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I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

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I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Mar Nov 26, 2013 12:40 pm

La luz artificial bañaba los pasillos de concreto desnudo, revelando el revoque perfecto y liso como la superficie de un cristal. De la pasarela iluminada derivaban decenas de habitaciones que compartían con el exterior lo que sucedía dentro a través de amplios ventanales, mostrando paredes y pisos de cerámica limpia y brillante que rodeaban una silla y un escritorio en cada uno. El único indicio de presencia humana en aquél búnker era el murmullo creciente que provenía del último salón, donde se llevaba a cabo una reunión relativamente importante en la que intervenían tres cuartas partes de los agentes. Sin embargo, quien debía presidirla había delegado la tarea a un subalterno, y en ese preciso momento caminaba a grandes zancadas con el rictus de la inexpresividad puesta en el rostro.

El largo cabello castaño iba recogido prolijamente a la altura de la nuca; señal evidente de que estaba a punto de encarar una actividad que precisaba de una visión aguzada y libre de la cortina sedosa que solía enmarcarle el semblante sonrosado. La camisa planchada iba remangada hasta el antebrazo con dedicación, evidenciando la minucia con la que la mujer trataba cada detalle competente a su apariencia. Caminaba con determinación, ocultando el dolor que seguía haciéndole mella a la altura del abdomen; la bala se había fragmentado en su interior, y en el quirófano habían tenido que revolverle las entrañas hasta no dejar nada. Ningún órgano se había visto comprometido, pero el escozor de los puntos y la certeza de haber sido herida por uno de los suyos podía más que cualquier tiro certero directo al pecho. Aún así, Evangelline se negaba a pensar en una traición.

Muchos sucesos se habían acoplado en una carga pesada aquella noche. No había logrado intimidar ni un poco a Neal Caffrey con todo el operativo en marcha, y encima había perdido un miembro valioso de entre sus filas. Zimmerman, uno de los mejores tiradores que había conocido, había quedado reducido al vestigio entreverado de ropa hecha trizas y carne molida, alojando en su interior una importante cantidad de las balas que habían ido a por él. La muerte fue instantánea, y eso, admitiéndolo, dejaba tranquila a la mujer. No hubo funeral; cremaron lo que quedó de él al día siguiente y vertieron sus cenizas en el East River a pesar de los deseos de su esposa, agente también, que hubiera preferido darle descanso en el Atlántico. La única respuesta que ésta obtuvo entonces fue un "No hay tiempo" que sonó borde, frío e indolente; una afirmación tan cargada de verdad como de urgencia: los problemas no tardarían en llegarles.

El círculo de Evangelline había desobedecido el reglamento. Habían actuado como un ente autónomo que se había dado el lujo de no pensar dos veces a la hora de derribar a uno de los suyos. Eso no era la Agencia. Eso era una anarquía, un atentado al poder que las altas esferas ejercían sobre ellos como si de peones se tratase. A pesar de que la castaña gozaba de un favoritismo inusitado gracias a su historia y experiencia, otros eran considerados como carne de cañón y eran enviados al frente, a las misiones más difíciles para eliminar a los incompetentes. Un filtro, tan o más crudo que el que tenía lugar en pleno combate armado.

Pasando la sala de conferencias, la mujer tomó el recodo y bajó un piso más por una escalera iluminada, adentrándose en un pasillo más estrecho que derivó entonces en una sola puerta. Una puerta reforzada. Enfrentó una tarjeta al lector como si quisiese entrar a la habitación de un hotel, atravesó el umbral y cerró lentamente hasta oír un breve pitido agudo. El interior estuvo en penumbras hasta que su silueta esbelta dio un par de pasos hacia adelante y la luz de xenón reclamó terreno desde el suelo. Pequeños focos situados en los zócalos le permitieron ver dónde pisaba, y le revelaron de a poco la sombra oscura que se recortaba un tanto más allá. La estancia era grande como para albergar diez personas cómodamente, pero gran parte de la superficie estaba vacía como una insulsa caja blanca. En medio de todo, un hombre yacía colgado del techo y sujeto al suelo como una postal grotesca de La Crucifixión. Pitones cerrados del tamaño de un puño sostenían su peso con arneses negros, reteniéndolo de las manos y los pies; una correa gruesa descendía justo encima suyo, enroscada alrededor de su cuello para mantenerle la cabeza erguida.

Frente a él había un escritorio de acero despejado y una silla sola, ambos posicionados meticulosamente en la cuadrícula determinada por las baldosas de losa radiante que ayudaban a templar el ambiente lúgubre y frío. Eva no le dirigió una sola mirada y recostó el cuerpo contra el borde de la mesa plateada, cruzada de brazos, reviviendo el mejunje de emociones que amenazaba con reclamar su fuero interno. A la vista ajena parecía poco más que una estatua opaca puesta sobre un fondo en degradé de luz y oscuridad, envuelta en el filtro azul tan característico de la luminaria moderna. Lo único que podía oírse era la propia respiración serena arrullando el silencio como el vaivén de la marea, mientras los orbes claros se fijaban en las tiras negras que ataban al prisionero al piso. Un pequeño movimiento apenas perceptible hizo que alzara la vista de repente, llamando su atención.

Neal Caffrey había despertado.
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Lun Ene 20, 2014 9:02 pm

Persona: "a kind of mask, designed on the one hand to make a definite impression upon others, and on the other to conceal the true nature of the individual"

Quince, Cuarenta y seis, veintidós, trece, treinta y ocho. El largo de cada pasillo se correspondía con un número exacto de zancadas que hacían eco de las propias en el piso de cerámica, contadas sin otra finalidad que hacer más ameno el pasaje del tiempo. Consciente de lo absurdo que resultaba a todas luces el medio de entretenimiento que había encontrado más a mano, se dejaba vagar por los detalles más irrelevantes y mundanos, empujando hasta el fondo la urgencia de romperles el cuello a todos y largarse. Sabía factible aquella opción, y la mera certeza no hacía más que alimentar un ya elevado e inherente narcisismo. No necesitaba ver para saberse en manos meramente mundanas. Así Nathaniel se dejaba distraer por simplezas, como las huellas que la nicotina había dejado en las ropas de dos de sus escoltas, el latir nervioso del corazón de otro y la respiración que un cuarto se esforzaba por controlar. Ovejas con pretensiones de lobos, incautos que en realidad no eran más que simple diversión para un predador que gustaba jugar con el alimento. La muerte del guardia se cernía sobre el conjunto como un velo. Su pesar era difuso, pero su confusión evidente. Las distinciones realizables entre uno y otro miembro de aquel comité de bienvenida se basaban en sutilezas. Nadie perdía los estribos o hacía alarde de independencia, resultando como no más de engranajes funcionales de una máquina bien aceitada. Una masificación a pequeña escala, desprovista humanidad. Qué ironía.

El prisionero no forcejeaba, no pronunciaba palabra alguna y no mostraba señales de oponer resistencia. Estaba justo donde deseaba estar. En un círculo que, si bien pudo haber sido más cómodo, no resultaba inesperado. La espalda recta, la postura digna y el andar de quién preside una marcha. Imperturbable, indiferente a los planes que pudiesen tener para él. Egocéntrico hasta la médula, como siempre había sido y siempre sería. Aquel andar era el suyo, un piano distante entonaba su melodía y cada lugar donde plantaba el pie pasaba a pertenecerle. Ciertamente no semejaba quien está siendo arrastrado a alguna recóndita celda en contra de su voluntad. ¿Qué serían sus actos sino despilfarros de confianza que caían en la alevosía? Estaba complacido. Complacido y divertido por partes iguales. De no ostentar un carácter templado, la actitud del circo mundano hubiese arrancado de su garganta reseca carcajadas histéricas. Y de sentir siquiera un ápice de decepción, el reguero de sangre y cadáveres a sus pies hubiese sido interminable... Y problemático. Considérese así un bien común para los presentes que por el momento los ánimos del inmortal se encontrasen jubilosos. Era imposible constatar a ciencia cierta el instante precioso en el que diera por derramada la última gota de su paciencia ¿Por cuánto tiempo sería capaz La señorita Moreau de mantenerse a la altura de sus expectativas? ¿Cuánto tiempo podría hacerlo por sí misma, sin este ridículo arsenal de mequetrefes cuidándole las espaldas? La idea de compartir se le antojaba enfermiza.
 
Nathaniel casi podía escuchar las mentes de aquellos hombres funcionar, como si alguien introdujese códigos digitados metódicamente en sus cerebros y éstos reaccionasen sin vacilar al estímulo. Todo eran unos y ceros, pasaje y no pasaje de energía, lo permitido y lo prohibido, blanco o negro. Al principio eran excesivos los recursos humanos invertidos en su escolta e hilarante la tensión percibida en el ambiente. Ahora, sólo quedaban dos. El alfil los contemplaba con un gesto ácido y una sonrisa torcida tirando de las comisuras de sus labios. La simpleza de aquellos humanos le daba asco. Sin embargo, servía a sus fines. La personalidad de un individuo y su fuerza de voluntad, así como las convicciones inherentes a su ser componían la mayor adversidad ante la influencia de cualquier ente externo. Sobrenatural o no.  Aquellos hombres estaban desprovistos de ella casi por completo, desfigurado esa parte de si mismos hasta dejarla inutilizada. Como si cada uno hubiese introducido su cara en un barril lleno a tope de ácido, corroyendo la piel del rostro hasta dejarlos a todos como una masa deforme e indistinta. A penas distinguible, fácil de dominar.

Nathaniel sólo tenía que ordenar.

********

Una obscena cantidad de horas transcurrió en vigía continua. Una espera de cuyo valor se debía autoconvencer a cada minuto que pasaba, haciendo mano de alegatos varios. La mayor cuestión, los estragos que su organismo venía sufriendo desde hacía días, permanecería siendo el mayor de los problemas. Por otro lado, se veía a si mismo incapaz de dejar de rendirle cuentas a su naturaleza obsesiva, cayendo en la necesidad de satisfacer la curiosidad que atormentaba su mente consciente. Valdría la pena. Tenía que valerlo.

El latir del disfuncional corazón de Kate lo alertó de su presencia, sacándolo de sus cavilaciones.  Recordó entonces que debía respirar, o simularlo... al menos por educación.

— Ese fue un movimiento bastante cobarde, Kate.comentó con una sonrisa galante mientras negaba suavemente con la cabeza, cual si hubiera pillado a un crio haciendo una travesura— Aunque comprensible, no ha hecho alardes de gran puntería.—Y aun con más atrevimiento fijo sus orbes zafiro en los ajenos—  De querer dispararme al corazón, lo haría al pie.

Contacto visual. Órden directa. Dominación.

Con aparente incomodidad, el hombre movió el cuello a ambos lados y giró las muñecas, presas entre grilletes bastante resistentes. Sin embargo, inadecuados para el tipo de presa que había encerrado en la recámara. Nathan estaba allí, desprovisto del saco del Armani, con una camisa a la que le faltaba una manga -cortada para poder vendarle la herida de bala apropiadamente- y los mismos pantalones que se había puesto la noche anterior. De todo el asunto de las cadenas y los grilletes, lo único que se le antojaba verdaderamente molesto era que lo hubiesen despojado de sus zapatos. ¿Qué necesidad había en aquel salvajismo?

— ... Se me ha ocurrido que podría tener una o dos preguntas — añadió, dejando que la ironía se disolviera entre sus labios— Y parece que mi apretada agenda ha quedado momentáneamente libre.

Giró el cuello y volvió a esbozar una sonrisa. Verla regodearse en la falsa comodidad de su aprisionamiento representaba para él una broma privada y elocuente. Después de todo... habían pasado siglos desde que una mujer había cometido el error de considerarlo Inofensivo.

— Recomiendo que se apresure. Tengo planes para esta noche.
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Mar Ene 21, 2014 12:28 am

Una mujer supo tener identidad propia en su momento. No un nombre, sino personalidad. Matices variados que componían un carácter inconfundible con sus pros y contras, con sus virtudes y defectos. Sólo un par de meses hicieron falta para arrancarle esa parte tan valiosa de sí misma, meses de "No vales nada", "No eres más que una zorra americana jugando a la guerra", "Tal vez mueras mañana, y si no es mañana...

...será pronto".


Las palabras poco habían calado en la mente del soldado que drenaba sus lágrimas por la noche mientras la creían dormida, y que por la mañana alzaba la barbilla con todo desafío implícito en el mirar que devino sombrío poco después. Llegó a temer por su vida, como cualquier mortal, porque prestarse como carne de cañón no siempre significa estar preparado para recibir el toque de gracia. Se desligó de todo lo que conocía. Ignoró la ropa que llevaba, el piso sucio, las puertas desvencijadas, las latas podridas y herrumbradas que le hacían compañía en un depósito abandonado; sólo la acompañaría el aliento que exhalaba hasta el último minuto, el concepto en crudo de la vida, el movimiento, la sangre hirviendo en sus venas. Jamás se rindió. En su afán por morir con dignidad, luchó contra el dolor en los tobillos cortados para mantenerse de pie, sintiendo el frío del cañón en medio de la espalda el día de su ejecución. Pero la bala no la finiquitó.

Gracias a la captura de Neal Caffrey había vuelto a sentir impotencia, un escozor molesto que era incapaz de evitar en el pecho. O tal vez era su corazón pidiendo eutanasia. A la noche siguiente se encontraba allí, recostada como si nada en un cuarto espacioso para dos pero diminuto para diez, considerando la conveniente idea de calmarse. El interruptor interno de Evangelline la volvía tan simple que daba hasta lástima su austero repertorio de emociones, y oscilaba entre la reacción ante una amenaza, la cautela y la más completa serenidad. Sin embargo, esa madrugada podría decirse que había hallado una falla en su propio sistema: un punto intermedio en quien detestaba la ambigüedad. Si bien permanecía silenciosa y apacible por el bien de su salud, algo le daba mala espina si consideraba la presencia de su prisionero como un factor influyente en su comportamiento. Lo poco que sabía de él le frustraba, y su soberbia y altanería no hacían más que incitar la escasa tolerancia de una mujer armada. Desgraciadamente y según el reglamento, no podría disparar dentro del trabajo a menos que fuera en defensa propia en caso de un ataque o alguna otra circunstancia especial.

Eva apretó los labios.

La voz del invitado le llegó de repente, ronca, tal vez, por la obstrucción generada por la atadura al cuello. Una leve oleada de complacencia —o simple morbo, dirían otros— la recorrió entonces cuando deseó ajustar las correas con sus propias manos. No quería matarlo, pero el hecho de tenerlo ahí frente a ella aún no la satisfacía del todo. El rostro femenino no le dirigió la mirada hasta que halló impertinente el comentario relativo a la puntería. ¿Para qué corregirle o siquiera pronunciarse al respecto, si ya la había visto dispararles a la cabeza a cuatro blancos en un pestañeo? Por un instante pareció ensimismada mientras lo observaba con frialdad, sintiendo la mente estancada en tal recuerdo. Sin embargo, se reiteró, no lo mataría, y atribuyó la certeza repentina a la necesidad de su testimonio y declaración.

Ladeando la cabeza un tanto mientras seguía sin quitarle la vista de encima, la diestra acarició la superficie de la mesa y oprimió un botón y luego otro. El primero haría efectiva la tranca de sujeción de la puerta blindada, que funcionaba de forma bastante parecida a la de una caja fuerte en un banco de categoría; por su parte, el segundo pareció no generar nada. Ni un solo sonido. Ella sólo prosiguió, ignorando todas y cada una de sus anteriores intervenciones.

—Imagen —musitó como si hablase sola, obteniendo por respuesta la aparición de una finísima lámina de acrílico blanco que comenzó a deslizarse tras ella y contra la pared como un estandarte rígido siendo desplegado. Acto seguido, se encaramó sobre la mesa y cruzó las piernas, quedando a contraluz de lo que terminó siendo una pantalla inmensa. Su tono y pronunciación cambiaron ligeramente, asemejándose a un chasquido— Bora Norkak.

Detrás de ella apareció el rostro cubierto de cicatrices de un hombre veterano rodeado por su familia. Si bien parecía una foto normal de un tipo de vacaciones en Estambul, se trataba del último registro público que se tenía del líder de una organización: los Temizleme, la competencia de la Agencia. Eva no se molestó en voltear a observar ni siquiera para corroborar de estar proyectando la información correcta, y se limitó a seguir con la mirada las correas que mantenían cautivo a Neal, impávida. ¿Dónde estaba la gracia en todo aquello, en esa molestia por haber preparado todo con tanto cuidado? Así como el varón había asegurado estar interesado en ella por anticuados y extraños motivos, ella también lo estaba en él, por razones distintas.

—Seré breve —comenzó con la voz más monótona posible, víctima del tedio propio de la rutina— Norkak envió al hombre que de tan buen grado eliminaste por tu cuenta; su propósito consistía en evacuar a mi blanco al llegar antes que yo al Shoreham, y ponerlo a salvo en algún sucio prostíbulo en los barrios bajos. Pero ése no es precisamente el problema —suspirando quedamente, se llevó una mano al pecho por acto reflejo y, cuando se percató de ello, la recargó sobre el regazo con gesto despreocupado— Ese sujeto pareció reconocerme, escapó porque sabía que lo liquidaría, y en eso... —se detuvo, pareciendo revivir cada detalle otra vez— ...nos topamos contigo. Temizleme.

La imagen cambió, mostrando una cuadrícula que ocupaba cada píxel. Por lo menos cien caras se cargaron con rapidez frente a los ojos ajenos, mientras se extendía una lista compacta de datos debajo de cada una.

—Lo cierto es que hace un año accedimos a esta base de datos porque un civil, familiar de uno de ellos, era testigo de las atrocidades que cometían. Son un grupo terrorista maquillado de organización no-gubernamental con fines "honorables", pero a pesar de que distan mucho de ser como nosotros, son bastante más peligrosos —su expresión devino severa de repente— Lucran. Atacan a gente inocente, siembran el miedo, y después cobran por buscar a los culpables de los atentados. Entonces, ¿por qué, si contamos con toda esta información, no los localizamos y vamos a por ellos de una vez...?

Aunque su voz no temblaba, detestaba fervientemente el hecho de tener que repasar todo de nuevo, cada archivo, cada fotografía, cada nombre. Pero alguien tenía que hacerlo.

—Hay un topo entre los míos, un traidor, y el incidente de ayer no nos ha dejado muy bien parados. Es probable que, así como lo sabemos todo de ellos, el mismo tipo de data haya tomado la dirección contraria. Ahora, ¿en qué parte entras tú, Neal Caffrey? —arqueando las cejas levemente Evangelline se desabrochó los puños de la camisa, comenzando a remangarlos con lentitud— Quiero saber exactamente qué hacías en el Shoreham, y la verdadera razón por la que nos seguiste —"...y me salvaste"Lo menos que necesito ahora es una tercera célula involucrada. Dame una respuesta convincente y saldrás por esa puerta, o de lo contrario permanecerás unos minutos más en mi amena compañía hasta que lleguemos a un acuerdo.

Un sucinto reconocimiento mutuo se dio en medio del silencio repentino, como si se midiesen uno al otro.

—Has llegado en medio de una guerra, apareciendo en el lugar y momento equivocados —entonces, sosteniendo la mirada masculina tras su máscara de inexpresividad, Stahl Frau terminó su planteo— Y yo, por desgracia, no creo en las coincidencias.
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Miér Abr 23, 2014 10:23 am


Cuando el lobo oye balar a la oveja herida, llega corriendo, pero no para ayudarla.

Los largos y fríos dedos del pianista encontraron sitio bajo el mentón de la fémina, alzando el rostro en dirección propia con extremo cuidado. La docilidad de la fina criatura sólo competía con la belleza de sus rasgos suaves, el pelo oscuro como una noche sin luna y las cálidas lágrimas de dolor asomando en las comisuras de los ojos claros. Deslizó las puntas de los dedos por la piel del cuello siguiendo el camino con los sentidos, más no con la mirada, absorta en la contemplación de aquel par de preciosos orbes azules. Un estremecimiento la recorrió cuando los dedos llegaron al busto, deslizándose entre ambos pechos. El movimiento se detuvo. Los temblores de la dama hacían tintinear los pendientes en sus orejas y vibrar la piel bajo el contacto y el escrutinio. Los dedos se bifurcaron como las cuencas de un río y la palma buscó alojamiento en la unión de las costillas. Bajo el tacto latía el pulso vivo, el corazón disfuncional purgaba ansioso por escapar del capullo que lo contenía. Buscaba el consuelo del contacto de Nathaniel, la paz que cundiría al salir a su encuentro, la calma más allá de la tormenta. Por los altos ventanales, la luna volcaba sobre ambos cuerpos un perturbador resplandor rojizo. Sangre tibia empapaba el vestido azul marino y las suelas de los zapatos de vestir. Se extendía tortuosamente por el piso acerado, proveniente de las heridas que la clavaban al piso de pantorrillas y muñecas, reteniéndola como a un cervatillo sumiso y atolondrado. El mundo entero podía resumirse en él. Su muerte le pertenecía y ambos tenían entera conciencia de aquel hecho. No había caso alguno en disimular. Pensó, al sentir las uñas del vampiro penetrar piel músculo y carne del pecho. No había caso alguno en resistirse. Se repitió, perdida en el sonido de sus costillas al partirse, los dedos al hurgar en el interior de su caja torácica. Moriría pronto. Sentenció, consciente de aquel asesino en torno a su corazón.
Ahora se lo enseñaba, hendiéndole los dientes frente a sí como si se tratase de una fruta madura. Sólo se escuchaba el silencio, y el latir del corazón, aún vivo, consumiéndose entre sus fauces.


Nathaniel contaba con una vasta alacena de recursos mentales a los que acudir en caso de necesidad y estaba haciendo mano de ella. No era ni la primer ni la última vez en la vida en que se deleitaba pintando en su mente el retrato a vivos colores del asesinato de una mujer. Ni siquiera era la primera vez en aquella semana. Cuestionó internamente si poseería alguna clase de misoginia latente de la que no se había dado cuenta. Al final, terminó por catalogar de ridícula esta idea. Mataba hombres con la misma frecuencia, sólo que no solía tener el detalle de fantasear con ello. Ni siquiera cuando se encontraba aburrido.

Breve. Adjetivo. De corta duración o extensión.

Retorciendo los pies descalzos en las argoyas que lo apresaban, consideró regalarle a la señorita Moreau un diccionario. Afuera, el astro rey permanecía dominando la bóveda celeste, implicando una genuina desventaja momentánea y un adormilamiento difícil de ignorar dadas las circunstancias. Procuraba no subestimar a los humanos en teoría, pero ponerlo en práctica resultaba dificultoso.  La  noción de debilidad jamás ha complacido a ningún predador. Se acomodó el cuello haciendo sonar las cervicales y movió los dedos de las manos un par de veces. De la voz monocorde sólo una cosa se caía de madura, y aquella tenía poco que ver con la carencia de moralidad de la otra agencia y mucho con el disgusto que le arrancaba tener que entrevistarlo. Aún y considerando las maravillas que hacía aquello por su ego, Kate Moreau estaba al filo de resultarle insulsa.

— Hubiera hecho bien en dejar que el asunto descansar en paz, Kate. Hay una diferencia radical entre nuestro ameno encuentro en el Soreham, el incidente en el café y la situación que tenemos ante nosotros ahora: Su conveniencia. El primero fue provechoso para usted y espontáneo para mí. Haberlo dejado así hubiese sido en cierto punto decepcionante, pero perfecto en su simpleza. No había necesidad de más. Al invitarme el día de ayer mostró cortesía, pero la presente situación no hace más que forzar mi mano. — Había algo notoriamente perturbador en el modo en el que el vampiro se expresaba, más allá de lo áspera que su voz pudiese sonar por culpa del armazón que llevaba adornándole el cuello. En última instancia, aquel semejaba estar conversando amenamente desde el cómodo diván de su despacho. Casi podía esperarse que apareciera prontamente algún empleado a ofrecerle una copa de vino tino. —Quizá deba hacer énfasis en lo poco que le convienen los destratos. Resulta difícil no tomarlos de forma personal.  

Nathaniel ladeó la cabeza como un loro, fijándose brevemente en los rostros que aparecían en la pantalla. Se cuestionó si significarían tan poco para ella como lo hacían para él. Probablemente estaba en lo correcto, pero más adelante querría corroborarlo. Afortunadamente, habían aún una o dos cuestiones acerca de fémina que suscitaban su curiosidad, aún y cuando el poco respeto que podría haberle guardado había volado por la inexistente ventana del recinto ante el discurso anterior. Era un hombre caprichoso.

— Ahora bien, asumo que, en vista de que está siendo repetitiva con sus preguntas hacia mi persona, la primera respuesta que proporcioné no le resultó para nada satisfactoria. No quisiera rebajarme a mentir, Señorita Moreau. Mi respuesta permanece siendo la misma. Tendrá que fiarse de su buena memoria.

Lord Hellrune, llevaba dos siglos entrenando su ya de por sí innato sentido de la rapacidad y tenía una idea bastante clara de lo que la mujer esperaba obtener de él: respuestas. Simple y llano. En aquel punto, había sido bastante honesta. Quizá demasiado. Muchas veces en el transcurso de su larga vida se había preguntado aquel qué clase de locura inspira al hombre a decir la verdad. Ahora se le antojó que de vez en cuando debía de parecerles el modo más directo de obtener lo que querían.  Honestidad.

— En ánimo de cooperación, sin embargo, responderé cualquier otra pregunta que tenga para mí con la mayor sinceridad posible. Confío en que seré retribuido con las mismas atenciones para con mis dudas. — El hombre hizo una pausa, los gélidos ojos zafiro brillando de anticipación. Quedaba implícita la condicionalidad de ambos asuntos—  Posee usted una singular disfunción cardiovascular, Kate. ¿Qué la originó? Por favor, siéntase libre de responder con tanta atención al detalle como desea que lo haga yo. Procuraré pagarle con la misma moneda.

Necesitarían algún tiempo para intimar, reflexionó el hombre, dedicándole un escrutinio minucioso al rostro de la muchacha. Después de todo, aquel no era sino el inicio del cortejo.
Las respuestas de Eva eventualmente pecipitarían el brutal e inevitable desenlace. El último latido disfuncional de aquel corazón marchito y un punto final a la diversión. Sólo era cuestión de tiempo. Y aún tenían un poco.
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Lun Jul 28, 2014 6:44 pm

Los destratos...

Si bien no había sido ella la que había dado la orden de atar a Caffrey —la decisión recaía más bien en una cuestión de protocolo—, Evangelline, dentro de esa habitación, era la única responsable de la obtención de aquello que necesitaban. Plural. Porque sin considerar sus propios intereses, habían latentes varias cuestiones que eran de la incumbencia de los que pagaban cada mes por tenerla entre sus filas.
Pequeño pero perjudicial como una minúscula gota de ácido, un conflicto halló su lugar en la mujer. ¿Qué diferencia había entre ella y los bastardos que presenciaron una vez sus condiciones en cautiverio? ¿Qué diferencia había entre su propio captor y verdugo, y aquellos para los que trabajaba? Si bien no lo estaban lastimando —demasiado—, las correas privaban a Neal Caffrey de todo movimiento, de toda libertad. Ella lo observaba en silencio, sin morbo alguno, retorcer las manos y los pies brevemente, intentando lograr alguna clase de inexistente comodidad. Eso le generó una incertidumbre molesta y poco oportuna, como una mosca recurrente que vuela en círculos por horas sobre la carne decadente.
De ninguna manera se veía a sí misma en él. De ninguna manera. Pero en esa ocasión comenzaba a comprender su propia mecánica, su propio modus operandi. Después de años sin cuestionárselo, de acatar comandos concisos, de comportarse como una autómata humana, por primera vez se excluía de la ecuación y analizaba todo desde fuera.

Había devenido en una déspota que asesinaba a sangre fría por el bien general, pero tal calificativo no le molestaba precisamente. En lo absoluto, si lo que hacía era anteponer su propia vida al bienestar de los civiles, al orden, al progreso. Era la visión de Evangelline convirtiéndose en sus propios demonios lo que le generaba repulsión. Había perdido la capacidad de empatizar con el dolor ajeno, porque, en lo más recóndito de su alma, continuaba envenenada con la rabia de no haber obtenido misericordia alguna. Todo Dios existente la había abandonado en un páramo desolado, a merced de un psicópata con complejo de héroe nacional, capaz de mutilarla en cuerpo y espíritu. Hasta que no quedó nada de su antiguo yo. Nada que ella pudiese valorar y reconocer como virtud propia. Así se convirtió en un vaso vacío, en un lienzo en blanco sobre el que otros  dejaban órdenes y peticiones, como si fuese alguna clase de santo incapaz de decir "No" a las plegarias. No se negaba, pero la gloria que obtenía por cumplir con su deber le sabía a poco. Le resultaba insípida, prescindible. Se sentía como darle diamantes a quien muere de hambre y sólo necesita pan.

Después de meditarlo un breve instante, Evangelline tomó una decisión, tomando magnitud de lo que estaba a punto de hacer. Separándose de la mesa, dio un par de pasos firmes y cazó la silla de aluminio con una mano helada. Estar allí dentro era como estar dentro de una cámara frigorífica, pero estaba tan acostumbrada que no pensaba preocuparse por ello. Desplazándose hasta el pelinegro, entre chirridos agudos y el quedo frufrú de la ropa femenina, depositó el objeto bastante cerca de él con la intención de ejecutar sus propios deseos. Por vez primera. De un ágil movimiento se trepó en el asiento de metal, y se dispuso a soltar los pitones que permanecían empotrados al techo, justo encima del cautivo. Estirándose como un gato por encima suyo, soltó el primero con un breve clic, luego el segundo, y finalmente entrelazó las correas secundarias entre sí a modo de esposas improvisadas. Una vez completa la tarea, Eva se detuvo, de pie frente a Neal Caffrey. La diferencia de altura era importante, pero no le impediría a ninguno de los dos el simple hecho de interpretarse mutuamente. "Es hereditario", le hubiese encantado espetarle en ese preciso momento, pero se lo pensó mejor, intentando dejar todo tono sarcástico de lado si quería que todo saliera acorde.

—Es reciente —musitó de forma bastante escueta. Le urgía abstenerse de compartir detalles, pero si no accedía, era probable que él adoptase la misma tesitura. Decidida, dijo una parte de la verdad, pero la verdad al fin, absteniéndose a las consecuencias de una mala jugada que aquél pudiese retrucarle— Fui secuestrada y torturada en nombre de mi país. Es todo lo que tienes que saber.

Con el mentón levemente alzado y la mirada baja, Evangelline lo sometió a su solo escrutinio, desafiante, pero segura de igual modo de su propia integridad. No estaba bien provocar a un animal enjaulado, pero aquél gesto era una manera de ayudarlo a confiar un poco más en ella, poco a poco. Haber dicho aquello no le hacía ninguna gracia, pero por algo se empezaba. Había tomado la decisión de anteponer su propia conveniencia en aquel encuentro, sola. Pero ¿por qué? ¿No es esto una falla en su comportamiento? ¿Una incongruencia? ¿Una ridiculez?

No. Evangelline tenía una idea, arriesgada y pseudo-imposible, pero una idea al fin, y no le hacía daño a nadie intentar cerrar un capítulo dañino en su corta vida. Por lo menos, lo antes posible. Su corazón no aguantaría más años de traqueteo emocional.

El susodicho, de forma poco oportuna, latía dispar aún en ese entonces. Suscitado por la cercanía ajena, quizás. No tenía forma de saberlo. Rodeó el cuello de Caffrey con las manos con un cauteloso movimiento, y dejó caer el armazón sólido al suelo con un brutal repiqueteo grave. Enseguida, y acostumbrada ya al aroma masculino y al —tenía que admitir— buen gusto para con las malogradas telas que lo envolvían, bajó de la silla de un salto y lo flanqueó para dejarla allí tras él, rozándole la cara interna de las pantorrillas con el borde metálico del asiento. Había roto todo contacto visual de repente, salvada por la impenetrable máscara que llevaba puesta, bastante satisfecha consigo misma por un mínimo logro personal.

De vuelta a la mesa, contra la que había vuelto a recostarse como antaño, presionó uno de los botones con la diestra, y los ganchos que mantenían suspendido aún a Neal Caffrey, se retrayeron en el cielorraso. El cuerpo del varón, retornando a los tiernos brazos de la gravedad, caería sentado en la silla que ella había dejado para él deliberadamente, incapaz todavía de moverse de su lugar.

—Matas —aseveró, pecando de decir obviedades —¿A quiénes? ¿Por qué?

Cada atadura restante representaba una pregunta. Cada pregunta respondida convincentemente equivalía a estar un paso más cerca de aquella puerta de salida. Y ella, personalmente, tendría que ir desatándole conforme sus inquietudes fuesen debidamente aplacadas.
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Jue Jul 31, 2014 9:13 pm

La nariz rozó tierna y fría el pecho, describió un trazo sutil, delicado. Penetró el corazón descompuesto con la brutalidad de una puñalada y clavó las uñas afiladas en torno a la boca del estómago. La mujer no tenía modo de saber la tamaña estupidez que arremetían sus dedos desnudos al descuido, como cada caricia fugaz sobre la piel muerta evocaba bajo la superficie acorazada una oleada de anhelo tortuoso y voraz. A centímetros del famélico depredador se ponderaba el más exquisito manjar, inundaba sus sentidos crispados con un aroma dulzón, apetecible y perecedero. El inconfundible perfume que envuelve como un velo todo lo prescindible y mortal. Locura malsana. Febril y emponzoñado deseo de convertir en tangible el deseo, de sentir el hueso al desquebrajarse entre sus dedos de pianista, enceguecer la vista de rojo brutal al arrancar de la fémina aquel engañoso manto de piel, deleitarse con cada gota de dulce néctar vital corriendo rauda por su garganta reseca. Kate, “Eva”, Neal, Nathaniel, en aquel instante no existían nombres para ellos. Ella era tan sólo la cúspide del placer. No, ni siquiera eso. La mujer no era más que un medio para un fin, un puente, una brecha entre el vampiro y el objeto de sus deseos, latiendo bajo su pulso. Su pulso irregular y marchito, la voz nerviosa, el corazón agitado, el aroma del sudor frío perlando la frente despejada.

No.

Nathaniel abrió los ojos que la presión y el desenfreno habían cerrado con furia.  Alzó la mirada lapislázuli para alcanzar la de su captora. Y la vio. La vio por vez primera, al tiempo que ella también lo miraba. Quizá aún no lo veía, para estas cuestiones no existe en realidad medida o ciencia cierta. Caen por su peso, se precipitan y destrozan a los pies denotando su evidencia. Ella habló, y las palabras evocaron un deseo distinto en los tensionados músculos del varón. Estrujaron sus venas con la simple añoranza de un beso. Consumir. Ser consumido. Contemplar un abismo sin fondo de incertidumbres y miserias y aún así estar dispuesto a saltar. Así se adentraba Nathaniel en los abismos de su propia corrosiva obsesión, se tragaba el veneno de la cólera que bullía en sus ojos claros, y le permitía a “Eva” vivir un minuto más. Supo la importancia que recaía sobre aquel diminuto acto de contención al instante, pero se sabía capaz de negarla por las siguientes décadas de vida. Y odiarla. Porque efectivamente, en aquellos instantes la despreciaba.

No podía dejar de notar su maldita existencia, ser atrozmente consciente de su voz, su accionar, sus palabras. Aspiró y cada diminuta partícula de perfume emigró con prestación de la ropa, la piel y el cabello ajeno y penetró sus narinas, inundando pulmones arrugados como pasas de uva.  No había nada de intencional en el modo en que aquellos dedos femeninos habían acariciado al descuido la piel muerta. Nada premeditado ni buscado en ello. Pero tampoco importaba. Nathaniel Hellrune había pasado el punto sin retorno.

No existe la paz para los condenados.

“Matas.”

Oh, allí estaba otra vez. La familiaridad de una amena y tímida palabra, una dulcificación tonta al término correcto.
— Dios “mata” —comentó la ajada voz del vampiro, ronca de ansiedad, acomodado en la silla en una posición por mucho más tensa que la que había tenido minutos antes, colgado cual cuadro de la crucifixión del santísimo techo. ¿Honestamente? Le era un verdadero misterio cómo había llegado allí. — Yo asesino.

La realidad, cruda y suculenta comenzaba a develarse ante ellos, desnuda bajo mantos de apariencias, conveniencia  y negación que comenzaban a caer al piso como las hojas en otoño.

— Aun así, el resultado es el mismo. Si dios no discrimina ¿por qué debería yo de hacer alguna diferencia?—Las pupilas de Nathan estaban dilatadas hasta dejar oscuros sus ojos del color de la bóveda celeste, por su mentón caía una gota de sangre atrevida, un daño que se habría autoinfringido en el estado de cólera contenida. — Sigo una línea de culpabilidad muy subjetiva al dictaminar quienes serán mis víctimas, señorita Moreau. Fui capturado y traído hasta este agujero en servicio exclusivo hacia mi persona. No me excuso tras ninguna causa, no hay necesidad.

No le agradaba la idea misma de tener que repetirse, sin embargo quizá una vez más de lo mismo acabaría por convencer a la dama de acero de que era exactamente el tipo de monstruo sin escrúpulos que afirmaba ser. Por las manos de Lord Hellrune escurría más sangre de la que era capaz de contabilizar y ni siquiera había dicho toda la verdad, sólo una parcialidad de lo que ese complejo de dios engendraba. Cada tanto tiempo elegía este o aquel patrón, en 1888 habían sido las prostitutas, cerca del año 2000 había protagonizado una verdadera carnicería de hombres de mediana edad.  Una sonrisa de sádico se dibujó en su cara ante un pensamiento divertido: quizás Kate Moreau hubiese preferido conocerlo en una de esas rachas. Así hubiese podido encasillarlo con más facilidad como este o aquel tipo de persona en su lista negra personal.

Una lástima, no podía darle el gusto.

— ¿Qué memoria de su captura es la que la acecha por las noches, señorita Moreau?

Su turno de hacer preguntas.
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Jue Jul 31, 2014 10:41 pm

Impertérrita e inmóvil, la mujer parecía una roca costera inmune a la marea, o una secuoya joven que echaba raíces bajo el escritorio. Por fuera, se limitó a pestañear repetidas veces por inercia, manteniendo olímpicamente toda la calma que llevaba largos minutos juntando. Por dentro, cierta parte de sí misma se retorció histérica en lo profundo de su pecho, desentendida totalmente del corazón marchito que comenzaba a desbocarse. Una mínima parte de sí misma se contoneaba siseante como un ofidio alborotado, oscilando en el cantar de la victoria y la más completa fascinación. Una rajadura en el impecable empapelado de su psique, una grieta impresentable que tendría que revocar a fuerza de compostura. Asesino, musitó internamente, y algo en ella se disparó como un mortero, ensartando las esquirlas en el antifaz que la ocultaba.

Eva abrió y cerró los puños a los lados, forzando la piel tibia contra el frío de la mesa en un desesperado intento por despertar. Una pregunta bien contestada, un atisbo ambiguo pero útil de aquél que la miraba con igual intensidad desde su lugar. Las cuestiones y el barullo estallaron poco después en su fuero interno.

Si lo suelto, me matará.
Poco importa, de todas formas.
¿No es eso precisamente lo que quiero?
¿Morir?
¿Pero quiero sufrir en el durante?
¿Estoy realmente dispuesta a dejar que la historia se repita?
¿Y si no lo hace?
¿Qué sucede entonces?
¿Seré capaz de traicionarme a mí misma?
Llevo un tiempo queriendo dejarlo todo atrás.
¿Qué tal si le disparo y todo se termina?
Yo quiero morir.
¿Cuánto más va a seguir con esto?
Cometí un error.
Llévenselo.

¡LLÉVENSELO!


Y el eco de su propia voz en el café la aturdió por dentro. Las entrañas le vibraron, las yemas de los dedos pálidos se pegaron al metal, helados. Ningún error había sido cometido. La historia no se repetiría. La muerte no iba a llevársela esa tarde: sobre todo porque la tenía frente a ella, atada de pies y manos, observándola con los ojos más negros que azules. La carne trémula y el cuchillo, juntos, cerca, en la misma habitación.

Un agradable escalofrío le delineó la médula, haciéndole arquear el pecho en respuesta. No pensaba dudar un momento más. Y mucho menos perder el tiempo. Toda ella se sumió en la más exasperante de las calmas, recuperándose a sí misma de la vorágine que, por un momento, había amenazado con engullirla. El pasado, y todo lo que venía con él. Las voces, los rostros, los aromas, los colores, los sonidos. Su metodismo la había salvado, pero a medida que los meses pasaban, no podía evitar caer en medio de la fuga y ser devorada por sus propios fantasmas. El pánico de revivirlo todo aunque fuere una vez más, la desarmaba y separaba en la menor medida espacial posible, la destruía, y volvía a ensamblarla con un poco menos de humanidad. Una humanidad que, aún a la distancia, escondido en quién sabe qué madriguera inmunda, aquél desgraciado seguía arrebatándole.

—Pero no me matarás hoy, aún sabiendo lo que te hicieron —comenzó, con una voz queda, monótona y distante, como si su propia voz proviniera de las paredes, del techo, del suelo, de la propia piel ajena— ...lo que estoy haciéndote ahora. Esta pantomima no es nada comparada con la forma que tendrías de hacerme hablar, de estar en mis zapatos ahora mismo —. Ni aún queriéndolo podría haber sido capaz de imaginarlo. De imaginar ese cómo, un cuándo, un dónde, sin importar un por qué. Sus palabras existían en el aire sólo para ella, no para él, a quien podían resultarle ridículamente evidentes. Eva repasaba mentalmente, se auto-convencía, como si comenzase a jugar en el bando contrario con tal de llevar a cabo el sabotaje. Firmaría su propia condena, de ser necesario. Pero debía saber más que eso. Tan sólo un poco más.

Y su turno llegó. Amargo como el anterior.

—Su rostro.

Ojos rasgados, piel parda, curtida por el sol, el polvo y la aridez. Negro azabache. Melena negro azabache, salpicada en algún que otro sitio por canas tempranas, probablemente surgidas del estrés, de la furia sin destinatario, del miedo. Boca fina, de sonrisa repugnante por las curvas inhumanas que esboza con sorna, mejillas hundidas que resaltan cuando fuma, que se hinchan cuando exhala. Te odio. Yo te odio.

—Jamás voy a olvidarme de su rostro.

Ni el cañón hirviendo del arma sobre la piel. Ni el hedor a orina, sangre y suciedad. Ni el polvo estancado en los pulmones. Ni los insultos. Ni los destratos. Ni la muerte de la Evangelline que supo ser y que dejó atrás, desangrada y maltratada sobre el suelo de hormigón. Sus fantasmas tenían rostro. El mismo. Cada vez. Y la misma voz.

—Asesinas —se corrigió, arrastrando las palabras mientras el recuerdo se desvanecía del interior de sus párpados— ¿El disfrute ha llegado, alguna vez, a ser mayor si la víctima lo merecía?

Los ojos azules de la fémina escurrieron desde el rostro varonil, pasaron por sus manos atadas y terminaron el recorrido en uno de sus pies, justo antes de que el primer round del interrogatorio terminase. Una atadura menos.
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Vie Ago 01, 2014 12:30 pm

Al otro lado de la sala, un par de dilatados ojos azules congelaba el oxígeno. Convertía por su sola existencia apelmazada y tensa en la silla de metal el aire en un vaho denso y frío, dificultando el respirar.  Se extendía a su alrededor una circunferencia de más de un metro de radio, impenetrable si se deseaba conservar sobre los hombros la cabeza. Y aquello era tan solo el inicio, el atisbo de lo que una promesa atolondrada de libertad obraba bajo la carne, de las ideas perturbadoramente gráficas y lúcidas que implantaba en su cabeza.

—¿Me habla a mi, señorita Moreau? — se alzó la voz de Lord Hellrune, una gota de cálido fluido vital precepitábase de su mentón al piso. El cabello, negro como las alas de un cuervo, le rozaba la frente— Tengo la ligera impresión de que el destinatario de ese autoconvencimiento barato le devolverá la mirada en el espejo.

¿Qué si él estuviese en sus zapatos? Sí fuese ella la prisionera y él el captor y la redujese a nada más que un ente objeto de sus caprichos. Un contenedor de respuestas. ¿Mostraría acaso una crueldad superior? ¿La degeneraría hasta convertirla en un trapo, suplicante y asqueroso? ¿Escupiría en todo aquello que había considerado bello e indómito, demacrándolo antes de arrancarle la vida? ¿Necesitaba de aquello, de destrozarla para afianzar su dominancia? ¡Qué increíblemente simplista! ¡Qué estúpida e infantil perspectiva!  Ella, que gustaba tanto de preguntar los inservibles “Por qué” fallaba estrepitosamente en dilucidar la ausencia de uno.  En dar sentido a toda aquella ridícula pantomima del captor y el cautivo, si al final se ponía a la altura de un trozo de carne. No bastaba con ajar la voluntad, reducirla al nivel de un puerco en una carneada, chillón e histérico. No servía si antes no acariciaban sus sentidos femeninos las acciones del poema que componía segundo a segundo para ella, le melodía macabra marcaba al son de la que danzaba aún sin darse cuenta.  El rítmo era aquel del corazón desbocado, marchito, impaciente. Nerviosismo y sudor frío bajo la máscara de frío y calculador control, inconsciente de que la porcelana de la que estaba moldeada se caía a pedazos. Las notas le pertenecían, reconocía tras la conciencia de Kate Moreau la existencia de una puerta.  Antes de matarla, la abriría para ella. Entonces aquel rostro viejo mutaría, las facciones grabadas a fuego se verían alteradas y sería él mismo quien su sueño acechara. Doscientos años de existencia habían obrado lo suyo, refinando el paladar, evolucionando su sentido del gusto. Lo grotesco, lo violento, lo elegante, lo delicado. El platillo se preparaba a fuego lento, sus aromas exóticos inundaban la sala y él sonreía.

— Todos merecen morir. —comentó, ladeando la cabeza como una lechuza mientras realizaba un perturbador y tortuosamente lento movimiento de talón— Ser asesinados… esa es otra cuestión.  ¿Fantasea usted con él a menudo? ¿Imagina  mirar en sus ojos mientras se desvanece de ellos la vida, saber que ha aniquilado no sólo la persona que era, sino la que sería… escucharlo gritar y suplicar por la misericordia que no llegará? ¿O se conformaría con que le llegue algún día la noticia de que alguien le ha ganado de mano y que ese demonio que la acecha ya no existe sobre la faz de la tierra?

La voz sonaba atrozmente calma, susurrante y cargada de morboso placer tras el acento británico. El alfil pintaba un retrato a vivos colores para la dama de acero, se aventuraba a las suposiciones. Indagaba gustoso los confines del territorio hostil y trataba inútilmente de mantener lejana una sonrisa sádico comediante. Se hablaba a sí mismo, a un “yo” casi doscientos años más joven, víctima de violencia indiscriminada por parte de su progenitor. El lienzo sobre el que pintaba su inmortalidad era el de la espalda, lacerada y escarvada por el acero, el calor y otros tantos divertidos compañeros de juegos.  No olvidaba de dónde venía, porque ciertas marcas no desaparecían jamás, aún y si el tiempo las cicatrizaba.  

— Qué  impertinente de mi parte. Mi respuesta oficial es “Sí, definitivamente”.— añadió, tamborileando con los dedos las notas de “Para Elisa” — Dos palabras, retribuyéndole la cortesía.  
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Evangelline G. Haider el Dom Ago 24, 2014 10:01 pm

En un teatro abandonado, en el escenario, había una pecera vertical del tamaño de un humano, de esas que usaban los magos en los actos de escapismo. De vidrio pulido y nuevo, dejaba entrever la masa homogénea y gris que adoptaba su forma desde dentro, inmóvil y asentada como un precipitado. Hormigón líquido, inalterable. De las profundidades del recipiente lleno hasta el tope se extendía una sola cuerda, que ascendía hasta el distante techo abovedado del teatro, perdida en las sombras de la altura. Las tablas de la tarima estaban podridas, desvencijadas como si llevasen años guardando el secreto del inquilino no deseado, el elemento extraño que permanecía fijo y desubicado en medio de todo. Las butacas rotas y sucias, impregnadas con un tufo ácido como a carne descompuesta, se alzaban a duras penas en torno al escenario siempre en penumbras, expectantes e inservibles.

En cuanto la voz masculina le llegó a Evangelline desde el otro extremo de la estancia, la cuerda, en otro espacio, en otro tiempo, comenzó a subir.

Un par de pies atados y desnudos, completamente limpios como si fuesen impermeables, asomaron entre el mejunje de rugosas texturas y aroma penetrante.

La polea se detuvo segundos después; la cuerda se tensó.

—Me considero un ser de poca o nula creatividad, pero no carezco de inventiva —susurró Evangelline. Y se hizo el silencio.

Lo cierto es que dilucidaba internamente, tomándose su tiempo, las mil y una cosas que era capaz de decir a modo de réplica. Imágenes colmaban sus retinas, recuerdos se agolpaban en su mente como una multitud en torno a una salida de emergencia. No estaba desbordada, sino sumamente concentrada en lograr organizarse. Hizo a un lado los peores momentos que tenía de la guerra, los gritos, los disparos, la tortura, y pensó con insistencia en una solución. Una solución que estaba implícita en ese cuarto, esperando ser transmutada en palabras y más tarde en acciones. Sólo estaba ahí, latente como una bacteria.

Cuando Eva habló, pareció vomitar las oraciones. No filtraba, sólo pensaba y hablaba a la vez, imprimiendo en el aire notas de sufrimiento y la más cándida añoranza.
Porque añoraba hacer pedazos al dueño de sus cicatrices.
Pero no permaneció quieta en su lugar como una grotesca muñeca pálida, sino que se secundó a sí misma en la decisión que ya había tomado hacía mucho tiempo, y volvió sobre sus pasos en dirección a Caffrey.
Era la primera persona en años que sentía retirarse del mundo en el que vivía, abstraerse a sí mismo del sistema, anularse y desaparecer. Eva sintió curiosidad, sintió la necesidad de aturdirlo con sus preguntas como una niña pequeña, de, incluso, conocerlo. Pero no podía explicar por qué, ni cuánto tiempo llevaba queriendo traicionarse así.
Ignorando el metodismo, hizo caso a lo que ella quería.

La cuerda ascendió con un traqueteo, arrastrando y develando con lentitud las piernas lívidas de quien llevaba tiempo sumergido en la pecera, ahogado, tal vez, por el hormigón siempre fresco.

—Imagino que sabes lo que es una reconstrucción de los hechos —musitó, escrutándolo con la mirada sin mucha severidad— Pues quiero reproducir con clínica precisión todo el daño que me ha hecho.

Y en dos frases, en dos meras frases hallábase descrito el deseo de una mujer rota.

El ascenso continuó; los muslos lucían anchos como las caderas que siguieron, y el sexo descubierto confirmó la esencia de un ser delicado que con suma crueldad habían conservado allí, oculto a los ojos del mundo como un animal exótico. El ruido del mecanismo se cortó, y la mitad del cuerpo femenino contribuyó a la perturbadora escena que tenía lugar allí.

Eva oyó la respuesta a la penúltima pregunta, estrechando los ojos ligeramente. Y le gustó. La forma en que lo dijo caló hondo en ella, a pesar del claro sarcasmo que sabía reconocer pero no imitar. Y en respuesta surgió un susurro quedo, amortiguado, que hizo eco en cada recóndito lugar de su cuerpo, como si hubiesen sido sus células murmurando desde dentro. Un susurro que ninguno de los dos oyó, pero que estaba sonando en algún sitio, cada vez más fuerte, amenazando con repetirse por siempre como un lamento. Surgió un impulso, poco después, que creció como una bola de nieve cayendo por una ladera empinada. El susurro que devenía en grito, y el impulso, eran uno.
Pero Eva no lo sabía.

Quería deshacerse de sus demonios, quería dejar de actuar en función a otros al menos por un día y contraatacar. Quería encontrar al hacedor de todas sus penurias y malos sueños, al que la había matado. Porque a eso no se le llamaba vivir.

Quiero mi vida de vuelta.
Y el mundo se detuvo.

El rechinar de las poleas retomó su nefasta sinfonía, mientras la cuerda áspera reclamaba el peso muerto de un péndulo humano. La cintura, la forma apenas notoria de las costillas en el pecho, los senos redondeados, el esternón, las clavículas, los brazos y las manos atadas detrás de la espalda tersa. Todo de un tirón apareció a merced del aire nauseabundo del teatro, y se sucedió un cambio. Un cambio pequeño pero importante, imperceptible a simple vista.
Ese cuerpo comenzó a respirar, o al menos se esmeraba en el intento por hacerlo. Pero también sonaba. El abdomen se inflaba a la par del pecho, y al exhalar se oía un sonido grave, como el eco de una voz en lo profundo del océano.

Pero la cuerda siguió tirando.
El cuello blanco parecía de un ave, frágil y delgado. Enseguida apareció el mentón, el labio inferior, el labio superior con su forma de gaviota al vuelo, la nariz, el puente liso y cincelado con buen gusto, los párpados bajos de largas pestañas, las cejas y la frente. Y por último, el largo cabello castaño oscuro se deslindaba del frío contacto con el hormigón, flotando entonces con la liviandad de una pluma. A las hebras suaves las mecía la misma brisa que pululaba en los alrededores, entrando por las ventanas destartaladas de marcos endebles y vidrios quebrados. La brisa no silbaba, aullaba.

Ayúdame.
Y la mujer abrió los ojos.

Eva hizo suyo ese eco, ese susurro, ese grito jamás oído. Se aferró a él como un náufrago a su tabla, y se dejó llevar.
Ya no tenía nada que perder.

—Ayúdame a encontrarlo —sentenció, observando con ojos límpidos a Neal Caffrey. No era una pregunta, no era una súplica. Sólo era una invitación indebida que podía ser declinada cuando se le viniera en gana, pero estaba allí. Esa, desde el principio, era la solución, las palabras sin decir que surcaban el espacio entre ellos como buitres. O cuervos.

Y lo que la mujer del teatro jamás sabría, era que quien accionaba el mecanismo, quien hacía que la cuerda se moviese, era el dueño de su muerte.
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Nathaniel A. Hellrune el Mar Sep 02, 2014 2:18 pm

“Hay algo terriblemente cautivador en el ejercicio de la influencia. Ninguna otra actividad puede comparársele. Proyectar el alma propia en una forma refinada, y dejarla recrearse allí por un momento; oír volver como un eco los puntos de vista propios, enriquecidos por toda la música de la pasión de la juventud; trasladar su propio temperamento a otro como si se tratase de un líquido sutil o un perfume extraño; eso sí que es fuente de alegría verdadera…quizá la alegría más satisfactoria que nos queda en una época tan limitada y vulgar como la nuestra, una época groseramente carnal en sus placeres, y groseramente vulgar en sus ambiciones.”

Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray


Cuando las comisuras de los labios se alzaron todo el semblante del hombre se alteró. Atrás habían quedado las sonrisas galantes, la vanidad densa como la miel y las miradas rebosantes de aburrimiento. La luz no alcanzaba la pupila de los ojos de acero, ni la indulgencia tintaba con sus matices de gris los rasgos del rostro cincelado. La mueca, tan siniestra como las profundidades del mar que el sol jamás alcanza, destilaba sadismo y un humor del que no era partícipe nadie más en aquella pequeña sala. Nathaniel Hellrune, sujeto aún de manos y cuello como una escultura grotescamente encantadora, se regodeaba en la oda que aquella voz de soprano con tanta gracia le dedicaba, jugueteando con las palabras en la lengua y disolviéndolas en saliva. “Ayúdame a encontrarlo” Había pronunciado sin vacilación la mujer del corazón ajado. Ningún tinte de piedad maquillando la voz, ningún lugar para preocupaciones secundarias o dudas. Ni siquiera el más mínimo resquicio de humildad o recelo prudente al alzar a él el pedido que se asumía de antemano que aceptaría. Para no faltar a la verdad, tampoco hubiera marcado diferencia alguna. Los vocablos acariciaron los oídos del ególatra en la tonada de una súplica. “Te necesito” Escuchó. Y él, tan arisco a la burocracia y las justificaciones a la hora de arrebatar un último halito vital, se mostró dispuesto a la empresa sin hacerse de rogar.

— May you find what you are looking for.— articuló tras un par de segundos la ronca voz del cautivo. Todo el cuerpo permanecía tan inmóvil como una escultura Clásica, perdiendo cualquier atisbo de aquella incómoda humanidad, tan bien representada. Brillaban como faros los orbes del color del zafiro y la sangre de la herida interior del labio aún caía a gotas por la barbilla.

De haber sido cauta, la mujer hubiera sabido en aquel mismo instante que debía correr por su vida, alejarse tanto como se lo permitieran las piernas de aquella abominación de la naturaleza y gritar al cielo por misericordia. El aliento hirviente del depredador le acariciaba ya los cabellos de la nuca y sus alas negras se alzaban imponentes, reduciéndola  en su sombra. La máscara, el traje de persona tan falsamente humano se hacía añicos en el suelo, sin nadie que derramara por su pérdida ni siquiera un par de lágrimas saladas. Y allí aún permanecía ella. Imbécil. Incauta. Cortejando tan sólo la punta de un iceberg de monstruosidad de la peor calaña. Perversidad elegida a consciencia, de ojos abiertos y mente despierta.

— “Degeneramos en espantosas marionetas, obsesionados por el recuerdo de pasiones ante las que tuvimos demasiado miedo, y ante las exquisitas tentaciones a las que no tuvimos el coraje de acceder”—Citó, retomando mínimamente la actitud de caballero inglés que por mera costumbre vestía, con tanta ligereza de gesto como si se limitase a acomodarse el nudo de la corbata. — He invertido en usted, señorita Moreau.  Y tengo por costumbre proteger y madurar mis inversiones. Preferiría recoger , cuando así lo decida, algo más espléndido y excepcional que una mujer abatida por la impotencia.

Oh, qué diversión espesa y oscura sustraía el inmortal de la dama de hierro. Su mortalidad, sus infantiles prisas, inclusive la impertinencia que derrochaba, refulgían ante sus ojos con la intensidad del incendio que había iniciado con tan sólo una chispa. ¿Cómo la veía? No más que una flor bonita, para cultivar hasta su punto de mayor esplendor y luego sin miramientos colocar en el ojal de la chaqueta. Una decoración que halagase su vanidad, un adorno para un día de verano. Un trofeo. Una muñeca de cuerda cuyo impacto en el mundo resultaría impredecible a penas la soltara.

— Tan sólo necesitaré un nombre. —sentenció, saboreando el idioma con el característico acento de los ingleses— Y si es tan amable, hágame el favor de indicarme la hora. Diría que son las seis y media, y si no, que lo serán en cinco minutos.


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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Miér Oct 28, 2015 8:34 am

Inquisidora H. Blackthorn
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Re: I'm not a wandering slave, I am a woman of choice [Nathaniel][NR]

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