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Tuol Sleng // Ariel Radvány & Nerea Radvány

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Tuol Sleng // Ariel Radvány & Nerea Radvány

Mensaje por Nerea Radvány el Lun Ene 06, 2014 6:15 am

Tuol Sleng (S-21)
13 de Marzo de 1978

Su garganta era un fuelle de sangre espesa y caliente; sangre que surcaba por los desdeñosos pliegues de su piel y servía como una angustiosa cortina para tapar las laceraciones hechas con hierro y los otros cortes infringidos en su estomago por la gracia de una navaja. Poco a poco los ópalos amarillos de sus ojos se iban lavando, perdiendo color, despidiendo el brillo  y permitiendo que de ambos parpados superiores se desplegara un finísimo albornoz ensombrecido.

“Aquí me voy a morir. Sola, sucia y sin luz”

Pensaba, en tanto la mano pequeña se cerraba con una dolorosa y mecánica dificultad alrededor de los dedos tiesos de Chantrea. Volteo hacía el cadáver apenas mayor y lo contemplo; tanto su integridad física, como espiritual, habían sido brutalmente violadas. El brazo izquierdo no estaba, daba la sensación de que se lo habían arrancado de cuajo; como quien desprende de un tirón certero la rama de un árbol. En ambas piernas no había nada de la rodilla para abajo. La piel que, se supone, debería proteger los órganos internos del vientre simplemente no estaba y toda la carne que le pertenecía a ese sector se veía negra… parecía haber sido quemada y revuelta con un palo en el proceso.

Por primera vez en su vida, Nerea sintió la imperiosa necesidad de detener ahí a su línea de pensamiento; de guardar un genuino respeto por la difunta y ponerle un límite a esa caprichosa morbosidad que asumía por legítima compañera.

Elevo con una preciosa parsimonia la barbilla, contemplando el vergonzoso conjunto de partes inmoladas puertas adentro en el pabellón S-21,  hasta que sus ojos se toparon con los fanales ausentes de la otra. Era curioso que siguieran tan hermosos y despiertos como la primera vez que los vio. Es cierto, ya no eran dos monedas negras, apenas se percibían como una membrana envejecida y gris;  pero el color no les impedía advertirse saludablemente serenos. La disposición de sus parpados, la comisura elevada e inmortalizada por el rigor mortis de sus labios, esas cejas espesas sutilmente arqueadas; todo concedía la sensación de que, antes de morir, un ángel le había abierto de par en par las puertas a su cielo y le estiraba la mano para que ella empezara a ascender hacía él. Era de ese tipo de alegría que podía volver, en la inmediatez del desconsuelo, al más metódico ateo en la más ortodoxa fe.

Y, sin embargo, Nerea no supo dejar de impresionarse por los hematomas que se expandían en esas mejillas pálidas, antes aceitunadas, como flores negras; con sus pétalos caldosos y asimétricos.    

“Si en la piedad de su miedo, dure dos años… lo que habrá tenido que vivir ella para estar ahora, aquí, y no haber sido apaliada como parte de los primeros cadáveres que de seguro están consumidos en el piso de este panteón…”

Un espasmo doloroso e involuntario la obligo a mirar hacia el cielo; su  cuello parecía una segunda boca que jadeaba por el oxigeno y el dióxido que se le escapaba. Cada tajo bruto propiciado por los soldados, cegados e histéricos de miedo, habían convertido a su cuerpo en una maquina frágil de procesos interrumpidos, y en algunos casos, propiamente descontinuados. Esa barriguita plana y desnuda se le inflaba y desinflaba de un modo cada vez menos notorio. Mermaba los ritmos como si su alma, si es que las Náyades tienen una, se elevara poco a poco; cortando los hilos dorados que la mantenían fija a su cuerpo. Lo más espantoso de todo era que no solo ella estaba en ese agónico y lento proceso de abandonar la vida, en donde cada segundo se convierte en una espantosa eternidad, sino que también lo hacían algunos niños más pequeños, unos pocos adultos que se aferraban al deseo de morir con las uñas y algún que otro soldado considerado traidor.  Nerea habría contado un total de diez jadeos distintos, todos esperando a la muerte como quien  hace la fila para entrar a un almacén.

Coloco su mano libre, la que no sostenía vanamente los deditos congelados de Chantrea, en su propio vientre. Quizás el peor padecimiento, en el conjunto de agonías y estertores, no eran las incisiones, las laceraciones o siquiera ese tajo de lado a lado en el cuello que le estaba ventilando la vida. Lo más doloroso eran los arañazos que sentía bajo la piel,  forma de protesta que ella acreditaba a los espíritus de los niños que se había devorado y ahora se sentían traicionados por su disposición a la defunción. Clavaban esas uñas, que en vida habían sido cortísimas, y parecían retirarle poco a poco la carne desde a dentro, con el afán de llegar a su primera capa de piel, para empezar a destrozársela y salir a la intemperie por sus propios medios.

Estaba bien, a ella le parecía correcto; después de todo “¿Cuántas madres habían fallecido a dar a luz y sus hijos haber nacido y cumplido toda una vida?”

Simplemente los dejo continuar.

Miró en dirección al cielo y contemplo las paredes de esa fosa con una lánguida satisfacción familiar; parecían las paredes de su pozo, mucho más anchas y largas, pero las paredes de su hogar en fin. De su único hogar. Se le ocurrió evocar como sensación concluyente ese deseo que sintió por muchos años de que la viniesen a buscar. De que alguien asomara su cabeza curiosa y le sonriera con ternura. Que la invitara a caminar, a correr, que la hiciera sentirse parte de algo, aunque se tratase de un vínculo tan efímero y frágil como el que podía hilvanar un corazón humano harto del sufrimiento.

Ahora también esperaba.

Esperaba a la muerte y ésta, por suerte y de un modo sorprendente, aunque tarde, se estaba haciendo presente por el perfil que la enfrentaba; mirándola de frente. Nerea, como si fuese un axioma tácito e irrefutable en este tipo de encuentros, se sintió presa de una increíble tranquilidad. El espectro final del deceso había llegado a tiempo, en el segundo exacto que sus fanales tomaban la difícil decisión de enceguecerse y volver más imprecisos los contornos.

La Náyade dedico su última mirada a esos ojos negros, que parecían desnudarle el dolor y quitarle el peso de la culpa como si se tratase de un pesado abrigo en un día de calor.

“Un cuervo…”

Pensó.

“Es un cuervo que me abrirá de par en par las entrañas y se llevara nuestras almas muy lejos de todo este dolor”
Nerea Radvány
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Re: Tuol Sleng // Ariel Radvány & Nerea Radvány

Mensaje por Ariel Radvány el Lun Ene 06, 2014 10:32 am

Sus pasos lo había alejado hace mucho tiempo de su tierra natal, ahora recordada como un espejismo lejano que no producía en él el más mínimo placer en lo absoluto. Solo un lugar más, solo un pedazo de tierra por el cual vagar, como ahora mismo estaba haciendo en ese nuevo pedazo de tierra. Había escuchado de aquella destrucción que había asolado el paraje aquel, lo había escuchado entre los murmullos de la gente asustada, entre los soldados que hablan en bares, entre la población indignada y temblorosa, se olía en el aire como el musgo en los bosques.

Sus manos pequeñas no hacían mas que mover sus dedos respectivo sobre la tapa dura de un libro viejo, de esos libros que ya tienen hojas amarillas, que su aroma se asemeja al polvo mezclado con humedad, esos libros que se despedazarían con el roce brusco de una mano no acostumbrada a deleitarse en sus hojas. Ariel miraba su entorno con las manos sobre aquel objeto preciado. No era un libro valioso para él, su contenido quizás no abarcaba todo el gusto del aparente menor, pero todo libro era apreciado por él y contemplado hasta el detalle mas minucioso.

Elevó su rostro, nariz olfateando el ambiente, un olor a muerte se avecinaba cerca de él y no tenias que tener un sentido del olfato extraordinario para sentirlo, bastaba simplemente prestar atención y el cuerpo de niño se movió en dirección al aroma de perdición. No tuvo que caminar mucho para encontrarlo y menos tardó en ver la fosa. La curiosidad lo invadía. No temió en ningún momento encontrarse con el o los responsables de dicha fosa, porque lo tenía todo controlado.

Caminó derecho, la espalda erguida, la frente en alto, y recién al estar en el borde de aquella sanja rectangular, profunda y larga, se dignó a ver hacia su interior. Muchos cuerpos yacían ahí, tirados, sus cuerpos esperando que sus almas dejaran la vida que llevaban en la tierra. Ladeo el rostro en curiosidad, la mayoría de aquellos cuerpos eran de niños, algunos más pequeños de cuerpo que él mismo y otros más grandes, pero sus rasgos eran de infante, un infante real.

Descubrió interés en el brillo de los ojos muertos, en el aroma que exudaban, siendo reclamados por la propia muerte. Bajó al pozo, lentamente, con cuidado. Caminó entre los cadáveres, algunos ya estaban tiesos, fríos, otros estaban esperando llegar a ese momento. Uno en particular ladeó levemente su rosto hacía él, esperanzado, y él sonrió y se arrodilló a su lado. Colocó ambas manitos en el cuello de la criatura, un pequeño niño que parecía resistirse a dormir eternamente, pero cuyas piernas no estaban siquiera con él y un charco de sangre se estaba secando a su lado. Apretó su cuello, los ojos del menor se desorbitaron y la vida abandonó su cuerpo más rápido.

-Considera... que se ha tenido piedad de ti, por el propio Ángel de la Muerte-

Susurró, a modo de oración, mas no tenía sentido religioso alguno su rezo. Y así como la vida dejó al menor, él se enderezó, buscando carne fresca, más fresca, y no tan contaminada como la de los pequeños y algunos adultos de ese pozo. ¿Quién lo habría hecho? ¿Quien habría cavado la zanja, tirado estos cuerpos mutilados y dejarlos a su suerte? No importaba, ninguno era merecedor de satisfacer ni su hambre ni sus deseos de conocimiento. Y contempló esos ojos carentes de vida, ese brillo que ya había visto antes, los muertos parecían siempre verse igual.

Se alejó del niño muerto y continuó su camino entre los diversos cadáveres pero no llegó ni a la mitad de la final para cuando notó que nada interesante saldría de allí, solo victimas de una muerte horrenda, pero él no estaba para identificar las muertes y estudiarlas desde principio a fin, por lo cual su aprendizaje de ello sería nulo. Y así trepó por el pozo otra vez, con sus rodillas y manos llenas de tierra y su carita algo sucia por el polvo.

Cuando se alejaba, escuchó una respiración, no hacía falta más que estar atento para escucharla, porque ese sonido era diferente a las demás respiraciones que salían de aquel pozo. Guardó su viejo y gastado libro dentro de su chaqueta oscura y gastada. Fue nuevamente hasta la punta más lejana de la zanja larga y se asomó por su orilla, allí contempló una imagen que, incluso con el tiempo jamás se borraría de su mente.

El cuerpo maltratado de aquella niña, marcas de hierros calientes sobre la dulce piel lampiña y gentil. Se veía como un pequeño ángel, con su rostro dulce inmaculado a pesar de las marcas y esos ojos brillantes... no era el brillo de muerte que el brujo acostumbraba a ver, no era el vidrioso color de la muerte; era la desesperanza en ella lo que lo cautivó. Como quien se resigna a morir. Su manito tomaba la mano de otra niña a su costado y se podía ver la otra mano sobre su vientre. Era una visión hermosa para el aparente niño.

-Vaya, vaya... Pero si es la imagen más bella que he visto-

Murmuró para sí. No acostumbrado a hablar demasiado, su voz salió algo ronca al principio pero sus ojos estaban clavados en la niña de cabellos castaños. Tenía ella un color hermoso de ojos y unos labios tersos y tiernos que el otro deseaba tocar. En ella contemplaba la misma desesperanza que una vez había albergado su corazón. Qué coincidencia tan bella, el hombre parecía registrar en su razón, puesto que el sufrimiento en carne y en mente estaban gravados en ella tanto como en él habían sido gravados antes.

Bajó la zanja cuidadosamente otra vez, caminó tres pasos y un tercio para llegar a ella, para luego arrodillarse. Su rodilla generaba un ángulo de 87 grados para soportar su peso mientas que la otra rodilla, que yacía contra el suelo, estaba firme en el barro. Extendió su mano al rostro de la pequeña y casi pudo sentir como la otra no era humana. Alejó su mano otra vez y sonrió, su labio elevado sutilmente hacia un costado.

Tomó la mano que la otra tenía firmemente unida al cadáver a su lado y las separó. Cerró los ojos del cadáver del infante, opacando la vista a esos pozos negros sin vida, y volteó el rostro de la niña castaña hacía él, era fácil manipular un cuerpo que no podía moverse mucho por sí mismo.

-Soy tu salvador... No morirás aquí, me deberás tu existencia-

Le explicó, con una voz gentil, suave. El borde de sus dientes afilados apenas podía verse por fuera de sus labios de infante. Sus ojos negros se clavaron en los de ella y luego la recorrieron con curiosidad sana, curiosidad de niño. Luego le pediría su nombre, ahora debía tratarla. Y usando su poder de manipular objetos, movió un pedazo de tierra sólida, que se desprendía de debajo de la niña, y la cargaba como si fuera una camilla. De los brujos no era el más fuerte, así que tuvo que usar magia para poder cargarla, su cuerpo sin desarrollo tampoco le ayudaba.

Aprovechó que su nueva acompañante no estaba en todo consiente para llevársela lejos, pensando en encontrar un refugio natural, como una cueva, para tratar sus heridas y desde ese día, desde ese momento, él la llevaría consigo en todos sus viajes, puesto que un reflejo de su pasado estaba en los ojos de esa criatura, y un extraño anhelo de tenerla cerca se había despertado, con ese sutil roce de miradas que habían compartido. Las figuras se perdieron, él llevándosela lejos de su supuesta tumba, aún no era hora de su muerte y él lo sabía ¿quién más que un cuervo como él podría saber mejor cuando la muerte esta sobre su presa? Nadie.
Ariel Radvány
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