuchar, sino como si se reprendiese a si misma por haber fantaseado con oír cualquier otra cosa. La palabra abandonaba así sus labios con acidez, caía el en piso de mármol por su propio peso y quedaba expuesta a la vista, tangible y amenazadora. La persona que se erguía frente a sí era una desconocida familiar, una pesadilla recurrente y la fuente misma de su incomodidad hacia los nephilim. —како Trejžtiakova од тебе
“Qué Trejžtiakova de tu parte” recordó la frase, haberla dicho miles de veces entre risas amenas, una burla personal hacia su hermana cada vez que se pasaba de seria. Salió a flote desde su subconsciente, aunque ni recordase después haberla en verdad dicho. Fue una idea, un pensamiento ligero, un susurro gacho. Y pensó con amargura abrirse el pecho, extraer de él un corazón palpitante, maltrecho y tierno, y extendérselo a su hermana con la palma abierta, listo para que lo apuñalara de una vez. Sonaba una alternativa más apetecible al presente suplicio y le devolvería a Ank la certeza que necesitaba: su hermana estaba muerta. Aquel tanto hubiera hecho con tal de devolverle la paz, si se hubiera creído con el alma que obsequiarle su muerte devolvería aunque fuera el más débil destello de luz a los ojos de miel de Ankhïara. En cambio, puso las manos en alto a ambos lados de su cabeza, gotas escarlata escurriendo desde  las puntas de sus dedos y sus largas uñas como lágrimas, formando caminos sinuosos hasta ahogarse en el sweater ahora empapado.  Quería que su rostro fuese una máscara impasible de neutralidad, que revelase a la bestia que su febril hermana afirmaba que era, sentirse por un instante la criatura más rastrera de todas, para poder decirle en voz alta lo que quería escuchar. Mentir en su nombre y decir que se llamaba Anne SaintClaire, que era una impostora, un demonio embadurnado en sus mejores galas. Sin embargo sentía en todo el cuerpo entumecido el peso del sentimiento que en verdad la aplastaba, desilusión matizada con una ardiente furia contenida.
Con una lentitud extrema se doblegó sobre sí misma, dejando que las rodillas rozaran brevemente el estómago lacerado a base de arañazos autoinflingidos. El ardor la acarició por un momento y ella lo acogió de buen grado al mismo tiempo que bajaba las manos y las introducía en las botas. Removió un cuchillo de cada una y los deslizó por el piso, hacia los pies de su hermana. La conciencia del arma apuntándole a la nariz no la abandonaba, al sentir la impaciencia gestándose en las entrañas de la cazadora de sombras que se erguía frente a si, encarnando sus más terribles pesadillas. Asió en ese momento la fina estela entre los dedos, removiéndola del escondrijo dentro de la bota donde llevaba juntando polvo por varios meses consecutivos. Tash se veía como una infante agachándose para atarse los cordones de las zapatillas: Pequeña y torpe a la sombra de Geist. No le apetecía eso, no en lo más mínimo. Deshaciendo el gesto de sumisión, se puso se pie a la vez que levantaba a la luz la estela plateada. Contempló la posibilidad de arrojársela al ojo, no sonaba del todo descabellada. Quizá lo hubiera hecho si hubiese sido cualquier otro el que viniera a su presencia con tales demandas, aunque lo más probable es que hubiese acabado probando el plomo de la pistola que llevaba en el cinto, tras su espalda, bajo el sweater holgado. “Siempre espera el cuchillo que no puedes ver” a menudo decían eso los cazadores de sombras, varados en otro tiempo con preocupaciones pertinentes al oficio. Ella, educada la mayor parte de la vida para defenderse como una humana podía, había hecho de aquella pistola una gran aliada y amiga. Y vaya y si gozaba de una excelentísima puntería. Pensó en ello, en que podría matar a su hermana de un tiro antes de que el cuchillo siquiera la tocara. Y quizá el pensamiento le causó risa, pero si lo hizo fue ahogada rápidamente por la decepción. Se sabía incapaz de apuntarle un arma a Ankhïara, no aun y si esta ya lo hacía con ella. No quería ser ese tipo de persona. Y si ese tipo de persona era lo que se suponía que fuese un Trejžtiakova, pues bien, no quería ser una Trejžtiakova.
Su mano entumencida levantó el sweater teñido del rojo de su sangre, revelando un estómago enrrejado por profundos surcos de piel abierta y carne a la vista. No eran más que los arañazos de un gatito o el picotazo de una avispa en comparación con la grotesca cicatriz que surcaba su vientre de izquierda a derecha, tan bien preservado que podría sacarle un molde a la mandíbula del lobo  tan solo tomándole las medidas. La piel estaba estirada y el pasaje del tiempo había dejado su mella, opacando el horror que habría despertado marca semejante en el cuerpo de una niña menuda. Natasha se preguntó si su hermana había llegado a ver con sus propios ojos la herida antes de que la curaciones la cerrasen, si la sangre rezumante le habría manchado las vestiduras y si esta se habría agachado a llorarla, al creerla perdida para siempre. Llorarla hubiera sido un gesto considerado. Quizá habría visto a Vincent a punto de consumirla ente sus fauces, quizá fuera el grito guerrero de su hermana el que espantara al licántropo de sobre ella. Quizá nunca lo sabría, y quizás no saberlo estaría bien. Después de todo, Natasha no sabía muchas cosas.
— Soy la que soy. — respondió finalmente, ante lo que parecía haber sido una eternidad de silencio. — Y no puedo ser otra cosa.
Con la mano segura apoyó la punta caliente de la estela contra la piel de su vientre, permitiendo que el contacto la quemara. Entonces, sin mirar, trazó la misma runa que recordaba haber trazado miles de veces en la piel de Ank, tras que volviera a casa de un entrenamiento o una cacería. Recordaba ese trazado de memoria, un simple iratze, la más común y corriente entre las marcas del Ángel. En unos momentos el trazado negro estuvo culminado, y casi esperó que la piel se retrajese sobre si misma hirviendo, consumiéndole la carne y quemándole hasta los huesos. Una runa curativa podía matar, mataba si era trazada en piel alguna que no fuese la de un nephilim.
Pero no la mató, y la piel buscó la piel y cerró las laceraciones que minutos atrás le hicieran sus propias uñas.
Miró la estela, caliente contra su palma abierta y helada. Y se sintió extraña y enojada y decepcionada y triste y curiosamente aliviada. Aquel pequeñísimo artilugio que podía significar la diferencia entre la vida y la muerte para cualquier otro cazador de sombras, para ella simbolizaba menos que nada. Al final, no cambiaba nada. Cerró los dedos en torno a él y lo arrojó con fuerza hacia el cuadro más cercano, acertándole de lleno a la copa mortal, abriendo un hueco del se filtrarían gotas de la sangre del Ángel Raziel.
— Y no quiero ser otra cosa.
Se quedó mirando el cuadro por un segundo sostenido. Luego, se giró para encarar a su hermana. Las piedras runa brillaban, arrancando destellos dorados de ojos avellana de Ava, húmedos con un sentimiento que deseó no volver a sentir jamás.
— Mi nombre es Natasha Zhanna Trejžtiakova.

Había sido negada y rechazada. Ahora, iban a arrancarle la vida.
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Re: Pero...de extrañar no se vive. [Priv]

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Mar Feb 18, 2014 3:34 pm

Y ahora, dime...¿quién eres? Y sé más acertada en la respuesta. - Repuso, con un tono frío como el metal y cortante como un cristal roto en mil pedazos. - No querrás acabar con una daga clavada en la garganta, ¿verdad? El Castigo seguía destacando en su pálida mano, en el cual restos de sangre iban secándose paulatinamente y adquiriendo un color más oscuro, más siniestro. како Trejžtiakova од тебе. Aquella frase alteró una pequeña parte del interior de la cazadora, escondida en un recóndito lugar; tan oculto, que ni siquiera conmovió mínimamente a Geist -al menos, no en apariencia-. De sobra sabía que algunos demonios podían introducirse en la mente del cazador y descubrir sus más oscuros secretos. Su recién renovada frialdad evitó que la joven evocase aquel amado recuerdo en el que su hermana pequeña se burlaba de ella, haciendo alusión a lo mucho que se parecía a su padre. En ningún momento su mano tembló, en ningún momento vacilaría al ser lanzado si la respuesta de su interlocutora no resultaba satisfactoria. Pero, si bien no satisfactorio en sí, el siguiente movimiento realizado por aquel ser que afirmaba ser su hermana sí resultó ser sorprendente e inquietante incluso; se agachó, lanzando a los pies de la Sombra dos pedazos de metal con los que podría haberla destripado. No la embaucaría, sin embargo; Ïara había topado a lo largo de su corta pero intensa vida con muchos que afirmaban cosas y luego hacían otras, con enemigos que intentaban distraerla con halagos o falsas rendiciones para luego intentar arrancarle el corazón de cuajo. No le daría ni una oportunidad. No le dejaría ni siquiera la opción de explicarse. El beneficio de la duda ya había pasado. O era un demonio o algún ser malévolo, o sencillamente era su cordura perdida hecha persona. Quizás se había vuelto loca, calibró, teniendo en cuenta en ese caso que por mucho que acabase con la vida de aquel engendro inexistente, su cordura seguiría perdida. Tal vez su hermana tuviese razón y se parecía demasiado a su padre, tal vez había perdido la cabeza como él, tal vez no había nadie más en la habitación y en realidad a quien acabaría cortando la garganta sería a sí misma. Fueron quizás, esos segundos de duda, los que otorgaron a aquel ser el tiempo necesario como para incorporarse de nuevo y levantarse el sweater...y la serbia dejó de respirar.

Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo...

No fue un acto voluntario o premeditado; ni siquiera fue consciente de ello. De repente, una mano de hierro había rodeado su garganta y le impedía respirar. Sus áridos labios se entreabrieron, buscando con celeridad algo de oxígeno que llevar a sus pulmones. Sus orbes yacían fijos en el vientre de su interlocutora, sin ser a penas consciente del iratze que sus diestras manos dibujaban sobre él. Habían quedado quietos sobre aquella marca. Allí estaba. La cicatriz. Como un huracán los recuerdos la golpearon; pero no fue impacto físico, sino más bien interno. Cerró los ojos, a medida que el oxígeno le faltaba y sus recuerdos renacían. Volvió al momento en el que ella y su padre regresaban a casa en un sepulcral silencio que les permitió escuchar ruidos extraños provenientes del lugar al que se dirigían. Ambos parecieron congelarse durante unas milésimas de segundo, avistando al mismo tiempo las ventanas rotas; poco después corrían como si les fuese la vida en ello -en cierto modo, así era- hacia el lugar. Un desgarrador sonido se escuchó entonces, nacido de la garganta de la por entonces más joven Ïara, al entrar ésta al que era su hogar. Mezcla de horror, dolor y rabia; probablemente cubrió el estruendo de las bestias al marcharse. No fue sólo un cuerpo el que encontró, mas sin embargo, sí al que se aferró. El diminuto cuerpo, delgaducho y aún caliente de su hermana. Respiraba con dificultad y Ankhïara recordaba con absoluta perfección cómo, mientras la abrazaba con fuerza como si así pudiese recomponerla, le susurraba al oído que todo iría bien para acabar suplicándole que no la dejase, que siguiese con ella. Pero Ava, desobediente como siempre, dejó de respirar -o eso creían- y la dejó sola, aún aferrada a un cuerpo tibio cubierto de rojo. La grotesca herida que le cruzaba el vientre se le quedó grabada a fuego en la memoria y, todo lo que vino después, se volvió borroso. Recordaba vagamente que alguien la había arrancado del cuerpo de su hermana a la fuerza, llevándola lejos de allí. Semanas después, al volver, no quedaba ni rastro de sangre en la casa, los cuerpos estaban enterrados y la casa yacía extrañamente vacía. La pequeña cazadora buscaba con la mirada a su madre leyendo en el sillón, a su hermano escuchando música en el piso de arriba y a su hermana correteando por el jardín. Pero nunca tuvo éxito. Sus seres más queridos no aparecieron, no se dignaron a volver ni siquiera a decirle adiós. A pesar de que ella estuvo esperándolos hasta el momento en el que su padre decidió abrir sus muñecas en canal y librarla de la carga de este mundo grosero. Por suerte o por falta de ella, no lo consiguió. Y ella perdió la esperanza de volver a verles cuando se la llevaron lejos, muy lejos; nunca más volvió a su casa. Pero allí estaba, años después, frente a una desconocida cuyos rasgos se asemejaban dolorosamente a los de Ava, cuya cicatriz evocaba al feroz mordisco que le había arrebatado la vida, cuyos familiares orbes observaban con dolorosa angustia a su hermana mayor. Pero la cazadora no respondía; sus labios se tornaban violeta al tiempo que el oxígeno seguía sin llegar adecuadamente a sus pulmones. Su mano reposaba sobre su vientre, presionándolo, quizá sintiendo el dolor que una vez que hermana sintió al ser mordida, quizá intentando controlar el suyo propio. Y se vio a sí misma cayendo al suelo, perdiendo la consciencia, golpeándose la cabeza contra la dureza las baldosas, cerrando los ojos para no volver a abrirlos jamás; una sonrisa decorando su rostro, feliz al fin de dejar el mundo banal en el que había habitado, feliz por haberse reencontrado con su hermana, feliz por estar muerta.

Y como la muerte yo esperar no pudiera,
Ella, amable, a mi me esperó.

Ïara volvió en sí, saliendo de su ensoñación; seguía de pie. Una bocanada de aire le devolvió el oxígeno que le había faltado durante unos interminables segundos. Estaba viva, consciente y con una enorme herida abierta en su interior. Podría haber elegido la opción de dejarse llevar, de morir. Pero Ankhïara nunca moriría sin luchar. Moriría en plena batalla, lo había decidido años atrás. Entonces cayó en la cuenta de algo: ella no era como su padre. Él se había suicidado, no había sido capaz de soportarlo. Después de tantos años machacándola con la aversión a la debilidad y el culto a la fortaleza de espíritu, no había hecho homenaje a sus propias palabras. Pero Ïara sí. La cazadora había pasado por todo aquello y más; seguía de una pieza físicamente, aunque su interior estuviese hecho pedazos. Pero allí estaba. Viva. Más viva de lo que se había sentido desde hacía tantos años que no podía contarlos. Se había enfrentado a sus demonios y había vencido. Tenía enfrente su pasado y no se había derrumbado -no todavía, al menos-. Su malherida mano aferró la empuñadura de la daga como quien se agarra a un clavo ardiente antes de dejarla caer; el sonido del metal contra las duras baldosas resultó sorprendentemente estruendoso. Mi nombre es Natasha Zhanna Trejžtiakova. Aquellas últimas palabras resonaban aún en la cabeza de la cazadora, tapando cualquier otro sonido y ahogando frases pronunciadas anteriormente. Sólo estaba aquello. La frase que su maltrecho corazón había estado esperando y su cínico cerebro se negaba a aceptar. Ella estaba allí. Ava estaba allí. Y si lo que tenía delante era fruto de su propia locura, sería feliz entregándose a aquel delirio. Se acercó a ella, sus pasos vacilantes. A penas fue consciente de que dos lágrimas decoraban su rostro, dejando un rastro, un camino limpio sobre la sangre. A penas fue consciente de que con la delicadeza propia de alguien que ha perdido algo muy importante, agarraba el rostro de su hermana pequeña con ambas manos y lo alzaba levemente, buscando en el interior de sus ojos alguna pista sobre si lo que estaba viviendo era real o se trataba de una simple fantasía. Tampoco fue plenamente consciente de cómo hundía el rostro en el cuello de aquella hermana que creía perdida, abrazándola con fiereza, y rompía a llorar como hacía años que no lloraba. La última vez que lo había hecho había sido con su parabatai, siendo ambas mucho más jóvenes, cuando se abrieron la una a la otra e Ïara por fin había podido dejar salir todo aquello que los psiquiatras y conocidos con buenas intenciones no habían podido sonsacar. Cuando se separó, finalmente calmado su llanto, no sabía cuánto tiempo había pasado; alguna barrera había cedido en su interior. Una herida parecía estar sanando. - Eres tú. - Susurró, temblándole el labio inferior mientras su mano derecha se posaba sobre la mejilla de su hermana, aún comprobando que no se trataba de un espejismo, que no era un sueño o un delirio donde se hallaba.  - Eres...Ava. - Aquel nombre cariñoso se le antojó extraño en sus propios labios, haciendo como hacía tantos años que no lo pronunciaba en voz alta; tan sólo en pesadillas despertaba gritándolo con desesperación. Pero sueño o pesadilla, se había hecho realidad.
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Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Mar Mayo 13, 2014 10:46 am

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