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Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

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Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

Mensaje por Natasha Z. Trejžtiakova el Mar Mar 04, 2014 6:25 pm

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

"...Sintió por primera vez en dieciocho años de vida el peso de la dependencia recaer sobre sus hombros menudos. El alma de su hermana se desvanecía y recomponía entre sus dedos, como si consistiese a penas de arena, y fuese a desperdigarse si oprimía demasiado fuerte, presa de una brisa pasajera. A la vez abrumador y reconfortante, conocido y familiar. Creyó haberla sostenido entre sus brazos muchas veces, haberse aferrado a ella en completo silencio mientras sentía los espasmos regulares de la espalda al enterrar en su cuello infantil las lágrimas.

Prescindible. Ya no se sentía prescindible. Una novedad..."


La habitación era un sitio extraño e impersonal. Notaba que estaba habitado, pero de la naturaleza de sus ocupantes podía decirse poco y nada. Prolijo, práctico y extrañamente vacío, se reflejaba en sus orbes avellanados del mismo modo en que lo habían hecho decenas de piezas de Institutos anteriormente. Evocaban rechazo. Añoranza de una cama de mantas tejidas a mano, paredes empapeladas de girasoles, una pila de muñecos de felpa y una foto de Vincent, escondida tras la de sus padres en la mesita de luz. La simplicidad de los cazadores le recordaba constantemente lo mucho que desencajaba, lo poco que pegaban sus mañas de niña mimada en aquel ambiente frívolo y calculador. Estaba sola. Ankhïara se encontraba en aquellos momentos detrás de aquella otra puerta, dándose un baño que no sabía si sería corto o largo. Difícil hubiera sido también notar la diferencia entre uno y otro. El tiempo pasaba de forma extraña y pasmosa, convirtiendo segundos en años y lo que pudieron haber sido horas de silencio en un abrazo fraterno, desvanecerse en un aleteo de colibrí.
Ninguna lágrima había resbalado aquella noche por las mejillas de la menor de las serbias. Simplemente quizás, porque ya no le quedaban más para llorar. Quizás había desistido finalmente en su búsqueda de consuelo. Quizás ya no era su turno. Su pena se había sosegado hacía meses. Poco tenía que ver con la cruda realidad de su familia biológica y mucho con el descubrimiento de que lo que había creído cierto hasta entonces era una mentira. Quiso llorar a su madre, a su hermano, inclusive al padre que jamás le dedicó ni un mísero gesto afectivo o aprobatorio. Sin embargo, conforme esas gotas saladas resbalaban por su piel tersa e inmaculadas una conciencia atroz de la falsedad de aquellas la azotó sin piedad. No podía llorarlos con sinceridad, no a quienes habían sido, sino a las ideas y los vacíos flashes que acudían a su memoria agrietada, como recuerdos de un sueño de verano. Con toda la pena del alma, admitía que no podía lamentar la pérdida de quienes no conocía. Pero sí la lloraba a ella. Lloraba a la niña sepultada en la nieve, cuyas memorias aun no lograba desenterrar. Pensaba en ella a diario, en sus sueños, en sus pequeños anhelos, diversiones y esperanzas. Y recobraba un poco de ella de tanto en tanto.
Quiso buscar a Ankhïara pues era la única capaz de compartir esa pena con ella. La única otra que recordaba a la pequeña vestida de rojo, y extrañaba su risa despreocupada y su andar ligero.  Se trataba de un sentimiento peculiar, ese que inundaba su pecho al mirar atrás y recordarse pobremente, cuestionándose qué pensaría esa pequeñuela de diez años si pudiera verla ahora. ¿Estaría henchida de orgullo? ¿Enfurecida y molesta? Carecían de real importancia las expectativas de alguien que ya no era, sin embargo para Ava, que había dado la espalda a todo cuanto conocía para salir despavorida en busca de los restos de una familia perdida, esa niña era una realidad casi tangible. Más que nada porque deseaba entender. Deseaba entenderse y mitigar la eterna trifulca que tenía lugar entre las paredes de su pecho. Quería saber comprender por qué por tantos años se había despertado sudorosa y horrorizada, alertada por sus propios gritos, entender cómo siendo una cría que poco comprendía del mundo, se había descubierto a sí misma muchas veces descalza, con la vista fija en el espejo, susurrando como un cántico cruel “Eres una niña a la que nadie quiere” hasta que las lágrimas ahogaran sus palabras. No se comprendía a si misma. Nunca lo había hecho, quizá nunca lo haría. Pero quizás si. Quizás hoy, un poco más que ayer. Si no lo intentaba, jamás lo sabría.

Natasha se dio cuenta de que estaba mordiéndose las uñas y que las botas le estaban lastimando los pies, que tenía los ojos brillosos aunque no había estado llorando y que había destrozado a base de mordiscos la parte interior del labio. Resultaba patético. Tasha tenía una baja tolerancia a lo patético.
Sus dedos finos tiraron del cierre de las botas, removiéndolas sin mucho cuidado y dejándolas tiradas sin una pisca de decoro allá a donde cayeran. Las medias finitas no impedían que los pies estuviesen fríos, y en aquel momento eran un par de cubos de hielo. Sonrió. Se estaba preocupando porque sus piecitos no le dejaran conciliar el sueño cuando estaba claro que nada en esa noche sería capaz de hacerla dormir. Ni siquiera con ambas camas a su disposición. Ni siquiera aunque se hubiese dejado caer en la que pertenecía a su hermana.
El perfume de las sábanas la envolvió, y se agarró con mucha fuerza al abrigo que Ank había dejado sobre una silla, enredando en él sus manitas pequeñas y acariciando con la tela sus cálidas mejillas. Hecha un ovillo siempre se había visto más pequeña, ocupando menos de la mitad del espacio de una cama en un día bueno. Estaba acostumbrada a dormir así, como si esperase compañía y no desease incomodar a la visita. Antes incluso de Vincent, pues era una costumbre arraigada. Esperaba quietecita en su espacio de la cama, extrañaba el sonido de una voz familiar. El consuelo que nunca llegaba.
La puerta del baño se abrió, y con ella, Tasha entornó a penas los ojos, escapando de su mundo de sueños.
—  «No sé si pueda responder las preguntas difíciles...»— susurró en su lengua materna, ocultando la mitad del rostro en la almohada—«Pero quiero escuchar.»
Entonces estiró un poquito la mano, y acarició el espacio libre en el colchón y supo que estaba menos sola que aquella mañana, atreviéndose a pensar que quizá y sólo quizá, aquella hermana desconocida la querría algún día.
—« Por favor...»
Natasha Z. Trejžtiakova
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Re: Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Jue Mar 20, 2014 1:56 pm

So I will not ask you where you came from,
I would not ask and neither would you.

Eres...Ava. - Aquel nombre cariñoso se le antojó extraño en sus propios labios, haciendo como hacía tantos años que no lo pronunciaba en voz alta; tan sólo en pesadillas despertaba gritándolo con desesperación. Pero sueño o pesadilla, se había hecho realidad. Si era una pesadilla, poco le importaba. Había tomado la decisión de quedarse en ella eternamente. Si era un demonio, qué más daba. Lo que tenía delante, lo que estaba viviendo en esos fugaces instantes, era mejor que nada; aquella anodina ilusión traía más felicidad consigo que la propia realidad así que, ¿por qué resistirse a ella? De pronto ya no existen las nubes, ni las montañas. De pronto el aire caliente se te mete por la boca y sientes la sangre caliente. Te sientes como un diminuto globo suspendido en un mar de aire turbio y confuso, un globito ridículo que vuela por encima de la geografía extraña de la mañana en busca de un lugar para dormir en paz. El agua caía casi hirviendo, desafiando el límite de la fina piel de Ankhïara, mutándola de pálida a un preocupante tono rojizo. El vapor escapaba por cualquier resquicio a través de la cortina de la ducha, pretendiendo lamer las heridas de todo lo que encontraba a su paso para finalmente detenerse en las paredes y el espejo, difuminando cualquier reflejo que pudiera haberse adivinado en él. Al principio el agua había caído de color azafranado, arrastrando consigo los restos de sangre que había repartidos por el pequeño cuerpo de la cazadora, centrados principalmente en su rostro y en las manos. Poco a poco habían ido desapareciendo, la pulcritud ganando terreno a dos reencuentros: uno con un lobo y otro con una hermana perdida. Quién habría dicho que el segundo había sido mucho más difícil, mucho más hiriente; las secuelas mentales de aquella noche quemarían para siempre la mente de la serbia, mas las heridas del lobo sanarían y pasarían a formar parte de la colección de cicatrices que decoraba el cuerpo de Ïara. Los orbes dorados yacían mirando el infinito, la frente apoyada en la antaño fría pared, calentada por el agua incesante. Jamás sabría cuánto tiempo estuvo ahí; el agua no sólo tenía que limpiarla físicamente. Ninguna lágrima decoraba ya sus ojos. Ningún temblor acosaba sus labios. Sus brazos colgaban, firmes, a ambos lados de su cuerpo. Cuando salió, al fin, estaba limpia. Aunque sólo físicamente.

La oscuridad, o al menos una pequeña parte de ella, seguía ensombreciendo el fondo de sus pozos dorados. Quien libera a sus demonios acaba pagando las consecuencias. Y una pequeña parte de ella se había adentrado para siempre en aquella penumbra. Todo lo que había creído hasta el momento había sido una patraña. El destino no existía, de eso estaba segura, pero también lo estaba de que de haber existido, aquello habría sido una de sus sucias tretas. Lo que la había mantenido hasta el momento en pie, el orgullo, la venganza, se retorcían dentro de ella. No, no pensaban desaparecer como cabría esperar. Tan sólo iban a crecer. La ira no se esfumaba, sino que aumentaba a medida que iban pasando los segundos, a medida que la cazadora trenzaba con parsimonia su largo cabello, a medida que...su odio aumentaba. Había creído estar sola durante más de media vida. Alguien le había arrebatado el privilegio de abrazar a su hermana superviviente. La habían despojado de su familia y años después le habían devuelto a su hermana viva. La habían hecho cargar con el peso de la culpa  tantos años que se tornaba extraño deshacerse de parte de ella. La habían encerrado en un manicomio, obligada a asistir a terapia rodeada de verdaderos locos. Había tenido tanto tiempo encerrada aquella oscuridad que ahora que había salido, se negaba a volver al agujero del que Ankhïara le había dejado escapar. Ella misma no lo permitiría. No hasta que al fin pudiese vengarse. No hasta que encontrase al culpable. Estaba más cerca que nunca, lo presentía. No sólo por su hermana, que era una pista viviente, sino porque algo dentro de ella le retorcía las entrañas, asegurándole que pronto podría hundir la daga de su padre en la gargante de aquel ser que había osado entrar en su casa tantos años atrás y había asesinado a toda su familia. Porque su padre, al igual que ella, también había muerto aquel día. Porque ella tan sólo era una sombra de lo que había sido -nunca mejor dicho-, porque Ïara murió cuando desgarraron el cuello de su madre, cuando mordieron a su hermana en el estómago, cuando casi le arrancaron la cabeza a su hermano. Y hasta aquel día nunca había sido consciente de aquella verdad en su plenitud. Lo que estaba delante del espejo no era aquella niña que había sentido cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Por fin podía verlo. Era un ser renacido de sus propias cenizas, obligado a vivir; un ser más siniestro y oscuro de lo que antaño había sido. Cómo sino habría sido una cazadora tan implacable. Cómo sino habría disfrutado de la muerte de demonios y subterráneos bajo el inclemente filo de su daga o la despiadada punta de su flecha. Cómo sino habría rendido tanto honor aquel apodo que su propio padre le había otorgado y que había cobrado más y más sentido con el paso de los años. Sombra.

Una sombra de sí misma. Se preguntó qué pensaría su hermana cuando se diese cuenta de aquello. Cómo afrontaría el hecho de que quien estaba delante no era realmente aquella persona que había sido, que ya no reía como antes, que ya no abrazaba como antes y que había olvidado cómo leerle cuentos a un niño inquieto. Se preguntó si desaparecería otra vez cuando viese que lo que quedaba de ella tan sólo era una triste broma. O si se quedaría con la vana esperanza de arreglarla como a aquellos juguetes que de pequeña intentaba reparar después de haberlos roto. Si se decepcionaría al comprobar que casi todo lo que habitaba en aquel cuerpo era Geist y no la Ïara que había sido. Si se sorprendería al ver que sus ojos ya no reían cuando ella reía y que su sonrisa no perdía jamás aquel matiz triste que la había acompañado durante tantos años, que sus lágrimas habían estado tanto tiempo encerradas que hasta le habían dolido al escapar y que a diferencia de antes, era capaz de matar sin pestañear. Se puso sus mallas de dormir negras y su sudadera gris, la misma que llevaba el primer día que llegó allí, tan grande que casi le arañaba las rodillas. Pequeñas gotitas se precipitaban desde la punta de su trenza mojada, decorando el tejido con puntitos negros. Tal vez ni si quiera estaría allí cuando abriese la puerta del baño. Tal vez todo había sido lo que en un principio había supuesto, un sueño o una pesadilla. Pero cuando salió aquel fantasma de su pasado no se había desvanecido. Ava se había tumbado en su cama y le hacía señas para que hiciese lo mismo. Obedeció. Sin siquiera pensarlo; con actos mecánicos se acercó a su lecho y se tumbó boca arriba, los ojos clavados en el techo de su habitación por miedo a no ser capaz de mirar a su hermana sin romper a llorar otra vez. Estuvo en silencio quizá minutos, quizá segundos. Tenía demasiadas preguntas amontonadas contra los labios, pero de alguna forma consiguió hacerlas callar, aceptando la voluntad de mi hermana. Cuando habló, su voz pareció no obedecer a su dueña en la pretensión de sonar neutra, pues el dolor se adivinaba con cierta facilidad en ella. - <<Te tuve muerta entre mis brazos. Tu cuerpo...habías dejado de respirar.>> - Hizo una pausa para poner en orden sus pensamientos; todo lo que había pensado durante su estancia en el baño se había evaporado con presteza. - <<Me dijeron que estabas muerta.>> - Añadió, augurándose tal vez una profunda culpa, una disculpa, tras aquellas simples palabras. - <<Te enterramos.>> - Y entonces la pregunta del siglo no pudo mantenerse más tiempo oculta, cosa que no era de extrañar. Ankhïara necesitaba respuestas, necesitaba una explicación racional, saber que no estaba loca. Y huyendo de su idioma materno, la dejó ir. - ¿Cómo es posible?
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Re: Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

Mensaje por Natasha Z. Trejžtiakova el Dom Jun 01, 2014 9:23 pm

Natasha. Anda, dilo otra vez. Natasha. Repítelo. Natasha. Ese eres tú. Ese nombre te pertenece.

La luz delineaba el rostro de Ankhïara como el sol al amanecer perfila las montañas. Un cordón de oro definido difuminándose lentamente en aquella cara aun al resguardo de las sombras. Curvas suaves cuyos reveces había sabido conocer, un recorrido delicado como una caricia infantil. De los labios manó sonido. Del sonido, se desprendieron las palabras. Una oración flotando en el vapor cálido, interrumpiendo vilmente aquel bendito silencio. Luego otra. Y otra. El colchón estaba hundido de su lado bajo el peso de los años y el entendimiento, el tacto frío como un témpano de hielo, incapaz de templarse aún en la tarde más soleada. Bajo la piel tersa y el semblante sereno una criatura escamosa se retorcía al acecho. Los fragmentos del cascarón agrietado se hacían ya polvo contra el suelo y recorrían la piel nívea lágrimas carmín. Monstruosidad rozando la locura, derivada del dolor y la pérdida. Maquillada como una vedette tras una máscara tranquila. Tasha anhelaba la penumbra de su pequeño cuarto de paredes empapeladas. Echaba de menos el calor de las mantas suaves sobre la seda del pijama y el rechinar del viejo colchón de resortes cuando su hermana se subía a hurtadillas a la cama. Aquel era su pequeño crimen, un secreto compartido convertido en costumbre y más tarde en necesidad. Lejos, en un tiempo donde la oscuridad de la madrugada era cómplice y compañera, cuando no dolía ni arañaba, cuando no ahogaba los dolidos pulmones de la serbia ni le inundaba con su densa consistencia las orejas y la nariz. Ahora la certeza revolvía sus tripas como una mano afilada y huesuda. Se estiraba y retorcía, repartiendo punzadas de dolor sólido a lo largo y ancho del menudo cuerpo. Cada golpe traía a su mente el vívido recuerdo del reencuentro. Le recordaba con sadismo que el desconocimiento y la ignorancia ya no la resguardarían. Que Había elegido la verdad por sobre el engaño, preferido el horror a la comodidad de la ceguera. Jamás divorciaría la mujer  que la había recibido cubierta en sangre y empuñando un cuchillo de aquella que se tumbaría al rato a su lado. Las reconocía a ambas como la unidad que conformaban. Un bicho traicionero y caprichoso que podía besarle las mejillas un instante y al otro zanjarle la garganta. Curiosamente, encontraba reconfortante y familiar dicha dicotomía. No era la primera bestia que se tendía a su lado en la cama.

«Fui enterrada.» — susurró finalmente, repitiendo su propia versión de las palabras de su hermana como si algo en ellas no acabase de convencerla. — «Luego dejé de respirar. Solía tener pesadillas todo el tiempo. Aún las tengo.»

Eso. El orden. El orden de los factores era importante. No podían decirlo al revés. Dicho al revés su historia no tenía sentido. O quizá lo tuviera. Quizá había dejado de respirar por un momento. Pero tuvo que estar respirando cuando la enterraron. Si no, no recordaría lo que es dejar de respirar. Y lo recordaba. Sí que lo recordaba.  Natasha se arrebujó en el abrigo, luchando entre la cólera y la angustia que procuraban devorársela desde dentro. Era así cada vez que se permitía a si misma divagar en aquella dirección. Aventurarse a conjeturar y conjeturar al respecto. No había de su relato ningún testigo. Ningún profesor para corregir su examen, ponerle un sobresaliente y felicitarle al respecto. Nadie que le dijese que era verdad y qué era ficticio. Nadie para juzgar, ordenar y dotar de coherencia fragmentos de memoria inconsisos. Estaba sola. Sola en el frío. Abandonada a merced de un estremecimiento gélido que atravesó su cuerpo menudo de punta a punta, cristalizando la sangre en sus venas y desgarrando de un tirón cada músculo. Rota. Ahogada. Boqueando como una desaforada sin conseguir que ingresase a su sistema ni una gota de oxígeno. El ardor era lo de menos, pero estaba allí, surcándole el vientre desgarrado. Recordándole que estaba marcada, que ya nunca sería una cazadora, que no sobreviviría. Hielo. Aquello había sido en invierno. Su cuerpo fundido con la densa nieve, un amasijo blanco y rojo hundido bajo la superficie. No es así como mueren los cazadores. Los cazadores no son enterrados. Se los incinera. Supongo que no era una cazadora.
La carne de su cuerpo pareció retraerse, hundirse en torno a sus órganos vitales dejándola con la apariencia de un cadáver a quien poco le queda de vida. Sólo cuando dejó de hablar, Tasha se dio cuenta de que había estado pensando en voz alta. Sólo cuando el halito de voz que había logrado mantener hasta el final de la última oración se quebró y su cuerpo frágil se sintió temblar como una hoja, se dio cuenta de que la habían escuchado. Jamás había querido decirlo. Darle voz a los hechos los cargaba de realidad. Y ni en un millón de años había querido pensar en aquella sombra que se había cernido sobre su lecho por tanto tiempo como su realidad. Pero lo era. Aquello era real.
Quiero recordarme.
Pensó. Aferrándose a la idea con la misma vehemencia con la que sus uñas se internaban vientre plano,  cerrando los vidriosos ojos avellanados con fuerza.
«Sé que tiene poco sentido…» —murmuró—«pero es todo lo que tengo.»
Natasha Z. Trejžtiakova
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Re: Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Dom Jun 22, 2014 3:32 pm

A penas si su voz había sido un simple susurro. La cadencia de su idioma materna parecía entonar una macabra melodía en la que se narraba la muerte de aquella persona que yacía a su lado. La situación podía difícilmente tornarse más surrealista, pero Ankhïara ya no sabía qué diablos esperar. Le había llegado todo de golpe, como la terrible ola que se levanta para tragar a los incautos. Y ahora, como el único vestigio de un naufragio, temía que en cualquier momento volviese a ocurrir algo que la abandonase de nuevo en una isla desierta, o peor, que ya no sobreviviese. Había agotado casi todas sus fuerzas en aquella batalla y no tenía ni un suspiro para la siguiente. Cuán acertada estaba la cazadora, presintiendo que aquello no era todo, que la vida iba a darle otro revés en poco tiempo. Pero nunca habría adivinado de qué se trataría. Podía ver su bote salvavidas navegando a la deriva, a punto de enfrentarse no a una ola, sino a un maremoto. Pero uno nunca puede prepararse para ciertas cosas por mucho que se prepare, e Ïara lo sabía. Decidió dejar aquel presentimiento de lado y dedicarse a lo que tenía enfrente en aquellos precisos instantes. Al fin y al cabo, no se puede luchar en las batallas que aún están por llegar. Tomó aire lentamente por la nariz, obsequiando a sus pulmones; ni siquiera había sido consciente de haber estado aguantando la respiración. Una pequeña idea macabra empezaba a asomar en el pensamiento de la serbia, borbotando bajo la superficie aunque la sombra no quisiese dar cuenta de ella. Tenía en el pecho la opresión provocada por la certeza de que, cuando cayese en la cuenta de aquello que se le escapaba, todo volvería a dejar de tener sentido. Repasó sus palabras, buscando en ellas dónde estaba el error. Mil y una veces pudo haberlo hecho, pero no lo encontraba.

Y de pronto, conforme su hermana dejaba que las palabras escapasen vilmente de sus labios, aquella idea se asomó al fin, primero con debilidad y luego con toda la fuerza que le proporcionaba el entendimiento. Te enterramos, había dicho ella. En todos los años en los que los recuerdos la habían atormentado, jamás había caído en la cuenta de aquello. ¿Por qué? ¿Cómo podía ser? Tal vez porque los recuerdos de aquel día habían sido guardados en una caja fuerte siempre que la cazadora había tenido la fuerza suficiente, pero se había visto obligada a revivirlo. Y se daba cuenta de que algo no encajaba. Había visto, furtivamente desde detrás de las cortinas, cómo su padre enterraba a su hermana. Pero ya había dos bultos, dos tumbas níveas más. Y aquello era lo que más desconcertó a la cazadora....aquel nimio detalle al que jamás le había dado la más mínima importancia. Su familia había sido enterrada. Enterrada. Eran cazadores de sombras pero su destino había sido acabar bajo la nieve como si fuesen la mascota familiar. La grandiosidad de aquella certeza había caído sobre ella con brutalidad, y su cerebro no acertaba  a digerirlo, a encontrarle un por qué. Su hermana empezaba a hablar y cada una de sus palabras se clavaban impíamente en la joven cazadora. No por su crueldad, sino por la certeza de la que sabía que gozaban. Si los ojos de la Sombra no estuviesen secos, alguna lágrima habría hecho un desfile por su mejilla. Pero no hubo nada, nada. Tan sólo un rostro carente de cualquier gesto, cuya dorada mirada se hallaba encajada aún en el blanco techo, como si se negase a despegarse de allí, como si aquellas palabras sólo fueran a cobrar vida si miraba a la que decía ser su hermana. Supongo que no era una cazadora, dijo su hermana, y aquello pareció dolerle más que cualquier otra cosa. Más que imaginar a la chiquilla luchando por sobrevivir, despertando en una tumba de nieve hecha por su propio padre. Porque ella había deseado aquello. Y su deseo se había cumplido. No quería que su hermana fuese una cazadora, y aquel deseo había pasado al plano real de una forma cruel. Ten cuidado con lo que deseas, solían decir. Y en aquel instante Ïara fue plenamente consciente de lo que aquellas simples palabras tenían en su interior.

En unas milésimas de segundo, una sonrisa extraña se dibujó en el rostro de la cazadora. - Yo deseé que no lo fueras. - No era feliz, ni triste, ni siquiera burlona. Tan sólo era una mueca deformando el bello rostro de la serbia. -  Deseaba que no fueras una cazadora. - Repitió, la voz de la Sombra sonando tan hueca como el corazón de un demonio, y probablemente igual de carente de cualquier sentimiento. -  Supongo que deberías culparme a mí. - Sentenció, ladeando su cabeza para mirar fijamente a su hermana. Cual autómata cobrando vida al entrelazarse las miradas de las hermanas, Ankhïara empezó a hablar. Ni siquiera planeaba sus palabras, cosa que no era costumbre suya; tan comedida, tan controlada siempre...Pero ya no. Para qué. De qué le serviría. Estaba medio muerta. Sentía cómo su corazón se negaba a seguir aguantando, cómo una fría capa de indiferencia congelaba aquel órgano. Latiría. Claro que latiría. Pero jamás volvería a ser el mismo. -  Pero no tengo toda la culpa. - Hizo una leve pausa, en la que sus dorados orbes parecieron adentrarse en el interior de los de su hermana, escarbando cual sabueso, buscando rastros de lo que sentía. -  Nuestro padre enterró también a nuestra madre y a nuestro hermano. Supongo que para entonces ya estaba loco. - La miraba, pero ya no la veía. Su mente en realidad estaba muy lejos de allí, reviviendo cómo su padre perdía la cabeza a una velocidad de vértigo. -  Perdió la cabeza, ¿sabes? - Una sonrisa, esta vez amarga, volvió a decorar su pálido rostro. Su padre, el de porte aristócrata, el regio, el perfecto...se había vuelto loco. Aquella sonrisa había venido tan repentinamente como se habia ido, borrada de un plumazo, reemplazada de nuevo por aquella máscara, aquella mueca carente de todo.-  Se suicidó. - Qué ironía. Incluso en aquellos momentos no podía dejar de ver lo absurdo que había sido todo. -  Pero antes intentó matarme.
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Re: Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

Mensaje por Natasha Z. Trejžtiakova el Lun Jul 07, 2014 10:58 pm

Cierra los ojos. Aíslate. Aisla aquello que te atormenta y conflictúa. El dolor las uñas clavadas en torno al vientre es real. No el fantasma de una vieja herida, sino una realidad comprobable y tangible. Presiona. ¿Sientes el dolor? Bien, significa que está funcionando. Significa que sigues con vida. Ahora abre los ojos. No tengas miedo, no eres una cobarde. ¿Recuerdas aquel vestido rojo? ¿cuál fue tu primera runa? “Resistencia”, dijiste. Haz honor a ella: Resiste. Resiste lo suficiente para mirarla a la cara. Para ver y comprender aquello que se dibuja bajo la piel, para asimilar e interpretar la intención tras cada pincelada de color. “Padre” dice ella. “Nuestro padre”. Tú no lo consideras como el tuyo. Sé que recuerdas una figura ausente a dos colores, sonrisas escuetas y reprobación en sus ojos. Sin embargo no vayas a corregirla. No importa lo que sientas con respecto a ese hombre. Aquí la que importa es ella. ¿ves aquella herida? Esa, que se ha atisbado en la comisura de los labios al sonreír. Y esa otra, esa que cayó por su peso entre ambas, ahuecando la cama como un peso muerto de mil toneladas. Esa es su carga, es su historia y sus pesares. Los está compartiendo contigo, porque también es tuya. Está permitiendo que la veas sangrar, tal y como tu lo has hecho sin querer. Salir del ensimismamiento puede resultar complicado. El león herido suele centrarse tanto en su propio padecer, que es capaz de arremeter contra quien se atreva a acercársele en tan delicado estado. Tú estás cerca. Estás a su lado y sabe que estás allí. No te ha dado un tarascón, ni tan siquiera un arañazo. ¿Y por qué? Si eres poco más que una desconocida. No. Eso es incorrecto. Ella te conoce. Ella sabe quien eras. Recuerda tu rostro, tu voz y tus primeras palabras. Eres tú quien no la recuerda a ella. Pero las cosas cambian. La gente cambia. Ella está rota. Tú también. Y ahora están juntas.
Ahora están en casa.



Natasha dejó que el aire escapara calentito por sus narinas, y entreabrió los ojos para ver a su hermana.  Le pareció divisarla tumbada a su lado entre la nieve, junto a aquellas tres tumbas sin marcar, una de las cuales estaba vacía. Y ya no fue mayor. La vio joven, una muñeca agrietada de la niña que había sido cuando la encontró desfalleciente aquel día. Las ropas aún estaban manchadas de sangre. El pelo, desacomodado y hecho un nudo. Los ojos rojos, pero secos. Una pausa, un momento de detenimiento en un instante cruel de la vida. Sintió la esencia misma de la persona a su lado entre agria y acartonada. Supo que hablaba con la verdad, permitiendo que las palabras se desplomaran y derritiesen la nieve a su paso.  Catálogando su propia realidad, su historia y su pasado como un relato irónico, inclusive satírico, y resonando hueco a los oídos.
Ava Dejó de oprimirse el vientre con la tozudez de una fanática, se limpió un poquito las manos en el buzo de hilo por si las dudas, y alzó la palma hacia la mejilla de su hermana. La acunó allí, experimentando quizá por primera vez en la vida como el peso de los acontecimientos se repartía en partes iguales sobre sus hombros. Herir, ser herido. Y sin embargo estar allí, ser constante, ser un ancla para la vida ajena. Podía culpar a Ankhïara de abandonarla tanto como ella podía culparla de morir. Les gustase o no, era poco y nada lo que habrían podido hacer al respecto.  Señalarse mutuamente con el dedo, consumirse por el odio y el rechazo y salir de la habitación dando un portazo, porque así todo resultaría infinitamente más sencillo. Escudarse en el respeto por el odio ajeno hacia uno como excusa para mantenerse al margen. ¿Qué recibían entonces?¿Qué significado habría tenido todo? La búsqueda inútil de un culpable jamás invalidaría aquello que en lo que tenían sobre la mesa: Estaban juntas. Ahora sí podían hacer algo al respecto.

Ava guardaba dos presentes, las dos únicas pertenecias de las que podría hacer entrega jamás.

El primero: honestidad.

— «No soy tú » — le dijo con las pestañas entornadas, susurrando a media voz, como si se estuviese componiendo tras una larga carrera. Había dulzura y certeza en cada sílaba. Y de aquel poco se desprendió la realidad de lo que vendría después: fuera crudo o no, sería sincero. —« No puedo sufrir tus penas. No puedo llorar ante la idea de una tragedia que a penas y rasca mi memoria. No quiero fingir contigo… ni quiero que finjas.»  
Debía haber algún parecido oculto en alguna parte. Quizá el tono de los ojos avellanados de ambas, aunque los propios se decantasen por los tonos verdosos y los de su hermana  recordaran a la miel. Quizá fueran los hoyuelos de su madre en las mejillas al dibujarse una sonrisa, o las líneas perfectas de pulidos dientes, blancos como perlas.
Quizá el parecido no pudiese apreciarse a simple vista.
—« Yo no necesito un culpable. —prosiguió la menor, tomando aliento para acabar de decir lo que debía. Era importante.— «Necesito a mi hermana… y me necesito a mi misma.»  —Sonrió, alejando la mano del rostro de Ïara y colocándola bajo la propia mejila, apoyada en la almohada—« Hay mucho que aún no puedo recordar,  Птичица, …  Baches. Ahora sé que no querías que fuera una cazadora… pero como verás, lo he elegido por mi cuenta. Te he elegido a ti. Y necesito que hagas lo mismo por mí.»  

El segundo: permanencia.
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Re: Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Mar Ago 26, 2014 6:56 am

Pero antes intentó matarme. Qué delicia, qué macabro placer. Allí estaban, las cicatrices, palpitando como si fuesen recientes. Ankhïara las sentía, como hienas riéndose de ella, machacándola con el incesante recuerdo de unos ojos inyectados en sangre, unas manos ásperas, unas palabras ponzoñosas, una fuerza brutal. Aún podía sentir aquel tacto. Aún era capaz de sentirlo a la perfección, de notar la sujeción de sus brazos por aquellas manos y la impotencia que crecía en ella al ser consciente cada segundo que pasaba de que no podría deshacerse de aquel mortal agarre. Aún era capaz su piel de evocar el frío beso del cuchillo, cómo se abría la carne a su paso, como súbditos a un rey. El tacto de la sangre, tibio, acariciaba su antebrazo, y la visión de aquel líquido tan hermoso le resultaba increíble a la niña, que no daba crédito, que no podía dar crédito a aquello que estaba sucediendo. La incredulidad y la firme creencia de estar soñando casi impidieron que el dolor llegase a formar parte de su ser; casi. El ramalazo recorrió primero su brazo izquierdo, mientras aún su derecho estaba sufriendo el corte. La realidad de la situación fue la que abrió la barrera al dolor: y qué dolor. Nunca habría sabido decir qué era lo que más le dolía, si los brazos, o el corazón. Pero lo cierto es que fue breve. La pérdida de sangre pronto la sumió en una extraña calma, en la que los brazos parecían flotar a su lado, ligeros como plumas. Ni siquiera había sido consciente de haber gritado. Si se lo hubiesen dicho en aquellos instantes, no lo habría creído. Estaba tan tranquila. El agua tiñéndose de rojo se antojaba un escenario bello a los orbes de la pequeña cazadora. Era bello. Indescriptiblemente bello. Los largos cabellos flotaban a su alrededor, cual corona de reina, y su piel se tornaba más pálida a una velocidad alarmante. La muerte inminente otorgaba aquella belleza inmortal, perenne, de la que sólo gozan algunas pocas personas. Escuchaba gritos, pero eran tan lejanos que a Ankhïara le sonaban como cantos de sirena. Una de ellas pertenecía a su padre, que gritaba. Se agarraba el rostro con ambas manos y se clavaba los dedos, como si pretendiese arrancarse una máscara. Los enloquecidos ojos volaron unos instantes hacia la puerta, que alguien intentaba forzar desde fuera, y después hacia su hija. La cazadora nunca podría decir si aquello fue fruto de la pérdida de sangre, una alucinación, o si fue real. Pero, mientras se degollaba, en el rostro de su padre había una macabra sonrisa, dedicada sólo para ella. Sólo para su cazadora. Sólo para Ankhïara.

Pero antes intentó matarme. ¿Le había contado a alguien aquello? No a los que la encontraron, por supuesto. Era más que evidente lo que había sucedido pero, aún así, las preguntas no cesaron en los siguientes meses. Preguntas que obtenían como sola respuesta un aplastante silencio, unos orbes dorados demasiado...demasiado oscuros. ¿Puede el dorado ser oscuro? ¿Puede el ámbar ser siniestro? ¿Puede un ser tan pequeño albergar oscuridad? Por supuesto. La viva imagen era Ella, un alma quemada viva. Los ojos son ventanas al alma, dicen. Y tal vez por ello resultasen tan tétricos; a nadie le gustaba lo que veía, nadie se libraba de un escalofrío en la espina dorsal cuando se asomaba a aquel abismo dorado, nadie quería volver a verla. Algunas pesadillas fueron pobladas por aquellos orbes. Nadie negaría jamás que su nombre de cazadora, Sombra, empezó a tener mucho más sentido a partir de aquel día. Sombra eres, de la oscuridad formas parte. Y de ella jamás escaparás. Helena nunca le puso pegas a aquella oscuridad, no dio muestras si quiera de verla cuando tiempo después se conocieron. Pero no recordaba si se lo había contado. A veces hablaban sin palabras, sus ojos se enredaban y eran capaces de sentir el dolor de la otra, de padecer el dolor de sus recuerdos. Quizá fuese su hermana la primera que había escuchado aquellas palabras escapando de los labios de la serbia, tan sinceras, tan brutales. Quizá no. Poco importaba aquello. Lo que realmente importaba era el gesto, el hecho de que la Sombra hubiese sacado aquello a la luz, enfrentándose de nuevo a aquella sonrisa, sólo para ella. No le contaría jamás los detalles. No se centraría nunca en explicarle aquello. Pero quería que lo supiese. Probablemente, como excusa al ser en el que se había convertido. Quería que Ava entendiese qué oscuridad poblaba el interior de su hermana y por qué. Quería disculparse, en cierto modo.

Pero antes intentó matarme. Y quizás lo consiguió. Cuando la sacaron del agua, en la que se había hundido tras el degollamiento de su padre, estaba más muerta que viva. La vida había escapado de su pequeño y frágil cuerpo junto con la sangre, y sus pulmones empezaban a encharcarse. El pálido cuerpo contaba con la bella muerte y durante unos instantes, aquel que le tomó el pulso agachó la mirada con tristeza. Demasiado tarde. ¿Demasiado? Allí estaba, antes de rendirse. Un atisbo de pulso, tan tenue que podría pasar por un eco de aquello que había sido. La mortal palidez pareció disiparse levemente, o aquello quiso creer el hombre. Había sangre por todas partes y, decididamente, achacó la supervivencia de la niña a un milagro. Pero los milagros no existen. Y jamás se sabría si había sobrevivido o...si había muerto y vuelto a la vida. Explicaría este hecho la oscuridad, el cambio, todo. Uno no puede morir y volver como era. Uno muere y, si vuelve, trae consigo una oscuridad de la que jamás podrá deshacerse. La calidez del tacto de su hermana en la mejilla se le antojaba extrañamente amargo. Lo quería, no lo quería. Le gustaba, no le gustaba. Era cálido, pero amargo. Familiar, pero desconocido. Merecido, no merecido. -Lo sé. -No soy tú, había dicho. No, no lo era. No físicamente hablando. Psicológicamente. Ankhïara la sentía lejana. Desconocida. Quería ver en sus gestos a la hermana que había conocido pero lo cierto era que no estaba segura; quizá la aceptación de que probablemente se hallase ante una completa desconocida era demasiado dura. Al fin y al cabo, Ava había sido muy pequeña. No quería culparla. Aunque quizás, en el fondo, una pequeña parte de Ankhïara sí lo hacía. Por haber muerto. Por haberla dejado. Por haber estado todo aquel tiempo sin buscarla, sin encontrarla. Por no ser capaz de recordar la familia que solían ser, la sonrisa de su madre, la severidad de su padre. Era absurdo. Para ella. Tan absurdo que no podía creerlo. ¿Los había olvidado? ¿A todos? ¿Todo? Se preguntó si recordaría los cuentos, las nanas, los eternos juegos. El chocolate en las tardes de frío y las eternas caminatas por la nieve del patio cuando jugaban a ser exploradores. No quería pensar aquello. Y tampoco quería sentirlo. - No lo entiendes. -Notaba el frío donde antaño había estado la mano de su hermana. - No soy...No estoy segura de poder ser tu hermana. - Intentó buscar las palabras que describirían lo que pretendía decir. Pero lo cierto era que allá donde deberían estar tan sólo había un enorme vacío. Y, por más que lo intentó, tan sólo había nada. - No fuiste la única que murió aquel día. - No era exactamente la explicación más concreta que podía encontrar. Pero ella había muerto, literalmente o no; Ankhïara, la hermana de Ava, llevaba enterrada mucho tiempo. Los gusanos ya habían consumido todo lo que quedaba de ella. Y no estaba segura de que la parte que había renacido, las cenizas que quedaban, pudiesen llegar a ser una buena hermana. Ni si quiera sabía si la espantaría una vez la conociese. -Has llegado aquí persiguiendo un recuerdo y lo único que hallarás son cenizas.
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Re: Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

Mensaje por Natasha Z. Trejžtiakova el Dom Nov 02, 2014 5:32 pm

Discordante, monótona, ajena a la gracia y al humor, la risa manó de entre los labios de la menor de las hermanas como la perturbadora tonada de una cajita musical. Tan breve como un bostezo y tan venenosa como la picadura de una viuda negra, el denso sonido impregnó el aire y se tumbó entre ellas en la cama, sonriendo con sorna. Llega un momento en que todo muñeco infantil se le acaban las pilas o la cuerda y los una vez bellos y tranquilizadores sonidos devienen en piezas tétricas e inquietantes. En aquel punto se sentía ya Natasha, con la sonrisa cansada y el cuerpo bajo la piel lleno de raspones, suciedad y agujeros. Agotada. Harta, más que harta de las excusas y las regresiones. Un paso adelante, tres para atrás. Medio minuto de sinceridad y un portazo en la nariz. Siempre el muro que soporta los golpes. La imagen viva de la tolerancia y la comprensión, reflejo de que en esta vida existe en verdad lo duradero e incondicional. Hasta que se lo condiciona. Todas las cosas realmente perversas ven su origen en la dulce inocencia. Acechan, aguardan, susurran a la debilidad, la impotencia y el miedo. Extienden desde debajo de la cama sus garras negras y lamen la inseguridad de las plantas de los pies. Sin embargo jamás plantan residencia en el corazón cortejado, seducido siempre desde la distancia por la exquisita tentación. No irrumpen irrespetuosos sino que llaman a la puerta con incansable insistencia. Y esperan. Esperan por el sonido de la madera al partirse, de los cimientos al temblar y el estruendo del derrumbe. Esperan por aquellas desconsoladas palabras que les den permiso a pasar, la voz del anfitrión suplicando a gritos la pronta conquista. El “sí” tan deseado de la dama adorada.  La derrota de la voluntad que no había sido quebrada nunca. Sepultaba bajo en la nieve, engañada por casi una década, perseguida, atormentada y humillada más veces de las que podía contar, rebajada a mendigar por el reconocimiento de una extraña, más aún así terca y estoica como su propietaria. Su propietaria que valoraba una cosa y tan solo una cosa sobre por todas las otras: la permanencia. Eso, que su hermana acababa de aventarle en la cara. Por eso se reía. Una risa larga y corta y quizás ligeramente histérica, tintada de una oscuridad perversa que no conocieran antes sus ojos avellanados.

Luego devino el silencio. Repentino como una bofetada y súbitamente frío, trepó por la espina dorsal y se llevó consigo cualquier rastro de sonido, dejando los dos rostros pálidos contemplarse en la penumbra. En los labios de la menor de las serbias quedó por unos momentos prendido el eco de aquella vil curvatura, y en su lengua húmeda el regusto ácido de las palabras a las que por capricho aún no había dado aire. Más aun así, osaba con tamaña desvergüenza mirar a Ankhïara a los ojos con una lástima demasiado ajena a la ternura. Tajantemente distinta a la profunda comprensión que la sobrecogiera tan solo minutos atrás. Puerta afuera había quedado cualquier rastro de empatía, cegada por un simple “tu no entiendes” escupido a la cara. Y era cierto. Natasha no entendía. No le cabía en la cabeza pensar que una persona pudiese ser tan jodidamente egoísta. Cerrarse tan en banda a su propia carga sin pararse medio minuto a cuestionar por lo que estaría pasando su propia hermanita pequeña.

— Tu nombre es Ankhïara Trejžtiakova ¿estoy en lo correcto? Esa es la persona a la que salí a buscar y es la persona que tengo ahora frente a la nariz. —la voz de Natasha sonó clara y monótona, resonando en un perfecto inglés matizado por un marcado acento eslavo— Por decepcionante que pueda resultar.

El menudo cuerpo de la nephilim permaneció inmóvil mediante un puñado de segundos, regalándole a los ojos la visión del rostro antes apático su hermana. Siempre había sido inconstante. Una chiquilla inmadura que dejaba las cosas a medio hacer y permitía que la curiosidad la condujese por nuevos senderos.  Sin embargo, en casi dos décadas de vida, aquella era la primera vez que Natasha se comportaba de un modo genuinamente cruel.

— ¿Quieres que te diga lo que he aprendido de ti en estos… quince minutos? Que el que esté viva no te importa en lo absoluto, solo el curioso detalle de que aún no he muerto. ¿Y lo mejor? Aún no decides si es un alivio o una molestia.

La imagen de Ankhïara instigando sobre su muerte, sin siquiera considerar el preguntarle sobre su vida aún le quemaba las retinas. ¿Es que pensaba que había pasado casi diez años metida bajo una maceta, solo para salir un día y darle una sorpresa? ¿De qué clase de calaña estaba echa una persona como aquella?  Se paró. Los pies descalzos besaron el frío y las manos diestras calzaron las botas. No tenía ganas ni necesidad de seguir mirando a su hermana. Se iría. Saldría de esa pieza con el mentón en alto. Volvería a su habitación de motel y trancaría la puerta, lloraría amargamente por la decisión ilusa que había tomado y luego haría apaño de cuanta fuerza tuviera para tragarse la amargura y hacer algo. Porque ya no podía estarse quieta. Si se quedaba quieta, si se dejaba absorber por la pasividad, de seguro se rompería. Comenzaba a atisbar el monstruo que se gestaba en el fondo de su cabeza, lo escuchaba hablar con la voz propia y lo único que quería era regresar a ser ella. Volver a estar en aquel punto de comodidad consigo misma que le permitiese sentirse segura. No se autocompadecería bajo las mantas, echando de menos a la madre cariñosa que la cuidara por años, la familia que no dejara pasar un día sin preguntarle qué había hecho y cómo lo había pasado. Jugaría a conveniencia las cartas que el destino le había dado, y haría con ellas lo mejor que supiera. No se retractaría de su decisión. No se retractaría de sus palabras. Ni obligaría a Ankhïara a retractarse de las suyas.

— « Regresaré a casa. Tú, haz lo que quieras.» —pronunció, y supo en el momento en que lo decía que ya no hablaba del motelucho en Nueva York, sino de un sitio mucho, mucho más lejano—« No voy a darte un utlimatum, y aunque te lo diera, no sería capaz de mantenerlo. Te quiero en mi vida, pero no voy a quedarme a que me llenes la oreja de excusas al respecto. Si decides ser mi hermana, ve a buscarme. El número y la dirección están en el cajón de la mesa de noche. Sino, supongo que puedes buscar. Después de todo, Ïara, tú sí que eres una cazadora.»

Y con estas palabras, Ava se marchó, dejando entreabierta la puerta.
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Re: Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Lun Abr 06, 2015 8:38 pm

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Re: Сестро, сестро || Priv. Ankhïara

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