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Essayez [Helena T.]

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Essayez [Helena T.]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Mar Ene 08, 2013 9:03 pm

—¿Dónde carajos pone esta gente los huevos? —musitó Leo para sí mientras revisaba cada encimera y alacena que encontraba, teniendo que rodear el islote de mármol varias veces para desplazarse por la enorme cocina y culminar su encarnizada búsqueda con éxito. La puerta estaba entreabierta a pesar de que era poco probable que alguien le escuchase, dado que las habitaciones distaban un considerable tanto del recinto, para su suerte. Nadie lo molestaría ni le mandaría a callar, a pesar de importarle muy poco lo que pudiesen decirle. A menos que la mismísima Maryse Lightwood apareciese a echarle personalmente, le daba igual hacer barullo.

Paseando sobre las mesadas con porte elegante y a su vez apesadumbrado, cierto gato persa meneaba su peluda cola sin quitarle los ojos de encima al varón que tenía enfrente, quien sonrió triunfante al haber hallado el preciado contenedor de cartón que buscaba y se disponía a pararse frente a la hornalla caliente sosteniendo una sartén. Se sentía poderoso al saber de artes culinarias, porque era su manera de sobornar y seducir a quien fuere con platos deliciosos. Diestro con las cuchillas y dispuesto a correr riesgos, no le importaba experimentar y echar una estantería llena de ingredientes dentro de una olla, con tal de saborear nuevas sensaciones y estremecerse a base de especias exóticas.

—Anda, toma. —dijo divertido de repente, lanzándole una lonja de salmón ahumado a Iglesia después de que éste último maullase a modo de protesta cerca suyo. Miró cómo el animal movía los bigotes con desconfianza y terminaba aprisionando el bocado entre los pequeños dientes, y volvió a su quehacer antes de que se le quemase el revoltijo de vegetales que rehogaba con fruición al sentir su propio estómago rugir. Llevóse la diestra al abdomen descubierto y lleno de cicatrices tornasoladas con el ceño fruncido, hambriento como nunca y exagerando internamente al tener una visión de sí mismo muriendo de inanición. Imaginó que, a la mañana siguiente, alguien entraría a hacerse el desayuno y vería el escuálido cadáver del que alguna vez fuese Leo Dieudonne el Traidor, y no lloraría ni haría un escándalo, sino que pasaría encima suyo para alcanzar mantequilla de maní de dentro de una cajonera.

Riendo aún por una absurda ocurrencia producto de la medianoche y el cansancio, miró con tristeza lo que había comenzado a dorarse en la sartén sintiéndose repentinamente solo, cayendo en la conclusión de que no tenía quién lamentase su muerte. Cada mujer que había compartido veladas enteras con él, cada nephilim que había conocido y que ahora le daba la espalda o lo vigilaba de cerca, aquellos amigos que había tenido y cuyas novias robó sin querer; ninguno iría a su entierro. Ni siquiera ella.

"Where there is desire
There is gonna be a flame
Where there is a flame
Someone's bound to get burned
But just because it burns
Doesn't mean you're gonna die
You've gotta get up and try..."

Y reteniendo el recuerdo borroso de una joven vestida de gala, chasqueó la lengua negando con la cabeza y volvió a voltear el que sería el más amargo de los omelettes.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Helena Trueblood el Mar Ene 08, 2013 11:28 pm

Durante los últimos años de la vida de la cazadora, institutos como aquel habían sido su hogar. Interminables y labertínticos pasillos de altas paredes decoradas al mejor estilo de la época, un centenar de puertas exactamente idénticas las unas de la otras y los mismos cuadros que ilustraban al Ángel emerger de las aguas del Lago Lyn con los instrumentos mortales entre sus manos. Bajo la tenue iluminación de las piedras de luz mágica, aquel escenario le resultaba tan abrumadoramente familiar que la sensación de estar irremediablemente perdida le corroía el subconsciente.
Su vuelo se había atrasado un par de horas y, honestamente, no había dado el aviso de antemano de que vendría, así que tampoco podía esperar una cuadrilla de bienvenida. El avance silencioso de sus botas de tacón sobre el suelo de mármol pulido se detuvo, del mismo modo que aquella ruidosa maleta de dos rueditas que llevaba de tiro y que ya le había más que crispado los nervios. Se pasó una enguantada mano por el cabello azabache, perlado a penas por la leve llovizna que se había cernido sobre ella a penas bajar del taxi. Otro montón de diminutas gotitas cubrían su abrigo de cuero negro y el pañuelo de seda blanco que llevaba anudado al cuello. Resultaba curioso que el agua hubiese evitado sus gafas de sol, tan evidentemente innecesarias dada la hora y la época del año. ¿Qué podía hacer? Tenía unos ojos condenadamente delicados.
—¿Dónde carajos pone esta gente los huevos?

Una voz masculina llamó su atención, y provocó que girase sobre sus talones al instante. Había sonado ronca, tenue y lejana, pero al menos le daba un a dirección a seguir. No creyó encontrar a nadie despierto a esas horas, de modo que el golpe de suerte la tomó por sorpresa. Recordó que el abuelo le había mencionado varios nombres: Maryse, Robert, Alexandre e Isabelle. Dar con uno de ellos simplemente le vendría como anillo al dedo, pero cualquier otro Nephilim que se quedase en el instituto tendría que bastar para indicarle una de las habitaciones libres y señalarle el despacho de la Directora. Realmente necesitaba descansar.
Una sonrisa se dibujó a penas en los carnosos labios de la fémina conforme avanzaba en la dirección del sonido, y el aroma de vegetales fritos le llenaba las fosas nasales. No tardó demasiado en divisar la claridad que se filtraba por puerta entreabierta de la cocina y asomarse por el marco, llamada por la peculiar esencia que despedía la comida. Podía jactarse de dominar las artes culinarias solo hasta el punto de la mediocridad, pero al menos conocía un buen puñado de exquisitas y sencillas recetas entre las cuales aquel menjunje de olores de seguro no tenía lugar. Acababa de darle un ligero empujoncito a la puerta cuando aquella bolita de pelos comenzó a restregarse contra sus piernas y olisaquear las botas. No prestó atención en aquel insignificante detalle, tratando de localizar con la mirada al cocinero. Una buena maraña de desaliñeado pelo rubio y una espalda escultural y descubierta atrajeron su atención como miel a las abejas.

“Por el Ángel... ¿Era necesario que fuese rubio?”


Pensó para sus adentros mientras los labios carmesí se tensaban en una fina línea.
Maleta a un lado y puerta enteramente abierta, no tuvo tiempo siquiera de musitar una presentación. El felino persa se había sentado frente a ella con aires de solemnidad ,y, con un único maullido, la atención de dos pares de ojos se centró en su figura.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Miér Ene 09, 2013 2:09 pm

"Todo tiene una causa, y si tiene una causa estaba predestinado a existir desde el momento en que la causa surgió".


Acodado sobre el islote de mármol frío sentía sus músculos rehusándose a moverse, presa de la pereza que infunde el tiempo al pasar despacio. Los ojos cerrados, la cabeza gacha y las manos relajadas; la visión de un cuerpo masculino abatido por el aburrimiento y las cavilaciones centrada en la estancia silenciosa, solitaria. Pensaba en todo y en nada a la vez, saboteándose a sí mismo al anular la capacidad de pensar para sucumbir al letargo. El aroma que emanaba la comida haciéndose era el único estímulo externo que le llegaba, volviendo nulo su interés en algo más, e incorrompibles sus maquinaciones. Pero como siempre, no podía estar tranquilo por más empeño que pusiese.

Un quedo maullido de Iglesia bastó para sacarle de su ensimismamiento y hacerle desviar la vista del armario que había estado fulminando por casi diez minutos, para después no poder encontrar al gato donde momentos antes había permanecido inmóvil. Lo maldijo internamente al tener que voltearse a interceptarlo con la mirada, encontrándolo a los pies de una figura que denotó curvilínea con el rabillo de un ojo tan entrenado como el suyo: tacones altos, tobillos finos, el aspecto satinado del cuero negro asomando en las piernas torneadas, cintura pequeña, busto abultado bajo el sobretodo oscuro, y, finalmente, piel albugínea como la nieve y enmarcada por hebras azabache que endurecían sus facciones delicadas. Un deleite.

Arqueando una ceja, el rubio dejó de escudriñarla y se incorporó lentamente aún de espaldas a ella; no quería incomodar a la recién llegada con miradas seductoras ni mucho menos. Todo a su tiempo. Caminó hacia la mesada más cercana y enganchó los dedos en la camisa que había dejado hecha un bollo allí mismo, la extendió en el aire y se dispuso a ponérsela con exasperante parsimonia, reacio a prender un solo botón. Entonces clavó en ella sus orbes grisáceos con tanta intensidad que bien podría haberle astillado las gafas de sol que traía consigo.

—¿Son éstas, horas de llegar? —reprochó divertido, apoyando las manos sobre el borde de la encimera—. Es tarde, y quien debiera recibirte apropiadamente anda en la quinta luna de Valencia. ¿Necesitas orientación? —musitó con voz grave y profunda, camuflando sus poco ortodoxas intenciones detrás de un diálogo amigable.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Helena Trueblood el Miér Ene 09, 2013 6:00 pm

El hombre a penas y volteó a mirarla de soslayo. La marcada musculatura salpicada de blancuzcas cicatrices se torneo denotando una actitud hastiada y agotada, mientras el cincelado perfil asomaba tras las descuidadas hebras de dorado cabello. A los ojos de la mujer, ese sujeto no era muy diferente a un león despertado de su letargo por la intromisión de un mísero gatito. Ni siquiera se esforzó por resultar amable o mostrarse sorprendido. Todo en él señalaba a plenas luces que no había en el universo posibilidad alguna de sacarlo de su zona de confort y dominio.
Una tímida sonrisa había comenzado a delinearse en las delicadas facciones de la joven cuando los orbes plateados interceptaron su mirada con intensidad suficiente para helarle la sangre de las venas. Cerró con fuerza los ojos en un acto reflejo, un desesperado e infantil intento de desvanecer la cruel broma que le jugaba su extenuada mente atiborrada de recuerdos. Un pestañeo fue tiempo suficiente. Él le daba la espalda, irguiéndose en un gesto perezoso y habitual. La velocidad a la que se movía, la parsimonia y tortuosa lentitud con el que realizaba cada sencillo movimiento, como si prender un simple botón o colocarse la camisa le resultase tan agotador como acabar con un rapiñador con las manos atadas.
Helena podía discernir las diferencias entre el cuerpo maduro del cazador que tenía frente a las narices y el muchachito de diecisiete años que una vez había conocido. Conocía cada cicatriz de la marmórea piel, y cada runa grabada a fuego. Tan duramente cruel en nombre de la honestidad, ni aunque prescindiese de la negra marca de cazadora podría olvidar la fría belleza de aquel rostro.
Con paso acompasado y sinuoso se adentró en la amplia habitación, ignorando tan crudamente las palabras del muchacho como siempre había fingido hacerlo. De un ágil movimiento se vio a si misma sentada sobre la fría encimera de mármol, esbozando una sonrisa zalamera. Lenta y grácilmente se quitó ambos guantes haciendo uso de los dientes y cruzó en un femenino gesto las finas y torneadas piernas.

- El transporte mundano siempre ha sido ineficiente- comentó suavemente, mientras tomaba entre sus manos un olvidado cuchillo de carnicero y comprobaba su filo con uno de los dedos.

Se le ocurrían un par de cosas interesantes que estaba tentada hacer en aquel preciso momento, muchas de las cuales no eran precisamente legales, especialmente para un nephilim. La mitad de su mente degustaba el imaginario despliegue de brutalidad, mientras que la otra mitad pedía a gritos que se arrojase a sus brazos. Honestamente y aunque no se notase, le era difícil estarse quieta.

- De todos modos, debo admitir que estoy sorprendida- comentó, alzando la vista a penas hacia el rostro ajeno- No esperaba que Leonides Dieudonne me recibiera en persona. Qué honor.

Era más que consciente de los cambios que había sufrido su propio cuerpo, no había sido más que una cría ilusionada la última vez que el insensible cazador que tenía enfrente se había enfrentado al escrutinio de sus ojos claros. Helena sonrió, cuestionándose interiormente cuánta sutil seducción tendría que soportar antes de que la reconociese.

"Back before you lost the one real thing you've ever known
It was rare, I was there, I remember it all too well"
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Lun Ene 21, 2013 8:13 pm

Distraído con el proceso de cocción, el tipo no tuvo más chance que hacer caso omiso de la recién llegada si quería comida decente en su plato, o de lo contrario se cabrearía, tiraría la sartén y todo lo de adentro al basurero, y buscaría una botella de vino en la que ahogarse sin rozar la ebriedad hasta la mañana siguiente. Aunque también era una excelente idea, pensó, horrorizándose segundos después al no haber considerado la compañía de alguna cazadora conocida a la noche. Pero a decir verdad, ciertas actividades disminuían su stamina de macho alfa a la hora del combate y eso no le convenía, por lo que, prácticamente, se había puesto a régimen solo. Sí, claro. Como el cuento de "El lunes empiezo la dieta", pero verídico.

Bufando casi inaudiblemente por lo bajo, el león se echó hacia atrás la melena con un rápido ademán mientras vigilaba los bordes dorados del huevo crepitando bajo el aceite hirviendo. Y cada tanto la observaba. Los ojos plateados la seguían sin disimulo ni descanso por intervalos cada vez más prolongados, con la mirada deviniendo rapaz como si fuera a devorarla; sólo él estaba al tanto de sus propias cavilaciones, dado que sólo bastaba alzar las cejas para componer un conveniente gesto de simpatía repentina que eliminaría cualquier sospecha de acoso sexual. Joder, ¿es pecado mirar a una mujer? No, pecado es mirarla como él solía hacerlo, como si sólo existiese ella en el momento, como si quisiese mostrarle el cielo en la tierra.

Asintió con la cabeza y emitió una risita tonta al oír la crítica al transporte que los humanos usaban para moverse, habiéndola perdido de vista por un momento cuando un par de pequeñas gotas de aceite le saltaron al pecho descubierto. No dolía, pero el escozor de los pinchazos del mejunje caliente hizo que los poros de su piel aullasen en respuesta, obligándolo a retirarse un par de pasos hacia atrás como si se deslizara sobre el suelo de cerámica. Estiró el brazo y tomó un paño húmedo, maldiciendo por lo bajo al estúpido omelette que se le comenzaba a dorar de más en la sartén de teflón.

Leonides Dieudonne.
Y su corazón se detuvo, tal y como todo lo que había a su alrededor. El paño se le escapó de la mano, su cabeza pareció dejar de responder. El cosmos decidió caer sobre él con todo el peso, haciéndole sentir la misma presión que soporta un cuerpo en lo profundo del océano, solo.

-

Haces de luz dorada colándose por los grandes ventanales. Pisos limpios, relucientes. Un aura blanquecina y divina, pululando como niebla por los rincones. Y bajo el techo abovedado, el joven la miraba, la miraba incansablemente. Enmudecido porque no había nada que decir. Ausente porque su cuerpo habíase visto abandonado por su alma, alma que de ser albatros habría surcado el aire y cuidado de ella desde arriba. La miraba caminar, la miraba moverse. El cabello azabache, fragante. La suave tela de su ropa. El brillo amenazante de sus ojos azules en los que posaba la mirada con igual altanería, incapaz de bajarla por orgullo, incapaz de bajarla por debilidad. La coraza, destruida. El guerrero, vencido. Venido a menos por la figura danzante de una muchacha pálida como la luna pero no tan fría. Su frío —si lo había— era cálido y quemaba, inalcanzable.

El joven la miraba, la miraba con tristeza. Enmudecido porque no había nada que decir. Ausente porque su cuerpo habíase visto abandonado por su alma, alma que nunca sentiría el frío ardiente de aquella hija de Raziel.


-

Leonides. Sólo aquélla cuyo rastro perdió hace nueve años le llamaba así. Sólo ella, antes de que nadie más quisiese saber de él y su apellido. Giró la cabeza lentamente como si redescubriera algo con temor manándole a raudales del corazón, ignorando lo que había estado haciendo para enfocar todos los sentidos en la mujer que, cruzada de piernas sobre la mesada, ponía su atención en una cuchilla que había atajado entre sus manos producto de la inercia, tal vez. Pero no veía sus ojos. Sintió la necesidad de verlos con un tanto de desesperación, y como un niño que ignora las advertencias avanzó hacia ella con el ceño fruncido, las venas congeladas y la vida yéndosele por los labios entreabiertos.

And I'm not sleeping now,
the dark is too hard to beat
And I'm not keeping now,
the strength I need to push me
Se detuvo a un costado de sus piernas, ido, y, como si no le importase más nada, alargó los brazos con lentitud hacia el rostro pálido de la fémina. Un rostro pálido como la luna pero no tan frío. Estiró las manos trémulas hacia las gafas oscuras, intentando acompasar su respiración. Si no era ella, algo en él se desmoronaría, se reconstruiría y volvería a caerse, pero se sentiría aliviado en cierto modo, presa de la vergüenza. Pero si era ella, si de verdad era ella, enloquecería.

—Helena... —dejó escapar, y con toda la delicadeza y parsimonia de las que era capaz, Leo tiró del armazón de carey y todo le dio un vuelco, sintiéndose caer en el más oscuro de los mares, hundiéndose.

You show the lights that stop me turn to stone
You shine it when I'm alone
And so I tell myself that I'll be strong
And dreaming when they're gone


'Cause they're calling me home.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Helena Trueblood el Lun Ene 21, 2013 11:37 pm

Resultaba ridículo pensar que una cazadora de su renombre se sentiría resguardada por unos simples trozos de cristal tintado. Protegida y a salvo, oculta tras una identidad desconocida. Ya no era la que era. Hermana de crianza, amiga, rechazada parabatai. Era otra, era la mujer que tantas veces hubiese deseado haber sido. Perdida en la ensoñación de tener una fugaz oportunidad de atravesar, de verdad, la coraza de Leo.
Jamás hubiese tomado parte en el denigrante juego de seducción y promesas vacías. Ese juego en el que había visto caer numerosas e incautas féminas con el paso de los años. A diferencia de tantas, no estaba en los anhelos de Helena tan solo un diminuto espacio entre las sábanas del joven Dieudonne. Aquel cuerpo que quitaba el aliento significaba poco para ella. Palidecía en comparación con la visión de los deslumbrantes orbes grisáceos a la luz del sol, el ronco y sincero sonido de su risa y aquella fugaz sonrisa que se dibujaba en sus labios de tanto en tanto, cuando creía no ser notado.
Podía ver el reflejo del perfil del otro en la cuchilla, escudriñando su femenino cuerpo cada vez que la ocasión se presentaba. Sin culpa. Sin remordimiento. Ni una sola vez había escuchado al varón disculparse de esa clase de comportamiento, tan inherente a su persona como le era respirar. Aún ahora, con el peso de los años cernido sobre él, con todo lo acontecido posterior a la guerra, Helena alzaba a penas la mirada y aquel pensamiento recurrente regresaba, tan real y porfiado como lo había sido la primera vez.

"Que liviano ha de ser su corazón. Que liviana ha ser el alma de quien no carga con palabras que no se atreve a pronunciar."

Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios, honesta, dulce como la miel y suave como el trazo de la acuarela. Los años le habían hecho comprender lo que su espíritu había conocido desde el principio. Con la misma fuerza que el fuego de la pasión había ardido en sus venas y el gélido rechazo la había desterrado, con la misma fuerza lo seguiría añorando y esperando, inalterable al paso del tiempo. Era su Leo, y nunca sería capaz de odiarlo.

And never knowing
What could've been
And not seeing that loving you…
Is what I was trying to do

Por vez primera desde que su presencia irrumpiera en aquel momento de intimidad pareció que el otro notase su presencia. Más ensimismado que nunca en las propias cavilaciones, más perdido en un universo y un tiempo a parte al que no podía seguirlo y aun así, más real y más presente que nunca. La veía, realmente la veía, y no daba crédito a lo que contemplaban sus ojos.

"No lo digas..."

Despacio bajó el afilado cuchillo, derribando con él aquella muralla de innecesaria protección que había erguido a su alrededor. La diestra liberó el agarre, dejando que los dedos reposaran por apenas un instante en el frío y húmedo fregadero de mármol, una porción de realidad tangible a la que buscó aferrarse con desesperación. La sangre bullía en sus venas con fiereza, aturdiéndola, privándola de recobrar el sentido.

"No te atrevas a llamarme..."

Cerró los ojos, despidiéndose de aquella fantasía de medianoche que acababa de culminar. Ya no era una extraña más ni una mujer cualquiera, libre de las ataduras de crianza y su propia historia pasada.
— Helena...

El hechizo estaba roto.

Fueron los lentes oscuros removidos... Lento, con miedo, con realización. Pendiente de las finas líneas que trazó el plástico contra la piel de su rostro, del cosquilleo interno y la sensación de desnudez. El abanico de largas y espesas pestañas negras se abrió, liberando los preciosos ojos claros, aquellos que contenían la mismísima inmensidad de la bóveda celeste y que brillaban cristalinos, destilando comprensión y calidez.
Los labios carmesí permanecieron entreabiertos sólo por un momento, mientras el peso del mundo caía sobre ella con la potencia de un maremoto de aguas heladas.

What hurts the most
Was being so close
And having so much to say
And watching you walk away


Cuando hubo recobrado el sentido fue capaz de respirar, de alzar la mano y acariciar con los finos dedos el rostro cincelado del varón. Dejó que la caricia vagara suavemente entre las hebras de dorado cabello, la mirada fija en la suya, permitiéndole y permitiéndose unos breves instantes de recuerdo y reconocimiento. Aún sin soltarlo acercó su rostro al de él, plegando ambas frentes y cerrando con pesar sus ojos. Parecía que miles y miles de agujas fueran clavadas sin descanso en su delicada anatomía. Tenerle cerca, tocarle y aun así... la certeza absoluta de que jamás le pertenecería.
Ni un pequeño deje de la angustia contenida escapaba a la máscara de perfecta serenidad del rostro de Helena. Pues a aquel trágico ángel nunca los sentimientos humanos le perturbaban. Acercó sus labios a la frente febril de aquel hombre al que adoraba con enfermiza devoción y depositó allí un sutil y cariñoso beso. Luego, se alejó.
- Te he echado de menos... hermanito.

Y con estas sutiles e inocentes palabras algo muy dentro de ella... se rompió.

But I know if I could do it over
I would trade, give away all the words that I saved in my heart
That I left unspoken

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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Dom Ene 27, 2013 11:50 pm


¿Por qué es tan fácil obtener una mujer de la que poco y nada se sabe, siendo tan sacrificado tener que perder aquélla de la que se conoce más de lo que uno desearía? Su vida resumida en una pregunta retórica, mientras su corazón luchaba dentro de él con el afán de abrirse paso por su pecho y abandonarle. La mezcla más mortífera de emociones residía en su esternón, escondida allí como si tuviese una estaca de hielo atravesándole de lado a lado: pánico a montones, de la mano con algo más que no alcanzaba a distinguir. Podía ser enojo, pero ella no había hecho nada malo; podía ser alegría, pero el vacío era demasiado grande; podía ser tristeza, pero no era capaz de encontrar una razón para rendirse. Podía ser alivio.

Era ella, al fin y al cabo, real, tangible. Lo supo en el momento en que sintió sus manos acariciándole el pelo como si todo hubiese sido una pesadilla de la que despertaba apesadumbrado y aturdido, con la confusión tomándolo de rehén. Ansiaba poder pronunciar aunque fuese un tímido "Hola" cargado del patetismo más infame, o siquiera normalizar la respiración que daba señales de cesar en cualquier momento. Pero menos mal que no dijo nada, o de lo contrario habríase quedado sin palabras de todas formas. Sintió cómo disminuía la presión de su tacto y, con él, la esperanza de tener un reencuentro ameno. Y su propio cuerpo retrocedió antes de cederle tal honor, incapaz de someterse al abismo que las manos pálidas de la mujer dejarían tras de sí al alejarse de él.

Hermanito. La dulzura y la inocencia compaginadas en una etiqueta que, sin darse cuenta, aún llevaba consigo después de tanto tiempo. No sabía por dónde empezar, no sabía qué hacer, mientras su espalda descansaba contra el frío de la única pared libre en toda la cocina, agradeciendo tener dónde recargar la pesadez de la carne trémula que se negaba a reaccionar. Plantó la mirada en los pies descalzos primero como si juntase fuerzas, y cuando la alzó, lo hizo con tanta parsimonia que resultaba penoso verle tan venido a menos. Parecía haber perdido solidez y sustancia, como un ente que prefería fundirse con la pared que tenía detrás antes que enfrentar algo de lo que no quería formar parte. El desprecio a sí mismo brotó de su alma, el brillo abandonó sus ojos, y la garganta crujió como si llevase siglos seca, acompañada de la típica sonrisa que esboza aquél cuyo fuero interno se cae a pedazos.

—Mírate. Ya toda una mujer —musitó con voz áspera en un fallido intento por recuperar la compostura—. Nueve años te han sentado bien, Trueblood. —y sí, dolido por quién sabe qué razones, había acudido a la trivialidad y a los comentarios a los que recurría a menudo, evitando olímpicamente la sarta de cosas que tenía ganas de decir. Y así se estaba mostrando. Como el idiota que todos pensaban que era, el que se negó a reprimir lo que sentía para tener al menos una pequeñísima oportunidad de tener a la mujer que adoraba al filo de la demencia, sin importarle nadie más que su propio bienestar: el hijo de puta que había sido siempre.

¿Qué habría sido de ellos si hubiera dicho que sí a la proposición? ¿Qué habría pasado con él si hubiese tenido que verse la runa de parabatai grabada a fuego en el pecho todas las mañanas, y luego verla a los ojos como si nada pasara? Probablemente habría sido un desgraciado. Más desgraciado de lo que ya era, porque al menos así como estaba había sido sorprendido por su visita y ahora la tenía allí enfrente, encaramada sobre el mesón de mármol, más cercana que distante.

Y el león, agotado como si un Demonio Mayor lo hubiese agarrado de juguete, acortó la distancia que se abría entre ellos como una masa que bien podría tocarse y, con el rostro vuelto hacia ella, la tomó por la cintura y la alzó con toda la delicadeza de la que era capaz, dejándola de pie entre el fregadero y su propio cuerpo.

Entonces la estrechó entre sus brazos.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Helena Trueblood el Mar Ene 29, 2013 2:54 pm

"I am a dreamer but when I wake,
You can't break my spirit - it's my dreams you take.
And as you move on, remember me,
Remember us and all we used to be"

El contacto con el gélido mármol era lo único que la anclaba a esta realidad, lo único que la centraba y mantenía inmóvil. Era Helena un ídolo blanco, irguiéndose con imperiosa y fría majestuosidad. Musa inspiradora de ensoñaciones artísticas, dulce en rasgos como un cuadro de Rafael, firme en postura como una estatua en un museo.
Espejismo inhumano de perfección divina, engañoso e insensible a cuanto ocurría en su interior. Sin embargo, las heridas del marchito corazón estaban lejos de sanar, y en su egoísmo había abandonado a su suerte a aquel a quien tanto apreciaba. Cicatrices que creía cerradas se abrían y sangraban. Despertaban de su letargo sentimientos adormecidos y contradictorios, abrumándola como no lo habían hecho jamás. De algún modo, el apreciar las facciones ensombrecidas del hombre a quien calladamente le había entregado la vida le laceraba el alma y cortaba la respiración.
Un inmenso abismo se extendía a sus pies, logrando romperla como nueve años y miles de kilómetros de distanciamiento no pudieron. El tiempo había cubierto con un velo de oscuridad aquello que deseó dejar atrás, sumiéndola en una eterna noche sin sueños. Demasiado tiempo había pasado desde la última vez que se perdiese a sí misma en los orbes grisáceos. Demasiado tiempo desde que la solitaria Luna fuera eclipsada por el sol en toda su intensidad. Podía decirse a sí misma que Leo no la había extrañado, que no la había necesitado con tanta o más desesperación que la que ella lo había necesitado a él. Más era conocedora de la falsedad encerrada en sus palabras. Era consciente del dolor grabado a fuego en el rostro del león, la tortuosa lentitud de sus movimientos y su agitado respirar.
Un grito silencioso se ahogó en su garganta. Desgarrador y demente, ansioso por darle voz a todo aquello que no podía decirse, anhelante por correr a sus brazos. Él malgastaría a gusto todas aquellas palabras llanas y vacías, poco importaba en realidad. El espíritu del león estaba roto, más ella aún recordaba quien era él.

Las memorias de un verano distante jamás estaban demasiado lejanas. Una leve brisa mecía las copas de alisos y álamos cerca de la vieja casa solariega, él corría por el camino señalado y ella le pisaba los talones. Fue esa la vez primera que realmente lo sorprendió, alcanzándolo en la carrera y atrapando con la suya una de sus manos. Lo miró una sola vez, dedicándole una sonrisa cómplice y pícara, desviándolo de su curso para introducirse en la densa arboleda. Esperaba que se liberase, pero el joven no oso romper el inocente contacto, siguiendo a la muchacha descalza que corría por el pasto. Continuó hasta que sus pies ya no pudieron resistir, tumbándose extenuada en la fresca hierba. La sombra de los árboles dibujaba abstractas figuras y él le hablaba, tendido a su lado. Le decía cosas que ella no lograba comprender. Su mano pequeña y fina sobre la de él, fuerte y áspera. A lo lejos se oía el trinar de los ruiseñores y una voz adulta que clamaba su nombre. Más Helena no quería regresar, Helena soñaba acunada por el pausado latir del corazón de Leo. Recordó pensar que podría haber pasado la vida así, en aquel instante detenido. Y lo había hecho, aún sin darse cuenta.

Nunca había soltado la mano de Leo, nunca lo había dejado ir. No en realidad.

Sintió como los firmes brazos de su hermano de crianza la elevaban por los aires y se cernían con apremio en torno a su cintura, tratando de aferrarse con todas sus fuerzas al monolito helado que siempre lo querría. La respiración apaciguada llegó a los oídos de la fémina como un susurro quedo, trayendo consigo la serenidad de aquel recuerdo, el trinar de los pájaros y el suave tacto de las manos infantiles entrelazadas. Ahora podía escuchar el acelerado palpitar del corazón del varón y abrirse al tiritar de la marcada musculatura. El hielo fue consumido por un calor abrasador, a la vez que el cuerpo de la muchacha fluía y se amoldaba al otro con la suavidad de una caricia. Intoxicante y magnético, atrayente y mortal. La gélida piel fundida por invisibles lenguas de fuego, el trágico ángel envolviendo al caído entre sus alas con ternura.
— Es bueno regresar a casa...

Susurró sin apenas darse cuenta, pues así lo sentía. Leo era su hogar.

"And I still hold your hand in mine.
In mine when I'm asleep. "

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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Lun Feb 04, 2013 7:24 pm

Quiero que te quedes conmigo para siempre. Quiero tenerte cerca. Quiero que digas mi nombre y me hagas aparecer, obligándome a moverme ágil con la liviandad de la niebla para acortar distancias y contenerte. Me rehúso a intentar preservarlo todo de ti en mi memoria, porque no quiero que seas un recuerdo al que recurriría cuando la soledad me doliese en el esternón y rezumara angustia la herida por tu falta. No quiero sentir esa soledad. Me mataría. Lenta y tortuosamente, me mataría.

Y Leo murió casi una década atrás. Sintió que bien podría haberse dejado consumir por el entumecimiento, abrazando la ausencia de amor y la existencia del dolor como agujas filosas, que usaron de almohadilla su propio corazón. No cabía en la cabeza de nadie cómo un ser aparentemente tan despreocupado y liberal, de moral ligera y tendencias egoístas, pudiese ser derrotado por el vacío que una mujer había dejado tras de sí al marcharse. Al marcharse por su culpa. No importaba cuántas veces se lo dijese a sí mismo. No era suficiente. Nunca sería suficiente, hasta que ella al fin se diese cuenta de lo mucho que significaba para él.

Su cuerpo reprimió un estremecimiento al sentir correspondido el gesto, haciéndole fruncir el ceño ligeramente y recargar el mentón en la intrincada curva descrita por su cuello, camuflada bajo el grueso tapado de invierno que habría querido apartar de un zarpazo. Quería envolverle el talle con los brazos y estrecharla con firmeza, tal y como un náufrago que se aferra a la única cosa capaz de garantizarle su salvación, pero hizo lo posible por mantener a raya sus caprichos: Helena no era un juguete. "Pero eres su hermano mayor de todas formas", pensó por un instante, sintiendo cómo sus entrañas parecían estar prendiéndose fuego dolorosamente. Quiso arrancarse la piel a retazos. Rugir. Lamentar su cobardía. Y entonces cayó en la cuenta de que el daño era irreversible, aún con el perfume de la Rosa Negra restándole cordura.

El aroma a quemado se intensificó de un momento a otro. La comida se chamuscaba sobre el teflón, crepitando a modo de protesta contra el cocinero negligente que se había distraído —con razón de sobra— de su trabajo. Éste último reaccionó de forma tardía, ensimismado, cómodo y abstraído completamente en una realidad en la que le hubiese encantado quedarse: un momento eterno donde abrazaba a la pelinegra contra sí y no la dejaba ir por nada del mundo. Movió un pie y después el otro con sumo pesar, enlentecido como si estuviese sumergido en arenas movedizas. Sus brazos parecieron dolerle cuando la liberó de su agarre, rozando su mejilla con el pelo al erguirse con tanta parsimonia.

Movióse hasta la hornalla para apagarla mirando con alivio un omelette a medio quemar, pero cuyo aspecto aún rozaba la decencia a manotazos. Suspiró, con las manos apoyadas sobre la encimera, conteniendo el peso de un torso inusitadamente caliente, mientras la mente le daba vueltas por quién sabe qué lares desconocidos. Entonces se hizo con el valor para reconstruir la coraza que llevaba años a su alrededor.

—¿Por qué volviste... —"justo ahora que creía haberme controlado"— ...después de tanto tiempo, Helena? ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho? —su voz sonaba monocorde cuando arrastraba las palabras de aquella manera tan suya. Quería saberlo todo. Sí, todo. Quería enterarse de cada cosa que había sucedido durante su ausencia. ¿Y si había encontrado a alguien más? ¿Un parabatai? ¿Un... novio? Y su rostro se ensombreció, volviéndose opacos sus ojos grises.

Sólo el Ángel sabía cuánto la necesitaba; sólo Él sabía cuánto la amaba.

Porque herido aún era capaz de ello. Herido por errores propios y de nadie más, como si se hubiese buscado la desgracia en la que se veía a sí mismo viviendo, pero sin embargo, el variopinto cúmulo de emociones que ella le generó alguna vez cuando jóvenes, se alojó en su pecho como una luz cálida con intenciones de no volver a desvanecerse nunca más.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Helena Trueblood el Mar Feb 05, 2013 6:32 pm

Un instante congelado. La poesía silenciosa de las palabras que no son pronunciadas. Entre lenguas de abrasador fuego fue consumida la rosa hasta el último pétalo y pistilo, deshaciéndose en cenizas frías que impregnasen en el hombre su aroma inmortal. Efímero como el descenso de una estrella fugaz, eterna su huella en el cielo nocturno.
Helena podía recitar de corazón todos y cada uno de los poemas de Shakespeare, nombrar con una sonrisa cada constelación y entonar con deleite las canciones que más le gustaban. Más en las palabras sangrantes no se encontraba ningún consuelo, ni en la bóveda perlada de estrellas alguna orientación cuando las sílabas sucumbían ante el encanto instrumental de la música que interpretaba el silencio. Sonrió, dejando que el aliento cálido acariciase el cuello desnudo de Leo y eligiendo voluntariamente ignorar la humedad en sus propios ojos. Había dejado una parte de su alma con él para que lo guardara durante un distanciamiento que pretendió ser eterno. Más ahora estaba allí una vez más, allí donde se prometió a si misma nunca regresar: bajo el cobijo traicionero de los brazos del único capaz de romperla en mil pedazos, con la misma facilidad con la que se agrieta un cristal. Ni siquiera ella acababa de comprender en su totalidad el intrincado esquema que describían sus sentimientos perdidos bajo la opresión de su propia y calculadora mentalidad. El corazón de una mujer es un océano vasto y cambiante, con incontables desniveles y profundos abismos. Ni el capitán más intrépido conoce cada coral, cada pez y cada grano de arena, ni es capaz de sobrevivir siempre a las olas que arremeten en la tormenta.
Quizá muy pronto o quizá demasiado tarde él deshizo con parsimonia el abrazo y se deslizó lejos con su característico andar. Ella no se movió ni un ápice de donde se encontraban anclados sus pies, temerosa de romper con torpes palabras aquel acogedor y cálido silencio. Si hubiera que enlistar en enunciados claros las diferencias existentes entre ambos cazadores, sin duda estaría encabezado por sus modos característicos de hablar o callar. La historia hubiese sido distinta si tan solo Leo hubiera dicho en aquel entonces lo que pensaba en realidad, y la conversación en la cocina pudo haberse tornado mucho más amena para ambos si tan solo hubiese cerrado la boca. Pero fue la curiosa elección de palabras la que sumergió e Helena en un mar de amargura e irguió imponente otra vez la muralla a su alrededor. “¿Por qué volviste?” él preguntó, y el recuerdo de su figura dándole la espalda y alejándose por el pasillo le atravesó el corazón.
— Si estoy aquí es porque cumplo órdenes. —respondió con simpleza, camuflando con maestría la propia cólera y frustración tras una sonrisa y una tonada dulce— Me sorprendió verte, hace algún tiempo que no sé nada de ti.

La mujer tenía un modo propio de implicar verdades encerradas sin necesidad de decir todo aquello que se le venía a la mente. No era necesario desvivirse en explicaciones enrevesadas para darle a entender que desconocía de antemano su presencia en el lugar, tampoco gastar morisquetas y falsa euforia. Helena gozaba de una fanquicia tal vez demasiado elevada. Podría haberle respondido sin siquiera pestañear a cualquiera, que, de haber sabido que Leo se encontraría allí, jamás hubiese aceptado el trabajo. Había tomado una decisión al darle la espalda. Una decisión tomada a conciencia, sin titubeos ni arrepentimientos. Estar junto a Leo era en muchos niveles perjudicial para su propia salud mental y emocional, sobre todo cuando él pretendía no ver como se ahogaba. Lo adoraba más que a la propia vida... pero el amor verdadero no existe a menos que sea correspondido. Y no lo era. Nunca lo sería.
Helena se deslizó por la cocina con andar felino, acariciando las alacenas con las yemas de los dedos y abriendo uno que otro cajón hasta dar con lo que andaba buscando. Colocó sobre la mesa un plato de porcelana así como un cuchillo, un tenedor y un vaso de vidrio. Todas las cocinas de los institutos eran medianamente similares, de modo que no le fue demasiado complicado cumplir su cometido. Husmeó entonces en la heladera, sonriendo ante la visión de de frascos, recipientes y botellas selladas y con nombre. Sacó un refresco cola que tenía las iniciales L.G.D. y lo colocó frente a lo demás. Entre todos sus andares a penas y le dirigió la mirada al muchacho, canturreando para sí y pretendiendo distraerse en la tarea.
De espaldas aún se despojó del propio abrigo y lo recargó sobre una silla. Ahora eran visibles las ceñidas calzas de cuero negro que llevaba así como la prili del mismo color que asomaba bajo una camisa de gaza violácea y traslúcida. A la cadera se ajustaba un cinto elastizado de color blanco mientras que de su cuello pendía una Llave del Nilo de plata con incrustaciones de zafiro.
— He estado en todas partes y en ningún sitio en particular. —rompió al fin el silencio, parándose en puntas de pies para dar con una botella de vino tinto almacenada en una de las alacenas— El viajar ha sido provechoso en más de un sentido, es ilimitado lo que hay por aprender y explorar... Supongo que lo sabes tan bien o mejor que yo. Siempre estuviste más abierto a probar cosas nuevas.

La mujer se dio la vuelta con la botella en mano y le dirigió una mirada cómplice, a la vez que se mordía el labio y alzaba las cejas, girándose al instante en busca de una copa. Tribialidades como aquella después del intenso desliz que habían tenido momentos antes parecían una mala broma. Sin embargo, él había preguntaba y ella respondía con honestidad, dejando libres las palabras en el aire para que fuesen interpretadas de una u otra manera. Al dar con la copa de cristal procedió a sentarse frente a él y servirse una pequeña cantidad de vino. Un gusto adquirido de su estancia con los Trueblood que parecía que la directora del instituto también había mantenido.
Se mojó a penas los labios y le miró directamente a los ojos, conteniendo el impulso de tomarle la mano para no interrumpirle la cena.
—Has cambiado...

La armoniosa tonada de Helena sonó como un susurro, mientras el índice describía ligeros círculos sobre el fino borde del cristal. El pensamiento había surcado su mente desde el primer instante en el que escuchara el propio nombre en los labios del León. Quien ella conocía parecía poco más que una sombra lejana, un eco del pasado que a penas y podía comprender o distinguir en las profundidades de aquel mar de plata. Jamás podría recuperarse el tiempo perdido. Los dos eran ahora adultos y ya no quedaba nada más por decir o por hacer, nada que cambiase lo hecho o modificase el curso del futuro.
— No tienes que seguir preocupándote por mí... —añadió en un suspiro confidente— Conocí a quien guarde mi corazón, Leo. No podrías haberlo dejado en mejores manos.

Tardó lo que pudo al otro antojársele como una eternidad antes de dirigir el índice al pecho y apartar con la esculpida uña la embravecida melena. Y hela allí, grabada a fuego en la nívea piel de la cazadora: su runa de parabatai.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Mar Feb 05, 2013 9:35 pm

It is against the law for parabatai to fall in love with each other.

De pie y sin saber dónde esconderse, Gael, ya casi un hombre, miraba con gesto atónito a la chica en la que el tiempo había actuado de forma interesante. No había alcanzado la madurez de una adulta, pero estaba a dos pasos de ser considerada como tal y salir al mundo de una vez como él haría muy pronto. El vestido negro distrajo su atención un instante, ceñido a su pequeña cintura, mientras que su pelo le caía sobre el pecho de torcaza como un mar furioso de tinta indeleble, de ondas agresivas y una suavidad inusitada. No tenía forma de quitarle la vista de encima, desgraciadamente para él. Abrió y cerró las manos repetidas veces junto a las caderas, incapaz de emitir sonido alguno. El reloj corría y sus pies parecían clavarlo más hondo al frío piso de mármol limpio, como si la gravedad, cual niña empecinada, anduviera haciéndole jugarretas a su cuerpo cansado. La miró lo suficiente como para notar lo nerviosa que estaba, con la tierna boca entreabierta y las manos entrelazadas sobre el abdomen...

—No puedo... —Dijo al fin, musitando las palabras con voz queda como si quisiese que sólo las baldosas le oyeran. Y estaba en lo cierto. No podía. No con ella.

—Pero... ¿por qué? —Y aquellas palabras fueron lo último que oyó de ella mientras encaraba el larguísimo pasillo vacío a paso lento como un traidor que camina hacia el verdugo, resignado y derrotado. Retuvo la imagen nítida de su figura bañada por la luz plateada de la noche, así como el creciente deseo de arrancarse el corazón y dejárselo a los pies, pero era la única manera que tenía de quererla.
Su manera. No le urgía ser su parabatai de ningún modo; la mera idea de saber que estaría junto a ella pero con una vitrina de por medio, generó en su pecho una sensación de ahogo inevitable. Se sentía caer, hundirse.

No miró atrás y se detuvo sólo cuando posó la mano sobre el pestillo de la puerta de su habitación, reaccionando repentinamente al frío del bronce pulido que le abrasó la piel con un hormigueo pasajero. Traspasó el umbral y cerró tras de sí con un suave empujón, deslizando la espalda contra la madera maciza y cayendo despacio hasta quedar sentado en el suelo, agarrándose la cabeza y apoyando los codos en las rodillas flexionadas, abatido.
Algún día me arrepentiré, pensaba, diciéndose a sí mismo que terminaría lamentando las consecuencias a largo plazo, sabiendo que el tiempo haría lo suyo. Ella se iría, claro. Haberla despreciado así sin dar explicaciones no había hecho más que convertirlo en un imbécil, o de elevar a la enésima potencia esa imbecilidad suya.

Y los años le hicieron asumir lo contrario. Había hecho un bien. Un bien únicamente para él, pero algo provechoso al fin y al cabo. No obstante, una parte suya aullaba de dolor al haberle hecho daño a quien fuera una porción importante de su vida, haciendo que se sabotease solo y se odiase más, mientras intentaba focalizar sus cavilaciones en el vaso burbujeante de bebida dulce que sostenía con la diestra. Se había sentado a la mesa sin ganas de comer siquiera, escuchando atentamente que, al parecer, a Helena Trueblood le había ido mucho mejor de lo que había pensado. Le ha ido bien sin tí, resonó distante su propia consciencia. Entonces consideró la atractiva idea de clavarse el tenedor en el estómago. ¿Y qué si ella hallaba un equilibrio sin necesitarle, sabiendo que no era más que una pesada roca que le haría perder la estabilidad a la larga? Ella estaba mejor así y se notaba. Se la veía... determinada.

La pelinegra llevóse la copa a los labios como al descuido, no sin antes hacerle saber que notaba algo diferente en él, pero no dijo exactamente qué. Sí, había cambiado. Había crecido, madurado, aprendido, tropezado y fallado una y mil veces. Aún tenía cosas pendientes que atender, dicho sea de paso. Cosas que le llevaría tiempo dilucidar para no sucumbir a la impulsividad y darle la espalda al raciocinio. Helena era una de esas, se dijo, teniendo en mente que en algún momento tendría que disculparse por el mal momento que le había hecho pasar en la adolescencia. La juventud no era excusa para algo así. Pero ella se le adelantó, encarando el asunto de una forma que no hizo más que sacarle el poco aire que tenía en los pulmones en cuanto la oyó hablar. Y, simultáneamente, creyó escuchar el sonido inaudible de su mundo cayéndose a pedazos rápidamente, como si alguien hubiese quitado un naipe clave en la base del castillo.

Enmudeció un momento, limitándose a esbozar una pequeña sonrisita. ¿No preocuparse más por ella? La había añorado al no saber absolutamente nada sobre el camino que había tomado, pero tampoco había demostrado demasiado interés por salir a buscarla. Ése preciso pensamiento le arrancó una oleada de auto-complacencia, como si hubiese encontrado una indulgencia personal en la que apoyarse para combatir el despecho que amenazaba con arrastrarlo a su sombra. Pero la realidad lo bajó de un hondazo certero: no había salido a buscarla para no herirla más. La había dejado libre como si le hubiese ahorrado el sufrimiento de conocer en profundidad a un idiota, como si le hubiese advertido de sí mismo; y aún así había empujado por la borda la camaradería que tenían, porque, según él, no había nada más. Dios sabía cómo extrañaba ese vínculo de cercanía, que de seguro era más agradable que la sensación de estar tambaleándose al intentar andar sobre una cuerda floja. Y sin previo aviso, cayó al vacío al ver el oscuro trazado azabache abriéndose paso por la nívea piel de la Trueblood: una marca que él había decidido no compartir con ella.

—Qué alivio saber que alguien verdaderamente cercano a tí vela por tu integridad. Me deja, en cierto modo, más tranquilo —dijo con renovado ímpetu a pesar de que la sonrisa en sí se había esfumado, dejando tras de sí un rictus propio de un autómata cuyo rostro habíase quedado congelado en una misma expresión—. ¿Sabes? Por un momento creí que tal vez habías decidido mezclarte con un mundano y abandonar esta vida riesgosa e inestable, así como también llegué a pensar que estabas muerta. Nunca desconfié de tu talento y vocación para el combate, pero como no recibí noticias tuyas en nueve años —sabiendo que el círculo en el que nos movemos es bastante cerrado— llegué a tales conclusiones.

Con la cabeza ladeada, el vaso lleno aún en la mano, y el torso inclinado hacia adelante como quien pone inusitado interés en una charla, la miraba con el fantasma de una gracia cruel asomándole al rostro pálido. Había perdido los colores en la cara, por lo que su mirada grisácea devino más penetrante al resaltar aún más la vehemencia con la que hablaba. Parecía convencido. Convencido como un loco lo está de una cordura que no tiene.

—Y no seas tonta, Helena. ¿Que no me preocupe? ¿Nos criamos juntos y pretendes por siquiera un sólo momento que no me preocupe por tí, siendo tú mi hermana menor? No te daré el gusto porque somos familia y es lo que uno tiende a hacer cuando le importa alguien muy cercano —dijo, alzando la voz desde un siseo grave y ronco, dejando el vaso sobre la mesa y poniéndose de pie lentamente, haciendo la que sería la pausa más larga de su vida—. YO te creí cercana. Me armé de tí una imagen residual de quien creí que eras y fui un ciego, porque no vi que en realidad resultaste ser una niña caprichosa que, de negársele algo, se revira, se arma las maletas y se desaparece al día siguiente. Por más decepción que te haya causado el que te haya dicho que no, si de verdad me considerabas tu hermano, te habrías quedado todos estos años conmigo. Si hubiese sido real todo lo que me hiciste ver mientras crecíamos juntos, te habría visto al día siguiente y habría aceptado tu silencio o una paliza tuya con todo el gusto del mundo. Me extraña que, siendo tan madura en aquél momento, Helena, no te hubieras puesto a pensar en las razones que pude haber tenido.

—Y lo lamento —agregó al final, después de haber arrimado la silla al borde de la mesa, quitando la vista de toda ella, de sus ojos azules, de su rostro suave, de su runa de parabatai—. Lamento haber abusado de mi derecho a guardar silencio y escapar de un compromiso para el que no estaba preparado sin decir por qué —y, bajando la voz significativamente, clavó los orbes plateados en ella mientras se inclinaba aún más por encima de la mesa—. Y lo que lamento más aún, fue haberte prevenido de tener por parabatai a un bueno para nada, Helena.

Y así enloqueció, sumergido en su sarcasmo.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Helena Trueblood el Vie Feb 08, 2013 2:08 pm

"I bet it never, ever occurred to you that I can’t say hello to you and risk another goodbye"

Había cambiado. Ya no quedaban ni resquicios de duda en la mente atiborrada de recuerdos y pensamientos discordantes de la rosa. Quizá pudiere estar contemplando el mismo rostro juvenil que había abandonado una década atrás, pero el alma torturada oculta tras los grisaseos ojos señalaba una dirección diferente. Leo había crecido, había sufrido la derrota la vergüenza y la desilusión y aún seguía en pie. Más ella estaba estupefacta, incrédula y enmudecida mientras se armaba en su rostro un collage de emociones. La angustia le formó un nudo en la garganta y la cólera le hizo fruncir el ceño mientras en su fuero interno resonaba una risa afilada y la memoria astillaba sus huesos.
Mantuvo el silencio por unos momentos, sin bajar en ningún instante sus ojos gélidos del León. Indignación tajante y furia contenida se debatían por dominar el aspecto de su semblante, más siendo como era, tanto la una como la otra no desplegaban otra cosa que una neutralidad brutal.
—Increíble. Simplemente increíble.— pronunció con su marcado acento inglés a la vez que entornaba las curvadas pestañas y las comisuras de sus labios se torcían en una mueca que quiso ser una sonrisa— Esta es la primera vez que me dices lo que piensas, la primera vez que me alzas la voz o que incluso empleas tal cantidad de palabras. Llegué a pensar que rozabas un mutismo selectivo para conmigo, ahora me parece que simplemente no tenías nada que decir.

El tono de voz monocorde dejaba entrever un sarcasmo sutil. Lo que se gestaba en sus entrañas era por mucho más intenso, tintado suavemente con dejos de nostalgia y el punzante dolor de viejos recuerdos. Como quitar las puntadas antes de que la herida cierre y descubrir para el propio asombro y el ajeno como lo que parecía ya haberse normalizado no era más que una fachada.
En mucho de lo que decía tenía razón total y no había motivo para discutirle. Había mantenido las posibilidades de entrar en contacto con su hermanito en un máximo de 1 en un millón adrede. Lo que la dejó azorada fue el hecho que a éste en verdad le interesara. Disculparse hubiese sido lo más coherente a hacer en una situación así. Eso era lo que acontecía en realidad cada que ellos no estaban de acuerdo. Helena deducía que debía asumir la responsabilidad, trataba de poner buena cara y forzaba una conversación amena y sin sentido por todos los medios. Generalmente, sin mucho éxito.
—De todo lo que has dicho asumo mis culpas y lo lamento honestamente si te lastimé. —Y lo lamentaba si era cierto, aunque seguía antojándosele poco verídico que fuera así—Pero no Leonides. Te equivocas si piensas que tu rechazo fuera la causa de que me marchara. Sí, sentí vergüenza. Sí, te guardé rencor. Más esas razones ni siquiera se asoman al inicio de la larga lista de motivos para dejar Idris. Mis maletas estaban ya hechas una semana antes de que hablara contigo, y Derek había estado insistiendo en el asunto por más de un mes. Supongo que de esto no sabías nada, ni tampoco preguntaste nada.

No más disculpas. Se dijo entre sí, mientras los ecos de sus propios recuerdos regresaban y danzaban por el rostro del varón. Sus memorias de sí misma estaban distorcionadas por la falsa visión de una adulta que cree que haber superado todos sus conflictos internos. La pequeña niña morocha de ojos claros que visualizaba era casi una extraña para ella, una criatura llena de la inocencia que da el no saber. Creía en verdad que la mayor parte de esa chiquilla había muerto años atrás, sino en incendio, con su propia partida. Por eso no tenía miedo ni recatos al ventilar verdades que en su momento hubiera protegido con la propia vida. Ya no era la misma, ya no le importaba aquello. Era momento de madurar, quitarse del pecho tamaño peso y conseguir alguna clase de cierre o estabilidad.
—No importa en realidad... por el Ángel, ni siquiera creí tener que discutir esto. —comenzó, sabiendo de antemano a dónde las palabras la conducirían una vez se sincerase aunque fuera un poco. Él se merecía al menos eso y le debía a la chica de 15 años que conociese la verdad. —Se ve a la legua que realmente has subestimado tu importancia en mi vida durante todos este tiempo... Eras la luz de mis ojos, siempre estaba corriendo tras de ti, aplicándome en esos incesantes entrenamientos para que nos dejaran practicar juntos. Tontería infantil, supongo. —hizo una pausa, sonriendo sin gracia— ¿Sabes lo que hubiera significado para mí que me hablases aunque sea de este modo? Que te enfadases conmigo, que me llamases niña caprichosa o que siquiera me dedicases un par de palabras. Era una niña por el amor de Dios. Y juro por el Ángel que no lograba comprender que pasaba por esa cabeza tuya. Te seguía a todos lados llamándote “hermano” como un gotero pero es esta la primera vez que te diriges a mí en esos términos.

Mientras hablaba sentía como esos momentos escapaban de ella, como la abandonaban a su suerte y se iban a vagar a algún país olvidado e incierto. No le estaba reclamando nada. Ni siquiera esperaba nada de él. Lo único que deseaba era quitarse de una vez el puñal que llevaba clavado en el pecho y que le cortaba la respiración, deseaba volver a su cómoda zona de frígida neutralidad. Tenía que dejarlo ir.
— Más que a nada quería un lugar en tu vida Leo, quería que me dejases entrar a esa fortaleza impenetrable que has erguido a tu alrededor. Y una y otra vez me di de bruces contra las paredes. —sus palabras dejaron de fluir y cerró los ojos humedecidos un momento, tragándose el agujero negro que amenazaba con tragarla desde dentro. Cuando los abrió pareció haber recobrado la fría perspectiva de una extraña— No me faltaban motivos para irme de Idris, me faltaba un solo motivo para quedarme y quería que ese motivo fueses tú. Te pedí que fueses mi parabatai porque estaba dispuesta a acatar todas y cada una de las palabras del juramento, porque necesitaba creer que en el fondo tu harías lo mismo por mí. Y sé, créeme que sé que debes haber tenido tus motivos para decir que no. No quiero oírlos y no me interesan, ya han pasado nueve años que bien podrían haber sido noventa de no ser por esta casualidad.

Basta de una vez Helena, ya no eres una niña. Ya nadie vendría a salvarla de si misma, ya no quedaría nadie en esa sala para recoger cada granito de arena en los que se había pulverizado su corazón. Como esa vez, cuando él se fue, dejándola sola en el pasillo con las cálidas lágrimas corriendo a raudales por sus mejillas. Supo en ese momento que aunque la quisiera, jamás alcanzaría siquiera a rasgar lo que ella sentía por él. Porque jamás se hubiera atrevido a romperlo de ese modo a dejarlo a su suerte. No, no antes de que él barriera con dos palabras todo su mundo entero.
—Me cansé Leonides, de ilusionarme y decepcionarme sola y porque sí. No te culpo de nada, siempre has sido de un modo y fue tonto de mi parte esperar que lo cambiaras de la noche a la mañana.—Helena le sonrió resignada y se puso de pie— Te quiero, nunca dejé de hacerlo y te extrañé. Pero no te busqué ni lo hubiera hecho. Hace 9 años que me cansé de correr tras de ti. —severa, más no cruel sino franca, tomó sus cosas de sobre la silla y se las colgó en el brazo, flanquendo la mesa en dirección a su maleta— Ahora actuemos como adultos y dejemos el pasado atrás. Si quieres que responda algo más, bien. Pero no tengo interés en escuchar justificativos, excusas o seguir indagando en lo que fue o no fue. Haré mi trabajo y seré reasignada, de allí dependerá de ti si quieres que sigamos en contacto o no.

Le daba la espalda, comprimiéndosele los músculos y empequeñeciéndosele el corazón dos tallas por cada paso que daba. Sostuvo la maleta con la siniestra, girándose por sobre su hombro para fijar la vista en él. Las uñas de la diestra le laceraban la palma del puño cerrado, tal y como era cada vez que se contenía de lo que realmente quería hacer o decir. Finalmente, no se contuvo.
— Ah, y Leo... la palabra hermano queda incluso más insulsa y forzada en tus labios de lo que ya lo hace en los míos, y créeme, eso es decir mucho. Alcanza y sobra con una grandísima hipócrita en la habitación. Buenas noches.

Y con estas palabras, Helena se marchó.
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Re: Essayez [Helena T.]

Mensaje por Leonides G. Dieudonne el Mar Feb 12, 2013 5:12 pm

She walks in beauty, like the night.

El karma le llenó la cara de dolorosos puñetazos mientras Helena parecía estar haciendo lo mismo con palabras. Su cuerpo pareció adormecerse, anestesiado por el impacto de algo que ya sabía pero que no había querido ver de otra forma, rehusándose a sacarle el ojo de encima conforme la cazadora dejaba salir todo lo que en nueve años puede acumularse en el corazón de una mujer. La estupefacción se adueñó de él y, como si hubiese estado sumido en una pesadilla terrible donde Helena había encontrado un parabatai, enmudeció de forma tal que ni se despidió de ella cuando la vio abandonar la cocina con aire algo compungido.

Como un autómata, posó las manos sobre la encimera fría ansiando espabilarse y reaccionar, como quien es sorprendido por una mortal avalancha silenciosa. Y así se sentía: en un mar helado y denso del que no podría salir si la única persona capaz de sacarlo se alejaba de él sin mirar atrás. Rodeó el mesón de mármol y, asiendo el mango de una espátula, rascó los restos de huevo chamuscado y los volcó en un pequeño plato pulcramente decorado en cuya superficie fijó la vista como si no tuviera nada mejor que hacer. Y, ciertamente, no lo tenía. La conversación se había terminado en cuanto Helena atravesó el umbral llevándose no sólo sus maletas consigo, sino también una gran parte de su estabilidad. La voz de la consciencia no lo dejaría en paz.

—Haber creído que te habías marchado por mí me hacía sentir como escoria, pero a su vez me hacía feliz saber que significaba tanto para ti. Ahora sólo me alegra no haber sido la única razón —musitaba para sí mientras limpiaba la sartén aplicando la fuerza necesaria para quitar la costra negra del fondo—. Debí haber sabido que se traían algo entre manos tú y Derek, así que resta suponer que fui lo suficientemente ciego como para pasar por alto que algo estaba sucediéndote. Tal vez estaba tan enfocado en ti que perdí cualquier otra noción y todo me tomó por sorpresa. —Las pocas cosas que había ensuciado se le resbalaban de las manos entumecidas, transmitiendo una incapacidad para calmarse que su propio semblante anulaba en una pequeñísima sonrisa.

—Ah, los entrenamientos. Cómo me gustaba apelar a la seriedad y ver cómo te mostrabas implacable siendo tan sólo una niña; ésa era una de las cosas que más me gustaban, sin contar aquélla mueca tuya que ponías cuando Sonya me secuestraba y tiraba de mí por el pasillo mientras yo me volteaba una sola vez y te miraba a modo de despedida. Cómo me sonreías apenas y te ibas, cómo ondeaba tu pelo tras tu espalda cuando te veía alejarte. Sí, lo recuerdo. Me seguías como si fueses una parte de mí, y ahora sé que eras mis alas. —y la amargura le generó, mezclada con nostalgia, un vacío en el abdomen bastante similar al que provoca una caída libre a la nada. Caía a la oscuridad, en picada.

—Ya formabas parte de mi vida, más de lo que yo habría querido. Eras la primera porción de bondad pura que veía después de tantos años. Mi guía, mil veces más luminosa que la luz mágica, mil veces más poderosa que una runa. ¿Quién necesitaba marcarse antes del combate, si con sólo verte me sentía capaz de lo imposible? ¿Por qué habría querido tomarte como parabatai, si hallaba el juramento carente de la sarta de cosas que habría hecho por ti? —sus manos, aún mojadas, colocaron la sartén de teflón en la hornalla encendida para después volcar una mezcla de huevo batido, sal y romero, cuyo crepitar oyó con complacencia mientras se servía vino tinto en una copa. La copa de la que ella había bebido.

—Haber muerto para protegerte me habría hecho feliz, tal vez, pero habría muerto como tu compañero, como tu amigo, como tu hermano. Y nunca te vi como mi hermana. Nunca. Por ello no seguí el plan que correspondía, aquello que se supone que hacen los que se crían juntos como si tuviesen la misma sangre. Pero no la teníamos. Yo era distinto a ti, tú eras distinta a mí. Opuestos, extremos, blanco y negro. —sonreía con resignación y aceptación, mientras veía el agua correr desde el grifo hasta el aluminio cóncavo del fregadero, con el cuerpo frágil de cristal aún en la diestra—. No eres mi hermana, y nunca lo serás.

Convencido de sus propias palabras, retiró el liviano utensilio del fuego para volcar su contenido, ya cocido, en un plato tan ornamentado como el otro. Se las ingenió para llevar ambas piezas de loza y la copa hasta la mesa, donde depositó el omelette recién hecho en la esquina opuesta y los restos quemados frente a él, sentándose momentos después para servir vino en ambas copas; vino que terminaría tomando solo. La escena se alejaba de lo extraño y rozaba lo melancólico, acompañada del estruendo lejano de algún que otro nubarrón color plomo que no hacía más que anunciar la vuelta de la tormenta y su fragor. El león, sentado solo en una mesa preparada para dos, tomaba pequeños buches de un oscuro Chateaux de cuerpo liviano y sabor fuerte, con la vista fija en la silla opuesta. Y así sin más, tomó el tenedor con mano firme y se llevó a la boca una tira esponjosa y a la vez crujiente de huevo quemado.

—Nunca tuviste tierra en el pelo, tonta. Sólo me había quedado sin excusas para hablarte —y, bajando la mirada al plato, sonrió, sabiendo que ya nada importaba porque ella nunca se enteraría. Nada importaba.

Leonides G. Dieudonne
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Mensaje por Cónsul J. Nightshade el Jue Feb 14, 2013 8:04 am

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Re: Essayez [Helena T.]

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