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Ave atque vale, Helena...

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Ave atque vale, Helena...

Mensaje por Helena Trueblood el Dom Mar 23, 2014 9:15 pm


"Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo."


Su mirar se hallaba perdido en el cielo abierto del alba. El tiempo, suspendido en la mitad de una frase, de una sonrisa, de una caricia. No le quedaba ya oxígeno para dar voz a las palabras no dichas, ni tiempo aún para pronunciarlas. El silencio lo consumía todo, devoraba cada minúsculo sonido hasta reducirlo a una nada insustancial. Caía sobre ella como lo hacían aquellas minúsculas gotitas de rocío.

Sobre su mano de dedos finos sintió el tacto Ankhïara, el agarre trémulo y cálido que jamás podría devolver. Y vio su rostro junto al propio, la silueta tan familiar tendida a su lado sobre la hierba, como habían yacido juntas las dos hasta la madrugada tantas veces, hablando de todo y de nada. Sus ojos ámbar refulgían con tonalidades del color de la miel bajo la luz del cielo matutino, el rostro de rasgos exquisitos de una niña a la que había visto crecer le devolvía una mirada disgustada. Era hora de despedirse, en su silencio ambas lo sabían. La serbia envolvió su mano inerte entre las propias, y depositó un beso tierno en sus níveos dedos. “No es un adiós, Helena…” Parecía decirle. “No lo es”.

Su corazón egoísta deseó una palabra más, otro abrazo ligero, otra conversación silenciosa. Pensó en todo lo que hacía tiempo no decía. Trató de recordar la última vez que le había dicho a Ïara que era especial, que era importante, que la amaba más que a la vida misma. Pensó en los consejos que no le había pedido, en las distancias tontas y los largos silencios. Y suspiró, suspiró tranquila porque sabía que no necesitaba decirle esas cosas. Su Ïara ya las sabía. Cicatrices que creía cerradas se abrían y sangraban. Despertaban de su letargo sentimientos adormecidos, abrumándola por un instante y emprendiendo el vuelo al siguiente. No quería dejarla sola para que enfrentara el mundo sin ella, no quería abandonarla a su suerte, como prometió que jamás haría. Pero el tiempo de las decisiones había pasado. Y confió, confió en el corazón de gorrión que latía en el pecho de su parabatai oculto y herido, más vivo aún. Confió en que sabría cuánto la quería, y que la perdonaría por dejarla atrás.

En sus oídos repicó la risa infantil y se vio corriendo de brazos abiertos por aquel campo de naranjos. El aromita a tierra mojada, las ramas que le dejaban arañones en la piel, la gramilla se colaba entre sus dedos pequeños y cosquilleaba bajo las plantas de los pies. Entonces su padre la levantó en brazos y le hizo cosquillas en la mejilla con su tupido bigote. Y recordó la voz de su madre, releyéndole la misma historia una y otra vez con infinita paciencia. Los vio a ambos asomarse a su cuna, aunque de ello no tenía memoria y los escuchó rezar y agradecer a Dios porque su pequeña respiraba. Las imágenes que el tiempo había opacado, aquellas en las que ya no pensaba casi. Los momentos encerrados en el fondo del cajón de sus recuerdos, cubiertos de polvo y melancolía, ahora la arropaban. Depositaban en sus mejillas tercias un beso cariñoso y susurraban a su oído la misma vieja nana.  ¿Estais orgullosos? Preguntó en su fuero interno, cubierta por aquella mantita roja que una vez había ahuyentado las pesadillas. “Sí.” susurró la voz de su viejo abuelo, trayendo consigo el aroma a campo, a cuero, a madera recién cortada y comida casera. Los dedos toscos repletos de cayos la asieron por la cintura, y ocultó en el cuello su rostro, pues a su lado siempre se había sentido como una niña. “Sí”.

Así se dejaba ir, segundo a segundo, plegándose en sí misma mientras cada una de las personas que había tocado su vida la rozaba y se desvanecía, partiendo como una mariposa al vuelo de su corazón.  Añoró la pasión en los ojos de Isabelle, la sonrisa picaresca de Jeriel, los comentarios mordaces de Angelique, el romanticismo de Adrianna, el cariño de Maryse, la compañía siempre constante de Ankhïara, el abrazo de Leonides.  Creyó ser tan diminuta para caber en la palma de una mano. Tan débil y desapasionada, capaz de desvanecerse en la brisa. “NO.”  Rugió Él, hundido en su propia desesperación, ávido de estrecharla entre sus brazos. “Helena, no.” Repitió, su frente fría contra la suya febril, las manos toscas memorizando el recorrido desde su cuello hasta las mejillas. Ahora podía verlo, aunque fuera en su mente, aunque no estuviera allí de verdad. Podía estar con Leonides... un segundo más.

Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios, honesta, dulce como la miel y suave como el trazo de la acuarela. “Te estaba esperando” dijo, y se dejó llevar por el recuerdo de aquel a quién había amado más que a ninguno. Sonrió ante sus orbes grisáceos resplandeciendo a la luz del sol, el ronco y sincero sonido de su voz la primera vez que le dijo que la amaba, la fugaz sonrisa que se dibujaba en sus labios al mirarla desde lejos. Deseó poder enredar los brazos en torno a su cuello y enjuagar en su pelo rubio aquellas lágrimas saladas. Quizá él se llevase consigo el miedo, quizá él fuese la fortaleza que con tanta desesperación necesitaba. Deseó volver atrás el tiempo y robar de los labios ajenos un beso,  gritarle a su orgullo y a su conciencia que se callaran. Porque él no lo sabía, él nunca lo había sabido y quizá nunca lo sabría. Ajeno a las lágrimas, a los secretos, al mismísimo amor que con torpeza le había profesado casi demasiado tarde. Leo no sabía cuánto le quería. Con qué desesperación habían brotado de sus ojos las lágrimas cuando cerró tras de sí la puerta, qué atroz sentimiento de vacío había amenazado con tragársela viva al no creerse correspondida. Un grito silencioso se ahogó en su garganta. Desgarrador y demente, ansioso por darle voz a todo aquello que no podía decirse, anhelante por jamás apartarse de su lado. Pidió por el tiempo que no tendría, por ese cariño insano que no llegó jamás a demostrar. Deseó haber sabido en aquel primer instante que él era suyo, que tenía en sus manos el corazón de a quien adoraba. Deseó volver a los dieciséis años y callarse el juramento, alejar de si todas las palabras y callarlas con un beso. Sintió pena por sí misma, por no ver lo que estaba frente a su nariz. Porque en aquel momento ninguna de las cosas de las que se arrepentía, importaban. Lamentó todas esas caricias que no compartirían, lamentó la vida longeva que debieron de llevar. Esperó ser más que veneno y un mal recuerdo. Y deseó, deseó con cada ápice de fuerza que le quedaba en el cuerpo que alguien más supiese amarlo mejor. Y que fuese feliz.

"Lo siento, adonde voy, ya no puedes correr tras de mi."

La muerte llegó tan suave como una caricia, besó sus labios tiernos y se llevó consigo el calor de la primavera. Flores carmesí florecieron de su pecho, formaron en torno a ella un abanico de pétalos, humedecieron las puntas de su denso pelo negro. Un suspiro quedo escapó de entre los labios de la rosa, demasiado sutil para ser escuchado.

Ella fue su primer pensamiento, Él, el último.

Esperaría por ambos al otro lado de la rivera.  Allá, dónde las memorias de un verano distante jamás estaban demasiado lejanas. Dónde una leve brisa mecía siempre las copas de alisos y álamos. Dónde las sombras dibujaban  abstractas figuras en el pasto. A lo lejos se oía el trinar de los ruiseñores, pero esta vez, ninguna voz adulta clamaba su nombre.  Helena ya no tenía a dónde regresar. Aquel era su instante detenido.



Ave atque vale:
Los eventos de este post transcurren a la mañana siguiente del aniversario de la Guerra Mortal y su celebración. El cuerpo sin vida de Helena fue encontrado poco más tarde, en el Central Park, y llevado a la Ciudad Silenciosa. Falleció por pérdida de sangre ocasionada por una herida al corazón.

Por obvias razones, no podré responder a este ni a futuros temas, exceptuando por supuesto, los que ya se encuentran abiertos o que transcurran antes de la fecha. Todo mi amor para aquellos personajes a los que he tenido el privilegio de conocer encontrándome en la piel de Helena, saben que los adoro y que seguiré por aquí, con un rostro distinto.
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Re: Ave atque vale, Helena...

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Lun Mar 24, 2014 11:27 am

You die at seventeen
in your first love’s arms
and find it cruel that
in this world, Shakespeare
takes Juliet first.

La daga dio en pleno centro de la diana, procurando un atisbo de orgullo a la cazadora de sombras. El traje de nephilim, su favorito, decoraba su cuerpo espigado; la capucha lucía bajada. Había habido una celebración de la cual Ïara había acabado huyendo con una sensación de inquietud en el pecho. Tenía uno de aquellos presentimientos. Algo malo iba a suceder. Lo sabía y no podía evitarlo. Y allí se hallaba la serbia, despejando su frustración con la diana cuando el primer sentimiento de desesperación hizo en lo más profundo de su ser su primera aparición. Helena. Algo le ocurría. Estaba en peligro. Apenas unas milésimas de segundo después, ya corría instituto abajo. No era la primera vez que algo parecido ocurría, pero para Ankhïara fue igual desesperante que siempre. Helena estaría en problemas, Geist aparecería y ambas saldrían vencedoras. Eran un equipo. Y saldrían adelante como siempre lo habían hecho. Pero un susurro malvado le indicaba lo contrario; la opresión en su pecho, la ansiedad, señalaban que aquella vez sería diferente. Pero Ïara no estaba para escuchar aquellas señales. Tal vez tendría que haberlo escuchado. Así, sólo quizás, habría estado un poco más preparada para lo que se avecinaba. Pero estaba cerca, lo sentía. El aliento le faltaba y las piernas le daban pinchazos, quejándose por llevar tanto tiempo corriendo. Pero estaba cerca, y qué mejor aliciente que ese. Los ojos yacían cristalinos, buscando con desesperación a su alrededor algún atisbo de su parabatai. Pero estaba cerca y sabía que pronto la encontraría. Y cuando más cerca se sintió, un dolor indescriptible le atravesó el corazón. Ankhïara cogió una bocanada de aire con desesperación. Sentía la herida que su hermana en la lucha había recibido en su propio pecho. Sacó fuerzas de donde no las habían para llegar a su lado y poder desplomarse allí, junto a ella, aterrizando sobre sus propias rodillas. Una herida decoraba el pecho de Helena; sus manos buscaban torpemente su estela, temblorosas, aún sabiendo que su cerebro le estaba gritando que era demasiado tarde. Los orbes dorados se encontraron con los zafiro, y los primeros vieron en estos unas palabras: déjalo, está bien así.

Pero no está bien, quiso responder Ïara.

Su propia voz se desgarraba en su interior gritando sin cesar un simple vocablo: no. Pero su exterior se mantenía callado. No tenía nada que decir. No estaba preparada para ello. Siempre creyó que sería ella la que moriría primero. Una vez incluso le había escrito una carta de despedida antes de una misión en la que estaba segura que iba a fallar. Pero ambas eran un equipo. Y siembre habían sobrevivido. Y tras aquella misión, Ankhïara quemó la carta. No tenía palabras. La cogió de la mano, como si con aquello pudiese transmitirle todo lo que sentía. Todo lo que ella significaba para Ïara. Esperó que así fuese. Por segunda vez en una misma semana el rostro de la serbia quedó cubierto de lágrimas amargas. Su cerebro no podía procesar la información, no podía aceptar la muerte de su parabatai. Pero su corazón parecía ir por libre y ya parecía saber lo que se avecinaba; una aflicción inconmensurable iba adueñándose de él a medida que aquella desafortunada certeza iba calándole. Un susurro rompió el silencio. Sonaba chirriante, acongojado, angustiosamente roto. Ankhïara tardó en reconocerlo como propio. - A donde vayas, yo iré. Donde tú mueras, yo moriré. Y allí seré sepultado; el Ángel será mi testigo y aún mas, hasta que la muerte nos separe a ti y a mí.- Aquellas mismas palabras las había pronunciado siendo a penas una chiquilla. Recordó cuán demacrada llegó a la familia que la había adoptado, cuán pocas esperanzas quedaban en su maltrecho corazón. Fue allí donde la conoció; Ïara una vez le confesó que fue ella quien la salvó. Fue su ángel, su cura, su salvavidas en un océano de renuncias y desazón. Tiempo después, se unirían con un juramento más grande que cualquier otro. La Sombra y la Rosa, hermanas en la lucha. Después de aquello, habían vivido cientos de batallas, reales y del corazón. Cual niña malcriada, Ïara se negaba a dejarla ir. No quería que se fuese. No podía permitirlo. Quería vivir mil cosas más con ella, tener sus abrazos y su consuelo, reír junto a ella de cara a las estrellas. Nosotros ya nacemos dentro del abismo, le había dicho una vez. En aquellos instantes, supo que no era cierto. Una luz tan grande no podía apagarse en un abismo. Me equivoqué, pensó para sí misma, te mereces todo un cielo. Por última vez sus miradas se encontraron. La de Helena estaba llena de paz. La de Ïara prometía que volverían a encontrarse en otra vida. Entonces la fría mano que sostenía quedó inerte y un dolor inexplicable partió a Ïara en dos como el peor de los rayos. La runa que lucía entre los omóplatos adquirió el pálido color de la muerte mientras la cazadora sentía que la quemaban, que a fuego le arrancaban de sus brazos una mitad de sí misma. Un alarido se alzó al cielo con todo el suplicio del mundo grabado en él. Allí estaban las sonrisas, las lágrimas, las alegrías, las penas y las batallas que las dos habían vivido. Cuando el lastimoso sonido cesó, el rostro de la serbia tenía los ojos muy abiertos, aunque vacíos de lágrimas. Impasible, sin ningún gesto. Tan sólo oscuridad y tristeza en su mirada, aliándose entre ellas para formar una peligrosa mezcla. Sólo había vacío. Un enorme vacío que jamás podría sanar. En él flotaban las promesas que nunca llevarían a cabo y los sueños que nunca cumplirían. El lazo que las unía se había roto.

Horas después, Ïara aún contemplaba su cuerpo inerte en la Ciudad Silenciosa, con el mismo rostro carente de cualquier sentimiento. Como años atrás hicieron con su hermana, se la habían arrebatado de sus brazos. Pero había una pequeña diferencia que partía su malherido corazón en dos: ella jamás volvería. Ankhïara se había cambiado. Un vestido blanco como la nieve contrastaba con su pálida piel serbia. Cuando levantó la mirada del cuerpo de Helena, se encontró a los demás asistentes observándola fijamente, como esperando a que dijese algo. Sostenía en su mano derecha algo reluciente. Cariel. Su daga favorita. El único recuerdo tangible de su padre. De nuevo, como días atrás había ocurrido, se cortó con él al sostenerlo por el filo. En otras condiciones, habría pensado que el destino le estaba gastando una broma. Pero tal vez el dolor era lo único que le hiciese saber que estaba viva. No escuchó los sonidos que profirieron los de su alrededor. Ni siquiera vio sus gestos de sorpresa. Nadie se atrevió a acercarse a ella. Ïara bajó la mirada hacia la daga ensangrentada, que goteaba sobre su vestido formando un precioso estampado de gotas escarlata. Con la tranquilidad propia de alguien que está muerto, o muerto en vida en este caso, la limpió con el borde de su vestido, importándole más bien poco lo que pudiesen pensar los demás asistentes. No existían para ella. Tan sólo estaban el cuerpo sin vida de Helena, ella y el vacío que había dejado. Se acercó, con pasos seguros en apariencia y depositó en su pecho, entre sus manos entrelazadas, aquella daga que tanto había significado para ella. Era lo más preciado que podía regalarle como despedida llegados a aquel punto. Se agachó con lentitud, con movimientos dignos del autómata más carente de vida, y depositó un beso en su fría frente. Mas no fue el beso la meta de aquel movimiento, sino susurrarle sus últimas palabras, aquellas con las que uno debía despedirse de un cazador de sombras y otorgarle el honor digno de su lucha. - Ave atque vale, parabatai. - Nadie más lo escuchó. Nadie fue consciente de aquella despedida. Nadie sabría nunca lo destrozada que estaba en realidad Ïara. Nadie sabría que jamás se recuperaría de aquello.

Hasta siempre, Helena.


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Re: Ave atque vale, Helena...

Mensaje por Jeriel Cross el Lun Mar 24, 2014 6:36 pm

La claridad de la mañana se filtraba a través de los paneles coloreados de vidrio, enmarcados elegantemente en las ventanas de madera oscura.  Anticipaba tímidamente lo avanzada que se encontraba a aquellas alturas, siendo curioso que a pesar del horario, Jeriel prácticamente arrastrara los pies por aquellos suelos resplandecientes con los ojos entrecerrados por el sueño mientras se desperezaba cual gato callejero.  La luz, que tan blanca le había parecido ahora que se paraba a pensar con detenimiento,  no era sino un augurio desafortunado de cómo sería recordado aquel triste día.   No tanto como la sonrisa estúpida que asomó a su rostro en cuanto se adentró en la cocina del instituto;  para nada comparable con la visión de aquel tejido blanco que recubría el delgado cuerpo femenino frente a él.  

De pronto, el estupor que parecía despertar en los cazadores de sombras aquel simple color dotado de pureza hizo acto de presencia, adueñándose del silencio incómodo que impregnaba todo a su alrededor.  Tan pálido y tan obvio como la misma muerte, aquello terminaba de confirmarle el presagio de que uno más de los suyos había caído en batalla.  Nada inusual en un cazador de sombras, acostumbrado a enfrentar la muerte con entereza, envuelto permanentemente  entre las sombras que sostenían los pilares de su vida. Quizás así fuera siempre el modo que tenían de reaccionar ante esta; tal vez poco más se podía decir.

Finalmente, la sonrisa del joven resultó  una mueca congelada en los labios, quedando entre Jeriel y una Angelique inusitadamente seria  una comunicación no verbal que ambos parecían comprender a la perfección.  Aunque pensándolo mejor, quizás aquella fue la clave que puso en marcha todas las alarmas en su cabeza.  
Poniendo una taza de café frente a él sobre la encimera, el joven entornó los ojos sin apartar la vista de ella, que parecía reacia a encontrarse con su mirada. Inmóvil por unos instantes, allí plantado sobre sus pies conforme una sensación de mal augurio se adueñaba de sus sentidos, recordaba haber hecho una simple pregunta en voz baja. Después de aquello todo se tornó confuso.

Las palabras que ella dijo  de regreso apenas alcanzaron el pensamiento, entumecido en la completa desconexión de su propio ser. Simplemente se cerró, ocultándose en su silencio y dejándose arrastrar por los murmullos de dolor que se hacían eco en su interior.  Dio media vuelta, rumbo hacia no sabía dónde, y para cuando fue consciente de dónde se encontraba, sus pasos ya lo habían conducido involuntariamente frente al cuerpo sin vida de Ellie.  
Apenas recordaba el tiempo que le costó llegar allí, mucho menos el que llevaba de pie en aquella sala oscura que se encontraba en las entrañas de la ciudad silenciosa. ¿Cuánto tiempo había pasado ya?  ¿Realmente había ocurrido todo aquello hacía tan solo unos minutos? ¿O habían pasado horas?   No, simplemente era medianoche.

 Aquella tristeza inmensa tomó las riendas y se dejó arrastrar voluntariamente.  Tan solo quedaba el recuerdo enmudecido en lágrimas contenidas bajo sus párpados cerrados y la brisa fría del anochecer.
Apenas le importó el olor metálico de la ciudad, el sonido del claxon de algún automóvil.  Ni tan siquiera el aroma a tubo de escape que provenía de los coches de la avenida por la que había regresado hasta quedar parado allí, simplemente porque ya no importaba.  En algún punto, su mente lo había transportado a otra época en la que los recuerdos eran más felices.  
Escuchó… No; sintió, la brisa fresca pasar entre el follaje de los árboles, el aleteo de las hojas temblorosas al igual que plumas emprendiendo el vuelo.   Aquellas risas tímidas e inocentes, así  como su propia voz juvenil que se hacía eco en el presente.  Cuando abrió de nuevo los ojos, ya secos, acalló finalmente aquella tristeza relegándola con tenacidad a un segundo plano. Frente a él quedó la imagen vívida de la que siempre fue Helena, aquella tenaz niña con la que tantos años de su vida había compartido. Años felices que con su peso anulaban por completo aquella emoción descorazonadora. Allí residía, al fin y al cabo, el poder de los recuerdos. Allí seguiría por siempre como había sido; seguiría siendo ella misma para siempre.

 Podría buscarla nuevamente en cada recuerdo, cada instante de tristeza en el que la sombra de tiempos mejores evocara su sonrisa y su vitalidad, hacer acopio de la poderosa fuerza contagiosa que residía en su interior por difícil que le pareciera en aquel momento, ya que aquello no era una muerte definitiva. No para ella, jamás podría serlo.  

Por ahora, ninguno de ellos podría seguir sus pasos por el camino que había emprendido, aguardando en un lugar especial junto a sus corazones y que le ofrecería la paz que merecía.  Quizás algún día, tarde o temprano, él mismo seguiría la estela de su estrella, guiado por el humilde aroma  de las rosas de su jardín.  Y como en su juventud, dejarían pasar las horas muertas a la sombra de aquel el viejo árbol,  con la única diferencia de que, para entonces, sus miradas estarían puestas en el feliz recuerdo de sus vidas pasadas, eludiendo el dolor que pudiera suponer el tiempo que pase tras su triste partida.  

"Si existe una vida después de ésta, déjame encontrarte en ella."
William Herondale.

Ave Atque Vale, Helena Trueblood

Read me, please:

En primer lugar, aún mantengo esa sensación de ¨no-me-lo-puedo-creer¨ por lo que sigo sintiendo esto bastante irreal. Se que tú continuas por aquí, hasta ahí llego, pero a veces las palabras no alcanzan a expresar lo que de verdad me gustaría, mucho menos con el tiempo que llevo de ¨vacaciones¨ je-je... Pero a lo que voy, conoces mi opinión sobre las defunciones de los personajes, y que lo entiendo como algo tan definitivo como la vida misma, de ahí que sienta tantísimo la pérdida.
Lo hermoso de ellos, es que puedes volver a sus inicios y retomar la historia desde el principio, aunque eso implique volver a emocionarte o quedar entristecido, según la historia. En parte he querido reflejar eso en el post, ya que en la vida no podemos leer las páginas marcadas de un viejo libro, pero si podemos intentar desempolvar esos recuerdos grabados a fuego en nuestra memoria por mucho que duela.

Es posible que tenga una percepción demasiado ¨real¨ con los personajes, ya que, aunque haya veces en las que me quede sin palabras, también las hay de las que te dejan sin ellas per se. Se sienten tan reales como cualquiera, y radica en ese sentimiento y ese ¨alma¨ propia la voluntad de convertirnos a los lectores en partícipes de sus desventuras, sus pasiones y sus tragedias.  Amé eso de Helena, y siento que no he podido estar a la altura como realmente merece. Al menos he querido dejar constancia de que Jeriel estuvo ahí, y lo sintió casi tanto como yo.  :129: 

Echaré de mucho de menos a Helena, pero como user olvídate del ave atque vale porque te quiero aquí por mucho tiempo y te amo.  

¨La vida es un libro, y hay mil páginas que aún no he leído. Las querría leer contigo, tantas como pueda, antes de morir."
Esta Cassandra, siempre tan intensa... *Rueda ojos*
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Re: Ave atque vale, Helena...

Mensaje por Adrianna Birdwhistle el Mar Mar 25, 2014 11:31 am

Como cada mañana, acudía al invernadero, a cuidar de cada una de las pequeñas flores que nacían, mantener bellas y cuidadas a aquellas que florecieron. Una costumbre adaptada de su parabatai, le llenaba de alegría dedicarse a ellas, pero aquel día, ni su belleza ni olor suturaban aquel malestar que la despedazaba.

Volvía a vestir de blanco, y no podía quitarse de la cabeza el olor a incienso que tanto revolvía sus entrañas. La angustia retornaba a estallar en ella, ya había visto caer a la gente que amaba, dejarlos partir, abandonándola. Sintiéndose de nuevo presa de la soledad, trago todo el dolor, y continuó con sus quehaceres. Cortó un par de rosas, a partir del tallo, unas gotas de roció salpicaban sus pétalos, o eso opinaba ella puesto que no veía sus ojos.

Alzo la vista, y pudo recordarla hablando, segura de sí misma, sonriendo, hermosa. Pocas personas había conocido así, Helena era una de ellas. No supo tiempo después de su gran arrojo y habilidad al salvarla, tanto que se sintió en deuda. Incapaz de hablar con ella por vergüenza, ya era tarde, la muerte deslizó sus manos impermutables y se llevó su alma antes de poder haberse despedido, de haberla agradecido salvarla de la muerte, no logró devolverle el favor en vida.

Oyó de fondo las voces de gente, iban a llevarla a la Ciudad Silenciosa, allí sería enterrada. La joven arrojó la regadera de latón contra el suelo y el agua volcó, formando un gran charco. Dolor la desgarraba lentamente como una condena. El pesar le daba arcadas, la compasión provocaban más lágrimas en sus enrojecidos ojos. Era incapaz de controlar sus emociones y menos bloquear las de todos los que estaban, estaba indefensa a todas aquellas impresiones que trataba por desgracia.

La muerte, dulce dama que acompañaba a otros mundos a tu alma, no era justa ni piadosa. Guardiana que el silencio espera acoger entre su seno más almas que se sumergían en aquel mar por el cual navegaba montada en su barca. No entendía de raza, edad o sexo, enfermo o sano, determinaba el fin de una existencia egoístamente. No sabía cuántas almas hería con sus actos, cuantas lágrimas y dolor fluían por la sangre de quienes lloraban por esa persona perdida. Solitaria esperaba ser comprendida, pero la joven estaba cansada de intentar entenderla. Languidecida de cómo sus juicios se llevaban a lo que más quería.

Ecos, la joven miró abstraída. “¿Ir ya?” Debía ir, no era por velar a un nephilim más, que en el olvido quedara: Acudía para no olvidarla, para guardar un poco de ella en su desquebrajada alma. Recogió las flores y estuvo abstraída en el silencio del camino. Lo odiaba, quería gritar, chillar hasta quedarse afónica, destrozar sus cuerdas vocales hasta liberar el padecer. Sentía que estaba lejos, muy lejos de allí, en aquella llanura de Brocelind rodeada de flores, ante sí misma, con un traje similar. Advertía ese desconsuelo, no le hacía falta ver su marca gris en la piel.

Su cuerpo involuntario, camino y recorrió los pasillos, aunque sintiera que sus fuerzas flojearan. Rota no podía mirar a la parabatai de Helena, no tenía palabras que la reconfortaran, ni siquiera las tenía para sí misma. Ni borrar el dolor de Jeriel, sabía que fueron amigos desde niños. Simplemente deseaba atrapar todo el padecer de la gente que la quería y sufrir por todos liberándolos de la mirada de desprecio de la muerte.

Sin saber cómo se adelantó hasta donde dormía, hermosa, parecía que estaba sumida en un sueño ¿No era eso la muerte? ¿Un sueño eterno, un mundo de recuerdos en los que se sumía el alma sin retorno? Y las lágrimas amenazaron con escapar de los ojos otra vez, se los secó con la manga del vestido como una niña pequeña, como una niña que perdió todo, y otra vez volvía a ser testigo de la crueldad de aquella dama. Una niña que perdía a otro ser querido, sin poder hacer nada, sin poder salvarla. Contempló las flores que la adornaban, en un ataque las quito todas y cada una de ellas.

No eran justas aquellas flores, no expresaban lo que era la cazadora, no hacían justicia a su persona. Acercó la cesta que había cargado, adornando su cabello con madre selva y jazmín con su suave aroma, no le importaba que pensaran que estaba loca, era su regalo para Helena. No había podido pagarle en vida lo que hizo por ella, estaba en deuda, y aquello era lo mínimo. Las flores se erigían como una corona en torno a sus cabellos, y le entrego la última junto al cuchillo que había dejado su parabatai.

Una rosa negra, florecida, desplegando sus bellos pétalos que descansaban entre los dedos Helena. La “Rosa Negra” no podía despedirse sin tener una que la inmortalizara, la más hermosa y a su vez frágil. Así era el ser humano, así eran ellos, por más que lo negaran,  cuerpos frágiles conteniendo una poderosa alma, tratando que no se rompieran y derramaran la esencia que los hacia humanos.  

- “Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel.” – recitó aquellas palabras a Helena entre lágrimas. – Espero que esa otra vida, nos haga volver encontrarnos, y tener el honor de poder conocerte más. Mientras prometo que te recordaré, Ave Atque Vale Helena. –murmulló antes de irse, sentía que se desmoronaba y necesitaba el reino de la soledad para ocultar su desolación.  

Read me:

Esto es lo que escribo desde hace mucho tiempo para mi, y no se si esta a la altura del momento, solo queria dar mi pedacito de alma a este momento, en el que el shock y la incapacidad de responder ante designios de la muerte llevan a actuar al personaje de maneras opuestas.

Trato con esto, narrar como Adrianna hace frente a esa muerte, a la que sabe que falló, y se siente responsable aunque se escape de sus manos el destino. Es su manera de despedir a Helena, el personaje ya que su user es imposible que pueda despedirme yo de él, porque se que sigue.

Repito que para mi fue muy fuerte escribirlo, y mas sintiéndolo casi en carnes propias, y se que quizás haya cosas sin sentido, o que no explique bien lo que siente, pero la muerte tiene ese tinte caótico y yo aun sigo shockeada con esto así que mi cabeza no da mas de si.
:248:

Su user sabe que seguiré con ella, y la querré sea quien sea, pero no quita que Helena fue un personaje principal, y  necesitaba al menos que se despidiera como se merecía. Me largo a comer chocolate antes de que me otro llanto - si lo vivo mucho a veces, lo siento soy así. -
 
Adrianna Birdwhistle
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Re: Ave atque vale, Helena...

Mensaje por Inquisidora H. Blackthorn el Vie Abr 04, 2014 6:40 pm



Ave Atque Vale, Helena Trueblood. Que el Ángel guíe tus pasos allá a donde tu alma descanse al fin en paz.
Inquisidora H. Blackthorn
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Inquisidor de La Clave
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Re: Ave atque vale, Helena...

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