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How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

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How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Miér Mayo 14, 2014 11:02 am


How terrible it is to love something that death can touch.

Ïara bajó la mirada hacia la daga ensangrentada, que goteaba sobre su vestido formando un precioso estampado de gotas escarlata. Con la tranquilidad propia de alguien que está muerto, o muerto en vida en este caso, la limpió con el borde de su vestido, importándole más bien poco lo que pudiesen pensar los demás asistentes. No existían para ella. Tan sólo estaban el cuerpo sin vida de Helena, ella y el vacío que había dejado. Tras el funeral, alguien le había ofrecido acercarla al Instituto, pero ella había reclinado su invitación con un recio silencio. La ya no tan pequeña Ankhïara había seguido andando; sus andares y su mirada carente de vida le otorgaban cierto aspecto de muñeca rota, sostenida tan sólo por dos precarios hilos. Un autómata, una marioneta cuya actuación había sido interrumpida. El viento soplaba sobre sus cabellos y arrancaba gráciles movimientos a su vestido; mas la estampa no era bella, sino siniestra. Evocaba la indeseable sensación que todo el mundo evita sentir en un funeral; el desasosiego, la desesperanza. La brutal certeza de que ninguno de ellos iba a escapar de la muerte. Sí. A ellos, nephilims, seres con sangre de ángel. La parca les daría la mano como a cualquier otro ser humano, a excepción de los inmortales. Y no podrían hacer absolutamente nada para escapar. Ni tan sólo en ese momento podrían llegar a sentir lo que Ankhïara sentía. Aquello sólo podría saberlo alguien cuyo parabatai hubiese muerto. No era como perder a un ser querido...Ïara lo sabía desde la propia experiencia. Era mucho peor. Siempre es triste y desesperante perder a un ser que se ama, tener que decir adiós a una persona por la cual habrías muerto gustosamente. Pero ese sentimiento jamás podría alcanzar al dolor provocado por la muerte del compañero nephilim; esta última provocaba un dolor físico, palpable, en el sujeto. Sólo podría atinar a describirse como si a uno le arrancasen el corazón. Eso había sentido Ankhïara; cómo una mano invisible se había abierto paso sobre la fina piel del corazón, desgarrando carne y músculo para llegar hasta él y, con maldad, arrancarlo de su lugar legítimo. Después el fuego, atravesándola como un rayo hasta llegar a su marca y borrársela, dejando tan sólo una pálida sombra de lo que había sido. Y desde entonces, no había sentido su corazón. En el sitio donde debería estar tan sólo sentía un vacío. Una fosa. Le dolía, pero como le dolería a un paciente su miembro ya amputado. Era un dolor sordo, seco como los ojos de la serbia que había dejado de llorar.

Abandonó sus zapatos en algún lugar. Ni si quiera eran suyos. La directora del Instituto se los había procurado junto con el vestido, no teniendo Ïara ningún atuendo decente para asistir al funeral. Qué más daba, pensó. Tan sólo eran unos zapatos cuyo tacón estaba causándole molestias. Se hizo de noche, o quizá ya lo era. Fuere como fuere, Ankhïara no reparó en ello hasta que una fina lluvia empezó a calarle el vestido, las gotas de lluvia fusionándose con las lágrimas de sangre. No sabía dónde iba. Había echado a andar sin más. Pero sus pasos la habían guiado acertadamente al único lugar donde una persona desmadejada podía ir; su subconsciente lo recordaría de alguna redada o alguna caza. Al fin y al cabo, aquello no era más que el infierno en la tierra, una brecha de averno a la cual podían precipitarse tanto cazadores como subterráneos a dejarse morir. O dejarse matar, según como se vea. Una densa neblina lamía las magulladas paredes y las numerosas grietas del suelo. Por todas partes habían cristales rotos, basura y alguna que otra mancha de lo que probablemente sería sangre. El olor era tan nauseabundo que haría esbozar una mueca hasta al más curtido de los cazadores. Por cualquier lado se adivinaban suciedad, inmundicia y esbozos de las peores de las vidas. Mas la joven no dio la vuelta. Siguió andando, sus pies descalzos esquivando delicadamente los cristales. No tenía miedo. ¿Por qué habría de tenerlo? No había nada que pudiesen hacerle que le causase más dolor del que ya había sentido. Lo único que podría causarle el colapso total era su recién recuperada hermana, y ella estaba fuera del alcance de cualquier monstruo. Se acercó a una puerta cuya madera podrida desprendía un olor rancio; su mano pálida parecía fuera de lugar en aquel pomo oxidado. Vaciló unas milésimas de segundo, pero inmediatamente después, su silueta desaparecía en la penumbra del tugurio.

Poco después, las cosas empezarían a volverse borrosas para la serbia hasta el punto de tan sólo tener imágenes descompuestas, flashes de lo que no sabía si era o no realidad. Recordaba haber pedido una sustancia en concreto. Recordaba cómo poco a poco su consciencia había ido diluyéndose cual soluble en líquido. Recordaba haber salido de allí, haber echado a andar. Nunca recordaría en qué momento la atacó el demonio. Pero allí estaba, huyendo de él. No tenía armas. Sus pies golpeaban el suelo con aspereza, cortándose en algún momento de la carrera. El vestido arrugado y manchado de sangre se le pegaba al cuerpo debido a la velocidad. Las hebras de su cabello se enredaban como serpientes furiosas. Y sus ojos, abiertos a más no poder, buscaban frenéticamente alguna vía de escape. Podía sentir su aliento en la nuca, su risa macabra anunciando que pronto la alcanzaría. Apestaba a putrefacción y a maldad. ¿Tiene el mal aroma? Probablemente no. Pero de ser alguno, sin duda sería aquel. El frío nocturno había conseguido bajar considerablemente la temperatura de las extremidades de la joven, que no tenía más abrigo que el del fino vestido que lucía, y pronto sus pies estaban demasiado entumecidos; tropezó y rodó por el suelo como un simple saco de paja. Curiosamente, sintió los golpes, pero no el dolor. Pudo apreciar que tenía los pies y las manos ensangretados, así como las rodillas, pero su cuerpo no fue sacudido con ningún ápice de daño. Se encontró cara a cara con el demonio; una sombra de siniestra silueta y orbes del más ruín rojo, observándola con la perversidad propia de un ente del infierno. La respiración de Ankhíara se cortó, mientras se arrastraba hacia atrás, hacia el muro. Sus manos buscaban frenéticamente alguna piedra, algún objeto que pudiese ser lanzado y provocar un mínimo de daño. La respiración entrecortada de la cazadora dibujaba nubes en el frío aire. Entonces la sombra maligna empezó a mutar, cambiando su aspecto con la parsimonia propia de alguien que no tiene prisa. Y pronto se tenía a sí misma enfrente. Cariel estaba en su mano, lo cual no hacía que la sonrisa retorcida de su rostro pareciese más amigable. El demonio se arrodilló frente a Ankhïara, que tenía la espalda contra la dura pared. No podía moverse. No podía defenderse. No podía hacer nada. El demonio rió cruelmente y, acto seguido, le cortó el cuello a la cazadora.
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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Jeriel Cross el Miér Mayo 14, 2014 3:09 pm

Todo nephilim sabe que la certeza de una muerte prematura debería ser una constante en sus vidas. Cada cazador de sombras tenía una misión, una razón de ser que justificara su existencia en este mundo devastado por seres que iban mas allá de la comprensión de muchos, si no de la gran mayoría. Estaban solos. Anulados completamente sin mas armas que su capacidad divina para afrontar cuanto se presentara a llamar ante sus puertas. Un umbral  tras  el cual uno podía perderse hacia ninguna parte si finalmente era atraído hacia un final incierto; un portal hacía la muerte. Un portal hacía el mañana que les depararía mas de lo mismo.

La gran mayoría cargaba sobre sus hombros la pérdida de un ser querido, un amigo o un conocido. Hijos arrancados de los brazos de sus madres, hermanos de armas que se dejaban la vida cada día para que el resto pudiera continuar con su particular mañana. Un legado que estaban dispuestos a continuar.
El futuro para ellos perdía significado, siendo nada mas que el ahora lo que realmente contara.  Aquello se consideraba un acto de valentía. Un honor seguir sirviendo a la Clave a través del poder oculto en las cenizas y en sus huesos. En definitiva, un motivo mas por el cual merecía la pena morir con orgullo.

Pero aquel era el pensamiento que uno mismo pudiera albergar, siempre rodeado de la pérdida como algo que realmente pudiera ser digno para un nephilim. No temían a la muerte. Guerreros capaces que ni siquiera titubeaban ante la mera visión del infierno sobre el que caminaban. Ignorantes en su gran mayoría de que el verdadero dolor de sus pérdidas residía en aquellos que quedaban atrás y los lloraban, cada cual como mejor sabía. Tampoco eran dados a las grandes manifestaciones de pesar o alboroto. Simplemente lo aceptaban con estoicismo.  Silenciosos, huecos , vacíos.  Rotos.  Tan solo necesitaban un corto periodo de duelo sumidos en su particular soledad, pero como en aquella vida de sombras y cicatrices, todo tenía un final.
 
Recordaba haber abandonado la ciudad silenciosa como tirado por unas cuerdas invisibles. Completamente ciego de cuanto le rodeaba, indiferente a las personas que se hallaban junto a él a pesar de que compartían el mismo sentido de la pérdida. O quizá ni siquiera se molestó en prestarles la atención suficiente.
Tampoco es como si en aquellos momentos le importara demasiado lo que pasara a su alrededor, pues simplemente guardaba para si mismo cuanto pudiera pensar o decir, incapaz de articular palabra o emitir sonido alguno dado el estado en el que se sumía. Su particular duelo egoísta, su momento de llorar a Helena del único modo en el que fue capaz por mucho que su amiga hubiera renegado de su forma de hacerlo. Simplemente se dejó llevar por la corriente,  acunado por el dolor y meciéndose con el absoluto abandono de su ser.

Vagó sin rumbo por un largo periodo, sumiéndose en el olvido que le facilitaba el fondo de una botella conforme la madera astillada de la silla parecía querer solaparse con su propia piel y la barra del bar lo mantenía prisionero de su propia estupidez.  Tal vez incluso se dejó llevar por la furia, seducido por el dolor en los puños en carne viva y el abandono en el fragor de una pelea.  Las horas parecían sucederse y el tiempo transcurrir en un lento tic tac del que apenas fue consciente. No importaba, tarde o temprano encontraría un motivo por el cual regresar.  Algo que justificara el sacrificio de alguien que amaba con tal de que el resto continuara un día mas con sus vidas. Una razón por la que no dejarse echar perder aún y cuando la bruma parecía no ser capaz de disiparse jamás.  

A su mente vinieron los recuerdos anteriores a conocer la muerte de su amiga. Tan solo unas horas atrás en las que todo parecía ser perfecto; antes de que el impacto de aquella noticia lo arrastrara a las viejas costumbres, ya tan arraigadas en su ser. Y finalmente, en aquel breve lapsus de claridad, encontró su razón.

Tras la bruma que siguió a la caída de la noche, las luces que se perfilaban sobre un cielo casi tan oscuro como el antro cargado por el aire viciado en el que había pasado las últimas horas se difuminaron. Edificios que rodeaban las calles desiertas en una ciudad repleta de habitantes que dormitaban, y de la que solo él  se encontraba realmente despejado a pesar de las altas horas.  La lluvia había comenzado a salpicar su rostro y sus cabellos,  llevándose junto a ella los pocos resquicios que pudiera conservar de aquella asfixiante sensación, dándole la bienvenida una vez mas junto con el recordatorio de que aún estaba vivo y la certeza de que seguiría un día mas caminando por aquel imprevisible mundo terrenal.

Era simple, seguía allí; arrastrándose por sus calles vacías con el frío calándole la ropa en un claro recordatorio de quién era y lo que debía hacer a continuación con tal de seguir adelante.  

Sus pies ya lo conducían de regreso al instituto, cabizbajo y con el rostro apenas oculto entre el cuello de su cazadora, cuando creyó ver la imagen misma de un espectro pasar ante sus ojos.  La silueta perfilada entre las luces macilentas de las farolas que iluminaban pobremente aquel callejón a unas pocos metros de él caminaba a paso lento, casi como si flotara entre el vapor helado que se alzaba bajo sus pies desnudos y el cuerpo empapado por las gotas de lluvia.  





Jeriel se detuvo a unos pocos pasos, llamando la atención de la joven con la voz haciéndose eco a su alrededor conforme este se confundía con el constante repiqueteo del agua corriendo entre ellos. De poco sirvió mantenerse allí parado sin apenas avanzar hacia la muchacha de mirada perdida, pues en cuanto se volvió  como a cámara lenta hacia él, echó a correr entre la basura del callejón, indiferente o totalmente inconsciente del vidrio esparcido bajo sus pies conforme ponía tierra de por medio entre ella y el joven.  Apenas irreconocible, y tras el breve vistazo que pudo tener de ella, Jeriel vio en aquel rostro a la joven que asociaba junto al cuerpo de Helena en el instante que se había adentrado en la cámara donde la velaban la mañana anterior.  Su parabatai. Su compañera, a la que siempre había visto junto a ella luchando en el club midnight.  Recordándola vagamente  en la fiesta en el invernadero, pero apenas consciente de que había escuchado alguna vez su nombre hasta que se dio cuenta de que lo sabía, justamente siendo aquello lo que estaba gritando una y otra vez a su espalda.

Ella corría como si el mismísimo lucifer fuera a la zaga tras ella, empujando a su paso contenedores de basura con tal de retrasarlo por mucho que el continuara llamándola cada vez mas confundido. Parecía fuera de si, completamente ida y con el rostro mortalmente pálido entre sus cabellos oscuros, que se le pegaban al cráneo y la frente empapados conforme le lanzaba una mirada enloquecida instantes antes de lanzarse con violencia contra la enorme puerta del instituto, internándose en el interior de nave y perdiéndose entre las sombras que acechaban bajo la luz de la velas.  

Con la respiración acelerada tras la carrera y dejando fuera el frío y la humedad de la noche, el joven avanzó lentamente tras ella a través de los pasillos oscuros, seguro de que la encontraría de un momento a otro dado que el piso de madera revelaba el sendero que ella misma había trazado con la huella de sus pies mojados, así como un reguero de gotas esparcidas en derredor que salpicaban cada rincón que no estuviera cubierto por las alfombras de Maryse.  Como siempre, la quietud y el resplandor tenue de la luz mágica plagaban cada rincón de aquel lugar que consideraban hogar, recibiéndolo con una cálida bienvenida que apenas tuvo tiempo de disfrutar, pues de pronto el estruendo de un cuerpo al golpear contra el suelo y el sonido sordo de muebles pesados cayendo le hizo acelerar el paso en dirección a la enfermería.

Creyéndose que tal vez la joven hubiera corrido hacia su habitación, Jeriel se había desprendido de la cazadora, que ya por aquel entonces era mas pesada en su mano y empapaba los suelos de madera junto a la puerta, en donde la dejó caer con un sonido de humedad en cuanto sus ojos se posaron sobre la cazadora con una expresión de absoluta incredulidad y sorpresa.

Medias lunas de un púrpura absoluto bajo unos ojos enturbiados y enloquecidos; piel mortalmente pálida hundida en las mejillas; el temblor incontrolable en sus manos, con unos delgados dedos entumecidos que sorprendentemente sostenían con firmeza el bisturí entre ellos. El filo, dejando tras de si un delgado hilillo de sangre que se unía a las múltiples heridas y cortes que cubrían el cuerpo y el vestido de la joven…  

La suela de goma sus botas resbalaron contra el piso, haciendo un ruido ensordecedor apenas amortiguado por el grito que escapó de entre sus labios. Se lanzó sobre ella rápidamente y golpeó su mano, lanzando el bisturí lejos conforme forcejeaba con la muchacha, que gritaba y aullaba mientras intentaba retenerla, tenaz en su intento de recuperar el arma mientras él la sostenía por los hombros y la sacudía con tal de hacerla entrar en razón.

- Ankhiära, detente! – Gruñó en un siseo intentando en vano buscar su mirada desenfocada. – Ankhiära! – Repitió no sin cierto grado desesperado, volviendo a sacudirla de nuevo mientras esquivaba arañazos y patadas. – Vuelve en ti, maldita sea!  


Última edición por Jeriel Cross el Vie Mayo 16, 2014 6:16 pm, editado 1 vez
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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Jue Mayo 15, 2014 9:45 am

El demonio se arrodilló frente a Ankhïara, que tenía la espalda contra la dura pared. No podía moverse. No podía defenderse. No podía hacer nada. El demonio rió cruelmente y, acto seguido, le cortó el cuello a la cazadora. Geist se agarró el cuello, cogiendo aire desesperadamente; el dolor había sido tangible por un momento. Pero no estaba muerta. Ni tan siquiera desangrándose en el suelo. Tan sólo un pequeño corte decoraba su fino cuello, y unos orbes demasiado abiertos la observaban con estupefacción. ¡Vuelve en ti, maldita sea! Ïara entreabrió los cortados labios para responder, para decirle que no sabía qué diablos había pasado y cómo había llegado hasta allí. Pero algo cayó de la boca del nephilim; la cazadora lo recogió, atónita al comprobar que era un diente. Levantó la mirada hacia él, buscando explicaciones. Pero más dientes empezaron a caérsele, dejando que poco a poco su boca se convirtiese en un agujero negro que se expandía más y más, creando un abismo que sin duda quería engullirla. Los ojos se le empezaron a arrugar y adquirir un insano color blanquecino, acabando por convertirse en dos asquerosos gusanos con pequeños y afilados dientecillos. Abrían sus nauseabundas boquitas para dejar escapar furiosos siseos a Ankhïara; del abismo que antes era una boca surgió una lengua negra que se acercaba a ella con la pretensión de lamerla. Esta vez sí encontró un arma en el suelo, junto a su mano derecha. Una jeringuilla. No dudó en hundirla con rapidez en lo que antaño sería el hombro de la criatura que mutaba su aspecto poco a poco. Un alarido estremecedor atravesó el entrenado oído de Ankhïara; sabía que no lo mataría, pero retrasaría al monstruo con aquel movimiento. Se levantó raudamente, recuperando de paso el bisturí y plantándose delante de él, amenazadora, con el arma en alto. Chirriaba los dientes sin ni siquiera darse cuenta, cual adicto a la cocaína; emitía un estremecedor sonido con ellos, similar al que hacía su padre cuando se cabreaba. Tampoco se daba cuenta de los espasmódicos temblores que recorrían su cuerpo ni de que tenía los ojos inyectados en sangre. Por no darse cuenta ni siquiera fue consciente de que su maltrecho cuerpo estaba lleno de pequeños y no tan pequeños cortes, rasguños y heridas varias que nunca sabría cómo habían llegado hasta ahí. Desquiciada. Estaba totalmente fuera de sí.

La dicotomia respecto a su aspecto no era poca; por una parte, parecía una chiquilla indefensa, enfrentándose a un demonio con un simple bisturí. Por otra, la locura de sus ojos era tan desmesurada que ni en el manicomio más prestigioso la habrían aceptado. Como en la famosa niña de blanco, se mezclaban en ella rasgos que inducían tanto a la pena como al pánico, a la inocencia y a la pérdida de la cordura. El demonio empezó a crecer y a crecer, deformándose su cuerpo y tiñéndose su piel del color de la muerte. Su cabello se desprendía de su cabeza con repugnante facilidad, a círculos, y al tocar el suelo se convertía en pequeñas cucarachas que la cazadora tuvo que pisotear. Se acercaba a ella; sus brazos, convertidos ahora en afiladas garras, querían cogerla. Se había arrancado la jeringuilla y un fino hilo de alguna sustancia verde le brotaba de la pequeña herida.-No te acerques.- Advirtió la voz de Ankhïara, ronca. Como era de esperar, no la obedeció. Del cráneo ya casi desnudo seguían cayendo aquellas indeseables criaturas; su número crecía a un ritmo frenético. La cazadora no daba a basto pisoteándolas y a la vez evitando que el monstruo se acercase, así que tuvo que empezar a retroceder, sin apartar la mirada del enemigo. Pero de nuevo algo se interpuso en su camino; un charco de aquella sangre verdosa del monstruo provocó que patinase -una bandeja de metal, en realidad-, aterrizando sobre su cabeza y, más tarde, su espalda. El golpe la dejó sin respiración. Estuvo unos segundos mirando al techo, conmocionada. Había techo. Era blanco. No estaba en la calle.  No había ningún líquido sobre el que estar tumbada. No se escuchaban los siseos y no había cucarachas intentando treparle por las piernas. ¿A caso lo había soñado todo? Ankhïara se incorporó lentamente, agarrándose la cabeza con una mano mientras de su garganta escapa un gemido. El desolador entorno le confirmó que no lo había soñado: casi todos los muebles estaban volcados, los utensilios médicos estaban esparcidos por el suelo, asemejándose a un campo de minas por el que había que ir con cuidado al andar, había alguna huella de sangre por el suelo y...Jeriel se agarraba el hombro allá donde la cazadora le había clavado la jeringuilla. - ¡Jeriel! - Esta vez, sí pudo hablar, aunque su voz sonaba extrañamente ronca y alterada. - Por el ángel, yo...- Pero entonces algo detrás del cazador llamó más su atención: una figura femenina recortada contra la puerta de la enfermería, observándola fijamente con cierta decepción en el rostro. La habría reconocido en cualquier parte. Era Helena. Cualquier rastro de color que hubiese podido quedar en el rostro de la serbia a estas alturas, desapareció por completo. Los ojos de color miel se volvieron cristalinos; allí estaba, su parabatai. - ¿Helena?
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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Jeriel Cross el Vie Mayo 16, 2014 5:46 pm

Por un fugaz instante, los ojos de la cazadora parecieron enfocarse. Un ligero atisbo de reconocimiento de apariencia casi tan frágil como su propia cordura, de la cual el muchacho dudaba que poseyera en aquellos momentos. Ante la mirada incrédula de Jeriel, se encontraba lo mas cercano a ella que pudiera recordar, y aún así era incapaz de concebir en aquella imagen a la Ihära serena y determinada que había tenido la oportunidad de conocer en otras situaciones bien distintas. Una sombra asustadiza, dotada de un brillo febril en los pozos oscuros que eran sus ojos abiertos desmesuradamente. Casi tan silenciosa como la recordaba, salvo por la respiración acelerada y entrecortada que escapaba de sus labios resecos y descarnados. Su cuerpo abandonando la tensión y la resistencia que ejercía segundos atrás, para quedar simplemente desmadejada entre sus brazos. Lentamente, Jeriel la soltó. Conforme se apoyaba sobre una rodilla y se adelantaba para estar a la altura de su rostro, pudo apreciar el cambio gradual en sus facciones, así como en la mirada cada vez mas inquieta, al igual que espectro blanquecino de una niña enfrentando una de sus peores pesadillas. Una manifestación quebradiza, capaz de resquebrajarse con la misma facilidad que el hielo sobre un lago escarchado.

- Ankhiära. - Susurró el joven cazador en un tono que pretendía ser tranquilizador. - Todo está bien, ¿De acuerdo? - Continuó alargando la mano muy despacio con tal de ayudarla a levantarse o quizás sacudirla para ahuyentar las alucinaciones. Era evidente que la estaba perdiendo y aquel viaje psicodélico la tenía atrapada del peor modo. Aún no tenía muy claro cómo proceder, pero no iba a dejarla allí corriendo el riesgo de que se desollara ella solita como había estado apunto de hacer. Tal vez incluso los efectos de la hipotermia lucharan contra las fiebres, puesto que tiritaba al igual que un animalillo asustado, presto para atacar de un momento a otro. - Tranquila, todo... - De pronto, se interrumpió en mitad de la oración con una alegre maldición, exhalandola mediante un siseo entre dientes que mandaba a la mierda todo resquicio de paz, calma y amor.

Sus ojos acompañaron el movimiento de los ajenos casi tan rápido como pudiera ser capaz de reaccionar cualquier cazador de sombras, anticipándose al siguiente movimiento que trajo consigo el ramalazo de locura que se apropió de la joven. Tan rápido como pudiera concebirse, casi tanto como pudiera reunir la hija de raziel en aquel momento con las energías por los suelos, pero aún conservando parte del poder grabado a fuego de sus runas, se lanzó sobre el primer objeto afilado que pudiera utilizar como si él no fuera ni mas ni menos que un jodido trofeo de caza en plena veda recién abierta.  Aquella jeringuilla terminó entre los dedos de Ihära, dispuesta a apuñalarlo en la cabeza si no hubiera sido por los reflejos del joven, que saltó fuera de la trayectoria de aquel misil punzante en el último momento. Agradeció que no se tratara de un hacha o cualquier otro objeto de dimensiones mas precisas al tiempo que continuaba con una retahíla mas de imprecaciones. La bloqueó en primer lugar, y tras un forcejeo que resultó inútil a sus propósitos de no lastimarla, aquella condenada humedad que se había ido acumulando bajo sus botas lo hizo sucumbir bajo el impulso de su arremetida.


Aquella maldita cosa se clavó hasta el fondo, enviando un dolor punzante a través de sus músculos y precipitándose hasta la punta de sus dedos en forma de calambre. Jeriel emitió un grito que reverberó entre las paredes de aquella sala con el eco de un gruñido. Maldita lunática...! Auch! Aquella imagen era tan jodida y ridícula que incluso hubo un instante en el que no podía creerlo. Hicieron falta unos segundos, lanzando una rápida mirada que gritaba loca hacía la paciente rabiosa hasta que se sacudió aquella maldita aguja rápidamente, sin molestarse en disimular una expresión molesta conforme rodaba e intentaba atraparla. Pero era fuerte. Mas de lo que pudiera parecer en aquel momento, y tras un forcejeo todavía mas inútil pese al adormecimiento de sus músculos, la piel resbaladiza bajo el fino tejido de aquel vestido se escurrió de entre sus dedos mientras gritaba su nombre y se incorporaba con tal de seguirla de nuevo.

Se sentía como Alicia en el país de las maravillas, siguiendo al condenado conejo blanco hasta la madriguera de fantasilandia. No quiso ni imaginar que era aquello que se había metido en el cuerpo, pero al menos no cargaría con la responsabilidad de encontrarla a la mañana siguiente con la cara estampada contra el patio exterior del instituto. Practicar la caída libre hasta arriba de alucinógenos era una idea estúpida incluso hasta para él... Aunque aún menos le gustaba la idea de ser trinchado por un bisturí.

-No te acerques.- Advirtió aquella voz hueca. Rota.


Deteniendo su avance de pronto, el joven se paró frente a ella con ambos brazos extendidos a los lados en el idioma internacional de ¨soy infensivo¨. Mientras, ella parecía no verlo, enarbolando aquel instrumento quirúrgico con una destreza envidiable a pesar de su inestabilidad. Temía que volviera a lo de antes. Temía realmente lo peor, como que se inmolara frente a él, derramando mas sangre sobre el piso de la enfermería y teniendo que recordar la visión de aquella vida echada a perder sin haber sido capaz de haber hecho absolutamente nada por evitarlo. Maldita sea, ni siquiera sabía si al menos era capaz de reconocerlo sin intentar matarlo de nuevo. Dado su estado catatónico, había evitado por todos los medios provocarle mas daños de los que ya lucía sobre su cuerpo maltrecho, pero decidió que a la mínima, fuera como fuera, la noquearía antes de que volviera a intentar hacerse daño o que ese filo atravesara de nuevo su piel. O la suya, ya puestos.

- De acuerdo. Pero por favor, por favor, - Repitió con un deje desesperado, sintiendo que se repetía una y otra vez presa de la impotencia como en una de esas películas de mierda. - tranquilízate, ¿Ok? Nadie aquí quiere hacerte daño...

Pero Jeriel no podía, ni era capaz, de mantenerse en la distancia. No al menos cuando comenzó a sentirse rodeada por... algo. Criaturas invisibles que ella pateaba desesperada, produciendo ruiditos y gruñidos entrecortados mientras se perdía mas y mas en aquella fantasía dañina.

- Ankhiära, no las mires! - Gritó con tal de que centrara su atención a él de nuevo. Sin apenas darse cuenta, Jeriel había avanzado poco a poco. A su vez, ella retrocedía, intentando desprenderse cada vez con mas ímpetu de aquello que parecía reptar a su alrededor. - No hay nada ahí, Ihära. Escúchame... - Pero todos los intentos fueron inútiles, y aprovechando aquel instante de confusión, se lanzó a por ella en cuando la vio perder pie y caer estrepitosamente. Como a cámara lenta, se sintió correr hacia ella, incapaz de evitar la serie de golpes que se sucedieron, uno tras otro.

- Maldita sea..! - Volvió a maldecir, terminando junto a ella a pesar del impacto de sus rodillas contra el frío linóleo y la lluvia de utensilios que se derramaba a su alrededor. Ya se temió lo peor al percibir la brecha a un lado de su frente, agachándose sobre ella conforme la tomaba de la barbilla y apartaba los cabellos de su rostro con tal de asegurarse de que seguía de una pieza y no con el cuello roto.

- Hey! - Susurró ayudándola a incorporarse. No pudo disimular el suspiro de alivio, así como tampoco el derrumbe físico y emocional en cuanto de dejó caer junto a ella sin dejar de buscar con la mirada algún indicio de locura residual. - ¿Estás conmigo? - Preguntó tras una rápida evaluación de los daños. Vaya, el émbolo había salido despedido, pero la aguja continuaba allí clavada. Qué suerte la mia! Se dijo con una mueca conforme se arrancaba el metal. Después, alargó la mano y tiró de la manta que había tendida sobre una de las camillas mas próximas, con su cuerpo protestando una y otra vez debido al cansancio. Pero se quedó paralizado a mitad de la acción, y olvidando cualquier otro pensamiento razonable, volvió sus ojos abiertos con estupefacción hacia ella. Tras una fracción de segundo, el cuerpo del joven volvió a ponerse en tensión, esperando lo peor. Una vez mas, por sorprendente que fuera. No sabía que había tomado, mucho menos podía predecir la duración de sus efectos.
Pero estaba demasiado conmocionado por lo que había dicho y por el dolor de la pérdida, por lo que siguió su mirada por instintos y apenas pensar. Tal fue la rapidez que  apunto estuvo de que la cabeza le diera vueltas sobre sus hombros.

Entre la penumbra, perfilada entre sombras y el leve resplandor de la luz mágica que se filtraba proveniente del corredor, una silueta perfectamente enmarcada bajo el umbral de la puerta les devolvía la mirada. Tal vez había perdido la cordura él también. Por qué no, incluso la conmoción cerebral como resultado de los continuos golpes que había acumulado en las última 24 horas fuera el detonante de una visión capaz de voltearle el corazón, provocando un sobresalto inicial que pronto se convirtió en una punzada de dolor. La pena se adueñó fugazmente de sus rasgos, siendo borrada de un manotazo a pesar de que sus labios entreabiertos aún reflejaban cierto grado de... ¿Decepción? ¿Esperanza cruelmente arrancada por la realidad?
Todo fue peor cuando se volvió hacia la muchacha, temblorosa y apenas siendo consciente de la debilidad. Inexplicablemente, continuaba allí, consciente, simplemente para tener que revivir un poco mas de aquella pérdida y del dolor que podía entrever en sus ojos.

- No, Trejžtiakova. - Susurró echando la manta sobre sus hombros. No se permitió dejar translucir su propio dolor, pero su tono resultaba tan monocorde que ni bajo la mas pesada de las mantas sería capaz de encontrar el modo de hallar la calidez a esa realidad. Se había ido, pero no por ello podía permitirse dejar que ella conociera la desesperación que se ocultaba tras sus palabras. No cuando ella soportaba todo el peso de la propia. No cuando estaba a muy poco de desmoronarse de nuevo. - No es Helena.


- Mírame, - Musitó con urgencia, acomodando aquel tejido áspero sobre su cuerpo tembloroso. Temía que de un momento a otro su mente se fuera de nuevo al carajo. O peor, que entrara en estado de shock, le entraran convulsiones o simplemente terminara medio muerta por la hipotermia. - Necesito saber qué demonios te has metido. Hey! - Volvió a llamar su atención con suavidad antes de que tuviera tiempo de marcharse. - Quédate con nosotros, ¿De acuerdo?

Sin soltarla, Jeriel la sujetaba por los hombros cuando se giró ligeramente hacia la desconocida que se encontraba junto a la puerta.

- ¿Puedes ayudarme? - Preguntó, centrando de nuevo su atención en la reina de las pastillas mientras intentaba encontrar el modo de proceder con ella. ¿Incorporarla? ¿No incorporarla? ¿Pero, podrá dar dos pasos sin desplomarse? ¿La tomo en brazos? ¿Que tal una camisa de fuerza? No me sorprendería... Le lanzó una mirada de reojo. - En alguno de esos estantes debería haber algún tipo de hierbas para desintoxicar tu sistema. Tal vez unas cuantas runas y... Joder, dormir como una semana entera. - Bromeó para nadie en concreto sin humor alguno con lo que pretendía ser una carcajada quebrada y muy cansada.


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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Ekatherina el Lun Mayo 19, 2014 3:33 pm

Arrastró el bolso de mala gana, golpeando entre sus talones mientras sus ropas escurrían totalmente empapadas por la repentina lluvia que le había tomado por sorpresa desde que puso un pie en aquel país. En su mente reprochó una y mil veces el haber olvidado su único y  mejor abrigo, al mismo tiempo la voz del señor Modeveanou resonó en su cabeza, ronca y sepulcral junto a su ceño fruncido marcando interminables arrugas que jamás se estiraban mientras alzaba su bastón, listo para castigarle por su descuido.
Se detuvo a escasos metros de la entrada, ya sin intenciones de resguardarse de la lluvia. Alzó la vista sin dejarse sorprender por la imponente estructura gótica  que parecía querer engullirle hasta hacerle desaparecer. Era como todo instituto de cazadores, con sus propias historias resguardadas entre aquellas paredes.  Alzó el pequeño y maltrecho papel con la tinta escurriendo cual lágrimas negras entre sus dedos, la mayor parte de las palabras eran manchones de una dirección apenas legible, “suerte” y “buen viaje” mordisqueaban la última extensión de la hoja. La comisura de su labio se curvó y devolvió el papel a su bolsillo completamente húmedo formando una poza. Se sentía desilusionada,  sabía que no podía esperar globos ni música ante su llegada, pero al menos alguien que le dijera “bienvenida”. Traspasó de lleno el jardín y para su sorpresa la puerta yacía abierta de par en par, quizás si le habían estado esperando o quizás alguien la había dejado abierta en un descuido, de cualquier forma ya estaba ahí y el frío calaba por sus huesos, por lo que decidió poner un pie frente al otro hasta cruzar la entrada.
Se quedó de pie en aquel umbral, no había nadie y la puerta seguía abierta. Ekatherina se preguntó si debía cerrarlas o si aquel instituto siempre mantenía sus puertas abiertas como una señal de hospitalidad.  No alcanzó a devolverse cuando una sombra sigilosa se fundió junto a la suya, se volteó espantada con la imagen de mil y un demonio a punto de atacarle, mayor fue su sorpresa cuando un par de ojos tornasol y bigotes largos le saludaron.
-Por supuesto- masculló-No pueden entrar demonios al instituto- Y por segunda vez pudo oír la voz del señor Modeveanou con su bastón al aire.
El felino le observó con aquella misma parsimonia como si Kate fuera una simple decoración más en las paredes, quizás sosteniendo luz mágica o un estampado en las alfombras. La joven se decidió a cerrar las puertas sin esperar que nadie le diera las gracias y retomó aquel mismo charco en que había estado parada hace unos segundos. La fila de pasillos era extensa y no sabía cuál debía tomar. Como respondiendo a la pregunta de sus ojos el felino balanceó su cola de un lado a otro con aquel encanto peculiar, altanero y elegante que terminó hipnotizando a la joven mientras la hacía una invitación pasajera a que le siguiera. Ekatherina dudó si se estaba volviendo loca por seguir a un gato, no era de llevarse con animales, no después de que un zorro le mordiera y que los perros de caza del señor Modeveanou le persiguieran por campo abierto hasta caer desmayada del cansancio.  Sus recuerdos fueron interrumpidos abruptamente al intentar mantener equilibrio luego de patinar con el barro de la entrada, para su suerte logró afirmarse de la pared antes de aventarse al piso de rodillas.
-¡Por el ángel! ¿Qué es esto?-Dijo observando las huellas de barro en el piso.
Las grandes zancadas iban seguidas de unas más pequeñas, un caminito que se perdía más allá de la luz mágica en un fondo negro como el averno. Desde ahí evocó un lánguido sonido retumbando entre las paredes, era cristal reventando, metal cayendo al piso y algo más, algo que no podía discernir. Un frío recorrió su espalda subiendo hasta su nuca, avanzó aún apoyada en la pared como si ésta fuera su única guía. Odiaba aquella sensación de incertidumbre, que se apoderaba de ella hasta hacerle temblar las rodillas. –Eres una cazadora- se repetía al compás de sus latidos, con la respiración entrecortada casi extinguiéndose, fusionándose a la pared esperando no ser vista. La luz derramó como la miel formando un pequeño rectángulo,  el sonido se agudizó aún más y podía reflejarse el brillo particular de las piezas de vidrio en el piso como si fueran trozos de diamante. Sintiéndose una niña pequeña nuevamente, se escondió en el marco de la puerta observando cual vil ladrón, quizás un vampiro al acecho antes de atacar a su víctima. Siguió la pelea por un instante, notando los movimientos espasmódicos de la joven y los intentos frustrados del otro por resguardar su seguridad, ahogó un grito cuando le clavó la jeringuilla al hombro y se mordió los labios cuando cayeron al piso en un ruido sordo.
En aquella pequeña fracción de segundo, en que la joven pareció recobrar la cordura, sus ojos se encontraron con los de ella. Tenía la misma mirada de terror que había visto innumerables veces frente al espejo. Un sonido ahogado subió desde su estómago hasta atorarse en su garganta, retrocedió de su escondite con brusquedad sintiendo como sus ropas empapadas y su espalda se acoplaban de manera perfecta a la pared. Pensó en buscar una salida.
- ¿Puedes ayudarme? –
Preguntó él, sacándole de su aturdimiento. Sus rodillas tambalearon antes de decidir poner un paso enfrente. La voz del señor Modevenaou apareció por tercera vez junto a su bastón y decidió apresurar el paso, solo entonces fue capaz de dar cuenta del desastre que había, era como si una batalla entre el cielo y el infierno se hubiera llevado acabado en la enfermería. Con extenso cuidado alejó los trozos de vidrio de su camino, pero no pudo evitar dirigir una mirada incomoda a las heridas de ambos. ¿Qué debía hacer? ¿Debía buscar su estela? Ya se encontraban en la enfermería, por paradójico que fuera, y sin embargo no tenía idea qué podía rescatar del desastre regado al piso. Pensó en lo que su madre habría hecho, en el primer día que llegó al orfanato y le ofreció una ducha caliente y ropas limpias, quizás eso serviría. Extendió su mano temblorosa, como hace uno cuando se acerca a algún animal callejero temiendo espantarle.

-¿Puedes caminar?- preguntó sintiendo su voz ajena, poco acostumbrada a utilizar un idioma que no fuera el de su lengua materna, arrastrando una que otra palabras más de lo debido. -¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo?-
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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Mar Mayo 20, 2014 5:30 am

Qué ingenuo soy cuando me aferro a clavos ardiendo,
como si quemaran menos que otro tipo de infierno.

Cualquier rastro de color que hubiese podido quedar en el rostro de la serbia a estas alturas, desapareció por completo. Los ojos de color miel se volvieron cristalinos; allí estaba, su parabatai. -¿Helena? - Los zafiros de la Rosa la observaban con fijeza, como antaño solían hacer; analizaban cada uno de los gestos de Ankhïara y los interpretaba como haría con un libro abierto. Nadie más había conseguido hacerlo. Y quizás por ello nadie ocuparía jamás el enorme vacio que le había dejado en el pecho, allí donde su corazón seguía latiendo por pura inercia. Volvió a recordar, por milésima vez en un corto lapso de tiempo, el preciso instante en el que supo que Ellas serían inseparables. Aquella noche en la que Ïara reaccionó, por primera vez en mucho tiempo, con un gesto afectivo hacia otra persona; posó la pequeña mano sobre la rodilla de su futura parabatai en un intento de consolarla, y supo que sólo ella podría ser su compañera. Inseparables. 1- Que no se puede separar, 2 [Persona] que se encuentra estrechamente unida a otra. Qué ilusa había sido, qué ilusa. Había habido tanta magia en Helena que creyó que siempre estaría a su lado. Había ignorado la vocecilla interna que le susurraba que aquello acabaría algún día, que eran cazadores de sombras. ¡Y a qué alto precio! Entonces supo que lo que había en los brillantes orbes de su parabatai no era decepción, sino tristeza. Ella también la echaría de menos, allí donde fuese a estar. La promesa en sus ojos antes de apagarse había sido clara; volverían a encontrarse. Algún día. Algún día...La separación sufrida sería tan sólo temporal. Duraría hasta que alguna daga impactase en el pecho de Ankhïara, hasta que algún demonio la atravesase con sus garras, hasta que alguna herida fuese demasiado para ella. Había mil posibilidades y todas ellas finalizaban en el mismo lugar. No había otro destino, otra meta, otro final para un cazador. La Sombra lo sabía. Helena lo había sabido. Tan sólo cabría esperar. Dejar que el tiempo se escurriese entre sus manos cual granos de arena, hasta que finalmente se agotasen y su gran amiga, la Muerte, la recogiese y se la llevase allá donde todos van al fallecer. Pero no podía ser, no aún. Ïara no podía marcharse, dejarse llevar por aquella perspectiva que poco antes le habría resultado tan tentadora. Su hermana había vuelto y ella tenía que vivir. Tenía que cuidarla, que mantenerla a salvo como años atrás no pudo hacer. Helena pareció entender, como si hubiese leído los pensamientos más profundos de la serbia. Una sonrisa, triste y feliz al mismo tiempo, se dibujó en su exquisito rostro antes de pronunciar. - A donde vayas, yo iré. Donde tú mueras, yo moriré. Y allí seré sepultado; el Ángel será mi testigo y aún mas, hasta que la muerte nos separe a ti y a mí. - Supo, en su fuero más interno, que aquello era una despedida. Y Ankhïara no quería que se fuese, no otra vez. Pero lo comprendía. Las cosas habían sucedido así y no había nada que ella pudiese hacer para cambiarlas porque, de poderse, ella ya habría revuelto cielo e infierno hasta dar con la solución. Pero la muerte era tan inevitable como irreparable. Los ojos ámbar de la serbia se llenaron de lágrimas que nunca llegaron a salir; tan sólo una escapó de la cárcel en la que estaba, deslizándose con lentitud hacia abajo, hasta acabar en el precipicio que suponía la barbilla de Ïara. Allí estuvo unos instantes quieta, como decidiendo si saltar o no hacerlo, si dejar atrás todo lo conocido o aferrarse a un clavo ardiente. Finalmente saltó. Y justo unas milésimas de segundo después, la voz de Ankhïara, en un apenas inaudible susurro, respondió. - Hasta que la muerte nos separe a ti y a mi.

La promesa había quedado sellada. Nada más sujetaba a Helena en aquel plano. Su cuerpo empezó a deshacerse, empujado por una brisa que antes no estaba, como si estuviese hecho de arena, hasta que de ella no quedó nada que señalase que había estado allí. Y la Sombra se vio en la enfermería, con un Jeriel preocupado hablando sin cesar y, en el lugar que antes había ocupado Helena, otra muchacha que jamás había visto. Se aclaró la garganta, aún amordazada por la emoción vivida. No, Trejžtiakova. No es Helena. Había dicho Jeriel mientras le echaba una manta por los hombres. Ankhïara quiso responderle que sí lo era, pero supo que no era lo mejor en aquellos momentos. Ciertamente, ella tampoco sabía qué pensar. Al fin y al cabo, había estado alucinando hasta el momento. Pero su maltrecho corazón no quería dejar escapar aquello que había vivido, no quería descartar por completo la idea de que aquello había sido real. Se permitiría a sí misma pensar lo contrario, aunque jamás se lo confesase a nadie. No quería acabar hasta el culo de prozac o babeando en algún psiquiátrico. Agradeció el calor que la gruesa manta transfería a su delicado cuerpo. Advirtió entonces que allá donde posase su mirada, había una herida o un rasguño. El calor hacía que cada vez fuese más consciente de sí misma, pero también le procuraba que empezase a sentir el dolor a una velocidad de vértigo y, allá donde no había sentido nada hasta el momento, sentía pinchazos de aguja, los músculos atenazados, los pies doloridos. Jeriel le preguntó qué diablos había tomado, y ella no pudo más que encoger los hombros como toda respuesta. No había sido muy adepta a las drogas -a excepción de aquella vez que Angelique mezcló polvo de hadas en la bebida, no había probado ninguna-, ni siquiera al alcohol. Por tanto, por mucho que su memoria no estuviese dañada y alterada por la sustancia, no habría sido capaz de decir qué mierda había dejado que invadiese su organismo. Una escueta afirmación fue su siguiente respuesta. Estaba allí. No pensaba irse – Sí. - Jeriel empezó entonces a parlotear sobre posibles soluciones. Ankhïara se preguntó si aquel muchacho sería así normalmente o si en cambio la situación le había sobrepasado. No lo conocía, a decir verdad, y no era capaz de decidirse por ninguna alternativa. Supuso que una mezcla de las dos cosas sería la opción más asertiva. Aunque su atención estaba centrada en escuchar lo que decía el cazador que tenía enfrente, su mirada se desviaba continuamente a la figura que se mantenía erguida e inmóvil en el marco de la puerta cual estatua de piedra. No sabía de dónde había salido. Bien habría creído que era otra alucinación de no ser porque Jeriel también había reparado en ella y le había dirigido la palabra. Unas palabras clave hicieron que volcara de nuevo su atención sobre él, frunciendo el ceño levemente. - No voy a tomar nada hasta que no sepamos qué me he metido. - Afirmó, totalmente segura de sí misma. No iba a hacerlo. No iba a confiar en el criterio de aquel muchacho. No sabía a ciencia cierta el nivel de sus conocimientos sobre hierbas, pero habría apostado cualquier cosa a que no era muy alto. Los cazadores de sombras que se centraban en ese tipo de conocimientos podían contarse con los dedos de una mano y él, más que el típico que pasaba el día entre libros, tenía todo el aspecto de aquel que en la lucha está en la vanguardia.

Escuchó entonces la voz desconocida de aquella joven que debía ser una cazadora también, y negó suavemente con la cabeza. Se arrebujó más en la manta, aún sentada en el suelo, mientras caía -no sin cierta sorpresa- en la cuenta de que el dolor estaba remitiendo. Poco a poco, las partes doloridas iban adormeciéndose y los músculos entumecidos, relajándose. Dejó de sentir los pies, las manos, la cabeza...todo aquello que había dolido, se sumía entonces en un apacible estado de distensión. - Estoy bi...- Empezó a pronunciar, los orbes ámbar clavados en los azules de aquella muchacha. Pero antes de que pudiese acabar la frase, aquella somnolencia general la atrapó. Quiso advertirles, pero no pudo. La boca se le había vuelto pastosa y no lograba articular ninguna palabra. Los ojos se le cerraron, como si el cansancio de mil hombres hubiera hecho mella en ella. Los músculos se relajaron tanto que, repentinamente, se vio de nuevo tirada, tumbada sobre el suelo. No era cansancio. Era una pérdida de consciencia. Tal vez por la sustancia alucinógena, tal vez por la fuerza de los acontecimientos. Su cerebro se había cerrado en banda y había decidido tomarse unas vacaciones obligadas. Sintió cómo la oscuridad la rodeaba, cómo de un mar negro surgía un brazo siniestro y la arrastraba, cada vez más adentro. Intentó luchar contra la inconsciencia, pero a medida que la profundidad de aquellas aguas iba cerrándose sobre ella, el dolor, tanto físico como mental, desaparecía. Había anhelado tanto aquella sensación...había añorado tanto aquella paz mental que durante años había perdido. No fue difícil dejarse llevar. Escuchaba las voces de los cazadores ya tan lejanas como su propia infancia; ni siquiera fue capaz de advertir la inquietud que las teñía. Estaba demasiado centrada en la atractiva opción de descansar. Descansar. Por fin. No un descanso eterno, tal vez, pero sí uno que le procurase algo parecido al sueño, pero sin las pesadillas que solían atormentarlas. Dejó pues que las aguas la tragaran, que se la llevasen al fondo del negro mar. Pero antes de perderse del todo unos ojos hipnóticos, de un verde oscuro tan extraño que costaba creer que aquella tonalidad existiese, aparecieron en su memoria. Y, entonces, la oscuridad la tragó.


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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Jeriel Cross el Mar Mayo 20, 2014 8:49 am

La muchacha se acercó a ellos con precaución al principio, lanzandoles miradas preocupadas que iban tanto del uno al otro. No la conocía, pero imaginó que sería una de tantos cazadores que iban y venían a nueva york. Ciertamente, nadie esperaría una bienvenida como aquella. No con aquella escena que se desarrollaba ante ella, entre las sombras de una enfermería completamente destrozada con aquella pareja de nephilims malheridos presidiendo el desorden épico que se extendía a su alrededor, completamente mojados, ensangrentados y pálidos.

Tras el alboroto, en aquella estancia reinó la mas absoluta calma, rota tan sola por el susurro de la voz de Jeriel, que denotaba cierto grado de nerviosismo. Una bruma de engañosa calma tras la tormenta que se desarrolló entre aquellas cuatro paredes, y la tensión que se acumulaba en el cuerpo del joven pareció abandonarlo mediante un suspiro de alivio, agradeciendo la ayuda que pudiera ofrecerle la joven en aquellos momentos.

Su atención regresó de pronto a Ankihara, siendo aquel tono quebrado en su tono de voz algo mas audible pese a la debilidad que se dejaba entrever, recuperando poco a poco el control sobre sus capacidades sin aquella droga nublándole el juicio. - No voy a tomar nada hasta que no sepamos qué me he metido. - Negó con firmeza tras unos instantes en los que pareció reconocerlo. Aquel comentario se mereció una mirada escéptica de Jeriel, que la miró con las cejas arqueadas.

- Bien, eso deberías haberlo considerado antes de consumir vete a saber qué. - Replicó con un humor que no lograba reflejar del todo diversión alguna. Tal vez la preocupación y el pánico que habían atenazado sus nervios hacían mella en él, anulando todo sarcasmo en él. No ayudaba el hecho de que desconfiara de él una cazadora que había intentado matarlo con un bisturí. - Cualquier cosa que haya por aquí será mucho mejor que lo que circula por tu organismo, amor.

En realidad, Jeriel actuaba a pura fuerza de voluntad. El instinto tomó el mando aún cuando alguna parte de sí mismo gritaba en su interior, urgiendolo a salir cuanto antes de allí. Mediaba mejor en situaciones de crisis cuando los golpes reemplazaban a las palabras y los gritos a la delicadeza. Alguien capaz de reunir una paciencia digna de... bien, cualquier otro menos de él. Pero su conciencia arañaba con mucha mas insistencia, recordándole que al menos, le debía eso a Helena. Le debía mucho mas que aquella actitud a la que había recurrido gran parte de su vida, fingiendo que todo aquello le importaba una mierda y tomando la primera vía de escape que se le presentara. Sería tan fácil. Se dijo, tan fácil dejarlas allí con algún comentario desinteresado. ¨Bien, creo que poco mas hay que pueda hacer yo aquí. Arréglatelas como mejor puedas y espero que sobrevivas al intento. Ah, por cierto, bienvenida! Yo me largo.¨ Un buen baño de agua caliente, un par de runas y la inconsciencia...

Pero de pronto, sintió bajo sus manos como el cuerpo de la joven se relajaba hasta tal punto que, apenas sin darse cuenta, ya se encontraba desmayada entre sus brazos. Reaccionó rápidamente, atrapándola con una maldición mas a su repertorio antes de que volviera a golpearse la cabeza contra el piso. Alzó sus ojos dorados, lanzándole una mirada preocupada a la muchacha nueva entre las sombras antes de actuar una vez mas por impulso, recogiendo el cuerpo desmadejado de Ihära entre sus brazos y alzándola con una mueca. Aquella noche no podía ser mas rara, derivando cada vez mas a algo que escapaba totalmente de su control.

- Creo que por el momento será imposible que haga cualquier cosa... - Murmuró parándose frente a la joven con Ankihära en sus brazos. - No si no hacemos algo. - Observó la palidez cada vez mas extrema de la joven, con sus labios de un enfermizo color violáceo casi tan evidente como las marcas bajo sus párpados cerrados. - Y rápido. - Concluyó, percatándose del incontrolable castañeo de sus dientes y el tiritar involuntario de su cuerpo flácido. - Deberíamos subirle la temperatura, la manta no basta. - Gruñó pasando junto a ella, impelido por una urgencia nacida de la confusión y el temor. - Necesita una runa de curación, rápido, trae tu estela... - Demandó con algo parecido al nerviosismo camuflado bajo capas y capas de fría determinación con la seguridad de que lo seguiría.

El joven se internó en el corredor, caminando prácticamente a zancadas sin perder de vista el rostro de la joven, cuya cabeza sostenía para evitar que colgara desgarbada a cada paso que daba. Sin miramientos o preocuparse en la serie de explicaciones que tendría que dar a la directora a la mañana siguiente, abrió de una parada la puerta de una de las tantas habitaciones vacías que flanqueaban el pasillo del ala residencial y se metió directamente en el baño. Depositó a Ankihära en el piso de la ducha con cuidado y giró la llave del grifo con tal de que el agua cayera hasta alcanzar la temperatura idónea antes de meterla bajo el chorro. La tomó por la barbilla sin dejar de llamarla por su nombre, buscando algún tipo de reacción o mínimo parpadeo, pero solo se escuchaba el rumor del agua corriendo junto a ellos.

Buscó de nuevo los ojos verdes de la cazadora con cierta desesperación en el brillo de los propios. Jamás confesaría ante nadie que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero supo, por el modo en el que la miraba, que su expresión escondía en silencio una demanda suplicante. En aquel momento, ella se encontraba acuclillada junto a él, y solo rogaba en silencio que no le entrara la histeria que amenazaba con apoderarse de él en cualquier momento.

- Bienvenida a Nueva York. - Susurró atragantándose en una carcajada sin humor antes de volver su atención a la serbia.
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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Ekatherina el Mar Mayo 20, 2014 6:03 pm

Apretó los dedos retirando su mano con cierta torpeza mientras le veía encoger entre la tela y el piso. Era un desastre, uno muy bonito a decir verdad, con su vestido lacerado estampado en un encaje de sangre y tierra, los cardenales trepando como si fueran una enredadera de flores por sus extremidades, el cristal reflejando pequeños arcoíris dándole un brillo extra a su piel, el dolor podía llegar a ser un arte difícil de apreciar. Entonces su voz desvaneció. Ekatherina dejó salir un extraño sonido de su garganta, apretando las palmas contra su pecho mientras le veía desmayar, sin tiempo de ayudarle a evitar la caída.
Su estado era mucho más grave de lo que había pensado en un principio (algún ataque de algún sub mundo –uno bien feo quizás-) Esperó una respuesta del cazador que le sostenía pero ambos parecían haber perdido toda la confianza en sí mismos y aferrados al pánico de la situación solo se dignaron a observar a la joven que yacía lánguida acurrucada entre sus brazos. Ignorante de lo que había sucedido hizo caso a su demanda y urgió de su estela, palpó entre sus ropas notando que no estaba ahí, la había dejado en su bolso, por lo que se precipito a la entrada destripando su interior encontrando toda su ropa húmeda, nada se había salvado de la lluvia, tendría que buscar alguna forma de poner su ropa a secar…quitó aquel absurdo pensamiento sacado de lugar, su ropa era lo menos que debía importarle en aquel minuto.
-¡Aquí está!- dijo al mismo tiempo que alzaba su estela cual trofeo.
Se levantó, no sin antes trastabillar con los cristales del piso, intentado seguirle el paso. Sus grandes zancadas retumbaban en el vacío del pasillo junto a los lastimeros gemidos de la joven en sus brazos, parecía como si las luces parpadearan encendiendo y apagando mientras avanzaban, pero no podía ser así, solo era un juego de su paranoia y el terror. Había sido un tour rápido por el instituto, no tenía idea de en qué se había metido ni en dónde se encontraba, él se abalanzó a una de las habitaciones y Kate le siguió notando que estaba vacía, seguido fue el sonido del agua tibia corriendo indiscriminadamente, empañando las baldosas del baño y entregando un reconfortante calor.
Ya sumida en un estado de pánico extremo vio como el cuerpo de la joven no reaccionaba ante el insistente llamado de él, solo entonces se dio cuenta que no conocía el nombre de ninguno de los dos ni el porqué de la situación. Temió lo peor y enseguida, con su estela en mano comenzó a dibujar el mismo patrón de iratze que había practicado en sí misma un millar de veces, buscó en sus recuerdos cuales otras más debía hacer. Alzó la mirada esperando alguna nueva orden, jamás se había enfrentado a una situación similar a solas, siempre había alguien más indicándole que debía hacer y cómo, ahora se sentía impotente dibujando runas que rogaba al ángel y a Dios que sirvieran de algo y no solamente como decoración. De pronto él dijo algo tan sacado de lugar que hubiera deseado tener el bastón del señor Modeveanou y abalanzarlo contra su cabeza. Si eso era lo que le esperaba en Nueva York quería salir corriendo en el primer vuelo de vuelta a Londres.
Ahora dudaba de las capacidades de él y temió aún más por la frágil vida de la joven, quizás era hora de llamar a la directora o algún hermano silencioso.
-Estará bien, pero necesitamos ayuda- dijo en un tono imperioso que denotaba más autoridad de la que nunca hubiera tenido.
Estará bien, estará bien… seguía repitiendo como un arrullo, calmando el palpitar de su cabeza y permitiéndole al fin respirar. Sostenía de su muñeca por lo que aprovechó de tomar su pulso, una leve señal de que las runas estaban funcionando y no iba a morir ahí, en el baño. Exhaló un lánguido suspiro de alivio y se dejó caer de lleno en sus rodillas, tentada de meterse bajo el agua tibia y quitar de sus ropas húmedas ahí mismo. Había perdido el pudor hacia años cuando el orfanato se convirtió en su hogar, no temía compartir la ducha con alguien. Un leve rubor iluminó sus mejillas, estaba pensando en desnudarse ahí, dando todo un espectáculo frente a él, un nuevo reproché vino a su mente pero esta vez de parte de su madre, quién siempre les recordaba acerca de cuantas niñas del campo habían sido ultrajadas y caído en las mentiras de los hombres de ciudad, que no debía ser tan tonta y cuidarse mejor. Ahora se sentía como una campesina, un pez fuera del agua pensando tonterías donde no las había. Calló la voz de su madre no sin antes tener en cuenta sus advertencias acerca de la vida en la ciudad y observó de reojo al cazador a su lado, la única diferencia entre él y la joven en la ducha era que al menos él si estaba consciente, sus heridas no eran menores, pequeñas y grandes medallas condecorando su rostro y cuerpo luego de la extenuante batalla a muerte en la enfermería. Mordió su labio sintiendo lástima por él y se volteó extendiendo su mano.

-Tú también necesitas ayuda- hizo referencia a sus heridas y le ofreció un iratze a cambio, algo pequeño que al menos servirían para mitigar el dolor físico.


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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Ankhiära K. Trejžtiakova el Vie Mayo 30, 2014 2:15 pm

Dejó pues que las aguas la tragaran, que se la llevasen al fondo del negro mar. Pero antes de perderse del todo unos ojos hipnóticos, de un verde oscuro tan extraño que costaba creer que aquella tonalidad existiese, aparecieron en su memoria. Y, entonces, la oscuridad la tragó. Y durante un lapso de tiempo indeterminado, fue todo lo que hubo. Nada. La más profunda nada. Pero en la nada un pincel malévolo empezó a dibujar perdidos recuerdos que deberían haber seguido allí donde habían estado: en el obligado olvido. Abrió los ojos y la sangré se le heló en las venas; no tanto por el frío cortante sino por el lugar en el que estaba. En el jardín de su vieja casa. La nieve y el hielo lo cubrían todo implacablemente, su propia casa se camuflaba con el paisaje. El frío era tan afilado que le cortaba los labios y le azotaba las rosadas mejillas. Apenas hacía un mes que había cumplido los siete años. Los músculos le dolían hasta la saciedad y estaba totalmente fatigada, tanto física como psicológicamente. No podía más. Su padre había decidido entrenarla el día después de su cumpleaños y desde aquel momento no había dejado descansar a la niña. La levantaba a las cinco de la mañana y el entrenamiento no finalizaba hasta las ocho de la tarde -cuando el sol ya se había escondido por completo-, con sólo una pausa breve para comer. Estaba más delgada, pero sus músculos empezaban a marcarse. Siempre había sido rápida, mas en el poco tiempo que llevaba entrenando se sentía más ligera, más ágil. Había desarrollado reflejos dignos de un gato. Cada vez hacía más honor al apodo que su padre le había puesto cuando era más pequeña. Geist. Sombra. Vio la cara de su padre llamándole la atención; la pequeña Ankhïara se había distraído con un pajarillo que había volado fugaz sobre su cabeza. Sacudió los rizos, centrándose de nuevo en su padre con un  gesto demasiado serio para su corta edad. Entonces el recuerdo se difuminó suavemente con la nieve, volviéndose blanco y, seguidamente, todo volvió a ser negro otra vez.

Durante poco tiempo, de hecho; pronto un nuevo escenario se abrió ante sus ojos. Ya no estaba en el jardín. Estaba en su casa, llegando después de un entrenamiento. Tenía diez años. Su madre la riñó, como tantas veces, por entrar con las botas sucias de nieve y tierra. Ankhïara ya no sabía cómo explicarle que no sabía volar pero que cuando lo consiguiese, dejaría de ensuciarse las botas. Su madre acababa sonriendo y dándole un beso en la frente. Y allí estaban sus hermanos, Egmont y Ava, frente al fuego, jugando a las cartas. Egmont era mayor que ella, pero su padre nunca se había dedicado a entrenarle como había hecho con Ank; el muchacho era enclenque y sacaba de sus casillas a su padre. Era tremendamente inteligente, más incluso de Ankhïara, pero aquello poco le servía al hombre que pretendía crear un super guerrero o, en este caso, una super cazadora. Ava levantó la mirada y pudo advertir la tristeza que se manifestaba en sus grandes orbes; quería a su hermana mayor y esta a penas podía dedicarle tiempo. El recuerdo, como el anterior, se desvaneció y Ankhïara habría gritado de haber podido; querría haber parado el tiempo ahí, cuando aún todo iba bien. Haber abrazado a sus hermanos y a su madre. Ankhïara se temió lo que vendría entonces: la muerte de su familia. Pero curiosamente, no fue ese recuerdo el que revivió, sino uno mucho más reciente. Estaba en un callejón frente a aquel muchacho que había conocido, Krumm -parecía que hubiesen pasado meses desde que lo había visto, aunque probablemente no habrían sido más que unas semanas-. Aquellos ojos verdes de nuevo. Ïara entreabrió los labios para decir algo, pero se interrumpió cuando el interlocutor empezó a temblar violentamente; su cuerpo no tardó en comenzar a mutar, hasta convertirse en un enorme lobo negro. El mismo que la había atacado a traición. No tuvo tiempo de hacer nada. De un zarpazo le abrió la garganta. Se llevó las manos allí, cerrando los ojos por el dolor. Y al abrirlos no estaba el lobo, sino su padre, sujetándola dentro de la bañera mientras la sangre escapaba a una velocidad de vértigo de su delgado cuerpo: dos profundos cortes en su muñecas le procurarían según él la salvación del alma. Aún sostenía el cuchillo ensangrentado en sus manos. Tenía los mismos ojos que Ankhïara, de un ámbar tan intenso que parecían tener oro líquido en ellos. Tan extraños, tan poco frecuentes...Pero aquellos estaban desquiciados. La sangre había teñido de rojo el agua y Ankhïara se estaba quedado sin fuerzas; la vida se le escapa con fugaz rapidez. - No estoy maldita. - Le repetía a su padre una y otra vez, en su lengua materna. Al principio gritaba, histérica. Pero poco a poco, a medida que iba muriendo, su voz sonaba más tenue, hasta convertirse en un susurro a duras penas audible.

A veces uno amanece con ganas de extinguirse, Rocamadour. Como si fuéramos velitas sobre un pastel de alguien inapetente. A veces nos arden terriblemente los labios y los ojos y nuestras narices se hinchan y somos horribles y lloramos y queremos extinguirnos. Seguro que ahora no comprendes esto, pero cuando seas mayor habrá días en que amanezcas con ganas de que un aliento gigante sople sobre ti, apagándote. Así es la vida, Rocamadour, un constante querer apagarse y encenderse.” No quería morir. No quería morir. No quería morir. Sí, lo había perdido todo. Había perdido a Egmont, a Ava, a su madre y, ciertamente, también a su padre. Pero pensaba aferrarse a la vida como siempre había hecho. La vida tendría que ponerse mucho más puta si quería que Ankhïara Klavdiy Trejžtiakova se rindiese. Entonces lo comprendió; incluso en aquellos instantes, cuando todo estaba negro y parecía no haber esperanza, la salvación había llegado. En el último instante alguien había entrado y había evitado que muriese. Desde que Helena había muerto, el negro había teñido el paisaje. Pero no estaba sola. Esta vez no, Esta vez tenía a su hermana. Y comprendió, como si de una revelación se tratase, que no quería morir, no así. Moriría luchando. Aquella opción era demasiado cobarde y tenía una fama, un apellido que mantener. Tenía responsabilidades y un deber como cazadora. El mar oscuro se fue tornando más diáfano, perdiendo la oscuridad que había ahogado antaño a Ankhïara; había un rostro sobre el suyo. Pero aquellos ojos no eran dorados. Eran de un brillante azul. Abrió los ojos de golpe, y su boca se abrió tomando una bocanada de aire con febril desesperación. Estaba empapada, metida bajo el chorro de la ducha con aquella muchacha que nunca había visto observándola fijamente. Tosió, sintiendo sus pulmones malheridos, para después enfocar la mirada en Jeriel. Los hechos acontecidos acudieron a su mente repentinamente y un leve rubor cubrió sus mejillas. No le gustaba que nadie la hubiese visto así. Tenía una reputación que no incluía ser una yonki o una borracha. Carraspeó levemente antes de dejar que su voz rompiese un silencio que estaba tornándose incómodo. - Estoy bien. - Para luego añadir, más suavemente. - Ya ha pasado todo. - Esperó no haber hablado durante su desvanecimiento. Lo último que quería era que alguien la interrogase sobre su pasado a raíz de haber escuchado algo. Estaba bastante segura de que le habían aplicado un iratze ya que, a pesar de seguir molida, el dolor había disminuido levemente. Pudorosa repentinamente, miró hacia abajo, comprobando que seguía vestida -o algo así, dado que su vestido estaba roto en más de un sitio-. Se llevó la mano a la frente, en un gesto inconsciente, como si aquello fuese a calmarle el dolor de cabeza. Alzó los ojos hacia ambos, dirigiéndoles un gesto de total seriedad- Esto no puede salir de aquí. - Dijo, tajante como sólo ella podía ser. Enfocó su mirada en la de la muchacha, al tiempo que el gesto severo se transformaba a medida que una sonrisa socarrona -o algo que se le parecía- iba adueñándose de territorio en su rostro. No sabía que iba a secundar una broma de mal gusto que el propio Jeriel había empezado pocos minutos antes. - Bienvenida.

Spoiler:
Lamento mucho la tardanza, no pude escribir debido a motivos personales.
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Re: How terrible it is to love something that death can touch | Jeriel.

Mensaje por Jeriel Cross el Sáb Sep 06, 2014 3:59 pm

Delicadas líneas comenzaron a grabarse a fuego sobre la piel pálida de la joven. Sencillos trazos tan conocidos por la gran  mayoría de cazadores de sombras, repitiendose siempre en un patrón firme de su mano. Una runa fácilmente diferenciable entre el resto por su gran poder curativo y que no demoró en ejercer su propósito. Tan pronto como el delgado extremo de la estela entró en contacto con la piel de Iära ésta comenzó a disolverse, cobrando vida propia al tiempo que se ondulaba, casi como el efecto del agua en la superficie cristalina de un lago. Un efecto casi tan balsámico como el que la runa ejerció mas tarde sobre su propio cuerpo, acuclillado en aquella pequeña estancia que se llenaba lentamente del vapor candente que alejaba el frio helado de sus huesos. Jeriel agradeció el gesto con un asentimiento seguido de una pequeña sonrisa. Lo cierto era que él mismo se había negado a aplicarse un irazte mucho antes de llegar allí, por lo que no le sorprendió la curiosa necesidad que tuvo la joven al observarlo detenidamente bajo la luz artificial.

Durante unos segundos que parecieron eternos, palabras incomprensibles abandonaban los labios de la serbia bajo la mirada atenta de ambos jóvenes. Delirios inaudibles que fueron perdiendo intensidad con la misma facilidad con la que el agua caliente se derramaba sobre ella, calmando el tiritar violento de su cuerpo que absorbía todo el poder mágico, obrando una ligera mejoría. Apenas si se percató de las palabras de la joven recién llegada cuando estas formaron una frase que su cerebro procesara con sus significativas consecuencias.

- Mejorará, es fuerte. - Replicó con firmeza el joven, lanzando una mirada conocedora hacia la muchacha. Tal vez Jeriel jamás alcanzara tal nivel de automutilación en su pasado. Incluso pudiera ser que no quisiera recordar con exactitud la cantidad de momentos que había pasado bajo la misma influencia de completo abandono facilitado por infinidad de sustancias que prometían el olvido. Una sucesión desagradable de autodestrucción infligida, añorada y recibida como si el castigo fuera la única salida.

Pero si algo sabía, era que conocía a la perfección el viaje de ida y vuelta al infierno personal que aquello traía consigo. Reconocería los síntomas casi con los ojos cerrados, y aunque el despertar fuera casi tan crudo como ser objeto de mil cuchillas sobre la carne descarnada de su cuerpo, se recuperaría. Por supuesto, regresar de aquel abismo traería consigo mucha mas claridad  de la deseada por uno mismo, tal vez una conciencia que todos preferirían guardarse para sí mismos, preferiblemente en una caja lo mas cerrada posible, lejos de la mirada curiosa del resto.

- Pero nadie debe saber lo que ha ocurrido aquí.- Continuó tras una pausa que le ayudó a reorganizar sus pensamientos. - El alba esta próximo, así que me ocuparé del caos de la enfermería antes de que el resto despierte.  La tormenta habrá ocultado parte del ruido , por lo que recemos para que nadie mas acuda aquí y vea todo esto...

De pronto, la serbia retornó a la vida tras una bocanada que logró atraer su atención de nuevo sobre ella. Jeriel se inclinó levemente hacia el frente, apartando unos mechones que caían húmedos sobre el rostro de la joven con las facciones contraídas por la preocupación. Sus ojos dorados se encontraron con los castaños de la muchacha, y por un instante, el brillo febril había sido reemplazado por una fría determinación, así como un entendimiento mutuo que alcanzaba la comprensión en un mudo intercambio de palabras. Él mismo comprendía, tal vez mejor que cualquier otro en aquel instituto, - a excepción de su propio parabatai, - lo que significaba para ella aquella pérdida. Helena. Todo aquello había sido por Helena, e indudablemente, por ella ambos podrían tener un motivo por el cual soportar un día mas. Ella, como su parabatai, alcanzaría a comprender la esencia misma y la bondad de la que fue como una hermana para ambos. Ella no querría verlos en aquella situación, se molestaría por el simple hecho de darse por vencidos y los instaría a continuar. Helena había dejado en ellos una huella profunda incapaz de ignorar, una fuerza vital arrolladora que los acompañaría pese a su ausencia.

Finalmente, Jeriel bajó la mirada, apartando sus ojos de ella tan pronto como comprendió las palabras que iban mas allá de lo que sus labios emitían. Un mensaje que había llegado alto y claro a sus oídos y que, como le había dicho con anterioridad a la recién llegada, jamás saldría de sus labios. Eso, y el hecho de que todo rastro socarrón y descarado había abandonado el edificio cual elvis, por lo que decidió mostrarse azorado al entrever la figura de la joven bajo las prendas húmedas y raídas que se solapaban a su cuerpo.

Jeriel carraspeó. Incorporándose de pronto, caminó hacia la puerta, dejando tras de si a ambas jóvenes. Dubitativamente, se paró un instante bajo el umbral y musitó por encima de su hombro:

- Será mejor que descanses...  

Después de aquello, Jeriel no regresó de nuevo, encontrando los pasillos en completo silencio cuando dejó una bandeja en la misma puerta de la habitación con el té de hierbas que había preparado. Si alguien escuchó el escándalo organizado por encima del sonido de la tormenta que se desataba en el exterior, no lo dijo. En la enfermería apenas quedó rastro alguno del destrozo, y para cuando despuntaba el alba en el horizonte, se escabulló hacia su propia habitación en completo silencio con la vana esperanza de que aquel último día hubiera sido un simple sueño, un borrón mas sin importancia entre sus muchas pesadillas.

Aunque todos en aquel instituto amanecieran un día mas con la certeza de que podrían ser los próximos en caer en batalla.
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